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El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

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El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Dom Feb 07 2016, 13:41

Este acontecimiento histórico configuró la Europa post-napoleónica y significó para España su pérdida de condición de “gran potencia”, algo que el resto de monarquías celebraron por todo lo alto



Retrato de los asistentes al encuentro aristocrático.

La historiografía coloca bajo la etiqueta “Congreso de Viena” no solo las negociaciones que tuvieron lugar en la capital del Imperio austriaco entre el 23 de septiembre de 1814 y el 9 de junio de 1815, sino también el largo proceso por el cual pudo ser finalmente vencido el intento hegemónico de Napoleón Bonaparte (1769-1821), así como las negociaciones políticas entre sus vencedores para imponer una determinada paz a Francia y para establecer y conservar un determinado equilibrio de poder en Europa.
El Congreso de Viena significó para España su pérdida de condición de “gran potencia”. Nuestro país no solo no estuvo entre las grandes potencias que diseñaron el nuevo sistema internacional, sino que, además, la idea de que España padeció una “degradación internacional” en torno al Congreso de Viena se nos presenta como un lugar común, tanto entre los contemporáneos que vivieron los hechos como entre los publicistas e historiadores de los siglos XIX y XX.
En 1814-1815, la reorganización de Europa después de 25 años de guerra y revolución puso de manifiesto, de manera inmediata, que las cuatro grandes potencias vencedoras, actuando como “gobierno conjunto europeo”, no estaban dispuestas a compartir las decisiones importantes con las potencias secundarias y que España estaba entre ellas.
En el libro El Congreso de Viena, 1814-1815 (Catarata), la doctora Rosario de la Torre del Río, catedrática de Historia de la Política Internacional en la Universidad Complutense de Madrid, repasa los entresijos de este episodio de capital importancia para la historia de Europa. Incluyendo alguna de sus características menos conocidas, como las enormes fiestas que se celebraron en Viena durante el transcurso del encuentro, de las que habla en este extracto del libro.

El congreso se divierte

En la primavera de 1814, tras tantos años de guerra, Europa estaba exhausta. El sufrimiento había sido inmenso, los estados estaban arruinados, las economías hundidas y las familias destrozadas. Habían muerto millones de personas y muchas más habían quedado heridas de manera permanente. Pueblos enteros habían sido borrados del mapa; las tierras estaban devastadas, las leyes habían dejado de cumplirse y se habían cometido atrocidades a gran escala.
Posiblemente por esto, aunque se ocupara, por encima de cualquier otra cosa, de la reconstrucción territorial de Europa, el Congreso de Viena fue también el gozoso rito de un punto y final, de una clausura; la gran celebración monárquica y aristocrática del final de la Revolución francesa y de las guerras napoleónicas. Dos emperadores, cuatro reyes, 11 príncipes reinantes, unas 215 cabezas de familias principescas, sus consortes, cerca de 300 nutridas delegaciones oficiales y un extenso número de emisarios no invitados; todos ellos acompañados de numerosos ministros, consejeros, familiares y sirvientes, a los que hay que añadir periodistas, espías, hombres de negocios, aventureros, demi-mondaines y prostitutas, así como los muchos turistas que decidieron pasar por Viena para disfrutar del espectáculo. La ciudad, de ordinario con una población de unos 250.000 habitantes, parece que llegó a acoger a unos 70.000 extranjeros durante los meses del Congreso.
Con el fin de distraer a tantos y tan variados invitados, el emperador Francisco designó un Comité de Fiestas para gestionar todos los entretenimientos oficiales
Viena conservaba un aire especialmente aristocrático. La aristocracia austriaca, húngara y bohemia vivía allí en magníficos palacios y disfrutaba de una importante vida social y cultural en sus salones de baile, escuelas de equitación, teatros y salas de óperas privadas. Los comerciantes no eran muy visibles y los artesanos trabajaban para la aristocracia. Su más importante producción seguía siendo el vino, que tenía en la ciudad, donde se bebía mucho, su principal mercado. La mayor parte de los eventos del Congreso tuvieron lugar en la ciudad antigua, todavía encerrada en sus imponentes murallas, “visibles” aún hoy gracias a su sustitución por el gran bulevar de la Ringstrasse.
Aunque la monarquía de los Habsburgo había quedado debilitada por tantos años de guerra, el emperador de Austria y Metternich quisieron demostrar la fuerza de los Habsburgo asumiendo unos gastos impresionantes, ya que, aunque en principio se pensó que el Congreso duraría unas cuatro semanas, la reunión se extendería a lo largo de ocho meses y medio. Los principales soberanos —el zar de Rusia y los reyes de Prusia, Dinamarca, Baviera y Württenberg, y sus esposas— fueron recibidos como invitados del emperador en el Hofburg, el antiguo palacio de los Habsburgo en el corazón de Viena. Cada noche, un gran banquete con 40 o 50 grandes mesas se prepararía para ellos y 300 carruajes y 1.400 caballos fueron puestos a su disposición junto con los sirvientes perfectamente ataviados que todo eso requería. Como presidente del Congreso, Metternich prestó también gran atención a los aspectos sociales del Congreso y ofreció cenas para centenares de personas todos los lunes en la Cancillería.


El príncipe von Metternich, diplomático austriaco.

Con el fin de distraer a tantos y tan variados invitados, el emperador Francisco designó un Comité de Fiestas para que se ocupara de planificar, promover y gestionar todos los entretenimientos oficiales. Prácticamente todos los días hubo paradas militares, partidas de caza, cenas, bailes, conciertos u óperas. Algunos de aquellos eventos fueron especialmente memorables: la entrada de los soberanos aliados en Viena en septiembre; el Festival de la Paz del Prater, en octubre, para celebrar la victoria de Leipzig del año anterior, seguido, esa misma noche, por el Baile de la Paz ofrecido por Metternich en su villa de Rennwerg, a las afueras de la ciudad; un baile de máscaras, también en la villa de Metternich, a comienzos de noviembre; el Gran Carrusel: un torneo medieval en la Escuela Española de Equitación a finales de ese mes, en el que todos los participantes fueron vestidos con lujosos trajes medievales; una interpretación de la Séptima Sinfonía de Beethoven dirigida por él mismo; tableaux vivants en la gran sala de baile del Hofburg en los que actores, vestidos para la ocasión, bajo la dirección del pintor francés Jean-Baptiste Isabey (1767-1855), pintor “oficioso” del Congreso, reconstruían escenas históricas y mitológicas; el funeral por el viejo príncipe de Ligne, el “chistoso” por excelencia del Congreso; una gran carrera de trineos y banquete, en enero, en el palacio de Schönbrunn, con regreso a Viena por la noche a la luz de las antorchas; y una sombría ceremonia religiosa en la catedral de San Esteban, el 21 de enero, por Luis XVI de Francia en el aniversario de su ejecución.

Festejando en público, negociando en secreto



Más allá de las extravagancias, la vida artística de Viena fue en aquellos meses especialmente brillante. Visto en perspectiva, destaca la presencia de Ludwig van Beethoven (1770-1827), que dirigió personalmente sus sinfonías tanto con ocasión del regreso a Viena de Francisco I y de Metternich como en varias soirées de gala. Durante el Congreso, Beethoven presentó la versión definitiva de su Fidelio, para dirigir más tarde su Victoria de Wellington. El 24 de noviembre estrenó, a mayor gloria del Congreso, El momento glorioso, una cantata patriótica para cuatro voces, coro y orquesta. El 29 de noviembre dirigió su Séptima Sinfonía ante 6.000 espectadores; el concierto terminó con la interpretación de su Victoria de Wellington y de El momento glorioso, que volvió a dirigir el 25 de diciembre en el Hofburg y de nuevo, con 1.000 instrumentistas, el 1 de enero. El 25 de enero —era el aniversario de la zarina Isabel— tocó el piano ante todos los soberanos y dedicó a la zarina una cantata. Más tarde, presentó su Canto elegiaco para voz y cuarteto de cuerda y su sonata 27 para piano. Sin duda, aquel fue un año maravilloso para Beethoven.
Y cómo no decir algo sobre el vals, un baile que se impuso definitivamente a lo largo del Congreso en detrimento de las viejas danzas cortesanas. El vals no era una novedad; conocido desde el siglo XVII, era muy popular en Viena desde los años 1780 y se practicaba en Berlín desde la década siguiente; su ritmo había aparecido en óperas y algunos compositores ya se habían especializado en su composición. Sin embargo, en Viena, durante el Congreso, el vals se bailó muchísimo más rápido y con los cuerpos muchísimo más cerca. Fue un grandísimo éxito. Hasta Castlereagh y su esposa tomaron clases de vals en su residencia para no hacer mal papel en los salones. Por supuesto, en el Congreso se bailaron también mazurcas polacas, galop húngaras y polkas bohemias.


Retrato de Beethoven realizado por Joseph Karl Stieler en 1820.

Para absorber a la inmensa cantidad de invitados al Congreso, los salones jugarían un papel fundamental. Fueron cenas y soirées relativamente íntimas y, desde luego, más importantes políticamente hablando que las oficiales, en torno a las figuras destacadas de la sociedad vienesa. La princesa Metternich (Eleonora von Kaunitz) recibía los lunes; la princesa Trautmansdorf (esposa del gran edecán del emperador), los jueves, y la condesa Julia Zichy (esposa del embajador austriaco en Berlín y cuñada del ministro del Interior), los sábados. Los monarcas y los ministros se podían encontrar en los saloncitos privados de las princesas Esterhazy, Thurn y Taxis, Fürstenberg y de madame Fuchs. Talleyrand, en el palacio Kaunitz, recibía por las mañanas mientras le lavaban, peinaban y vestían; por las tardes, su sobrina Dorotea de Curlandia (1793-1862), 20 años, hija de una de las mujeres más ricas de Europa, esposa de su sobrino, el conde Edmond de Périgord (1787-1882), atraía a los poderosos con el brillo de su belleza y de su inteligencia; por las noches, el político francés trabajaba en su dormitorio mientras escuchaba la música que interpretaba al piano su músico personal.
Fueron especialmente importantes, por razones distintas, los salones —y los dormitorios— de dos mujeres de gran belleza e inteligencia que compitieron entre ellas alojadas en un mismo palacio, el Palm, a pocos pasos de la Cancillería, con un único patio de entrada y dos escaleras distintas: Guillermina, duquesa de Sagan (1781-1839), y Catalina, princesa de Bragation (1783-1857); las dos ofrecieron facilidades para encuentros diplomáticos informales, especialmente entre los aliados y Talleyrand; las dos tuvieron, antes y durante el Congreso, relaciones peligrosamente íntimas con Alejandro y con Metternich, que las frecuentaban casi a diario. Guillermina de Sagan tenía 32 años, conocía muy bien la alta sociedad vienesa, tenía excelentes relaciones con Alejandro de Rusia y con Federico-Guillermo de Prusia y, hermana de Dorotea de Curlandia, era prácticamente de la familia de Talleyrand; además, fue amante de un Metternich completamente entregado a ella por entonces.
Los infinitos cotilleos alrededor de unas relaciones sociales especialmente “ligeras” se convirtieron en “la noticia” por excelencia del Congreso
Catalina Bragation tenía 29 años, venía de una familia de la más alta sociedad rusa y era viuda de un general muerto en la campaña de 1812; poco después de casarse había abandonado a su marido y se había instalado en Viena, donde se le conocieron numerosos amantes, entre los que se encontraba Metternich, con el que se supone que tuvo a la hija que llamó Clementina. Su “trono social” en Viena era indiscutible y parece que no estuvo dispuesta a compartirlo con Guillermina que, precisamente en los meses de octubre-noviembre de 1814, justo en el momento en que el problema polaco-sajón enfrentaba directamente a Metternich con Alejandro, decidió romper con el ministro austriaco y acercarse al zar ruso, lo que sumió a Metternich en una dolorosísima crisis personal que, según las fuentes (Gentz y Talleyrand), le hizo desatender su trabajo, dando a su enfrentamiento político con Alejandro una dimensión de rivalidad de egos masculinos que en nada benefició a la solución del problema. En cualquier caso, conviene no dejarse engañar por la famosa frase del príncipe de Ligne: “El Congreso no marcha, danza” y aceptar, sin más, la idea de que, a lo largo de los ocho meses y medio que duró el Congreso hubo muchas diversiones y poco trabajo. En absoluto: los políticos y los diplomáticos de las cinco grandes potencias, de las tres potencias medianas y de los distintos estados que participaron en los numerosos comités, así como los funcionarios a las órdenes de Metternich, trabajaron intensamente, incluso en medio de las fiestas. Pero como, por supuesto, sus negociaciones fueron secretas, los periodistas y cronistas tuvieron que conformarse con lo público y con las filtraciones. La intensa vida social del Congreso, el glamour del ceremonial y los infinitos cotilleos alrededor de unas relaciones sociales especialmente “ligeras” se convirtieron en “la noticia” por excelencia.
En cualquier caso, el secreto de las negociaciones fue bien guardado por todos. Los austriacos, que ya tenían una de las redes de policía política más eficiente de Europa, la reorganizaron y la pusieron a punto para actuar durante el Congreso. Bajo la eficiente dirección del barón Franz Hager, toda carta que llegaba a Viena por correo era abierta, leída y vuelta a sellar, y su contenido recogido y ordenado. Numerosísimos vieneses de toda clase social y condición fueron reclutados y pagados por la policía para que tuvieran los ojos bien abiertos e informasen de lo visto de manera detallada. Todos los días, por la mañana, las revelaciones más interesantes a juicio de Hager eran entregadas al emperador y a Metternich. 

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-06-28/el-congreso-de-viena-o-como-humillar-a-espana-y-celebrarlo-a-lo-grande_904588/


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Re: El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

Mensaje por Neilo65 el Dom Feb 07 2016, 17:39

Creo que el comienzo de la celebración tuvo lugar mucho antes, prácticamente desde que la alianza con los revolucionarios gabachos contra la pérfida Albion, sobre todo tras la batalla de Trafalgar, dejo sin apenas buques de guerras a la armada española y los que quedaban eran apenas cascarones que a duras penas podían sostener el envite de una marejadilla, luego con la invasion napoleónica, ya el jubilo de ingleses, holandeses y austriacos llegaron a limites que rayaban el orgasmo, sabiendo que tras la lucha contra Napoleon y sin una armada fuerte, dejo exhausto al poderoso imperio español. Pero bueno, cada uno expresa sus emociones cuando mejor viento sopla y estos, esperaron a que dos de las grandes potencias cayeran por el peso de la guerra y la locura de un prepotente Napoleon.
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Re: El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

Mensaje por Juanma_Breda el Lun Feb 08 2016, 03:21

Estas errado Neilo65, en la batalla de Trafalgar participaron unos 15 navíos españoles, de los cuales se perdieron unos 7 a 9 de ellos, el restó lograron huir del combate.

España tenía en esos momentos unos 64 navíos de guerra y por tanto aun tenían unos 54 a 56 buques en servicio, y hablo de los buques grandes, porque luego están las embarcaciones menores como fragatas, bergantines que son muchos más.

Por tanto en 1.808 España tenía una de las más poderosas armadas del planeta, solo superada y no por demasiado, por Francia y por Inglaterra.

Por tanto la tumba de la armada española fue la invasión napoleónica que a falta de fondos se descuidó su mantenimiento quedando cuasi abandonado y pudriéndose en los puertos españoles de todo el imperio. 

Después de la guerra, España podría haberse recuperado si se hubiera comprado parte de la flota francesa  que se sobraba después de la guerra, de hacerse tal compra, España tendría la segunda mejor flota del mundo solo superada por Inglaterra y lo bastante para mantener el imperio español y aplastar las rebeliones de las indias.
Pero Fernando VII el "Deseado", por orgullo de vergüenza de comprar buques franceses de la cual fue preso y cuasi mancebo de Napoleón, rechazó comprar buques franceses y los compró los de Rusia, que eran buques viejos y podridos que muy al poco de comprarlos se dieron de baja e incluso algunos no pudieron darse en uso por sus pésimas condiciones. Ante tal descalabro, fue una de las peores gestiones de la armada de la historia, y que traería trágicas consecuencias en el futuro y así fue.
El traidor De Riego usó la excusa de la pésima situación de los buques españoles para hacer el golpe de estado y así cancelar el envío de refuerzos a las Indias que casi con total seguridad esos refuerzos habrían aplastado la rebelión criolla e cuanto se combinase con los realistas que estaban allí.

Lo de Viena fue humillante para España, España pidió ayuda contra la rebelión criolla y estos hicieron la vista gorda porque querían que España se rompiera, nadie quería que España se recuperara ya que de lo contrario sería imparable.
No se puso en contra de España, pero a sus espaldas por activa y por pasiva apoyaban a los criollos traidores.

Tras las independencias, Inglaterra encontró una mina de oro en las indias sin mantener apenas territorio por la deuda y en esas república corrompidas y arruinadas la libra esterlina fue su moneda oficial. 
Gracias a las ganancias de las indias, Inglaterra se pudo financiar para poder conquistar la India y también de tener un mejor reparto en África, y en la influencia de China que no se culminó el reparto por la primera guerra mundial.

Si España hubiera mantenido el imperio, no habría podido conquistar la India porque no había tenido el capital suficiente para ello y más aun estando a presión con España, el reparto de África no habría sido tan favorable para Inglaterra, y seguramente Gibraltar habría caído mucho antes en poder español.

Pero eso es otra historia. De los antes y los después de los momentos.
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Re: El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

Mensaje por CALZADA el Lun Feb 08 2016, 10:13

Pero la historia es tozuda y se repite, posteriormente, reducida a la indigencia la Fuerza que ocupaba Filipinas y Cuba, abandonada la escuadra, vino el desastre y la pérdida de los restos del Imperio.
¿Sirvió para algo?,  la verdad es que no, abandonadas a su suerte, sin apenas material ni munición, mandados por incompetentes, casi en la inoigencia, vino el Desastre de Annual, sin poder socorrer "por falta de medios" a las guarniciones sitiadas.
Es verdad que luego vino el Desembarco de Alhucemas, pero España tuvo que comprar A TURQUÍA, las lanchas de desesembarco que los ingleses habían abandonado en Gallipoli y que estaban para la chatarra.
¿Como está hoy de medios en Ejército Español?, ¿Y el Marroquí?.
Pues eso.
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Re: El Congreso de Viena o cómo humillar a España y celebrarlo a lo grande

Mensaje por Aurelioj_2003 el Lun Feb 08 2016, 16:38

Como de costumbre, y por no variar, los políticos son los que se han encargado de destruir las posibilidades militares del país....
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