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EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

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EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

Mensaje por Aingeru el Sáb Mayo 07 2016, 11:50

Me gustaría dar a conocer un artículo de mi blog, sobre un tema que ya a nadie le interesa, como tantos otros de nuestra historia cada vez, más desconocida para nuestra ingrata juventud, y para quienes, no siendo ya tan jóvenes, pretenden olvidar, pero considero que es un buen tema que merece la pena rescatar, y que debido a su extensión, como acostumbra casi siempre el que lo suscribe, he decidido dividirlo en varias entradas que tendrán el siguiente orden de aparición en capítulos, que espero que lleguen a levantar algo de interés, de lo contrario, me contentaré con verlo publicado aquí, cosa que para mi es todo un orgullo.

Al final, hay una bibliografía en la que me apoyé en su momento, con el grato recuerdo de las broncas de cierta persona a la que le hago un guiño desde esta líneas, por tener el escritorio más desorganizado del mundo, con notas pegadas al ordenador, y libros cambiando constantemente de posición.

Como ya he comentado, el artículo consta de los siguientes capítulos:

-INTRODUCCIÓN

-TRES GUERRAS CAINITAS

-EL LIBERALISMO. RAIZ DEL PROBLEMA

-LA PROPAGANDA LIBERAL

-CAMBIO DE TENDENCIA DEL REY

-CAUSAS Y CONSECUENCIAS DE LAS GUERRAS CARLISTAS

-LOS CAMBIOS Y EL CARLISMO EN LOS TIEMPOS MODERNOS

-PRELUDIO DE UNA NUEVA CARLISTADA

EL CARLOCTAVISMO, LOS ESTORILOS Y LAS ESCISIONES DE LA DINASTÍA CARLISTA

Así pues, empezaremos con el primero de ellos.

EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.
 
INTRODUCCIÓN
 
Antes de nada, pedimos disculpas por la extensión del presente, pero hay que entender que el tema bien lo merece, ya que es muy complicado como ideología en si, y como fundamento histórico por la gran actividad que ha tenido a lo largo de su historia, una historia que,  en la mayoría de las veces, acaba escrita por los vencedores. Los vencidos, los perdedores, han terminado siempre o casi siempre sentenciados al silencio y a la ignorancia  con el yugo a sus espaldas del padecimiento y llanto del infortunio de la derrota, apartados de un pretérito que excepcionalmente permite que levanten su voz en los escritos, pero desposeídos de las que fueran sus virtudes, cargando las cadenas que censuran su ideal y descalifican irremediablemente sus acciones.
 
Escuchando al ilustre Azorín, quien dice que la historia es el historiador y que la historia es según el historiador que la escribe, la intención aquí no es escribir una historia del Carlismo pues sería una intención que caería en la zanja de la falsa modestia, por lo que debemos limitarnos a plasmar una visión particular, avalada con escritos de autores más expertos en la materia, y dándole un matiz que para nada distorsione la realidad, con el fin de dar claridad a determinados conceptos para quien se considere interesado, buscando un escenario que debe bastar por si solo para que la visión sobre el Carlismo no tenga la necesidad de adornarse con fingidas grandezas, las cuales son símbolo del pecado de la vanidad nacional que ni es, ni puede ser considerado patriotismo ni orgullo de partido o ideal, con sus propias particularidades, aciertos y errores.
 
Existe una pretensión sobre el Carlismo de alguna que otra tendencia política que presenta a Zumalacárregui, del que luego hablaremos, y otros combatientes carlistas, colocándolos como precursores del movimiento independentista vasco, y en otro documento de este autor, titulado CHAHÓ Y LA CONSPIRACIÓN ZUMALACÁRREGUI, ya se explica, así que no vamos a extendernos más aquí en el tema.
 
 
Aparte de todo esto que hemos comentado anteriormente, para adentrarnos en la ideología del Carlismo, es necesario comprender una serie de puntos fundamentales del mismo, que son el planteamiento jurídico y político del Carlismo, su sentido y justificación histórica, la esencia de su contenido doctrinal, el concepto mismo de la tradición hispánica y el alcance básico de su lema, Dios, Patria, Fueros, Rey, y todo esto, definido de forma inequívoca en las que podríamos considerar sus bases esenciales de su ideología, que son una bandera dinástica que es la de la legitimidad, una continuidad histórica que es la de Las Españas, y una doctrina jurídica política, la tradicionalista. Sobre otra tendencia del Carlismo, o sobre su reorientación política a la izquierda, hablaremos más adelante.
 
Huyendo de una respuesta técnica de la definición del Carlismo puesto que los tecnicismos ensombrecen de tedio la historia, lo definiremos, si el juego de la prosa nos lo permite, como una legión de legitimistas, tercos caballeros de un pasado turbulento y bullicioso, en el que don Carlos y sus herederos traspasaban el umbral de unas fronteras hostiles disfrazados de sombra, arrastrando en su historia la epopeya de una interminable batalla, vencidos sin resignación ni tregua y asidos a la tradición que los observa impasible desde un rincón de la historia, como peregrinos obcecados en un ideal convertido en conspiración en el exilio. Como caballeros Cruzados a la espera de una oportunidad en el tiempo para levantarse de nuevo en un perpetuo ensueño al grito desesperado en sus gargantas de Dios, Patria y Rey, y lo hacían ciegos en la locura de su razón, absortos en su sentimiento justo, para volver de nuevo a empuñar sus lanzas ante la confusa restauración de la infamia, regresando proscritos desde el resignado horizonte del olvido para combatir de nuevo a la usurpación, como mejor sabían hacerlo, levantando a los vientos la Cruz de Borgoña, agarrada con furia de las manos del alférez caído, para volver a hondearla en la vorágine atroz de un ataque a bayoneta calada, o montando al acecho en la ribera de un río, cuyo puente románico los observa en silencio detrás.
 

Aingeru Daóiz Velarde.-

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Re: EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

Mensaje por Aingeru el Dom Mayo 08 2016, 10:27

TRES GUERRAS CAINITAS
 
Entre 1833 y 1876, estallan en España tres conflictos civiles de características cainitas conocidos como las guerras carlistas, teniendo como denominador común a la crisis del Antiguo Régimen, y al nacimiento de un movimiento conocido como Liberalismo. Este último, si bien es cierto que  no estuvo exento de una cierta ambigüedad o división ideológica en cuanto a sus formas, que tuvo consecuencias importantes dentro del marco historiográfico de España, también lo es que el bando realista partidario en un principio del absolutismo de Fernando VII se encontró dividido a medida que el rey, en su última etapa de gobierno, cambiaba radicalmente una postura política sin un horizonte concreto. Muchas veces, se ha caracterizado con cierto disimulo el final fratricida de los enfrentamientos armados de esa lucha ideológica confundiéndolo con la necesidad de demostrar la nobleza de la razón que sustenta el ideal de las guerras, cuando la realidad no fue más que la triste realidad de las guerras, es decir, lucha, muerte, martirio, sufrimiento y olvido.
 
 A lo largo de este documento, vamos a poder conocer episodios sangrantes que rozan la razón, y el propio razonamiento, pero aún así, es importante conocer la enorme importancia que tuvieron en su momento las guerras carlistas, importancia borrada injustamente por la sombra de otro conflicto de la misma tendencia que se desarrolló entre 1936 y 1939. Si bien cabe aclarar, que no se pretende aquí pormenorizar el estudio de cada uno de los enfrentamientos que supusieron estas tres guerras, pretendiendo únicamente, dejar constancia de una visión generalizada, que puede ser más o menos acertada. De esto último, pedimos disculpas, pero cabe entender el grueso material y el interminable espacio que podría ocupar, por lo que nos propondremos desde aquí que cada uno de esos conflictos, se estudie por separado a esta introducción, y de forma individual, en  entregas separadas, si el tiempo y las circunstancias lo permiten, limitándonos aquí a esbozar unos meros apuntes sobre las mismas, a forma y manera de dar un razonamiento inicial.
 

No cabe duda de que las guerras carlistas fueron los conflictos bélicos más decisivos de la España del siglo XIX, donde Liberales y Carlistas se enfrentaron en tres ocasiones para imponer sus fórmulas políticas y estilos de vida, pero, como hemos dicho antes, olvidadas en el abrazo de la indiferencia al abrigo del conflicto de 1936, aunque es importante reseñar que sin dejar de lado la importancia, el resultado y las consecuencias de este último enfrentamiento al que nos hemos referido, las guerras carlistas no carecieron en ningún momento de la importancia por lo que suponían tanto el propio resultado de las mismas y las consecuencias ya no sólo a nivel político, si no humano en su más trágica visión, baste recordar que el número de bajas del ejército liberal en la Primera Guerra Carlista (1833-1840) fue brutal, ya que  superaron la de los dos bandos que se enfrentaron en 1936, y fue catalogada como la más sangrienta de la historia contemporánea si tenemos en cuenta la relación entre el número de muertos y de habitantes. En la imagen siguiente, acción carlista conocida como la cincomarzada, en la Primera Guerra Carlista.



Por otro lado, otro factor fue el exilio, ya que si importante fue el llevado a cabo por los desterrados en 1939, no lo fue menos el que protagonizaron miles de afrancesados, liberales y carlistas tanto políticos como militares, monarcas y ministros y hombres y mujeres e historias y vidas que tuvieron que partir dejando atrás el testigo mudo de la triste realidad de aquella España, madre ingrata, pero madre al fin, que observa en el devenir de la historia con fúnebre semblante  cómo sus dos hijos se parten a balazos y a golpe de sable el alma y el corazón. Esta es la historia no sólo de carlismo, si no de las dos Españas, las de siempre, esas que tantas veces han caminado juntas y juntas han peleado espalda contra espalda en defensa una de la otra en pro de la tierra que las vio nacer, y que pasado el camino, sus cuerpos se bifurcan cada uno a su lado, tirándose piedras con el odio fratricida que es el que más daño hace y nunca se olvida. Decimos esto a razón de que se puede quizás olvidar la bofetada de un vecino, más fácilmente que el escupitajo de un hermano, al que guardaremos ese rencor encendido cuyas ascuas no se apagarán jamás. Recordemos que tanto liberales como realistas se pronunciaron en 1812 y 1814 contra el Antiguo Régimen; es decir, contra el sistema vigente en 1808 al sobrevenir la invasión francesa, el cual es llamado absolutorio por las fuentes liberales y despotismo ministerial por los realistas.
 
No obstante a todo esto, la reflexión sobre lo que significaron las guerras carlistas no debe conducirnos a otra idealización negativa de la historia de España. Debemos tener en cuenta las consecuencias que trajo el triunfo de la causa liberal en otros países vecinos, y en los territorios o provincias españolas de América cuya independencia supuso al fin, otra guerra civil, aunque realmente no fueran las guerras carlistas causa y el efecto culpable absoluto del desastre emancipador, pues sería injusto admitirlo así.
 
En el próximo capitulo, EL LIBERALISMO. RAIZ DEL PROBLEMA.

Aingeru Daóiz Velarde.-

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Re: EL CARLISMO, IDEAL Y CONSECUENCIA. HISTORIA ÉPICA DE UN INFORTUNIO.

Mensaje por Aingeru el Sáb Mayo 14 2016, 19:54

EL LIBERALISMO. LA RAIZ DEL PROBLEMA
 
El liberalismo nace a raíz del ideal de la Revolución francesa de 1789, y sus consecuencias en España tienen su origen en la propaganda originaria del país vecino a través de los exiliados y refugiados de la propia Revolución en nuestro país. Los sucesos de 1793 sobre el regicidio de Luis XVI precipitaron la Guerra contra la Convención (1793-1795) que se desarrolló en tres frentes distintos, el navarro-guipuzcoano, el aragonés, y el catalán, cuyas consecuencias fueron una especie de empate técnico en el frente catalán pero los franceses ocuparon el Valle del Baztán (Navarra) Fuenterrabía y San Sebastián, llegando hasta Bilbao y Vitoria.
 
 La Junta Foral Guipuzcoana negoció su independencia con el apoyo de los franceses que no hicieron lo mismo en el resto del País Vasco ni en Cataluña, y como respuesta, la Corona enarboló la bandera de los fueros vascos y navarros y capitalizó con provecho su defensa, y la de los valores que representaban sobre el invasor y su Constitución, pero, por otra parte, los mismos fueros dificultaban el alistamiento, ya que prohibían a sus naturales luchar fuera de los límites de cada provincia.
 
 Comenzó a surgir una corriente de pensamiento contrarrevolucionaria y antiliberal en defensa del Trono y el Altar bajo la bandera de Dios, Patria y Rey, carácter del Carlismo. Se complicó la situación en Cataluña tras la muerte del General Ricardos, quien después de haber vencido al francés por sus condiciones de estratega y táctico, falto de apoyos, tuvo que retirarse acosado a poca distancia, sin perder ni hombres ni equipo, y sin medios para continuar una campaña que alcanzó resonancia europea, regresa a Madrid para exigir apoyo a Godoy. Y estando en la gestión, muere en 1794.
 
 Desde ese momento, la guerra en el Pirineo oriental comienza a perderse por las armas españolas, faltas de un jefe que pudiera suplir las virtudes humanas y profesionales de Ricardos. Y en esta situación, al contrario que en el País Vasco, el Gobierno recurrió a la antigua institución local del somatén, preludio de la Guerra de la Independencia. Llegada la Paz de Basilea la política española quedó subordinada a los intereses franceses, comenzando así el germen del liberalismo que ya no abandonaría España ni antes ni después de la Guerra de la Independencia, y que durante el encierro de Fernando VII en Valençay, a parte de que la inmensa mayoría de los españoles sólo reconocieron como rey a Fernando VII el Deseado, deslegitimaron al monarca impuesto por Napoleón, propiciando lo que también fue el germen del Carlismo en defensa del Altar y el Trono legítimo.
 

En la imagen, el General Antonio Ricardos.


Digamos, pues, que la Revolución francesa engendró un ciclo de revoluciones en Europa que aún no parece haber acabado, y digamos, también, que durante todo este periodo, en España la sociedad a terminado dividiéndose convirtiéndose además en un ideal estereotipado cuando se habla de “las dos Españas”, la tradicional y la revolucionaria o progresista. La primera, la España Tradicional, tuvo el suficiente arraigo en España como para resistir el envite revolucionario en nada menos que seis guerras civiles de más o menos importancia y cuyos resultados han sido diversos, desarrollando a su vez una teoría política de cierta envergadura, que a menudo y de forma equivocada ha estado salpicada de difamación política o minusvaloración del tema carlista, considerándolo como algo episódico e intrascendente cuando la realidad, es muy distinta.
 
 
El enfrentamiento entre las dos Españas se produce por primera vez a principios del siglo XIX y además, durante el reinado de Fernando VII. Nos referimos a la Guerra Constitucional durante el mandato del liberalismo del Trienio entre 1821-1823 y más concretamente a raíz de la llegada o entrada en el gobierno de la facción llamada veinteañistas más radical, y que terminó con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis de Angulema,  y la otra guerra fue la rebelión de Cataluña y zonas periféricas conocida como guerra de los Malcontents o Agraviados, en la proclama de Agustín Saperes se habla del «enemigo infame que intenta arrebatarnos el precioso don de nuestra Santa Religión y del Rey absoluto». Sus pretensiones eran que se restableciera la Inquisición, y se quejaban de las relaciones del rey con los afrancesados, optando por un reformismo para que se sostuviera el régimen absoluto, habida cuenta de que Fernando VII estaba acercando peligrosamente sus intereses a las posturas y postulados del llamado sector más templado que cada vez, se iba haciendo con más poder en el gobierno. Todo terminó pronto y cuando todo el mundo pensaba en un trato benigno con los implicados,  Fernando VII rechazó cualquier petición de gracia; nueve de los principales insurrectos fueron fusilados en Tarragona, mientras que unos trescientos fueron deportados a Ceuta.
 
Es muy importante recordar aquí, que desde el punto de vista ideológico y político, el Carlismo en armas, en su primera etapa, es, fuera aparte de la Guerra Civil desatada durante el trienio Constitucional, entre 1820-1823, de la que se ha hablado,  la oposición de masas más importante a la Revolución Liberal. Teniendo en cuenta las razones dinásticas que más adelante se verán, hay que asumir que el Carlismo invoca también en una primera etapa una oposición lógica a las teorías que se derivan de la Revolución Francesa, y es heredero sistemático del “Realismo Exaltado” o de los llamados “puros” del régimen político de la monarquía absolutista. Hagamos memoria de que no sólo se dio la división liberal en “doceañista” y “veinteañistas, también llamados los primeros Moderados y los segundos Exaltados (progresistas), si no que entre los Realistas o partidarios del Absolutismo, también si dio una división ideológica o de planteamiento entre los llamados “Puros” o exaltados, y los llamados Moderados, y podríamos incluir también a los Jovellanistas, estos últimos eran fundamentalmente intelectuales moderados partidarios de la Ilustración, y se repartían también entre ambos bandos de pensamiento, es decir, entre Realistas y Liberales. También recibían este nombre los miembros de una sociedad secreta de carácter conspirativo liberal, que estaba supuestamente activa alrededor de 1837, pero no tenían nada que ver con los jovellanistas del realismo. En vida de Fernando VII los tradicionalistas españoles, que eran conocidos como realistas,  se vieron divididos en pensamiento cuando la cuestión dinástica emergió a la muerte del monarca y los realistas puros apoyaron a su hermano Carlos. Fue entonces cuando el tradicionalismo político fue enriquecido por un elemento nuevo, el Legitimismo, que con un líder de sangre real a la cabeza, fue a su vez conocido como Carlismo.
 
Esta razón anterior, el Legitimismo, lo que se ha venido a llamar como legitimidad proscrita y heroica, ha tenido cinco reyes como abanderados que son: Carlos V, Carlos VI, Carlos VII, Jaime III y Alfonso Carlos I. Con el fallecimiento de este último en Viena el 29 de septiembre de 1936, se habla de la extinción recta o directa de la dinastía del legitimismo español, y se abre una sucesión que podemos considerar jurídica y políticamente oscura, y que divide en partidarios de diversas tendencias a los actuales carlistas españoles, aunque para no entrar en conflictos que ensucien el tema que nos ocupa, no vamos a tratar aquí en diversificar o enmarañar más sobre esta cuestión, ya que la finalidad es otra bien diferente, y no pronunciarnos o postularnos en dogmas políticos, ya que esto es mas bien el trabajo que corresponde a los órganos internos del Carlismo, nos limitaremos en consecuencia a mencionar determinados datos de carácter informativo.
 
 

Durante el Decenio Absolutista (1823-1833), que la historiografía liberal más clásica define como “La Ominosa Década”, con posiblemente, demasiado sabor a tópico en un guiso literario que se ha anclado en la historia de España de tal manera que resulta muy complicado desmitificar, y que desde luego, tampoco es que ayude demasiado ni la historia del propio monarca, ni su equipo de gobierno a la hora de proporcionar determinado número  de argumentos en su defensa para tratar de reivindicar algo de positivismo en este periodo de difícil planteamiento político, Fernando VII pudo llegar a comprender la derivación cada vez más persistente de las circunstancias político-sociales de España, aunque el Régimen continuara gozando de una plena soberanía real, y todos los intentos para derrocarlo fueron infructuosos. No obstante se tomaron medidas en el campo administrativo que fueron gratas para los partidarios del Liberalismo de forma que aumentó el número de moderados y ex afrancesados que se fueron adhiriendo al Régimen, sobre todo en torno a 1826, cuando el monarca había empezado a dar muestras de una amplia remoción de cargos en la cual los conservadores a ultranza iban a ser literalmente barridos del mapa político, pero los Realistas más celosos lograron que el rey suspendiera el plan. Esto dejó entrever claramente el giro político consentido por Fernando VII y la dirección de este giro, que principalmente se haría más de una forma administrativa que política, y de que contaba con el beneplácito de los ex afrancesados liberales moderados, los cuales ya desde hace tiempo, habían renunciado a la violencia, y ansiaban un giro pacífico de la situación mientras que los exaltados continuaban conspirando víctimas de su propia impaciencia temerosos de que la evolución, como sospechaban, les dejase fuera de participar activamente en la administración y política del Régimen. Esta actitud de Fernando VII fue, precisamente, la que provocó una división importante con su hermano el Infante don Carlos y el principio de sus enfrentamientos ideológicos, que con el paso del tiempo, se irían acentuando cada vez más.

 

En la Imagen superior, Carlos María Isidro Benito de Borbón y Borbón-Parma, primer pretendiente carlista al trono español, con el nombre de Carlos V.
 
No hay que olvidar que la historia del carlismo, ha venido acompañada de supuestas conspiraciones cuya base no ha sido otra que la propia ideología liberal intentó, a nuestro juicio, infiltrar aprovechando la inclinación de Fernando VII a incluir en sus gobiernos a figuras más moderadas del liberalismo, o posiblemente al temor a la inseguridad del monarca, y viendo que su hermano, empezaba a ser aclamado por una parte del pueblo español cada vez más desconcertado con el monarca, pero otras conspiraciones si han sido más reales, y a una y otras nos referimos a continuación.
 
Ya durante el Decenio Absolutista, se llevaron a cabo varias conspiraciones de carácter ultrarrealista, y algunas de ellas tuvieron vínculos con un cuerpo de base popular denominado voluntarios realistas, que se formo en junio de 1823, que estaba controlado por los núcleos más idealistas del absolutismo, y cuyo episodio más importante fue la llamada Guerra de los Agraviados, o malcontents, (mal contentos), en 1827,  de la que hablaremos después,   y la cual, se desarrolló básicamente en Cataluña, debido al  malestar que se vivía tanto en la industria como en la agricultura debido a la fuerte crisis económica, y que se llevó a cabo contra el Gobierno, salvando la figura del monarca, pero que sin embargo, se tomaron medidas del propio Fernando VII que combinaron tanto la represión más brutal, como el indulto más incomprensible, con lo que podemos hablar de que la represión en esta década, no fue sólo contra los movimientos liberales, si no también contra los realistas descontentos.
 
Ya desde Francia, el gobierno de Luis XVIII aconsejaba que se adoptaran en España medidas de conciliación que empezaron a hacerse efectivas a finales de 1825, aunque no sin alguna, aunque escasa, reticencia. Durante este año 1825, ya empezaron a ver la luz determinadas publicaciones como panfletos, en los cuales se daba a conocer el temor a que se hiciese efectivo un cambio de sentido en la política de Fernando VII que favoreciesen el ideal del Liberalismo. Uno de los más importantes fue el titulado “Españoles: unión y alerta”, en el cual se ponían de manifiesto determinadas conspiraciones masónicas que, según el panfleto, se preparaban ya desde 1823, para fomentar partidos encontrados, contrariar a todos los gobiernos y calumniando con tesón y cautela. Con escritos parecidos a este, se extiende un cierto clima de temores y sospechas, más propicio de todo régimen que se desmorona que otra cosa. Rumores solapados y folletos crean un desconcierto demasiado incipiente en la opinión pública y sirven de intrigas conspiratorias de mayor grado creando una situación de alarma preocupante que ya con una iniciativa del duque del Infantado Pedro Alcántara Álvarez de Toledo y Salm-Salm quedó mas que patente, mientras fue presidente del Gobierno entre 1825 y 1826.
 
En el próximo capítulo, LA PROPAGANDA LIBERAL.

Aingeru Daóiz Velarde.- 

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