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La batalla de Pavía

Mensaje por Alentian el Lun Abr 07 2014, 13:29

LA BATALLA DE PAVÍA

El 23 de octubre de 1520 Carlos de Gante, rey de España, Nápoles y Sicilia, archiduque de Austria y duque de Borgoña y Brabante, fue coronado emperador del Sacro Imperio en Aquisgrán.

Era la primera vez en la historia que un monarca de la lejana España se ceñía la corona de Rey de Romanos, a la que se accedía tras una elección por parte de siete príncipes alemanes: tres arzobispos (Maguncia, Tréveris y Colonia), un rey (Bohemia), un conde (Palatinado), un duque (Sajonia) y un margrave (Brandemburgo).

Para ser elegido había que cumplir tres requisitos: pertenecer a la familia Habsburgo –tenía preferencia sobre todas las demás–, contar con la aprobación papal –se daba por hecha– y, lo más importante, sobornar generosamente a los príncipes electores para acelerar el trámite y sentarse cuanto antes en el trono de Carlomagno. Y todo por una cuestión de prestigio, porque ser emperador, además de costar mucho dinero, no otorgaba demasiado poder, aunque sí cierta influencia.

Carlos de Habsburgo, que era extremadamente joven, ya tenía poder, mucho más poder que cualquier otro monarca de Europa y probablemente del mundo. Todo se lo debía a una imprevista carambola histórica. La política dinástica de Fernando de Aragón y su obsesión con aislar a Francia había terminado funcionando, y de qué manera. Los dominios del Habsburgo rodeaban a los de los Capeto por los cuatro costados. El emperador, además, añadía diariamente nuevas posesiones en América, era amigo de Inglaterra y sus marinos circunnavegaban el globo. La gloria era suya.

El rey de Francia no estaba, naturalmente, por la labor de aceptarlo. Fracasado el intento de evitar que los españoles se apoderasen del sur de Italia, era fundamental expulsarlos del norte para impedir que tendiesen un pasillo letal que comunicase Italia y los Países Bajos a través de Borgoña. Esto significaba un perpetuo jaque mate a Francia, que no podría expandirse y estaría perennemente expuesta a los caprichos del águila bicéfala hispano-germana, dotada de una letal garra que haría realidad en un día lo que los ingleses no habían conseguido en cien años de guerra.

Todo pasaba por adueñarse de Milán y acantonar fuerzas allí. La campaña empezó unos meses después de la coronación, con muy mala pata, por cierto.

Los franceses perdieron dos batallas consecutivas, la de Bicocca y la de Sesia. La primera fue tan fácil de ganar que, en español, una bicoca es algo de poca estima y asequible para cualquiera. La tercera se la tomaron más en serio. En 1524 el rey Francisco I penetró en el Milanesado al frente de un ejército de 40.000 hombres. Ante semejante alarde, la guarnición española abandonó la ciudad y se cobijó en plazas fortificadas de los alrededores como Lodi o Pavía en espera de refuerzos.

Para forzar un tratado de paz que legitimase la invasión, Francisco tenía que limpiar de españoles toda la Lombardía, antes de que le birlasen la conquista. Así que se dirigió presuroso con el ejército de Milán a rendir Pavía, donde se había hecho fuerte el grueso de la guarnición española.

Aparentemente una bicoca, pero sólo aparentemente. Tras los muros de Pavía se encontraba Antonio de Leyva, un riojano con muy mala leche, veterano de la guerra de Nápoles, al mando de 6.000 hombres, mil de los cuales eran infantes españoles duros como piedras, de esos que no se rinden jamás.

Francisco I, casi tan joven como el emperador, no tenía idea de lo poco razonables que pueden llegar a ser los españoles en la guerra, de modo que, con su hueste imponente, puso sitio a Pavía y esperó pacientemente la rendición. Todo muy medieval, pero ya no estaban en la Edad Media. A los emisarios de Leyva, entre tanto, les había dado tiempo a avisar para que el emperador acudiese al rescate. Los franceses lo daban por hecho, pero España estaba muy lejos, y además había coordinado lo de Milán con una incursión en Navarra que entretendría al ejército español en los Pirineos.

No contaba con que, por aquellos años, a Dios le había dado por hablar español y sus hijos predilectos estaban por todas partes.

El emperador armó dos ejércitos: uno en Nápoles, al mando de Fernando de Ávalos, y el otro en Alemania, guiado por el lansquenete suabo Georg von Frundsberg. La victoria era segura, siempre y cuando Leyva consiguiese resistir.

¿Resistir? Esa era la especialidad de la casa. En Pavía pasaban las semanas, la comida escaseaba y no se cobraba. Los mercenarios alemanes empezaron a inquietarse. No iban a perder la guerra por una cuestión de dinero, pensó Leyva, y obligó a sus oficiales a pagar a los soldados de su propio bolsillo. Los artilleros españoles, que no querían ser menos quijotes que los jefes, rehusaron poner la mano. Ya cobrarían cuando hubiesen ganado la batalla.

A los tres meses de sitio llegó Ávalos desde Nápoles y cortó la línea de suministros entre Milán y Pavía. El rey Francisco tendría ahora que pelear en pleno invierno y con lo que tenía en el campo. Al mes siguiente arribó el ejército de Frundsberg, que se colocó tras las tropas francesas para provocar la acometida de la caballería y neutralizarla.

Había que hacerlo de madrugada, aprovechando la oscuridad para apoderarse de un castillo, el Mirabello, que se encontraba a corta distancia de Pavía. Francisco I mordió el anzuelo. Ordenó que la caballería cargase con fuerza sobre la retaguardia española, que la estaba esperando agazapada con la pica en la mano.


Arcabuceros alemanes abriendo fuego durante la batalla de Pavía. Ilustración de Graham Turner

Al final se quedó sin el castillo y sin la caballería. Sin ella el ejército francés se quedaba en nada. La situación se había invertido. En sólo unas horas el ejército francés había pasado de sitiador a sitiado. Sin jinetes, a los de Francisco I les habían emparedado en tres frentes. Por detrás y por la derecha estaban los soldados de Frundsberg; y en frente los de Leyva, que salieron de Pavía como un astado al abrir el portón del toril. El general riojano, sabedor de que estaban hambrientos, les había asegurado que la tropa gabacha nadaba en la abundancia y que podrían saciar el hambre si tomaban su campamento.

Así, apelando al estómago, consiguió que se enfrentasen a un ejército mayor en número. Pero no lo hicieron al estilo bárbaro, sino organizadamente, en grupos compactos de arcabuceros, flanqueados por piqueros y jinetes.

Avanzaban lentamente, disparando a los caballeros franceses que habían sobrevivido a la refriega de la madrugada. El jinete que conseguía eludir las balas se las veía con el piquero. La caballería española, mientras tanto, iba apartando a los infantes franceses. Una especie de carro de combate prácticamente inexpugnable. A Francisco sólo le quedaba una contramedida: disolver esos grupos a cañonazos. Pero tampoco funcionó. De nada sirve la artillería sin caballeros e infantes que la protejan, y esos estaban cayendo como chinches.

En el clímax del desastre, el general Guillaume de Bonnivet, estratega mayor y antiguo preceptor del rey, se suicidó. Puestos a dejarse la vida, el monarca prefería que se la quitasen o, quizá, caer prisionero y salvarla, que era lo más probable. Se adentró en el campo de batalla a pie y allí fue apresado por un soldado guipuzcoano, Juan de Urbieta, que a punta de espada lo llevó a presencia de Leyva.

Francia no sólo había perdido la batalla y más de 10.000 hombres, sino que su rey se encontraba preso de los españoles. El emperador cursó órdenes para que se respetase la vida del Capeto, que fue conducido a Madrid, en aquel entonces una modesta villa castellana, donde ya se encargarían de apretarle las tuercas para que firmase lo que le pusiesen delante.

Lo de permanecer con vida y pasar el mal trago del cautiverio terminó siendo un acierto. Francisco I volvió a Francia, se desdijo de lo que había firmado en Madrid e inició una nueva guerra contra España de la que saldría nuevamente derrotado. Pensó que Carlos había ganado en Pavía porque tenía el apoyo del Papa, así que concertó una alianza con Clemente VII para sacar a los españoles de Italia. Ignoraba, una vez más, que Carlos de Gante era ya un testarudo español dispuesto a cualquier cosa con tal de permanecer en la Bota, incluso a saquear Roma y tomar preso al Papa, pero esa es otra historia.
http://historiasinhistorietas.blogspot.com.es/2011/10/1525-la-batalla-de-pavia-y-la-corona-de.html
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Re: La batalla de Pavía

Mensaje por ilustrado el Miér Feb 03 2016, 01:10

Antonio de Leiva y Juan de Urbieta en la batalla de Pavía


Durante la primera mitad del siglo XVI, las dos poderosas dinastías europeas rivalizaban a muerte: por un lado, los Borgoña-Austria de Carlos I de España y V de Alemania; del otro, los Valois-Angulema de Francisco I de Francia.

Mantenían litigios sobre territorios como el Milanesado, Nápoles, Luxemburgo, Navarra, etc. Además, Francisco no perdonaba a Carlos que se hubiese alzado con el título de Emperador del Sacro Imperio al que también aspiraba. Llegaron a mantener cuatro guerras, conocidas como Guerras Italianas.



BATALLA DE PAVÍA


La primera duró cinco años, entre 1521 y 1526, y se desarrolló en el ducado de Milán. En ella se desarrollaron las batallas de Bicoca y Sesia, siendo la definitiva la sucedida en la ciudad fortificada de Pavía.

Allí se encerró uno de los más eficaces generales españoles, el navarro Antonio de Leiva, organizando la defensa con 2.000 españoles y 5.000 lansquenetes alemanes y los mercenarios suizos. La ciudad estaba muy mal protegida y desabastecida a causa de haber sufrido la peste en fechas recientes. El capitán navarro se afana en reconstruir las murallas de la ciudad. Antonio de Leiva era una de los generales más veteranos de Europa, había combatido en las Alpujarras durante la Reconquista y acompañado al Gran Capitán en otra serie de campañas italianas contra los franceses.

Los ejércitos de Francisco I, muy superiores en número de efectivos, intentan tomar la ciudad, pero no pueden expulsar a las fuerzas españolas sufriendo muchas bajas. Hubo intentos de soborno por parte del rey francés para que Antonio de Leiva entregara la ciudad, pero sin éxito. El rey ordenó la retirada para buscar un ataque alternativo. Intentó desviar el río Tesino que defendía la ciudad por un lado y quemó los molinos para dejar sin harina a la ciudad. Una lluvia torrencial destruyó las obras francesas cuando ya estaban casi terminadas, y Antonio de Leiva hizo construir otros molinos dentro de la ciudad en previsión de la destrucción que llevaría a cabo el galo de los que estaban en el río.



ANTONIO DE LEIVA


La guerra en aquel invierno de 1525 se hacía dura, con el tiempo lluvioso, los caminos embarrados y las nieblas traicioneras ocultando celadas en valles y malos pasos, pero tampoco quedaba otra opción. El ejército de Francisco I había cercado Pavía, y los tercios austracistas sufrían el hambre, las arcas de sus regimientos estaban exhaustas. Los sitiados no tardarían en rendirse por hambre o a sublevarse por falta de pagas. Leiva impuso tributos a los ciudadanos y la obligación de dar comida a los soldados, ordenó fundir la plata de la vajilla para poder convertirla en moneda con que pagar al ejército y recibió 3.000 escudos del marqués de Pescara.

A mediados de enero, los generales de Carlos, el contestable de Borbón, Lannoy y Pescara marcharon sobre Pavía para forzar al rey de Francia a levantar el cerco, produciéndose el enfrentamiento el 24 de febrero de 1525.



BATALLA DE PAVÍA


Desde que acampó en las proximidades de la ciudad fortificada, Pescara realiza una serie de falsos ataques nocturnos contra las posiciones francesas, seguramente que en busca de víveres. De este modo los acostumbró a las falsas alarmas y se aseguró que los cogería desprevenidos cuando desencadenase el ataque verdadero.

Pescara formó su columna de escuadrones de piqueros flanqueados por la caballería y arremetió contra la línea francesa en ángulo agudo, siguiendo el orden oblicuo generalizado en la época. Los franceses realizan un contraataque que consigue desbaratar la formación imperial y robar los cañones de la artillería alemana. Por contra, dejaron al descubierto su retaguardia y las tropas imperiales del marqués del Vasto se colaron por la brecha y pusieron en fuga a los suizos de Francisco.

El condestable de Borbón, al servicio de Carlos, cayó sobre la vanguardia francesa con el centro imperial. Francisco I cometió la torpeza de lanzar a su caballería al ataque contra la caballería imperial, exponiéndola al fuego de su artillería. Mientras tanto, el marqués de Pescara dispuso a sus 1.500 arcabuceros de modo que acribillaran a la caballería enemiga.

En el momento más crítico Leiva salió de Pavía con sus 5.000 hombres y después de romper el puente sobre el Ticino para cortar la retirada a los franceses, cayó sobre la retaguardia del enemigo. Ese día, Leiva estaba enfermo, pero así y todo quiso estar entre sus hombres, entre los que destacó un guipuzcoano llamado Juan de Urbieta.



APRESAMIENTO DE FRANCISCO I DE FRANCIA POR JUAN DE URBIETA


A Francisco I le quedaba casi intacta la infantería del centro e izquierda, compuesta de mercenarios suizos y de lansquenetes alemanes. Estos fueron arcabuceados por los españoles, poniéndoles en fuga. En aquella época, la mayoría de los arcabuces utilizados por las tropas al servicio del rey Carlos I de España y emperador Carlos V de Alemania, fueron forjadas, principalmente, en la zona del río Deba, destacando la fragua de Martín Ibáñez de Unamuno, cuyas armas por él trabajadas colaboraron de forma importante a la victoria de los soldados que las utilizaban.

Desarticulados los franceses y perseguidos por los imperiales, la batalla se redujo a combates aislados. Francisco y sus caballeros de escolta fueron rodeados por unos arcabuceros quienes dispararon a su caballo cayendo al suelo con él. Cuando trataba de levantarse, un soldado guipuzcoano, Juan de Urbieta, natural de Hernani y miembro de la compañía de Diego de Mendoza, pasó a la historia por hacerle preso, conjuntamente con un gallego, Alfonso Pita, un catalán, Juan de Aldana, y un granadino, Diego Dávila. Urbieta le puso el estoque al costado por las escotaduras de las armas, le ordenó rendición; el rey viéndose en peligro de muerte, se identificó.



APRESAMIENTO DE FRANCISCO I DE FRANCIA POR JUAN DE URBIETA


Juan de Oznayo, paje del marqués del Vasto y uno de los cronistas testigos de la batalla escribió:

“Francisco I iba casi solo cuando un arcabucero le mató el caballo, y yendo a caer con él, llegó un hombre de armas de la Compañía de don Diego de Mendoza, llamado Joanes de Urbieta, vascongado, natural de Hernani, en la provincia de Guipúzcoa, y como le vio tan señalado, fue sobre él al tiempo que el caballo cayó. Y poniéndole el estoque a un costado por la escotadura del arnés, le dijo que se rindiese. El rey viéndose en peligro de muerte, dijo: La vida, que soy el rey. El guipuzcoano lo entendió, aunque era dicho en francés, y diciéndole que se rindiese, él dijo: Yo me rindo al Emperador.”



JUAN DE URBIETA


La batalla de Pavía se saldó con más de 8.000 muertos franceses. Además, muchos nobles y caballeros principales cayeron prisioneros. Francisco encarcelado durante un año en España, hasta firmar el Tratado de Madrid en 1526, por el cual, reconocía los derechos de Carlos V sobre los ducados de Milán y Borgoña. Una vez en Francia, reanudó la guerra en Italia rompiendo el tratado.

Por la captura del rey francés y otros servicios, Juan de Urbieta fue recompensado en 1530 por Carlos I con el escudo de armas y un diploma acreditando sus méritos, ascendido a capitán de caballería y los títulos de caballero de la orden de Su Majestad. Por otro lado el propio Francisco I escribió una carta a Urbieta agradeciéndole su comportamiento durante la captura y el haberle permitido salvar la vida tras su rendición.

La defensa de Pavía realizada por el capitán Antonio de Leiva le valió el gobierno del Milanesado y el título de Príncipe de Ascoli.



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Re: La batalla de Pavía

Mensaje por Aurelioj_2003 el Miér Feb 03 2016, 01:55

¡Dios mío! ¿Qué nos ha ocurrido? ¿Cómo hemos dejado de ser como nuestros antepasados para convertirnos en maricomplejines? Que ya me imagino que Carlos I le iba a llenar España de inmigrantes y "refugiados" a esos españoles.
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