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LA SIMA DE IGÚZQUIZA

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LA SIMA DE IGÚZQUIZA

Mensaje por Aingeru el Jue Jun 12 2014, 21:21

LA SIMA DE IGÚZQUIZA.

Alejandro Sawa (1862-1909), gran amante de la Belleza y la Literatura, vivió en París entre 1889 y 1896, atraído por sus movimientos literarios, y allí conoció a su admirado Verlaine con quien compartió horas de tertulia y lírica exaltación. Glorioso emperador de la bohemia, según Carrere, con el tiempo el nombre de Sawa se fue sumiendo en el olvido, aunque la semblanza que de él hiciera Valle Inclán como Max Estrella en Luces de bohemia vivirá para siempre, pero, de Alejandro Sawa, hablaremos en otro momento, ya que lo que aquí nos interesa, es una de las leyendas que corren por esta mágica Navarra, tierra de diversidad y de contrastes, donde las brujas de Zugarramurdi, en el norte, vigilan expectantes el devenir de los tiempos, y la grandiosa historia de esta tierra, adorna con leyendas de pueblo las noches estrelladas a los corazones del sueño, pero de Alejandro Sawa, hablaré en otro momento.
En La sima de Igúzquiza, publicada en 1888 y nunca vuelta a reeditar, Sawa recrea, con el tremendismo propio del naturalismo más radical, unos sucesos acaecidos cerca de Estella (Navarra) durante la tercera guerra carlista, en los que una partida de guerrilleros, capitaneada por un pendenciero expresidiario, fue acusada de arrojar a sus prisioneros vivos al fondo de una sima, después de torturarlos y violarlos. Sin duda,  un terrible suceso de las guerras carlistas de los años setenta del siglo XIX, que se publicó en la colección de novelas del semanario republicano, satírico y anticlerical El Motín en 1888, publicación dirigida por el periodista José Nakens. Narra cómo una partida carlista, comandada por Félix Domingo Rosa Samaniego, despeñaba a sus oponentes, ancianos, mujeres y niños, después de torturarlos y violarlos por la sima de Igúzquiza, de doscientos cuarenta metros de profundidad, ubicada cerca del municipio de igual nombre; y a corta distancia de Estella —entonces capital del carlismo— y de Pamplona. La obra se inscribe dentro del tremendismo inicial de Sawa. En la imagen, grabado de la obra a la que se hace mención de los hechos.




Existen pocos  lugares de Navarra que causaran tanto pavor a finales del XIX como la sima de Igúzquiza, y aquí la leyenda se bifurca y toma un nuevo derrotero, ya que parece ser que fue el  feroz guerrillero carlista apodado Jergón quien  arrojó aquí a varias personas después de cortarles las orejas.

Aquel personaje se llamaba en realidad Ezequiel LLorente, y había combatido junto al guerrillero Rosas Samaniego en la tercera guerra carlista.
Al término de esta, Jergón fue acusado de "asesinar sin piedad, ni temor de Dios a jóvenes de 15 y 18 años, hombres en la mejor edad de su vida, ancianos casi decrépitos, y a doncellas de 22 años, sepultándolas en los insondables abismos de la sima de Igúzquiza, unas veces después de muertas, otras mal heridas y otras vivas, sin más motivo que leves sospechas de que eran de opinión liberal o que habían conducido algún parte".
Entre las acusaciones más fuertes figuraba la de haberse comido "una sartén llena de orejas fritas cortadas a personas vivas que después tiraba a la sima". También solía decirse que por cada guiri ( liberal) que mataba, Ezequiel le daba una vuelta a la pernera de su pantalón. Por todo ello, Jergón fue condenado a morir fusilado junto a la sima donde había cometido -supuestamentetantas fechorías.
"Probablemente aquellos crímenes horrendos fueron exagerados intencionalmente con la idea de amedrentar al enemigo. De hecho cuando llevaban a Jergón a la sima para matarlo, ni siquiera sabía él donde se encontraba este lugar.
Además, en 1877 ingenieros del ejército realizaron un sondeo en el fondo de la fosa y no encontraron restos humanos. Lo que sí se conserva en el archivo del Ayuntamiento de Igúzquiza es el acta de defunción donde se ordena expresamente enterrar a Jergón en el cementerio de la villa, aunque no se conoce en realidad su tumba.
Y es que, como bien dice el refrán, en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, y con el final de la Tercera Guerra Carlista, los periódicos del bando vencedor, el liberal, fueron los encargados de escribir la historia a su imagen y semejanza, como así lo hicieron, y calificaron a Llorente como "una hiena", que actuaba "con el manto de un partido político que se titulaba defensor de la religión". Los "crímenes" que se le achacaban, por extremados, resultan casi increíbles, ya que en el informe de fiscalía que se le dictó el 21 de diciembre de 1876, cuando se le fusiló en la sima de Igúzquiza (que se decía era el lugar donde arrojaba a sus víctimas, vivas o muertas), se le acusaba de "haberse comido una sartén llena de orejas fritas cortadas a personas vivas que después tiraba a la sima". En la imagen siguiente, Ezequiel Lloerente, alias Jergón.




EZEQUIEL LLORENTE Un 9 de abril de 1841 a las 20.00 horas, en una Tudela que todavía estaba derribando antiguas puertas de la muralla y donde el antigua convento de San Francisco (Sementales) pasaba a convertirse en cárcel, nacía Ezequiel Llorente Aguerri, hijo de Francisco Llorente, mulero en la capital ribera, y de Josefa Aguerri, de Azpeitia. Nada se sabe de su infancia hasta el documento que acredita su matrimonio con Sebastiana Tantos, cuando él contaba con 26 años de edad y ella, ya viuda, con 32. Ezequiel trabajaba entonces, en 1864, como jornalero y vivían en el número 16 de la calle San Antón.
Sólo ocho años después se integró en el ejército carlista que defendía la causa de Carlos VII, dejando en Tudela a su mujer con cinco hijos. Su primera acción en la guerra fue en Oroquieta, los primeros días de mayo de 1872, donde las tropas carlistas sufrieron tan severa derrota ante el general Moriones, que Carlos VII tuvo que cruzar la frontera y refugiarse en Francia, a la espera de una mejor organización.
Tras escapar de ese desastre, donde murieron 38 carlistas y se cogió presos a 750, Ezequiel Llorente, que ya comenzó a actuar con el alias de Jergón, se unió a la partida de Félix Domingo Rosas Samaniego, que junto con otras, como las lideradas por Mendizábal o la del tudelano Bartolillo, se dedicaron a poner en jaque al ejército liberal, cortando sus comunicaciones, persiguiendo a los confidentes, evitando su actuación y haciendo real el aislamiento de las plazas sitiadas, como el bloqueo de Pamplona.
Conforme avanzaba el conflicto, el rumor, difundido por La Ilustración Española y Americana , de que se estaban cometiendo barbaridades se empieza a extender, hasta el punto de que se abrió un proceso contra los integrantes de la partida, a la espera de que fueran capturados. Con el final de la Tercera Guerra Carlista, el gobierno de Cánovas solicitó la extradición a Francia de muchos de estos guerrilleros, aunque no fue concedida.
Jergón se presentó ante las autoridades acogiéndose al indulto que habían anunciado para quienes lucharon entre las tropas carlistas, aunque finalmente no se respetó, siendo encerrado en la ciudadela de Pamplona durante casi un año y fusilado a las ocho de la mañana del 21 de diciembre de 1876, sin un juicio previo.
Las acusaciones eran "asesinar sin compasión, piedad ni temor de Dios a jóvenes de 15 y 18 años, hombres en la mejor edad de su vida, ancianos casi decrépitos y a doncellas de 22 años, sepultándolas en los insondables abismos de las simas de Igúzquiza y Ecala, unas veces después de muertos, otras mal heridas y otras vivas, sin más motivo que leves sospechas de que eran de opinión liberal o que habían conducido algún parte para columnas del ejército constitucional".
En el dictamen fiscal se hacía referencia que "si no hubiese decaído la ley del Talión, en ningún caso debía ser tan bien aplicada como en la presente, sepultado vivo por la mano del verdugo, al igual que éste hizo con sus víctimas". Sin embargo, en un juicio sin abogado y con testigos más que dudosos, parece que fueron más benevolentes y le condenaron por 18 asesinatos a "ser pasado por las armas" y a sus familiares a "la indemnización de 1.500 pesetas a cada una de las familias de los asesinados, por si en lo sucesivo recayesen en él o sus herederos, por cualquier inesperado concepto, intereses bastantes para hacer efectiva esta indemnización". Posteriormente, quizás se le arrojó a la sima de Igúzquiza, aunque sólo es una hipótesis, ya que no se conoce dónde se encuentran la tumba.

A TIRO DE FUSIL
Sea como fuere, la enorme fosa de Igúzquiza ha pasado a la historia como uno de los lugares más tétricos y legendarios de Tierra Estella. Situada a unos 600 metros del pueblo ( o "a tiro de fusil", como se decía entonces), la sima tenía en 1877 trece metros de diámetro y 91 de profundidad, de los cuales veintiséis correspondían al agua que existe en el fondo". Ochenta años después, el profesor Adolfo Eraso estudió la sima de nuevo y constató que había aumentado su boca (ya tenía 15 por 25 metros), y había menguado su profundidad (64 metros), debido seguramente a posteriores hundimientos. Hoy, han podido variar algo sus proporciones, pero la sima conserva su forma elíptica, y también los tres enormes hoyos ( o dolinas) que componen su entorno más próximo.
Aunque la empalizada que protege su acceso desde el camino le quita hoy el tenebrismo que le atribuían los escritores decimonónicos, la sima conserva la aureola mágica que le otorga la geología de la zona. En Igúzquiza suele decirse que esta sima y las dolinas del entorno tienen un peculiar microclima. Ello hace que crezcan especies propias de otras latitudes más húmedas, como robles, avellanos y bojes. Pero lo que más llama la atención es el comportamiento caprichoso de la tierra. En la siguiente imagen, ilustración del libro que cuenta la historia.




En la imagen, la sima de Igúzquiza en la actualidad, poblada de abundante maleza.




En la imagen siguiente, la sima de Arbeiza, cercana a Igúzquiza, la cual se abrió de la noche a la mañana.

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