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EL ALMA DE NAPOLEÓN

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EL ALMA DE NAPOLEÓN

Mensaje por Aingeru el Vie Jun 13 2014, 16:12

EL ALMA DE NAPOLEÓN, DE León Bloy



Inglaterra trafica todo », decía, con amarga bonhomía el augusto prisionero de Lord Bathurst y de Hudson Lowe; « ¿por qué no se pone a vender libertad? » Debe creerse que esa mercadería le faltaba, y que le faltará siempre.
¿Qué es lo que no se ha dicho de la libertad inglesa? Otro lugar común, eminentemente clásico. ¿Y cuál es la nación más esclava de sus prejuicios religiosos o políticos, de sus instituciones, de su fariseísmo diabólico, de su orgullo insoportable e impío? Lo mismo da hablar de la libertad de Cartago, donde se crucificaba a los leones, es decir, a los ciudadanos que despreciaban el comercio, o de la libertad de Roma, donde los deudores insolventes pasaban, por fuerza de las leyes, a ser esclavos de sus acreedores. La hipocresía romana, que sólo ha sido aventajada por la hipocresía británica, había construido un templo de la Libertad sobre el monte Aventino. Allí se depositaban los archivos del Estado. La Diosa estaba representada como una mujer vestida de blanco, símbolo de la inocencia, teniendo a sus pies un gato, animal díscolo por excelencia. Inglaterra ha reemplazado ese pérfido felino por un leopardo, y en esto radica la diferencia.
Al gobierno de los intereses dinásticos, dominante preocupación de los reyes de Francia, y sobre todo de Luis XIV, predecesor molecular de Napoleón, se opone en esta nación -tan moderna por la bajeza de sus codicias como antigua por su dureza para con los débiles el gobierno exclusivo de intereses mercantiles. Porque tal es la vergüenza y la tarea indeleble de Inglaterra. Es una usurera cartaginesa, un mercader con traje de etiqueta, a la que su aislamiento insular le permite, decía Montesquieu, “insultar en todas partes” y robar impunemente.
La famosa rivalidad tradicional no es otra cosa que el antagonismo secular de un pueblo noble y otro innoble, el odio de una nación avariciosa hacia una nación generosa.
“La idea de destruir a Inglaterra –hace notar Sorel– , era en Francia una idea corriente a fines del antiguo régimen; se la juzgaba simple y natural, y se la discutía seriamente. Los archivos están llenos de proyectos de invasión”.
Napoleón pensaba y decía que la naturaleza ha hecho de Gran Bretaña, una de nuestras islas. En Boulogne, sin duda, él la veía recortada en una cuarentena de departamentos franceses, con una autonomía eventual para Irlanda y tal vez para Escocia. Su plan de invasión estuvo muy cerca de realizarse, y Gran Bretaña, presa de miedo cerval, convertida en pródiga por arte mágica, apresuróse a echarle a sus espaldas los ejércitos de Austria y de Rusia.
Porque la vieja bribona, Old England, a falta del joven imperio que no podía ponerse a sus plantas, estaba obligada a ofrecerse, mediante oro, apoyos o sostenes más maduros, que no estuvieron muy lejos de arruinarla. No se habló más que de dinero, Europa se transformó en un mercado de sangre humana, en el que la Compradora fue a menudo engañada sobre la calidad de los glóbulos o la cantidad de la efusión. La engañosa paz de Amiens no había sido más que una tregua de quince meses, una huelga no habitual del homicidio. Los negocios interrumpidos prosiguieron su curso, e Inglaterra fue más esclava que nunca de su caja registradora.
Como he intentado demostrarlo en otro lugar, la abyección comercial es indecible. Es el grado más bajo y, en los tiempos caballerescos, aun en Inglaterra el mercantilismo deshonraba. ¿Qué pensar de todo un pueblo que no vive, no respira, no trabaja, no procrea, sin ese objeto; mientras otros pueblos, millones de seres humanos, sufren y mueren por grandes cosas?
Durante diez años, de 1803 a 1813, los ingleses pagaron para que les fuera posible traficar en seguridad en su isla, para que fuera estrangulada Francia, que obstaculizaba su vileza, la Francia de Napoleón que ellos nunca habían visto tan inmensa, y que los colmaba de inquietudes.
“Quinientos años de rivalidad han hecho personal a cada individuo la emulación que aguijonea a los dos pueblos... Francia está en la posición de la antigua Roma respecto de Cartago entre la segunda y tercera guerra púnica... “Inglaterra es la enemiga natural de Francia; es una enemiga ávida, ambiciosa, injusta y de mala fe. El objeto invariable y querido de su política es, si no la destrucción de Francia, al menos su humillación, su envilecimiento y su ruina... Esta razón de Estado la lleva siempre sobre toda otra consideración, y cuando ella habla, todos los medios son justos, legítimos y hasta necesarios, con tal que ellos sean eficaces”. Justa quibus necessaria. Así se expresaban publicistas anteriores a la Revolución.
Pero Inglaterra no era solamente el enemigo natural de Francia. Era su enemigo sobrenatural. Hacía cerca de tres siglos –antes que, bajo las faldas de la odiosa Isabel, se desencadenasen los demonios impuros del mercantilismo protestante– el padre de esta yegua coronada, el polígamo Enrique VIII, no había tenido más que hacer un ademán para que toda Inglaterra, otrora llamada la Isla de los Santos, renegara de la Iglesia. Bochorno mayor e inicial de ese reino consagrado a Satán por un amo amasado en lodo, impaciente de una autoridad religiosa que se oponía a sus lascivias. Instantáneamente la libre Inglaterra apostató, y tanto más gustosamente, cuanto el rey concedía con munificencia los bienes de los obispados y monasterios a sus domésticos obedientes. Hubo mártires, pero en número reducido.
Esto, mientras Francia, convulsionada de horror, luchaba furiosamente contra la herejía, y se preparaba a combatirla por espacio de cincuenta años, por todos los medios, hasta la abjuración de otro lascivo obligado a aceptar la misa para reinar sobre la progenie espiritual de San Dionisio y de San Martín,
¡Entretanto que Inglaterra lleva esta iniquidad al Juicio universal, esperando también las calamidades que pudieran ser su consecuencia, muy cercana hoy, hubo, en la época de Napoleón, la grande angustia insular que hizo correr a través de Europa, un Danubio de sangre, y que tuvo sobre todo el horror de una vaca a cuatro pasos del Becerro de Oro, amotinando un continente mercenario para la destrucción o envilecimiento de la maravillosa nación francesa! Las más sombrías maquinaciones de la más audaz política fueron sus prácticas, y el propio temor de revo1ucionar a todos los pueblos civilizados no la detuvo. Basta recordar la incomparable piratería del bombardeo de Copenhague, al día siguiente de Tilsitt, para volar la flota danesa que el gabinete inglés suponía ganada para la causa franco-rusa, sin que semejante atentado fuera provocado por acto ninguno de hostilidad.
“El poder oculto y magnético de Inglaterra”. ¿Dónde, pues, he leído esas palabras? ¿Cuál era ese poder, y de dónde podía venir a esta nación apóstata, hacia la que se aguzaban como hacia un polo, todas las conciencias fangosas o perturbadas, tan pronto como la sortílega cuchicheaba en el silencio de las cancillerías europeas?
¡No parece que es como para inspirar miedo, que el más grande de los hombres fuese su víctima, que el león del desierto que había en él, pudiera ser fascinado al fin, por esa serpiente de bajos fondos, hasta precipitarse entre sus fauces como en un refugio!
¡Es abrumador decirse que el hombre de guerra al que ningún otro puede compararse haya sido vencido por un Wellington! Verdad es que entonces sus lugartenientes le obedecían mal o le traicionaban. ¡Pero, de todos modos, un Wellington, es demasiado ignominioso! Todo lo que podría decirse de ese inconcebible general inglés, cuyo principal mérito en España fue el de un buen intendente de las vituallas, y que hubiera sido irremediablemente aplastado en Waterloo, si Napoleón hubiera podido hacerse obedecer; todo lo que la indignación o el sarcasmo francés podría inspirar, no iría más lejos, para deshonrar a tal fantoche, que los consejos satíricos dados a los “generales en jefe”, por el autor inglés de la encantadora obra: Advice to the officers of the british army.
“Nada es tan recomendable como la generosidad hacia el enemigo. Seguirle apuntándole con un arma después de la victoria, sería sacar ventajas de su situación. Basta con haberle probado que podéis batirle cuando lo juzguéis conveniente... Procederéis siempre abiertamente y en buena fe, con amigos y enemigos. Os cuidaréis de disimular o de tender emboscadas. Nunca atacaréis al enemigo durante la noche. Acordaos de Héctor yendo a combatir a Ajax: ¡Cielo, alúmbranos y combate contra nosotros! Si el enemigo se retira, dejadle sacar algunos días de ventaja, a fin de mostrarle que siempre podéis "sorprenderle cuando os lo propongáis. ¿Quién sabe si una actitud tan generosa no lo impulsará a detenerse? Después que él se ha detenido en un lugar seguro, entonces podéis poneros en su persecución, con todo vuestro ejército... Nunca avancéis un oficial inteligente; un rústico compañero es todo lo que necesitáis para la ejecución de vuestras órdenes. Un oficial que sabe una letra más de lo que exige la rutina, debéis considerarlo como vuestro enemigo personal, pues podéis estar seguro de que se ríe de vos y de vuestras maniobras”.
Es indiscutible que Wellington, tan justamente admirado por Inglaterra, ha seguido al pie de la letra, en sus campañas de la península y aún de Bélgica, esos preciosos consejos. Habíanle sido necesarios, en España y en Portugal, para no ser destruido veinte veces, la ausencia capital de Napoleón y la anarquía criminal de los generales que le reemplazaban.
Puede tenerse la absoluta certeza de que hasta la pérdida del Imperio fue menos amarga a Napoleón, que esa suplantación ridícula e ignominiosa. Lo que prevalecía contra él, el grandioso y magnánimo emperador latino, era, en la persona del mediocre Wellington, todo el comercio y toda la banca de Londres. Esta era la horrible hipocresía del protestantismo parsimonioso y arrogante de los traficantes en matanzas y en infamias. Era, en fin y sobre todo, la sorprendente enmienda del Dios de los ejércitos, arrepintiéndose, como en el Diluvio, de haber hecho un hombre tan grande y, por efecto de una misericordia terrible, humillándole, al fin, bajo los pies de un aborto de la gloria!


ARTÍCULO DE OPINIÓN DE AINGERU DAÓIZ VELARDE

Y tenía razón León Bloy, hijo de una madre de origen español, donde lo español a significado siempre aprender a base de garrotazos y guerra, guerra y garrote, derrota tras derrota, y vuelta a empezar. En “La Involución  Hispanoamericana” el profesor Julio C. González lo puede decir más alto, pero no más claro, y cada vez, son más los autores hispanoamericanos que lo secundan en su opinión. La Pérfida Albión, aquella que alejada siempre de Europa, supo juntarse a la misma para amamantarse subrepticiamente de la gran ubre a su antojo y gusto, ya previno desde 1711 su plan de seguimiento, acoso y derribo sistemático para después, hacerse con el poder. Inteligente sistema de inteligentes mandatarios fieles al oficio de Sir Francis Drake.

Lo hizo a la perfección con la guinda que culminaba el pastel en el Congreso de Viena, donde Metternich lo dejó bien claro,  no la del falso Tratado de Verona que nunca existió, y sodomizó a su gusto y antojo (costumbre, por cierto, muy arraigada del vecino inglés) al siempre  aliado Portugués, que pobre de él, reclamaba Olivenza dando por malo el Tratado de Badajoz postrero a la Guerra de las Naranjas. De esto, trataremos más adelante, pues de lo que importa ahora, es recordar la historia, para saber que el plan inglés de 1711, sigue todavía vigente, aunque para muchos, no sea más que un recuerdo anticuado y sin sentido de un pretérito hostil, que no cabe más que en el pensamiento enfermizo del nacionalismo cerrado español.

Quienes conocen a Bloy, saben que literariamente es una personalidad discutible, pero siempre organizan en torno a él la conjura del silencio, lo que hoy sería llamar al mutis, como políticamente correcto, ya que valga decir que Bloy, era conocido no sólo como un gran escritor, que lo fue, si no como un verdadero poeta, y además, profeta, tenía una gran sensibilidad, captaba las percepciones inmediatas, las intuiciones momentáneas, las experiencias paramísticas, pero, sobre todo, la triste y cruel realidad.

http://es.scribd.com/doc/149527930/Bloy-Leon-El-Alma-de-Napoleon

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