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Zeluán, donde 400 soldados españoles fueron aniquilados tras combatir heroicamente contra miles de rifeños

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Zeluán, donde 400 soldados españoles fueron aniquilados tras combatir heroicamente contra miles de rifeños

Mensaje por BRUC el Mar Jun 21 2016, 06:34



Una masacre olvidada. Una heroicidad que ha pasado de largo en los libros y de la que casi da vergüenza hablar hoy en día. La defensa de la alcazaba y del aeródromo de Zeluán (una región ubicada a pocos kilómetros de Melilla) casi ha quedado borrada de la historia. Sin embargo, tan cierto como que miles de soldados españoles se dejaron la vida combatiendo por su país en el norte de Marruecos es que, allá por julio de 1921, unos 400 militares resistieron el asedio de miles de rifeños durante casi una semana en esta plaza fuerte.
Por desgracia, y a pesar de la valentía mostrada, los nativos no tuvieron piedad de los valerosos soldados españoles y, cuando estos se rindieron bajo promesa de clemencia para ellos y para los civiles que protegían, masacraron cruelmente y a traición a todos. Y lo mismo pasó con las mujeres y niños que se escondían en el interior de la alcazaba mora. Hoy, no obstante, hemos querido recordar este suceso aprovechando que el aeródromo de Zeluán es el que ha sido recreado por el Ejército del Aire (a través de la asociación de recreación histórica «Imperial Service») en la nueva sala inaugurada la semana pasada en el Museo del Aire.
Para saber más: La guerra aérea de España contra Abd El-Krim aterriza en Cuatro Vientos
Primeros años
Para llegar hasta el nacimiento del aeródromo de Zeluán es necesario hacer retroceder el calendario hasta el año 1912, cuando la aviación militar española -si me permiten el símil- echó a volar. Y es que, fue por entonces cuando se constituyó la Escuadrilla Expedicionaria de Marruecos y, por tanto, se empezaron a enviar aviones hacia el norte de África para ayudar al ejército en la guerra que se estaba librando contra las tribus locales por el control de aquella maldita región que nosotros conocíamos comop Protectorado.
Lo cierto es que aquellos aeroplanos eran sumamente útiles para nuestro ejército, pues servían para bombardear o ametrallar al enemigo desde el aire, entregar correo rápidamente, reabastecer posiciones amigas sitiadas, hacer labores de exploración y -como no- transportar tropas. Sin duda, aquellos primitivos pájaros de metal lograron dar más de un quebradero de cabeza a los rifeños, muchos de los cuales no podían evitar una mueca de terror cuando decenas de balas les llovían desde las nubes.
Todo parecía perfecto. Sin embargo, cuando los militares empezaron a conquistar el desierto a base de fusiles se planteó un problema para la aviación: los aparatos no tenían suficiente autonomía como para internarse tierra adentro, atacar, y regresar al aeródromo de Sania Ramel, en Tetuán (donde estaba la base de operaciones). Al no poder modificar los aviones para que albergaran más combustible, solo quedó una solución: construir nuevas pistas de aterrizaje desde las que partirían los aeroplanos. Una de ellas, según se planteó, estaría ubicada en Melilla. Y otras dos en Larache y Ceuta por su importancia a la hora de asegurar las comunicaciones tanto con la Península, como con el resto de la región.
Así fue como nació el aeródromo de Zeluán, una pista de aterrizaje cercana a una alcazaba (fortaleza) de la misma región. «El lugar elegido fue un campo situado en una reducida loma próxima a Zeluán, en la llanura de Bu-Guensein, a unos 24 kilómetros al sur de Melilla. En cada una de dichos enclaves una fracción de la Aviación debía de auxiliar a las tropas de la guarnición, por lo que el 16 de mayo de 1914 salía de Madrid una Escuadrilla expedicionaria con destino al nuevo aeródromo de Zeluán. La Unidad, al mando del capitán Emilio Herrera Linares, estaba compuesta por cinco pilotos y dos observadores e iba dotada de 4 aviones monoplanos Nieuport IV-G», explica el general de División del Ejército del Aire José Sánchez Méndez en su dossier «La aviación militar española en la Campaña de Marruecos (1913-1927)». La labor de este aeródromo fue continua durante años.
La mala expansión española
Tiempo después, en el verano de 1921, la situación no parecía excesivamente precaria para el ejército español. De hecho, el general Silvestre (al mando del contingente en el norte de África) vivía los momentos más dorados de su carrera ya que, al fin y al cabo, había logrado expandir el territorio rojigualdo al sur de Melilla como ningún oficial de su país hasta entonces a costa de los rifeños. Sin embargo, la realidad era sumamente diferente a lo que dibujaban las fronteras. Y es que, la conquista militar había sido tan rápida y la dilatación del frente tan bestial, que no había dado tiempo a construir fuertes de forma escalonada en el desierto.
La expansión española de las fronteras se hizo sin tener en cuenta la necesidad de agua
¿Cuál fue el resultado? Que el territorio quedó virgen de defensas y que había que atravesar cientos de kilómetros hasta llegar a los «blocaos» (fuertes portátiles) españoles construidos en primera línea de batalla. Horas y horas de caminata en un territorio virgen de edificaciones. En principio podría dar la impresión de que este era un tema baladí, pero nada más lejos de la realiadd. Y es que, si estas posicones quedaban aisladas y sitiadas por los enemigos, no podían recibir ni refuerzos, ni agua de regiones cercanas.
Estas limitaciones eran conocidas ampliamente por los militares africanistas, como bien señaló el General de División Juan Picasso en el informe que elaboró en 1922: «La mayor debilidad [de las posiciones] era el alejamiento y dificultad de la aguada en casi todas ellas. […] Así es que las posiciones, aparte de su escaso valor intrínseco, obligadas indefectiblemente a ser abastecidas de agua o a surtirse de ella en las aguadas habilitadas para ello, [...] tenían que caer ineludiblemente en cuanto el enemigo se lo propusiera. Aisladas algunas en alturas incomprensibles, sin repuestos suficientes, sin esperanza de auxilio exterior, constituidas prisioneras, por así decirlo, de los naturales, hubieron de caer cuando les faltaron los ordinarios recursos».
Al existir tanta distancia entre los «blocaos» que defendían la frontera con las cabilas (tribus) del Rif, solo era cuestión de tiempo que cayeran bajo dominio moro. Y es que, los enemigos no tenían más que cercar el fuerte y evitar que los soldados del interior pudieran salir a por agua para que, a la larga, acabsen muriendo de sed.
Además, los nativos (que de tontos no tenían ni un pelo bajo el turbante) sabían que los refuerzos españoles tardarían en llegar varios días, por lo que dispondrían todo el tiempo del mundo para acabar con ellos aprovechando la escasez de agua antes de plantearse combatir contra un ejército como el Santísimo manda. Por ello, cuando el líder cabileño Abd El-Krim logró reunir a varias tribus rifeñas para atacar el territorio que los hombres de la rojigualda habían conquistado, no hubo forma de pararle.
El desastre
El 17 de julio, cuando los soldados españoles creían que su único enemigo era el tórrido calor y los molestos mosquitos, Abd El-Krim lanzó un ataque de esos difíciles de olvidar contra la posición rojigualda en Igueriben (una de las más adelantas). Ubicada al sur de Melilla, apenas era defendida por unos 300 hombres que no pudieron resistir ante el avance de las ingente fuerzas del rifeño.
Después de que los españoles fueran pasados a cuchillo, los nativos llamaron a las puertas de Annual (más de 100 kilómetros al oeste de Melilla), un lugar en el que se agolpaban unos 5.000 combatientes de nuestro país. Silvestre tenía sobre sus hombros una dificil decisión: ordenar a sus tropas resistir en el lugar, o retirarse a Melilla. Optó por la segunda. Un gran error, pues el pánico cundió entre los soldados y comenzó una desbandada en la que los propios militares se acuchillaron entre ellos para ser los primeros en subirse a los vehículos y escapar del enemigo.
Un sacerdote recoge cadáveres tras el Desastre de Annual
Un sacerdote recoge cadáveres tras el Desastre de Annual- Archivo ABC
«Entre el caos, los oficiales pierden el control, y los soldados -al ver que nadie cubre su retirada-, tratan de ponerse a cubierto de las balas corriendo [...]. Carros, material y heridos son abandonados, muchos oficiales escapan sin cumplir con su deber, y la retirada ordenada no tarda en convertirse en una desbandada general bajo el fuego de los rifeños», explica Jesús María Ruiz Vidondo, doctor en historia militar, colaborador del GEES (Grupo de Estudios Estratégicos) y profesor del instituto de educación secundaria Elortzibar en su obra «El “Desastre de Annual”. Cambio de política en el norte de África».
Miles de hombres fallecieron en la huída y nadie se paró a ayudar a nadie. Annual fue un infierno
Miles de hombres fallecieron en la huída y nadie se paró a ayudar a nadie. A la mayoría no les importó pasar por encima de sus compañeros dañados para salvarse. Los heridos fueron abandonados; los muertos, olvidados; y los lentos, dejados atrás para que los rematasen los moros. De nada sirvió que Silvestre saliera con miles de combatientes para apuntalar la huída. Fue un desastre que marcó la historia de España.
Aquellas jornadas fallecieron unos 10.000 soldados españoles y otros tantos fueron capturados. Se había sucedido el denominado Desastre de Annual. Una batalla (si es que se puede llamar así) que hizo recaer la vergüenza sobre España y que provocó que el resto de posiciones defensivas con la bandera rojigualda quedasen solas y desamparadas ante los rifeños. Pintaban bastos -como se suele decir- para los soldados hispanos, muchos de los cuales empezaron a abandonar las defensas adelantadas y se comenzaron a retirarse poco a poco cediendo a los rifeños el territorio que tanto les había costado tomar por las bravas.
Huída hacia el aeródromo
Cinco días. Ese fue el escaso periodo de tiempo que pasó desde la primera embestida de Abd El-Krim contra el ejército español y la gigantesca debacle de Annual. Después de ese tiempo, más concretamente el día 22, a Zeluán empezaron a llegar una ingente cantidad de heridos. Todos ellos contando horribles historias sobre la caída del campamento y la lucha que se había sucedido entre los propios militares por ser los primeros en huir de aquellos demonios con turbantes.
Tal y como afirma Vicente Pedro Colomar-Cerrada (autor de «Primo de Rivera contra Abd El-Krim» -Ediciones de buena tinta- y «Annual en el recuerdo. Zeluán, una masacre olvidada» -artículo al que nos ha remitido el propio autor-), aquel día pisaron el suelo del aeródromo y la alcazaba hombres terriblemente cansados y aterrorizados, así como jamelgos cuyo jinete había sido masacrado por los rifeños durante la huida. El sofocante calor, sumado al clima de desesperación generado por la muerte de miles y miles de compañeros, no ayudó precisamente a calmar los ánimos de unos defensores que sabían que, tarde o temprano, tendrían que hacer frente a los enemigos de España.
Soldados, oficiales… Uno de los que arribó a la posición buscando muros tras los que resguardarse fue el oficial segundo veterinario Enrique Ortiz, destinado en Annual. Así narró el periódico ABC su heroico combate contra los rifeños en primera línea de desierto en un artículo publicado el 23 de octubre de 1921: «Don Enrique Ortiz, destacado con fuerzas indígenas en la primera línea de posiciones, luchó denodado en una retirada épica. Se vio acorralado por un núcleo de enemigos, que le arrebataron su pistola. Continuó defendiéndose briosamente, y consiguió llegar con un resto exiguo de la fracción de que formaba parte a Zeluán».
El 23 de ese mismo mes llegaron, además, dos columnas de soldados españoles. La primera, de heridos. La segunda, perteneciente al 5º escuadrón del Regimiento de Caballería Alcántara (la misma unidad que, días antes, había cargado heroicamente contra miles de rifeños para retenerles y ganar tiempo para evitar la matanza de sus compañeros). Con todo, la situación pintaba realmente difícil por esas fechas, pues había muy pocos efectivos para defender la alcazaba y, por ende, el aeródromo. Así lo contaba ABC en una noticia publicada a posterior (el 9 de agosto): «El día 23 del pasado [mes] se hallaban allí [en el aeródromo] unos 20 individuos entre clases y servicios afectos al servicio de aviación».
El día 24 llegó también a Zeluán un futuro héroe, el veterinario segundo Tomás López Sánchez. Un militar que se quedó en la posición para asegurarla y que arribó de una forma sumamente rocambolesca al lugar, tal y como lo señaló ABC en un reportaje publicado el 23 de octubre de 1921: «López Sánchez estaba destacado en Monte Arruit, donde vivía con su esposa y sus tres hijos. Al saber que iban a ocurrir allí graves sucesos, López envió a su familia en el último tren que pudo efectuar recorrido. El quedó en su puesto... Recibió orden del comandante de la posición de ir a Zeluán en demanda de municiones. Rompiendo el cerco enemigo, evitando el fuego de los fusiles qye en la negrura de la noche buscaban víctimas, llegó a Zeluán y, cumpliendo lo que se le había ordenado, intentó regresar. Pero ya entonces llegaba la fuerza en retirada. Permaneció en Zeluán». Así fue como otro veterinario se sumó a la defensa.
Doble traición
Al final, hombre va, hombre viene, en la tarde del domingo 24 de julio una fuerza considerable logró reunirse para defender la alcazaba y el aeródromo. Concretamente, y siempre según los datos presentados por Colomar-Cerrada en su reportaje, se arremolinaban en medio del desierto 611 hombres. «Estaban divididos en 3 grupos que los componían 28 oficiales, 442 número de clase de tropa, más 141 soldados indígenas […] además de 100 civiles entre hombres, mujeres y niños» añade el experto en su artículo. Todos ello, a las órdenes del capitán Ricardo Carrasco (oficial al mando general) y el teniente Manuel Martínez Vivancos. Este último, el encargado de defender el aeródromo (lugar al que fueron enviados unos 30 jinetes del regimiento Alcántara como refuerzo).
El día 24, con la caída de la tarde, el ánimo pareció aumentar en el campamento. Al fin y al cabo, más de medio millar de hombres podían plantar cara durante semanas a cualquier ejército que quisiese poner sus poco santas posaderas en Zeluán hasta que llegaran refuerzos. O eso le parecía, al menos, al ejército rojigualdo. Pero no creyeron lo mismo los soldados indígenas empotrados por las bravas en las unidades de Regulares hispanas ya que, cuando oyeron rumores de que los hombres de Abd El-Krim se acercaban a la posición, decidieron salir por piernas.
«En la madrugada del 24 al 25 se produjo la deserción de los soldados indígenas de Regulares que permanecían en el interior del fuerte», añade Colomar-Cerrada. La situación no pudo ser más dantesca pues, en mitad de la noche, intentaron saltar los muros después de organizar una revuelta. El resultado fueron nada menos que 40 traidores muertos y dos oficiales y un número indeterminado de soldados españoles asesinados. Todos ellos, valientes que no pudieron demostrar ante sus compañeros que estaban dispuestos a caer ante el fuego de los fusileros de Abd El-Krim.
La revuelta no acabó en este punto, sino que también alcanzó a tres escuadrones de indígenas posicionados fuera de los muros de la alcazaba y que emprendieron la huída en cuanto se percataron de que sus compañeros trataban de escapar de las garras españolas. Muchos de ellos fueron abatidos a tiros por los defensores. Todo acabó en pocas horas, pero costó munición, muertos y un buen susto.
De hecho, el miedo de los españoles a los nativos que todavía eran leales fue tanto que, el mismo día 25, a Carrasco se le hincharon las alforjas y ordenó formar una columna con ellos. El objetivo: que tomasen las de Villadiego y no la liaran, más de la que ya estaba liada, en la alcazaba y el aeródromo. La idea no fue mala. Al menos hasta que salieron del fuerte al mando, entre otros, de un tal Tomaseti. Después todo se fue al infierno, pues el nerviosismo aumentó y acabaron dándose de tiros unos a otros acusándose de traidores. En el ABC del 28 de julio parece haber una mención a este suceso, aunque escueta: «Al regresar de Zeluán fue agredido por unos pocos el teniente de las fuerzas de Regulares Sr. Tomaseti, dejando de existir a los pocos momentos».
Comienza el asedio
Entre el 24 y el 25 de julio miles de rifeños llegaron a Zeluán. Los apenas 400 españoles que quedaban en el aeródromo y en la alcazaba se dispusieron a defenderse a fusil, espada, bayoneta, y lo que se terciase. Aquella jornada comenzó el combate. Una batalla que, aunque no tenía la épica de una justa medieval a lanza de caballería y escudo, sí atesoraba esa pátina de heroicidad que se crea cuando unos pocos se dan de tortazos contra muchos (miles, concretamente).
La defensa del aeródromo fue la más difícil ya que, como bien puede verse en fotografías de la época, no era más que una explanada con una pista de aterrizaje preparada para la entrada y salida de aviones. Es decir, que pocos lugares había en los que cubrirse salvo alguna que otra construcción aislada de los tiros y tiros que salían de los fusiles rifeños.

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