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Reino Hispano-visigodo

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Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Jue Sep 15 2016, 01:00

EL REINO HISPANO-VISIGODO

Serie de artículos dedicados al Reino Hispano-visigodo:
la fundación de la nación más antigua de Occidente
reyes y reinos, leyes, concilios, crónicas, eruditos, cultura, etc.




REYES Y REINADOS HISPANO-VISIGODOS


Alarico I (395-410)

Alarico I, el primer rey de los godos, mantiene una dura guerra con el emperador romano Honorio.


REINO ARRIANO DE TOLOSA

Ataulfo (410-415)

La lucha contra Roma continuó con Ataulfo hasta que pactó sus diferencias con el emperador, permitiendo a los godos asentarse en las provincias de Hispania y Galia. Con este derecho Ataulfo adquirió la legitimidad de conquista, siendo el primer rey visigótico que puso pie en tierra española.

“Mi gente no está suficientemente preparada para asumir el gobierno de las instituciones romanas; sin embargo, yo fundaré un reino para los godos y se lo entregaré a mi amada Gala Placidia.”


Sigerico (415)

El reinado más breve de la Hispania goda, debido a que fue asesinado por sus vasallos al poco tiempo de reinar.


Walia (415-418)

Vencedor de suevos, vándalos y alanos, y fundador final del Reino de Tolosa.

“Combatiré a los invasores de Hispania para defender los intereses de Roma, pero cuando esto acabe, sólo pensaré en los intereses de mi pueblo. Los godos defenderán entonces las fronteras de su propio reino.”


Teodorico I (418-451)

También llamado Teodoredo I tuvo el reinado más longevo de la historia hispánica goda.

“En mi longevo reinado ha florecido el poder de los godos; hemos conseguido cosas inimaginables para otras generaciones. Ahora debemos aliarnos con Roma para enfrentarnos a un oscuro peligro que se abate contra nosotros….Ese maldito Atila.”


Turismundo el rey valiente (451-453)

Durante su reinado consiguió vencer al terrible huno Atilatiempo y se celebró un Concilio en Galicia contra los errores de Prisciliano.


Teodorico II (453-466)

El gran amigo de Roma, que siguió la opinión de Arrio.

“Gracias a mí, los godos se convertirán en el pueblo más influyente de todo el Imperio Romano.”


Eurico (466-484)

El rey gótico que vio caer al Imperio Romano y el primero en crear legislación para los pueblos bajo mando visigodo: Codex Evricis/Código de Eurico.

“La caída de Roma supuso un gran caos pero no para los godos; mi pueblo mantuvo el orgullo y la identidad gracias al código de leyes que yo ordené crear.”


Alarico II (484-507)

Perdedor de Tolosa; impartió la justicia por separado a godos e hispanorrománicos con la ayuda de su: Breviarivm Alarici/Breviario de Alarico.



REINO ARRIANO DE TOLEDO

10º Gesaleico (507-511)

Fue el primer rey visigodo que gobernó en territorios actuales hispanos.


11º Amalarico (511-531)

Tras quince años de la regencia de su abuelo Teodorico el Grande (511-526). Dio paso a la influencia de reyes ostrogodos, período conocido como “intermedio ostrogodo”. Celebró el primer Concilio de Toledo y constituyó esta Ciudad como cabeza de España y Corte real. Se casó con una señora de esta ciudad teniendo como hijo a Severiano, duque de Cartagena, padre de San Isidoro de Sevilla, de San Leandro, de San Fulgencio, y de Santa Florentina.


12º Teudis (531-548)

Gran general de Teodorico I que llegó al reinado por su buen gobierno.

“A partir de ahora, hispanorromanos y godos caminaremos juntos.”


13º Teudiselo (548-549)

Finaliza la influencia ostrogoda en suelo hispano.

“Las ricas tierras de la Bética son mi máximo interés; por eso fortaleceré Híspalis, estableciendo allí mi corte.”


14º Agila (549-554)

Uno de los reyes arrianos más intolerantes. Vio llegar a Bizancio a España.

“Desde los tiempos de Alarico II, soy el primer rey de sangre enteramente hispana; a pesar de eso, buena parte de la nobleza se levanta contra mí y pide ayuda a los bizantinos, que no buscan sino apropiarse de Hispania.”


15º Atanagildo (554-567)

Además de los bizantinos; llega la capitalidad a la mítica Toledo.


16º Liuva I (567-572)

Primer rey visigodo que asocia al trono a otro en busca de un mejor gobierno para la monarquía.

“Mi hermano Leovigildo es el más indicado para gobernar a los godos de Hispania. Yo desde la Septimania evitaré el avance de los francos. No sé si los nobles entenderán la decisión de compartir el trono.”



17º Leovigildo (568-586)

Gran rey legislador y belicoso; impulsor del Codex Revisvs y unificador de todos los territorios de la Hispanidad vigente bajo el cetro gótico.

El decimoséptimo Leuvigildo, padre de San Hermenegildo. Deshizo el Reyno de los Suevos, que se sustentaba en Galicia, y por allí: acabó de echar a los Romanos, que tenían a Cantabria, y quedó absoluto en todo el resto de España. Tratáronse diferencias sobre la celebración de la Pascua entre las Iglesias de España y Francia, y prevaleció la opinión de los franceses, porque los Sábados Santos se hallaron sus pilas del Bautismo llenas, y las de España vacías. Algunos Reyes sus antecesores habían residido en Sevilla con su Corte, y el Rey la restituyó a Toledo. Murió en esta Ciudad el año de quinientos y ochenta y seis.



REINO CATÓLICO DE TOLEDO

18º Recaredo I (586-601)

Primer rey que abrazó oficialmente la Fe Católica, obligando al estado y al clero arrianos a su conversión. (Ramiro de Maeztu lo consideró en Defensa de la Hispanidad como el creador del Ideal de España como Patria)

El décimo octavo Rey Godo de España fue Recaredo, el que extirpó la herejía de Arrio, en el Concilio Nacional que se celebró en Toledo, donde fue llamado Católico, fue el III Concilio de Toledo. Otros Concilios Provinciales se juntaron en Sevilla, en Zaragoza, en Barcelona, y en Huesca de Aragon. En Toledo se tuvo otro Concilio, y allí es llamado el Rey Christianísimo. Él se intitulaba Flavio, a imitación de los Emperadores de Constantinopla, que se llamaban así: y hicieron lo mismo en su memoria otros Reyes que le sucedieron. Murió en Toledo año de seiscientos y uno.

“Por fin podré entregar a la gran mayoría de mi pueblo la unidad religiosa tan necesaria para el buen discurrir de nuestro reino. A partir de ahora los godos seremos católicos.”


III CONCILIO DE TOLEDO


19º Liuva II (601-603)

Cuarto miembro de una misma dinastía y uno de los reyes más jóvenes de la historia goda.


20º Witerico (603-610)

Intentó sin resultado alguno el arrianizar al estado godo.


21º Gundemaro (610-612)

Reconocimiento de Toledo como capital religiosa hispana.

“Reuniré en Sínodo a los obispos para dilucidar que Toledo sea la capital eclesiástica metropolitana oficial del reino.”


22º Sisebuto (612-621)

Rey culto y guerrero; antijudío radical.


23º Recaredo II (621)

Brevísimo reinado.


24º Suintila (621-631)

Formidable militar que consigue la expulsión de los bizantinos de Las Españas.


25º Sisenando (631-636)

Fue monarca por la ayuda de los francos.

“Convocaré el IV Concilio de Toledo a fin de reconocer Nobleza e Iglesia como los grandes poderes fácticos del Reino Godo.”


26º Chintila (636-639)

El rey que llega al trono más viejo. SU proclamación coincidió con la muerte de San Isidoro de Sevilla; la personalidad más interesante de toda la época gótica.

“El obispo Isidoro (San Isidoro de Sevilla) ha muerto, y es obligación moral de todos los godos rendir homenaje al hombre que más hizo por la fortaleza cultural y espiritual de nuestro pueblo.”


27º Tulga (639-642)

Uno de los reyes godos peor preparados y más limitados.


28º Chindasvinto (642-653)

Amante de las leyes. Ejecutó a setecientos nobles que no comulgaban con su gobierno.


29º Recesvinto (653-672)

Editor del Liber Ivdiciorvm/Lex Visigothorvm; obra que recopilaba las principales leyes godas con nuevas añadiduras. Su corona superviviente es el más bello del arte de los visigodos.

“Las leyes y personalidad de los godos han procurado más de veinte años de paz para un pueblo que ya no permanecerá por más tiempo dividido.”


30º Wamba (672-680)

Último gran rey godo; depuesto por engaño al serle suministrado un hipnótico haciendo creer que su muerte era inminente….


31º Ervigio (680-687)

Comienzo claro del declive visigodo.


32º Egica (687-702)

Continuación de la hecatombe de la economía. Decreto radical y total de persecución de los hebreos. El hambre y la peste bubónica diezman a la población.

“Todos ambicionan poseer el Reino Godo. Judíos, bizantinos y árabes son enemigos más que reales de nuestro pueblo.”


33º Witiza (702-710)

Gran amigo y defensor de los judíos; reprochador de la Iglesia Católica. Vivió la gran hambruna del 708-09


34º Rodrigo (710-711)

Último rey visigodo español, vencedor de la facción de Agila II. Su reinado terminó con la invasión berberisca islámica trágica que culminó en la sangrienta Batalla de Guadalete bajo las órdenes de Tarik Ben Ziyad. Se dice que desapareció, aunque en Portugal se encontró una lápida con la leyenda Rodericvs Rex.

“Sólo me queda la deshonra de haber permitido la pérdida de mi reino, triste final el que tuvieron los godos en las hermosas tierras de Hispania.”



Nota: Se omite a Agila II y a Ardón. Agila II (710-716) fue elegido por un minúsculo grupo de witizianos y sólo fue respetado con honores de rey en zonas aisladas de la Tarraconense y de la Narbonense. Ardón o Ardabasto fue una mera resistencia a la realidad imperante; hermano de Agila, se limitó a aguantar hasta el 720; cuando murió.

Fuente: Libro La Aventura de los Godos, por Juan Antonio Cebrián

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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Jue Sep 15 2016, 11:54

Instituciones políticas del Reino hispano-visigodo


Las sucesivas oleadas de invasiones germánicas en el Imperio romano comenzaron en el siglo I d.C., pero fueron contenidas casi todas por los ejércitos; fue pues la paulatina debilidad del Imperio la que permitió que estas invasiones fueran cada vez más numerosas, y tuviesen más éxito.

La muerte del emperador Teodosio, en 395, fue un acontecimiento decisivo, pues a partir de entonces los germanos invadieron el Imperio cruzando el Rhin y el Danubio.

En 409, suevos, vándalos y alanos, empujados por los hunos de Atila, penetraron en la provincia de Hispania. Y en 414, penetraron también los visigodos, al frente de Ataúlfo, que estableció su capital en Barcelona. Los suevos se extendieron por Galicia, los alanos por Lusitania y los vándalos por Bética, dentro de una Hispania en descomposición interna.

En 476, el Imperio romano de Occidente se desvanecía debido a la fuerza de las invasiones de los pueblos bárbaros. Tras más de un siglos de luchas entre etnias bárbaras, los visigodos llegaron a unificar casi todo el territorio de la península Ibérica, expulsando al resto de tribus hacia África y derrotando a los bizantinos que se habían asentado en parte sureste.

La condición de pueblo nómada de los visigodos y el predominio de su actividad militar determinaron la estructura social hispano-visigoda, constituyéndose como una superestructura de una nobleza militar de unos doscientos mil bárbaros que se distanciaba de la población autóctona de unos cuatro millones de hispanorromanos.

El rey Leovigildo fundó el Reino hispano-visigodo con capital en Toledo en 573, reuniendo bajo su poder la mayor parte del territorio de la antigua provincia romana de Hispania, en un Estado independiente. La fusión ética entre visigodos e hispanorromanos mediante la legalización de los matrimonios mixtos permitió una mayor cohesión social y estabilidad política que duró hasta la invasión musulmana de 711.



LA CONVERSIÓN DE RECAREDO, POR MUÑOZ DEGRAIN


Por otro lado, el elemento religión fue fundamental en el asentamiento y desarrollo del reino. Los visigodos fueron un pueblo creyente en el Arrianismo (doctrina de Arriano), una herejía que había tenido gran importancia en épocas pasadas, y conservaron como una característica más de su personalidad étnica. Sin embargo, la realidad política convenció a los monarcas de la necesidad de una unificación religiosa, que se efectuó por la conversión al rito de Nicea. El rey Recadero abrazó el Cristianismo de la Iglesia católica en el III Concilio de Toledo, celebrado el 8 de mayo del 589, considerado como el acto fundacional del reino católico visigodo de España. Recadero presentó ante la asamblea un texto escrito por él mismo, demostrativo de la acción de la corona, de la noble y el clero godo y del pueblo de adjurar del Arrianismo para abrazar la fe católica. Aquella intensas sesiones de trabajo estuvieron supervisadas por el obispo San Leandro y el abad Eutropio, auténticos promotores espirituales, reunidos junto a 72 obispos.

Las resoluciones aprobadas en el concilio dirigieron la organización religiosa, la estructura estatal y la vida social del pueblo hispanovisigodo. Se reconoció al rey para ocuparse del gobierno y religión. Se concedían funciones conjuntas a obispos y jueces, dejando para los primeros el control e inspección de los segundos sobre su actuación en las provincias administrativas donde trabajaban funcionarios del patrimonio fiscal. Con esta medida se intentaba eliminar la corrupción judicial existente en muchas zonas del reino.

El III Concilio de Toledo dimensionó la estructura del Estado visigodo. Sus decisiones pasaron a ser ley al quedar articuladas y escritas, y resultaban ser de la conformidad y aprobación real tras publicarse un edicto de confirmación del concilio.

Esta unidad religiosa condujo a una estrecha relación entre la Iglesia y la Monarquía, fortaleciéndose ambas por medio de esta dependencia, y se hizo especialmente acusada en la crisis de la Monarquía. Tras años manteniendo su tradición y sus ideas heréticas, los visigodos terminan adoptando como suyo el patrimonio y legado hispanorromano. La cultura clásica grecorromana acabó triunfando sobre la germánica.

A partir de la conversión al cristianismo, alcanzaron extraordinaria importancia política los Concilios de la Iglesia Nacional, que se reunían desde la época romana: Elvira (300), Córdoba (330), Zaragoza (380), Toledo I (397), etc. La serie visigoda de los Concilios de Toledo abarcó desde el III (589) hasta el XVIII (702).

Simples asambleas eclesiásticas en su origen, se convirtieron desde el 589 en uno de los órganos fundamentales del Estado visigodo. Correspondía al rey la convocatoria y apertura de los concilios, rodeado de miembros del Aula Regia. Las sesiones comenzaban con la lectura temporal del Tomo Regio (mensaje real), resumen de las cuestiones temporales y espirituales a tratar, y finalizaban con la sanción real de los acuerdos, que de este modo se convertían en leyes civiles. Los concilios no sólo se limitaron a la actividad legislativa, sino también a la confirmación de ciertos actos del rey e incluso la legalidad de la ascensión al trono.



WAMBA RENUNCIANDO A LA CORONA, POR RIBERA Y FERNÁNDEZ


El 5 de diciembre de 633 sesenta y ocho obispos de toda España se reunieron en la basílica de Santa Leocadi para celebrar el IV Concilio de Toledo, auspiciada por San Isidoro de Sevilla. Durante la unión se acordaron nuevas medidas que regularan la elección monárquica, acordando que la llegada al trono de Sisenando era justa y necesaria, y marcaron las directrices sobre cómo se debería gobernar el Estado visigodo en años venideros.

Este cónclave sirvió para unificar las posiciones defendidas por aristocracia e iglesia, en detrimento del poder del rey que, desde entonces, sufriría un declive ante la abolición de cualquier posibilidad de sucesión dinástica y dejando la elección del rey en manos de nobles y obispos. La Iglesia mantenía cierta autonomía en relación a las decisiones gubernamentales. El Estado visigodo nunca fue teocrático, pero desde el IV Conclio de Toledo, el rey quedaba vinculado a las medidas que se adoptasen en los concilios. En estos podían participar miembros de la alta nobleza, así como grandes terratenientes elegidos por su peso específico en la corte.

En los V y VI Concilios de Toledo, convocados por el rey Chintila, se intentó redefinir la figura del rey con leyes nuevas que prohibían el atentado contra el monarca, aseguraron las herencias para nobles y cargos públicos, así como la seguridad para fieles servidores leales a reyes anteriores.

El VIII Concilio de Toledo fue convocado bajo el reinado de Recesvinto el 16 de diciembre del 653, en la iglesia de los Santos Apóstoles. Se reunieron sesenta y dos obispos y delegados, además de ilustres seglares, principalmente condes, que participaron por primera vez en las decisiones conciliares. La más importantes fue la aprobación del Liber Iudiciorum, un compendio de leyes que afianzaba el proceso de unificación poblacional entre godos e hispanos. Dos nuevos concilios toledanos se organizaron en el reinado de Recesvinto, el IX fue como un sínodo de la provincia cartaginense, y el X como consecuencia de las disputas entre la monarquía cada vez más fuerte y una iglesia dispuesta a mantener su supremacía.



CONCILIO DE TOLEDO, CÓDICE VIRGILIANO


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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por Aurelioj_2003 el Jue Sep 15 2016, 15:12

Gracias por el aporte... Me has hecho recordar la "lista de los Reyes Godos" ... Smile

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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Mar Nov 29 2016, 01:23

@Aurelioj_2003 escribió:Gracias por el aporte... Me has hecho recordar la "lista de los Reyes Godos" ... Smile

De nada amigo, un pacer, y sigo con más...

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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Mar Nov 29 2016, 01:26

LOS GODOS, FUNDADORES DE LA NACIONALIDAD HISPÁNICA


A lo largo de los siglos V y VI se asentaron en España los godos, un pueblo germánico originario de la Gothia escandinava (Gotaland) que, después de un largo periplo, terminó por conformar su nueva y definitiva patria en nuestra Península. Nos informa San Isidoro de Sevilla en su obra Historia de los Godos, Suevos y Vándalos (Historia Gothorum): «Como (los godos) no podían aguantar los ultrajes (de los romanos) tomaron las armas furiosamente, invadieron la Tracia, saquearon Italia y alcanzando España, establecieron allí hogar y dominio».

Otros pueblos germánicos se establecieron también en España como fue el caso de suevos y vándalos, unas pocas decenas de miles; pero fueron los godos, especialmente la rama de los visigodos o godos tervingios, los que en un número cercano a los 300.000 individuos incidirían esencialmente en el desarrollo de las gentes hispanas. Se trata de una cifra pequeña en relación a la población del conjunto peninsular (unos 5 millones de habitantes), aunque significativa sobre todo por la trascendencia futura del lugar de su asentamiento preferente, la Meseta Central, concretamente las cuencas de los ríos Duero y Tajo, como así ponen de relieve las numerosas necrópolis. En este espacio interior, escasamente poblado, los godos establecieron su hogar, su verdadera tierra de promisión, cambiando la espada por el arado, unas tierras aptas para su deseado cultivo del cereal y también para el desarrollo de la ganadería extensiva, una de sus principales actividades económicas. En varias comarcas de este territorio la proporción entre godos e hispano-romanos era de 2 a 1 a favor de los primeros. Debido, pues, a la reducida población autóctona pudo efectuarse un reparto no problemático de tierras entre ambas comunidades, pasando a establecerse los godos en pequeñas aldeas formadas por viviendas unifamiliares próximas a sus explotaciones agropecuarias. El peculiar modo de instalación de los godos en la Península, mediante pactos y repartimientos con los hispano-romanos, explica que no hubiera invasión, no hubo ni vencedores ni vencidos, sino que godos e hispano-romanos coexistieron con sus diferencias, sin superponerse, hasta que paulatinamente iría verificándose la fusión entre ambos.

El pueblo visigodo pasó masivamente desde la Galia a Hispania en grandes carros tirados por bueyes, como así lo atestiguan varios documentos latinos de la época, sobre todo, a partir de la batalla de Vouillé (507) en la que los francos auxiliados masivamente por los galo-romanos autóctonos y aliados con los burgundios derrotaron al ejército visigodo, provocando el establecimiento franco en las tierras entre el río Loira y los Pirineos, adjudicadas hacía casi un siglo a los visigodos por el poder imperial romano, y la marcha de éstos hacia el otro lado de las montañas pirenaicas. Así pues, la batalla de Vouillé se convirtió en un hecho de gran trascendencia en nuestra historia ya que terminó por identificar el reino de los godos con la Península.

También durante aquel siglo VI llegarían elementos ostrogodos a Hispania con motivo de la regencia de su rey Teodorico el Grande sobre los visigodos (511-526) y, desde luego, también tras la derrota de los ostrogodos instalados en Italia a manos del ejército imperial bizantino de Justiniano. En el conjunto de la importante inmigración goda a Hispania, debemos diferenciar, entonces, a la minoría político-militar dirigente, y el contingente popular gótico. Mientras aquélla se acantonaba en las principales ciudades de la Hispania romana (Mérida, Barcelona, Valencia, Sevilla, Córdoba y Toledo, la capital), el otro se instalaba mayoritariamente en el ámbito rural meseteño. La elección por el rey Leovigildo de la ciudad de Toledo como capital del Reino hispano-godo respondía a las necesidades de control sobre el conjunto peninsular (identificado entonces como el recinto territorial de dicho Reino), más fácil desde su centro y en un entorno de numerosa población gótica. La elección de Toledo hacía de la Meseta Central, por primera vez, el centro político y cultural de la Península.

HISPANO-VISIGODOS


Ataúlfo fue el primer jefe visigodo que entró en España y lo hizo en defensa de los intereses romanos, de una Roma que, forzada por los godos, había pactado su asentamiento en el sur de la Galia, de una Roma cada vez más débil, sobre todo, tras su primera expugnación por el victorioso ejército visigodo dirigido por el antecesor de Ataúlfo, Alarico, el año 410. Walia, sobrino y sucesor de Ataulfo, renovó el pacto con Roma el año 418, comprometiéndose a restaurar el orden imperial en Hispania, quebrantado tras las irrupciones de suevos, vándalos y alanos años atrás.

El rey Eurico (466-486), durante cuyo reinado tuvieron lugar los primeros establecimientos populares góticos, puede ser considerado el primer gobernante autónomo de Hispania puesto que el año 476 sucumbe definitivamente el Imperio romano de Occidente con la conquista de Roma por el rey de los hérulos, Odoacro. El reino godo se separa definitivamente del tronco del Imperio obteniendo su total independencia y Eurico rompe el pacto que le ligaba con Roma, amplía sus posesiones del sur de la Galia se anexiona la mayor parte de la península Hispánica, creando así un gran reino occidental galo-hispánico. Pero, tras la citada derrota de Vouillé en la que resultó muerto el rey visigodo, Alarico II, el centro de gravedad geo-político de los visigodos se trasladó definitivamente al lado meridional de los Pirineos, pasando la capital del reino desde Tolouse primero a Barcelona y, finalmente, a Toledo. Tan solo la Septimania, un pequeño territorio alrededor de Narbona, se mantuvo problemáticamente en poder de los visigodos al otro lado de los Pirineos.

El rey Leovigildo (565-586) es el verdadero creador del Estado hispano-godo y, por ende, de la nacionalidad hispánica misma: Hispania, reino, entidad política independiente, sucedía a la antigua provincia sujeta al poder de Roma. Primeramente, desde su gobierno de Toledo, a salvo de la amenaza de francos y de bizantinos, intentó con éxito someter a la autoridad central la mayor parte del territorio peninsular en un momento crítico de fragmentación político-territorial, Así, tras consolidar el poder real, derrotó a los suevos del noroeste incorporando su reino y redujo a cántabros y vascones, alzados contra su autoridad. Leovigildo, el unificador, acuñó un ideal nacionalista que identificaba el Reino de los Godos (Regnum Gothorum) con Hispania, acotando nítidamente las diferencias respecto al Imperio de Bizancio, heredero oriental de Roma. En torno a ese nuevo ideal hispánico debería producirse la aproximación definitiva, la fusión entre godos e hispano-romanos, con lo que derogó la prohibición de matrimonios mixtos establecida por el emperador Valentiniano.
 
Sin embargo, el mantenimiento de Leovigildo en su fe arriana (religión nacional de los godos) y el intento de imponerla a sus súbditos hispano-romanos de religión católica, impedía la constitución de ese pueblo verdaderamente unificado. Sería su hijo, Recaredo (586-601), quien al convertirse al catolicismo, y con él, oficialmente, todos los godos, pondría las bases de una comunidad político-religiosa nacional diferenciada, una nueva sociedad, en definitiva.

El III Concilio de Toledo (589), en el que tiene lugar la conversión pública de Recaredo, puede considerarse el punto de partida de nuestra nacionalidad en torno a un monarca, a un poder político ejercido sobre una sociedad que avanzaba firmemente hacia su plena integración desde sus dos elementos conformadores, el latino y el germánico. A diferencia de lo que sucedió en Italia o en el Norte de África donde ostrogodos y vándalos respectivamente constituyeron una minoría extraña y hostil, en España se produjo una fusión generalizada entre godos e hispano-romanos, y sobre esta unidad se pudo alzar un Estado independiente y conformarse la nacionalidad hispánica.

Durante el siglo VII se iría consolidando la nacionalidad común de los denominados ya como "hispano-godos", poseedores de una religión común, gobernados por un mismo monarca, e incorporados plenamente a la Administración los antiguos hispano-romanos. Suintila (621-631) expulsa definitivamente a los bizantinos enquistados en el sur peninsular y consigue la unificación de todo el territorio de la antigua Hispania romana, incorporando Ceuta como cabeza de puente hacia la Mauritania africana, además de llave del Estrecho. La labor legislativa de los reyes Chindasvinto (642-653) y Recesvinto (653-672) refrendada en los Concilios toledanos, culmina con la promulgación del Liber Iudiciorum (Libro de los Juicios o Fuero Juzgo), compilado por este último rey, convirtiéndose en el único texto legal válido ante los tribunales del reino, un texto que incorpora la herencia jurídica romana a la costumbre germánica hasta el punto de ser aquélla claramente predominante.



HISPANIA BAJO EL REINADO DE LEOVIGILDO (586)




San Isidoro de Sevilla, arzobispo de dicha ciudad, hijo de padre hispano-romano y de madre goda, es la figura señera de la naciente cultura hispano-goda. Será él quien mejor sabrá interpretar el nuevo tiempo, la nueva realidad nacional hispánica a lo largo de la primera mitad del siglo VII. Autor de una obra enciclopédica en lengua latina, Las Etimologías, el denominado “Doctor de las Españas” en su Historia Gothorum elevará a España a la categoría de Primera Nación de Occidente. Así, en el Laudes Hispaniae, el sabio doctor dedica a su patria una célebre alabanza encomiástica: De cuantas tierras se extienden desde el Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y feliz España, madre de príncipes y de pueblos. Con razón se te puede llamar reina de las provincias, pues iluminas no sólo el Oceano sino también el Oriente. Tú, honor y ornato del mundo, la más ilustre porción de la tierra donde florece y recrea la gloriosa fecundidad del pueblo godo".
 
La Gens Gothorum, el pueblo godo, como el elemento diferenciador que da personalidad política a la antigua provincia romana, es, para San Isidoro, el primero de los pueblos de Europa pues tal fue la grandeza de su habilidad guerrera y notables las proezas de sus famosas victorias que aun Roma, la conquistadora de todas las naciones, se le sometió al yugo y cedió ante sus triunfos, y la dueña de todos los pueblos se les hizo su sierva (Historia Gothorum). En ese mismo texto describe a los godos como gente de naturaleza pronta y activa, que confía en la fuerza de la conciencia; de tez blanca, tienen el cuerpo potente y son altos de estatura.

Todas estas palabras de San Isidoro, escritas hacia el año 630, alcanzada plenamente la unidad nacional-territorial, suponen el primer texto de un protonacionalismo ideológico en el seno de la cultura occidental. El nuevo ideal nacional que reflejan los textos del sabio sevillano se verifica en un territorio, la península Hispánica, en un pueblo concreto, determinante de aquel ideal, los godos, hasta identificar, de este modo, Tierra y Pueblo como la Patria común y diferenciada de todos, España.

Y España, en el Occidente, se opone a Bizancio, en el Oriente, sucesor del Imperio romano, un poder imperial bizantino considerado y sentido ya como algo extraño, ajeno, un poder invasor al que expulsar de sus amenazantes acuartelamientos en la franja sur peninsular. En aquel tiempo se hablaba de Toledo y Bizancio como los centros de dos polos de poder y civilización. Mientras en España con Toledo, su capital, se produce la fecunda fusión de un joven y dinámico pueblo germánico, los godos, con el civilizado conjunto de las gentes hispano- romanas, fusión que supone el embrión de la nueva cultura occidental, en Bizancio se amalgama la cultura euroasiática, sirio-helenística, de matiz oriental, que engendrará la civilización ortodoxa y las otras religiones cristiano-orientales. El reino hispano-godo derrota y expulsa a los bizantinos de todos los antiguos territorios del Imperio de Occidente, territorio donde se está generando una nueva interpretación y apreciación del mundo, la Civilización Occidental, resultado fundamental de la fusión de los pueblos germánicos (godos, francos, anglo-sajones) con los pobladores de los territorios del Imperio romano de Occidente (hispanos, galos, britanos). San Isidoro canta en alabanza a la Nación a la que pertenece, España, como una realidad ya inequívoca y distinta del Imperio romano así como del reino de los francos o de los mauritanos del Norte de Africa, destacando la decisiva acción del pueblo godo en la formación de la nueva patria; la conciencia isidoriana es expresión ya de un sentimiento nacional hispánico.

La Monarquía gótica como estructura de poder desplegará una organización política peculiar que hará posible esa nacionalidad distintiva (y, sobre todo, su proyección futura), una organización que tiene en el monarca su cabeza. El rey de los godos, de limpio linaje, máximo jefe político-militar, resulta de la celebración de una asamblea de electores, destacados miembros de la comunidad, que lo elijen "armas in sonandibus" tras la muerte del rey anterior. El rey (Thiudans), jefe popular electo, que, según la tradición germánica, no crea derecho, pues éste ya existe, es de carácter consuetudinario, lo produce la propia comunidad; como protector del reino, tiene el difícil encargo de hacer cumplir ese «derecho de la comunidad». Prevalece, pues, la costumbre a la ley escrita, pues aquélla es producto social que facilita la convivencia colectiva regulando oportunamente las relaciones sociales y resolviendo puntualmente los conflictos, en virtud del precedente judicial (gran relevancia de los jueces, principales intérpretes del derecho popular). La Ley, concepto romano, privilegia al que la impone amenazando así la libertad e igualdad esencial de todos los miembros de la comunidad. La coexistencia de godos y romanos en el Reino de Toledo supondrá la progresiva romanización de sus estructuras jurídico-políticas, aunque nunca desaparecerán las costumbres germánicas, sobre todo, en las comunidades rurales góticas alejadas de la Corte toledana, costumbres jurídicas que reaparecerán con fuerza en los primeros siglos de la Reconquista, sobre todo en Castilla, recogidas en los fueros territoriales.


RELIEVE ECUESTRE DE LEOVIGILDO


Existió un Estado hispano-godo dirigido por el rey y organizado por una serie de instituciones que sostenían la unidad política. El Aula Regia o Senado visigodo, es el órgano que colabora con el monarca, asesorándole en su labor de dirección político-militar, en su actividad legislativa y en la administración de justicia. El núcleo fundamental del Aula Regia lo componen los miembros del Oficio Palatino que agrupa a los nobles de la Corte, siempre de estirpe goda: condes, jefes de los «espatarios» o guardia del rey, de las caballerizas, etc. En definitiva, el Aula Regia reúne a los altos funcionarios del Ejército y la Administración hispano-godos.

Especial consideración merecen los Concilios de Toledo, precedente histórico de las futuras Cortes medievales, que aconsejaban en cuestiones militares, judiciales y eclesiásticas. Estos Concilios supondrán la expresión fundamental de la colaboración entre la Iglesia y el Estado, una Iglesia que era el recipiente principal, y mantenedor entonces, de la cultura y los saberes. En este sentido resultó muy influyente la doctrina jurídica de San Isidoro que establecía la sumisión de la potestad civil a las leyes o normas de la comunidad, en contra de la tradición cesarista del derecho romano y de la práctica oligárquica bizantina. Los Concilios de Toledo son, entonces, el punto de confluencia entre la potestad del Estado y la autoridad moral e intelectual de la Iglesia, de modo que los reyes godos solicitaban de los Concilios su asistencia y apoyo en el gobierno del Estado y en las tareas legislativas, e incluso enviaban a los magnates del Aula Regia a las reuniones de los mismos.

Existía, pues, una relativa intervención de estos organismos en el ejercicio del poder aunque éste residía fundamentalmente en el rey, jefe electo, que detentaba un enorme poder, causa de las sangrientas disputas que se desataban en el momento de la sucesión entre las distintas facciones y clientelas nobiliarias. El rey, que debía ser de estirpe gótica y caracterizado por sus buenas costumbres, era el jefe supremo de la comunidad y representación personal del Estado. Es él quien dirige las relaciones con otros países declarando la paz o la guerra. Es el jefe de la Administración del Estado, ostenta la potestad legislativa, y es el juez supremo con jurisdicción sobre todos los súbditos, correspondiéndole también la convocatoria de los Concilios de Toledo. El Reino («regnum, patria»), al frente del cual estaba el rey, lo integran el pueblo (godos y romanos: los hispano godos) y el territorio de la Península y zonas adyacentes. El Estado visigodo tenía por finalidad procurar el bien común, la defensa del territorio contra los enemigos del interior y del exterior, y la aplicación del derecho mediante la actividad legislativa y judicial. El Estado visigodo no tuvo el carácter de Estado patrimonial, ni la comunidad hispano-goda se fundamentó en relaciones jurídico-privadas, se ordenó para fines de índole pública.

La ciudad de Toledo, capital del Estado godo-hispánico, suponía la concreción de un centro general de imputaciones, sede de la Corte del monarca, cabeza metropolitana de la Iglesia hispana y sede de los Concilios, residencia de los magnates rectores del reino y capital cultural. Toledo será el referente de la unidad hispánica cuando ésta se derrumbe tras la invasión islámica.
 
HISPANO-VISIGODOS


El año 711 y tras tres décadas de crisis general motivada por las terribles luchas partidistas para apoderarse del trono, el reino hispano-godo se extinguiría definitivamente cuando aquella unificación nacional peninsular era todavía incipiente y corría serios riesgos de una progresiva feudalización. Los árabes y bereberes, unidos en la nueva fe mahometana, derrotarán al ejército hispano-godo en las cercanías de Jerez de la Frontera. Sería decisivo en el fatal desenlace el apoyo recibido por los musulmanes por parte de los judíos y de una facción nobiliaria, la de los witizanos, es decir, los partidarios de la familia del recientemente fallecido rey Witiza, opuestos al rey Rodrigo, y que incluso recabaron la presencia de los mahometanos en la Península como sus aliados. El gobernador árabe de África del Norte al servicio del Califato de Damasco, Musa ibn Nusair, respondió a la demanda de los witizanos enviando a su lugarteniente, el jefe bereber Tarik ibn Ziyad, que cruzó el estrecho de Gibraltar en el 711 al mando de un ejército de bereberes recientemente islamizados. Rodrigo fue derrotado y muerto en la batalla que con estos tuvo lugar, probablemente, a orillas del río Guadalete. Al año siguiente, en el 712, el propio Musa desembarcó con tropas de refuerzo, La intervención de los musulmanes, en un principio como apoyo a la facción witizana, se estaba convirtiendo en un proyecto de conquista a gran escala, aprovechando la impotencia de los jefes visigodos, agotados en una guerra civil sin sentido.

Destrozados en la batalla el ejército y el Estado hispano-godos, los musulmanes ocuparían la casi totalidad del reino en un periodo de siete años (con la importante colaboración de los judíos residentes en las ciudades hispanas que abrieron las puertas de muchas de ellas), arrasando, en unos casos, o pactando, en otros, con los opositores. Algunos nobles visigodos, no aceptando el dominio musulmán buscaron refugio en las montañas del norte peninsular. Los montes cantábricos y pirenaicos quedarían libres del efectivo dominio musulmán y en ellos se formarían prontamente dos reinos, Asturias y Navarra, resultado del pacto alcanzado entre las gentes autóctonas y los refugiados godos. La realeza astur-leonesa, la aragonesa y también los Condes de Barcelona, reivindicarán su estirpe gótica como factor de legitimación histórica de los nuevos poderes resultantes de la articulación territorial de la resistencia hispánica frente al invasor islámico.

Entramos aquí en otro periodo histórico, sucesivo de la Monarquía gótica, la Reconquista, denominado así por la pretensión de los nuevos poderes autóctonos de recuperar el territorio peninsular ocupado por los árabes (Pérdida de España), a los que en todo momento se les consideró extraños usurpadores, invasores de unas tierras que detentan ilegítimamente, poseedores de una religión y una cultura contrarias, africanos para los que Hispania (al-Ándalus) era un territorio colonial, susceptible de ser explotado en su beneficio a base de fuertes tributos, un botín en definitiva. La gran herencia hispano-goda permitió restaurar en España, por medio de la acción resistente articulada político-militarmente en el norte peninsular, la civilización occidental de raíz grecolatina, cristiana y germánica, superando así el tremendo y prolongado impacto de la dominación islámico oriental, a diferencia de lo que sucedió en el Norte de África que, integrado en el ámbito occidental antes de la invasión de los árabes, permanecería ya definitivamente islamizada y arabizada.

El rey Alfonso I de Asturias (739-759) y verdadero creador del nuevo reino, hijo de Pedro, duque de Cantabria, del linaje de Recaredo, realizó una importante incursión en las tierras de la cuenca del Duero sometidas entonces a los mahometanos, situadas al otro lado de la Cordillera Cantábrica, bastión natural del reino astur. En aquella incursión, y tras golpear duramente a los ocupantes islámicos allí establecidos tras la invasión, trasladó a la gran mayoría de los pobladores hispano-godos del norte de la Meseta hacia el otro lado de las montañas, instalándolos con una motivación claramente política en los valles cantábricos que se extienden desde las rías altas gallegas hasta el río Nervión, hecho que recoge destacadamente la Crónica de Alfonso III. La fusión de estas gentes del Duero de estirpe gótica y de lengua latina con los habitantes autóctonos de aquellos valles (cántabros principalmente) conformaría finalmente un nuevo pueblo, los castellanos, que, dirigidos por sus caudillos y reyes, protagonizarían ese periodo histórico fundamental para la adecuada comprensión de la cultura e identidad hispánicas: la Reconquista y la consiguiente Repoblación, un verdadero «empuje hacia el sur» que terminaría con la toma de Granada en 1492. Sólo aquellos hispano-godos refugiados en territorio cántabro-astur (nobles, clérigos, campesinos) poseerán la conciencia de una «Hispania por restaurar», conciencia de la que carecerían casi por completo los pueblos autóctonos de aquellos valles norteños, en los enfrentados al poder central toledano. Por lo tanto corresponde a aquel aluvión de refugiados la creación de un poder político nuevo, el reino astur-leonés (y posteriormente, a partir del siglo XI, su heredero: Castilla-León) guiado por un objetivo de recuperación de las tierras de Hispania, situadas al otro lado de la Cordillera Cantábrica, y que constituían su originario solar patrio.

Estos sucesos coadyuvarán decisivamente en la "gotización" y, por ende, "hispanización" del reino astur-leonés como principal poder autóctono, opuesto al emirato y posterior califato islámico con sede en Córdoba. Alfonso II el Casto (791-842) reinstauraría en Oviedo el "Orden de los Godos" existente en Toledo, tanto en el Palacio como en la Iglesia, como así nos informa la Crónica Albeldense, primera de una serie de crónicas latinas, conformadoras de una verdadera historiografía medieval nacional. La sistemática y consciente repoblación de la cuenca del Duero supuso la creación de una nueva realidad social, política y cultural, una nueva realidad étnica, el pueblo castellano, los que habitan en el país de los castillos (en referencia a las abundantes torres defensivas construidas en la frontera oriental del reino de Asturias), resultado final de la profunda amalgama racial sustanciada en los valles cantábricos a lo largo de la segunda mitad del siglo VIII y primera mitad del siglo IX. Ya no habrá más tribus de astures, cántabros, autrigones, várdulos o vascones, ya no se hablará de godos o romanos; desde ahora, producto de una completa etnogénesis, se hablará de los "castellanos", del Reino de Castilla y León, sucesor histórico del Reino cántabro-astur de los primeros tiempos de la Reconquista. Los castellanos, principales herederos de los godos y base fundamental de la raza y cultura hispanas, dirigirán con firmeza ese «empuje hacia el sur», capitaneados por sus jefes, reyes, magnates e infanzones.

El denominado neo-goticismo astur-leonés, restaurador del unitarismo godo, diseñado en la Corte de los reyes asturianos y leoneses y heredado por Castilla al constituir su primer rey, Femando el Grande (1035-1065), el Reino de Castilla y León, consistía en un relevante programa político-militar destinado a imprimir una coherencia definitiva al proceso reconquistador y a legitimar al rey de Castilla como histórico sucesor del rey de los godos, el máximo jefe político de aquella Hispania unida por la conciencia nacional goda, invadida por los árabes y que ahora se pretende restaurar 6. Esto es lo que los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, ambos de la dinastía castellana de los Trastámara, y tras la unión de Aragón a Castilla alcanzada el año 1474 como consecuencia de su matrimonio, consiguieron cuando el 2 de enero de 1492 entraban victoriosos en Granada, alzando los estandartes simbólicos recibidos de sus antepasados, cumpliendo, en fin, el programa político inspirador de la Reconquista.
 
Dice la Crónica de Alfonso III respecto de la batalla de Covadonga (722), punto de partida de dicha Reconquista: «Por esta montaña será salvada España y restaurado el ejército de los godos»; eso es lo que acabará significando la arriesgada emboscada de Don Pelayo, primer jefe rebelde, antiguo espatario del rey Rodrigo.

No son los Reyes Católicos los fundadores de la unidad nacional sino sus restauradores, aunque la unidad hispánica plena se conseguiría por Felipe II, y solo temporalmente, en 1580 al incorporar Portugal a su reino. Se equivocan, de modo interesado o ignorante, los políticos separatistas y sus clientelas cuando afirman que «sus pueblos» preexisten como «verdaderas naciones» a la «forzada» unificación de Isabel y Fernando finado el siglo XV. Para estos políticos, en su tergiversación histórica, dicha unidad fue un acto artificioso, ilegítimo e imperialista, destructor de esas «auténticas nacionalidades», o sea, Euskalerría o Cataluña que, dicho sea de paso, jamás existieron históricamente como entidades políticas unitarias e independientes. España, como nacionalidad distintiva es muy anterior a ese siglo XV, debiéndonos remontar, como hemos comprobado, hasta la segunda mitad del siglo VI, obra principal de un pueblo germánico de primer orden, los godos, que como torrente, generoso y vivificador, vino a confundirse absolutamente en el anchuroso río de lo español hasta el punto de desaparecer como tal pueblo. Pero ellos también somos nosotros, los españoles. Permanecen en nuestros genes, en nuestros hábitos, en nuestra cultura. Ellos, los godos de España, fundaron nuestra nacionalidad cuando se iniciaba la Edad Media.


Ramón Peralta
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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por Juanma_Breda el Mar Nov 29 2016, 22:23

Bravo, Buena historia.

Pero Navarra fue por un siglo musulmán hasta que el último gobernante fue asesinado y se puso el primer rey cristiano del reino de Pamplona, siglos después llamado Navarra.

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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Vie Dic 02 2016, 20:15

Vascones y el Reino Hispano-visigodo


En el año 408, pueblos bárbaros conocidos como alanos, suevos y vándalos pasaron a la Hispania romana. Durante tres años camparon en libertad hasta que firmaron un tratado por el cual se establecían bajo el poder nominal de Roma en determinadas zonas y con ciertas condiciones que garantizaran la seguridad de los hispanos. Se trataba de algo provisional, Roma intentaba ganar tiempo mientras se reforzaba.

En 417 envió a sus aliados visigodos a Hispania con el objetivo de acabar con los invasores. En dos años eliminaron a los alanos y a los vándalos. Roma, impresionada por la fortaleza militar y por la posibilidad de que los visigodos se adueñaran de la península, decidió retirar la misión y establecerlos en la provincia gala de la Aquitania, en el suroeste de Francia.

En el 420, Roma ya intervino directamente en la región, aunque el general comisionado para la misión, el comes Hispaniarum (conde de las España) Asterio, no consiguió un éxito definitivo. Aun así, el emperador Honorio felicitaba a los soldados acantonados en Pamplona por sus recientes victorias, al igual que establecía las condiciones concretas del hospitium, servicio al que estaban obligados los pamploneses y por el que debían alojar y sostener a sus expensas a estos efectivos militares.



EXTENSIÓN TERRITORIAL DE TRIBUS BÁRBARAS EN HISPANIA


Las sucesivas intervenciones visigodas en Hispania les habían convertido en el auténtico poder fáctico. En los años 441 y 413, los visigodos de Merobaudes derrotaron a los bagaudas Arecellitani, en Araciel, despoblado de las cercanías de Corella (Navarra). Los bagaudas fueron un grupo de elementos de baja posición social que agrupaba a pequeños propietarios descontentos por la presión fiscal de la administración romana, así como a colonos y a esclavos que habían huido de sus señores. Otra rebelión mayor tuvo lugar en el 449, liderada por Basilio; sus efectivos se vieron incrementados por la devastación de Vasconia por el rey suevo Requiario, quien se dirigía hacia Aquitania para casarse con la hija del rey visigodo Teodorico I. Un ejército visigodo acabó con esta revuelta por la fuerza de las armas en el 454.

Cuando los visigodos derrotaron a los suevos a orillas del río Órbigo, entre León y Zamora, ya mantenían guarniciones en algunas de las principales ciudades como Sevilla, Mérida, Astorga y Pamplona como última etapa antes de los Pirineos.

Con la llega al trono del rey Eurico en el 466, los visigodos fueron ocupando el poder que les iba dejando un Imperio romano en descomposición interna y, ya en el 472, controlaban todo el territorio al norte del Ebro.

Cuando el emperador Alarico II fue derrotado por el rey franco Clodoveo en el 507, el pueblo visigodo se instaló definitivamente en la Hispania romana hasta la desaparición del Reino Hispano-visigodo en el año 711. Durante este periodo de tiempo, los enfrentamientos entre visigodos y vascones fueron constantes, mientras que estos últimos ya hacían su presencia a ambos lados de los Pirineos.



HISPANO-VISIGODOS


Varias son las referencias escritas a los términos Vasconia y vascones en ese plazo de tiempo. La primera de ellas se refiere a una región del norte de Hispania de límites inciertos y que se correspondía con parte de una antigua circunscripción tributaria del Alto Imperio romano. El Anónimo de Rávena, obra bizantina de mediados del siglo VII, se refería al territorio de los vascones rodeado de montañas por tres de sus lados y por el norte, por el océano: posiblemente se refería a un establecimiento de estas gentes al norte de Pamplona, quizás englobando áreas de Guipúzcoa, Vizcaya y Huesca.

En este hábitat, San Isidro de Sevilla caracterizó en sus obras a los vascones como pueblos montañeses errantes (montiuagi populi), situándoles en una amplia franja de terreno en las tierras altas del Pirineo. Las fuentes francas como San Gregorio de Tours, Fortunato y Fredegario siempre destacaron el carácter pirenaico de los vascones.

Se trataba de poblaciones con una economía pastoril y primitiva sometida a un inestable equilibrio. Cualquier crisis de subsistencia o un desfase poblacional que presionara sobre sus escasos recursos traería consigo graves problemas, que se resolverían depredando los territorios vecinos. Los habitantes del resto de Navarra y de Álava no pueden ser tratados como vascones, al no entrar en esta caracterización de poblaciones montañosas.



MAPA DE AQUITANIA, WASCONIA Y CANTABRIA


Una vez que el poder se ha establecido en el Reino Hispano-visigodo, el primer acontecimiento constatable que ocurrió en Navarra ocurrió en el año 541, cuando los reyes francos Childeberto I y Clotario I atravesaron los Pirineos con el objetivo de tomar Zaragoza, ciudad clave en todo el territorio, a la que sitiaron sin éxito. Su retirada, en muchos aspectos un preludio de Roncesvalles, fue un completo fracaso, aunque no consta la actitud de los vascones durante el desarrollo de los acontecimientos.

Esta intervención franca fue el inicio de una serie de continuos enfrentamientos en zona peninsular durante más de un siglo. En algún momento llegaron incluso a controlar la antigua Cantabria, desde la Rioja a Santander, lo que implicaba a las actuales provincias Vascongadas y Navarra como áreas inmediatas a la frontera. No se conoce el momento exacto en que se produjo esta expansión, pero si que fue durante el reinado de Sisebuto (612-621) el mérito de derrotar al duque Francio y restaurar la soberanía visigoda. La constante influencia y ocasional presencia franca está verificada por el hallazgo de varias necrópolis (Aldaieta y Alegría en Álava, Finaga y Malmasín en Vizcaya, Pamplona y Buzaga en Navarra).

En todo el valle del Ebro, Leovigildo se dedicó a eliminar los focos de poder local que estaban respaldados por los francos. Primero intervino en Cantabria en el año 574 y, siete años más tarde, sometió a los vascones fundando la plaza fuerte de Victoriacum (Vitoria), desde la que podía controlar futuras perturbaciones.




HISPANIA BAJO EL REINADO DE LEOVIGILDO (586)


Una nueva intervención visigoda se produjo en el año 621, durante el reinado de Suíntila cuando los vascones invadían la provincia Tarraconense, que comprendía todo el valle del Ebro y las montañas cercanas, hasta que fueron completamente derrotados y se rindieron de forma incondicional. Los vascones aceptaron el pago de tributos, entregaron rehenes y tuvieron que construir la ciudad de Ologicus (Olite) para garantizar su propio control.

La inestabilidad volvió en los años siguientes, pues una lápida de Villafranca de Córdoba está dedicada a Oppila, un noble godo que murió en el 642 en una emboscada de los vascones cuando transportaba suministros al ejército.

En los siguientes sucesos aparecieron los vascones como grupos turbulentos procedentes de las montañas, pero que carecen de iniciativa propia, actuando bajo el control de alguno de los pretendientes a la corona del reino visigodo. Una inestabilidad motivada por las ambiciones personales de los miembros de la alta nobleza que se disputaban el poder. Las sublevaciones eran habituales en las provincias Tarraconense y Narbonense (sureste de Francia), y los usurpadores querían contar en todo momento con quienes habían demostrado continuamente su belicosidad y buen hacer con las armas.



RELIEVE ECUESTRE DE LEOVIGILDO


En el año 653 un grave conflicto estalló en la provincia Tarraconense en los momentos finales del reinado de Chindasvinto. Froy, dux de la Tarraconense, trató de canalizar todo el descontento de una parte importante de la nobleza. Contaba para ello con el apoyo de toda su provincia, así como con el de los vascones. Tras unos primeros éxitos que le llevaron a sitiar Zaragoza, los aliados fueron finalmente derrotados por Recesvinto, que acababa de suceder a su padre.

El aviso fue importante, pero no sirvió de mucho y la situación se repitió en el año 672, ahora con la presencia de los francos, que trataron de medrar en estas aguas cuando tuvo que desplazarse a la zona de Cantabria para efectuar operaciones contra los vascones. En éstas estaba cuando Ilderico, conde de Nimes, sublevó la provincia de Narbona. El conde visigodo Paulo fue enviado para someterlo y, efectivamente, eso hizo pero utilizó la victoria en su propio provecho. Contando con el apoyo de los rebeldes recién derrotados, a los que sumó otros nobles de la Tarraconense, y el de francos y vascones, se declaró rey y se enfrentó a Wamba abiertamente. Éste tuvo que actuar con celeridad, y en apenas siete días logró castigar a los vascones y conseguir su sumisión, tras lo cual se desplazó a la Narbonense, donde puso fin al alzamiento.

Ambos hechos parecer estar coordinados, una primera revuelta de los vascones, que se niegan a entregar los tributos debidos, lleva al rey hasta la región. Inmediatamente, y mientras tiene las manos atadas, se produce un segundo conflicto más importante, pues ya implicaba a la nobleza goda y a elementos externos.

Un calco de estos acontecimientos se produjo en el año 710, tras la muerte de Witiza. Un sector de la nobleza visigoda eligió a Rodrigo, duque de la Bética, mientras otra facción optó por Agila II, posiblemente un hijo del difunto rey. Éste contaba con los mismos apoyos que Paulo: las siempre revueltas provincias de la Tarraconense y la Narbonense, los francos y los vascones.

Cuando se produjo el desembarco sarraceno en Tarifa, Rodrigo se encontraba reprimiendo una rebelión en Pamplona, ciudad perteneciente a la región Tarraconense, y por tanto al bando witizano, seguramente tras haber sometido Zaragoza. Siempre se trató de una guerra civil entre dos parte de un mismo reino Hispano-visigodo.

El bando witizano pactó con los musulmanes del norte de África una intervención bélica en la guerra civil para derrotar a las tropas de Rodrigo. A cambio, estos recibirían como recompensa el botín de guerra que consiguiesen. Y así es como tras haber cruzado el estrecho de Gibraltar y conquistar Toledo, vencían a Rodrigo en la batalla de Guadalete. Su entrada fue imparable y dos años más tarde sitiaban Zaragoza.



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Re: Reino Hispano-visigodo

Mensaje por ilustrado el Vie Dic 02 2016, 20:17

III CONCILIO DE TOLEDO


Mediante el III Concilio de Toledo del año 589, el Reino Hispano-visigodoabandonó el Arrianismo para tomar el Catolicismo como religión oficial, sentando un precedente en el resto de entidades políticas europeas de la Alta Edad Media. Esto tuvo su relevancia en una Europa invadida por tribus germánicas, ya que demostraba como estas se irían fusionando con las poblaciones latinas herederas del extinto Imperio romano y mantendría la unidad católica frente a la herejía del Arrianismo.

Además, el concilio toledano supuso un primer modelo de Asambleas en las que estaban representados los nobles y los clérigos, sustituyendo a las Dietas germánicas, compuestas únicamente por el estamento militar.



LEOVIGILDO Y HERMENEGILDO


Desde el 585 se instauró en la península Ibérica el Reino Hispanovisigodo, sustituyendo a la Hispania romana, y dominando en todo el territorio peninsular de forma duradera hasta la invasión musulmana del 711 d.C. Durante ese tiempo, el reino estuvo unificado bajo una única corona, una religión común, un legado cultural y un derecho unificado.

Leovigildo consiguió unir políticamente el espacio hispano con capital en Toledo y aprobó el derecho de matrimonios mixtos entre godos e hispanorromanos. Imaginó, ya en la segunda mitad del siglo VI, una fórmula para atraer a la plenitud de derechos a sus súbditos hispano-rromanos con la condición de convertirse al arrianismo. Pero fue su hijo y destinado a heredarle, Hermenegildo, quien se convirtió al catolicismo. Lo que sucedió fue que en este siglo VI los hispanorromanos impusieron sus modos de ser y de vivir sobre sus gobernantes visigodos.

Hacia el año 580, reunidos el obispo Leadro y el futuro papa Gregorio en el palacio imperial de las Blanquernas trataron de incorporar las dos primeras aportaciones de España a la vida europea.

La primera aportación surgió de la necesidad de dotar al clero secular de una Regla o norma de vida semejante a la que ya tenían los benedictinos. Es la Regula pastoralis, aprobada por Leandro, a la muerte de Leovigildo, y que pudo instalarse en Sevilla.

Pero la aportación decisiva al futuro de Europa se concretó en el III Concilio de Toledo de 589, convocado por el rey Flavio Recaredo, sucesor de Leovigildo, y auspiciado por san Leandro, hermano mayor de san Isidoro de Sevilla, al que asistieron 5 de los 6 arzobispos metropolitanos, 62 obispos, varios abades importantes. En este concilio Recadero se convertía al catolicismo y adoptaba esta religión como la fe oficial, abandonando el arrianismo. Entre otras decisiones, se acordó transferir la jurisdicción de la ilgesias arrianas a los obispos católicos, adoptar el credo para ser recitado en las mismas, y prohibir los matrimonios que los eclesiásticos arrianos practicaban; leyes promulgadas por el rey en la Lex in confirmatione concilium.

También el latín se impuso sobre la lengua goda, y se sometieron todos los habitantes a una Lex Romana custodiada por los visigodos que adoptaron todas los usos y costumbres hispanorromanas.



CONVERSIÓN DE RECAREDO


El germanismo en Europa iba a abandonar el signo arriano en muy pocos años y establecer una unidad católica. La conversión al catolicismo de los distintos pueblos europeos fue un elemento importante en la vida cultural, y en la península Ibérica se desarrolló así durante casi dos siglos una importante corriente, mezcla de la tradición latina con el espíritu cristiano.

Este movimiento de restauración cultural recuperaba para Europa el antiguo Derecho romano mediante el cual, no habría en adelante disyunciones sociales, sino que los súbditos forman una sola comunidad, regida a su vez por esa ley romana de los visigodos que reduce la servidumbre a dimensiones económicas ya que todos los bautizados pasaban a considerarse jurídicamente personas. Era una ley que garantizaba a los campesinos la subsistencia mediante el trabajo de la tierra, aunque tenían que transcurrir todavía varios siglos para que la servidumbre desapareciera del todo.

Un factor entonces desconocido aparecería: a medida que los ingresos del propietario de la tierra se fijaban en moneda, el poder adquisitivo de ésta disminuía y se incrementaba el de las cosechas. De tal modo que, trascurriendo el tiempo, para los propietarios sería más beneficioso que los siervos alcanzasen su libertad, dejando la tierra en sus manos.



III CONCILIO DE TOLEDO EN EL CÓDICE ALBELDENSE


Otra contribución que el III Concilio de Toledo efectuó fue la asistencia no sólo de obispos, sino también de muchos nobles, servidores y cooperadores del rey. Surgía de este modo, en este concilio y en los sucesivos, un primer modelo de Asambleas en las que estaban presentes los jefes militares y los clérigos, dotados de formación intelectual. Además, este modelo sustituiría a las Dietas germánicas, compuestas únicamente por el estamento nobiliario military.

A partir de la conversión de Recadero, estas asambleas, eclesiásticas y romanas en su origen, alcanzaron una extraordinaria importancia política y se convirtieron en uno de los órganos fundamentales del Estado visigodo, realizándose una importante serie deConcilios toledanos que abarcaron desde el III en el 589 hasta el XVIII en el 702.

Sin embargo, estas Asambleas traerían una aportación negativa. El Imperio romano había considerado el judaísmo como religión licita, lo que facilitó mucho la diáspora hebrea por Europa, alcanzando a Hispania. El romano San Agustín elaboró una doctrina por la cual consideraba que el pueblo elegido era el judío de donde partió el cristianismo, representado en la figura de Jesús, el mesías convertido a la verdadera fe y que, por tanto, era necesaria una tolerancia al judaísmo.



III CONCILIO DE TOLEDO EN EL CÓDICE ALBENDENSE


Frente a esta doctrina, el III Concilio de Toledo aprobó otra antagónica: no era posible la convivencia entre dos religiones. Desde el año 612, reinando Sisebuto, se estableció el criterio de que el judaísmo era una religión ilícita y debía procurarse su desaparición. Desde el reinado de Recesvinto, se había reformado la Ley de los visigodos, iniciándose una persecución contra los judíos hispanos, obligándoles a bautizarse y a educar a sus hijos en la verdadera fe.

Cuatro siglos más tarde, España rectificaría esta decisión, regresando la tolerancia al judaísmo con Fernando I de León. Pero esta doctrina ya se había extendido a Europa y supuso una de las raíces del anti-judaísmo. Tampoco se trataba aún de un anti-semitismo, ya que los hebreos conversos al cristianismo eran integrados plenamente en la sociedad.

A Leandro le sucedería su hermano pequeño, Isidoro de Sevilla, en el IV Concilio de Toledo, y también en la influencia decisiva sobre los sucesores de Recadero. Isidoro cubrió con su influencia política y cultural no sólo el siglo VII, sino también los tiempos posteriores. Su influencia sobre Beda el Venerable y sobre las generaciones de discípulos que cubrieron el Renacimiento carlovingio resultó esencial para dos aspectos de la sociedad europea: la organización de la Monarquía y la transmisión del saber.



SAN ISIDORO Y SAN LEANDRO


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