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LOS «VASOS COMUNICANTES» ENTRE LA FALANGE Y LA IZQUIERDA

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LOS «VASOS COMUNICANTES» ENTRE LA FALANGE Y LA IZQUIERDA

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Oct 03 2016, 11:33


Alguna vez he aventurado la opinión, al hacer el balance del siglo XX, de que la diferencia fundamental entre comunismo, fascismo y liberalismo es su planteo del enfrentamiento entre el Estado y el Capital. En el comunismo el Estado sustituye al Capital abolido; en el fascismo el Estado respeta al Capital pero lo pone a su servicio; en el liberalismo, el Estado se pone al servicio del Capital. Ya sé que esto que digo sonaría como algo marxista, pero es que Marx, por ley de vida, no llegó a conocer esa tercera vía del fascismo, esa doble reacción contra la revolución roja y la democracia liberal. La demonización de ese tercero en discordia era lógica después de la gran guerra que provocó con sus delirios imperialistas y en la que fue aplastado, pero el hecho de que su fantasma, como diría Marx, siga recorriendo no ya Europa, sino gran parte del planeta y encendiendo todas las luces rojas y siendo utilizado como descalificación arrojadiza entre los marxismos residuales y el gran capitalismo financiero, es algo que hace pensar en algo más profundo e inquietante, y que explica la alianza contra natura impuesta por la guerra. Y es que, más que la ocupación del Ruhr y que la campaña de Abisinia, más que el Anschluss, los Sudetes y la guerra de España, Italia y Alemania eran, al menos hasta el estallido de la guerra, una doble demostración de cómo el Capital podía medrar bajo la vigilancia del Estado y de cómo el socialismo se fortalecía al hacerse compatible con el patriotismo, gracias, por decirlo con palabras de George Mosse, a «la nacionalización de las masas». Es posible que la simpatía británica por Hitler se redujera poco más que al sólito exquisito círculo de aristócratas excéntricos (ya había antecedentes con el fervor napoleónico de Lord y Lady Holland más de un siglo atrás), pero en la América del Norte y en la del Sur no le faltaban a Mussolini admiradores, como en la propia Inglaterra, no ya  entre la clase obrera sino entre políticos experimentados —y maltratados por la democracia— como Winston Churchill. Las grandes exposiciones montadas en Roma y en Milán en 1982 bajo el alto patrocinio del presidente de la República, el socialista Sandro Pertini, la comunista Nilde Jotti (la viuda de Palmiro Togliatti), presidenta de la Cámara de Diputados, y Francesco Cossiga, presidente del Senado, entre otros, eran una contundente demostración de lo que Italia llegó a ser durante el Ventennio.
El clima propicio a semejante homenaje público al «régimen anterior» se debía sobre todo a una historiografía iniciada por Renzo De Felice, en que la llamada Era Fascista era estudiada a la luz de los datos, no de los prejuicios. Algo de eso es lo que acometería en una España imbecilizada y envilecida por la llamada «memoria histórica» otro socialista, el sevillano Alfonso Lazo, en su libro Historias falangistas del Sur de España[1].
 
LA FRUSTRACIÓN POR LA «REVOLUCIÓN PENDIENTE»
Alfonso Lazo, hijo póstumo de un mártir de Paracuellos, miembro de una familia de terratenientes y profesionales, nos hace el relato de los primeros pasos de la Falange andaluza en la República, en la guerra y en la trasguerra, de su proyecto totalitario, de su frustración desde el decreto de Unificación con el Requeté y de la labor, a pesar de los pesares, desarrollada en todo ese período y sobre la que tanto ironizan los lamelibranquios de la democracia. La galería de personajes que desfilan por sus páginas es apasionante, como los lances en que se ven envueltos: héroes, agentes dobles, militantes abnegados, consecuentes y oportunistas, acomodaticios e ingenuos. La idea general es su teoría de los «vasos comunicantes» para explicar, sin excluirse a sí mismo, militante del Frente de Juventudes en su adolescencia, de cómo la frustración de la «revolución pendiente» lleva a partir de 1956 a tanta gente de camisa azul a buscar en el socialismo con minúscula o con mayúscula, la revolución que les había frustrado la reacción de los «malos» del relato, a saber, el Ejército, la Iglesia, el gran capital, la gran banca, la burguesía, el diario ABC y, en última instancia, el «amo de las cargas», el propio Generalísimo.
De haberse salido con la suya algunos falangistas monolíticos, o graníticos, como se llamaba en Italia a los fascistas de una pieza, es probable que la guerra no se hubiera ganado, o que, de haberse ganado, el Estado habría sido totalitario de verdad, como en Rusia o en Cuba. Por fortuna la historia es lo que es, no lo que pudo haber sido, y con la esperanza de que esta historia se hiciera realidad se produjo el trasvase de la «adhesión inquebrantable» al Caudillo al «culto a la personalidad» tributado a Stalin, a Mao o a cualquiera de los muchos régulos que proliferaron en aquellos años en venturosos países, como decíamos entonces, «dueños de su destino». No me excluyo, ya que también yo, y eso que nunca tuve que ver con la Falange, le levanté un altarcito a uno de ellos, con la esperanza de que hiciera en Cuba la «revolución pendiente» de la que tanto se hablaba en España. A la vista está lo que esa revolución podía dar de sí.
Capítulo aparte merecen las «masas encefálicas» del fascismo español que también se alejarían del Régimen de diversa forma y por diversos motivos, aunque sólo sea porque entre ellos, mayores todos que yo en edad, saber y gobierno, tuve amigos constantes y maestros permanentes.  Es más, muchas de mis ideas y mis orientaciones se las debo a ellos, por acción o por reacción. Al volver a España don Claudio Sánchez Albornoz y recapitular su pasado, llegó a decirles a sus amigos españoles, entre los que estaba el poeta José Antonio Muñoz Rojas, que es quien me lo refirió: «Gracias a Dios que la guerra la perdimos los republicanos». A esa «gracia de Dios» fueron muchas y muy encontradas las fuerzas que contribuyeron y que esperaban una recompensa según su motivación en el esfuerzo de guerra, así que el Caudillo tuvo que templar muchas gaitas, y sobre todo, aún en guerra, la de la Falange y la de la Iglesia. Alfonso Lazo señala los frenos que el mando puso a los ímpetus revolucionarios de los falangistas, procurando desactivarlos, pero es que hizo algo peor, que fue utilizar y aprovechar lo que le convenía, no ya como claque escenográfica o propagandística, sino como base de una política social que puso en sus manos, a la vez que ponía la política educativa en las de la Iglesia. En esta historia tan bien contada en la que Lazo se pone muy por encima de la historiografía revanchista al uso, se nos dice sin rodeos que el alejamiento o ruptura del falangismo radical con el Régimen se debió a que éste, ni siquiera cuando aún no había pasado de no beligerante a neutral en la guerra mundial, dejó bien claro que no estaba por la labor de imitar a los nazis, de lo contrario no habría revocado el decreto republicano privando de sus bienes y de la paz pública a don Alfonso de Borbón a la vez que encarcelaba a Manuel Hedilla y desterraba a Manuel Fal Conde, ni habría acogido o dado paso a los judíos perseguidos por el victorioso III Reich, ni llegado el momento sustituido al a todas luces germanófilo Cuñadísimo por el anglófilo y monárquico Jordana. Es importante señalar, y en esta obra se hace, que era Hitler y no Mussolini quien encarnaba para el ideal totalitario de aquellos falangistas el ídolo y el modelo. Vamos a dar por bueno que la División Azul, puesta en pie por Serrano Suñer a la voz de «¡Rusia es culpable!», fuera el expediente de que Franco se valió para saldar la ayuda alemana en la guerra civil y librarse de entrar en la mundial[2], pero el hecho es, y no faltan testimonios en las memorias de los voluntarios, que éstos se quedaban o volvían pasmados de lo bien que funcionaba el Orden Nuevo en Alemania a diferencia del estado de cosas en España, y que ello se debía a la competencia y decisión del Jefe respectivo. Tampoco Mussolini les convencía, porque observaban que su totalitarismo era un «buñuelo de viento», como la Cámara de las Corporaciones según el Ausente.
En la interpretación del fascismo por excelencia, que es el italiano, como continuación del espíritu de componenda (compromesso) del Risorgimento liberal hay gran parte de razón, en la medida que había mantenido a los Saboya en el trono, había resuelto la questione romana con los Pactos de San Juan de Letrán, y el Estado, al poner al Capital a sus órdenes, vigilaba a éste para que no se desmandara, como una especie de «Estado gendarme» y a través del IRI (precedente del INI español) se hacía subsidiario de él para iniciativas de interés nacional, como el propio Duce le explicó a Emil Ludwig. Además, la mediocre prestación guerrera de Italia no podía compararse con las brillantes campañas de la Wehrmacht, sometida al Partido como todo lo que se movía en Alemania bajo la consigna Ein Volk, ein Reich, ein Führer! No olvidemos que Alemania fue el primer país donde dio fruto el socialismo en lo que éste puede tener de positivo, y que ello fue ya bajo el II Reich y por obra del canciller Bismarck, socialismo por cierto que mereció de Federico Engels, el socio capitalista en el doble sentido del término, de Marx, la calificación peyorativa de «socialismo de cuartel». Lenin, otro totalitario de verdad que se conocía a sus clásicos, llegaría a proclamar al vencer a los blancos en la guerra civil y emprender su peculiar guerra contra el hambre, sobre todo en Ucrania, que el suyo era un «comunismo de guerra». Y no mentía.
El fascismo en general respetaba la propiedad privada. En esto se distinguía al menos del comunismo, y el Capital al que se oponía no era el capital nacional que intentaba y a veces lograba sojuzgar, sino los grandes consorcios financieros, los grandes grupos bancarios, ese gran capital sin rostro y sin nombre que no se sabe dónde está y está en todas partes y está en todo caso fuera del alcance de los gobiernos: en una palabra, la «Internacional del dinero» profetizada por Marx y razón de ser de la Internacional comunista. José Antonio explicó todo esto con una claridad meridiana en su discurso del cine Madrid[3], pero no vivió para ver como ambas Internacionales se aliaban para aplastar los ideales de su «revolución pendiente». Tampoco vio el colosal crecimiento de su Movimiento ni el desencanto de sus militantes al verse reducidos a comparsas de un Régimen que tuvo la precaución de irse «desfasticizando» según evolucionaba la guerra mundial. Ridruejo fue el primero que rompió con el Régimen por coherencia fascista, aunque no tardaría mucho en ir evolucionando hacia la socialdemocracia al pasar de Ronda a Barcelona y de Barcelona a la Roma antifascista. Otros lo fueron haciendo a lo largo del tiempo y su proceso de trasvase es el tema del relato de Lazo. También se alude a los jerarcas como Sancho Dávila, Fernández Cuesta y otros muchos que colaboraron desde puestos de responsabilidad en la adaptación del Movimiento a la voluntad de su autodesignado Jefe Nacional. Uno de ellos, Jesús Suevos, a quien tuve la fortuna de tratar en sus últimos años, llegó incluso a hacer un brillante y nada gratuito elogio del «nacionalcatolicismo» ya en estos tiempos venturosos del «pensamiento único» y la «corrección política».
Alfonso Lazo conoce y explica muy bien la realidad del Auxilio Social y de la Sección femenina, a cargo de dos mujeres ejemplares y muy distintas: Mercedes Sanz Bachiller, viuda de Onésimo Redondo, al que le acaban de retirar el monumento en las afueras de Valladolid, y Pilar Primo de Rivera, que tanto hicieron por las familias desvalidas del bando que fueran y por la formación y la dignificación de la mujer[4]. También son reveladores y positivos los testimonios que nos da del Frente de Juventudes por el que pasó y de sus códigos de conducta. En cambio, sólo de refilón y por vía anecdótica se alude a José Antonio Girón y la Magistratura del Trabajo. Y es que es Girón precisamente el «camisa vieja» a través del cual se lleva a cabo una política social de inspiración fascista que deja muy atrás las torpes tentativas de la llamada «república de trabajadores». Gracias a esa política social, en efecto, los trabajadores españoles tuvieron seguro de enfermedad, pluses de cargas familiares, Universidades e Institutos Laborales, el Instituto de Medicina, Higiene y Seguridad en el Trabajo, los montepíos, el subsidio de invalidez, los jurados de empresa, el salario mínimo garantizado por el Estado, las vacaciones retribuidas, las pagas extraordinarias de julio y diciembre, la participación en los beneficios de la empresa y la inamovilidad en el puesto de trabajo. Tanto es así, que al llegar los «socialistas renovados» al poder a raíz del mal llamado «golpe de Tejero», se encontraron con la ingrata sorpresa de que toda la política social estaba hecha por un «socialismo de cuartel» parecido al de Bismarck. El «colaboracionismo» de Girón con Franco no fue muy distinto del «colaboracionismo» de Largo Caballero con el general Primo de Rivera, sólo que el del falangista fue más largo y más fructífero y el del otro, más breve y más bien inédito, truncado como quedó por el «borboneo» de que fue víctima don Miguel. Por cierto, hace unos años leía en el Dietàri de mi amigo Gimferrer la siguiente frase: «el castellà ordenat i bell del Codi de Comerç contrasta amb la gesticulació retòrica del Fuero del Trabajo». Mi comentario fue: «Es evidente que, desde el respetable punto de vista de la moral del comercio, es gesticulació retòrica decir (I,2) que: “Por ser esencialmente personal y humano, el trabajo no puede reducirse a un concepto material de mercancía, ni ser objeto de transacción incompatible con la dignidad personal de quien lo preste”». Yo sabía que el Fuero del Trabajo estaba más o menos inspirado en la Carta del Lavoro; lo que no supe hasta muchos años después es que quien lo redactó fue nada menos que el gran maestro de Derecho Mercantil don Joaquín Garrigues, liberal manchesteriano, y es que, como Belmonte le dijo una vez a Queipo de Llano, que lo requería para una corrida patriótica: «Mi general, la guerra es la guerra».
 
MONTERO DÍAZ, O CÓMO LOS EXTREMOS SE TOCAN
Pero es que el tema de la flexibilidad ideológica iría más lejos. Por lo pronto hubo que cambiar de retórica, ya que la clientela electoral era la inmensa clase media de extracción proletaria creada por el denostado «franquismo», y las dos grandes fuerzas políticas que se disputaban sus votos no tuvieron inconveniente en renunciar, unos al marxismo, y otros a la camisa azul con la que habían hecho carrera y, concordes ambas en la reprobación del «régimen anterior», llegarían a ser intercambiables en la labor de triturar o desarticular a esa gran clase media, a la que no se podía negar sin más el derecho de propiedad, procediendo por elevación y delegando esa impopular tarea en el gran capital internacional, anónimo y sin rostro, tan execrado por fascistas y marxistas de las pasadas generaciones.
En el primer discurso electoral de uno de los dos grandes partidos nuevos oí una frase que era todo un programa de gobierno a largo plazo: «¡Ustedes trabajan demasiado y ganan demasiado poco!». A los parados, que los había, aunque en proporciones insignificantes, se les dedicó incluso un librito explicándoles que la sociedad futura era la del ocio, y así se fue montando el llamado “estado de bienestar” con el que además se daba paso a una sociedad —como dijo el «poeta novísimo»— «más justa y más abierta de piernas». En cuanto a la opinión que merecía esa clientela electoral de la derecha vergonzante y la izquierda domesticada que se disputaban sus votos, me remito a las palabras de un querido amigo mío, embajador de España, que a una consulta mía sobre el Cuerpo Diplomático, me hacía un resumen de su historia, en el que decía: «El franquismo fue una fábrica de transformación de patanes en horteras». No perdí tiempo en contestarle: «Tienes toda la razón. La prueba: Felipe González». No por eso dejamos de ser amigos.
Perdón si me adelanto a los acontecimientos y me salgo del libro que nos interesa, en el que no tengo más remedio que destacar la alusión a mis, por así decir, maestros y condiscípulos en las aulas de la literatura. En el caso de Dionisio Ridruejo, que es, con Octavio Paz, una de las personas con las que creo haber estado en absoluta sintonía ética y estilística, he dicho que coincidí con él cuando ya estaba de vuelta del camino que yo había emprendido, y si digo eso de él es porque sus empresas políticas de ese momento eran para mí cosa secundaria, que no estorbaba la amistad, como tampoco me estorbaba el juanismo de Luis Rosales, otro amigo entrañable. José Luis López Aranguren y Pedro Laín Entralgo siempre me cayeron bien, porque siempre se aprendía algo de ellos. Aranguren me invitó a leer en su seminario, y me sugirió que cambiara el título de mi lectura La poesía como fe de rebeldía para evitar cuestiones con las autoridades, así que lo mudé en La poesía como acto de servicio, que él juzgó acertadísimo; otra vez le equiparé los comunistas clandestinos a los cristianos primitivos, pero él me dijo que en lo moral no eran equiparables, pero cuando publicó sus Memorias y esperanzas españolas, le expuse a Ridruejo mis perplejidades y éste me contestó con tristeza que el libro «era psicoanalizable». Tovar nunca dejó de ser para mí un maestro a pesar de los malos modos que tuvo de polemizar con su pasado. Nunca leí el Descargo de conciencia de Laín, que aún tendría tiempo sin embargo en unas declaraciones de rectificar su entusiasmo inicial por el engendro de las autonomías y de proclamar que su obra predilecta era Los valores humanos del nacionalsindicalismo.
Las algaradas universitarias de 1956 costaron sus cátedras madrileñas a varios profesores que habían acaudillado a las masas estudiantiles, siendo los más destacados, Aranguren, Tierno Galván y Montero Díaz. Montero Díaz merece párrafo aparte, y en el caso que nos ocupa, desmiente el refrán «dime con quién andas y te diré quién eres». Aranguren fue el que acuñó el mote de «nacionalcatolicismo», palabra que resume mucho mejor que sus Memorias su pasado juvenil. Tierno según decía había militado en el Ejército rojo, pero lo que es seguro es que estaba en el Instituto de Estudios Políticos con Manuel Fraga, Jesús Fueyo, Gonzalo Fernández de la Mora, Javier Conde y demás juristas del Régimen[5]. Santiago Montero Díaz, nacido en El Ferrol, empezó de galleguista, siguió de comunista y como tal mandó una carta a Ramiro Ledesma, en cuyas huestes, las JONS, no tardó en ingresar, pues vio que Ramiro se tomaba la revolución más en serio que nadie, hasta el punto de que, al fundirse las JONS con FE, le reprochó que se uniera a José Antonio, para él más bien derechista. Hizo la guerra en el frente de Aragón y la Unificación le hizo bien poca gracia. El es uno de esos fascistas graníticos, mejor dicho nacionalsocialistas monolíticos, de que hablaba más arriba. Al estallar la guerra mundial, sus simpatías por el nacionalsocialismo alemán y por el Orden Nuevo que implantaba en Europa fueron totales y, aunque se mantuvo apartado de la política, no dejó de manifestar su oposición a la teoría oficial de las «dos guerras», pues los anglosajones le parecían aun peores que los soviéticos, e incluso cuando la guerra cambió de signo y el Régimen veía ya de qué lado iban a caer las pesas, Montero Díaz pronunció tres lecciones magistrales que circularon ampliamente en el ámbito del Partido, desde la Escuela de Mandos al Frente de Juventudes, en la primera de las cuales, pronunciada después de la batalla de El Alamein y cuanto aún se combatía en Stalingrado, exponía su idea del Imperio, que nada tenía que ver con el «Imperio hacia Dios» y se oponía frontalmente a la idea de la Hispanidad según Ramiro de Maeztu, ya que su orientación era paneuropea y totalitaria bajo el mando del Führer; en la segunda, de 1944, resumía la historia del fascismo propiamente dicho, reducido ya a la República de Salò, y atribuía su derrota a la traición de la Monarquía, el capitalismo y el Ejército, que Mussolini tenía que haber sometido al Partido, como en Alemania. La última, al morir Hitler, para reivindicar el totalitarismo y aludir apenas veladamente a la Jefatura del Estado con estas palabras: «Y si la nave totalitaria tuviera que naufragar en toda Europa (y vive Dios que no naufragará), nos limitamos a recordar que cuando las naves se hunden, se quedan a bordo los mandos que tienen alma de capitanes».
Otro adagio que se cumple en el caso de Montero Díaz es el de que «los extremos se tocan». Erik Norling, en su introducción a los textos antedichos, que titula: Compromiso con Europa. Santiago Montero Díaz. Tres discursos malditos[6], cita en apoyo de esa circunstancia al también jonsista Ernesto Giménez Caballero, que escribe en 1939: «La línea que nos separaba del enemigo era tan confusa aún, que más de dos, más de tres, se nos pasaron al otro lado con mucha más desenvoltura que después se pasaron los rojos a nuestras filas. Uno no sabía bien dónde terminaba nuestro marxismo y dónde empezaba nuestro fascismo».
Puede verse que los agravios de Montero Díaz contra el Régimen venían de antiguo y tenían más calado que los de sus compañeros de terna académica callejera Tierno y Aranguren. Por eso, cuando algunos incautos se presentaron en su retiro asturiano a pedirle que volviera la lucha, (a la de ellos, claro), los echó con cajas destempladas. Hubiera sido como volver al lugar del crimen. Sus vasos comunicantes tenían sentido único.
Dice también Norling en una nota a su introducción que «Los vasos comunicantes entre la izquierda y la derecha están aún por estudiarse». Lazo le da en este libro la respuesta.
En cuanto a la Gauche divine, digamos que el camino que va desde la Teresa de la excelente novela de Marsé hasta la Esther Tusquets de sus Memorias, no es ciertamente edificante; no es que sea ya la historia de una evolución, de una carrera hacia la nada; es un alucinante cuadro clínico de suicidas del espíritu, de un cinismo y una obscenidad a cuyo lado es Anaïs Nin una ursulina y el marqués de Sade el Adalid Seráfico.
Mi nexo, por así decir, con esa tropa era el poeta José Angel Valente, amigo fraternal en mis primeros años ginebrinos. Valente, que fue el primero en hablarme mal de una Antología de Castellet aparecida en 1960, me comentaba con la misma indignación y agudeza muchos años más tarde que todos los socialistas del momento eran exactamente iguales que la plétora de maestritos falangistas en la Galicia de su niñez. Por entonces fui a Oviedo a dar una conferencia y en la cena posterior tenía a mi derecha al delegado o consejero de Cultura del Principado. Un joven comensal preguntó que qué había sido de todos los empleados en la burocracia falangista, sindicatos, montepíos, etc, y yo dije: «¡Esos están ahora todos en el PSOE! ¿De dónde va a venir toda la gente del PSOE, sino de la Falange?». El jerarca de Cultura a mi derecha carraspeó en tono de protesta y dijo más o menos: «Ejem, ejem, del Che Guevara es de dónde venimos más de uno». «¡Claro! —repliqué—. El Che Guevara no es más que una etapa en el proceso degenerativo que va de la Falange al socialismo». Carlitos Bousoño, que estaba cerca, hizo entonces un pequeño canto a la tolerancia y yo me acordé del dicho de Paul Claudel: «La tolérance! Il-y-a des maisons pour ça».
 
CONCLUSIÓN: LA AMISTAD Y LA BUENA VOLUNTAD
No sé si todo lo que antecede da una idea de la importancia y la oportunidad del libro de Lazo. Sólo diré que a estas alturas de la vida, las meras reseñas me saben a poco y a veces me parecen resúmenes para remediavagos. Yo mido la importancia y el interés de un libro por la reacción creadora o evocadora que me produzca su lectura, máxime si el autor me cae bien aunque nuestros modos de pensar sean distintos. No hace mucho perdí un querido amigo, medio paisano y cuasi homónimo de Lazo, pues se llamaba Alfonso Lasso de la Vega y era hijo del célebre republicano y andalucista, antecesor con el remoquete de «Alfonso XIV» de Joaquín Romero Murube como Conservador de los ex Reales Alcázares. En los tumultos universitarios del 56 fue él quien intentó el agiotaje o manipulación del movimiento a favor del PCE a expensas de la ASU. Nos habíamos conocido en Ginebra y al encontrarnos al cabo de los años en Madrid, en la Feria del Libro, después de la caída del llamado Muro Antifascista de Berlín, me dijo que con la edad se había radicalizado. Yo le dije que a mí me pasaba lo mismo; que contra más viejo más reaccionario. Ambos estábamos en cambio de acuerdo en que la amistad estaba por encima de esas cuestiones. A Lazo lo conozco desde que a raíz de mi regreso a Sevilla presidió como responsable de Cultura la presentación en una librería de mi libro de poesía más polémico, y aunque nos hayamos visto poco en ese tiempo, siempre he tenido de él la impresión que este libro me confirma y que tengo el máximo interés en recomendar a todo aquel que, piense como piense, busque honradamente la verdad, aunque sólo sea porque la recomendación de un presunto adversario favorece por lo insólita mucho más que los elogios en serie de los correligionarios incondicionales. A mi experiencia sevillana y española en el caso del homenaje a Agustín de Foxá me remito[7], para no ir más lejos.
Y dicho esto termino afirmando que no hay mejores «vasos comunicantes» que los de la cultura entre los hombres de buena voluntad.
Aquilino DUQUE
[1] Reseñado en el número 195 de Razón Española.
[2] Sobre los planes de Franco para mantener la neutralidad ante los Aliados y el Eje, véase SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis: Franco y el III Reich, La Esfera de los Libros, Madrid, 2015. Reseñado en el número 194 de Razón Española.
[3] Pronunciado el 17 de noviembre de 1935. Entre otras frases, José Antonio dijo las siguientes: «El capitalismo hace que cada hombre sea un rival por el trozo de pan. Y el liberalismo, que es el sistema capitalista en su forma política, conduce a este otro resultado: que la colectividad, perdida la fe en un principio superior, en un destino común, se divida enconadamente en explicaciones particulares».
[4] Las últimas investigaciones sobre la obra de la Sección Femenina entre los españoles más pobres en PÉREZ MOREDA, Vicente; REHER, David-Sven; y SANZ GIMENO, Alberto: La conquista de la salud. Mortalidad y modernización en la España contemporánea, Madrid, Marcial Pons, 2015. Se le atribuye la reducción de la mortandad infantil gracias a sus campañas y sus voluntarias.
[5] Ver ALONSO DE LOS RÍOS, César: La verdad sobre Tierno Galván, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997. Y FERNÁNDEZ BARBADILLO, Pedro: «Tierno Galván, el gran impostor», Libertaddigital, 19-1-2016, en http://www.libertaddigital.com/opinion/pedro-fernandez-barbadillo/enrique-tierno-galvan-el-gran-impostor-77873/
[6] Libro publicado por Aurora Joven, Sevilla, 2008.
[7] El homenaje lo tuvimos que realizar en la calle. http://www.abc.es/hemeroteca/historico-09-10-2009/abc/Cultura/agustin-de-foxa-vetado-en-sevilla_103518559683.html y http://www.elmundo.es/elmundo/2009/10/07/andalucia_sevilla/1254911149.html

https://documentosrazonespanola.wordpress.com/2016/09/28/los-vasos-comunicantes-entre-la-falange-y-la-izquierda/

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