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Bandidos, pobres y soldados. La colonización portuguesa de Angola

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Bandidos, pobres y soldados. La colonización portuguesa de Angola

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Vie Oct 21 2016, 10:30

Aunque el siguiente artículo está realizado de forma novelada, los hechos que en él se narran son totalmente reales. Las historias no han sido escogidas al azar, más bien todo lo contrario: cada una de ellas representa las distintas fases de la colonización portuguesa en Angola. Empezando desde el siglo XIX, se pretende ofrecer una visión veraz del fenómeno colonizador portugués sin caer por ello en un texto analítico o académico.





unio y Julio de 1975: llegada a Lisboa de los retornados de las antiguas colonias de África. ALFREDO CUNHA/ARQUIVO

Acto primero

Fue un juicio rápido. No tardaron más de diez minutos en mandarme a las tierras ¨allende los mares¨. Había cometido un crimen horrible y debía abandonar Portugal. Aún recuerdo con claridad las palabras del juez: ¨solo en las colonias un ser como usted podrá rehabilitarse legal y moralmente¨. Sin duda era un tipo optimista: la mayoría simplemente considera el destierro a las posesiones africanas como un buen sinónimo de pena de muerte.
Entonces, ¿por qué tanto trámite? ¿No es más sencillo ajusticiarme en Lisboa? La respuesta la obtengo camino del puerto. Nos llevan a todos juntos; nunca imaginé que pudiera haber tantos tipos con mi misma suerte, todos deportados. Uno de ellos parece tenerlo claro: “Somos la avanzadilla de la colonización portuguesa”.

Fuente: El Orden Mundial
La Corona, recelosa de perder presencia en África frente a otras potencias europeas, intenta establecer al mayor número de portugueses en sus colonias. Sin embargo, el viaje es largo y una vez allí lo más probable es encontrar la enfermedad y la muerte. Son pocos los que emprenden la travesía voluntariamente, así que se usa a los condenados para la ¨noble misión colonizadora¨. Hemos dejado de ser personas; ahora simplemente somos números para el Gobierno.
Durante el trayecto a Luanda, principal plaza en la Angola portuguesa, no hago más que confirmar este pensamiento. Las condiciones son terribles. Dormimos hacinados y la comida no merece ni siquiera tal apelativo. La mayoría enfermamos y, tras más de un mes y medio de travesía, no tenemos fuerzas ni para iniciar el desembarco. La visión desde cubierta no ayuda.
Muchas tardes, en el barco, me había imaginado cómo sería el continente. Grandes leones, selvas impenetrables y exóticos seres de piel oscura habían ocupado mis pensamientos. Al fin y al cabo, si la Corona quiere estas tierras, será por algo. Sin embargo, al divisar el puerto de Luanda, la decepción no puede ser mayor. Nada más pisar tierra, la arena ya nos llega por los tobillos. Los edificios públicos están en un estado ruinoso y una curiosa corte de mosquitos, lagartijas y cucarachas parece tener más influencia que el gobernador de la colonia. Como bien nos recuerda un anciano portugués, tendremos mucha suerte si logramos salir de aquí con vida.
A los pocos días de llegar, uno no puede dejar de preguntarse qué ha venido a hacer aquí. Antes, los deportados podían ganarse un buen sueldo dedicándose al comercio de esclavos, pero, desde que el Gobierno de Sá de Bandeira abolió esta actividad en las colonias, ya no hay mucho que hacer por aquí.
Desde la metrópoli, en más de una ocasión se ha intentado reflotar la maltrecha economía de la colonia. Aunque, como bien me aclaran los funcionarios locales, cada nueva intentona ha supuesto un fracaso mayor que la anterior. El principal modelo aplicado ha sido la construcción de asentamientos agrícolas en el interior, granjas que permitan a la colonia dejar de depender de las importaciones e incluso poder exportar algún producto al creciente mercado europeo.
Sin embargo, no hay que dejarse engañar por la idea. La falta de medios y la poca planificación han convertido estos lugares en auténticos campos de muerte. Todo deportado que aprecie su vida debe cuidarse de no ser enviado a uno de ellos. Lo más seguro es conseguir un trabajo para el ejército o alguna compañía privada, aunque son muy pocos los que tienen esa suerte. Yo, al igual que muchos de los deportados que había conocido en el barco, acabé en el penal agrícola de Malange, o, como al Gobierno le gustaba decir, de Esperança. Pasaron varias semanas hasta que entendí el porqué de ese nombre. No obstante, al final lo vi claro: a los que estábamos allí solo nos quedaba eso, esperanza.
Habíamos sido transportados como ganado, y al llegar al campamento tuvimos que levantar nuestros barracones. No teníamos absolutamente nada. Incluso en los soldados encargados de nuestra custodia se apreciaba la escasez. Algunos caminaban sin botas, otros apenas tenían un par de harapos por uniforme y los más veteranos a duras penas lograban sostener el fusil. Tan precaria era la situación que a los pocos meses de nuestra llegada ya se tenía que emplear a algunos deportados como carceleros. Era un trabajo curioso, ya que presos y militares desertaban casi en el mismo número.
Nadie en su sano juicio confiaba en el futuro del asentamiento. Y es que eran muy pocos los que tenían algún tipo de conocimiento agrícola. Más aún, casi ningún condenado sabía leer, escribir o contar. Sin medios y con nulos conocimientos técnicos, solo logramos extraer hambre y enfermedad de aquellas tierras.
Por la noche emprendemos la fuga. Sabemos que hay una pequeña aldea a pocos kilómetros, y ahí es donde intentaremos encontrar comida. La tarea, armados con rifles portugueses, no resulta difícil. Matamos, saqueamos y, en definitiva, cogemos todo lo que queremos. Es una sensación extraña, pero de nuevo volvemos a estar fuera de la ley. Puede que aún no haya entendido eso de la “noble misión colonizadora”.
Para saber más: Angola Under the Portuguese: The Myth and the Reality, Gerald J. Bender, 1978

Acto segundo

Siempre hemos vivido en Carmona. Mis hermanos y yo nacimos aquí. Dicen que somos la típica familia portuguesa, aunque yo no tengo claro qué es eso. Papá siempre habla de Lisboa; le encanta contarnos historias de su juventud en el barrio de la Alfama. Echa de menos sus calles estrechas y el olor del mar. Aquí no huele a mar. Aquí huele a café.
Tenemos una granja. Plantamos maíz, patatas, mandioca… y café, mucho café. Es lo que más vendemos. Papá está muy orgulloso, dice que llega a todo el mundo. Incluso asegura que podría exportar mucho más si las carreteras angoleñas fueran mejores. Lo normal aquí son los caminos de tierra, aunque en la escuela me contaron que en Bengela, al sur, hay una línea de ferrocarril. Me encantaría montar en ferrocarril. Creo que a mi papá también.
Con todo, nos gusta Angola. Papá dice que nunca volveremos a Portugal, aunque yo nunca he estado. Seguro que es un lugar maravilloso. Mi amigo Joao sí que ha estado en Portugal; dice que allí siempre tenía hambre. Ahora come más, por eso le gusta estar aquí. Su familia también tiene una granja. Llegaron hace un año. Papá dice siempre que el Gobierno los ayudó en su viaje. Un buen subsidio y una pequeña casa. Creo que le gusta la familia de Joao; a veces le oigo murmurar que este país lo que necesita son más portugueses.
No sé si tiene razón, aunque creo que no todo el mundo piensa como él. En Carmona algunos niños negros nos miran con miedo. Uno de ellos me contó que antes nuestra granja era suya. No había plantaciones, pero eran sus tierras. Incluso aseguró que Carmona se llamaba Uige. Ahora en nuestra plantación trabajan negros. Papá dice que son unos vagos, pero yo siempre los veo muy cansados. Puede que ellos sí tengan hambre.

Sello editado durante la república portuguesa; en la parte superior, se puede ver cómo se recoge la localidad de Uige. Fuente: Dan’s Topical Stamps
En la escuela hoy nos han hablado del lusotropicalismo. La maestra estaba muy seria. Nos ha explicado por qué los portugueses tienen que seguir en África. Ha dicho que nosotros somos un pueblo tolerante, que en Angola negros y blancos son iguales. Yo no conozco a muchos niños negros. En mi clase solo hay uno; tendré que preguntarle a él.
Papá piensa como la maestra. Me ha leído un cuento. En él, unos exploradores navegaban de Lisboa hasta la India. Yo no sabía que se podían hacer viajes tan largos. Solo he viajado una vez: me llevaron a ver el mar en Luanda. Recuerdo que papá me dijo que el mar es la patria de los portugueses. Siempre asegura, muy convencido, que tenemos el espíritu explorador en la sangre. Ojalá cuando sea mayor aún queden cosas por explorar. Me gusta imaginar cómo será la India.
Ayer me puse muy contento. Papá y mama me dijeron que pronto haríamos un viaje muy largo. Estamos haciendo cajas para guardar nuestras cosas. Debemos de ir muy lejos, porque parece que nos llevamos todo. Creo que los negros de la granja también se van. Ya nunca vienen a trabajar. Deben de estar haciendo sus cajas.
Joao no está contento. Dice que hay guerra. Está convencido de que los negros nos quieren echar de Angola. Cada vez nos vemos menos: papá y mamá no me dejan salir de la granja. Es aburrido estar encerrado, aunque creo que mañana empezaremos nuestro viaje. Echaremos de menos el olor a café.
Para saber más: “Los portugueses de Angola durante los siglos XIX y XX”, David Alcoy en Nova Africa, 20, 2007

Acto tercero

Nunca entendí a André. Él no dudaba: si creía en algo, lo hacía. Siempre pensé que era el soldado perfecto para Portugal. Aún recuerdo con claridad la decisión de su mirada cuando llegó aquella carta con la indicación de nuestro destino.
Yo simplemente trataba de imitarle, aunque debo de ser un pésimo actor. Si él trasmitía determinación, yo trasmitía indecisión. No es que no me entristecieran las fotografías de los blancos asesinados por los negros en Angola, pero yo no tenía aquel sentimiento de venganza. No entendía por qué ese era mi deber.
André pronto se dio cuenta. Incluso una tarde llegó a pedirme que no desertara: “Por favor, Eugênio, ve a las provincias de ultramar. No te conviertas en uno de esos jóvenes que huyen a París; tú vales más que ellos”.

Mapas repartidos en Portugal durante el Estado Novo. Fuente: Reddit
La decisión estaba tomada. Podía traicionar al Estado portugués, pero nunca me perdonaría haber traicionado a André. A los pocos días, ya nos disponíamos a salir hacia Portimão. Recuerdo que incluso fue un trayecto agradable. Desde Faro solo teníamos que conducir unos 50 kilómetros. Además, optamos por la vieja carretera, esa que discurre pegada a la costa. Tendrían que pasar varios años hasta que volviera a hacer un viaje tan cómodo.
Fue en Portimão donde tuvimos que separarnos. Un apretón de manos, un abrazo y cada uno se encaminó hacia su barco. Él combatiría en Guinea; yo, en el interior de Angola. Creo que a partir de ese momento fue cuando las cosas empezaron realmente a empeorar.
La travesía hacia Luanda duró quince días. Podríamos haber llegado antes de no haber parado en Madeira, aunque nadie parecía tener prisa por pisar Angola.
La primera semana en Luanda fue un caos. Tras siete días, nos metieron en una antigua camioneta; con ella tendríamos que recorrer unos 2.000 kilómetros hasta Nova Lisboa. Allí, cambio a otra camioneta, aún más destartalada que la anterior, y otros mil kilómetros hasta un campamento cerca de Lumai.
Este segundo viaje me permitió aprender algunas cosas de la guerra en la que luchábamos. En muchas ocasiones avanzábamos por zonas inseguras, donde en cualquier momento podíamos sufrir un ataque de los terroristas. El Estado mayor, consciente de la situación, nos había armado nada más llegar a Nova Lisboa: fusiles de asalto AR-10, fabricados en Alemania; el práctico FN FAL belga, ametralladoras pesadas italianas BREDA M-37, alguna MG 13 Dreyse alemana, unos cuantos lanzacohetes fabricados en Estados Unidos y, cómo no, los obuses de 25 libras, de origen británico. Me costaba contener la risa cuando un soldado llamado João aseguraba muy serio que la comunidad internacional había abandonado a Portugal en Angola. Más tarde, llegaríamos a conocer a algunos pilotos franceses y sudafricanos que hacían misiones con nuestro ejército.
Sin embargo, volvamos a Lumai. Allí nuestra misión era muy sencilla: patrullar la frontera con Zambia para evitar las incursiones de los terroristas del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), una organización de tendencias marxistas-leninistas que, como le gustaba explicar al capitán, luchaba desde finales de los años cincuenta para echar a los portugueses de Angola. Su líder era el poeta Antônio Agostinho Neto; siempre pensé que debía de ser un poeta un tanto singular.
Además del MPLA, también estaban el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA). Los primeros operaban en el norte, cerca de Zaire, y eran sobre todo miembros de la etnia bakongo. Los segundos se movían más por el centro del país; al fin y al cabo, su líder, Jonás Savimbi, era originario de la región de Huambo. Así, pronto empecé a entender que en Angola no había una guerra, sino varias. Un día estos grupos podían ser aliados y al día siguiente estar peleando entre sí. Incluso nosotros entrábamos en este extraño baile. Durante algún tiempo, tuvimos que llevar a cabo varias misiones apoyados por miembros del UNITA.

Mapa étnico de Angola: Fuente: Wikimedia
Sin embargo, para mí —y creo que para todos los que estábamos allí—, al final todos los negros eran iguales. Solo Pereira, un miembro de la PIDE, la policía secreta del Estado Novo, parecía notar alguna diferencia. El resto del batallón se centraba más en el día a día, y es que nunca dejaba de haber misiones. Combatíamos en una guerra sin grandes batallas; más bien todo se reducía a pequeñas escaramuzas: un ataque al campamento durante la noche, una emboscada a una patrulla, una mina que explotaba en un camino… Era difícil apreciar grandes cambios. Sólo cuando uno echaba la vista atrás se daba cuenta de la cantidad de bajas que acumulaba el pelotón. Era una sensación terrible: la guerra simplemente se prolongaba en el tiempo, ningún adversario podía derrotar militarmente al otro.
Únicamente las cartas de André me permitían tener una visión más general de los acontecimientos. En Guinea Bissau, alguien estaba ganando la guerra, y desgraciadamente no era Portugal. El Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) tenía contra las cuerdas al ejército; había anulado incluso la ventaja aérea de Portugal. André se quejaba amargamente de cómo los terroristas derribaban los aviones gracias a los misiles Sam-7, de fabricación soviética.
Cada carta parecía una despedida. Nunca imaginé que André pudiera llegar a tal extremo de desesperación. Solía repetir que su labor allí ya había concluido, que ellos habían luchado lo mejor que podían. El problema lo tenía el Gobierno, que prefería una derrota total a negociar la independencia. En sus últimas cartas siempre repetía que la solución estaba en Lisboa, lejos de las trincheras.
Meses más tarde, cuando el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) puso fin al gobierno de Caetano y obligó a dar un giro a la política colonial, vi cómo muchas de las ideas de André se hacían realidad. No me sorprendió que el MFA tuviese sus orígenes en Guinea.
Al final no ganamos la guerra. Nos tuvimos que retirar de aquellas tierras. Aunque creo que Portugal no salió derrotado aquel 25 de abril de 1974; simplemente ganamos algo más importante que todas las colonias del imperio.

http://elordenmundial.com/2016/10/bandidos-pobres-soldados-la-colonizacion-portuguesa-angola/
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