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LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

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LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Sáb Ago 16 2014, 12:12

« CENTRO DE INTERPRETACIÓN… INTERESADA
LA TÁCTICA DE LA CARGA EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA »
LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA
VI.       LA BATALLA
A las seis, que es cuando comenzaba a clarear, quizás a las siete que es cuando el Sol hace su rotunda aparición, en esa época del año, y en ese lugar de España, las fuerzas que habrían de conformar el haz cristiano, comienzan a descender de la Mesa del Rey. Bajan por la ladera sur, que es la menos abrupta. Los musulmanes aguardan frente a ellos, al otro lado del llano. Muestran la misma disposición que la víspera, y si no fuera porque les habían visto romper filas al anochecer, pensarían que no se habían movido. Desde allí llega el insoportable golpear de tambores, que tanto ha contribuido a que no pegaran ojo durante la pasada noche. Cuando las tropas están desplegadas se hace un silencio, que solo rompe el ulular de los gritos bereberes. El rey de Castilla, don Alfonso, lentamente se coloca ante todos y se dirige a los cruzados.
            – Hoy es un día que cambiará la historia. Nuestras vidas y las de los nuestros, han llegado al final de un camino, del camino de la esclavitud. Hoy es el día en que caeremos bajo la espada o en el que rescataremos aquella libertad, perdida hace quinientos años. Todos los que habéis llegado hasta aquí, habéis apostado por un futuro que hoy se decidirá. Y si al atardecer no nos encontramos en el paraíso, será porque continuamos el camino que juntos comenzamos en Toledo y que solo terminará cuando veamos el mar. Ya no volveremos a llamarnos nunca más aragoneses, ni navarros, ni portugueses, ni leoneses, ni castellanos, sino que nos llamaremos españoles. ¡Por la libertad! ¡Adelante España!
Un grito unánime surge entre los cruzados. El rey de Castilla regresa al punto donde le esperan los reyes de Navarra y Aragón, y juntos se retiraron hasta sus posiciones. Su lugar es ocupado por el arzobispo primado, don Rodrigo Jiménez de Rada, ¡que Dios tenga en su gloria! Todos los cruzados, en total recogimiento, reciben la
bendición.
            – ¡Padre! Comportaos de forma que después del día de hoy no me llamen hijo de cobarde.
Esto le dijo su hijo al Señor de Vizcaya, recordando la fama que arrastró tras la triste rendición que protagonizó en Alarcos. Tampoco había tenido suerte en su matrimonio, ya que la madre de don Lope había huido con un herrero. Por eso, recordando el hecho, don Diego le contestó.
            – Tú preocúpate de que no te llamen hijo de puta. Y estate atento, que esto comienza ya.
Se ordena el ataque. Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, parte a la cabeza de la vanguardia. Es en ese momento, cuando un contingente de tropas andalusíes que ocupaban la cima de las colinas que flanqueaban a su ejército, dan media vuelta y abandonan el campo de batalla. Según se registró en las crónicas de ambos lados, la ejecución del alcaide de la fortaleza de Calatrava, había sido la gota que había colmado el vaso de los desprecios con que el Califa venía tratando a los andalusíes. Los cruzados que lo ven aún temiendo que pueda ser un ardid, continúan su avance.

El hostigamiento de los arqueros y ballesteros musulmanes, que intentan romper la formación y hacer fracasar la carga, es repelido por la reacción de la abnegada milicia madrileña, mientras la caballería pesada continúa su marcha. Tan solo cuando Diego López de Haro comprueba que la línea almohade está a la distancia adecuada, ordena cargar. Puestos en fuga los hostigadores sarracenos, los madrileños se unen a la carga. El resultado del choque contra la primera línea de los islamitas, es la matanza de los voluntarios de al-Andalus, que habían acudido con la esperanza de recibir el martirio. Prácticamente toda la vanguardia desaparece aplastada bajo los cascos de los caballos cristianos.
Al mismo tiempo, las vanguardias de las alas cristianas, consiguen hacer retroceder a las posiciones más elevadas a la caballería ligera almohade. Demasiado tarde se dan cuenta los almohades, de que la movilidad, su gran baza, es inútil en este terreno, y contra esta formación.
La vanguardia castellana fuerza la carga hasta chocar con la siguiente línea, compuesta por las tropas almohades. A pesar del esfuerzo, consiguen hacerles retroceder hasta la base del cerro de Los Olivares, la colina sobre la que se encontraba el grueso del ejército del Miramamolín. Allí con la ventaja del desnivel, se hacen fuertes sin ceder un palmo de terreno.
En seguida, la segunda línea, compuesta por las órdenes militares, acude en auxilio de su vanguardia, que comienza a verse superada y está sufriendo gravísimas pérdidas. Pese a agradecer el apoyo, pierde movilidad, aumentando su fragilidad. En este punto se traba lo más duro del combate y la batalla alcanza un delicado punto de equilibrio. La milicia concejil madrileña, peor armada y peor protegida, acusa grandes pérdidas.
No pasa mucho hasta que Alfonso VIII, ve el estandarte del Señor de Vizcaya ordenar la retirada. ¡Traición! En verdad, los que se retiran para reordenar las filas son los madrileños, cuyo escudo con un oso negro pasante sobre campo blanco, ha confundido en la lejanía con el de los señores de Vizcaya, dos lobos negros también pasantes sobre campo blanco. Y es que han sufrido un terrible castigo puesto que han estado presentes en la vanguardia desde el primer momento. Junto a los madrileños, según la crónica del obispo de Narbona, se retiran otros hispanos, lo cual indicaba que el frente amenazaba con desmoronarse. Pero siempre hay alguien deseoso de hacer caer la honra de los otros, y esta vez fue a uno de Medina del Campo, al que le faltó tiempo para sacar al rey de su error, y al tiempo que le tranquilizaba, a los de Madrid injuriaba.
En ese delicado instante Alfonso VIII actúa con una enorme serenidad, y envía en apoyo de sus hombres solo a una parte de la retaguardia, lo que permite el regreso a la lucha de la milicia madrileña, y mantener así la posición. El objetivo del castellano es que el Miramamolín se adelante, utilizando sus mejores cartas, al movilizar sus reservas, permitiéndole de esta forma a don Alfonso guardar para sí el último movimiento de la partida.
Desde su tienda, un auténtico palacio fortificado, rodeado de sus consejeros y de su guardia negra, y con sus objetos mágicos al alcance de la mano, al-Nasir ve cómo finalmente la línea cristiana comienza a retroceder. Entonces, creyendo que la batalla ya se ha desequilibrado en su favor manda a su retaguardia a aplastar a los cristianos.
Alfonso VIII, con la seguridad de que el Miramamolín ya ha desplegado todas sus fuerzas, y consciente de que sus hombres no podrán resistir más, da la orden de cargar en ayuda de los suyos. Ya solo cabe vencer o morir en la batalla.
Al unísono los tres reyes cristianos, Alfonso VIII por Castilla, Pedro II por Aragón, Sancho VII por Navarra y todos los obispos por la Fe, se lanzan a la carga acompañados de sus nobles y vasallos. Se inicia la famosa carga de los tres reyes, un momento épico como pocos se pueden encontrar en los libros de historia.

¡Victoria o muerte!, gritan todos excitados. En la línea de batalla los andalusíes, al contemplar cómo la retaguardia cristiana sigue intacta y se les echa encima, huyen soltando el lastre de las armas que portan. El frente almohade se hace añicos. Los cristianos que llevan ya combatiendo horas, y que hace escasos momentos estaban a punto de retroceder, recobran el ánimo y como un animal furioso que se revuelve, reinician el ataque. La huida en el campo almohade se vuelve generalizada. Imparables en su ascenso por el cerro de los Olivares, los reyes llegan hasta el palenque de al-Nasir, que no puede creer lo que está viendo. Los infieles han aplastado a su colosal ejército. ¡Era el demonio quien le hablaba las veces que sentía que Alá le aseguraba la victoria! ¡El impresionante ejército que había conseguido reunir, con el que pensaba conquistar toda Europa, como volutas de humo, desaparecía ante sus ojos!, pensaba. Finalmente, tras ordenar la retirada, el mismísimo califa huye a uña de caballo. Los tres reyes han alcanzado la victoria. Mientras esto ocurre la desbandada infiel es generalizada. Sin perder el orden las alas cristianas se lanzan a la persecución de los desesperados musulmanes. La cacería no concluye hasta que las sombras no se han unido en una sola. Para cuando los tres reyes, vestidos de sangre y gloria, pisan el alfombrado suelo de la tienda roja del califa, este ya se encuentra a varias leguas de distancia, volando a lomos de su montura.
De uno de Medina del Campo, nunca más se supo.
Ese día escribimos una página de la historia de la humanidad. Las trascripciones que han perdurado, son bastante fieles a lo que pasó ese día. Se dice que fue el rey navarro, el primero en saltar por encima de las puntas de las lanzas, con que los esclavos negros defendían la empalizada, que rodeaba la tienda del califa. Otros dicen que fue el portaestandarte del rey de Castilla, tras seccionar con su espada, las cadenas que le cerraban el paso. Lo cierto es que se han dichos tantas cosas.
José Molina
Capitán de la Milicia Concejil de Madrid


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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por SERGIO ESPAÑOL DE BCN el Dom Ago 17 2014, 02:26

Impresionante relato.
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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por wad ras el Dom Ago 17 2014, 23:41

¡Victoria o muerte! Honor y gloria a quienes se sacrificaron en las Navas por la libertad de España y de toda la Cristiandad. ¡Sobrios castellanos que abandonásteis vuestras tierras para la lucha sagrada! ¡Heroicos aragoneses que acudísteis prestos a la llamada de la Patria! ¡Navarros intrépidos que reclamásteis vuestro lugar en la vanguardia de la lucha por España! ¡Leoneses que, dando la espalda al cobarde ejemplo de su Rey, no quisieron regatear su propia sangre si por la Patria era derramada! POr todos ellos, ¡SANTIAGO Y CIERRA, ESPAÑA! ¡ESPAÑA! ¡SANTIAGO! ¡ESPAÑA!
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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por ilustrado el Miér Jun 15 2016, 19:36

Monumento a la Batalla de las Navas de Tolosa


El complejo escultórico a la batalla de las Navas de Tolosa está realizado por el arquitecto Manuel Millán López y el escultor Antonio González Orea y fue inaugurado 1881. Está situado en La Carolina, en la entrada norte de la localidad de Navas de Tolosa (Jaén). La obra conmemora la victoria de los reinos cristianos hispánicos sobre el ejército invasor de los almohades de Al-Nasir el 16 de julio de 1212.

En el conjunto aparece la figura en bronce de Martín Halaja, pastor que mostró el camino a las tropas cristianas para llegar a la zona del enfrentamiento sin ser descubiertos.




En segundo lugar y esculpidos en piedra aparecen los protagonistas cristianos, dispuestos sobre unos grandes muros, símbolos de los duros y angostos caminos que representa Sierra Morena: Diego II López, Rodrigo Jiménez de Rada, Pedro II, Alfonso VIII y Sancho VII.

Diego II López de Haro el Bueno, señor de Vizcaya, encabezó la vanguardia de ataque del Ejército de Castilla. Lleva en su cintura un pequeño escudo de armas de su linaje.


Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, fue el promotor intelectual de la cruzada, consiguiendo refuerzos de la Europa cristiana y las órdenes militares, y el apoyo del papa Inocencio III, además de ser el cronista oficial de la contienda.

Pedro II el Católico, rey de Aragón, aportó más de 3.000 hombres al contingente cristiano. Aparece junto a su escudo real aragonés, el de las cuatro barras.

Alfonso VIII el Batallador, rey de Castilla, fue el que más efectivos aportó y el principal estratega militar gracias a su experiencia adquirida en la batalla de Alarcos de 1.195 contra los almohades. Por eso aparece en el centro sosteniendo el escudo de su reino, el castillo.

Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, a sus pies aparece el escudo real navarro. Se trata de una cadena, la que protegía el bastión del miramamolín, que fue confiscado por caballeros de su ejército como trofeo de guerra e incorporado más tarde al escudo de Navarra.




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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por HispanoCortés501 el Jue Jun 16 2016, 01:50

La batalla de las Navas de Tolosa fue una gran victoria cristiana e hispánica frente a los musulmanes que debería de llevarse al cine junto con otras victorias como por ejemplo Lepanto.
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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por ilustrado el Jue Jun 16 2016, 18:52

@HispanoCortés501 escribió:La batalla de las Navas de Tolosa fue una gran victoria cristiana e hispánica frente a los musulmanes que debería de llevarse al cine junto con otras victorias como por ejemplo Lepanto.

No seas islamófobo

Comentarios como el tuyo podrían ser tomados como una provocación hacia el islam. Y películas como esas podría generar una ola de islamofobia por parte de los espectadores.

Algo así como hace el smilies de la ametralladora disparando contra musulmanes en una mezquita:
metralleta alabar alabar alabar alabar alabar alabar alabar alabar
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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por Mastieno el Jue Jun 16 2016, 20:28

La batalla más importante de Europa en el siglo XIII, y apenas es recordada... En fin, esto es España.
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Re: LA CARGA DE LOS TRES REYES EN LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA

Mensaje por ilustrado el Jue Abr 27 2017, 11:48

Participación de los vascos y los navarros en la Batalla de las Navas de Tolosa


La batalla de las Navas de Tolosa, 16 de julio de 1212, fue una victoria de los cristianos sobre los almohades, que señaló el principio del fin del poder de los invasores musulmanes en la península Ibérica.



ILUSTRACIONES DE LAS CANTIGAS DE SANTA MARÍA SOBRE LA BATALLA Y LOS BLASONES DE LOS TRES REINOS CRISTIANOS Y EL ALMOHADE


La incesante lucha de los cristianos contra las sucesivas oleadas islámicas a punto estuvo de agotar la resistencia de tantas generaciones de cristianos peninsulares que nunca veían parar el aporte de invasores desde la otra orilla del estrecho de Gibraltar. Por fin, en el siglo XIII la resistencia cristiana hispánica consiguió un decisivo resultado de victorias gracias a una centuria de grandes reyes guerreros, encabezados por Alfonso VIII, Fernando III el Santo y Jaime I el Conquistador.

A fines del siglo XI, mientras la primera cruzada se dirigía hacia Jerusalén, el empuje conquistador del Reino de Castilla con Sancho II, su hermano Alfonso VI (quien logró recuperar la antigua capital hispano-goda de Toledo) y su capitán Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, parecía presagiar que la terminación del proceso reconquistador habría de llegar en breve. Esta fue la razón por la que los reinos de taifas solicitaron ayuda militar a la tribu africana de los almorávides, quienes lograron frenar el empuje cristiano.

Y, tras los almorávides, llegaron a mediados del siglo siguiente los almohades, cuyo caudillo Muhammad al-Nasir había anunciado que, después de exterminar a todos los cristianos de España, plantaría el estandarte del profeta en San Pedro de Roma y convertiría las iglesias en establos para sus caballos. Pero sus proyectos europeos y sus dominios de la España meridional comenzaron a eclipsarse tras la determinante batalla de las Navas de Tolosa.

Alfonso VIII rey de Castilla, emprendió una cruzada contra los almohades que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII, tras su derrota del en la batalla de Alarcos (1195). Este infortunio tuvo como consecuencia llevar la frontera cristiana hasta los montes de Toledo, amenazando la propia ciudad castellana y el valle del Tajo.



MAPA DE LOS REINOS HISPÁNICOS EN LOS AÑOS 11567-2012


Para semejante hazaña sólo contaba con la amistad de Aragón y tenía motivos para temer que León y Navarra atacaran su reino por el norte, si concentraba su ejército en el sur. Solamente el papa Inocencio III podía garantizar la neutralidad del resto de reinos cristianos hispánicos declarando Cruzada su guerra contra los almohades, lo que automáticamente obligaría a los otros reinos a respetar sus fronteras. Además el papa excomulgaría a cualquiera que pactara con los mahometanos y ordenó a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor de la magna empresa común llamada Reconquista. En los púlpitos de toda Europa se predicó la nueva Cruzada para mayo de 1212.

Al-Nasir, el Miramamolín de los almohades, hijo del vencedor de Alarcos y de la esclava cristiana Zahar (flor), salió de Marraquech al frente de un gran ejército en febrero de 1211. Había proclamado la Guerra Santa contra los cristianos.

El primero en llegar a Calatrava, punto de encuentro de ejércitos cristianos cruzados, fue el caballeroso Pedro II de Aragón, el amigo de Alfonso VIII, que aportaba 3.000 caballeros con su correspondiente acompañamiento de peones. De los reyes de Navarra y de León no se esperaba que movieran un gran contingente de hombres para auxiliar a Alfonso VIII. Es más, el de Navarra sólo estaba esperando a que acabasen las treguas concertadas con Castilla para atacarla; el de León, por su parte, hizo saber que sólo se uniría a la Cruzada si le eran devueltos ciertos lugares y castillos fronterizos que reclamaba como suyos.




Previamente, durante el transcurso de la expedición hasta las Navas, entablaron lucha contra otras ciudades en poder musulmán. En la toma de Calatrava, Martín González de Fruniz se distinguió por haber sido el primero que entró en el fuerte, cogiendo la bandera que allí ondeaba, pero quedando muerto de un golpe de piedra que le dieron. Acudió al lugar Sancho Ortíz de Olaeta, escudero infanzón de la casa de este nombre en Mendata, merindad de Busturia y recobró la bandera batiéndose con gran bizarría.

Tras este éxito inicial los extranjeros que marchaban en el ejército abandonaron la expedición pretextando no poder sufrir los rigores de la estación. Se mantuvieron en su puesto Teobaldo de Blazón, el arzobispo de Narbona y unos 150 caballeros.

No obstante, esta pérdida fue compensaba por la incorporación en Alarcos del ejército de Navarra al mando del rey Sancho VI el Fuerte con 200 caballeros, que había decidido deponer temporalmente su enemistad con el castellano para participar en la Cruzada.

Al otro lado de Sierra Morena se encontraban unos 400.000 soldados musulmanes al mando de Mohamed ibn Jacub. Estaban acampados en los alrededores de Baeza y cerraban los pasos de Despeñaperros, Muradal y Losa, impidiendo el avance de los cristianos. Estos últimos tenían dos opciones: forzar el paso de Sierra Morena o dar un largo rodeo; y la mayor parte de los capitanes se decantó por el ataque directo, intentando forzar el paso del Losa y flanqueándolo por el paso del Muradal. Para ello, la vanguardia atacó vigorosamente, pero la dificultad del terreno les impidió desplegar todas sus fuerzas y emplear la caballería, que era el grueso de sus fuerzas. Por su parte, los musulmanes, que ocupaban todas las alturas inmediatas, hostilizaban a los cristianos, que se vieron obligados a retirarse.

Finalmente, hallaron una senda que conducía a las cumbres donde estaba acampado el enemigo. El rey Alfonso VIII envió al vizcaíno Diego II López de Haro y a García Romeu a reconocer el camino, quienes confirmaron la noticia.



DISPOSICIÓN DE LOS EJÉRCITOS PREVIA AL CHOQUE


El 14 de julio de 1212 todo el ejército cristiano desfiló por la senda fuera de las vistas de los musulmanes. Atravesaron el paso del Emperador y llegaron a la meseta de Santa Elena frente a los campos de las Navas de Tolosa. La sorpresa que produjo entre los musulmanes la presencia de los cristianos en ese punto fue muy grande. No obstante, no dudaron en su victoria, fiando en su superioridad numérica. Mohamed ibn Jacub presentó batalla inmediatamente, pero los cristianos la rehusaron hasta hallarse bien descansados y dispuestos.

El 15 de Julio de 1212, cuando clareo el día ya se habían desplegado las fuerzas por los alrededores del campamento de las Navas. En el campo cristiano tres cuerpos de ejército dispuestos en línea ocupaban la llanura: el cuerpo central estaba formado por las tropas de Castilla que rondaban los 50.000 hombres, al mando de Gonzalo Núñez con varios caballeros templarios; a su izquierda, las fuerzas de la Corona de Aragón con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho VII. Las dos alas habían sido reforzadas con tropas de varios concejos castellanos. Cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres líneas ordenadas en profundidad. También estaban presentes las tropas portuguesas sin su rey Alfonso II de Portugal.

La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, iba mandada por el veterano Diego II López de Haro, señor de Vizcaya, con sus parientes aliados y gentes de Vizcaya. En la segunda línea se ordenaban los caballeros templarios, al mando del maestre de la Orden, Gómez Ramírez; los caballeros hospitalarios, los de Uclés y los de Calatrava. La reserva de este cuerpo central estaba al mando del rey Alfonso VIII de Castilla, acompañado por el arzobispo de Toledo y cronista de la batalla, el navarro Ximénez de Rada.



SANCHO VII EL FUERTE DE NAVARRA ROMPE LAS CADENAS DEL MIRAMAMOLIN


Los musulmanes, divididos en cuatro cuerpos, formaron en media luna: en la vanguardia marchaban tropas ligeras árabes y bereberes; en una segunda línea iban voluntarios de todo el imperio almohade, el grueso central estaba colocado detrás de la segunda línea; la reserva era un cuerpo de unos 10.000 soldados negros protegiendo el Cuartel General del emperador almohade. Todos ellos estaban situados en una altura que dominaba la posición de las tropas musulmanas.

Modernos estudiosos de la batalla cifran los efectivos almohades entre 100.000 y 150.000 combatientes y los cristianos entre 60.000 y 80.000. Incluso admitiendo las cifras más modestas, hay que reconocer que el choque debió ser de los más espectaculares y sangrientos de la historia medieval.

Cuando amaneció el día 16 de julio de 1212, los dos ejércitos estaban formados frente a frente a una cierta distancia. La vanguardia del ataque cristiano estaba capitaneada por el señor de vizcaya Diego II López de Haro. Junto a él marchaban sus hijos Lope y Pedro Díaz, sus sobrinos Sancho Fernández y Martín Muñoz; caballeros de la nobleza vizcaína como Iñigo de Mendoza, Pedro Vélez de Guevara, Lope Martínez de Avellaneda, Juan García de Bidaurre, Iñigo de Oteiza,  Rodrigo de Arazuri, Fermín de Aguiñiga y hasta 2.500 vizcaínos más, según el historiador Ibargüen.

Antes de iniciarse el choque, Diego II López escuchaba esta advertencia de su hijo Lope Diez"Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor y que recuperéis la honra perdida en Alarcos."

A lo que el viejo guerrero respondió: "Os llamaran hijo de puta, pero no hijo de traidor." Lo decía Diego porque su esposa era de costumbres libres y lo había abandonado.

Lope prometió a su padre: "Seréis guardado por mi como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios entremos en batalla cuando queráis."



SANCHO VII EL FUERTE DE NAVARRA ROMPE LAS CADENAS DEL MIRAMAMOLIN


La caballería cristiana cargó por la pendiente de la Mesa del Rey abajo al encuentro enemigo. El terreno era difícil, cubierto de monte bajo, arbolado y tajado por un barranco. Al choque, las avanzadas musulmanas se deshicieron y dispersaron como si huyeran, sin dejar ni un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrecía en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre. Allí se produjeron los primeros choques pero los atacantes atravesaron esta segunda línea sin mayor dificultad y todavía les quedó impulso para arremeter contra el grueso del ejército almohade. Entonces, la carga fue rechazada, la vanguardia empezó a sufrir la superioridad numérica de los sarracenos.

Alfonso VIII creyó que había llegado el momento de dirigir la carga decisiva, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra. Pero los del emperador Mohamed ibn Jacub aguantaron la acometida de los cristianos con tenacidad, cuya resistencia se quebró cuando los efectivos del rey Sancho VI de Navarra lograron romper las líneas enemigas.

La carga de los tres reyes enfiló su objetivo y cruzó el campo de batalla sin perder cohesión: con su ímpetu inicial apenas mermado llegó al palenque del Miramamolín. Fuentes tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en abrir una brecha en aquella muralla de picas, romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente de la hazaña.

El degüello dentro de la fortificación del Miramamolín fue terrible, custodiada por 10.000 soldados negros. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la coincidencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. No existía en aquella época ninguna forma humana de detener una carga de caballería pesada cuando se abatía sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo.

En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres como había amontonados. El ejército almohade se desintegró y Al-Nasir huyó precipitadamente hacia Jaén. En la terrible confusión cada cual buscó su propia salvación en la huida.



MONUMENTO A LOS TRES REYES DE CASTILLA, ARAGÓN Y NAVARRA, Y AL SEÑOR DE VIZCAYA


Fue Juan de Ugarte, con casa y primitivo solar en el valle de Orozco, fue uno de los quinientos infanzones hijosdalgos que acompañaron a Lope II Díaz de Haro, en las Navas de Tolosa  y en el auxilio de la ciudad y alcázar de Baeza, asediados por moros.

Entrando con singular denuedo, dando grandes lanzadas a los que encontraba, abrió paso para que se introdujera el socorro en la ciudad. Atemorizados los moros, levantaron el cerco poniéndose en una afrentosa y apresurada fuga, quedando victoriosos los católicos. En la expedición consiguió Juan de Ugarte los laureles de una eterna fama, aumentó una orla roja y en ella ocho aspas de oro en el antiguo escudo de armas de su casa.

Ibargüen señala por muertos en esta batalla a los parientes mayores de los linajes de Vizcaya siguientes: Lexarúa, de Arratia; Aguirre, de Arrigorriaga; ArtunduagaIbarra, Aulestia, Beléndiz, Ajánguiz y Menceta. Al de Zamudio le da por mal herido, falleciendo luego, y en otro lugar afirma que murió Apioca, de Bermeo.




Alfonso VIII, embriagado por la gloria de su decisiva victoria y cumplidamente vengado de Alarcos, entró triunfalmente en Toledo y derramó bienes y promesas sobre cuantos habían contribuido a la Cruzada. Encargó a Diego la distribución del rico botín entre los reyes y caballeros que tomaron parte en esta batalla, sin que participase en el reparto del mismo. Según decía Diego II López, le bastaba el laurel de la victoria, de la cual se obtuvieron resultados muy favorables, tomándose a los moros varios castillos.

En recompensa de los buenos servicios prestados por Diego, el rey le dio la villa de Durango el 29 de diciembre de 1212, con lo cual el señor de los vizcaínos reunió la Vizcaya completa. Según el cronista banderizo Lope García de Salazar, hacia este tiempo se atribuye el origen de las casas vizcaínas de Butrón, Ibargüen y Villela. Las sepulturas de Diego II López de Haro y su mujer doña Toda se encuentran en el monasterio de Santa María de Nájera.

El rey de León, que no sólo no lo había apoyado sino que, aprovechando la escasa guarnición de la frontera castellana, le había tomado algunos lugares, temía que Alfonso VIII cayera sobre él con su victorioso ejército. Pero Alfonso generoso y magnánimo, no sólo le ofreció la paz sino que renunció a sus derechos sobre los lugares en disputa. A Sancho VII de Navarra, su enconado enemigo, que había asistido a las Navas, también le entregó los castillos y lugares fronterizos que codiciaba.


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