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18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

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18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Sáb Ago 23 2014, 10:25

Coronel Gárate Córdoba:
«No comíamos cuando íbamos a combatir; si te herían con el vientre lleno, podía ser mortal»




Participó como mando militar en la toma de Palencia, Santander y Cataluña. No está mal para un adolescente que se marchó a la guerra por seguir a sus amigos. Gárate Córdoba, hoy coronel retirado de 92 años, fue uno de los militares del bando franquista que contribuyó a su victoria en el norte de España. Tenía 17 años cuando se produjo el levantamiento y recuerda a la perfección los días previos y el júbilo con que lo acogió Burgos, su ciudad. «Vivíamos en permanente tensión. Había muchas manifestaciones socialistas y pensaba que si ocurría algo, mi casa iba a ser objetivo directo de sus iras porque vivían arzobispos».

La sublevación vino del bando contrario. Del suyo y el de su familia, «muy religiosos y de derechas», dice. «El día antes del Golpe, empezamos a ver mucho movimiento de militares que se iban a confesar. Estaba a punto de pasar algo». Esa misma madrugada Burgos se sumó a la rebelión. «Eran las dos de la mañana cuando escuché los toques de corneta. El ambiente era festivo, con soldados y voluntarios subiendo a los camiones para salir hacia Aranda de Duero, donde se formó el frente. Incluso se abrieron las puertas de la catedral para cantar una salve por el Movimiento».

Gárate Córdoba era entonces un chaval que había terminado bachiller y militaba en las juventudes albiñanistas —movimiento fundado por el doctor Albiñana que propugnaba el nacionalismo español—. «La verdad es que no comulgaba mucho con sus ideas, pero quería estar con mis amigos», confiesa. Y así, por un nuevo gesto de camaradería, decidió unirse al golpe. «En Burgos había fusiles para todos, así que, cuando nos presentamos voluntarios, nos dieron un arma y una manta y nos quedamos esperando para el frente». Pero en lugar de eso, les trasladaron a un campo de artillería para sustituir a los obreros que manejaban la munición hasta ese momento. «Debieron de pensar que como eran obreros, no eran de fiar. Podían sumarse al bando enemigo».

«Allí hacíamos vida de campaña, lo pasábamos bien y aprendíamos, pero éramos jóvenes y necesitábamos acción», cuenta. Así que un día, ante los rumores de que se iba a tomar Madrid, sus amigos decidieron que querían estar en la batalla. A Gárate le cogió desprevenido. «Venga, coge el fusil y la manta, que nos vamos», le dijeron. Y allá fue, sin pensarlo demasiado, en un tren que debía dejarle en el frente de Leganés y al que fue a despedirle su familia, desolada. Era noviembre de 1936. «Anochecía y el tren me pareció una cárcel. Yo nunca había salido de Burgos y tenía miedo a lo desconocido. No sabía a dónde iba ni qué era eso de la guerra. Nadie me había enseñado a luchar, sólo a desfilar, disparar y poco más...». Así, ahogado en dudas, llegó al cuartel de Ingenieros de Leganés y se dio de bruces con la realidad bélica: camiones cargados de muertos y heridos salieron a recibirles. En pleno 'shock', un legionario les contó que estaban luchando en Puerta de Toledo, pero aquello no iba bien. Así no tomararían Madrid.

Gárate Córdoba siguió la batalla del Jarama desde segunda línea del frente. «Fue terrible: los bombardeos, el campo lleno de metralla, hombres amputados... Ahí empezamos a darnos cuenta de que la guerra iba a ser larga. Algunos de mi grupo decían que luchaban para vengar al doctor Albiñana —había sido fusilado por los republicanos en la cárcel Modelo—, pero yo sólo estaba allí por mis amigos. ¿Con quién puedes ir mejor a la guerra que con ellos?». Esa batalla supuso el inicio de su carrera militar, que terminó convirtiéndole en coronel. «Nos dijeron que si queríamos seguir, los voluntarios debíamos someternos al régimen militar y si no, abandonar en ese momento». Él optó por quedarse y solicitó un curso de alférez en Burgos.

Se encontró una ciudad muy distinta de la que había dejado. «Estaba llena de madrileños, catalanes, alemanes... Gente de todo tipo mezclada. En la casa de enfrente de la mía vivían Manuel Machado, un torero, un picador... Burgos era una ciudad del alzamiento, prácticamente todos eran del bando nacional, y el que no, lo disimulaba. Incluso los de izquierdas se hacían de Falange para protegerse: sólo tenías que presentarte en un cuartel y ya te daban un fusil y la camisa azul». Gárate reconoce que la vida no era fácil para los republicanos: «A muchos exaltados los buscaban para fusilarlos, pero se hizo lo posible por controlar a las milicias de Falange».

Recién licenciado, le destinaron a Palencia para sustituir a una unidad de Falange que había tenido muchas bajas. «Por las bajas de la guerra, yo, que era un alférez primerizo y no tenía ni puñetera idea, me encontré tomando el mando de la compañía y haciendo el trabajo de un capitán». Después de Palencia vino Santander, y se acababa de incorporar a la Quinta de Navarra para avanzar hacia Asturias —era septiembre del 37— cuando le hirieron en el vientre. «Menos mal que no había comido. Nunca lo hacíamos cuando íbamos a tomar algún objetivo porque si te hieren con el vientre lleno y te tienen que operar, puede ser fatal». Secretos de guerra.

Al salir del hospital, Gárate Córdoba fue a Cataluña, en cuya toma también participó. Estando allí le llegó la noticia del fin de la guerra. «Un coche del Estado Mayor fue de batallón en batallón anunciándolo: '¡Ha terminado la guerra, ha terminado la guerra!'». Gárate empezó así su nueva etapa como militar en paz. «Los mayores se fueron licenciando y yo me marché a una academia de transformación de oficiales en Guadalajara para seguir mi carrera». ¿Y cómo vivió la posguerra? «Viví siempre en zonas de derechas, me fui a Castellón, tuve nueve hijos y no percibí la represión, aunque la había. Por ejemplo, en Burgos estaba la cárcel donde había gente con una vida política que resolver...». Él mismo tuvo un tío al que metieron en un campo de concentración por rojo y condenaron a muerte, aunque su familia consiguió sacarle. ¿Mereció la pena tanta penuria? «El alzamiento debía durar del 18 al 25 julio. Así sí habría merecido la pena, pero se fue alargando y parecía que no iba a terminar nunca... Pero sí, claro, mereció la pena».

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Sáb Ago 23 2014, 10:27

Antonio Gargallo:
Fusilado por negarse a empuñar las armas




«Jaca 18 - agosto 37. Querida madre y hermana: Hace días que no sabéis nada de mí pero he aquí la causa. Hace 2 o 3 días dije en el cuartel que no podía coger las armas y me amenazaron y entonces deserté». Así comienza la carta [LEERLA COMPLETA] que Antonio Gargallo Mejía (1918-1937), el primer objetor de conciencia de nuestro país, escribió a su familia poco antes de que lo fusilaran. Ellas no recibieron la misiva hasta mucho después, aunque sí se conserva una copia en el expediente. Su hijo y hermano era un joven de 19 años, un panadero que estudiaba para delineante y que debido a sus ideas religiosas —era testigo de Jehová cuando en España los miembros de esta fe se podían contar con los dedos de una mano— prefirió morir antes que matar a nadie. El mandato de «ni aprenderán más la guerra» de Isaías 2:4 (el mismo que inspira la enorme figura que preside el edificio de la ONU en Nueva York ) le hizo perder la vida.

Hijo de un funcionario de prisiones (murió antes de su fusilamiento) destinado primero a Jaca y después a Zaragoza, Antonio fue llamado a filas en agosto de 1937 por el Ejército rebelde, concretamente por el Regimiento Aragón número 17. Su cuartel era el de la localidad oscense, un escenario especialmente significado durante la contienda. Uno de sus amigos, Nemesio Orús, estuvo en una situación parecida a la suya pero, cuando estaba ante el pelotón de fusilamiento, su esposa, que no era testigo, se echó a los pies del capitán del pelotón para rogarle que le dejara marchar, que su marido había perdido la cabeza con la Biblia.



«No me despedí de vosotras porque se dice que fusilan a las familias de los desertores, pues por si acaso, no sabiéndolo tú no te podrían hacer nada. Me han detenido y sin oírme siquiera me han condenado a muerte y esta noche dejo de vivir en la Tierra». Antonio se presentó ante los superiores, pero no quiso jurar lealtad a la bandera. Consiguió escapar pero le detuvieron en Canfranc, cuando estaba a punto de atravesar la frontera a través del puerto de Somport. Le sometieron a un consejo de guerra que le dio dos alternativas: o luchaba o sería fusilado.

«No te aflijas ni llores por que te he desobedecido, pero he obedecido a Dios. Después de todo poco pierdo porque, si Dios quiere, pasaré a una nueva y mejor vida». Antonio Gargallo era considerado como el primer insumiso por el movimiento que se opuso al servicio militar obligatorio desde finales de los 80 hasta que éste fue abolido en 2001, pero su historia aún tenía muchas sombras. Fechas erráticas que confundían. La España católica, apostólica y romana prefería ocultar la existencia de un individuo que, además de desertor, era un apóstata.

«Tú eres muy católica pero no tienes tanta fe como yo. Tú ves ahora las injusticias que se hacen en el mundo». La familia eligió callar y su hermana prefirió decirle a sus hijos que su hermano había sido fusilado por las tropas franquistas debido a sus ideas políticas. En los años 90 esta mujer, que vivía en Zaragoza, se encontró con un miembro de los Testigos de Jehová y le dijo que esta confesión no sabía reconocer a sus mártires como sí habían hecho los católicos con los suyos. Sí había un informe internacional sobre España de 1978 que hablaba de Antonio, pero era necesario investigar más. Ella facilitó una foto que conservaba de él. El expediente que se guarda en el juzgado togado de Zaragoza sobre Gargallo señalaba al cementerio de Jaca, donde a todas luces está enterrado en una fosa común. Según el archivo del camposanto, el 18 de agosto de 1937, justo en la fecha de la carta, se produce una inhumación «sin nombre». «Adiós madre y hermana queridas hasta siempre. Hoy estreno el papel que tú me regalaste. Estoy tranquilo hasta que llegue mi hora».

La investigación sobre el primer español que murió por negarse a empuñar las armas fue llevada a cabo por Aníbal Matos, director apoderado para España del Círculo Europeo de Antiguos Deportados e Internados Testigos de Jehová, una asociación constituida por supervivientes de los campos de concentración nazis y sus descencientes. Para él fue una sorpresa poder constatar con todo detalle la existencia de un objetor en la España de 1937, antes incluso que los 'Bibelforschers' (los Estudiantes de la Biblia) que quiso exterminar Hitler: «Las circunstancias de Antonio fueron especialmente dramáticas porque objetaba del Ejército que iba ganando terreno y además en un lugar como Jaca». La carta de Antonio termina: «Recibid el último abrazo de éste vuestro hijo y hermano que os quiere de verdad aunque no lo creáis».

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Sáb Ago 23 2014, 10:29

Concha Carretero:
«Me dijeron: '¿Ves los agujeros del cementerio? Son de tus camaradas, ahora tú tendrás el tuyo'»




'Madame Cibeles' la llamaban. Un apodo que se ganó en los corredores de la cárcel de Ventas en unos años en que las presas políticas le curaban las heridas de la represión mientras ella les arrancaba la tristeza a base de gracia de Chamberí. Una tradición familiar de izquierdas y una cruel guerra le habían llevado hasta allí. Ahora acaba de cumplir 93 años y vive en San Blas, barrio obrero desde el que repasa sin un solo lamento sus años de lucha y penurias. «Hice lo que tenía que hacer», sentencia, con su deje de chulería castiza.

Ironías de la vida, 'Madame Cibeles' nació en Barcelona en 1918; allí porque su padre, anarquista, fue acusado de intentar asesinar a Alfonso XIII y tuvo que huir de la capital. Concha llevaba los genes proletarios en el cuerpo: no pudo ir al colegio porque tenía que trabajar y ya militaba en las juventudes comunistas cuando se produjo el golpe de Estado. Lo primero que hizo fue presentarse en su sede del partido para recibir instrucciones. Le encargaron organizar talleres para los milicianos y guarderías, en las que llegó a atender a más de 1.000 niños de la guerra.



Su padre murió esos días y su hermano mayor subió al frente, así que ella, su madre y su hermano de 10 años tuvieron que enfrentarse solos a la vida en una ciudad sitiada. Les hacía falta dinero y Concha pidió al partido trabajo remunerado. Se lo dieron en una fábrica, como tornera. «En Madrid había esos días un ambiente de lucha muy bonito. Como estábamos en zona repúblicana, las de izquierdas éramos las reinas de los mares», bromea. A medida que el bando nacional avanzaba, la euforia se iba apagando. «Teníamos que resistir para que no entraran. Dolores —Ibárruri— nos decía todo el tiempo que resistir era vencer y que más valía morir de pie que vivir de rodillas. Cuánta razón tenía». 'Madame Cibeles' hace esta afirmación en el salón de su casa, rodeada de emblemas en los que organizaciones comunistas le agradecen su coraje.

Y entonces llegaron las detenciones. «La noche del 4 de marzo del 39 fue la última que estuvo mi familia unida», recuerda Concha. Ese mismo día se llevaron preso a su hermano, comisario del PCE, y ella 'cayó' días después, el 28 de marzo, justo cuando el coronel Casado entregó Madrid y Concha se precipitó a la sede del partido para destruir los documentos que pudiesen comprometerles. La llevaron a Ventas. «Entonces la cárcel era muy bonita, mejor que mi casa. La había diseñado Victoria Kent y en cada celda había dos camitas, muebles de colores, baños...». Nada que ver con el horror que viviría después entre esos muros. La dejaron en libertad la noche antes de que Franco entrase en Madrid, pero era sólo el primer paso del drama que la esperaba.

En esos días, echaron a su familia de la portería que ocupaba en el barrio de Chamberí, un desahucio por rojos que salvó la vida de Concha, ya que cuando la policía fue a buscarla, no la encontró. Lejos de amedrentarse, se puso a trabajar en su nuevo barrio, Ventas, donde organizó actividades para recaudar fondos para los presos. Entre ellos, su hermano, al que se llevaron a un campo de concentración en Villaviciosa que tardó mucho tiempo en localizar.

Un día, la sombra de las delaciones cayó sobre ella. «Teníamos reunión del partido y yo llegué 10 minutos antes con un compañero. De pronto, me dijo, '¿Te imaginas que hoy nos detienen?'». Y así fue. Él mismo había delatado al grupo. Entonces empezaron las torturas. «Me pegaron mucho y cuando no lo hacían, me mandaban a fregar la sangre de mis compañeros, que era todavía peor». La detención terminó muy mal: a los chicos los fusilaron y a las chicas las mandaron a Ventas la misma noche que hicieron el paseíllo a 'Las 13 rosas', alguna de ellas compañera de Concha en el partido. «Cuando me enteré, se me hundió el mundo». 'Madame Cibeles' tenía 18 años.

En 1940 la dejaron de nuevo en libertad. «Creía que les había convencido de que sólo iba al círculo socialista a bailar con los chicos. Les dije que la política no me importaba, que ni siquiera sabía leer», pero cuando estaba fuera, volvieron a delatarla. Ella se escondió, pero amenazaron a su familia y el 17 de enero de 1941, se entregó en comisaría. «Me dieron dos bofetadas que me tiraron al suelo», cuenta. Y de nuevo las torturas. «Me desnudaron y me pegaron una paliza tremenda. Como yo seguía sin hablar, me llevaron a las tapias del cementerio de la Almudena y me enseñaron los agujeros en las paredes. '¿Los ves? Son de tus camaradas y ahora habrá también uno tuyo', me dijeron». Concha no sabe lo que ocurrió después. Cuando se despertó estaba de nuevo en la galería de penadas de Ventas, adonde llegó inconsciente. A la mañana siguiente la trasladaron a una celda de castigo, en la que pasó cuatro meses sin ver a nadie. Casi sin agua ni comida. «Tenía que cantar para que mis compañeras supieran que seguía viva».

Cuando la devolvieron a las galerías, el resto de presas se aseguró de que se recuperase. «Había una solidaridad enorme. Me daban todo lo mejor porque mi madre era muy pobre y no podía enviarme nada», dice Concha. Pero no podía ni imaginarse la situación en que estaba: cuando salió de prisión se la encontró enferma, viviendo en los soportales de Ventas, donde pedía limosna —la habían echado de la casa porque la policía iba todos los días a sacar información de Concha—. «Mis hermanos estaban presos [estuvieron en Burgos 15 y 18 años], así que me puse a buscar trabajo para mantenernos».

Uno de esos días, Carmen se reencontró con el que había sido su novio durante la guerra. Él también acababa de salir de prisión. Retomaron la relación y se quedó embarazada. Pero ni siquiera con eso la vida le dio una tregua. Cuando estaba de seis meses, lo detuvieron. Y hasta hoy: «No volví a saber de él». Concha llamó a su hija Diana porque tras su sonido fusilaban a los presos.

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Sáb Ago 23 2014, 10:32

Luis Antonio Azcoitia:
«Tenía 12 años cuando fusilaron a mi madre y me echaron de mi casa»




«Llevo haciéndome la misma pregunta una y otra vez; una y otra vez, desde hace 75 años: ¿Por qué, por qué, por qué? Siempre lo mismo, pero no hay respuestas». La voz de Luis Antonio Azcoitia Argüelles se entrecorta. Sólo era un niño de 12 años cuando su madre fue fusilada por los republicanos en Ribadesella, algo incomprensible para un crío, pero también para un hombre que cuenta ya 87 años. Es uno de los pasajes más dolorosos de su vida, pero no puede evitar aderezarlo con una dosis de inocencia y emoción. Recuerda los combates aéreos, las aventuras en busca de comida e incluso la felicidad que le invadió con «la liberación de Gijón». Y es que, hablamos de guerra y de Asturias, una de las regiones más castigadas, pero también hablamos de un niño. Acosado, perseguido, pero un chaval al fin y al cabo para quien la llegada de los nacionales significaba «volver a casa».

De familia de derechas, «conservadores, monárquicos y muy políticos [primos de Manuel Argüelles, ministro con Alfonso XIII y con Primo de Rivera]», Antonio recuerda los primeros momentos de aquellos 14 largos meses de batalla en los que su familia fue perseguida y gran parte asesinada —cinco miembros, entre los que se encuentra su madre, Hortensia Argüelles—. «Cuando estalló la guerra aquí, en Infiesto, mi abuelo y sus hermanos tuvieron que huir de inmediato. Venían en su busca. Les tirotearon, pero en ese momento pudieron escapar. Más tarde, uno de ellos, José Argüelles y Argüelles, fue asesinado en la playa de Gijón con otros 18». Antonio cuenta cómo a partir de ese momento empezaron a sucederse los registros en la casa: «Se llevaban todo lo que podían, desde colchones, sillas, hasta la ropa...». Después llegaron las detenciones de sus padres y más tarde, el batallón Somoza con una orden de desalojo. Les echaban de su casa para convertirla en un hospital republicano.



Amaneció el primer domingo de septiembre de 1936. Nada volvió a ser como antes. Antonio y sus dos hermanos, de 13 y tres años, se preparaban para visitar a su madre en la cárcel. No pudieron verla. «No entendíamos nada y mandamos a un empleado a investigar». La verdad no se hizo esperar. «El 6 de septiembre de 1936 mi madre, que estaba en estado, fue fusilada junto a cuatro personas más en Ribadesella. Luego lanzaron los cuerpos al agua».

Ha perdonado a sus verdugos, pero esa herida nunca ha dejado de sangrar. «A ella le gustaba la política, pero la política de pueblo. Era partidaria de Gil Robles, incluso en una ocasión estuvo de interventora en una mesa, pero no me parece suficiente para darle ese final», se lamenta. Unos pescadores recuperaron su cuerpo y la enterraron. «Luego la trajimos al pueblo. Fue muy duro, a nosotros nos lo dijo mi tía, pero a mi abuela se lo ocultamos hasta que entraron los nacionales, el 21 de octubre de 1937. En casa nunca se pudo hablar del tema. Cada uno cargaba lo suyo».

Tras este doloroso capítulo, la cosa empeoró. «Tuvimos que huir a Gijón porque la vida de mi tía corría peligro». Allí, cuenta, el día a día fue más tranquilo, pasaban desapercibidos y, salvo algún que otro sobresalto, podían respirar. Su abuela desde Infiesto cubría sus gastos —era una familia adinerada; poseían una central eléctrica, vacas, tierras...—, incluidos los del comité que repartía el suministro. «Los últimos días de la contienda me tocaba ir a por la comida y recuerdo mucho griterío y malestar entre la gente. No era para menos, el suministro era una botella de lejía y una escoba». Pero nada de cruzarse de brazos, «nosotros salíamos todos los días a los alrededores de Gijón e incluso llegábamos hasta Llanera. Allí había un túnel —de un lado estaban los nacionales y del otro los rojos—. Allí conseguíamos patatas, algo de harina, leche...».

Conseguir alimentos, ese era el objetivo. Pero entre carrera y carrera, también le daba tiempo a bañarse en la playa y «jugar como cualquier 'guaje'». Lo mejor de aquella época era que no teníamos que ir al colegio», bromea. Confiesa que se escondían para ver los combates aéreos y con la inocencia propia de aquella edad recrea uno de ellos: «Una vez, durante un combate, un avión nacional rodeó al republicano, lo ametralló y vi caer el avión echando humo. Aunque lo más impresionante fue ver cómo bajaba algo más. ¡Era el piloto en paracaídas! Cayó al mar y se salvó. Increíble». Tampoco olvida los bombardeos en El Musel en Gijón, «eran de película». De película también fueron los de la toma de Santander, pero no le dejaron el mismo sabor de boca: «Horroroso, tremendo. A lo mejor no fueron para tanto, pero yo lo viví con verdadero pánico».

Junto a su tía y sus hermanos vio pasar los meses en Gijón, aunque no tardó en regresar su padre, detenido antes del asesinato de su madre. Se sometió a juicio y le dejaron libre con la condición de que se pusiera a trabajar de inmediato. Le destinaron a la sección de divorcios en un juzgado. «Sí, las milicianas querían divorciarse. Mi padre vivía asombrado durante el mes que trabajó allí. Después, lo mandaron a fortificar a Lugo de Llanera». Tampoco aguantó mucho tiempo, el miedo a que lo mataran por la espalda le llevó a huir y un buen día se presentó en su casa, donde estuvo escondido hasta «el día de la liberación».

«Cuando los nacionales llegaron, la entrada en Gijón fue emocionante. Bueno, para mí. Porque de estar perseguidos, acosados... pues volvíamos a Infiesto. Venían de la zona de Villaviciosa, con unos capotes preciosos. Aquello fue tremendo, aplausos, abrazos...». Un mes después, regresaron a su pueblo, tuvieron que arreglar la vivienda porque estaba destrozada, tanto por el frente como por un lateral, pero no importaba: «Estábamos en casa».

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Mar Sep 09 2014, 17:52


Jesús Romero Samper. Masacre en Paracuellos




Entre las más de 4.500 personas (otras fuentes señalan que 2.500) que hay enterradas en el cementerio de Paracuellos (entre militares, civiles y religiosos) se encuentra Carlos Samper Roure (1893-1936), un teniente del cuartel de Conde Duque que fue de los primeros fusilados por los milicianos republicanos en este triste lugar. El primer pelotón se formó el 7 de noviembre de 1936; el último, el 4 de diciembre de ese mismo año. En medio hubo un parón, del 10 al 26 de noviembre, porque el hombre que estaba entonces al frente de Prisiones, el anarquista Melchor Rodríguez, conocido como el 'Ángel rojo', ordenó que no se sacara a nadie de la celda sin su consentimiento. Muy pocos días para tantos muertos: otro horror de la Guerra Civil.

El 17 de julio a las 17.00 horas estaba previsto el Golpe de Estado contra la Segunda República. Al Gobierno le llegan informaciones pero no se las cree del todo. Aunque lo cierto es que todos los militares reciben la orden de sus superiores de acuartelarse. El 18 se produce el que el régimen de Franco bautizó como el Día del Glorioso Alzamiento Nacional. «Mi abuelo no creía que fuera nada serio e incluso acude vestido de paisano», rememora Jesús Romero Samper, nieto del teniente, y que lleva unos cinco años investigando sobre lo ocurrido.

El Conde Duque era uno de los tres cuarteles de transmisiones de Madrid, centro neurálgico y de gran importancia estratégica: «Pero no se sublevó, no fue como el cuartel de la Montaña». Desde fuera comienzan los ataques; el responsable, el coronel del C.T.E.T.I. Francisco Vidal Planas, ordena que no se responda al fuego. Cae el cuartel de la Montaña y los milicianos acuden al Conde Duque para requisar armas. El 19 de julio de 1936 por la tarde se decide cerrar las puertas: «Vidal Planas fue bastante inteligente; deja pasar a algunos de ellos para que comprueben que desde dentro no se ha disparado y el que guía a los milicianos es mi abuelo».

El coronel ve los ánimos demasiado caldeados para encararlos y decide llamar a la Guardia Civil; los agentes terminan deteniendo a unos 40 oficiales, suboficiales y soldados, entre ellos Carlos Samper. Les llevan a la cárcel Modelo (cerca de Moncloa), pero su director les envía al Ministerio de la Guerra porque su prisión no es para militares. Los acuartelan de nuevo en el Conde Duque y el 23 se establece una checa, un lugar especial para interrogar —y en muchos casos documentados, torturar—, a los sospechosos de apoyar a los golpistas. Entre el 14 y el 17 de agosto un tribunal popular les toma declaración. ¿Su delito? Desafección.

Tras ficharles pasan por el penal de Porlier (el que había sido el colegio de los Calasancios) y el 10 de septiembre ingresan otra vez en la Modelo. Samper Roure está casado y tiene cuatro hijas pequeñas. Su familia le visita cada semana para llevarle ropa y comida hasta que le pierde la pista. Él prefiere que no vayan porque la prisión está muy próxima al frente y sus vidas pueden correr peligro. Una carta devuelta con el mensaje 'trasladado' les hace temer por él, pero nadie responde. Su mujer y sus hijas sólo sabrán que ha sido fusilado cuando acabe el conflicto.

«Mi abuelo no se rebeló contra la República. La acusación de desafección al Gobierno se basa en la declaración de un soldado, Cristóbal Para Berruezo, que era del comisariado político del Partido Comunista y que aseguró que mi abuelo trató de tomar por la fuerza Unión Radio. Eso es totalmente falso, porque ese hecho ocurrió mucho antes, y por ello ya habían sido condenados y fusilados varios miembros de Falange. Es más, como declaró luego mi abuelo en su defensa, en su destacamento continuamente hubo una radio y la tropa pudo estar escuchando las noticias del Gobierno, no se censuró nada. Entonces cualquier cosa podía ser desafección», asegura.



El sueldo le fue retirado desde el arresto y los suyos tuvieron que sobrevivir con la ayuda de otros y con la confección de jerseys para los soldados. Cada día terminaban uno entre todas: «Mi abuela se marchó a vivir con su madre, que era viuda, y con las cuatro niñas. Varios conocidos les echaron una mano, como regalarles de vez en cuando una cabeza de cordero, pero en Madrid no se llegaba siquiera a lo que asignaban las cartillas de racionamiento. La ciudad estaba sin nada». Terminada la contienda, les entregaron todos los salarios desde 1936 con carácter retroactivo y la pensión correspondiente como viuda de un oficial, además de una medalla.

La mañana del 7 de noviembre de 1936 el teniente Samper Roure es llevado a Paracuellos y fusilado, un oscuro capítulo de la guerra del que muchos responsabilizaron a Santiago Carrillo, entonces delegado de Orden Público de Madrid, una acusación que él siempre negó. Los vecinos de la localidad madrileña tenían instrucciones de cavar cuando recibían el mensaje: «Hay bacalao fresco». Sus restos están enterrados en la fosa número 1. Una enorme cruz contempla desde el cerro de San Miguel los centenares de tumbas que recuerdan a estas víctimas. El Franquismo lo utilizó como lugar casi sagrado de martirio de los suyos y los distintos casos se investigaron en la Causa General (creada por decreto el 26 de abril de 1940), que se inició en el primer año de posguerra. Jesús Romero Samper ha hecho sus propias averiguaciones sobre el terreno. Nos enseña los lugares donde se producían los fusilamientos, el alambre que cercaba a los prisioneros y que todavía resiste en medio del erial, y cada una de las fosas y sus monolitos. Nos habla del expediente sobre su abuelo que asegura que su caso había sido sobreseído. En breve terminará el libro en el que rememore la figura del teniente Samper.

¿75 años son suficientes para superar la Guerra? Romero Samper cree que sí. ¿Ha sido necesario llegar a la generación de los nietos? «Creo que los hijos también lo consiguieron, aunque sigan quedando radicales», reconoce en un recinto en el que la frase es 'Españoles, perdonad, pero no olvidéis', la misma que se utilizaba en el régimen. Para él, el enfrentamiento es algo del pasado, aunque tenga que recuperarse lo ocurrido para la Historia. «Yo podía haber escrito los nombres de los involucrados, porque están en la Causa General, pero para qué, ya estarán muertos o sus familiares no tienen nada que ver. Además ya hubo muchos ajusticiamientos».

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Mar Sep 09 2014, 17:55

Josep Maria Armengol Villanueva escribió: · President FUNDACIÓN ARMENGOL en Presidente de AOP
Gracias por publicar la historia de Antonio Gargallo, .
Gracias a vosotros por vuestros comentarios. Un saludo.

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Re: 18 Julio. 18 Historias. 18 protagonistas.

Mensaje por BRUC el Sáb Sep 13 2014, 18:28

Gerardo González
«Es malo sufrir; es bueno haber sufrido»




De Rusia se trajo muchos recuerdos y 11 años de su juventud pasados entre los muros de los campos soviéticos. Gerardo González, de 89 años, se alistó en la División Azul con sólo 19 años y hoy aún habla y lee ruso. También tiene como lema una frase que Dostoievski le tomó prestada a San Agustín: «Es malo sufrir; es bueno haber sufrido». Una máxima que se toma al pie de la letra. Cuenta su niñez con la Segunda República, su adolescencia con la Guerra Civil y su experiencia como soldado alemán en la dura estepa. Y, en su relato, se nota el dolor por lo vivido pero también la ausencia de rencor: «Si es que en todos los sitios hay buenas personas».

Gerardo González, madrileño, de la misma Glorieta de Cuatro Caminos, llevaba aún pantalones cortos y se pasaba las horas muertas en la calle. Un día, recién iniciada la Guerra Civil, vinieron unos desconocidos a su casa y su madre les abrió: querían llevarse a su padre, simpatizante de la Falange y sobre todo del padre de José Antonio, Miguel Primo de Rivera. «Le habían denunciado los socialistas y venían a arrestarlo los comunistas. La suerte fue que mi padre no estaba, y yo subí y me enfrenté a ellos. Cuando se marcharon, mi madre fue a buscar a mis primos, que eran milicianos republicanos. Fueron a por él al Metro, que era donde mi padre trabajaba, para ponerlo a salvo. Sus compañeros pensaron que le iban a matar, pero mis primos lo escondieron durante seis meses hasta que las cosas se calmaron. Aunque teníamos ideas distintas, éramos como una piña. Y ya no le molestaron para nada».


Pero la semilla quedó ahí y la situación en Madrid le parecía insoportable: «Quemaron el colegio de mi hermano, uno de frailes, el Maravillas. Estaba donde ahora se ubica el mercado. Además, ardían muchos conventos. En los primeros momentos de la Guerra hubo una fiebre terrible: había muchos fusilamientos, en El Pardo, en la Dehesa de la Villa...». Incluso un tío de sus familiares republicanos, que era alcalde de Guadalix de la Sierra (Madrid), fue capturado por las milicias, llevado a la cárcel Modelo (en Moncloa) y en un levantamiento en la prisión acabó sus días en Paracuellos. Mientras tanto, el joven Gerardo prefería los toros al colegio: «Intenté tirarme a la plaza y me llevaron a la cárcel unos días». Cumplió poco tiempo, pero allí vio demasiadas cosas cuando compartió celda con los presos políticos.

La Guerra Civil termina con la victoria de Franco, su madre fallece a los 39 años en el hospital y su padre se queda con cuatro hijos a su cargo. Gerardo todavía es testigo del fusilamiento de un primo suyo, de izquierdas, Ángel: «Era de Villalba pero vino a Madrid con su mujer, Cari, y con su hija. Mi padre le dijo 'vete,' pero él le contestó 'no, tío, no creo que me vayan a hacer daño'. Le condenaron a muerte. Fíjate mi padre, qué disgusto. Otro primo, Antonio, se pasó a Francia. Con los años nos vimos en España. He tenido una familia entrañable aunque pensara de forma diferente».



Gerardo pasa por los calabozos y ve cómo se llevan a la gente para ejecutarla. En el 41, Serrano Suñer, cuñado de Franco, diseña una pequeña incursión de España en la Guerra Mundial que terminó en fiasco: la División Azul. Gerardo quiere alistarse con los primeros, pero es demasiado joven. Lo consigue en febrero de 1942: «Yo creía que toda la culpa era de Rusia. Pero Rusia no fue culpable». Precisamente, Serrano Suñer el 24 de junio de 1941, en un discurso en el balcón de la Secretaría del Movimiento, justifica la acción con la frase «Rusia es culpable». Para Gerardo, los verdaderos responsables son los «países imperialistas»: «Fueron EEUU, Inglaterra y Alemania; a ver si ahora resulta que Hitler estaba ahí por su cara bonita y nadie le votó».

Salto en el tiempo como su memoria. Se alista en febrero de 1942 y tras un pequeño adiestramiento en Alemania llega a Novgorod a últimos de marzo. Allí tocó el cuerpo a cuerpo. Gerardo asegura que no tenía ni idea de las barbaridades que estaban haciendo los alemanes, aunque sí vio a judíos marcados con la terrible estrella amarilla. Un año después, combate en Krasnibold, una batalla enmarcada dentro del Cerco de Leningrado, que dejó unos 4.000 muertos entre los españoles: «Ese cuadro no se me olvida; los españoles morían incluso sin ser atendidos. Fue una matanza, había gente agonizando por todas partes. Yo no estaba herido pero me apresaron». Los cálculos indican que fueron tomados prisioneros más de 300 y sobrevivieron unos 200.

Ya en el traslado, Gerardo no permitió que le maltrataran y se enfrentó a un armenio que le golpeó para que se levantara. Un carácter rebelde —«he sido un buen habitante de los calabozos porque protestaba mucho»— que le llevó incluso a tratar de escapar. Le juzgaron en Leningrado y le llevaron a Moscú. A los españoles, se cree que por una especial simpatía de Stalin, les trataron mejor que a los alemanes. Notaban cómo iban las relaciones con Occidente según se comportaban con ellos: «Nos pusieron a todos los españoles juntos. No nos trataban tan mal, como en todos los lugares había carceleros buenos y carceleros malos».

«La orden de la liberación vino de sopetón», recuerda Gerardo. El 2 de abril de 1954 salieron de las celdas. Los españoles son llevados de Odesa (actualmente en Ucrania) a Barcelona en un barco griego, el Semiramis, fletado por la Cruz Roja. En España le esperaban dos de sus hermanos, porque su padre había muerto durante su presidio («No he disfrutado ni de mi padre ni de mi madre»). El abrazo fue de los que no se olvidan. En España conoció a su novia, se casó y tuvo dos hijas, que le han dado cinco nietos.

Volvió a Rusia muchos años después y vio los escenarios que le tocó vivir de una forma muy distinta. Recuerda a Galina, la enfermera que le cuidó cuando le cayó encima un madero que le provocó fiebre muy alta. O cuando pasó el paludismo o la hepatitis B y trataban de curarle con vodka. Recuerdos y recuerdos que se entrecruzan con fotos, con sus compañeros, con himnos de los que no olvida la letra: «En Rusia hay buena gente. Te digo una cosa, me hubiera cagado en la madre de Stalin, pero si hubiera querido, nos habría fusilado». Y en la memoria, una enseñanza: «La guerra es lo peor que puede haber en el mundo».

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