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Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

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Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Dom Sep 07 2014, 00:31

Por Pedro Laín Entralgo
IV Consejo Nacional de la Sección Femenina
de F.E.T. y de las J.O.N.S.




Camaradas de la Sección Femenina: Hace todavía pocas horas cruzaba sobre las tierras duras y doloridas de esta España nuestra, a la vez prometedora y sedienta, el cadáver de un hombre del hombre que se llamó en vida y en muerte, en la lengua de sus; fieles y en el duro granito esculiarense, así, a la romana: José Antonio.

¿Qué muerte era ésta, capaz de ordenar el llanto sereno y la apretada compañía de todos los españoles, como ordenados fueron uno y otra en estas calles del Madrid liviano y rumoroso ? ¿No recordáis, mujeres de la Falange, aquella formación emocionada, esperanzada y esperanzadora que cubría ]a dolorida cumbre de la Moncloa? ¿Qué muerte era ésta para que el Caudillo único de los destinos españoles pidiese a Dios, en su presencia, que le quitara el sosiego hasta conseguir para España la gran cosecha que había sembrado?

Durante unos minutos, mujeres de la Falange, vamos a reflexionar juntos sobre lo que esta muerte ha sido. Vamos a hacer una reflexión española sobre la muerte de José Antonio. Reflexión, esto es, volver sobre nosotros mismos. ¿Y qué somos nosotros mismos? ¿Qué somos sino trozos vivos y actuales de nuestra Historia? ¿Cómo nos comprenderíamos a nosotros mismos si en cada uno de nuestros más pequeños actos no estuviese vivo y presente el caudal de toda una historia, desde el saludo cotidiano, desde el gesto más pequeño, si en cada uno de ellos viene el poso depositado de abuelos y abuelos que desde allí ejercen sobre nosotros su influencia? Decía José Antonio en el artículo Euzkadi  Libre: «Siempre los demás nos dicen que somos nosotros.» Pues bien: éstos, los demás, en este caso, no son sólo los que nos rodean físicamente, son también los que nos dan contorno en el tiempo; esto es, aquellos que nos antecedieron y aquellos otros que nos van a suceder. Precisamente ésta es la definición más pura de Patria, como concreción geográfica e histórica, en el espacio y en el tiempo, de los demás y de cada uno. Precisamente por esto es por lo que la Falange se llama, como emersión o como reflejo de una cualidad suya en el mundo, tradicionalista, porque recoge justamente toda la influencia que desde los tiempos más remotos ejercen sobre nosotros nuestros abuelos.

Pues bien: el primer cuidado de esta reflexión será el de volver los ojos sobre la muerte de los españoles, y después, a esta luz de los españoles, contemplar esta muerte de José Antonio y el fruto que ahora, en el presente, y también para el futuro, nos enseña.

Fácil y difícil obra ésta de contemplar y sacar fruto de la muerte de los españoles. Fácil, por la frecuencia. con que el bien morir se da en esta tierra nuestra, en que muchas veces, con un bien morir, se da sentido a una vida mediana. Fácil también, porque muchas veces las empresas de la vida, a lo largo de la Historia de España, han sido precisamente en nombre de realidades de la muerte, en nombre de un sentido de esta misma muerte. Así, nuestras grandes luchas del Imperio.

Difícil, porque su misma abundancia hace duro encontrar la línea del orden. Decía Sehopenhauer, buscando ejemplo de lo que sea el morir por una empresa: «Particularmente son frecuentes estos ejemplos entre los españoles.» Y, por otra parte, un camarada nuestro, Mourlane Michelelena, en ocasión reciente, encontraba esta forma española de la elegancia española: «Vivir a la jineta, caer de hinojos y decir a la Muerte: ¡Vayamos!»

Difícil y fácil, pues, vamos a intentar recorrer la línea de lo que es el morir español en la Historia. ¿Cómo ha muerto el español? ¿Cómo ha visto la muerte el español? Desde los tiempos más remotos, en que aparece la conciencia de lo que sea vivir sobre esta tierra celtibérica, desde entonces, nada menos, aparece el grito de la muerte como una constante manifestación de nuestro espíritu.

Es pasmoso, recorriendo el testimonio literario, sobre todo de aquellos líricos o épicos en los que con más viveza y fidelidad se manifiesta el carácter del español en sus raíces más profundas, es curioso, digo, el sinnúmero de veces con que nos encontramos comentando este tema de la muerte: por qué se muere, cómo se presenta la muerte, qué sentido tiene la muerte. Ved lo que dicen sobre este rudo y paterno suelo celtíbero los que vieron sus primeras manifestaciones espontáneas. Decía Estrabón de los iberos: «Sufren la muerte por no hacer traición a los amigos.» Y Trogo Pompeyo: «Morir en el tormento, gustoso, por haber vengado a su señor o guardado un secreto.» Y Valerio Máximo bautizó con el nombre de «Fides Celtibericus», fidelidad celtibérica, aquella fidelidad de los súbditos a su caudillo, por virtud de la cual no le sobrevivían en el combate, sino que se daban muerte si él caía durante el mismo.

¿No recordáis, a la luz de este mismo ejemplo, el emerger precisamente la raíz más profunda de nuestra raza cuando Prim arenga a sus soldados en los Castillejos, diciendo: «Dejaréis morir a vuestro general», con lo cual los arrastra hasta encontrar la muerte, si es preciso? ¿No encontráis en tantos y tantos ejemplos de nuestra guerra, en que el vigor del jefe es el que mueve el heroísmo de los que obedecen? (Tal, en el Alcázar.) ¿No veis en ello el reflejo vivo de esta profundísima manera de ser del español? También el padre Mariana recoge estos testimonios antiguos: «En guardar secretos se señalaron extraordinariamente los españoles. No eran parte los tormentos, por rigurosos que fuesen, para hacérselos quebrantar.» y así, podríamos espigar toda una serie de manifestaciones de quienes se ocuparon de conocer cómo morimos los españoles y de reflejar la esencia última de su observación.

Pero esto no nos interesa. Nos interesa más conocer lo que los españoles mismos han dicho cuando han tenido conciencia de lo que eran. Vamos a recorrer brevísimamente, porque ni el tiempo ni la ocasión consienten otra cosa, las manifestaciones de los españoles sobre la muerte, para ver cómo esta muerte de José Antonio, con lo que él pensó, con lo que él dijo sobre ella, cumple del modo más alto la condición de ser espejo de la muerte española.



Séneca, nuestro primer escritor universal, hace del tema de la muerte justamente el central. Son innumerables los fragmentos que en sus «epístolas» o en cualesquiera otros de sus escritos se encuentran sobre ella. Vamos a citar tan sólo dos, por lo singularmente demostrativos. Dice en una ocasión: «¿Qué importa que falte

El Cid tiene el rostro hermoso.

los ojos muy aseados.

Mientras está desta suerte,

no hay para qué sea mudado,

que mis yernos folgarán

y sus hijas en su cabo

de verlo como ahora está,

que non su cuerpo enterrado.



¡Qué profundo sentido este de querer que el hombre siga vivo a través del accidente fatal e inevitable de la muerte! ¡Qué magnífico sentido, real e hispano, este de Dª Jimena sabiendo que sus hijas y sus yernos querrán ver más la muerte tangible que la vaga noticia transmitida por la lengua! ¡Qué gran ejemplo de visión, a la vez que cristiana, es decir, la visión del cuerpo como elemento inalienable de la vida - que esto es lo más cristiano -; qué visión, a la vez que cristiana, ibera, esta de Dª Jimena! Y más aún la encontramos, por ejemplo, en el romance de la muerte de los Infantes de Lara. El ayo que los había criado dice después de la muerte de ellos:


Viéndoles bien en sus cuerpos

y miremos por las almas.

Si caemos como buenos,

los muertos queden vengados.
Ya que lleven nuestras vidas,

que las lleven bien pagadas.

No nos pese de la muerte,

pues va tan bien empleada.



En fin, la fidelidad de los muertos a la empresa. He aquí el no importa del morir, cuando la muerte va bien empleada. He aquí la seguridad, de que el hombre presiente un destino frente al cual la entrega del cuerpo, la entrega de la existencia por la esencia, como se escribió en uno de nuestros periódicos, no importa; más aún, es deseable.



A todo lo largo de la Edad Media, esta Edad que realmente consideraba la muerte como una realidad existente, pero que muchas veces se estremecía con ella, como lo hizo, por ejemplo, en la «danza macabra», a todo lo largo de la Edad Media, digo, los españoles van desgranando en la poesía, en la vida misma, este su sentir de lo que el morir se lleva. Y así, Jorge Manrique, en sus bien conocidas y mal meditadas coplas, dice:



Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos al tiempo que fenecemos,

pues que cuando morimos,

descansamos.

Ningún estremecimiento. Serenidad, impavidez ante lo que ha de ser destino inevitable. Pero no es sólo en la Edad Media en la que toda Europa se conmueve con este pensamiento. Después de surgir el mundo moderno, después que el Renacimiento ha hecho que el hombre atienda más que a nada a los valores de la vida, en contraposición con la Edad Media, que buscaba el asiento de sus pasos precisamente en un más allá de esta vida; precisamente, digo, el mismo Renacimiento - esta vena racial de los españoles, injertada magníficamente por el Cristianismo - da frutos continuos en casi todos nuestros grandes escritores, y entonces es cuando surge, primero, la manifestación con la mejor prosa de este sentir racial español frente a la muerte; segundo, la dotación de sentido a este sentir racial, a esta manifestación primera racial por medio de la creencia cristiana en el destino del más allá; tercero, la literatura ascética en que, por decirlo así, todos los hechos de la vida van como moldeados, van como trabajados duramente por este cincel de la consideración de que hemos de morir.

Ved, por ejemplo, en Fray Luis de Granada esta expresión de clara forma y sentido senequista:

«Hoy es el hombre, y mañana no parece. En quitándolo de los ojos, se va del corazón. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estáis aparejados, no lo estaréis mañana. Bienaventurados los que tienen siempre la muerte ante sus ojos y se aparejan cada día a morir.»

He aquí un ejemplo de la literatura ascética, no sólo en cuanto a preparación de la vida para el fin último de ésta, sino porque la muerte es una realidad que surge en el español como fruto espontáneo de su producción literaria. Ved en Fray Antonio de Guevara, el Obispo gallego, estas consideraciones que, a fuerza de realistas, tienen ya un no sé qué de acre y violenta ironía, sobre todo para nosotros, los hombres muelles de estos últimos siglos:  

«Nunca fue ni de los príncipes ni de los caballeros, ni de los ricos ni de los pobres, ni de los sanos ni de los enfermos, ni de los prósperos y avaros, ninguno de los vivos con sus estados estar contentos, sino son los muertos, los cuales en su sepulcro están en paz y quietos; por manera que el estado de los muertos debe ser más seguro, pues a ninguno vemos en él estar descontento.»

Como digo, ¡qué acre, qué dura ironía, y precisamente en un suave y profundo gallego, frente a este hecho siempre terrible de la muerte! ...

Viene luego toda la consideración de nuestros místicos; no he de extenderme sobre ella, porque todos los conocéis y recordáis: aquel «porque no muero» de Santa Teresa; aquellas lecturas de San Juan de la Cruz en «la llama de amor viva»; todo el ansia de dar sentido a los actos de la vida por lo que después de ella ha de encontrarse, que es lo que hallamos en los místicos; todo ello, digo, no quiero que me ocupe por ganar unos minutos. Pero es que incluso en los españoles más alejados de esta consideración, en los españoles como, por ejemplo, puedan serlo aquellos que se lanzan alegremente a hacer pura literatura o creaciones literarias, encontramos también, precisamente porque son españoles, este modo de ver las cosas. Así, por ejemplo, en Cervantes - nadie lo esperaba; -, y en el epitafio que Sansón Carrasco dedica a Don Quijote, dice:

y es tan fuerte,

que se advierte

que la muerte

no triunfó de la vida

con su muerte.

He aquí lo que Unamuno va a llamar más tarde, como ejemplo magnífico de lo que es el sentir español; «el hambre de inmortalidad»; es decir, el ansia de que nuestra alma viva con la envoltura de este cuerpo, perdure de la vida con la muerte, como dice Sansón Carrasco de Don Quijote.

No sólo en esta ocasión, sino en otras, recoge Cervantes este mismo sentido. Por ejemplo, cuando advierte, en la segunda parte de Don Quijote, «que no se ocurra a nadie volver a hacer copia de lo que el Quijote ha sido (aludiendo, sin duda, al Quijote apócrifo, de Avellaneda), y dice así:

«A quienes ,advertiré, si acaso llegan a hacerlo, que dejen reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote, y no le quieran llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndolo salir de la huesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo.»

He aquí otra vez el realismo castellano, considerando la muerte como cosa tangible que permite con ella la ironía, tan real que se hace acre. He aquí la presencia de la muerte como nota característica de este pensar español y cristiano.

Naturalmente, cuando pasada la primera edad, creadora, activa y heroica de nuestro Siglo de Oro; cuando ya el español se cansa, cuando nota que no la muerte suya como hombre, sino la muerte suya como español, le está rondando el carcañal; cuando ya siente pesado su destino porque el mundo entero se ha puesto contra él, entonces este sentir y este pensar de la muerte adopta los tonos más desgarradores, más patéticos que haya podido alcanzar nunca expresión alguna en lengua humana. Me refiero más concretamente a Quevedo. En Quevedo se encuentran las más profundas y rudas descripciones de lo que el morir sea para el hombre; pero al mismo tiempo porque Quevedo era cristiano, el sentir de esta misma muerte se encuentra matizado en el destino de cada uno; Dice en una ocasión, sintiendo la presencia de la muerte en el hondón mismo del humano existir:

«No me aflige morir; no he rehusado acabar de vivir, ni he pre­tendido alargar esta muerte que ha nacido a un tiempo con la vida.»

Y en otra ocasión, este verso tremendo:

Menos me hospeda el cuerpo que la tierra,

Y, sobre todo, este final de soneto, que realmente pasma cómo haya podido salir de hombre vivo:

Soy un fue y un seré ...

He aquí la consideración de la vida presente bajo el signo de la muerte. Pero, además, podemos encontrar otros ejemplos abundantísimos del sentido que para Quevedo tiene el vivir, y que sólo él encontraba, precisamente a través del tener que morir, cuando ve, por ejemplo; a los españoles antiguos, como en la epístola satírica y censoria, al Conde-Duque, habla de la libertad esclarecida de los españoles de otro tiempo que

... como supo hallar honra de muerte,

ningún deseo tiene más larga vida.

Y cuando ve acercarse en tropel distintos pueblos y regiones de España, dice:

De España vienen hombres y deidades,

pródigos de la vida, de tal suerte

que cuentan por afrentas las edades

y el no morir sin aguardar la muerte.

He aquí pintado el heroísmo trágico y desesperado del español cuando mediante su vida. tiene que cumplir una empresa que muchas veces le obliga a no morir sin aguardar la muerte. Podríamos citar igualmente en Saavedra Fajardo, aquel agudo, aquel intelectual embajador de España, esta floración del sentir de la muerte ibera y profunda. Podríamos citar tantos otros, pero me basta con éstos para llegar a nuestros días. A estos días en que, aparentemente, el español se hallaba, más lejano de su sentido último, de aquel sentido de lucha medieval en que España se hacía y se agrandaba, de aquel sentido de lucha del Imperio en que España cumplía su desesperada y heroica misión en el mundo. En estos años presentes en que el español se hallaba más lejos de esto, cuando había roto las últimas amarras de su Imperio, cuando España fenecía bajo las oleadas de lo cursi, como acontecía en los primeros lustros de este siglo nuestro; precisamente entonces los españoles no habían dejado de ser quienes eran, y entonces, cuantos españoles característicos aparecen, aunque muchas veces expresan torcidamente su españolidad, de nuevo aparece esta visión de la muerte como complemento de un destino, esta visión de la vida como tránsito a una zona de más vida que está más allá de la muerte. Y así, en Unamuno, por ejemplo, que, en este sentido resulta, español, si no ejemplar, al menos característico, vemos que en El sentimiento trágico de la vida dice:

«Mil veces y en mil tonos se ha dicho cómo es el culto a los antepasados lo que encenta, por lo común, las religiones primitivas, y cabe, en rigor, decir que lo que más al hombre destaca de los demás animales es que guarda de una manera o de otra sus muertos, sin entregarlos al descuido de su madre la tierra... »

En varias ocasiones expresa precisamente este sentido de la vida, que sólo lo adquiere teniendo en su profundidad lo que Unamuno llama con palabras tremendas y características «hambre de inmortalidad». En muchos pasajes de El sentimiento trágico de la vida aparece esta consideración del hombre más radical, tan en desacuerdo con lo que España, chabacana y superficial, era entonces, y lo que el mundo liberal, fácil y c6modo, era también entonces para todos.

Pero incluso en los más lejanos, por su vocación y por su educación, de esta españolidad, como, por ejemplo, en Ortega y Gasset, surge de vez en cuando el ramalazo profundo de lo español y le hace considerar todas las cosas sobre el peso, sobre el sentido de la muerte. Por ejemplo, cuando Ortega y Gasset comenta el cuadro de San Mauricio y la legión tebana, «forma -dice- un grupo de conspiradores: conspiran su propia desaparición. Yo llamo a este cuadro la invitación a la muerte ... »

Esta consideración de la ética con la muerte, que pugnaba precisamente con lo que el propio Ortega había de sostener, o sea la ética formalista, la ética racional, es el ramalazo que dispara a Ortega desde abajo su naturaleza misma de hispano, de ibero, en el sentido racial de la palabra.

Como veis, a todo largo de la Historia, en los momentos más dispares, así como en las horas de grandeza en que parece que todo invitaba a la exaltación del Imperio, así en esas horas como en las de decadencia, en las que los pensamientos de muerte vienen como cosa. natural a la mente y a la razón del hombre; en todos los momentos de la Historia el español, en cuanto actúa seriamente, tiene ante sí esta realidad de que tiene que morir, y que a través de esta certeza de la muerte es como su vida encuentra sentido a todos los actos de esa misma vida.

No creáis que ninguno de los movimientos de España ha podido escaparse a esta realidad. A vuestro lado tenéis un telón negro con unos cuantos nombres. Son nombres de camaradas vuestras que cayeron. ¿Por qué los ponéis ahí? Para recordación continua de que precisamente por el sentido que adquirieron esas vidas, porque esas mujeres supieron enfrentarse con la muerte y cumplir a través de ella la misión que les correspondía, precisamente por la presencia continua de esos nombres y de esa consideración es por la que adquirirán vuestros actos cotidianos, vuestra tarea de falangistas, su más profunda significación.

He aquí, pues, la muerte Como presencia; pero no como presencia desgarradora, triste y amarga; en modo alguno. Sino como presencia severa, si, pero dotada de un sentido hacia una vida superior en la cual se ha de cumplir plenamente nuestro ser y nuestra ambición. He aquí, pues, por qué el español, más que nin­guno, seguramente, de los otros pueblos europeos, frente a su tarea, frente a su quehacer, frente a los hechos más cotidianos de la vida, emplea la palabra muerte Como realidad, indefectible, como realidad innegable.          

¿No recordáis, por ejemplo, Cómo con pasmo de todos los pueblos europeos nuestras tropas elegidas corrían con alegría real a combatir al grito de ¡Viva la muerte!? ¿No recordáis Cómo en multitud de refranes y dichos españoles aparece esto de la muerte Como una realidad permanente? Pues bien: si examinamos todas estas manifestaciones que he leído ante vosotras acerca de lo que la muerte es para el español, veremos ahora la cuádruple manera de considerarla que este español ha tenido. Con ello pretendo establecer el orden en la multiplicidad, la línea y el esquema en la multitud de ejemplos que como cosas diversas ante vuestros oídos han sonado.

Unas veces, la muerte es espectáculo, y entonces aparece el realismo español; lo concreto, lo sustancial, lo recortado y lo preciso convierten a la muerte, como digo, en tema tan realista, que algunas veces se permite el español la más acre, dura y violenta ironía.

Otras veces, la muerte es considerada ascéticamente, como raíz del desengaño, como demostración de la nadería de este mundo terrenal. Es la consideración ascética que surge por encontrarse la veta racial ibera con la consideración cristiana de las cosas.

Pero me interesan más estas otras dos consideraciones, casi específicamente españolas, en la visión de la muerte, que precisamente muestra, para pasmo de todos y ejemplo nuestro perdurable, el que fue primer Jefe Nacional de la Falange. Una de ellas es la muerte como realidad. Este hecho se interpone y debe interponerse en toda consideración de las acciones humanas. Aquí aparece la muerte como raíz de la vida. Habéis visto ejemplos, como dije antes, en trozos de Quevedo, en donde esto afecta la forma más cruda y desesperada.

Y otras veces, por fin, en cuarto lugar, la muerte es obligado, inexorable accidente en el cumplimiento de un destino personal en el cual se unen la eternidad y la inmortalidad, ambas creídas y cristiana mente sentidas. Entonces la muerte es presencia voluntaria. Ya no es que surja en nosotros como cosa natural, es que nosotros la queremos considerar como hombres y como cristianos, y, a través de ella, encontrar sentido, muchas veces alegre, como en el caso de Santa Teresa, a todos nuestros actos.

Como digo, estos dos modos de considerarla son aquellos que surgen con ejemplar claridad en la palabra y en la obra de José Antonio. Estas dos concepciones del morir son las que subrayan con trazos de sentido y nos llegan como ejemplos para que hallemos precisamente el fruto de nuestra vida.

Ved, por ejemplo, la muerte como realidad necesaria en todos nuestros actos; la muerte como realidad última de todos los actos de la vida cuando decía en el entierro del camarada Montesinos: «La muerte. Unos creerán que la necesitamos para estímulo; otros creerán que nos va a deprimir. Pero ni lo uno ni lo otro. La muerte es un acto de servicio.»

Es decir, estar a la posibilidad de morir al plano de lo cotidiano, al plano del servicio, a lo que uno hace por el hecho de que le manden hacerlo en cualquier momento. Esto precisamente es considerar la muerte como realidad, con la que hay que contar para todo; como realidad severa, grave y necesaria de cada uno de nuestros actos ..

Cuando, por ejemplo, decía en otra ocasión:

«Y, sin embargo, a la hora decisiva, aflora del subsuelo de España la corriente multisecular que nunca se extingue. Surgió lo heroico y militar de España, el genio militar de España, el sentido serio y severo de la vida, apto siempre para aprender a mirar las cosas, a vuelta de aparentes frivolidades, bajo especies determinadas. Pero el hombre no puede mirar con eternidad las cosas más que en cuanto las liga consigo mismo a través de que tiene que morirse, porque sólo entonces es cuando de veras logra entrar en esa vida».

Toda la obra de la Falange, en su más profundo sentido, es la ligadura del español con su empresa a muerte; ligadura a muerte, como acto de servicio; la entrega de la muerte ciegamente por una orden del Jefe; el entregarnos al quehacer de España sabiendo que esta entrega puede suponer justamente la entrega de nuestra vida.

Si la Falange tuvo sentido útil como Movimiento político, fue porque con otro movimiento heroico ligó las viejas porciones del tradicionalismo antiguo, los que con su devoción a España eran capaces de interponer entre España y cada uno de sus militantes la muerte.

Precisamente esto es lo que le da sentido. Precisamente en esto se acreditaba una vez más la raíz ibera profunda del español, que en una tarea, la más urgente y dura de aquellas horas, la tarea de salvar a España continuamente, tenía la muerte ante sí como un acto de servicio.

Mas no solamente, como digo, ve José Antonio a la muerte como realidad necesaria y fatal de nuestras raíces vitales; la ve también cuando llega la hora, como destino voluntariamente elegido, Y aquí viene precisamente su actitud excelsa y ejemplar. Voy a leer dos o tres fragmentos de su testamento, en los cuales la españolidad adquiere una altura pocas veces igualada a lo largo de la historia de este pueblo nuestro .

Dice al comenzar:      

«Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo  preveo.»

¡Conformidad con el Destino!

Dice en otra ocasión:

«Hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aun pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad, como un castillo de fuegos artificiales.»

¡Sentido de la vida, recogido profundamente en la hora más dura e inmediata de la muerte!

Dice, por fin, esta frase magnífica al final del preámbulo: «En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad, pero sin protesta.»

¡Sin jactancia y sin protesta! He aquí la actitud serena del español que recoge su destino y, a través del cuerpo, el fin de su vida, y enseña a los demás españoles. Si no hubiera contraído José Antonio méritos terminantes, fundamentales, a lo largo de su vida, esta actitud final suya, este situarse con madura y maravillosa serenidad en el ápice de su destino diciendo si a éste, que le exige la entrega de su vida, esto hubiera sido suficiente para que nosotros le diputásemos como su alto y mejor ejemplo.

Pero fijaos en que José Antonio entrega la vida precisamente con un sentido; fijaos que no la entrega con estoicismo puramente negador; si entrega su muerte, es para que ella misma sea semilla de vida. Decía él, con palabras que luego recogió nuestro Jefe nacional, nuestro Caudillo, «que quería que Dios le negase el descanso hasta recoger para España la cosecha que sembraba la muerte de uno de nuestros camaradas». Es decir, veía su muerte como semilla de una vida, no solamente suya, sino también de los que detrás de él iban a venir.

Pues bien: esta consideración de su entrega no solamente para decir «sí» a lo que sabe que Dios ha querido de él, sino también para que esa misma muerte sirva para el destino común de los españoles, para que esa misma muerte florezca a través de ese destino común. Esa es la doble, magnífica lección que José Antonio nos entregó, como hombre y como falangista. Esto es: nos enseñó a que nuestra vida se encuentre ligada con nuestro destino por una doble vida, por el cumplimiento de una serie de obras personales que a nuestro personal destino van encaminadas, por el cumplimiento de los fines de la salvación de nuestra alma, capaz de condenarse y de salvarse, que en las horas fundacionales recordó a todos los españoles; sino, además, por el segundo cauce del cumplimiento de actos ligados con el destino común. Es decir, que tan profundamente como el hecho de que estemos ligados con nuestro deber personal, también estamos ligados con el deber de un destino colectivo, con el deber de la Patria.

Seguramente esta lección de la Falange determinará, en horas que han de venir, la gran lección cristiana de la ligadura del hombre con su Patria. Hasta ahora no sabíamos de modo cierto, cristianamente, que para nosotros fuera deber y realidad profunda este cumplimiento del destino a través de la Patria. Pero precisamente esta actitud de la Falange, que tiene venas cristianas y españolas en su raíz, es posible que, a la larga, determine quizá una definición de que también el hombre, en el cumplimiento de su destino, ha de atender a que sus actos sirvan, cumplan devotamente la tarea que le adjudica el vivir sobre un suelo y dentro de una empresa histórica. Esto es, de vivir dentro de una Patria.

En consecuencia, camaradas, esta lección de la muerte de José Antonio no puede quedar cumplida si no ligamos nuestras vidas, nuestros destinos, no solamente al cumplimiento de la personal tarea, sino también a la de este común destino, al de esta común empresa que es la Patria.

La más alta voz de todas las españolas, aquella que ordenó hablar al cañón, y con él ganar la Victoria, dijo en la ocasión solemne de El Escorial «que quería ganar para España la cosecha de esta muerte».

Pues bien: nosotros, por devoción y siguiendo el ejemplo del que nos enseñó a bien morir, liguemos nuestras vidas a muerte, porque sólo así se liga de veras una vida española con su destino; liguemos nuestras vidas a muerte a la palabra de aquel que mandó la Victoria y ahora gobierna la Paz.

Camaradas: en estos momentos en que la Falange se vuelve a fundar sobre la Victoria, en estos momentos en que nuestro Movimiento adquiere doble y profundo sentido, por el hecho de surgir no solamente del descontento y la amargura, de aquella España, sino de la sangre innúmera de muchos que por su voluntad murieron sirviendo a su destino; en estos momentos, unamos hombro con hombro todos los nuestros detrás de esa voz que nos manda, y juremos a muerte seguirle para cumplir el ejemplo y la consigna del que para siempre nos enseñó.

¡Arriba España!


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Última edición por HIMNOSHISTORICOS el Vie Sep 19 2014, 17:07, editado 1 vez

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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por José Francisco el Dom Sep 07 2014, 19:28




Reflexiones y vanagloria de uno de los asesinos componentes del piquete que asesino a José Antonio


Se que se ve mal y el texto de la carta casi es ilegiblew,pero dado lo desconmocido de este tema ,he considerado que valia la pena ponerlo.


!!!Presente!!!

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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por URSINO el Sáb Sep 13 2014, 21:47

Gran reflexión sobre la muerte como acto de servicio. Y como patrimonio espiritual en el que edificar, para las generaciones posteriores del mártir.

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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por Aingeru el Dom Sep 14 2014, 00:02

Un mártir si, un ideólogo, un político consciente, estigmatizado por el franquismo y por los historiadores del bando vencedor de la guerra, que han dejado el mismo legado que los historiadores más modernos no se han preocupado en clarificar...esa es la cruz de José Antonio Primo de Rivera, la cruz que la historia interesada se ha encargado en hacer valer...¿la razón?, ahora mismo se me ocurren varias, baste sólo recordar que sus escritos, después de casi ochenta años, siguen valiendo lo mismo en esencia, cosa que demuestra que no hemos aprendido nada, de nada. El sabía que iba a morir, y lo hacía sin remedio, y con esperanza, pero la eterna pregunta es...¿qué hubiera pasado de haber sobrevivido a su condena...?.

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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por URSINO el Dom Sep 14 2014, 19:28

@Aingeru escribió:Un mártir si, un ideólogo, un político consciente, estigmatizado por el franquismo y por los historiadores del bando vencedor de la guerra, que han dejado el mismo legado que los historiadores más modernos no se han preocupado en clarificar...esa es la cruz de José Antonio Primo de Rivera, la cruz que la historia interesada se ha encargado en hacer valer...¿la razón?, ahora mismo se me ocurren varias, baste sólo recordar que sus escritos, después de casi ochenta años, siguen valiendo lo mismo en esencia, cosa que demuestra que no hemos aprendido nada, de nada. El sabía que iba a morir, y lo hacía sin remedio, y con esperanza, pero la eterna pregunta es...¿qué hubiera pasado de haber sobrevivido a su condena...?.

Terminas con "la pregunta del millón", que se dice en la frase hecha. Hacer política ficción es divertido y hasta constructivo a veces cuando se toman de base parámetros históricos reales y se hacen como en música variaciones sobre el mismo tema. Sobre la supervivencia de José Antonio, es especialmente interesante lo que planteas, por las enormes posibles lineas de horizonte que se abren y hubieran cambiado la historia inmediata, o no.

Hay una,de las decenas posibles que siempre he considerado:

Jose Antonio no muere, (todo sin entrar en pormenores que no son necesarios para la hipótesis), la guerra continúa en un escenario en el que la Falange se bate con el arrojo que lo hizo, e incluso con más efectividad al tener vivo y dirigiendo de manera más coordinada su líder la lucha, pero pronto surge una disputa interna entre los partidarios de que la Falange se someta al ejército, y los que apuestan por la tesis contraria, teniendo en cuenta la eficacia y valentía de sus centurias, como digo más eficaces y sin la desorientación de haber perdido a su Jefe. Entre los primeros, figuran sobretodo, los más afines a Jose Antonio, militar él mismo, sabedores de la importancia de la jerarquía militar, la unidad de mando etc. Entre los segundos, jonsistas, nacionalsindicalistas más radicales, en fin , del área de influencia de Hedilla y otros.
Toda esta polémica acaba siendo borrada de un plumazo, por un ejército nacional dirigido por un Franco, exactamente igual al que hemos conocido en personalidad y carácter. El ala partidaria de que la Falange encabece el Alzamiento es disuelta y sus dirigentes represaliados. Desaparaece.Sólo queda esa Falange de José Antonio, que generoso en sus principios de sacrificarse en aspectos ideológicos, como se observa en sus escritos, se pliega a las condiciones del ejército de que el fin primordial es ganar la guerra.

La guerra termina. Gana la España Nacional, en la que La Falange que ha sobrevivido se ha desangrado generosamente en los campos de batalla...

A partir de ahí: Alguien ve a José Antonio dirigiendo los destinos de España como "caudillo", "jefe", o como se le quiera llamar?. Yo, personalmente, no. Sigo viendo al ejército, al mando del general que lo ha llevado a la victoria, si bien con poderes menos amplios y con una presencia falangista real y de peso en el Estado, y a José Antonio, por su personalidad plasmada en su vida y obra, en un segundo plano. Un libro imposible que me hubiera gustado escribir se titularía, "José Antonio, el último Tribuno". Por ahí ahí va la cosa. Y, no olvidemos, que si no movemos el escenario internacional, esta ficción que digo, terminaría en 1945, tras perder el Eje la contienda. Pero, esa, es otra historia.

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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por Aingeru el Dom Sep 14 2014, 19:56

Desde luego, Ursino, si alguna vez te decides a escribir "José Antonio, el último Tribuno", te pido por favor que me lo hagas saber...de todas maneras, la lucha, empezó antes.

El 12 de marzo de 1936, José Antonio se entrevistó con el general Franco, que ultimaba los preparativos para partir para Canarias donde desempeñaría las funciones de jefe militar del archipiélago; la conversación se celebró en el domicilio del padre de Ramón Serrano Suñer; éste había sido reelegido diputado por Zaragoza y tuvo interés que Franco charlara con su amigo Primo de Rivera. De este encuentro salió decepcionado el fundador de Falange de quien las circunstancias convertirían en Caudillo y sucesor suyo.


Dos días después de la mencionada entrevista, el 14 de marzo, fueron detenidos José Antonio y otros miembros de la Junta Política que pudieron ser hallados por la policía. Todos ingresaron en la cárcel Modelo. Casares Quiroga todavía no había sido nombrado jefe de Gobierno y no había declarado en el Congreso que el Gobierno se sentía beligerante contra el fascismo; pero el ministro de la Gobernación en el primer gobierno Azaña después de la victoria frentepopulista, Amós Salvador, se preocupaba mucho más de las actividades de los falangistas que de las conspiraciones de los militares.

José Antonio encarcelado constituía un doble problema para los responsables de las fuerzas derechistas, pues resultaba que ellos tenían parte de la responsabilidad por no haberle procurado un acta de diputado y en el terreno político no era aconsejable contribuir a la creación de mártires políticos. El 3 de mayo iban a celebrarse nuevas elecciones, como complemento de las del 16 de febrero, en la provincia de Cuenca, hecho que permitía la unión de todas las fuerzas conservadoras para llevar al Congreso las figuras que era menester que gozaran de categoría parlamentaria.

Los dos personajes escogidos para que ocuparan los escaños vacantes por Cuenca eran el general Franco y José Antonio Primo de Rivera. Éste no deseaba presentarse emparejado con Franco y pidió a su íntimo amigo Serrano Suñer que le visitara en la cárcel para solicitarle que viajara a Canarias y disuadiese al general de la retirada de su candidatura, pues las lides parlamentarias no eran apropiadas para el militar, quien debía reservarse para unos hechos más terminantes. Según el propio Serrano Suñer, las palabras literales de José Antonio fueron “lo suyo no es eso, y puesto que se piensa en algo más terminante que una ofensiva parlamentaria, que se quede él en su terreno dejándome a mí este en el que ya estoy probado”, pero no sólo por la idea que él tenía sobre la ineficacia de la presencia de Franco en las Cortes, falto, a su juicio, de toda capacidad oratoria y polémica, sino también porque la unión de los dos nombres en la misma candidatura le parecía una provocación excesiva al Gobierno, con lo que el triunfo electoral iba a resultar imposible

Miguel Primo de Rivera, hermano de José Antonio, que también estaba encarcelado, comentó la situación de una manera irónica y significativa: “Si, aquí y para asegurar el triunfo de José Antonio no faltaba más que incluir el nombre de Franco y además el del cardenal Segura.”

Serrano viajó a Santa Cruz de Tenerife y después de pasar dos días con sus cuñados, regresó a la Península con la conformidad de Franco en retirar su candidatura por diputado de Cuenca. La votación se celebró el 3 de mayo, como se ha dicho, y José Antonio no fue proclamado diputado, si bien obtuvo muchos votos, pero en algunas mesas al establecer los cómputos no fueron aceptadas como válidas las papeletas que llevaban su nombre bajo el subterfugio de no figurar su candidatura en las listas presentadas el 16 de febrero. Serrano en el Congreso defendió la validez del triunfo de José Antonio, pero su moción particular fue rechazada por 124 votos contra 49. El fundador de Falange no sólo continuó en la cárcel, sino que fue juzgado por cuatro delitos, como pretextos legales para prolongar su detención, y fue condenado a cuatro meses de prisión.


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Re: Reflexiones de un español ante la muerte de José Antonio

Mensaje por URSINO el Dom Sep 14 2014, 20:28

Te lo haré saber, claro que sí. Estupendo aporte concentrado "del inicio del inicio", se podría decir, de la rivalidad entre José Antonio y Franco. Hay tanto sobre esto..., en fin seguiremos leyendo..., y escribiendo. Saludos.

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