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La batalla de Lepanto, 1571: «¿Dónde está vuestro Dios?»

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La batalla de Lepanto, 1571: «¿Dónde está vuestro Dios?»

Mensaje por URSINO el Sáb Sep 20 2014, 18:32

No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía: ¿Dónde está vuestro Dios?», afirmó don Juan de Austria en su arenga previa a la gran batalla. La victoria se alcanzó entonces, pero ahora el enemigo, que ya no es turco, se atreve a cuestionar, con misma arrogancia, la magnitud y condiciones de la más alta ocasión que vieron los tiempos.





Incluso las batallas se granjean enemigos. Desde tiempo atrás, contra la batalla de Lepanto han confabulado varios con la pretensión de dejarle huérfana de patria y de glorias. De patria, porque en España un tema tan incómodo como las guerras de religión y un asunto tan evitable como el éxito de nuestros militares no interesa a los muy civilizados, ateos y pacíficos ciudadanos de este despreocupado país. Dirán muchos, pues menuda cosa la de reivindicar matanzas y lances de otro siglo. Pero no se trata de enardecer homicidios, sino de distinguir lo que pertenece a cada cual; de colocar nuestras esforzadas hazañas en el mismo estante que los anglosajones han abarrotado con sus batallas noveladas. Si bien es sabido que a los anglosajones –con americanos a la cabeza– les sobra amor propio, no es menos conocido que a los españoles lo que les excede es odio propio.

Aprovechando la orfandad –en España no sabría citar un solo monumento dedicado a la batalla, o una estatua reseñable del propio Juan de Austria– han sido los investigadores extranjeros los encargados de revisar y relatar la batalla. Aunque no faltan trabajos excelentes, en ocasiones el afán por voltear la versión aceptada y el influjo de la nacionalidad de los historiadores ha contribuido a ciertas malinterpretaciones. Si los historiadores italianos, que a diferencia de los españoles se han mostrado activos reivindicando su intervención, han hinchado en exceso la participación veneciana, sobredimensionando la actuación de las galeazas; los ingleses y franceses han tendido a rebajar las consecuencias y glorias de la contienda.

Revisemos nosotros al alza los asuntos cuestionados, o aquellos aspectos vulnerables de ser minusvalorados en algún momento.



1. “Lepanto no sirvió de nada, su verdadera repercusión es emotiva”, defiende el historiador Alessandro Barbero en su libro Lepanto, la batalla de los tres imperios. “Fue una victoria inútil”, destacaba en todos sus estudios el francés Braudel.  FALSO. Es cierto que su valor moral fue lo más relevante, pero su valor militar tampoco fue desdeñable.

Las cifras hablan por sí mismas: se consiguió destruir una flota de 205 galeras, causar 30.000 bajas, capturar a 8.000 prisioneros y liberar a 12.000 esclavos. Así como alejar la nítida amenaza de que los turcos, en confabulación con los moriscos españoles, pudieran asestar un zarpazo sobre la propia península ibérica. Por no hablar del descalabro que hubiera supuesto la victoria otomana.

2.  Pero es que los turcos se rehicieron al poco. VERDAD. Es cierto que los turcos en un año consiguieron recomponer su flota, con la inestimable ayuda de franceses y holandeses que vendieron materiales para la empresa. Uluch-Ali, el único de los grandes almirantes turcos que salió con vida de Lepanto, coordinó la creación de los nuevos bajeles que, bajo su dirección, contaron con un diseño de mejorada maniobrabilidad y mayor velocidad.

Un año después, tras arrasar los bosques de Anatolia, 220 galeras estaban listas para continuar con la guerra perpetua. Sin embargo, cómo ocurrió con la Armada Invencible –también recompuesta en poco más de un año– todo el brillo de sus relucientes cascos no era más que un ardid para ocultar lo obvio: lo material había sido recobrado, no así  todos los capitanes, pilotos, marineros e incluso almirantes que jamás en su historia verían equivalente. Por no hablar del sobreesfuerzo económico que debió suponer a la Sublime Puerta tal imprevisto; enfrascada en los preparativos de la que sería una interminable campaña en Irán. Un conflicto que vino a ser el Flandes de los otomanos, es decir, unas fauces hambrientas de tropas y recursos.


3. No se consiguió ninguna conquista ni objetivo a medio plazo. FALSO. Después de la batalla cada capitán general de la Santa Liga, acorde a sus intereses, propuso un objetivo a conquistar. La terquedad de los venecianos por recuperar Chipre –la conquista turca de esta isla había impulsado la entrada de la Serenísima en la alianza– acabó por acelerar las fricciones, echando al traste la alianza.  

Ya sin el cobijo de la Santa Liga, España continuó por cuenta propia la campaña con el sencillo objetivo de conquistar Túnez. La ocupación sólo duro un año y su pérdida se antojó demasiado plácida; no obstante, su recuperación costó la muerte de 25.000 remeros turcos por enfermedad.

La Santa Liga no consiguió sacar todo el jugo que cabría esperar a la victoria de Lepanto, pero todo el vigor derramado para restablecer la situación previa se reveló a la postre una renta demasiado alta para los maltrechos pulmones otomanos.

4. Los venecianos con sus galeazas determinaron la batalla. FALSO. Toda la intervención veneciana ha sido sobrevalorada, empezando por su contribución económica: España costeaba la mitad –algunos expertos han señalado que Felipe II debió exigir mayor implicación de los demás– , Venecia una tercera parte y el Papa una sexta parte. En la aportación material: España, 90 galeras, 24 naos, 50 fragatas y 20.000 soldados; el Papa, 12 galeras y  6 fragatas; Venecia, 106 galeras, 6 galeazas, 2 naos, 20 fragatas y poco menos de 6.000 soldados. La falta de hombres de armas en las embarcaciones venecianas obligó a Juan de Austria a repartir las tropas españolas entre las galeras italianas, lo cual significó una de las claves de la victoria.



Los historiadores italianos destacan a menudo el ejercicio de las galeazas como una acción determinante. A parte de tratar de exaltar la ingeniería e innovación veneciana, los historiadores italianos sostienen este argumento por acercarse al pretencioso discurso de que la artillería europea estaba destinada a imponerse en las disputas navales. En Lepanto, donde la única pólvora determinante fue la de los arcabuceros españoles, aún se atisbaba lejana tal conclusión.

Las galeazas eran un tipo de bajel a remo, similar a la galera clásica, solo que su función era la de  batería flotante –las de Lepanto contaban con 70 cañones–. No obstante, su poca maniobrabilidad desaconsejaban su uso contra las ágiles galeras turcas.

Su participación en Lepanto fue meramente anecdótica. La lucha desembocó tan rápido en un enfrentamiento terrestre en la mar –una inmensa red de galeras enganchadas sirvió de campo de batalla para que la infantería luchara como si de tierra firme se tratara–, que las 6 galeazas que iniciaron un bombardeo sobre el flanco derecho turco rápido se vieron sobrepasadas por las ágiles galeras otomanas que no estaban dispuestas a permitir lances de pólvora.  

5. La batalla estaba ganada de inicio, afirma Alessandro Barbero en el mencionado libro. NO SE LO CREE NI ÉL. Con perspectiva cualquier sabio experto se abona a las previsiones milimétricas. Cuando te pasas décadas encadenando derrotas, abandonas poblaciones costeras ante el pánico que te provoca el turco, nadie se aventura, por muy afines que resulten las cifras, a siquiera imaginarse vencedor.

La crucial cantidad de soldados cristianos y la mayor potencia de fuego –sobre todo la de los disciplinados arcabuceros castellanos– anticipaba una victoria de la Santa Liga. Y no por ello la batalla estuvo exenta de imprevistos. Sin ir más lejos, nada más iniciar la batalla, el ala izquierdo cristiano, donde se situaba el capitán general de Venecia, Barbarigo, se vio comprometido ante la temeraria maniobra de Sirocco, uno de los principales caudillos turcos, que logró alcanzar y arrasar la galera capitana de los venecianos. Sin embargo, el zarpazo turco fue rápidamente aplacado por la escuadra de retaguardia dirigida por Álvaro de Bazán.

Una vez dominado el flanco izquierdo, la batalla se trasladó al centro donde la infantería de los tercios castellanos impuso su obstinado discurso. Los turcos aún tuvieron tiempo de lanzar su último coletazo cuando el hábil Uluch Ali, tras zafarse del marcaje cristiano –en el ala derecha cristiana, Uluch Ali y Gian Andrea Doria evitaron la lucha y se enfrascaron en un alarde de maniobras y amagos que terminaron por alejarles a mar abierto– consiguió retornar a la batalla y  aniquilar a 6 galeras, entre ellas la capitana de la Orden de Malta. De nuevo, la rápida reacción de Álvaro de Bazán alejó la amenaza al instante. Fue entonces cuando aprovechando el viento a favor Uluch Ali emprendió su huida del golfo de Lepanto que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

6. Juan de Austria, el héroe enchufado, sin el menor talento. FALSO. La cantidad de financiación que Felipe II había aportado a la Santa Liga hacía obligatorio que el almirante general fuera español. El elegido debía contar con la entidad política necesaria para elevar su liderazgo sobre las diversas facciones. Por esta razón, solo un miembro de la familia real o un noble de gran influencia podría subordinar a los capitanes generales de Venecia y los Estados papales.



7. Fueron otras las causas que pusieron fin a la guerra. VERDAD. Tras Lepanto nada volvió a ser igual en la guerra que se alargaba por doscientos años, los riñones de los contendientes no soportaban más envites. Paulatinamente, el Imperio Otomano fue retirándose al frente que mantenía en Irán, de la misma forma que el Imperio Español lo hacia en el océano Atlántico, donde tanto oro de las Indias se jugaba. Una serie de treguas secretas a partir de 1574 fueron rebajando la hostilidad hasta el punto de que Lepanto quedó como el último gran encontronazo de los colosos.

La batalla, por lo tanto, sólo hizo precipitar lo inevitable. Los turcos cada vez mostraban más desidia en modernizar su flota. Su hegemonía reflejaba los síntomas de agotamiento que le llevaron a ser, hasta la Primera Guerra Mundial, el hombre enfermo de Europa. La revolución científica europea acabaría por endosar el verdadero golpe de gracia. Turquía no podía seguir el ritmo tecnológico.

Por su parte, a Venecia salirse de la Santa Liga le costó muy caro. Las condiciones de paz con el turco –en las negociaciones la Sublime Puerta debió disimular muy bien su fatiga– llevaron a la Serenísima República de Venecia a reconocer las pérdidas de Chipre, Dalmacia y Albania, así como la obligación de pagar durante tres años 100.000 ducados anuales.

Por cierto, no es de extrañar que los historiadores ingleses desdeñen la batalla, en aquellos años eran una potencia de tercer orden. Según mí parecer: 1ª Imperio español, 2ª Imperio otomano, 3ª Sacro Imperio Germano, 4ª Francia, 5ª Portugal, 6ª Venecia, 7ª Inglaterra.

http://www.unapicaenflandes.es/batalla-Lepanto.html

URSINO
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Re: La batalla de Lepanto, 1571: «¿Dónde está vuestro Dios?»

Mensaje por ilustrado el Jue Oct 08 2015, 11:55

Combate naval de Lepanto


Fecha: 7 de octubre de 1571

Fuerzas en liza: La Santa Liga (España, el Papa y la República de Venecia) contra el Imperio Otomano.

Personajes protagonistas: Don Juan de Austria, Juan Andrea Doria, Álvaro de Bazán, Luis de Requesens, Sebastián Veniero, Juan de Cardona, Alí Bajá, Mahomet Sirocco, Uluch Ali.

Momentos clave: La muerte de Alí Bajá, almirante al frente de la flota turca, provocada por una bala de arcabuz de la armada española.

Nuevas tácticas militares: El empleo de las galeazas, por parte de la Santa Liga, para proteger la artillería de las galeras y despistar a los turcos. Ésta fue la última batalla naval en la que se utilizaron galeras.

El 7 de octubre de 1571 tuvo lugar en el golfo de Lepanto una de las batallas más cortas y sangrientas de la historia, pero de la mayor trascendencia ante un nuevo mapa de dominio mediterráneo. El Imperio otomano abandonaba, por primera vez en casi dos siglos, su supremacía sobre este mar y sus costas, cediendo su poder a la Santa Liga formada por la España de Felipe II, el pontificado de Pío V y la próspera Venecia.



A mediados del s.XV el Imperio otomano controlaba el mar Mediterráneo. Con la toma en 1453 de Constantinopla (que pasó a llamarse Estambul), último bastión del Imperio Romano de Oriente, los turcos veían casi cumplidos todos sus deseos. Ya habían ocupado Macedonia, Serbia, Bosnia y Bulgaria, así como Valaquia, Besarabia y Hungría.

Pero había territorios que se le resistían al imperio más poderoso de los siglos XV y XVI. En 1529 se quedaron a las puertas de Viena. No obstante, el verdadero objetivo del sultán Solimán el Magnífico era Italia. Tras el asedio de la isla de Rodas (1521), los turcos fueron tomando algunas posesiones de los venecianos en el Mediterráneo. En el año 1565, con este mismo propósito, pusieron sitio a la isla de Malta, un enclave que les abría las puertas del Mediterráneo occidental. Fue el primer fracaso de los turcos y el primer éxito de los cristianos, pues supuso un freno a las apetencias otomanas.

En 1570 el sultán Selim (hijo de Solimán, fallecido en 1566), apoyado por Dragut, gobernador de Argel, preparó una ofensiva contra Chipre, un enclave fundamental para las empresas e intereses económicos de Venecia. En aquella época, en esta ciudad de banqueros y comerciantes tenían el dominio del mercado europeo al que vendían los productos que importaban de India y China. Tenían puertos en el mar Egeo y en el Mediterráneo oriental. En el verano de 1571, las tropas turcas ya habían tomado toda la isla, excepto la capital, Famagusta.

Si alguien quería frenar por todos los medios la expansión de los musulmanes en el Mediterráneo era Pío V (papa de 1566 a 1572). El pontífice convocó a España y a Venecia a la segunda Liga Santa de la historia, esta vez con el nombre de Santa Liga (la primera había tenido lugar entre España, los Estados Pontificios, Venecia, el Sacro Imperio Romano Germánico, Suiza e Inglaterra contra Francia, en el año 1511).


FORMACIÓN DE LA SANTA LIGA

La Santa Liga entre los Estados Pontificios (Pío V), Venecia y España (Felipe II) se empezó a gestar en 1568, pero los acuerdos para hacer frente al Imperio otomano no se firmaron hasta febrero de 1571, con los pactos entre la República de Venecia, el Papa, la Orden de Malta y España. El 25 de mayo de 1571 quedaba constituida con los siguientes compromisos: España se haría cargo de la mitad de las erogaciones (gastos), los venecianos de un tercio de ellas y el Vaticano de una sexta parte (vaya linces que somos para los negocios). El botín se repartiría a partes iguales y no se podría firmar la paz por separado. Por otra parte, se especificaba el ataque tanto a Turquía como a sus posesiones en el norte de África.

A los componentes de la Santa Liga les unía la religión y la oposición al Imperio otomano, pero los intereses de cada uno de ellos por separado eran muy distintos. Venecia quería recuperar Chipre, que había sido tomada por los turcos en 1570; España deseaba actuar contra los corsarios de Argel, Trípoli y Túnez, y Pío V quería frenar a toda costa la expansión islámica y luchar contra 'el infiel'. Felipe II fue el más reticente a firmar los acuerdos de la Santa Liga. En opinión de Miguel Ángel Bunes, historiador, investigador científico y experto en cultura otomana, "el monarca español, más sensato, no quería una guerra que sólo beneficiase a Venecia; él quería defender el espacio que controlaba, la comunicación con Italia y con África".

El objetivo último era crear una gran flota y ponerla al mando de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V y, por lo tanto, hermano del rey Felipe II. En la armada española don Juan estaba secundado por don Juan Andrea Doria, Álvaro de Bazán, Luis de Requesens, como asesor en temas navales, y Agostino Barbarigo. Los españoles aportaban a la flota 90 galeras, 24 naves de servicio y 50 naos de menor porte; la aportación del Vaticano era de 12 galeras y 6 naos; Venecia por su parte contribuía con 6 galeazas, 106 galeras y galeotas y 20 fragatas. En total, el contingente de hombres era de trece mil marineros, treinta y un mil soldados y cuarenta y tres mil galeotes. Además, 1.514 españoles reforzaron las galeras venecianas y 4.987 alemanes embarcaron en las españolas. La flota veneciana estaba al mando de Sebastián Veniero y la pontificia, de Marco Antonio Colonna.

Al otro lado, la flota turca era algo superior en hombres y barcos, ya que contaba con 245 galeras, 70 galeotes y un gran número de pequeñas naves, además de con trece mil marineros, treinta y cuatro mil soldados y cuarenta y cinco mil galeotes. Pero su artillería era inferior a la de los cristianos, ya que sus armas eran preferentemente arcos y flechas envenenadas y arcabuces; sólo contaban con 750 cañones. Las naves turcas estaban comandadas por Alí Bajá (Ali Pasha), general en jefe, secundado por Mahomet Siroco, gobernador de Alejandría; Uluch Ali, gobernador de Argel, a quien los españoles llamábamos El Uchali, el corsario Cara Kodja y Murat Dragut.

Antes de partir con sus naves, don Juan de Austria convocó un consejo de guerra en el cual desaconsejó trabar batalla por la superioridad de los enemigos, pero aun así el hermano del rey decidió luchar contra los turcos (hombre que no, somos españoles). La divergencia de opiniones y metas fue una constante y, sin lugar a dudas, determinante en los objetivos tácticos de los cristianos.

Mientras la Santa Liga planeaba como enfrentarse en batalla a los turcos, éstos tomaron Nicosia el 9 de septiembre de 1571. Juan Andrea Doria, ante la falta de acuerdo en esta situación de los generales cristianos, decidió marchar a Sicilia. Las naves venecianas. Las naves venecianas y las de la Santa Sede regresaron a sus bases. En la travesía sufrieron un temporal en el que se hundieron 14 galeras venecianas. Culparon a Doria de esta pérdida al no querer enfrentarse a los turcos y él se defendió achacando la no intervención a la superioridad de las fuerzas del Imperio otomano.




DON JUAN DE AUSTRIA, EL HOMBRE DECISIVO

El hombre que se pondría al frente de la flota conjunta y que resultó decisivo en la batalla era un militar y diplomático de renombre. Hijo natural del emperador Carlos V, nacido de su relación con Bárbara Blomberg probablemente en 1547 (las fuentes no se ponen de acuerdo), fue conocido en su niñez con los nombres de Jerónimo y Jeromín (probablemente por el nombre del que fue su padrastro, Jerónimo Pírano Kegell).

Según un acuerdo firmado en Bruselas por el mayordomo del emperador Luis de Quijada y el violinista de la corte imperial Francisco Massy, se educaría al niño en España, en Leganés, a cambio de cincuenta ducados anuales. Más tarde, el pequeño Juan estudiaría en Villagarcía de Campos (Valladolid) con Magdalena de Ulloa, esposa de Luis de Quijada.

El emperador reconoció a su hijo en 1554, poco antes de abdicar. Cuatro años después, Carlos V falleció y, en ausencia del nuevo rey Felipe II -que se encontraba fuera de España-, la regente, la princesa Juana, se interesó por el niño. En mayo de 1559 se trasladó a Valladolid, donde Juan estudiaba en ese momento. Felipe II le conoció en septiembre de ese mismo año. Siguiendo las indicaciones de su padre, el nuevo rey reconoció a Jeromín con el nombre de Juan de Austria, y se le otorgó casa propia bajo la tutela de Luis de Quijada. En 1565, Felipe II nombró a su hermanastro capitán general de la Mar.

Su primera empresa destacable tuvo lugar durante la revuelta de las Alpujarras. Un decreto de 1 de enero de 1567 obligaba a los moriscos que vivían en la Alpujarra granadina y en la almeriense a abandonar sus costumbres y a abandonar la religión y el modo de vida de los cristianos. Ante esto, en 1568, unos doscientos pueblos de la zona iniciaron una rebelión. El rey nombró a Juan de Austria capitán general y le puso al frente de un ejército profesional para enfrentarse a la revuelta. (no se andaban con chiquitas)

Don Juan llegó a Granada en abril de 1569 y la guerra prosiguió. En 1571, los moriscos granadinos, vencidos, fueron deportados a distintos puntos del reino de Castilla. El propio don Juan describió su situación como 'miseria humana'. Su siguiente destino fue el de comandante en jefe de la flota de la Santa Liga.




LA LUCHA EN GALERAS

Las flotas que iban a enfrentarse en la batalla de Lepanto estaban compuestas en su mayoría por galeras, herederas de los birremes y trirremes romanos, que los venecianos recuperaron en el siglo XIII. Aunque eran frágiles, ya que un golpe de mar podía acabar fácilmente con ellas, eran ideales para el Mediterráneo. Por lo general tenían uno o dos palos que enarbolaban velas latinas y veinticinco remos por banda, con cinco hombres en cada remo. En las fuerzas cristianas estos hombres eran generalmente condenados por la justicia; en las galeras turcas se trataba de cautivos, en su mayoría por motivos religiosos; en las cristianas había reos, esclavos musulmanes y ‘buenas bogas’, hombres que, al cumplir la condena y no encontrar trabajo, se contrataban para remar a cambio de una paga y comida. El sustento de todos estos hombres consistía en un plato de legumbres y un trozo de bizcocho (pan horneado dos veces) y dos litros de agua. En vísperas de la batalla se les daba una ración extra.

Según Miguel Ángel de Bunes, “el Mediterráneo era un mar esclavista debido a que se necesitaban brazos; las máquinas se movían con los hombres”. Para este historiador, la batalla de Lepanto no sólo fue una batalla naval, también fue terrestre. “Una batalla marítima es sumamente incierta porque se emplean galeras, que son naves planas y están pensadas para aguantar y luchar como en tierra: sobre la cubierta y cuerpo a cuerpo. Como armas únicamente llevan dos cañones de crujía y, a proa, el espolón, que es una gran pieza de madera y hierro que sirve para perforar el casco de la nave contraria.”

El veneciano Bresano inventó las galeazas, grandes galeras con mayor capacidad artillera. Podían desplazar hasta mil quinientas toneladas y protegían los cañones con una especie de murete de unos dos metros. Aunque tenían poco poder de maniobra, podían moverse con independencia del viento y solían proteger a las galeras.

A don Juan de Austria le preocupaba el estado de las naves de la Santa Liga; las españolas estaban en buenas condiciones, ya que para hacer frente a los elusivos e impredecibles enemigos musulmanes, que atacaban con frecuencia las ciudades portuarias y asaltaban las costas españolas, siempre había lista una pequeña flota. Sin embargo, los barcos italianos o tenían los espolones gastados, o podridos a causa de los largos amarres, o habían sido construidos a toda prisa. Habría que afrontar el peligro de frente y asestar un golpe definitivo a los turcos y para ello era fundamental un buen planteamiento táctico y el mejor uso posible de su disposición de fuerzas.




LARGOS PREPARATIVOS

Las naves de la Santa Liga procedentes de Barcelona, Mallorca, Cartagena, Valencia, Nápoles, Sicilia, Génova, Venecia, Malta, Corfú y Creta se concentraron en el puerto de Mesina. Fue elegida esta ciudad siciliana porque estaba estratégicamente situada en el centro del mar Mediterráneo. Fue la primera y casi única decisión unánime de los aliados cristianos.

Llegaron en primer lugar los venecianos, el 23 de julio. Poco después arribaron las naves del Papa, bajo el mando de Colonna. La armada de la Santa Liga recibió un estandarte azul con un Cristo crucificado, la Virgen de Guadalupe y los escudos de España, Venecia y el Papa. El 23 de agosto de 1571 don Juan de Austria y Veniero pasaron revista a la armada aliada.

El 15 de septiembre algunas naves al mando de César Ávalos se adelantaron a la isla Corfú para esperar al resto de la flota de la Liga, con la que se reunieron al día siguiente, cuando se produjo la salida definitiva hacia el golfo de Lepanto.

En la primera escala, el día 30 de septiembre, en Albania (puerto de Leguminici), ya se planteó un problema originado por un suceso anterior ocurrido en una galera veneciana: el asesinato de un español a manos de venecianos, que le acusaban de haber herido a uno de sus hombres. El crimen se le atribuyó a Veniero, lo que le enfrentó a Andrea Doria. En la escala en Albania, don Juan de Austria mandó a Doria a pasar revista a las naves. Cuando éste llegó a la embarcación de Veniero, el veneciano le prohibió subir a su embarcación y le comunicó que, de hacerlo así, mandaría ahorcarlo. Don Juan, preocupado por una ruptura de la alianza, prefirió que fuese Marco Antonio Colonna, el comandante pontificio, quien pasase revista al barco de Veniero. No sería el único encontronazo entre venecianos y españoles.

A causa del mal tiempo, muchas de las naves no pudieron partir del puerto de Leguminici hasta el amanecer del día 3 de octubre. Ese día don Juan ordenó que se preparasen para la batalla. Después de navegar toda la noche, llegaron al puerto de Fiscardo, en el canal de Cefalonia, donde les esperaba una desagradable sorpresa. Un barco procedente de Candía les informó que Famagusta (Chipre) había sido tomada por los turcos y que tanto los soldados como los oficiales de esa plaza habían sido degollados.

En la galera La Real, los comandantes de la Santa Liga mantuvieron un consejo de guerra en el que Requesens y Andrea Doria se manifestaron partidarios de no llevar a cabo la batalla, pero don Juan de Austria optó por seguir adelante y dispuso la formación de las naves para la confrontación. La flota se dividiría en los siguientes cuerpos: en el ala derecha, Doria encabezaría las galeras; el ala izquierda estaría al mando del veneciano Agustino Barbarigo, y en el centro se quedaría don Juan de Austria a bordo de La Real, flanqueada por las naves capitanas de la Santa Sede –al mando de Marco Antonio Colonna- y de Venecia. Las galeazas irían delante de todas ellas, y el español Álvaro de Bazán con su escuadra actuaría como reserva.

La victoria dependería de que las líneas cristianas fueran capaces de mantenerse firmes durante el combate. Los aliados contaban a su favor con una gran experiencia en combate y embarcaciones mejor dotadas con corazas y plataformas fuertes, en buques de mayor bordo, lo cual les permitía lanzar una lluvia de proyectiles con sus 1.250 piezas de artillería sobre las cubiertas musulmanas, más bajas y expuestas, y además protegidas únicamente por arqueros.




ALINEACIÓN DE COMBATE

Por su parte, los turcos habían concentrado todas sus naves en el golfo de Lepanto y esperaban a los cristianos en una formación de media luna (¿casualidad?). Su objetivo debía ser desordenar la línea de la armada de la Liga, como habían hecho en Preveza, en 1538, cuando el gran Barbarroja superó a Andrea Doria.

Alí Bajá prefería el combate frontal, a pesar de que su centro estaría en seria desventaja. Para vencer tendría que desbordar los flancos del centro cristiano, lo cual iba a ser difícil. Alcanzar el centro cristiano sólo era posible si primero se aniquilaba las alas enemigas. Para ello, tendría que apartarlas de su posición para rodear su flanco o bien hacerles maniobrar mal, a fin de desbaratar sus posiciones y provocar el desbarajuste, para lograr un equilibrio táctico que les permitiera eliminar rápidamente una de las alas cristianas, ya que no esperaba que su propio centro resistiera mucho tiempo.

A las cinco de la mañana del día 7 de octubre las galeras de reconocimiento de Juan de Cardona fueron las primeras en avistar las naves turcas. Éstas se lanzaron al encuentro de la flota de la Santa Liga abandonando su posición privilegiada con la protección de los castillos a sus espaldas, lo que implicaba el error de suponer que reinaba el caos en las fuerzas cristianas.

Las armadas estaban a una distancia de entre doce y quince millas una de otra, cuando a las ocho de la mañana don Juan de Austria alzó el estandarte en señal de que se iniciaba la batalla, pronunciando las siguientes palabras: “Hoy es día de vengar afrentas; en las manos tenéis el remedio a vuestros males. Por lo tanto, menead con brío y cólera las espadas”. Pero hasta el mediodía los combatientes no tuvieron su primer enfrentamiento.

La batalla se inició, con el mar en calma, cuando los tripulantes de las galeras venecianas comprobaron que los turcos estaban a tiro. Más o menos a las doce del mediodía el viento dejó de soplar. Los turcos confundieron las galeazas con naves de carga y pensaron que era preferible rebasarlas para llegar directamente a los navíos de combate. A la vez, la neblina ocasionada por el humo hacía que las galeazas pasaran inadvertidas, lo que les permitió atacar al paso a la línea otomana, ocasionando enormes destrozos en las galeras turcas y un gran número de muertos entre los otomanos. Según estiman muchos documentos, las continuas descargas de la artillería de las galeazas causaron el naufragio de varias docenas de naves.

La derecha turca se dirigió contra la izquierda de la Santa Liga. Mahomet Siroco y su escuadra vieron que tenían espacio para pasar a la espalda de Barbarigo, y así lo hicieron. Los tripulantes de Siroco conocían bien aquellas aguas y pillaron por sorpresa a Barbarigo, que recibió una flecha en el ojo izquierdo y tuvo que retirarse de la batalla. A los tres días murió.

Don Juan –las cuestiones de honor así lo exigían- se dirigió con La Real hacia La Sultana de Alí Bajá. Entre ambas embarcaciones se produjo un choque brutal. Los tripulantes de La Sultana murieron todos sobre la crujía de la galera y Alí Bajá fue degollado tras el sangriento encuentro y su cabeza fue presentada ante don Juan ensartada en una pica. (jeje)

Los asaltos y escaramuzas en las galeras de uno y otro bando se sucedían en torno de las dos galeras reales, cuyas cubiertas se convirtieron en auténticos ríos de sangre. Cañonazos, gritos de dolor, humo, pólvora, tambores, trompetas… Las bajas de los otomanos eran cuantiosas y el escenario se convirtió en el peor infierno.

En ese momento parecía que los turcos habían perdido la batalla, pero sus naves de refuerzo consiguieron contener al enemigo y, durante un tiempo, la lucha se mantuvo equilibrada. La Loba, nave capitana de Álvaro de Bazán, hundió una galera turca y, al tratar de abordar a otra, recibió dos balazos que solo rozaron su armadura. La tarea de terminar con esa galera la acometió Juan de Cardona, consiguiendo hundirla. A asaltar otra galera turca, los cristianos encontraron en ella escondidos a Mohamed Bey, de diecisiete años, y a Sain Bey, de trece, hijos de Alí Bajá, que fueron llevados ante don Juan. Los jóvenes se echaron a los pies del capitán llorando y él les consoló; dicen que el capitán general español pidió para ellos ropa y comida.


UN MAR DE SANGRE

Los turcos habían sido vencidos en el ala izquierda y en el centro, pero Uluch Ali había conseguido cercar la escuadra de Andrea Doria. A partir de ese punto de la batalla fueron cayendo varias embarcaciones de la Santa Liga. En la San Juan del Papa murieron todos los soldados y galeotes; en La Veneciana sus tripulantes fueron degollados; en la bautizada como Florencia, también del pontífice, hubo únicamente dieciséis supervivientes, pero todos ellos malheridos…

La batalla se ponía fea para Andrea Doria, pero Álvar de Bazán acudió con la escuadra de apoyo en su ayuda. Cuando Uluch Ali, que llevaba a remolque una nave pesada, vio que llegaban nuevas embarcaciones en ayuda de Doria, cortó los cabos de su presa y decidió huir. A pesar de que la confrontación parecía resuelta, dieciséis galeras turcas no quisieron darse a la fuga ni rendirse y se dirigieron hacia las galeras que llegaban. Fue don Juan de Cardona quien acabó con ellas con el apoyo de tan sólo ocho galeras.

Las naves cristianas persiguieron a Uluch Ali en su huida hacia Lepanto, pero los remeros estaban tan agotados que pronto se dio la persecución por finalizada. Cuando Ali llegó a Lepanto quemó los pocos barcos de su flota que se habían unido a él para evitar que fuesen capturados por el ejército de la Santa Liga. La batalla derivó en una sucesión de choques aislados. “Se trataba de hombres que ya estaban enajenados por lo duro que resultaba el combate cuerpo a cuerpo. Ya se habían abandonado a su instinto agresivo”, explica Miguel Ángel de Bunes. Fue un espectáculo de violencia y los capitanes de ambos bandos tuvieron que arrancar literalmente a sus hombres del saqueo, del robo de los botines y de la captura de presos contrarios para obligarlos a trabajar en apoyo de sus respectivos capitanes.

A las cuatro de la tarde, una terrible tormenta obligó a que la flota al mando de don Juan se refugiase en el puerto de Petala. Al día siguiente se realizó un recuento de pérdidas de la Santa Liga: treinta galeras, entre ellas La Real, tuvieron que ser desguazadas; quince más se habían perdido definitivamente. Entre las tropas españolas se contabilizaron alrededor de dos mil muertos; además de cinco mil venecianos y ochocientos de las naves del Papa. Por su parte, el número de prisioneros turcos se aproximaba a los cinco mil y los fallecidos en su flota rondaban los veinticinco mil; ciento sesenta naves fueron apresadas –de ellas sólo quedaron a flote ciento treinta-; ochenta más se hundieron, y cuarenta escaparon con rumbo a Lepanto. Por otro lado, don Juan liberó a doce mil cautivos de las naves turcas.

Mientras se reparaban los barcos de la Santa Liga, don Juan de Austria redactó un informe de la batalla para Felipe II que, al iniciar el regreso cuatro días después, llevó Lope de Figueroa junto al estandarte ganado a los turcos. La batalla había terminado, pero tanto don Juan como los venecianos decidieron llevar a cabo otras empresas en el Mediterráneo, aprovechando la ventaja lograda. Por este motivo, el capitán general español convocó un consejo de guerra en el que tuvo varios opositores, que alegaban que faltaban muchos soldados y, sobre todo, gente de remo. Además, pensaban, el invierno se encontraba muy cerca.

A algunos les entusiasmaba la idea de atacar Constantinopla. Don Juan apostaba por conquistar los castillos del golfo de Lepanto y los venecianos querían asaltar la península de Morea. Sólo la propuesta de don Juan fue aceptada. Así, el 11 de octubre, Andrea Doria y Ascanio de la Corna partieron de la conquista del castillo de Santa Maura, pero al llegar allí se dieron cuenta de que el esfuerzo que tenían que invertir no compensaba el hecho de conservar este enclave y decidieron regresar a sus respectivos puertos a invernar.

Fue el momento de la retirada. Don Juan llegó a Mesina el 31 de octubre y Álvaro de Bazán, a Nápoles, donde pasarían el invierno. Marco Antonio Colonna, con la misma intención, optó por Roma, y Veniero permaneció unos días en Corfú antes de regresar a Venecia.

Para el historiador Miguel Ángel de Bunes, “la victoria de Lepanto es una empresa que es sentida como una victoria por todos los países de Europa”. Al Imperio otomano no le costó demasiado tiempo rehacer su armada; pero para los cristianos, fue un frenazo a la expansión de los turcos por el Mediterráneo. Por su parte, la monarquía hispánica se convirtió en la gran potencia naval del Mediterráneo en el siglo XVI.

Esta batalla, con todo, “tuvo más valor psicológico que real –señala De Bunes-, y también un valor simbólico porque por primera vez se tenía la sensación de que era posible vencer al Imperio otomano. Por otra parte, a los estados que formaban la Santa Liga les unía la cristiandad”.

Muchos elementos ayudaron a la victoria de los aliados según De Bunes: “Ganaron porque cesó el viento, porque no mandaron artillería a tierra, porque don Juan tuvo la gran idea de embarcar a soldados de los tercios (unos cincuenta en cada galera), que eran soldados ya experimentados que, con sus propios arcabuces, disparaban de manera continuada en grandes rociadas… Y, por último, las galeazas venecianas tuvieron un importante papel porque iban abriendo camino. Los turcos no les daban importancia debido a que eran muy grandes y tenían poca capacidad de maniobra, por lo que las dejaban pasar, y ellas, desde esa posición, seguían haciendo mucho daño”.

“La más alta ocasión que vieron los siglos”, en palabras de Miguel de Cervantes –quien fue soldado en esa batalla y que resultó herido en la mano izquierda, por lo que a partir de entonces fue conocido como “el manco de Lepanto”- mostró la vulnerabilidad de los hasta entonces dueños del Mediterráneo.


MIRADAS AL ATLÁNTICO

Uluch Ali, el único turco que consiguió una pequeña victoria para las fuerzas otomanas, ya contaba con doscientas galeras en el invierno de 1571-1572, pero el poder de los musulmanes en el Mediterráneo había terminado para siempre. Continuaron su expansión por Oriente hasta el Cáucaso y el mar Caspio, y mantuvieron su dominio de Hungría. Un siglo después fueron capaces de asediar Viena, si bien por última vez.

Don Juan de Austria había prometido a los galeotes de su flota que, en caso de conseguir la victoria, les liberaría del remo. Tuvo que cumplir su promesa, por lo que la flota española quedó temporalmente sin hombres. Para reponer los brazos que empujaban las naves, a partir de entonces los jueces y alcaldes recibieron la orden de que por cualquier delito, por pequeño que fuera, se condenase a la pena de galeras.

Además ese invierno, mientras los turcos se dedicaron febrilmente a construir nuevas galeras, la ofensiva cristiana quedó algo paralizada, en parte debido a la preocupación de Felipe II por los Países Bajos, Francia e Inglaterra.

Después de la batalla de Lepanto muchos comenzaron a mirar hacia el Atlántico. Venecia quería realizar una nueva expedición para, por un lado, recuperar las posesiones perdidas, y por otro, asegurar las que ya tenía. Felipe II quiso que don Juan se pusiera al frente de una expedición contra África, mientras la armada de la Liga, con Juan de Cardona y Marco Antonio Colonna al frente, optó por enfrentarse a Uluch Ali, empresa en la que tuvieron éxito. Primero, el 7 de agosto de 1572, se encontraron con él en el cabo de Malio, pero no fue hasta el día 10 cuando lograron bloquearle en el cabo de Matapán (sur del Peloponeso, en la Grecia continental), gracias a la ayuda de don Juan de Austria, que acudió con dos galeazas y cincuenta y cinco galeras.

Por su parte, los venecianos pactaron un acuerdo con el sultán Selim mediante el cual él conservaría las plazas conquistadas y Venecia pagaría trescientos mil ducados anuales durante tres años. La Liga quedaba disuelta.

En 1573 Juan de Austria conquistó Túnez, que un año después cayó ante la armada turca. Fue a partir de ese momento cuando Felipe II –al que sólo le interesaba la armada para defender los territorios y apaciguar el Mediterráneo con el objeto de combatir en otros países como Inglaterra o los Países Bajos- dejó de considerar el Mediterráneo una de sus zonas prioritarias.


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Re: La batalla de Lepanto, 1571: «¿Dónde está vuestro Dios?»

Mensaje por ilustrado el Vie Oct 09 2015, 12:25

Errebonbilloak, el Alarde de Elorrio y la victoria de Lepanto


El primer domingo de octubre tiene lugar en la villa guipuzcoana de Elorrio la fiesta conocida como Errebonbilloak. Es un alarde militar cuyo origen parece estar en las antiguas milicias con que cada municipio participaba en la defensa o en la guerra. Según la tradición popular, este caso está relacionado con el regreso a la villa de las milicias municipales que participaron en el Combate de Lepanto de 1571.

El desfile militar está formado por una compañía de fusileros integrada por vecinos y vecinas de cualquier edad sin ningún tipo de exclusión, los errebonbillos. Comienza a las seis de la mañana dando el primer recorrido, y realizan algunas descargas de fusilería en lugares determinados. El único lugar de disparo que ha cambiado con el tiempo ha sido la casa del alcalde. Por la tarde, vuelven a dar otro recorrido por la villa. Por la noche se realiza una procesión con la imagen de la virgen del Rosario, terminando con un baile, un aurresku en la plaza Mayor.






La primera noticia que existe en la actualidad sobre la realización de alardes en la villa de Elorrio data de 1575, aunque como en muchas villas del Señorío de Vizcaya, se realizaban con mucha anterioridad. Desde 1630, el alarde de Elorrio se hace conjuntamente al de la anteiglesia de San Agustín de Etxeberria, que antes de la fusión de ayuntamientos, hacía su propio alarde.

Pero antes de esta fusión de alarde, al menos desde el siglo XVI y parte del XVII, se organizaba en Elorrio dos tipos de muestras de armas según el estamento social de sus moradores: una de hijosdalgo, pertenecientes a un linaje noble o casa solariega, en una fecha determinada, y otra en la que concurrían todos los vecinos cuando eran necesaria la defensa del Señorío.

A finales del siglo XVI o principios del XVII, al igual que en Durango, se fundó la Cofradía del Rosario en Elorrio. La fiesta del Rosario ha tenido en Elorrio una gran relevancia ya que, durante la procesión del primer domingo de octubre, participan los errebombillos haciendo salvas de honor al paso de la imagen de la virgen. Acto que muy probablemente se realizaba desde hace muchos años, aunque no haya quedado reflejado en los libros conservados.






Sobre el origen de la participación de los armados en la procesión existe una versión popular atribuida a varios hijos del linaje nobiliario de Amandarro, participantes en el combate de Lepanto. De vuelta a Elorrio, vieron que se estaba celebrando la procesión con la Virgen del Rosario y al pasar ésta, armaron los arcabuces que traían y comenzaron a lanzar tiros al aire en honor de la virgen. Otra versión, parecida a la anterior pero más lógica, dice que estos soldados elorrianos, al llegar al puerto de Campazar y contemplar su villa natal, comenzaron a disparar sus armas al aire en señal de alegría y anuncio de su vuelta. Estas salvas se hicieron costumbre anual y se incorporaron a la procesión del Rosario que la villa comenzó a celebrar. Esta ha sido la tradición transmitida de forma oral entre las gentes, aunque no existan documentos que verifiquen con precisión su origen formal.

Elorrio, de gran tradición industrial, se especializó en la fabricación de armas blancas. De un informe del mes de marzo de 1575 se conoce que se podían fabricar, cada mes, de 2.000 a 3.000 picas, 1.500 lanzas y gran cantidad de otras armas. Espadas, corazas, armaduras, arcabuces, mosquetes, bombardas, cañones, lanzas y picas, eran empleadas por los Tercios de Infantería y por las Armadas navales de la Monarquía hispánica de Carlos I y Felipe II y fabricados en esta villa. De ahí que también celebrasen la noticia no solo de la llegada de sus soldados elorrianos sino además de la victoria de Lepanto, la victoria de sus armas.




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Re: La batalla de Lepanto, 1571: «¿Dónde está vuestro Dios?»

Mensaje por ilustrado el Mar Mayo 10 2016, 02:46

Participación de los vascos en el Combate de Lepanto

 
El poderío de los otomanos fue creciente durante el siglo XVI, sus conquistas se sucedieron una tras otra ocupando el sureste de Europa hasta que, en 1529, los jenízaros fueron detenidos ante Viena por Carlos I de España y V del Sacro Imperio Germánico. En el Mediterráneo la situación era amenazante, las galeras turcas imponían su ley y las incursiones berberiscas desde Túnez, Argelia y Marruecos no respetaban ninguna costa, continuando su expansión por las islas del mar Egeo, Chipre y Malta.

Consciente de esta amenaza, en 1571, el mundo católico se une para combatirlo. España, Venecia, Génova, los Estados Papales y la Orden de Malta se aliaron para formar la Liga Santa. La alianza tendría validez por un período de tres años, durante el cual se reuniría una gran flota para derrotar a la flota naval del sultán Selim II.

La flota aliada estaba al mando de Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II. Tenía como almirantes en la Armada española a Álvaro de Bazán, Luis de Requesens y Juan Andrea Doria, que reunieron 90 galeras, 24 naves y 50 fragatas y bergantines.

La flota veneciana iba capitaneada por Sebastián Veniero y estaba formada por 6 galeazas, 106 galeras, 20 fragatas y 2 naves, mientras que la flota pontifícia de Marco Antonio Colonna reunía 12 galeras y 6 fragatas.

 
 
 
La Liga Santa logró reunir un total de 91.000 soldados, marineros y chusma. 34.000 soldados, 13.000 tripulaciones y 45 galeotes. Por parte española eran 20.231 los soldados: 8.160 eran españoles, 8.160 italianos  y 4.987 alemanes. Además se unieron 1.876 caballeros y aventureros. Las piezas artilleras de toda la escuadra eran 1.250.

Las galeazas eran los navíos más potentes gracias a su gran aportación artillera. Las galeras eran impulsadas por remeros profesionales o por condenados por delitos a este duro trabajo. Muchas de las galeras italianas estaban en un lamentable estado para la guerra y tuvieron que reforzarse con 4.000 infantes y 500 arcabuceros españoles en cada galeaza.

La escuadra turca, al mando de Alí Bajá contaba con 210 galeras, 63 galeotas y 92.000 combatientes, de los cuales 34.000 eran soldados, 13.000 tripulaciones y 45.000 galeotes.



 
La fuerte y poderosa flota cristiana partió de Messina el 16 de septiembre de 1571. Y avista a la flota otomana en el golfo de Lepanto, frente a la ciudad de Naupacto, en la Grecia Continental, el 7 de octubre, siendo superior en número (aproximadamente 300 naves).

El combate se decidió gracias a la superior fortaleza y al mejor armamento de las 26 naves españolas que ocupaban la batalla o centro y a la eficacia de los arcabuceros; la nave real de Juan de Austria fue embestida y abordada por la del generalísimo turco Alí, que había previsto una maniobra envolvente por el ala derecha de la flota coligada, a fin de empujarla hacia el interior del golfo y encerrarla en él.

Después de dos horas de forcejeo indeciso, los soldados de la Liga, rechazados en tres ocasiones, entraron en la capitana turca y mataron a su general. La victoria del centro fue decisiva, pues el ala derecha, mandada por Doria, sostenía una lucha desventajosa con Luchalí, que se había infiltrado hábilmente por el centro en la primera fase del combate, y que trató, con una hábil maniobra, de atacar al centro de la Liga, que se retiraba vencedor con las naves capturadas.

La inmediata intervención de Juan de Cardona, y la posterior de la reserva mandada por el marqués de Santa Cruz, obligaron a huir a los turcos hacia la costa de Morea. Barbarigo el jefe veneciano, que mandaba el ala izquierda, resultó muerto, pero la ayuda de la reserva y el arrojo de los venecianos permitieron su triunfo sobre la derecha otomana y la muerte de Siroeco, que iba a su frente.

 
 
 
En la batalla, que duró cinco horas, murieron aproximadamente 35.000 hombres, 12.000 de los cuales eran de la Liga, y fueron capturados por ésta unas 130 naves turcas y 8.000 hombres, habiendo perdido los coligados 17 galeras. En Lepanto se frenó la expansión turca en el Mediterráneo, por otra parte, los intereses españoles se desplazaron hacia el norte de Europa.

No podía faltar la presencia de marineros y soldados vascos en la contienda. La victoria tuvo un fuerte impacto en tierras vascongadas, pues después de varios siglos aun perduran las muestras de entusiasmo mediante los celebres “errebombillos” de Elorrio, que se celebraban año tras año el primer domingo de octubre, conmemorando festivamente de una manera muy tradicional el histórico suceso, que avalan una activa participación en el combate de gentes oriundas de Elorrio.

Se han comprobado la existencia actual de calles con el nombre glorioso de Lepanto en varias poblaciones vizcaínas: Baracaldo, Guecho, Portugalete, Santurce, Lejona y otras.

Ahora bien, la intervención de los marinos vascos en Lepanto fue muy reducida y modesta en comparación a la de otros grupos nacionales, especialmente los de la ribera mediterránea desde Cataluña hasta Andalucía. Eso fue debido a la imposibilidad de atender a la vez los dos teatros estratégicos del momento: el Atlántico y el Mediterráneo. Quedaron la mayor parte de los marinos guipuzcoanos y vizcaínos al servicio de las naos oceánicas para el tráfico de Indias o para el reforzar la presencia naval española en los Países Bajos.

Alguno de los marinos y soldados que intervinieron de forma destacada en la preparación de la escuadra y en el desarrollo de la batalla:

Domingo Zavala y Armendia, natural de Villafranca de Oria, fue contador mayor del rey y consejero de Hacienda de Felipe II. Tomó parte en el combate como capitán de cuatro galeras. Enfrentándose a cinco galeras turcas consiguió prender tres, recibió varias heridas y salvó la vida al lugarteniente de Juan de Austria, Luis de Requesens. En premio de su arrojo, Su Santidad le concedió dos jubileos para su villa natal. Murió en su palacio de Zavala en 1614.

Juna  Pérez de Elizalde, natural de Tolosa, fue el marino arquetipo de entrega y abnegación a la Corona hispánica, allá donde fueren requeridos sus servicios. Su prestigio como marino veterano está avalado por sus cuarenta y dos años de servicio a su patria. Participó en varias de las guerras sostenidas por España en el siglo XVI: Flandes, Italia, Portugal, Malta, Orán y en 1571 en Lepanto.

Juan Ibañez de Aulestia y Mendirichaga, de Murelaga, general de marina.

Antonio de Alzate, de Fuenterrabía, constructor de la nao capitana Real en la que navego Juan de Austria, y capitán de la nao Soberana del Papa.

Juan Núñez de Palencia, de Fuenterrabía, capitán de soldados.

Francisco de Ibarra, de Eibar, contador mayor de galeras.

Ruiz de Galarza, de Anzoula, muerto en combate.

Marcos de Isaba, de Isaba (Navarra), mandó una compañía de 178 hombres que perteneciente al tercio de Miguel de Moncada.


 
 
Góngora y Torreblanca escribieron de Marcos de Isaba:
“En esta batalla, uno de los más valientes capitanes, que más se señalaron, fue don Marcos de Isaba, tan celebrado en la Austriada del Regidor de Córdoba, pues teniendo el Ochaliren las galeras de Malta, y degollada gran parte de los comendadores, les embistió y peleó tan valerosamente con este famoso capitán, que en breve rato se la volvió a ganar y rescatar y en particular la capitana de ellas con el general Jofre Justiniano, que sólo con otro comendador habían dejado con vida, con muerte de muchos genízaros, que son los nervios del poderoso brazo del turco, e hizo en aquel tan sangriento día otros hechos heroicos y notables, y después de muy grandes servicios, fue a Castellano de Capúa en el reino de Nápoles.”




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