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Misterios y Mitologia

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Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Sáb Sep 27 2014, 14:32




La magia negra.
The Black Magic, Dion Fortune.

La magia negra no es algo que deba ser estudiado ni puesto en práctica por ninguna persona normal; pero tampoco resulta posible ni aconsejable estudiar los métodos técnicos del ocultismo sin prestar la debida atención a las patologías o deformaciones a que pueden dar lugar.

El interés popular por el ocultismo se debe sobre todo a sus conexiones con la magia negra, y revelaciones de esta clase conseguirán siempre ese mismo tipo de atención morbosa que se presta a los accidentes callejeros. No obstante, cualquiera que posea un mínimo de conocimientos sobre ocultismo se sentirá siempre sorprendido ante el hecho de que los supuestos denunciantes de sus aspectos negativos no pongan nunca el dedo sobre la auténtica llaga. Intuyen el mal, al igual que los animales intuyen que algo les va a pasar cuando les llevan al matadero, pero no se dan cuenta de la importancia o significado de los hechos que registran ni comprenden por qué las personas afectadas hacen tales cosas.

La técnica de la magia negra no difiere en nada de la técnica de la magia blanca: se aplican los mismos principios; se usan los mismos métodos; hace falta la misma preparación o entrenamiento para concentrarse; la diferencia radica únicamente en la actitud de quien practica una u otra, en el simbolismo empleado y en los poderes con que se entra en contacto.

La formación para la magia es como la formación musical, necesaria tanto para el que quiere dirigir una orquesta sinfónica como para el que quiere tocar en una orquesta de jazz; e incluso cuando decimos que determinados símbolos y poderes pertenecen al reino de la magia negra, debemos hacerlo con ciertas reservas, pues esos mismos símbolos y poderes pueden utilizarse también legítimamente, al igual que los cirujanos se ven obligados a veces a correr peligros y practicar operaciones “a vida o muerte”.

No obstante, se puede afirmar con tranquilidad que cuando esos métodos mágicos se exhiben delante del público pueden clasificarse sin la menor duda como “negros”, ya que, inevitablemente, despertarán los instintos más bajos de los espectadores, para los que no pueden tener la menor utilidad. Existen, así mismo, determinadas técnicas de magia sexual y sangrienta que, aunque inofensivas para pueblos primitivos, están claramente fuera de lugar entre los civilizados, recurriéndose a las mismas sólo con fines interesados y sensacionalistas. A estas modalidades de magia negra debemos añadir la invocación deliberada del mal, que normalmente sólo se realiza con fines de venganza.

Conviene recordar que existen determinados tipos de personas con una tendencia natural a la crueldad en sus caracteres, dispuestas a invocar el mal para propósitos vengativos, y que, una vez que han experimentado los resultados de esta clase de operaciones, llegan a aficionarse a ellas y a ponerlas en práctica únicamente por el placer que les proporciona. Si no reconocemos la existencia de este rasgo peculiar de la naturaleza humana -mucho más extendido de lo que comúnmente se cree-, conocido por los psicólogos con el nombre de sadismo, no comprenderemos nunca determinados aspectos de la magia negra, pues la clave de los mismos debe buscarse precisamente en el sadismo.

Aunque no intrínsecamente “negra”, la invocación de determinados tipos de fuerzas naturales es una operación con grandes probabilidades de resultar negativa, por lo que sólo debería ser realizada por personas experimentadas y prudentes, que trabajen en condiciones propias de un laboratorio. Esta es una parte importante de la formación de cualquier adepto, pues cuando se invocan fuerzas cósmicas, éstas se presentan siempre en parejas, siendo la acción y la reacción iguales y opuestas.

No obstante, no se debería plantear nunca la invocación del aspecto desequilibrado, y Qliphotic, por separado, pues se trata de una operación demasiado arriesgada. Para fines prácticos, cuando se estén manejando fuerzas Elementales, debería hacerse con sus formas sublimadas, siendo por ejemplo preferible Sekhmet, la diosa del fuego de cabeza de león, a Kali. No obstante, esas formas crudas y rudimentarias de fuerza deben ser comprendidas por el ocultista, o tendrá problemas con ellas.

Cualquiera que pretenda estudiar a fondo el ocultismo, tendrá que comprender estas cosas, y no se debe etiquetar como practicantes de la magia negra a las personas que se interesan por ellas; de hecho, si no lo hicieran, serían meros dilettantes. Sin embargo, cualquier persona que haga pública exhibición de sus conocimientos de magia negra tendría que ser condenada; pues sólo los especialistas deberían estar familiarizados con esa clase de cosas, y es mejor para la marcha de la humanidad que sea así. Cuando una persona no iniciada entra en contacto con ellas, tiende a sentirse atraída por las mismas; y a menos que tome idénticas precauciones que los iniciados, correrá el peligro de “infección” o “contagio”.

No es posible trazar una clara línea divisoria entre la magia negra y la blanca; existe lo que podría denominarse una magia “gris”, a la que alguna gente se lanza por ignorancia o deseo de nuevas sensaciones. Se debe reconocer, por tanto, la existencia de esta modalidad de magia “gris”, más extendida en el mundo que la negra o la blanca. Pero también debemos decir lo siguiente: que mientras el blanco es inequívocamente blanco, que el gris se convierta en negro es sólo una cuestión de grado o matiz.

Existe una comprobación que se puede aplicar a cualquier tipo o variedad de operación mágica: en la magia blanca, la operación se diseña y realiza siempre teniendo debidamente en cuenta las leyes cósmicas; cualquier operación que no lo haga podrá clasificarse como de magia “gris”, sean cuales sean los principios espirituales en que se base; y cualquier operación que desafíe deliberadamente a las leyes cósmicas podrá clasificarse como de magia negra.

Aclaremos este punto mediante ejemplos. Algunas personas, que han descubierto que la dieta mental de la vida moderna es deficiente en “vitaminas espirituales”, intentan encontrar inspiración en los antiguos dioses paganos.

Esto no es necesariamente magia negra, a condición de que uno reconozca que la Afrodita Anadyomene es una cosa, y la Afrodita Cotytto otra. Se trata de hecho de una útil medicina correctiva para la mente moderna. Además, y aun sin darnos cuenta de ello, estamos tomando todos los días dosis pequeñas pero constantes de estas “vitaminas”, ya que buena parte del arte y la poesía de todos los tiempos extraen su inspiración de la mitología clásica. Se trata de una operación que personas de mentalidad estrecha podrían denominar “magia negra”, pero que nadie con unos mínimos conocimientos de psicología o de la vida consideraría como tal.

Por otro lado, la participación indiscriminada en sesiones espiritistas, lecturas o adivinaciones del porvenir, y otras prácticas psíquicas, entrarían, según nuestra definición, en el apartado de magia “gris”, pues no toman en cuenta nada sino los deseos personales, ni se plantean en ningún momento cuál puede ser la calidad espiritual de lo que se está haciendo.

Es innegable que de esa clase de operaciones no se deducirá ningún mal inmediato, y que en realidad demuestran una especie de piedad, un culto en el que se pide a Dios que bendiga lo que se está haciendo, pero sin preguntarse nunca si está de acuerdo con su voluntad; pues se da por sentado que lo que se hace es sólo un entretenimiento “inocente”, o incluso positivamente edificante, o que tiende a elevar la mente por encima del materialismo, contribuyendo así a reforzar la fe.

No se toman en consideración los efectos o consecuencias posteriores, cuando la experiencia demuestra que pueden ser de gran alcance; y aunque no implican necesariamente el deterioro o la corrupción moral de las personas que poseen un carácter sano por naturaleza -por lo que debemos exculparlas de las acusaciones tan frecuentemente formuladas contra ellas-, esa clase de prácticas sí provocan un marcado deterioro en la calidad de la mente o pensamiento, sobre todo de la capacidad lógica y de raciocinio.

Cualquier modalidad de coqueteo con los aspectos psíquicos o paranormales de nuestra naturaleza es en mi opinión negativa e indeseable, totalmente incomprensible en cualquier persona que se entregue a ella en el transcurso de un trabajo o estudio en serio.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Sáb Sep 27 2014, 15:55

Como NO hacer un pacto con el demonio




Como NO hacer un pacto con el demonio.


Primero lo leyó todo: libros prohibidos, grimorios, hechizarios. Investigó. Meditó. Cometió toda clase de tropelías para hacerse digno de la presencia de Satanás.

El proceso no fue sencillo. Una cosa es decidirse a negociar el alma y otra muy distinta adquirir los conocimientos necesarios para permutarla.

Finalmente, después de muchos años de estudios y actos de vandalismo, el hombre inició el último rito.

Velas, círculos de fuego, espadas flamígeras, palabras mágicas, y el príncipe de las tinieblas apareció.

—¿Qué quiere? —preguntó Satanás en tono confidencial.

—Vender mi alma.

—Imposible.

—¿Por qué?

—Porque ya es mía.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Oct 01 2014, 14:16

Robert Browning y la primera psicofonía de la historia





El título de este artículo esconde una trampa prácticamente insostenible más allá de uno o dos párrafos. No obstante, veamos hacia dónde nos conduce.

¿Qué es un psicofonía?

Pues bien, las psicofonías —también llamadas parafonías o Fenómenos de Voz Electrónica (EVP: Electronic Voice Phenomena)— son sonidos registrados por aparatos electrónicos que supuestamente proceden del más allá, es decir, de origen paranormal.

Aclarado el tema de las psicofonías con la mayor simpleza, pasemos a nuestra pequeña trampa.

El magnífico poeta inglés Robert Browning (1812-1889), esposo de Elizabeth Barret y uno de los autores más destacados del período victoriano, se relaciona directamente con la historia de las psicofonías, menos como curiosidad paranormal que como anécdota real y comprobable.

En una cena celebrada en casa de Rudolf Lehmann, amigo entrañable de Robert Browning, el 7 de abril de 1889, ocurrió un hecho extraordinario.

Rudolf Lehmann poseía un artilugio tecnológico que por entonces causó sensación entre las clases acomodadas durante un período de casi veinte años, hasta la llegada del disco de gramófono: el Cilindro de fonógrafo (Cylinder Phonograph), básicamente el primer soporte tecnológico que permitía grabar y reproducir los sonidos registrados, inventado, desde luego, por Thomas Edison.

(Un inciso literario: el cilindro de fonógrafo es el dispositivo sobre el cual el doctor Seward, uno de los personajes de la novela de vampiros de Bram Stoker: Drácula (Dracula), registra su participación en la cacería del monstruo)

Prosigamos.

La cena en casa de Rudolf Lehmann se desarrolló con toda naturalidad. En cierto momento, George Gouraud, uno de los representantes de Edison en Inglaterra, sugirió que se realizara una breve grabación en el fonógrafo para inmortalizar la tertulia.

La propuesta fue aceptada por todos; y todos, sin excepción, votaron para que la voz que representara para siempre esa noche de camaradería fuese la de Robert Browning.

Incrédulo frente a las nuevas tecnologías, Robert Browning asumió el reto. Recitó de memoria unos versos su poema: Cómo llevaron las buenas noticias de Ghent a Aix (How They Brought the Good News from Ghent to Aix), sustituyendo algunas palabras que había olvidado.

Tres meses después de aquel banquete, el 12 de diciembre de 1889, Robert Browning murió en la ciudad de Venecia. Su cuerpo fue trasladado a Inglaterra y fue inhumado en el rincón de los poetas de la Catedral de Westminster, donde todavía se encuentra junto al nicho de Alfred Tennyson.

En 1890, durante el primera aniversario de la muerte de Robert Browning, se realizó un pequeño homenaje entre sus allegados. El sitio elegido fue, nuevamente, la casa de Rudolf Lehmann.

Allí, entre recuerdos y anécdotas de dudosa procedencia, se volvió a encender el fonógrafo para escuchar aquella grabación del poema realizada por Robert Browning. Históricamente hablando, fue la primera vez en la que se volvió a oír la voz de una persona muerta.

Esta psicofonía tramposa, por llamarla de alguna manera, aún existe:

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José Francisco
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por Alentian el Jue Oct 02 2014, 09:34

La cueva Burrows

La historia secreta es la que ha sido ocultada por parte de gobiernos y algunos arqueólogos que tratan de encubrir hallazgos, así, como desprestigiar incómodos descubrimientos que por alguna extraña razón no quieren que sean revelados a la humanidad.

La cueva Burrows es uno de los casos mejor ocultados y desprestigiados, por lo que en estos momentos muy pocos investigadores tienen algún conocimiento de esta cueva Burrows descubierta en 1982 por Russel Eugene Burrows, en Olney, estado de Illinois de los Estados Unidos. Un periódico local el Olney Daily difundia el hallazgo el 27 de Julio de 1984, con un articulo más bien desinformativo que con la intención de hacer publico el hallazgo.



Según cuenta Burrows la entrada de la cueva era bastante pequeña y se encontraba en un lugar de muy difícil acceso, pero una vez logrado acceder te encontrabas con una gran expansión en el interior con 12 criptas principales y muchos secretos ocultados y que por supuesto, siguen siendo ocultados, por algún motivo que se desconoce.
Según asegura Russel el interior de la cueva Burrows era semejante a una tumba egipcia de un Rey, en el que también se encontraba en una de las criptas una mujer con dos hijos por lo que al parecer debían de pertenecer a la misma familia del Rey egipcio. Por lo que pudo apreciar se encuentra una historia secreta jamás contada junto con grandes cantidades de oro, cuyas piezas presentas inscripciones, también muchas piedras de diferentes tamaños con inscripciones de las mismas características en diferentes lenguas antiguas europeas, egipcias, hebreas, sumerias y algunas desconocidas... Dibujos desconcertantes en el que aparecen símbolos egipcios, sumerios y se puede apreciar lo que podría ser la legendaria Atlántida. También se pueden apreciar otros dibujos igual de desconcertantes en los que aparecen aliens, seres reptilianos, caballos(fueron transportados a las Americas por Colom, pero parece que corrieron por aquellas tierras tiempo anteriores, según los dibujos), elefantes, serpientes, esfinges, un mapa del río missisipi en lo que parecía ser antes del diluvio Universal, demonios e incluso a Jesucristo predicando a los indigenas americanos. Russel Eugene Burrows explico todo en su libro publicado en 1992, "The Mystery Cave of Many Faces", el cual fue traducido por Fred Rydhol.



Todas las autoridades oficiales y de arqueología hicieron todo lo que estuvo en su mano para no permitir que el hallazgo trascendiera. Empezando por una ley de Illinois que no permitía el acceso al lugar por pertenecer a una propiedad privada.
La cantidad de objetos hallados en el interior de la cueva fue enorme, casi 4000 de los cuales solo quedaron 355 piezas, pues todas las demás fueron desapareciendo de una forma misteriosa.
Se oculto todo el hallazgo de forma implacable por parte de las autoridades, al igual que a podido ocurrir en diferentes descubrimientos como Göblekli Tepe, la cueva de los Tayos en Ecuador, Arkaim en Los Urales y otros lugares donde se encuentran puertas dimensionales o pirámides con Ooparts que ponen en serio compromiso a toda la historia y arqueologia oficial difundida en el último siglo y medio.

El autor del hallazgo Russel, denunció la conspiración y la ocultación de la información al parecer trascendental para comprender la historia de la humanidad. Añadió que otras cinco cuevas que no han sido exploradas se encuentran en las cercanías de la cueva Burrows. Con la frustración y el cansancio de tanta desacreditación, Russel se decidió por la acción de dinamitar la entrada y olvidar todo lo descubierto en su interior.



Parece que se inventaron mentiras, entre otros muchos chismes para desacreditar a Russel, según Philip Coppens un investigador de este caso, cuenta que a él, Russel le pareció un hombre de honor. Además también añadió una gran verdad y es que nadie se ha conseguido forrar con un descubrimiento de estas características. No parece muy corriente que alguien pierda el tiempo tallando piedras con inscripciones, dibujos y símbolos extraños como las de las Piedras de Ica y Acámbaro, las que son como una fotocopia bastante parecida al hallazgo en la cueva Burrows.
Otro articulo que se suma a la larga lista de descubrimientos desacreditados por autoridades, entre otras organizaciones, para ocultar la historia secreta de la que se tiene constancia pero no se atreven a contar o no interesa que sea contada, ¿por qué?...

http://enigmasmisterio.blogspot.com/2012/11/historia-secreta-cueva-burrows.html

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Oct 03 2014, 10:59

Eben Alexander: "La vida tras la muerte existe y la ciencia debe tomarlo en serio"


El neurocirujano señala que el más allá se parece a esto.

Lo ha vuelto a hacer. Después de convertir su libro La prueba del cielo (Planeta) en uno de los grandes éxitos editoriales de los últimos dos años y conseguir que fuese adaptado a la gran pantalla en una película protagonizada por Greg Kinnear, el neurocirujano Eben Alexander vuelve a abordar su tema preferido, la vida después de la muerte. Y si consigue ser al menos la mitad de exitosa que su anterior entrega, que encabezó el top del New York Times durante cuatro semanas, a buen seguro que le servirá al menos para tener una lujosa vida antes de su muerte.

Con el título de El mapa del cielo: cómo la ciencia, la religión y la gente común están demostrando el más allá, la nueva obra del cirujano de Harvard va un paso más allá y se propone dar voz a todos aquellos que, como él, vivieron una ECM (experiencia a cercana a la muerte), aderezadas con la explicación que algunos científicos intentan dar a tales episodios. Si en su aclamada obra Alexander explicaba cómo, durante la semana que estuvo en coma, visitó otra realidad patentemente real, en esta ocasión son los demás los que cuentan sus propias historias.




Aunque el libro no ha sido aún publicado, la revista Time ha publicado un adelanto en el que queda meridianamente claro el objetivo del doctor, que no es otro que denunciar que la ciencia apenas está teniendo en cuenta estas experiencias, salvo por “un pequeño pero selecto grupo de científicos, que ha decidido tomárselas de manera seria”. Las cualidades de estos son la capacidad de “ponderar, con la combinación de un fuerte rigor intelectual y una apertura de mente vigorosa y empírica que exige toda la buena ciencia”, averiguar qué significan las ECM.

Trascendencia en la era de la razón

Para Alexander, el debate que tiene lugar en la sociedad está planteado en términos incorrectos. Este suele enunciarse como una lucha entre la religión y la ciencia, en la cual toda defensa de la vida después de la muerte pertenecería a la primera y sería rechazada categóricamente por la segunda. ¿Por qué no estudiar estos casos de la misma manera que cualquier otro objeto de estudio científico, y sin dejar que la superstición enfangue el camino? El cirujano recurre a una cita del físico alemán Werner Heisenberg para defender la pertinencia de dicho enfoque: “Los conceptos científicos existentes cubren siempre tan sólo una parte muy limitada la realidad, y todo aquello que aún no ha sido entendido es infinito”. Es el caso de las ECM.

Por el momento, el debate se encuentra en el terreno de la ideología. En concreto, en la impuesta por “aquellos que ‘saben’ que tienen razón, y que están determinados simplemente a rechazar, o a abroncar a sus oponentes” (adivinen a quiénes se está refiriendo Alexander). Para el neurocirujano, debajo de este debate “que no lleva a ninguna parte”, se encuentra otra discusión fascinante, que ha sido posible gracias a todos los que han vivido alguna experiencia después de la muerte, paradigmas del cambio en la ciencia que pronto se producirá si se les escucha. “Cuando una persona que ha estado clínicamente muerta vuelve a la vida y describe a los demás su viaje a otros mundos mayores, necesitamos escuchar lo que esa persona tiene que decir y preguntarnos no si suena estúpido o no (los descubrimientos verdaderamente nuevos siempre lo hacen), sino si puede haber algo de verdad en ello”, defiende Alexander.



Pero esta lucha no se produce únicamente entre la razón y la fe, sino también, dentro de nosotros mismos. Alexander utiliza el ejemplo de una viuda que, recién fallecido su marido, no puede creer que el ser humano que tanto amó haya desaparecido sin dejar rastro: lo sabe, tiene el sentimiento de que hay un mundo más allá de lo físico, según los términos del neurocirujano. Sin embargo, en otros momentos, la duda le atenaza y la parte científica comienza a tomar el control. “Sí, ella amaba a su esposo”, explica. “Pero el amor es una emoción, una experiencia subjetiva generada por los procesos electroquímicos de nuestros cerebros, y las hormonas y otros químicos”. En consecuencia, nosotros mismos llegamos a la conclusión de que el amor no es real, y de que el vínculo entre dos almas es “una fantasía”. En definitiva, “no es ciencia”. Y por eso descartamos cualquier posibilidad de que pueda haber vida ultraterrena.

La nueva era de la exploración

De igual manera que Europa vivió la gran era de los descubrimientos entre el siglo XV y el XVII, podemos estar a punto de entrar en una época semejante, siempre y cuando no desconfiemos de esos intrépidos aventureros del más allá, explica Alexander. “Los nuevos descubrimientos serán impactantes, pero también profundamente confortables y sanadores”, explica en dicho adelanto. “Lo sé porque he estado en el límite de ese nuevo mundo y he vuelto. Sé que el amor, la belleza y el bien son reales, y que el alma también es real”. El problema a la hora de creer estas historias, señala el cirujano, es que las vivencias no son vagas ni abstractas, sino tan reales como “la lluvia, la madera, la piedra o la barra de mantequilla de tu desayuno”. En definitiva, “tan ‘teóricas’ como una caja de pollo frito”.

La viuda sabrá que la verdadera persona, que el ser espiritual cuyos ojos ha mirado durante tanto tiempo, sigue viviendo¿Cómo es el otro mundo que vio Alexander en la semana que pasó en coma? Aunque reconozca que pueda sonar “loco”, hay “árboles y flores”, así como “campos y animales”. También hay “agua en abundancia” que fluye en ríos y desciende en forma de lluvia, donde los peces pueden nadar. “Peces no matemáticos, sino reales”. Los objetos pueden parecer tan terrenos como los que vemos en nuestra vida diaria, pero “están más cerca de la fuente, del verdadero centro de nuestro cosmos espiritual/material”. Un más allá que se parece sospechosamente a Minecraft o al fondo de escritorio de Windows.

Por encima de todo, recuerda Alexander, se encuentra el amor. “Nada está alienado, nada está abandonado, y a nadie se les permite la desesperación”, explica. Una vez que comprendamos todo ello, recuerda, los problemas del mundo real como la contaminación, el odio o la sobrepoblación seguirán existiendo, pero serán vistos desde un nuevo prisma, mucho más consolador. Cuando la viuda anteriormente citada piense en su marido, sabrá “con esa certeza que deja de lado todos los argumentos escuálidos y vitriólicos de nuestro actual momento, que la verdadera persona, que el ser espiritual cuyos ojos ha mirado durante tanto tiempo, sigue viviendo”. Un consuelo cercano al que durante siglos ha postulado el cristianismo, sólo que con un delgado barniz científico


http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-10-03/eben-alexander-la-vida-tras-la-muerte-existe-y-la-ciencia-debe-tomarlo-en-serio_223849/

José Francisco
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Oct 09 2014, 23:13

LA CONCIENCIA HUMANA CONTINÚA TRAS FALLECER
Hay vida después de la muerte, afirma el estudio más grande sobre las ECM




AAUn estudio elaborado por científicos de la Universidad de Southampton ha puesto en evidencia que la conciencia humana puede continuar varios minutos después de la muerte clínica. Gracias a este trabajo, bautizado como AWARE (AWareness during REsuscitation), la ciencia podría comenzar a dar una explicación empírica a la eterna creencia sobre si hay vida después de la muerte.  

Tras cuatro años de investigación en 15 hospitales de Reino Unido, Estados Unidos y Austria, los científicos pudieron observar que “de 2.060 pacientes que sufrieron un paro cardiaco, 330 sobrevivieron y 140 dijeron que habían experimentado algún tipo de conciencia mientras eran reanimados”.

Así, los investigadores parecen haber puesto fin al eterno debate sobre si existe vida después de la muerte, o al menos haber realizado un importante avance para entender el comportamiento de la conciencia humana una vez deja de funcionar el cerebro.  

Los resultados de la investigación, publicados en la revista Resuscitation, plantean que el 46% de los casos de los pacientes que sobrevivieron recuerdan haber tenido una “especie de conciencia” durante esos minutos en los que se establecieron clínicamente muertos justo antes de ser reanimados.

Según el doctor Sam Parnia, director del estudio, se trata de uno de los estudios más importantes para la ciencia porque demuestra que el cerebro puede funcionar cuando el corazón deja de latir. De hecho, en los casos analizados “la conciencia parece haber continuado durante el período en que el corazón no latía hasta tres minutos, a pesar de que el cerebro normalmente se cierra el plazo de 20-30 segundos después de que el corazón se ha detenido".

¿Qué sentimos después de la muerte?

Como se explica en el estudio, parece que la “luz del final del túnel”, al menos durante los primeros minutos, se parece bastante a la propia habitación del hospital (o último escenario que rodea a los pacientes en el momento de su muerte).

Destacan también otros de los casos estudiados, como el de una de las pacientes de 57 años que, tras declararse “muerta” durante alrededor de tres minutos, fue capaz de recordar al volver a la vida lo que había hecho el personal de enfermería o el sonido de las máquinas durante su “ausencia”.

Y es que entre las declaraciones de los pacientes que sufrieron un paro cardíaco y “resucitaron”, muchos de ellos declararon haber escuchado el sonido de la maquinaria o las voces del personal médico.

Algo más místico es el caso de uno de los pacientes varones quien “incluso se recordó a si mismo dejando su cuerpo completamente y vio su reanimación desde la esquina de la habitación”. Claro que no fue el único, de hecho, alrededor de un 13% de los examinados aseguraron haberse sentido “separados de sus cuerpos”.

Algunos pacientes declararon haberse visto a sí mismos durante su muerteEntre las declaraciones de los pacientes que sobrevivieron tras un paro cardíaco que conservaron recuerdos de lo que ocurrió durante esos minutos, se han establecido varias sensaciones comunes a la mayoría de los pacientes como:

■Miedo
■Visiones de una luz brillante
■Sensaciones violentas de ahogo o ser arrastrados por las aguas profundas
■Persecución
■Déjà vu
■Recreación de imágenes y recuerdos de la familia
En opinión del doctor Parnia, estos recuerdos serían más comunes de no ser por el uso de determinados fármacos y sedantes que podrían alterar la percepción y consciencia de los pacientes e impedir su capacidad de recordar lo acontecido durante el paro cardíaco.

Todo un avance que aporta nuevos y relevantes datos para ampliar la investigación científica sobre qué ocurre después de la muerte.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-10-09/hay-vida-despues-de-la-muerte-afirma-el-estudio-mas-grande-sobre-las-ecm_230004/

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Lun Nov 10 2014, 19:56

Significado de soñar con ser perseguido




Significado de soñar con ser perseguido.



Los sueños de persecución conforman un tópico habitual del material onírico. Se caracterizan por provocar una dosis inusual de ansiedad que se dispersa dificultosamente en la vigilia.

Estadísticamente hablando, las mujeres son más propensas a soñar que algo o alguien las persigue. Desde luego, esta clase de sueños solo puede ser analizada de forma general tomando algunas precauciones. Entre ellas, dejando de lado a las personas que objetivamente han sufrido algún tipo de agresión física. En estos casos la explicación puede ser mucho más fácil de identificar.

El instinto de huida se dispara únicamente frente a una amenaza. En los sueños se reproduce la misma mecánica. Su escenario principal es protagonizado por el soñador, quien es perseguido por un atacante, que puede ser un animal, un monstruo o una figura desconocida.

Frente a este atacante, huimos; y las decisiones que tomamos durante la persecusión, buscando evadir a nuestro agresor, son paralelas a la situación de la vida real que generó el sueño.

El instinto de huida puede ser muy útil en muchas circunstancias, pero difícilmente lo es cuando debemos confrontar algo que nos aterra en la vida real.

Los sueños de persecución intentan liberar la presión que siente el soñador frente a un hecho objetivo que desea evitar.

A menudo el perseguidor de estos sueños, en especial cuando no podemos identificarlo claramente, no es otro que el propio soñador, es decir, una faceta suya que encarna uno o varios sentimientos y emociones que deseamos dejar atrás, o bien que no nos alcancen, por ejemplo, ira, celos, miedo, e incluso amor.

Todos ellos pueden manifestarse como la figura indefinible que nos persigue en sueños.

Por eso es tan raro que estos sueños concluyan con un enfrentamiento concreto con el perseguidor. A pesar de los muchos intentos que se han hecho en el campo de la investigación de los sueños lúcidos, es una verdadera rareza que el soñador deje de huir, se de vuelta y confronte a su perseguidor preguntándole qué quiere de él.

Pero no todos los sueños de persecución funcionan de este modo, en algunos casos es el propio soñador quien persigue a algo o alguien sin saber muy bien por qué.

En estos casos existe una forma relativamente sencilla de descifrar la identidad de aquello que perseguimos.

Si nuestra "presa" se aleja cada vez más, sin importar cuán rápido corramos tras ella, indica que el suceso o preocupación que provocó el sueño comienza a desaparecer.

La vieja escuela de la psicología tiende a explicar que los sueños de persecución ocurren cuando el sujeto es incapaz de enfrentar ciertos aspectos de su vida.

Ignorados, estos aspectos se manifiestan inconscientemente en el sueño empleando una especie de resorte atávico, instintivo, que libera las tensiones acumuladas.

En general, todas las personas que sueñan con ser perseguidas conocen la identidad del perseguidor, aún cuando no puedan verlo directamente.

En estos casos existe un fuerte sentimiento de culpa, es decir, de ser culpable de algo por lo cual somos perseguidos. La identidad del perseguidor puede identificarse analizando esta sensación de culpa.

Naturalmente, esta sensación de "culpabilidad" puede continuar indefinidamente hasta que el asunto que la provocó se resuelva. Tal vez por eso los sueños de persecusión son los que más fácilmente se convierten en sueños recurrentes.

Una forma sencilla de identificar a nuestro perseguidor onírico es trasladando sus características a la vida real.

Si soñamos que nos persigue un animal salvaje, por ejemplo, un lobo, debemos "traducir" ese símbolo hasta encontrar un figura que pueda representarla en el contexto de nuestra vida.

¿Qué puede representar un lobo? En principio, alguien más poderoso que nosotros, alguien más fuerte, con más autoridad. La misma mecánica puede seguirse para identificar a cualquier agresor onírico, incluso cuando tenga un rostro peligrosamente similar al nuestro.


Exploring the World of Lucid Dreaming, Stephen LaBerge y Howard Rheingold.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Lun Nov 17 2014, 14:34

Samael: el demonio que fue amante de Eva y padre de Caín.





Extrañamente, Samael no es mencionado jamás en los textos canónicos, por lo tanto es difícil encontrarlo en los índices doctrinales bíblicos o en las enciclopedias.

No obstante esta particularidad, Samael fue notablemente célebre en los grimorios y libros prohibidos de la Edad Media, y también entre los heterodoxos: talmudistas, apocalípticos, gnósticos, rabinos jasídicos y comentaristas del Tarot y de la Cábala.

Todos ellos se han ocupado de Samael, convirtiéndolo en protagonista de acontecimientos tan remotos como fascinantes.

Es realmente difícil descifrar si Samael es un ángel o un demonio. La tradición hebrea lo llama Ángel de la Fuerza, y lo posiciona como el caudillo del Quinto Cielo, conocido como Machon.

En ese contexto, Samael es uno de los siete regentes del mundo, cuya corte está integrada por millones de ángeles menores.

En un pasaje del Tamud (Yalkut, I, 110) se dice que Samael es de hecho el ángel guardián de Esaú; y que él mismo es un arcángel de Dios.

En los Manuscritos de Nag Hammadi, fechados en el siglo IV d. C., Samael es el tercer nombre del demiurgo, acompañado por Yaldabaoth y Saklas. Tal vez por eso su nombre puede traducirse literalmente como "severidad de Dios".

Samael fue también una especie de consorte de Lilith, la madre de los vampiros, a quién ayudó en su faena de conservar el amor de Adán convirtiéndose en amante de la insulsa Eva.

Sin la intervención directa de Samael, el drama del Edén, representado en aquel árbol del conocimiento y una manzana apócrifa, nunca hubiese ocurrido.

Tras la separación de Adán y Eva, en el mismo instante en que Lilith consolaba ardorosamente al hombre promordial, Samael se acercó a Eva, la madre del género humano; y con ella engendró en ella nada menos que a Caín, fundador de la estirpe de los réprobos.

Otras versiones aseguran que Samael fue el marido de Iser, también conocida como Zemunín, aquella afable protectora de las cortesanas, a las que ayudaba a salir de su condición siempre que realmente lo desearan.

Tal vez una de las aventuras más interesantes atribuídas a Samael es aquell que lo relaciona con el Diluvio universal, tanto en la epopeya original de Gilgamesh como en la réplica que transmite el Génesis.

Algunas crónicas sostienen que Samael de hecho consiguió introducirse como polizón en el Arca. Allí mantuvo relaciones clandestinas con una de las piadosas pero ardientes nueras de Noé, transgrediendo la prohibición de fornicar que había establecido el Patriarca para todas las parejas de la nave mientras durase la cólera de Dios.

No solo Samael y aquella nuera de Noé se entregaron al placer; el perro y el cuervo los secundaron, lo que los condenó a ser expulsados del recinto de los elegidos.

Samael eludió hábilmente la condena al abandonar el Arca tal como había ingresado en ella, clandestinamente, afrontando las aguas sin ningún temor, ya que su vida y su cuerpo ocupaban apenas el espacio de una gota de miel.

http://elespejogotico.blogspot.com.es/2007/10/samael-el-amante-de-eva.html

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Lun Dic 08 2014, 10:34

Dakota, el edificio maldito donde mataron a Lennon

Arancha Moreno
El lugar ha sido escenario de rituales de magia negra, rodajes satánicos y el asesinato de John Lennon. Allí se vende ahora la casa en la que murió Lauren Bacall.



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Dakota, el edificio maldito donde mataron a Lennon
Arancha Moreno
El lugar ha sido escenario de rituales de magia negra, rodajes satánicos y el asesinato de John Lennon. Allí se vende ahora la casa en la que murió Lauren Bacall.

Todavía había coches de caballos en Nueva York cuando se construyó el legendario edificio Dakota, en 1884 en Manhattan. Un gigantesco bloque de apartamentos en la calle 72 con Central Park, plagado de celebridades, historias negras, y alguna que otra leyenda. El lugar a cuyas puertas tirotearon al mismísimo John Lennon en 1980 es fuente de inagotables historias, y cada cierto tiempo asoma a las páginas de los periódicos por alguna noticia que hace detenerse en la historia de tan misterioso edificio.
En él han vivido muchas leyendas del espectáculo, entre ellas el compositor Bob Crewe -autor de aquel 'Can't take my eyes off you'-, la cantante Roberta Flack, la actriz Judy Garland o el director de orquesta Leonard Bernstein. Algunos de sus ilustres inquilinos también han muerto dentro de sus casas, como le ocurrió el pasado agosto a la legendaria actriz Lauren Bacall, que compró la casa en 1961, cuatro años después de la muerte de su marido, Humphrey Bogart. Entre las nueve estancias de sus 370 metros cuadrados pasó medio siglo una de las mujeres más admiradas de Hollywood. En todo ese tiempo, la casa se ha revalorizado significativamente: ella lo adquirió por 48.000 dólares, y ahora sus herederos lo venden por 21 millones de euros, según publica Daily News. Como se puede ver en las fotografías de la vivienda, conserva los detalles originales de la casa, estructuras de madera y antiguas chimeneas en perfecto estado.



A pesar de lo atractivo que pueda parecer alojarse en las mismas habitaciones que lo hizo la diva de Hollywood, no todo es igual de idílico en este edificio. Varios de sus residentes realizaron oscuras prácticas en sus casas, entre ellos Aleister Crowley, uno de los magos negros más famosos del siglo XX, que al parecer hizo allí varios rituales de magia negra. Otro mago, Gerald Brosseau Gardner, desarrolló en el Dakota el inicio de la hechicería Wicca, y el actor que dio vida a Frankestein, Boris Karloff, solía convocar sesiones para invocar a los muertos. Precisamente, Karloff es protagonista de una de las leyendas del lugar, ya que se dice que su espíritu quedó atrapado en el Dakota y algunos de sus vecinos aseguran haberle visto vagar por los pasillos.
La semilla del diablo
No se sabe si fue la imponente fachada renacentista del edificio o la leyenda negra que empezaba a circular sobre él, pero el caso es que el cineasta Roman Polanski decidió escoger el Dakota como escenario para una de sus películas más polémicas, 'Rosemary's baby' (La semilla del diablo). El rodaje se llevó a cabo en 1968 y estuvo gafado desde el principio. Se dice que su protagonista, Mia Farrow, mostraba un aspecto muy desmejorado por las palizas que le propinaba su marido por aquel entonces, Frank Sinatra, y que tuvo una crisis nerviosa durante la grabación. El productor William Castle sufrió un fallo renal grave durante la filmación, y mientras estaba hospitalizado, entre delirios, llegó a gritar: “¡Por el amor de Dios, Rosemary, suelta el cuchillo!”. La película fue el último trabajo para el músico habitual de Polanski, Krystof Komeda, que falleció a causa de un coágulo cerebral.
El propio tema que trataba la película, la práctica del satanisimo entre las personas de la elite estadounidense y el advenimiento de un hijo del diablo, derivó en uno de los sucesos más dramáticos de la historia estadounidense. Durante el rodaje hubo protestas continuas de grupos satánicos que amenazaron a Polanski y trataron de prohibir que se grabase la cinta, entre ellos el mismísimo Charles Manson. No lo consiguieron, pero uno de esos grupos originó poco después una horrible matanza. Al año siguiente, Manson encabezó a una banda llamada 'La familia', que irrumpió en la casa del cineasta y asesinó salvajemente a su esposa, la actriz Sharon Tate, embarazada de 8 meses, y a varios de los invitados de la casa. Entre los posibles móviles que pudieron propiciar aquella matanza, aparecía la polémica película.



Asesinato de Lennon
Pero los sucesos alrededor del Dakota no acaban ahí. El 8 de diciembre de 1980, John Lennon regresaba a casa con su mujer, Yoko Ono, después de grabar en el Record Plant Studio. Se detuvo ante la puerta del imponente edificio y bajó del coche para solicitar que le abriesen las puertas. En aquel momento, un fan desequilibrado llamado Mark David Chapman disparó hasta cinco veces al exBeatle, hiriéndole de muerte. Cuatro de las balas alcanzaron al autor de Imagine, dos de ellas en la espalda y dos en el hombro izquierdo. Al parecer Lennon logró subir cinco peldaños hacia el área de seguridad, dijo "me dispararon" y se desplomó delante de la puerta del Dakota. El músico fue trasladado rápidamente al St. Luke's-Roosevelt Hospital Center, pero allí sólo pudieron certificar su muerte, que pudo ocurrir a los pocos minutos de sufrir los disparos.
El músico murió a las puertas del Dakota, a manos de uno de sus propios seguidores a quien sólo unas horas antes había firmado un autógrafo en el mismo lugar, cuando salía de casa. A pesar de vivir la trágica escena y la dolorosa pérdida de su marido, su esposa Yoko Ono sigue viviendo en la casa que ambos compartían en el mismo edificio, y cruzando una y otra vez la puerta donde el músico dio sus últimos pasos.



Legendario y elitista
Al Dakota también llegó hace poco el actor Alec Baldwin, que debió pasar el estricto casting financiero que realizan los propietarios del edificio. A pesar de lo costoso que es hacerse con una de sus viviendas, para lograrlo no basta con tener el dinero, como bien saben Antonio Banderas y Melanie Griffith. Hace justo diez años, la pareja trató de comprar una de las casas, pero el consejo del Dakota les negó la entrada.
La pareja trató de comprarle la casa al cineasta Albert Maysles, considerado uno de los maestros del cine documental estadounidense. "El consejo de propietarios rechazó a Tony Banderas y Melanie Griffith, la gente más dulce que hayas podido conocer", lamentó entonces Maylses en The New York Times. El director de cine no supo explicar por qué, pero la razón podría esconderse en la denuncia que realizó hace tres años otro de los residentes del Dakota, el inversor de Wall Street Alphonse Fletcher. En 2011 denunció a sus propios vecinos después de que le negasen la posibilidad de comprar un segundo apartamento alegando que no era solvente, aunque demostró tener al menos 80 millones de dólares. Fletcher, hombre de color y miembro durante tres años del consejo del edificio, denunció que el resto de sus compañeros tomaban decisiones racistas, y que cuando se planteó que Banderas fuese propietario bromearon con la idea de que el actor "quería estar en el primer piso para poder tener acceso a su camello desde la ventana".
Según Fletcher, no son los únicos casos de racismo que se han producido entre sus propietarios, ya que a la cantante negra Roberta Flack no le permitieron arreglar su bañera y la obligaban a coger el ascensor de servicio cuando bajaba a pasear a su perro, cosa que no hacían con los inquilinos blancos, que usaban tranquilamente el ascensor principal. Pero a pesar de los extraños capítulos con sus vecinos y todos los sucesos que rodean al edificio, el Dakota sigue siendo uno de los sitios más cotizados y codiciados para vivir en Manhattan.



http://gaceta.es/reportajes/dakota-edificio-maldito-05122014-1524

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Mar Dic 09 2014, 14:40


"El muerto viviente": Robert Bloch; vampiros en la Segunda Guerra Mundia



El muerto viviente (The Living Dead) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado originalmente en la edición de abril de 1967 de la revista Ellery Queen's Mystery bajo el título: Subterráneo (Underground).

El muerto viviente es un relato de vampiros bastante singular, hasta se podría decir que es único dentro del género.

Robert Bloch nos ubica en plena Segunda Guerra Mundial, escenario óptimo para que los abominables apetitos de los vampiros se confundan con la barbarie generalizada. Allí, un actor parisino que se desarrolla en movimientos culturales más bien subterráneos resuelve interpretar a un vampiro para colaborar con la causa nacional.

Así como Quentin Tarantino resuelve que uno de los miembros de su compañía de avanzada en la película Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds) interprete una especie de leyenda urbana, el Oso Judío (Bear Jew), con el propósito de atemorizar a sus enemigos, Robert Bloch se anticipa a esta tendencia en El muerto viviente a través de aquel actor parisino que interpreta el rol de un vampiro para estimular el carácter supersticioso de sus adversarios.

Naturalmente, aún las personas probadamente supersticiosas son capaces de perseguir y cazar a un vampiro, sea o no producto de una brillante interpretación teatral.






El muerto viviente.
The Living Dead, Robert Bloch (1917-1994)

Había descansado durante todo el día, mientras abajo, en la villa, tronaban las armas. Entonces, cuando comenzaban a cernirse las sombras oblicuas de la noche y los ecos del combate se atenuaban hasta casi desaparecer, supo que había llegado la hora. El avance americano concluyó con el cruce del río. Los ocupantes tendrían que retirarse y él seguiría a salvo.

En las ruinas del castillo que se alzaba sobre la villa, en la colina rodeada de bosque, el Conde Barsac salió de la cripta.

El Conde era alto y delgado, cadavéricamente delgado, apropiadamente delgado... Su cara y sus manos tenían la palidez de la cera; su cabello era negro, pero no tanto como sus ojos y las cuencas que los rodeaban. Su capa era también negra y sólo el rojo de sus labios ponía un toque de color en su figura cuando esbozaba una sonrisa.

Ahora sonreía, precisamente porque había llegado el crepúsculo, la hora de iniciar su juego.

El nombre de ese juego era Muerte. Un juego que el Conde había practicado en numerosas ocasiones.

Había actuado en el Grand Guignol de París bajo el nombre de Eric Karon, obteniendo cierta reputación por sus interpretaciones de papeles bizarros. Cuando estalló la guerra vio llegada la gran oportunidad de poner en práctica su juego favorito.

Desde mucho antes de que los alemanes tomaran París había trabajado en ello, también en las sombras, para deleitarse en la interpretación de sus papeles. Como actor era impagable.

Se disponía a representar su último papel, pero no en el escenario, sino en la vida real. Un papel sin el artificio de las luces, sino en la más cierta oscuridad, para convertir en realidad el sueño del actor. Ya tenía donde llevarlo a cabo.

–Es muy sencillo –había dicho a sus superiores alemanes–. El castillo de Barsac está deshabitado desde la Revolución y los campesinos de la región apenas se atreven a acercarse siquiera de día, por esa leyenda, óiganlo bien, según la cual el último Conde de Barsac era un vampiro.

Así que todo estaba previsto. Habían instalado el transmisor de onda corta en la cripta del castillo en ruinas, atendido por tres operadores. El Conde Barsac, al mando real de las operaciones que allí se verificaban, era su ángel guardián. O, más bien, su demonio guardián.

–Hay un cementerio en las faldas de la colina –les dijo–. Un lugar para el descanso eterno de estas pobres gentes ignorantes. En ese cementerio hay una cripta, en la que reposan los restos de los antiguos Barsac. Debemos abrir la cripta, abrir igualmente el ataúd del último Conde, y mostrar a esas gentes ignorantes que está vacío. Así nos aseguraremos de que ninguno de ellos se atreva a acercarse ni al cementerio ni al castillo, pues eso probará que la leyenda es cierta. Creerán que el Conde Barsac es un vampiro y vaga por ahí una vez más.

–¿Y qué ocurrirá si son escépticos, si hay entre ellos alguien que no crea en esas cosas? –le preguntaron.

Tuvo rápida la respuesta:

–Lo creerán firmemente... Yo soy el Conde Barsac y saldré a demostrárselo.

Después de que lo vieran maquillado y con su capa, como dispuesto a salir a la escena, no hubo más preguntas. El papel era suyo.

El papel era suyo y estaba dispuesto a representarlo bien. El Conde asentía complacido de sí mismo mientras subía las escaleras del castillo, en cuya techumbre las telarañas velaban el radiante fulgor de la luna.

Pero estaba a punto de bajarse el telón. Si el avance americano barría las defensas de la villa que se extendía bajo el castillo, habría que rendirse a la evidencia y buscar una buena salida. Todo tenía que estar previsto, bien organizado.

Durante la retirada alemana se le habían encontrado otros usos al cementerio. Las obras de arte robadas por el mariscal Goering hallaron allí buen refugio, sobre todo en la cripta. Un camión aguardaba en el castillo para trasladarlas. Los tres operadores del transmisor de onda corta se encargarían también de cargar los objets d'art en el camión cuando llegara el momento de huir a la carrera, bajando hasta las faldas de la colina donde estaba el cementerio.

Cuando el Conde llegó allí todo había sido perfectamente embalado. Los operarios tenían uniformes americanos robados y tarjetas de identificación falsificadas, con todo lo cual esperaban atravesar las líneas del enemigo junto al río y reunirse con las tropas alemanas en retirada en un lugar previamente convenido. Nada podía dejarse a la improvisación. Cuando el Conde, algún día, escribiera sus memorias...

Pero no era el caso pensar en ello ahora. El Conde alzó la vista para mirar a través de uno de los agujeros que presentaba la techumbre. La luna era llena. Había que salir.

Detestaba hacerlo de aquella manera. Donde otros no veían más que polvo y telarañas, él veía un escenario, el lugar donde llevar a cabo sus más grandes interpretaciones. Hacer el papel de vampiro no le había convertido en un adicto a la sangre, si bien, como actor, disfrutaba profundamente del sabor del éxito. Y aquí triunfaba.

La despedida es un dulce dolor.

Eso lo escribió Shakespeare. Shakespeare escribió sobre fantasmas, sobre brujas, sobre apariciones sangrientas. Shakespeare sabía que su público, una masa estúpida, creía en esas cosas, igual que aún se cree hoy día en todo ello. Un gran actor sabe cómo hacer que su público crea en su papel.

El Conde iba a través de la penumbra hacia las puertas del castillo. Veía ya el sendero flanqueado por los grandes árboles que parecían saludarle con una leve inclinación.

Había sido allí, entre los árboles, donde había abordado a Raymond por la noche, unas semanas atrás. Raymond era su espectador favorito, un hombre respetable, de blanca cabellera, inteligente; el alcalde de la villa de Barsac. Pero nada de eso lo adornó aquella noche, nada de su dignidad mantuvo aquella noche cuando se le apareció el Conde, pues gritó aterrorizado como una mujer y salió corriendo.

Probablemente, Raymond andaba por allí espiando, pero se olvidó de todo cuando el Conde le salió al paso entre los árboles. El alcalde era uno de los que había dado pábulo a los rumores según los cuales el Conde había vuelto a las andadas. Junto a Clodez, el estúpido molinero, había organizado una banda que asaltó el cementerio para profanar la tumba de Barsac. ¡Vaya susto el suyo cuando descubrieron que el ataúd del Conde estaba vacío!

En el ataúd no había más que polvo, pero nada más supieron. No supieron tampoco qué le había sucedido a Suzanne.

El Conde iba ahora por la orilla del arroyo. Aquí, otra noche, se encontró con la muchacha, la hija de Raymond, que amaba al joven Antoine LeFevre. Antoine se había librado del alistamiento en el ejército a causa de la invalidez de una de sus piernas, pero no obstante corrió como un gamo en cuanto vio al Conde embozado en su capa. Suzanne, para su desgracia, no pudo seguirle a igual velocidad. Su cuerpo quedó enterrado en el bosque, bajo un montón de piedras, sin que pudieran descubrirlo. Fue un incidente lamentable y doloroso.

Aquello, a fin de cuentas, sirvió para que todos en el pueblo cobraran conciencia de lo que ocurría. El tonto y supersticioso Raymond estaba ya plenamente convencido de que el vampiro andaba suelto. Él mismo había visto a la desalmada criatura; él mismo, al igual que quienes lo acompañaron, vio su ataúd vacío... Y hasta su propia hija había desaparecido. Como no la encontró ni en el cementerio ni en el bosque, espiaba en los alrededores del castillo.

¡Pobre Raymond! Nunca más volvería a ser alcalde de su villa, pues poco después quedaba reducida a cenizas por un bombardeo. Echó la culpa, como un pobre hombre destrozado y con la razón perdida, al muerto viviente.

El Conde sonreía al recordar todo aquello, mientras caminaba, aleteada su capa por la brisa, proyectando sobre el suelo la sombra de un gran murciélago. Ya veía el cementerio, ya veía las tumbas que bajo la luz de la luna parecían los dedos podridos de un leproso moviéndose.

Dejó de sonreír. No le gustaba tener esos pensamientos. Quizá radique el mayor tributo que se pueda rendir a su talento de actor en que tenía una exquisita aversión hacia la muerte, hacia la oscuridad, hacia la confusión que auspician las sombras de la noche. Odiaba además la mera visión de la sangre. Y su larga permanencia en el ataúd, tanto tiempo encerrado en la cripta, le había provocado claustrofobia.

Pero se le había presentado la ocasión de representar un gran papel.

Y por suerte estaba a punto de concluir tan extraordinaria interpretación. Quería representarse como hombre una vez más y olvidar esa criatura maldita de su creación.

A medida que se aproximaba a la cripta vio el camión aparcado entre las sombras. La entrada a la cripta estaba abierta, pero no se escuchaba ruido alguno. Eso significaba que sus compañeros habían concluido la tarea encargada de subir al camión las obras de arte y ya estaban prestos para partir.

El Conde se dirigió hacia el camión estacionado entre las sombras.

Y entonces... Entonces sintió el cañón de un arma de fuego en su espalda y oyó una orden inequívoca:

–¡No se mueva!

No se movió. De inmediato reconoció a quienes le rodeaban: Antoine, Clodez, Raymond... Y una docena más de campesinos de la villa. Una docena de campesinos armados que lo miraban a la vez con rabia y temor, sin dejar de apuntarle.

¿Qué pretendían hacerle?

Un cabo americano se interpuso entre el Conde y los campesinos. Ahí tenía la respuesta a su pregunta; el cabo americano y un soldado que lo acompañaba le apuntaban también con sus fusiles. Eran los responsables de la operación. No había visto el Conde aún los cadáveres de los tres operadores de onda corta alemanes, que estaban en el camión. Los campesinos les habían sorprendido mientras trabajaban, abriendo fuego contra ellos.

El cabo y el soldado comenzaron a interrogarle, en inglés, naturalmente. El Conde entendía bien el idioma, pero no lo hablaba tanto como para poder responder.

–¿Quién eres? ¿Estaban a tus órdenes esos alemanes? ¿Adónde pretendías ir con el camión?

El Conde sonrió y movió la cabeza, negando. Poco después dejaban de preguntarle lo mismo, como había supuesto el Conde que harían.

–Vale –dijo el cabo al soldado–. Vámonos.

El soldado asintió, se puso al volante del camión y encendió el motor. El cabo se disponía a subir también al camión, cuando se volvió para dirigirse a Raymond.

–Tenemos que ir con esto a la otra orilla del río –dijo–. Seguid vigilando a este tipo, enviaremos en una hora a varios hombres para que se lo lleven.

Raymond asintió.

El camión se perdía poco después en la oscuridad.

La luna se ocultó tras las nubes y la oscuridad fue absoluta. El Conde sonrió complacido mientras observaba a quienes lo custodiaban. Una pandilla de imbéciles presuntuosos, ignorantes y cobardes. Pero iban armados. No tenía modo de escapar. Lo miraban con odio y murmuraban.

–Llevémosle a la cripta –dijo Raymond y fue prontamente obedecido por los otros, que empujaban al Conde con sus horcas para aventar el heno. Y fue entonces cuando el Conde acertó a ver un rayo de esperanza. A pesar de la rabia con que lo miraban, lo empujaban sin aproximarse mucho a él, por miedo. Y cuando les miraba a la cara bajaban los ojos.

Lo llevaban a la cripta precisamente porque le temían. Los americanos se habían ido y los campesinos estaban desamparados, temerosos de él, temerosos de sus posibles poderes sobrenaturales. A pesar de todo, era a sus ojos un vampiro; seguramente temían que pudiera convertirse de golpe en un murciélago y escapárseles volando. Así que trataban de meterlo a toda prisa en la cripta, a la espera de la llegada de la patrulla americana.

El Conde, crecido ante el temor de los campesinos, mostró su más siniestra sonrisa y rechinó los dientes. Los otros dieron un paso atrás mientras se dirigía a la entrada de la cripta. Entonces se volvió de pronto, abriendo su capa. Fue un gesto instintivo, el más propio para el papel que representaba, que naturalmente obtuvo de los campesinos la respuesta que esperaba. Se aterrorizaron, el viejo Raymond se santiguó. Aquello fue mejor que un aplauso.

En la oscuridad de la cripta el Conde se permitió un descanso. Lamentaba no haber hallado la oportunidad de escaparse, como se le había pasado por la cabeza hacerlo, pues aquellos hombres, aun asustados, no huyeron al abrir él su capa. Pero por suerte estaban en guerra. Muy pronto sería conducido al cuartel general de los americanos, donde lo interrogarían. Desde luego que no sería algo precisamente grato, pero todo se solucionaría con unos pocos meses interno en un campo de prisioneros. Y además seguro que los americanos sabían apreciar sus grandes dotes interpretativas, apenas oyeran de sus labios la historia de su decepción con los alemanes.

La cripta musgosa estaba oscura. El Conde se movía por allí ciertamente cansado. Sus rodillas tropezaron con su ataúd. Se le cayó la capa que llevaba anudada al cuello. Tenía ganas de salir de allí de una vez, de abandonar para siempre el papel de vampiro. Un papel que había interpretado muy bien, pero del que ya estaba harto.

Le llegó desde el exterior un ruido inidentificable, a medias un murmullo y a medias cualquier otra cosa, quizá unas astillas. El Conde se dirigió a la puerta para pegar la oreja en ella y tratar de oír. Pero pronto volvió a hacerse el silencio.

¿Qué harían aquellos imbéciles ahí fuera? Deseaba que los americanos llegasen cuanto antes. Además comenzaba a sentir calor.

¿A qué se debía aquel silencio que siguió al ruido que no supo identificar?

Quizá se habían largado.

Sí. Eso era. Los americanos les habían ordenado que lo vigilasen, pero muertos de miedo se habían largado. Realmente lo creían un vampiro, el viejo Raymond era quien más convencido estaba de eso. Así que habían huido. Era libre, ya podía escaparse...

El Conde abrió la puerta de la cripta.

Vio ante él al viejo Raymond y a los otros, que parecían esperarle. El viejo Raymond dio un paso al frente. Tenía algo en una mano. El Conde lo reconoció al instante, de ahí aquel ruido como de astillas que había escuchado.

Era una larga estaca de madera muy afilada.

Entonces abrió la boca para gritar, para decirles que todo había sido una broma, que él no era un vampiro, que eran un hatajo de imbéciles supersticiosos...

Pero antes de que pudiera decir nada lo empujaron violentamente al interior de la cripta, metiéndole después, aún más violentamente, en el ataúd, para sujetarle de manos y pies mientras Raymond ponía la bien afilada punta de la estaca en su pecho, a la altura del corazón.

En realidad, sólo cuando la estaca comenzó a clavarse en él, interpretó debidamente el papel de vampiro.

Robert Bloch (1917-1994)


José Francisco
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Dic 12 2014, 16:00


"Hijos de Abraham": Joe Hill; el hijo de Stephen King y un cuento de vampiros sobre los hijos de Van Helsing
Posted: 11 Dec 2014 05:16 AM PST

Hijos de Abraham (Abraham's Boys) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Joseph Hillstrom King —más conocido como Joe Hill—, publicado originalmente en la antología de 2004: Los rostros de Van Helsing (The Many Faces of Van Helsing) y posteriormente en la colección de cuentos de terror de 2005: Fantasmas (20th Century Ghosts).

Joe Hill es nada menos que el hijo de Stephen King, autor que no necesita ninguna presentación. Su obra continúa el legado de su padre, participando activamente del género de terror.

En este caso, Hijos de Abraham se inscribe en la tradición del cuento de vampiros, desde luego, con una visión bastante lejana de los vampiros clásicos de la literatura pero también con gran éxito, a tal punto que recibió el premio Bram Stoker Award de 2005.

Hijos de Abraham rescata el mito de los vampiros y los coloca en una posición filosófica, como si todas sus leyendas e historias representasen la transición desde la inocencia hacia una irreversible sabiduría, por supuesto, muchas veces insalubre.

Hijos de Abraham, contrariamente a lo que podría pensar un lector desprevenido, no tiene nada que ver con los mitos bíblicos. El Abraham del título hace referencia nada menos que a Abraham Van Helsing, aquel cazador de vampiros de la novela de Bram Stoker: Drácula (Dracula); aquí casado con la ex-esposa de Jonathan Harker: Mina.






Hijos de Abraham.
Abraham's Boys, Joe Hill.

Maximilian los buscó en la cochera y en el establo, hasta en la fresquera, aunque nada más echar un vistazo supo que no los encontraría allí. Rudy no se escondería en un lugar como ése, húmedo y frío, sin ventanas y por lo tanto sin luz, un lugar que olía a murciélagos y que se parecía demasiado a un sótano. Rudy nunca bajaba al sótano cuando estaba en casa, al menos si podía evitarlo. Temía que la puerta se cerrara detrás de él dejándolo atrapado en aquella sofocante oscuridad.

Por último, Max registró el granero, pero tampoco se habían escondido allí, y cuando regresó al sendero de entrada reparó asombrado en que estaba oscureciendo. No imaginaba que se había hecho tan tarde.

–¡Se acabó el juego! –gritó–. ¡Rudolf, es hora de irnos!

Sólo que el «irnos» sonó más bien a «irrrnos», o sea, como el relincho de un caballo. Odiaba el sonido de su voz y envidiaba a su hermano pequeño su perfecta pronunciación norteamericana. Rudolf había nacido en Estados Unidos, nunca había estado en Ámsterdam. En cambio Max había pasado allí los primeros cinco años de su vida, en un sombrío apartamento que olía a cortinas de terciopelo mohosas y a la peste a cloaca que subía desde el canal.

Max gritó hasta quedarse ronco, pero sólo consiguió hacer salir a la señora Kutchner, que apareció arrastrando los pies por el porche, encogida en un intento de entrar en calor, aunque no hacía frío. Cuando llegó a la barandilla la asió con las dos manos y se encorvó hacia delante, apoyándose en ella para enderezarse.

El otoño anterior, por esta época, la señora Kutchner estaba felizmente regordeta, con hoyuelos en sus mejillas carnosas y la cara siempre ruborizada por el calor de la cocina. Ahora tenía el semblante famélico, con la piel tirante sobre el cráneo y los ojos febriles y saltones dentro de las huesudas cuencas. Su hija, Arlene –que en aquel momento estaba escondida con Rudy en alguna parte–, le había contado en voz baja que su madre guardaba un cubo de latón junto a su cama y cada vez que su padre lo llevaba al retrete para vaciarlo vertía unos pocos centímetros cúbicos de sangre maloliente.

–Márchate si quieres, hijo –dijo–. Cuando tu hermano salga de donde quiera que esté escondido, lo mandaré a casa.

–¿La he despertado, señora Kutchner? –preguntó.

La mujer negó con la cabeza, pero Max seguía sintiéndose culpable.

–Siento haberla sacado de la cama. Soy un bocazas. –Después añadió, con tono de duda–: ¿No debería estar acostada?

–¿Ya estamos haciendo de médico, Max Van Helsing? ¿No te parece que tengo bastante con tu padre? –preguntó la señora Kutchner, esbozando una débil sonrisa con una de las comisuras de la boca.

–No, señora. Quiero decir, sí, señora.

Rudy habría dicho algo ingenioso que la habría hecho reír a carcajadas y aplaudir. Rudy era como un niño prodigio en un programa de variedades de la radio. Max, en cambio, nunca sabía qué decir, y de todas maneras la comedia no era lo suyo. No sólo por el acento, aunque éste siempre le hacía sentirse incómodo, sino que era una cuestión de temperamento; a menudo se sentía incapaz de vencer aquella timidez que lo asfixiaba.

–Es muy estricto en eso de que estéis los dos en casa antes de que oscurezca. ¿No es así?

–Sí, señora.

–Hay muchos como él –continuó–. Una costumbre que se trajeron de su antiguo país. Aunque cabría suponer que un médico no sería tan supersticioso. Con estudios y todo eso.

Max reprimió un escalofrío de disgusto. Decir que su familia era supersticiosa era un eufemismo de proporciones cómicamente grotescas.

–Aunque yo no me preocuparía por alguien como tú –continuó–. Seguro que nunca te has metido en líos.

–Gracias, señora –dijo Max, cuando en realidad lo que quería decir es que deseaba más que nada que se volviera a la casa, se acostara y descansara. En ocasiones tenía la impresión de que era alérgico a expresarse. A menudo, cuando necesitaba con desesperación decir algo, podía sentir literalmente la tráquea cerrársele e impedirle respirar. Quería ofrecerle su ayuda para entrar en la casa, acercarse lo suficiente a ella como para olerle el pelo. Quería decirle que rezaba por ella por las noches, aunque suponía que sus plegarias no tenían el menor valor; Max había rezado también por su madre, sin conseguir nada. Pero no dijo ninguna de estas cosas. «Gracias, señora», fue todo lo que alcanzó a balbucear.

–Vete –insistió ella–. Dile a tu padre que le he pedido a Rudy que se quedara para ayudarme a recoger la cocina. Lo enviaré a casa.

–Sí, señora. Gracias, señora. Dígale que se dé prisa, por favor.

Cuando llegó a la carretera miró atrás. La señora Kutchner apretaba un pañuelo contra los labios, pero lo retiró inmediatamente y lo agitó con alegría, un gesto tan enternecedor que puso a Max enfermo. El sonido de su tos áspera y seca lo persiguió durante un buen trecho de carretera, como un perro furioso liberado de su correa.

Cuando entró en el jardín el cielo estaba azul oscuro, casi negro, excepto por un tenue resplandor de fuego en el oeste, donde el sol acababa de ponerse, y su padre lo esperaba sentado en el porche con el látigo en la mano. Max se detuvo al pie de las escaleras y lo miró. Era imposible ver los ojos de su padre, ocultos como estaban bajo una maraña de espesas y erizadas cejas.

Max esperó a que dijera algo. No lo hizo y por fin Max se rindió y habló él.

–Todavía hay luz.

–El sol se ha puesto.

–Estábamos en casa de Arlene, a sólo diez minutos.

–Sí, la casa de la señora Kutchner es muy segura; una verdadera fortaleza, protegida por un granjero renqueante que apenas puede agacharse por el reúma y una campesina analfabeta con las entrañas devoradas por el cáncer.

–No es analfabeta –dijo Max, consciente de que se había puesto a la defensiva y, cuando habló de nuevo, lo hizo con voz cuidadosamente modulada para parecer razonable–. No soportan la luz, es lo que tú siempre dices. Si no está oscuro no hay nada que temer. Mira el cielo tan brillante.

Su padre asintió, dándole la razón, y luego añadió:–¿Dónde está Rudolf ?

–Justo detrás de mí.

El padre alargó el cuello simulando con exagerada atención inspeccionar la carretera vacía.

–Lo que quiero decir es que ya viene –añadió Max–. Se ha quedado a ayudar a la señora Kutchner a limpiar algo de la cocina.

–¿El qué?

–Un saco de harina, creo. Al abrirse, la harina se ha esparcido por todas partes. Lo iba a recoger ella sola pero Rudy le dijo que no, quería hacerlo él, así que le dije que yo venía primero, para que no te preocuparas. Llegará en cualquier momento.

Su padre siguió sentado, inmóvil, con la espalda rígida y gesto impasible, y entonces, cuando Max pensó que se había terminado la conversación, dijo muy despacio:

–¿Volverá a casa andando solo? ¿En la oscuridad?

–Sí, señor.

–Ya veo. Vete a estudiar.

Max subió las escaleras en dirección a la puerta principal, que estaba parcialmente abierta. Notó cómo se ponía tenso al dejar atrás la mecedora, esperando el látigo. Pero en lugar de ello, cuando su padre se movió fue para sujetarle por la muñeca apretando tan fuerte que sintió que los huesos se separaban de las articulaciones.

Su padre respiró con fuerza, con un sonido siseante que Max había aprendido a identificar como preludio de un buen latigazo.

–¿Conocéis a vuestros enemigos y aun así os quedáis jugando con vuestros amigos hasta que se hace de noche?

Max trató de responder, pero no pudo, sintió cómo se le cerraba la tráquea y una vez más fue incapaz de pronunciar lo que quería, pero no se atrevía a decir.

–No espero que Rudolf aprenda, es americano, y en América es costumbre que sea el hijo el que enseñe al padre. Veo cómo me mira cuando le hablo, cómo trata de contener la risa. Eso es malo. Pero tú... Al menos cuando Rudolf desobedece es algo deliberado, puedo ver cómo se está quedando conmigo. Pero tú lo haces desde la pasividad, sin pararte a pensarlo, y luego te sorprende que en ocasiones no pueda ni mirarte a la cara. Eres como el caballo del circo que es capaz de sumar dos y dos y está considerado un prodigio. Te aseguro que lo mismo ocurriría contigo si por una sola vez demostraras la más mínima comprensión de las cosas. Sería un prodigio.

Soltó la muñeca de Max, que retrocedió tambaleándose, con el brazo dolorido.

–Ve adentro y quítate de mi vista. Necesitarás descansar. Ese zumbido dentro de tu cabeza te viene de tanto pensar, y supongo que es algo a lo que no estás acostumbrado –dijo llevándose un dedo a la sien simulando indicarle dónde residen los pensamientos.

–Sí, señor –dijo Max en un tono que, no tenía más remedio que admitirlo, sonaba estúpido y pueblerino. ¿Por qué su padre siempre se las arreglaba para parecer culto y cosmopolita, y en cambio él, con el mismo acento, parecía un granjero holandés medio imbécil que sirve para ordeñar vacas, pero que delante de un libro abierto se quedaría mirando con ojos desorbitados, asustado y confuso?

Max se volvió hacia la casa sin mirar por dónde iba y se golpeó la frente con las cabezas de ajo que colgaban del marco de la puerta. Su padre resopló con desprecio.

Se sentó en la cocina, donde una lámpara encendida en una esquina de la mesa bastaba para ahuyentar la creciente oscuridad. Esperó atento, con la cabeza erguida, para poder ver el jardín por la ventana. Tenía el libro de gramática inglesa abierto delante de él, pero ni siquiera lo miraba, era incapaz de hacer otra cosa que no fuera quedarse allí sentado y esperar a Rudy. Al cabo de un rato estaba demasiado oscuro para ver la carretera o a alguien que viniera por ella. Las copas de los pinos formaban siluetas negras contra un cielo del color de las brasas encendidas. Pronto también ese tenue resplandor desapareció y la oscuridad se pobló de estrellas como brillantes salpicaduras. Max escuchó a su padre en la mecedora, el suave crujido de las patas de madera circulares mientras se movían atrás y adelante sobre los tablones del porche. Max se mesó los cabellos, tirándose de ellos, diciendo para sí: «Rudy, vamos», deseando que aquella espera terminara más que ninguna otra cosa en el mundo. No sabía si había transcurrido una hora o quince minutos.

Entonces las oyó, las pisadas firmes de su hermano en la tierra caliza del arcén de la carretera; aminoró el paso al entrar en el jardín, pero Max sospechó que venía corriendo, una hipótesis que se vio confirmada en cuanto Rudy habló. Aunque trataba de conservar su habitual tono jovial, se notaba que se ahogaba y hablaba con voz entrecortada.

–Perdón, perdón. La señora Kutchner, un accidente. Me pidió que la ayudara. Lo sé. Es tarde.

La mecedora dejó de moverse y los tablones del suelo crujieron bajo el peso de los pies de su padre.

–Eso me contó Max. Y qué, ¿lo has limpiado todo?

–Sí, con Arlene. Es que Arlene entró corriendo en la cocina, sin mirar, y a la señora Kurtchner... se le cayeron unos platos al suelo...

Max cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia delante tirándose del pelo con desesperación.

–La señora Kutchner no debería cansarse tanto; está enferma. De hecho debería quedarse en la cama.

–Eso es lo que pensé –escuchó a Rudy desde un extremo del porche. Empezaba a recuperar el aliento–. Y todavía no estaba oscuro del todo.

–¿Ah no? Bueno, cuando uno tiene mi edad la vista le falla, confunde la penumbra con la oscuridad. Estaba convencido de que el sol se había puesto hace veinte minutos. Veamos, ¿qué hora es?

Max escuchó el sonido metálico del reloj de bolsillo de su padre al abrirse. Éste suspiró.

–Está demasiado oscuro para ver las manecillas. Bien, realmente admiro tu preocupación por la señora Kutchner.

–Bueno... No ha sido nada –dijo Rudy, con un pie en el primer peldaño de las escaleras del porche.

–Pero deberías preocuparte más de tu propio bienestar, Rudolf –dijo su padre en tono calmado y benevolente, el mismo que, suponía Max, debía de emplear cuando hablaba con pacientes en fase terminal de una enfermedad. Había llegado la noche y, con ella, el doctor.

Rudy dijo:

–Lo siento, pero...

–Ahora dices que lo sientes. Pero pronto lo sentirás de manera más palpable.

El látigo sonó como una fuerte bofetada y Rudy, que cumpliría diez años en dos semanas, rompió a llorar. Max apretó los dientes mientras seguía mesándose los cabellos, y se llevó las muñecas a los oídos, en un vano intento de no oír el llanto de su hermano y el látigo golpeando la carne, la grasa y los huesos.

Como tenía los oídos tapados, no oyó entrar a su padre y sólo levantó la vista cuando su sombra se proyectó sobre él. Abraham estaba en el umbral del vestíbulo, despeinado, el cuello de la camisa torcido y el látigo apuntando hacia el suelo. Max esperaba que le pegara también a él, pero no fue así.

–Ayuda a tu hermano a entrar en casa.

Max se puso en pie tambaleándose. Se sentía incapaz de sostener la mirada de su padre, así que bajó la vista y fijó los ojos en el látigo. El dorso de la mano de su padre estaba salpicado de sangre y al verla Max contuvo el aliento.

–Ya ves lo que me obligas a hacer.

Max no contestó, tal vez no hacía falta. Su padre permaneció allí de pie unos instantes más y después se dirigió a la parte de atrás de la casa, hacia su estudio privado, que siempre cerraba con llave; una habitación en la que tenían prohibido entrar sin su permiso. Muchas noches se quedaba dormido allí dentro y le oían gritar en sueños, maldiciendo en holandés.

–Deja de correr –gritó Max–. Sabes que al final te alcanzaré.

Rudolf cruzó de un brinco el corral, se apoyó en el cerco y saltó por encima de él para después echar a correr hacia uno de los laterales de la casa, dejando tras de sí una estela de risas.

–Devuélvemela –dijo Max. Saltó el cerco sin dejar de correr y aterrizó en el suelo sin perder el equilibrio. Estaba enfadado, muy enfadado y la furia lo dotaba de una agilidad inesperada, inesperada porque tenía la constitución de su padre: un corpulento carabao al que obligan a caminar sobre las patas traseras.

Rudy, en cambio, había heredado la complexión delicada de su madre, así como su piel de porcelana. Era rápido, pero Max estaba a punto de alcanzarlo, ya que Rudy volvía la vista atrás demasiado a menudo, sin concentrarse en una u otra dirección. Estaba a punto de alcanzar el lateral de la casa y, una vez allí, Max podría acorralarlo contra la pared e inmovilizarlo, impidiendo que huyera hacia derecha o izquierda.

Pero Rudy no intentó ir ni a la derecha ni a la izquierda. La ventana del estudio de su padre estaba abierta unos centímetros, dejando entrever la fresca quietud propia de las bibliotecas. Rudy se aferró al alféizar con una mano –en la otra aún llevaba la carta de Max– y, tras un rápido vistazo atrás, saltó en dirección a las sombras.

Por grande que fuera la ira de su padre cuando llegaban a casa después de anochecer, no era nada comparada a la que sentiría si se enteraba de que habían entrado en su santuario privado. Pero su padre había salido, había ido a alguna parte en su Ford, y Max no se detuvo a pensar en qué les pasaría si regresaba inesperadamente. Saltó y asió a su hermano por un tobillo, pensando que conseguiría arrastrarlo de nuevo a la luz, pero Rudy chilló y con una patada se liberó de la mano de Max. El pequeño se precipitó hacia la oscuridad y aterrizó en el suelo de madera, con un golpe seco que hizo temblar dentro de la habitación algún objeto de cristal sin identificar. Entonces Max se agarró al alféizar, tomó impulso...

–Despacio, Max, está... –empezó a decir su hermano.

... y saltó por la ventana.

–... muy alto –terminó Rudy.

Max había entrado antes en el estudio de su padre, por supuesto (en ocasiones, Abraham los invitaba a ir allí para «una pequeña charla», lo que quería decir que él hablaba y ellos escuchaban), pero nunca por la ventana. Se inclinó hacia delante y vio el suelo a casi un metro de distancia, y se dio cuenta, asombrado, de que iba a aterrizar de cara. Por el rabillo del ojo acertó a ver una mesa redonda junto a una de las mecedoras de su padre, y se aferró a ella para evitar caerse. Pero ya había tomado impulso y éste lo lanzó adelante, haciéndole chocar contra el suelo. Pudo girar la cara en el último momento y el peso del cuerpo recayó casi por entero en su hombro derecho. Los muebles temblaron y la mesa se volcó con todo lo que tenía encima. Max oyó que algo se caía y escuchó un ruido de cristales rotos que le resultó más doloroso que el golpe en el hombro.

Rudy estaba a unos pocos metros de él, sentado en el suelo y esbozando aún una sonrisa algo tontorrona. Tenía la carta arrugada en una mano, medio olvidada.

La mesa estaba volcada, pero por fortuna no rota. Aunque un frasco vacío de tinta se había hecho añicos y los pedazos brillantes de cristal yacían cerca de la rodilla de Max. Sobre la alfombra persa había un montón de libros dispersos y varios papeles revolotearon hasta posarse en el suelo con un susurro áspero.

–Mira lo que me obligas a hacer –dijo Max señalando el frasco de tinta. Entonces se estremeció al darse cuenta de que eso era exactamente lo que le había dicho su padre unas semanas atrás; no le gustaba descubrirse repitiendo sus palabras, como el muñeco de un ventrílocuo, un muchacho de madera con la cabeza hueca.

–Lo tiramos y ya está –dijo Rudy.

–Sabe dónde está cada cosa de su despacho. Se dará cuenta de que falta.

–Y una mierda. Sólo viene aquí a beber coñac, tirarse pedos y quedarse dormido. He entrado montones de veces. El mes pasado le robé el mechero para fumar y ni se ha enterado.

–¿Que tú qué? –preguntó Max mirando a su hermano pequeño con sincero asombro, y no sin cierta envidia. Eso de hacer cosas arriesgadas y después contarlas como si tal cosa le correspondía a él, como hermano mayor.

–¿Para quién es esta carta y por qué has tenido que esconderte para escribirla? Te estuve espiando sin que te dieras cuenta. «Todavía recuerdo tu mano en la mía» –recitó Rudy en tono burlón y deliberadamente afectado.

Max se lanzó sobre él, pero no lo suficientemente rápido, y Rudy agitó la carta y empezó a leerla por el principio. Poco a poco la sonrisa se le borró del rostro, y su pálida frente se cubrió de líneas de preocupación. Entonces Max le arrancó el papel de las manos.

–¿Mamá? –preguntó Rudy completamente desconcertado.

–Es para un trabajo del colegio. Nos preguntaron que si tuviéramos que escribir una carta a alguien, a quién sería. La señora Louden ha dicho que puede ser alguien imaginario o un personaje histórico. Alguien muerto.

–¿Y piensas entregar eso y dejar que lo lea la señora Louden?

–No lo sé, aún no lo he terminado.

Pero, conforme hablaba, Max se daba cuenta de que había sido un error, de que se había dejado llevar por las fascinantes posibilidades de aquel trabajo de clase, el irresistible «y si»..., y había escrito cosas demasiado personales para enseñárselas a nadie. Cosas tales como «tú eras la única con la que sabía cómo hablar y a veces me siento tan solo»... Se había imaginado a su madre leyendo la carta de alguna manera, desde algún lugar, tal vez en forma de figura astral flotando sobre él, mirando su pluma garabatear el papel, sonriendo serena. Había sido una fantasía cursi y absurda, y sólo por pensar que se había dejado llevar por ella sintió una intensa vergüenza.

Su madre ya estaba débil y enferma cuando el escándalo obligó a su familia a abandonar Ámsterdam. Durante un tiempo vivieron en Inglaterra, pero el rumor de aquella cosa terrible que había hecho su padre (Max la ignoraba y dudaba de que llegara a saberlo nunca) los siguió hasta allí. Así que siguieron camino hacia Estados Unidos. Su padre estaba convencido de que le habían dado una plaza en la facultad de Vassar, hasta el punto de que había invertido casi todos sus ahorros en comprar una hermosa granja cercana. Pero cuando llegaron a Nueva York el decano los recibió y le dijo a Abraham Van Helsing que su conciencia le impedía contratarlo para que trabajara sin supervisión con muchachas menores de edad. Max no habría estado más convencido de que su padre había matado a su madre si le hubiera visto ahogarla con una almohada en su lecho de enferma. No fue el viaje lo que acabó con ella, aunque sin duda contribuyó, demasiado esfuerzo para una mujer débil y embarazada que además sufría de una infección crónica de la sangre que le provocaba cardenales al más mínimo roce. Fue la humillación. Mina no pudo sobrevivir a la vergüenza de lo que había hecho su padre, aquello que los obligó a todos a huir.

–Vamos –dijo Max–. Limpiemos esto y salgamos de aquí.

Volvió a poner la mesa de pie y empezó a recoger libros del suelo, pero giró la cabeza cuando escuchó a Rudy preguntar:

–Max, ¿tú crees en los vampiros?

Rudy estaba de rodillas frente a una otomana, al otro lado de la habitación. Se había agachado para recoger unos papeles que habían llegado hasta allí y se había quedado mirando el viejo maletín de médico escondido debajo. Tiró del rosario anudado a las asas.

–Deja eso –dijo Max–. Se supone que tenemos que recoger, no desordenar más.

–¿Pero crees?

Max guardó silencio por unos instantes.

–A mamá la atacaron. Después de aquello su sangre no volvió a ser la misma. Enfermó.

–Pero ¿ella dijo alguna vez que la habían atacado, o fue él?

–Murió cuando yo tenía seis años. No le contaría una cosa así a un niño tan pequeño.

–Pero ¿tú crees que estamos en peligro?

Rudy había abierto el maletín y alargó la mano para sacar un bulto cuidadosamente envuelto en tela púrpura. Bajo el terciopelo se entrechocaban trozos de madera.

–¿Que ahí fuera hay vampiros esperando atacarnos? ¿Qué esperan a que bajemos la guardia?

–Yo no descarto esa posibilidad, por descabellada que parezca.

–Por descabellada que parezca –repitió su hermano con risa queda. Abrió el envoltorio de terciopelo y miró las estacas de veintitrés centímetros, espetones de madera blanca reluciente con los mangos forrados de cuero engrasado.

–Pues yo creo que es una gilipollez. Gi-li-po-llez –dijo Rudy en un tono ligeramente cantarín.

El rumbo que tomaba la conversación estaba poniendo nervioso a Max, y por un instante se sintió mareado, presa del vértigo, como si estuviera inclinado sobre una pendiente pronunciada. Ya tal vez no estuviera muy lejos de algo así. Siempre había sabido que algún día tendrían esta conversación y temía adonde podría conducirlos. Rudy nunca disfrutaba tanto como en una discusión, pero jamás llevaba sus dudas a una conclusión lógica. Podía decir que algo era una gilipollez, pero no se detenía a considerar qué pasaba entonces con su padre, un hombre que temía a la oscuridad tanto como una persona que no sabe nadar teme al mar. Max casi necesitaba que aquello fuera verdad, que existieran los vampiros, porque la otra posibilidad –que su padre fuera un psicótico– era demasiado terrible, demasiado abrumadora.

Seguía pensando en cómo contestar a su hermano cuando una fotografía enmarcada atrajo su atención. Estaba medio oculta bajo la mecedora de su padre, vuelta del revés. Pero cuando le dio la vuelta supo que ya la había visto. Era un calotipo, un tipo de foto antigua, color sepia, de su madre, que había estado en una estantería de su casa de Ámsterdam. Llevaba puesto un sombrero claro de paja bajo el que asomaban sus rizos negros y etéreos. Tenía una de las manos enguantadas levantada en un gesto enigmático, de forma que parecía estar agitando un cigarrillo invisible. Sus labios estaban entreabiertos, como diciendo algo, y Max a menudo se preguntaba qué sería. Por alguna razón se imaginaba a sí mismo presente en aquella escena, fuera de la fotografía, un niño de cuatro años mirando a su madre con expresión solemne. Tenía la impresión de que ella agitaba la mano para evitar que saliera en la fotografía. Si eso era cierto, entonces parecía lógico que en el momento de ser retratada estuviera diciendo su nombre.

Cuando cogió el marco y le dio la vuelta escuchó el tintineo del cristal al caerse. El cristal se había roto justo en el centro. Empezó a arrancar pequeñas esquirlas del marco y a apartarlas con cuidado, procurando que ninguna arañara el brillante calotipo de debajo. Sacó un cristal de gran tamaño de la esquina superior del marco y la fotografía se desprendió. Cuando fue a colocarla en su sitio dudó un instante, frunció el ceño y tuvo la fugaz impresión de que los ojos le bizqueaban y veía doble. Entonces, bajo la primera fotografía apareció otra. Sacó la de su madre del marco y miró fijamente y sin comprender la que alguien había escondido detrás. Un entumecimiento frío le invadió el pecho, alcanzándole luego la garganta. Miró a su alrededor y suspiró aliviado al ver a Rudy arrodillado frente a la otomana, envolviendo otra vez las estacas en su sudario de terciopelo.

Volvió a mirar la fotografía secreta. En ella aparecía una mujer que estaba muerta. También estaba desnuda de cintura para arriba, con las ropas desgarradas, hechas jirones. Yacía en una cama con dosel; de hecho, estaba atada a la misma con cuerdas enrolladas en su cuello y que le sujetaban los brazos por encima de la cabeza. Era joven y tal vez había sido hermosa; era difícil saberlo; tenía uno de los ojos cerrado y el otro entreabierto, dejando ver una pupila inerte. Le habían abierto la boca a la fuerza, metiéndole lo que parecía ser una pelota blanca y amorfa, y el labio superior estaba un poco retirado, de manera que dejaba ver una hilera uniforme de dientes superiores. Tenía uno de los lados del rostro amoratado y entre las curvas rotundas y lechosas de sus pechos había clavada una estaca de madera blanca. Las costillas izquierdas estaban cubiertas de sangre.

Oyó el coche en la entrada a la casa, pero era incapaz de moverse, de apartar la vista de aquella fotografía. Rudy empezó a tirarle del hombro, diciéndole que tenían que irse de allí. Max apretó la fotografía contra su pecho para evitar que Rudy la viera. Le dijo vete, yo iré enseguida, y Rudy le soltó y salió.

Con manos torpes, Max intentó colocar la fotografía de la mujer asesinada dentro del marco... y entonces vio algo más y se quedó nuevamente inmóvil. Hasta el momento no había reparado en una figura a la izquierda de la imagen, un hombre junto a la cama, con la espalda vuelta hacia el objetivo. Estaba tan en primer plano que parecía una figura desenfocada, vagamente rabínica, con un sombrero y un abrigo negros. No había manera de saber con certeza quién era ese hombre, pero Max sí lo sabía, lo reconoció por la manera en que inclinaba la cabeza hacia atrás, la forma cuidadosa y casi rígida en que se inclinaba desde el grueso cuello. En una mano sostenía un hacha y en la otra un maletín de médico.

El motor del coche se detuvo con un silbido ronco y un leve traqueteo. Max encajó como pudo la fotografía de la mujer muerta en el marco y colocó encima el retrato de Mina. Dejó la fotografía, sin cristal, sobre la mesa y la miró durante una milésima de segundo, antes de darse cuenta, horrorizado, de que Mina estaba cabeza abajo. Alargó la mano hacia ella.

–¡Vamos! –gritó Rudy–. Por favor, Max.

Estaba fuera de la ventana, de puntillas, y con la cabeza vuelta hacia el estudio.

Max empujó con el pie los cristales rotos debajo de la mecedora, brincó hacia la ventana y gritó. O al menos lo intentó, ya que le faltaba aire en los pulmones y su garganta no emitió sonido alguno.

Su padre estaba de pie detrás de Rudy y lo miraba por encima de la cabeza de éste. Rudy no vio que estaba allí hasta que le apoyó las manos en los hombros. Pero él no tenía ninguna dificultad para gritar y dio tal salto que pareció que iba a entrar de nuevo en el estudio.

Abraham miró en silencio a su hijo mayor y Max le devolvió la mirada con media cabeza fuera de la ventana y las manos en el alféizar.

–Si quieres –dijo su padre– puedo abrirte la puerta para que salgas. No queda tan teatral, pero sí es más cómodo.

–No –contestó Max–. No, gracias. Estaba... nosotros... un error. Lo siento.

–Un error es no saber cuál es la capital de Portugal en un examen de geografía. Esto es otra cosa. –Hizo una pausa e inclinó la cabeza con semblante inexpresivo. A continuación soltó a Rudy y se volvió abriendo una mano y señalando hacia el jardín en un gesto que parecía decir: «Sal por ahí»–. Hablaremos de eso otro día. Ahora, si no te importa, me gustaría que salieras de mi despacho.

Max se le quedó mirando. Nunca hasta entonces su padre había postergado el castigo físico –entrar sin permiso en su estudio merecería al menos unos buenos latigazos– y trataba de entender por qué lo hacía ahora. Su padre esperaba y Max salió por la ventana y aterrizó en un parterre. Rudy lo miraba con expresión interrogante, buscando alguna indicación sobre lo que debían hacer a continuación. Max alzó la vista en dirección a los establos –su estudio particular– y, despacio, se encaminó hacia allí. Su hermano pequeño echó a andar junto a él, temblando de pies a cabeza.

Antes de que lograran escapar, sin embargo, Max notó la mano de su padre en el hombro.

–Mis reglas son protegerte siempre, Maximilian –dijo–. ¿Ahora me dices quizá que no quieres que yo te proteja más? Cuando eras pequeño te tapé los ojos en el teatro cuando llegaban los sicarios a asesinar a Clarence en Ricardo. Pero cuando fuimos a ver Macbethme apartaste la mano, querías ver. Ahora me parece que la historia se repite, ¿no?

Max no contestó. Al menos, su padre le había soltado.

Pero no habían caminado diez pasos cuando habló de nuevo:–Por cierto, casi me olvido. No os dije adónde iba, y tengo una noticia que os pondrá tristes a los dos. El señor Kutchner vino cuando estabais en el colegio gritando: «Doctor, doctor, deprisa, mi mujer». En cuanto la vi, ardiendo de fiebre, supe que tenía que ir al hospital, pero, ay, el granjero tardó demasiado en acudir a mí. Cuando la llevó hasta mi coche los intestinos se le salieron con un «plof». –Chasqueó la lengua simulando desagrado–. Llevaré vuestros trajes al tinte, el funeral será el viernes.

Arlene Kutchner no fue al colegio al día siguiente. De vuelta a casa, pasaron por delante de la suya, pero las persianas estaban echadas y el lugar tenía un aire demasiado silencioso. El funeral sería a la mañana siguiente, en el pueblo, y tal vez Arlene y su padre habían salido ya hacia allí, donde tenían familia. Cuando los chicos entraron en su propio jardín, el Ford estaba aparcado junto a la casa y las puertas que daban al sótano, abiertas.

Rudy hizo una señal en dirección al establo. Compartían un caballo, un viejo jamelgo llamado Arroz, y hoy le tocaba a Rudy limpiar el establo, así que Max se dirigió solo hacia la casa. Estaba junto a la mesa de la cocina cuando escuchó cerrarse desde fuera las puertas del sótano. Poco después su padre subió las escaleras y apareció en la puerta que daba al sótano.

–¿Estás trabajando en algo ahí abajo? –preguntó Max.

Su padre lo miró de arriba abajo con ojos deliberadamente inexpresivos.

–Os lo desvelaré más tarde –dijo, y Max le vio sacar una llave de plata del bolsillo de su chaleco y usarla para cerrar la puerta del sótano. Nunca antes la había usado, y Max no sabía siquiera que existía tal llave.

Pasó el resto de la tarde agitado, mirando sin cesar la puerta del sótano, inquieto por la promesa de su padre: «Os lo desvelaré más tarde». No tuvo ocasión de comentarla con Rudy durante la cena, de especular sobre qué sería lo que les iba a desvelar, y tampoco pudieron hablar después, mientras hacían los deberes en la mesa de la cocina. Por lo general, su padre se retiraba temprano a su estudio, para estar solo, y no lo volvían a ver hasta la mañana siguiente. Pero esta noche parecía nervioso y no hacía más que entrar y salir de su despacho a por un vaso de agua, a limpiar sus gafas y, por último, para coger una lámpara. Ajustó la mecha de manera que hubiera sólo una tenue llama roja y después la colocó sobre la mesa, frente a Max.

–Chicos –dijo volviéndose hacia el sótano y descorriendo el cerrojo–. Bajad y esperadme. No toquéis nada.

Rudy, pálido como la cera, dirigió a Max una mirada horrorizada. No soportaba el sótano, con su techo bajo y su olor, las telarañas como velos de encaje en las esquinas. Cuando le tocaba hacer allí alguna tarea doméstica, siempre le suplicaba a su hermano que lo acompañara. Max abrió la boca para preguntar a su padre, pero éste ya había salido de la habitación y desaparecido en su estudio.

Max miró a Rudy, que temblaba y negaba con la cabeza sin decir palabra.

–No pasará nada –le prometió Max–. Yo te protegeré.

Rudy cogió la lámpara y dejó que Max bajara el primero por las escaleras. La luz anaranjada de la llama proyectaba sombras que se inclinaban y saltaban, como oscuras lenguas, en las paredes. Max bajó hasta el sótano y miró inseguro a su alrededor. A la izquierda de las escaleras había una mesa de trabajo sobre la que había un bulto cubierto con una lona blanca y mugrienta. Podían ser ladrillos apilados, o ropa, era difícil decirlo en aquella oscuridad y sin acercarse más. Max avanzó con lentitud y arrastrando los pies, hasta que estuvo cerca de la mesa, y una vez allí se detuvo, dándose cuenta de repente de lo que escondía la sábana.

–Tenemos que salir de aquí –gimió Rudy justo detrás de él. Max no se había dado cuenta de que estaba allí, pensaba que seguía en las escaleras–. Tenemos que salir de aquí ahora mismo.

Y Max supo que no hablaba únicamente de salir del sótano, sino de la casa, de huir de aquel lugar donde habían vivido diez años y no regresar jamás.

Pero era demasiado tarde para creerse ahora Huckleberry Finn y Jim y «marcharse al territorio», pues los pesados pasos de su padre ya resonaban en los polvorientos tablones de madera, a sus espaldas. Max levantó la vista hacia las escaleras y lo vio. Llevaba su maletín de médico.

–De vuestra invasión de mi privacidad no puedo menos que deducir –empezó a decir su padre– que por fin habéis desarrollado un interés por la labor secreta a la que tanto he sacrificado. He matado con mis propias manos a seis no-muertos, el último de los cuales era aquella zorra enferma cuya fotografía visteis en mi despacho; creo que ambos la habéis visto.

Rudy dirigió una mirada de pánico a Max, que se limitó a mover la cabeza, como diciéndole «no digas nada». Su padre continuó hablando.

–He entrenado a otros en el arte de destruir vampiros, incluido el desgraciado primer esposo de vuestra madre, Jonathan Harker, que Dios lo bendiga, de manera que soy indirectamente responsable de la muerte de tal vez hasta cincuenta miembros de esta infecta y apestosa especie. Y ha llegado el momento, ahora lo sé, de enseñar a mis propios hijos cómo se hace. Y cómo se hace bien, de manera que seáis capaces de acabar con aquellos que querrían acabar con vosotros.

–Yo no quiero saberlo –dijo Rudy.

–Él no vio el cuadro –dijo Max al mismo tiempo.

Su padre pareció no oír a ninguno de los dos. Pasó de largo junto a ellos hasta la mesa de trabajo y el bulto cubierto por la lona que estaba sobre ella. Levantó una esquina de la tela y miró; a continuación y con un murmullo de aprobación la levantó por completo.

La señora Kutchner estaba desnuda y horriblemente macilenta, con las mejillas demacradas y la boca abierta de par en par. El vientre se hundía bajo las costillas, como si le hubieran aspirado las entrañas, y tenía la espalda magullada y de color violeta azulado por la sangre coagulada. Rudy gimió y escondió su cara detrás del hombro de Max.

Su padre apoyó el maletín junto al cadáver y lo abrió.

–Por supuesto que ella no lo es, quiero decir, un no–muerto, sino que está simplemente muerta. Los vampiros auténticos no abundan, y tampoco sería práctico ni aconsejable para mí encontrar uno con el que pudierais ensayar. De momento ella nos servirá –dijo, sacando de su maletín las estacas envueltas en terciopelo.

–Pero ¿qué hace aquí? –preguntó Max–. Mañana es su entierro.

–Pero hoy yo hago la autopsia, para mis investigaciones privadas. El señor Kutchner lo entiende, se alegra de poder cooperar, si eso significa que un día no morirán más mujeres de esta manera. –Tenía una estaca en una mano y un mazo en la otra.

Rudy empezó a llorar. Max, en cambio, estaba experimentando una extraña disociación. Una parte de su cuerpo caminó hacia delante, pero sin él, mientras otra parte permanecía junto a Rudy, pasándole un brazo alrededor de sus temblorosos hombros. Rudy repetía: «Por favor, quiero ir arriba». Max se vio a sí mismo caminar con paso neutro hasta su padre, que lo miraba con una mezcla de curiosidad y cierta sosegada admiración.

Le alargó el mazo a Max y aquello lo devolvió a la realidad. De nuevo se encontraba dentro de su cuerpo, consciente del peso del martillo, que tiraba de su muñeca hacia el suelo. Su padre le agarró la otra mano y la levantó dirigiéndola hacia los escuálidos pechos de la señora Kutchner. Apoyó las yemas de los dedos de Max en un punto situado entre dos costillas y entonces éste miró a la cara de la mujer muerta, con la boca abierta como si se dispusiera a decir: «¿Ya estamos haciendo de médico, Max Van Helsing?».

–Toma –dijo su padre, deslizándole una de las estacas en la mano–. Tienes que sujetarlo por aquí, por la empuñadura. En un caso real, el primer golpe estará seguido de gritos, blasfemias y una lucha desesperada por escapar. Los malditos no son fáciles de matar. Debes aguantar sin rendirte, hasta que la hayas empalado y haya dejado de resistirse. Pronto habrá terminado todo.

Max levantó el mazo y a continuación miró a la señora Kutchner, deseando poder decirle que lo sentía, que no quería hacer aquello. Cuando golpeó la estaca con un fuerte golpe escuchó un chillido penetrante y él mismo chilló también, creyendo por un instante que la señora Kutchner seguía viva; entonces se dio cuenta de que era Rudy quien había gritado. Max era de complexión fuerte, con pecho ancho y hombros fornidos de campesino holandés. Con el primer golpe había hecho penetrar la estaca más de dos tercios, por tanto sólo necesitaba otro más. La sangre que manó alrededor de la herida estaba fría y tenía una consistencia viscosa y espesa.

Max se tambaleó, a punto de desmayarse, y su padre lo sujetó por el brazo.

–Bien –le susurró Abraham al oído, pasándole un brazo por los hombros, y apretándole tan fuerte que le crujieron las costillas. Max sintió una pequeña punzada de placer, una reacción automática a la sensación de afecto inconfundible que le había transmitido el abrazo de su padre, que le puso enfermo.

–Profanar el santuario del alma humana, incluso una vez que su inquilino se ha marchado, no es tarea fácil, lo sé –continuó su padre todavía abrazándolo. Max miró fijamente a la boca abierta de la señora Kutchner, la fina hilera de dientes superiores, y recordó a la muchacha del calotipo con el puñado de ajos en la boca.

–¿Dónde estaban sus colmillos? –preguntó.

–¿Eh? ¿De quién? ¿Qué dices? –dijo su padre.

–En la fotografía de la mujer que mataste –contestó Max volviendo la cabeza y mirando a su padre a los ojos–. No tenía colmillos.

Su padre se le quedó mirando con ojos inexpresivos, sin comprenderlo. Después dijo:

–Desaparecen cuando el vampiro muere. ¡Alehop!

Lo soltó, y Max pudo volver a respirar con normalidad. Su padre se enderezó.

–Ahora sólo queda una cosa –dijo–. Hay que cortar la cabeza y llenar la boca de ajos. ¡Rudolf!

Max volvió despacio la cabeza. Su padre había dado un paso atrás y sujetaba un hacha que Max no sabía de dónde había sacado. Rudy estaba en las escaleras, a tres peldaños del principio. Se apoyaba con fuerza contra la pared y con la muñeca izquierda se apretaba la boca para no gritar. Movía la cabeza atrás y adelante con desesperación.

Max alargó la mano y cogió el hacha por el mango.

–Yo lo haré –dijo. Y era capaz, se sentía seguro de sí mismo. Ahora comprendía que siempre había compartido aquella afición de su padre por apuñalar carne fresca y trabajar con sangre. Lo vio con claridad y no sin cierto desmayo.

–No –repuso su padre quitándole el hacha y apartándolo. Max tropezó con la mesa y unas cuantas estacas rodaron por el suelo y repiquetearon en los tablones polvorientos–. Recógelas.

Rudy echó a correr, pero resbaló en las escaleras y cayó a cuatro patas golpeándose las rodillas. Su padre lo sujetó por el pelo y lo tiró al suelo de un empujón. Rudy aterrizó sobre el vientre. Se dio la vuelta, y cuando habló su voz resultaba irreconocible.

–¡Por favor! –gritó–. ¡Por favor, no! Tengo miedo. ¡Por favor, padre, no me obligue!

Max dio un paso adelante con el hacha en una mano y media docena de estacas en la otra, decidido a intervenir, pero su padre lo esquivó, lo sujetó por el hombro y lo empujó hacia las escaleras.

–Vamos, sube. Ahora –ordenó dándole otro empujón.

Max se cayó en las escaleras lastimándose la espinilla. Su padre agarró a Rudy por el brazo, pero éste se retorció hasta liberarse y se arrastró sobre el polvo hasta el rincón más alejado de la estancia.

–Ven, yo te ayudo –dijo el padre–. Tiene el cuello fino, así que no tardaremos mucho.

Rudy negó con la cabeza y se acurrucó más en la esquina, junto al barril de carbón.

El padre clavó el hacha en el suelo.

–Entonces te quedarás aquí hasta que estés dispuesto a entrar en razón.

Se giró, tomó a Max del brazo y lo empujó escaleras arriba.

–¡No! –gritó Rudy, levantándose y corriendo hacia la salida.

Pero sus piernas tropezaron con el mango del hacha y cayó al suelo. Para cuando se levantó el padre ya estaba empujando a Max por la puerta al final de las escaleras. Lo siguió y cerró con fuerza detrás de ellos. Rudy llegó al otro lado justo cuando su padre estaba girando la llave de plata en la cerradura.

–¡Por favor! –gritó Rudy–. ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! ¡Quiero salir de aquí!

Max estaba de pie en la cocina y le zumbaban los oídos. Quería decirle a su padre que parara, pero las palabras no le salían, sentía cómo se le bloqueaba la garganta. Tenía los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y las manos le pesaban como si fueran de plomo; pero no, no eran las manos lo que le pesaba sino lo que sujetaban: el mazo, las estacas.

Su padre resoplaba por la falta de aliento con la ancha frente apoyada en la puerta cerrada. Cuando finalmente se separó tenía el pelo desordenado y el cuello de la camisa suelto.

–¿Veis lo que me obligáis a hacer? –dijo–. Tu madre, lo mismo, igual de histérica e intolerante, pidiendo a gritos... Lo intenté. Le...

Se volvió para mirar a Max y en el instante inmediatamente anterior a que éste le golpeara con el mazo su semblante tuvo tiempo de expresar sorpresa, incluso asombro. Max le acertó en plena mandíbula, un golpe que sonó a huesos rotos y cuyo impacto él mismo notó en su hombro. Su padre cayó hasta quedar apoyado en una rodilla y Max tuvo que golpearle de nuevo para hacerle caer de espaldas.

Los párpados de Abraham se cerraron mientras perdía el sentido, pero se abrieron otra vez cuando Max se sentó encima de él. Abrió la boca para decir algo pero Max ya había oído lo suficiente, no tenía interés en hablar. Después de todo, hablar no era lo suyo. Lo que importaba ahora era el trabajo manual, algo para lo que tenía un instinto natural, para lo que tal vez estaba destinado.

Colocó la punta de la estaca donde su padre le había enseñado y golpeó el mango con el mazo. Resultó que todo lo que le había contado en el sótano era cierto. Hubo gritos, hubo blasfemias y también una lucha desesperada por escapar, pero pronto se terminaron.

Joe Hill.

El Espejo Gótico

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Dom Dic 28 2014, 14:46



El vampiro que extrañaba el sol
Posted: 27 Dec 2014 06:35 AM PST

El vampiro que extrañaba el sol.




Un rumor apagado hervía en las olas, fatigando la noche, haciéndola distinta a todas las demás.

Otro regreso a casa.

Calle de oscuridad mezquina. Charcos de luz sedienta lamiendo las sombras adoquinadas. Ella volvía de alguna parte, de cualquier parte.


El mar, apenas un presagio desde el camino, se cernía sobre ella como una promesa. Apuró el paso. Una inquietud irracional iba creciendo en su imaginación, poblando la noche de visiones fantásticas. Una ráfaga fría cruzó por su rostro. Curioso juego. Hasta le pareció que un par de alas negras sacudían el aire.


Llegó a casa.


Su piel se entibió.


Su cabeza se vació de espectros. No obstante, la casa estaba distinta. Algo sutil, incorpóreo, parecía agitarse entre las paredes silenciosas.


Música.

Sí, música. 


Nada mejor que la triste melodía de una balada para ahogar esa sensación opresiva, dulcemente aterradora, de no estar sola.


Aquel libro sobre el estante de madera escupía promesas de nunca más. Un cuervo perseverante, plutónico —según lo recordaba—, alisaba sus plumas negras sobre el busto de Palas.


Una nueva sensación cálida estremeció su piel, como si la música y el recuerdo equívoco de aquel cuervo petrificado la cobijasen. Se sentó. El sonido de un vehículo en la calle la aisló todavía más. La suave melodía se sostuvo en el aire, apenas un instante, y luego calló.


Los rincones susurraban.


—Piensa en mi —dijo en voz alta—. Está pensando en mi...


Se sobresaltó al escucharse. 


Los ecos reverberaron entre los muebles. Entonces lo supo, con la misma claridad absurda de las certezas oníricas: Él estaba ahí.


Se acostó. El ocre le devolvió su temperatura. Un par de alas rascaban los cristales. Luego, una silueta vaporosa se alzó a los pies de la cama. El resto de la habitación pareció fundirse en esa negrura, como si los pálidos reflejos lunares fuesen absorbidos por ella.


—Piensa en mi. —repitió.


La figura se inclinó hacia adelante. Ella se estremeció. Toda su piel degustaba una especie de anticipación febril; como el gesto resignado de una presa voluntaria. Se supo altar y ofrenda de viejas fantasías inconclusas.


Allá lejos, el mar dialogaba con las con las nubes. Las baladas tristes se quebraron, estallaron en mil pedazos de cristal, mientras un suave y cálido aliento comenzaba a recorrerla, a saborear cada pequeño resquicio de sus accidentes. 


Antes de hundirse definitivamente en la locura ella pensó en un campo sembrado con flores de hierro; en un funeral de hadas al que jamás asistiría.

Entonces llegó el ocaso.

Una caricia crepuscular se derramó sobre ella, dentro de ella, un sacrificio táctil en su interior. Creció un remolino intraducible de balbuceos, declaraciones insensatas y promesas falsas.


Se perdieron uno en el otro; y juntos se reencontraron.


—Nunca más. —susurró ella.


—Nunca más. —dijo la figura.


La noche se deshizo en fugaces matices dorados. Ella cerró los ojos, mientras la vida se filtraba gota a gota sobre las sábanas. Las sombras huían, abochornadas, hacia los rincones de la habitación.


—Nunca más.


Se aferró a ese pensamiento terrible y esperanzador: Nunca más. 


Y nunca, nunca más volvió a escuchar el premonitorio lamento del mar sin estremecerse, llena de nostalgia por el recuerdo difuso del sol.


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Dic 29 2014, 20:15

Estas antiguas fotos de artistas de circo te darán escalofríos

Es increíble pensar en un momento en que las personas con defectos de nacimiento y “deformidades” fueron tratados como “monstruos” y explotados como atracciones en los circos locales, de pueblo en pueblo. Estas imágenes te llevarán de vuelta a una época donde los artistas de circo de feria eran prominentes, y que definitivamente te darán escalofríos.

Alice E. Doherty, también conocida en el escenario como “El bebé de lana de Minnesota”


via Sideshow World / Neil Davis

Unzie El Albino


Isaac W. Sprague, también conocido como “El esqueleto viviente”


Un artista con los pies grandes y otro sin brazos

 

via Daily Mail / Syracuse University Library’s

Pip y Flip: Los Mellizos de Yucatán


Koo Koo La chica pájaro


via tumblr / weird-vintage

El Acróbata sin piernas y su familia posando para una foto


via tumblr / tuesday-johnson | Jeffrey Kraus

El alfiletero humano


Este joven tenía Ectrodactilia, que es una deformación de las manos que parecen pinzas de langosta


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El hombre de dos cabezas


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La mujer de cuatro piernas


Wikimedia Commons / James R. Applegate

Ella Harper, también era conocida como la “chica camello”


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Lucía Zárate es la persona más pequeña que jamás haya vivido. Tenía 18 años de edad y pesaba tan sólo 4 libras


Una mujer barbuda llamada Annie Jones


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John Jennings conocido como “El Samson Moderno”


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Show de boxeadores



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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Ene 12 2015, 16:49


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Dom Ene 18 2015, 14:40

Por qué los vampiros odian el ajo
Posted: 17 Jan 2015 05:14 AM PST

Por qué los vampiros odian el ajo.



No deja de sorprender que una criatura sobrenatural como el vampiro pueda ser ahuyentado con una modesta ristra de ajo


Sin embargo, este sistema de profilaxis es casi tan antiguo como las másviejas leyendas de vampiros.


Por regla general, conviene prestar atención a todos los rasgos y detalles que se mantienen inalterables en elcurso histórico de una leyenda, ya que siempre participan de su génesis.


Las primeras menciones sobre el ajo como método de protección contra los vampiros provienen de la Edad Media. En gran medida, su éxito como repelente de vampiros se debe a causas olfativas. 


Veamos por qué.


La creencia en vampiros tuvo un fuerte arraigo en ambas orillas del Rin. En aquella zona se pensaba que los vampiros poseían una vista muy deficiente y qué, al menos durante sus primeras noches como no-muertos, buscaban alimentarse con la sangre de familiares cercanos guiándose únicamente por el olfato. 


En la presunción —por cierto, verificable— de que todos tenemos un hedor particular que nos identifica, los atemorizados parientes del supuesto vampiro se untaban generosamente el cuello, los brazos y el tórax con una pasta hecha a base de ajos machacados con la intención de ocultar el rastro odorífero propio de la familia.


Algunos folkloristas sospechan que el empleo del ajo como método profiláctico contra los vampirosse originó por una mala interpretación del trabajo de enterrador.


En la Edad Media —y hasta bien entrado el siglo XIX— no era inusual que pasaran varios días hasta que un cadáver fuese enterrado, incluso semanas o, si las condiciones climáticas eran adversas, meses. Los enterradores utilizaban un collar de ajos alrededor del cuello para protegerse de los efluvios fétidos de los cuerpos en pleno proceso de descomposición, hábito práctico que pudo ser confundido con una operación de orden mágica.


La leyenda de los vampiros evolucionó a finales de la Edad Media. Ya no se creía que los vampiros atacaran únicamente a sus familiares más cercanos, sino a cualquiera; de modo que el hábito de untarse la piel con pasta de ajo para esconder el olor personal quedó obsoleta. 


Sin embargo, el remedio se perpetuó en la costumbre de colgar ajo en las ventanas, puertas y chimeneas, creyendo que esto los ahuyentaba.


Este pequeño salto evolutivo tuvo un enorme impacto en el desarrollo de los vampiros como arquetipo del mal en las leyendas.  El ajo en sí mismo no poseía ningún efecto sobre los vampiros, sino más bien sobre quienes lo utilizaban para disimular su olor. No obstante, en el siguiente eslabón de la leyenda, cuando se creía que los vampiros podían cebarse en la sangre de cualquiera, el ajo adquirió cualidades repelentes propias.


Ya bajo este nuevo paradigma, Rumania, cuna del vampirismo ortodoxo, fue sede del más prolífico y variado consumo de ajo como protección contra vampiros.


Los primeros tratados sobre vampiros trazan un claro paralelo entre los vampiros y los insectos


El obispo L'Oubriere declara que los vampiros son los «mosquitos del infierno»; una muestra gratis de los horrores que Satanás tiene reservados para los réprobos condenados a su reino. La sabiduría popular, siempre atenta a las sugerencias del clero, empezó a utilizar el ajo como repelente natural contra los vampiros, precisamente porque produce el mismo efecto en algunos insectos, especialmente en los mosquitos.


El excéntrico clérigo y erudito inglés Montague Summers —autor de: El hombre lobo (The Werewolf)El vampiro: su estirpe y raza (The Vampire: His Kith and Kin) e Historia de la brujería y la demonología (The History of Witchcraft and Demonology)— describe la costumbre húngara de colocar dientes de ajo en todos los orificios del cadáver bajo la creencia de que esto impedirá que se levante como vampiro. 


Este hábito, notoriamente inquietante para cualquier sacerdote católico, quien cree en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos, presenta la incomodidad que supone despertarse en pleno Apocalípsis con un diente de ajo insertado en el ano.


Vale aclarar que esta aterradora operación proviene de una región que no cree en los vampiros en cuanto entidades revinientes, sino como espíritus que poseen y animan ciertos cadáveres con propósitos nefastos. 


Este tipo de característica es conocida como posesión vampírica.


El ocultista francés Robert Ambelain propone otra explicación para el uso de ajo como remedio contra los vampiros


Según sus registros, los pastores de los Cárpatos solían quemar una mezcla de arsénico y otras sustancias con las que ahumaban al ganado bajo la creencia de que ese aroma era intolerable para los vampiros. Ambelain reprodujo en su laboratorio aquella receta. El resultado fue un olor prácticamente idéntico al delajo.


¿Por qué los vampiros odian el ajo?


El cine de terror insistió hasta el cansancio sobre este asunto, pero la literatura gótica fue mucho menos proclive a inclinarse hacia el ajo como remedio anti-vampiros.


La primera mención literaria del uso del ajo contra los vampiros proviene de la interminablenovela de 1847: Varney, el Vampiro; o el festín de sangre (Varney the Vampire, or The Feast of Blood), atribuida simultáneamente a James Malcolm Rymer y Thomas Peckett Presst


Algunos años después la cosa se fue perfeccionando. Ya no se usaban los dientes de ajo sino las flores del ajo para prevenir los ataques de los vampiros. 


El primero en apropiarse de esta tendencia fue el Drácula (Dracula, 1897), de Bram Stoker; dónde un enajenado Abraham Van Helsing coloca flores de ajo en la habitación de Lucy Westenra, con resultados francamente negativos.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Lun Ene 19 2015, 15:45

Viaje a los limites del universo
Un documental producido por el mismo equipo de "En el vientre materno" que desvela los misterios del cosmos con idéntica audacia y calidad de imagen.
Un documento visual que invita a adentrarnos en los secretos del espacio, en un viaje sin precedentes 





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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Mar Ene 20 2015, 16:30

Cuando la palabra nos convierte en vampiros
Posted: 20 Jan 2015 04:33 AM PST

Cuando la palabra nos convierte en vampiros.



El poder de la palabra es incuestionable. 

Está presente en todas las culturas, ya sea bajo la forma de bendición, es decir, la palabra como vehículo del bien, o como maldición: el verbo hecho espada.

A mitad de camino podemos advertir la presencia de encantamientos, sortilegios, embrujos, y otras posibilidades de la palabra como forma de alterar el curso de la realidad.

A propósito de esto, existe una paradoja muy extraña alrededor de la palabra como método de transformarse en vampiro

Veamos de qué se trata.

Durante la Edad Media se creía que una de las formas más comunes de convertirse en vampiro se producía cuando el sacerdote que oficiaba el rito de inhumación se equivocaba al pronunciar alguna frase de la Bibia, es decir, cuando cometía un error gramatical en su latín, en cuyo caso el occiso podía rehusarse a admitir su condición de óbito y alistarse en las filas de los no-muertos.

La paradoja, si cabe llamarla de ese modo, consiste en que la mayoría de la gente en la Edad Media no sabía latín, incluidos muchos sacerdotes y monjes que repetían fonéticamente sus ritos, salmos y oraciones. 

En este contexto donde pocos entendían realmente el latín, la mayoría de los desaciertos gramaticales pasaban desapercibidos, salvo cuando tenían consecuencias sobrenaturales.

Toda paradoja tiene su razón de ser, y ésta no es la excepción. 

Si bien la gran mayoría de los deudos y sacerdotes desconocían proverbialmente el latín que se enunciaba durante los entierros, ambos tenían justificadas razones para temer cualquier yerro gramatical, ya que losvampiros que nacían de estos desajustes solían cebarse con todos los testigos de su funeral.

Este horror por el yerro lingüístico tuvo su origen en Europa Oriental, más particularmente en Rumania, donde las leyendas de vampiros alcanzan una cifra escandalosa. 

Por ejemplo, en la ciudad de Cisnadie se pensaba que estos vampiros puristas del latín se levantaban durante la primera noche de su entierro. El único remedio que existía para mitigar su furia era mirarlos directamente a los ojos, actitud que los petrificaba. 

Como los buenos aldeanos de Cisnadie preferían dormir por las noches y no dedicarse a vigilar las calles a la espera de vampiros ofendidos, decidieron que todas las ventanas de todas las casas del pueblo tuviesen forma de ojos, en cuyo interior se colgaban velas y lámparas de aceite para imitar el brillo ocular.

En Brasov, casi en el centro de Rumania, se narra la historia de un sacerdote que ofició el funeral de un hombre notoriamente amargado. Saliéndose de la rigurosidad del oficio, el benévolo cura pronunció de memoria una frase en latín que no pertenecía al canon, pero que consideró oportuna para el agrio finado:

Ad bonum uirum cito moritur iracundius. —dijo el cura, buscando cómplices de su agudeza entre los presentes.

A este sacerdote bienintencionado le concedemos un yerro menor: una sola palabra, iracundius; que desembocó, según anota un cronista, en la conversión del óbito en vampiro y la posterior muerte del cura a manos (o colmillos) de éste.

Su ignorancia lo condenó, probando una vez más que el poder de las palabras puede resultar nefasto aún cuando se las pronuncie con buenas intenciones.

Ad bonum uirum cito moritur iracundius significa: el malhumorado muere rápido en el hombre bueno. 

En realidad, el sacerdote debió decir: ad bonum uirum cito moritur iracundia (El mal humor muere rápido en el hombre bueno).

Tales tropezones gramaticales eran considerados como un motivo perfectamente válido para que unhombre se convierta en vampiro. Razón por la cual los aplicados sacerdotes de las comarcas rumanas solicitaron un permiso especial del Vaticano para concluir los servicios fúnebres con esta piadosa frase:

Humanun est errare.

(Equivocarse es humano).


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Ene 22 2015, 12:51

"El Miserere": Gustavo Adolfo Becquer; relato y análisis






El Miserere (El Miserere) es un relato fantástico delescritor español Gustavo Adolfo Becquer (1836-1970), publicado el 17 de abril de 1862 en el periódico El contemporáneo, y reeditado en su famosa antología:Leyendas (Leyendas).

El Miserere, tal vez uno de los más brillantes cuentos fantásticos de Gustavo Adolfo Becquer y sin dudas elmejor del romanticismo español, nos ubica en la Edad Media, más precisamente en una oscura abadía durante la noche de Jueves Santo.

La palabra Miserere significa misericordia, nombre que suele emplearse para referirse al salmo cincuenta de David, cuya primera línea: Miserere mei, Deus (Misericordia, Dios mío), resultan muy adecuada al relato de Gustavo Adolfo Becquer.

El Miserere integra dos ingredientes esenciales de la literatura gótica: la atmósfera, asfixiante y misteriosa; y el hipnótico aroma de lo medieval.

Estos cimientos, al menos en la pluma de Gustavo Adolfo Becquer, garantizan el florecimiento de una larga lista de cualidades secundarias ligadas a la literatura gótica: melodías extrañas, monjes perturbados que salen de sus tumbas para expiar sus pecados, un músico obsesionado con atrapar esa sinfonía macabra; y la duda, sobre todo, esa incertidumbre perpetua acerca de las realidades que nacen y mueren en las fronteras de nuestra percepción.






El Miserere.
El Miserere, Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870)

Hace algunos meses que visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero tengo tanta afición, que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera, y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras, que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue qué, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto; Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime, o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.

—¿Sabéis qué es esto? —pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.

I.

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero, y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre, y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colación, su pobre lecho y su encendido hogar, puso el hermano a quien se hizo esta demanda a disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

—Yo soy músico —respondió el interpelado—, he nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción, y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

—Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles, dirán conmigo cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante; y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes, que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

—Después —continuó— de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos.

—¿Todos? —dijo entonces interrumpiéndole uno de los rabadanes—. ¿A qué no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?

—¡El Miserere de la Montaña! —exclamó el músico con aire de extrañeza—. ¿Qué Miserere es ése?

—¿No dije? —murmuró el campesino; y luego prosiguió con una entonación misteriosa—. Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que como yo andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia; una historia muy antigua, pero tan verdadera como al parecer increíble.

Es el caso, que en lo más fragoso de esas cordilleras, de montañas que limitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace ya muchos años, ¡que digo muchos años!, muchos siglos, un monasterio famoso; monasterio que, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legar a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades.

Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que, por lo que se verá más adelante, debió de ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos, y de que su castillo se había transformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, saquearon la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile con vida.

Después de esta atrocidad, se marcharon los bandidos y su instigador con ellos, adonde no se sabe, a los profundos tal vez.

Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón, de donde nace la cascada, que, después de estrellarse de peña en peña, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

—Pero —interrumpió impaciente el músico— ¿y el Miserere?

—Aguardaos —continuó con gran sorna el rabadán—, que todo irá por partes. Dicho lo cual, siguió así su historia:

—Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen: de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria, es que todos los años, tal noche como la en que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia; se oye como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire.

Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

—¿Y decís que ese portento se repite aún?

—Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la de jueves Santo, y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

—¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

—A una legua y media escasa; pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! -exclamaron todos al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.

—¿A dónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos, y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto, diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores. El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría. Pasado el primer momento de estupor, exclamó el lego:

—¡Está loco!

—¡Está loco! —repitieron los pastores; y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.

II.

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia, llegó al punto en que se levantaban negras e imponentes las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen, de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que despiertos de su letargo por la tempestad sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen, o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora en que debiera realizarse el prodigio.

Transcurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió; aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

—¡Si me habrá engañado! —pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada..., dos..., tres..., hasta once.
En el derruido templo no había campana, ni reloj, ni torre ya siquiera.

Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera, comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto, de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad como una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y al par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Un vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves, que parecía salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas, y agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David: ¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras, y penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde con voz más levantada y solemne prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música, y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse, algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del Rey Salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico que la presenciaba, absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales.

Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una emoción fortísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetrar hasta la médula de los huesos. Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:

In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la Humanidad entera por la conciencia de sus maldades, un grito horroroso, formado de todos los lamentos del infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad, haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de júbilo, hasta que merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes se vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como una gigantesca espiral de sonoro incienso:

Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata.

En este punto la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y nada más oyó.

III.

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

—¿Oísteis al cabo el Miserere? —le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

—Sí. —respondió el músico.

—¿Y qué tal os ha parecido?

—Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa —prosiguió dirigiéndose al abad—; un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin a ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba: —¡Eso es; así, así, no hay duda..., así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo, pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fue imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores; todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me mater mea.

Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe sí no serán una locura?

Gustavo Adolfo Becquer (1836-1870










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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Ene 23 2015, 22:30

Significado de los 30 sueños más comunes (además de los eróticos)
Posted: 22 Jan 2015 07:33 AM PST
Entender el significado de un sueño es como tratar de interpretar un lenguaje cuyos signos y estructura no conocemos.

Nuestro inconsciente emplea un lenguaje particular, cargado de referencias que solo son importantes para el individuo, y otras que abarcan a toda la humanidad. Por cierto, este "idioma" utiliza imágenes e impresiones que no coinciden con la carga de significado que nuestra mente conciente les asigna, haciendo notablemente difícil interpretarlo más allá de toda duda.

No obstante, el lenguaje de los sueños posee un costado relativamente fácil de interpretar. 

Algunos símbolos se repiten, insisten en cada uno de nosotros, lo cual nos ha permitido establecer una serie de leyes generales que aplican sobre ellos.

Estos símbolos son el núcleo de un sueño en particular, el eje alrededor del cual gravita toda la trama y eventualidades del sueño.

Veamos qué podemos "traducir" de los 30 sueños más comunes.




Significado de los 30 sueños más comunes.

Representan la porción de nuestra psique conectada a los instintos básicos.

Ser perseguido por un animal en sueños indica la represión de estos instintos básicos, que normalmente mutan en pulsiones de miedo y agresividad.


Soñar con bebés simboliza un estado de vulnerabilidad. 

Curiosamente, no solo las mujeres sueñan habitualmente con bebés, los hombres lo hacen con una frecuencia similar. En cualquier caso, y dependiendo de la actitud del bebé del sueño, éste a menudo aparece con características extrañas.


Soñar con ser perseguido es una de las piezas oníricas que más y mejor se recuerdan debido a la intensidad que generan.

Casi siempre sintetizan el miedo frente a una amenaza, que no necesariamente debe ser física. Si la persecusión es realizada por un ser que no llegamos a ver, entonces simboliza el surgimiento de nuestros propios deseos reprimidos.

Un dato interesante: si en el sueño NO PODEMOS VER a nuestro perseguidor, por la razón que sea, se debe a que somos nosotros mismos, es decir, nuestros deseos inconfesables, quienes nos perseguimos.


4) Soñar con ropa:
Muchas veces repasamos un sueño que hemos tenido y no logramos encontrar nada relevante, como si éste no tuviera ningún sentido para nosotros. En estos casos, la trama del sueño es una "excusa" del inconsciente para expresar algo a través de un símbolo.

La ropa, por curioso que parezca, es el núcleo de muchos sueños aparentemente sin sentido. Simboliza la mirada del otro, el cómo nos ven y nos perciben los demás.


5) Soñar con cruces:
Independientemente de la cultura y fe del soñador, soñar con cruces representa la muerte. 


6) Soñar con exámenes:
Este tipo de sueños exploran los sentimientos de inseguridad frente a un desafío o amenaza a la autoestima.


Por lo general, los sueños de muerte representan alguna fase de cambios en la vida, ya sean objetivos, por ejemplo, una mudanza, cambio de trabajo o el final de una relación, como espirituales, por ejemplo, frente a situaciones que provocan decepción.


Representan las ansiedades frente lo inmanejable de una situación determinada pero también el miedo a perder el control o a fracasar.


9) Soñar con maquinaria defectuosa:
Si un aparato tecnológico no funciona en sueños, ya sea un automóvil, un teléfono celular o una computadora, por ejemplo, expresan tanto ansiedad como la sensación de que hay situaciones que percibimos como incontrolables en nuestra vida.


10) Soñar con comida:
Suena extraño, es cierto, pero nuestro inconsciente utiliza la comida como metáfora del conocimiento. 

Comer vorazmente en un sueño representa la necesidad de saber algo.


Los demonios, fantasmas, vampiros y otras criaturas sobrenaturales, siempre representan las emociones básicas, primordiales, que todos reprimimos para sobrevivir con éxito en la sociedad.


12) Soñar con perder el cabello:
Según Sigmund Freud, el cabello posee una estrecha vinculación con el sexo. 

Perder el cabello en sueños, es decir, experimentar que nuestro pelo se cae o quedar directamente calvo, representa la pérdida del deseo sexual. 

Por otro lado, soñar con abundante cabello expresa un aumento en la libido.


13) Soñar con manos:
Soñar con manos atadas representa sensaciones de indefensión. 

Lavarse las manos en sueños significa culpa. 

En cualquier caso, los sueños con manos son, casi siempre, un umbral para el despertar.


14) Soñar con casas:
Las casas de nuestros sueños, con sus consecuentes habitaciones, escaleras y pasillos, representan el laberinto de nuestra propia mente. 

Cada cuarto simboliza un deseo, recuerdo o pensamiento diferente. 

Por eso no es inusual que soñemos muchas veces con la misma casa a lo largo de nuestra vida.


15) Soñar con matar a alguien:
Por regla general, soñar con matar a alguien representa el deseo de aniquilar una porción de nosotros mismos. 

Es un sueño bastante común, aunque pocos se atrevan a confesarlo. 

Normalmente no expresa hostilidad por alguien que no sea el propio soñador.


16) Soñar con un matrimonio:
Atención: los sueños de matrimonio, bodas o noviazgos con personas que no podemos reconocer en la vida real, siquiera en una película o serie de tv., casi siempre simbolizan el acto de asumir la parte masculina o femenina de nuestra psique, dependiendo del género del soñador.


17) Soñar con llegar tarde o perder un medio de transporte:
Llegar tarde al aeropuerto, perder un tren o cualquier otro tipo de transporte, simboliza la sensación de frustración frente a la pérdida de una oportunidad.


18) Soñar con dinero:
El dinero de nuestro sueños sintetiza el valor que nos damos a nosotros mismos, y también nuestro precio.


19) Soñar con obstáculos:
Desde una montaña a un embotellamiento, los obstáculos en los sueños representan nuestros propios prejuicios, en general, que demoran o retrasan algún tipo de decisión.


20) Soñar con estar desnudo:
Otro de los sueños que más se recuerdan

Soñar con estar desnudos expresa vulnerabilidad pero también el deseo y búsqueda de reconocimiento y atención.


21) Soñar con gente (conocida):
Los personajes de nuestros sueños, cuando son personas conocidas, representan aspectos de nuestra propia psique relacionados con las características de esas personas en particular.


22) Soñar con radios, televisores, teléfonos y computadoras:
Los sueños con cualquier aparato de comunicación representa los canales de interacción entre la mente consciente y el inconsciente. 

Aquellos que logren siquiera una fase preliminar de sueños lúcidos con estos símbolos, pueden probar preguntarles algo. 

Lo que reciban será asombroso.


23) Soñar con caminos, calles, rutas:
Los caminos de los sueños son manifestaciones literales del curso de nuestra vida actual, que puede ser placentero como lleno de obstáculos y accidentes. 


24) Soñar con la escuela, colegio y universidad:
En personas jóvenes, es decir, en aquellos que aún están cursando algún tipo de actividad académica, representan el hábitat más común de la ansiedad. 

En adultos indican algún tipo de sentimiento de pérdida, de nostalgia, aún cuando las situaciones soñadassean desagradables.


25) Soñar con figuras de autoridad: padres, maestros, jefes, etc.
Todas ellas son manifestaciones que la psique procesa como íconos positivos. 

Aún cuando parezcan despóticas, siempre tienen algún mensaje importante para dejarnos.


26) Soñar con dientes:
Contrariamente a lo que se cree, soñar con la pérdida de dientes no significa el advenimiento de una muerte, sino de maduración y cambios.


27) Soñar con estar atrapado o encerrado:
Este tipo de sueños simboliza la atadura a una decisión, que no siempre puede parecer negativa, por ejemplo, el matrimonio suele aparecer representado en sueños como una fuerte atadura.


28) Soñar con vehículos:
En general representan nuestro propio cuerpo físico. 

Si controlamos el vehículo o no, al menos en sueños, resulta muy fácil de entender.


En todos los casos, desde una suave lluvia a un océano agitado, los sueños con agua representan la mente inconsciente en sus distintas fases de estabilidad.


Por extraño que parezca muchas veces soñamos que estamos soñando, aunque no siempre esto produce el despertar. 

Durante el sueño podemos imaginar que nuestra mente consciente es como el cuerpo de alguien que está siendo intervenido quirúrgicamente, y a nuestro inconsciente como el cirujano. 

Soñar que estamos soñando sería algo parecido a lo que ocurriría con este paciente en el que falla la anestesia (la pieza onírica), despertándose en medio de la operación.

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La Encantada del Castillo de Burgalimar

Mensaje por URSINO el Mar Ene 27 2015, 19:46



  • La impresionante fortaleza de Baños de la Encina esconde misterios y leyendas entre sus piedras con siglos de historia






  • El castillo califal de Burgalimar (castillo de los Baños), situado en Baños de la Encina, ocupa un espolón rocoso que domina el río Guarromán. Tiene forma elíptica y ocupa una superficie de 2.700 metros cuadrados. Por su placa fundacional se sabe que fue construido, de tapial, en el año 968. En dicha placa se puede leer lo siguiente:
    «En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso, mandó construir esta fortaleza el siervo de Alá Abdalá Al-Hakam II al-Mistansir bi-lla'h, Emir Almuminin, cuya vida Alá guarde, bajo la dirección de su arquitecto y general Maysur Ben Alhacam. Se terminó con la fuerza de Alá y su ayuda. Y eso fue en la luna de Ramadán del año siete y cincuenta y trescientos.»
    Esta fortaleza contó, en su origen, con quince torres iguales y una barbacana, además de una leyenda que sitúa a una encantada entre sus murallas.
    Dícese que en un tiempo lejano una pareja de enamorados se reunió en un lugar cercano a este municipio, denominado 'La fuente del pilarejo', y allí consumaron su amor. En ese lugar decidieron construir su hogar con los materiales que tenían al alcance de la mano: madera, ramas, etc.
    Su humilde morada solo tenía dos habitaciones y el suelo era de tierra apisonada, pero su mesa estaba bien abastecida con lo que le proporcionaba el huerto y el corral de animales domésticos.
    Curiosidad y rumores
    Durante muchos años fueron el objeto de la curiosidad general y por el pueblo circulaban rumores sobre la viabilidad de su matrimonio. Finalmente se extendió la idea de que su convivencia se había quebrado, puesto que uno de los dos había desaparecido, aunque nadie en la población sabía en qué circunstancias. La curiosidad general hizo que cuando mejoró el tiempo, puesto que se habían sucedido muchas jornadas de lluvias, algunos vecinos se acercaron a visitar la casa donde se decía que la mujer vagaba sola y meditabunda. Pero cuando abrieron la puerta no encontraron más que una casa casi en ruinas, sin signos de vida. Se hizo un registro minucioso, se levantó el suelo de las habitaciones y patio, pero no se halló nada.
    Pasó el tiempo y el lugar fue relegado al olvido, hasta que una vecina de Baños encontró en una fuente, cercana al lugar, una imagen de una señora con las manos llenas de verdugones y la cabeza cubierta con un pañuelo. Como era digna de lástima, la chica sintió piedad y le preguntó si había ido a por agua a la fuente, porque no llevaba cántaro, pero no hubo respuesta pues la sombra desapareció.
    Enfermedad
    Poco tiempo después esta misma muchacha enfermó y el médico no supo averiguar el mal que le aquejaba. Más tarde, al llamar al párroco y arreglar sus cuentas con Dios la mujer falleció.
    La leyenda popular cuenta que otra vecina del pueblo sufrió una peripecia similar, aunque su aparición no fue una sombra sino una mujer de blancas vestiduras, bello rostro y hermosa voz que surgió de entre los matorrales y se dirigió a ella y la abofeteó. Algunas noches de luna llena, puede contemplarse esa misma figura por las murallas del castillo de Burgalimar.

  • http://www.ideal.es/jaen/provincia-jaen/201501/27/encantada-castillo-burgalimar-20150126210424.html

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Dom Feb 01 2015, 21:22

[size=40]Los misterios de la Gran Pirámide de Keops[/size]







La monumental pirámide de Keops es quizá una de las construcciones de la antigüedad que más curiosidad ha despertado entre los hombres. Su método de construcción no está demostrada... ¿Cómo es posible que los egipcios fueran capaces de levantar algo tan preciso y de gran dificultad técnica?


Según la história la pirámide la mandó construir el faraón Keops, y se terminó en tan sólo 20 años.  Y decimos "tan sólo" por lo siguiente:



  • Se transportaron 3 millones de bloques de piedra, de hasta 60 toneladas, desde diferentes canteras que se encontraban a kilómetros de distáncia. Eso sin pensar que no contaban con carreteras trazadas, y que la rueda aún no había sido inventada.




  • Cortaron los bloques de piedra con tal precisión, que ni las sierras más sofisticadas que tenemos en la actualidad serían capaces de igualar 




  • Gracias a las marcas que han dejado en la superficie de los monolitos los utensilios que las serraron, podemos deducir algunas cuestiones interesantes. Está demostrado que los constructores de las pirámides usaron un material 50 veces más fuerte que el diamante para cortar los bloques, así como los sarcófagos de granito y los monumentos de piedra gigantescos que podemos encontrar en la región de Egipto. 



Ahora cabe pararnos un momento y reflexionar: ¿Un material 50 veces más resistente que el diamante? Actualmente no tenemos conocimiento de ningún material de semejantes características, ni en la Tierra, ni en ningún planeta del sistema solar. Pero ahí está la prueba. Esos macizos de piedra fueron cortados por una herramienta que a día de hoy no seríamos capaces de reproducir.


Además, los astrónomos no saben de qué manera pudieron señalar con tal exactitud los astros.




Aplanaron la superficie de Giza de modo que entre el nivel del suelo que separa una pirámide de la otra, sólo haya un centímetro de error. 


Cabe destacar que además de los bloques de piedra, las pirámides estaban recubiertas por 27.000 losas pulidas hasta la perfección, y colocadas una por una sobre la superficie de la monumental construcción. Estas losas pesaban 16 toneladas cada una. ¿Cómo consiguieron, los egipcios de la cuarta dinastía mover tanto peso? Sería interesante mencionar que actualmente, las máquinas que se utilizan para mover piezas muy pesadas son las llamadas campanas de vacío. Y estas, además, sólo son capaces de levantar 2 toneladas de peso, no 16 toneladas


Éstas y más pruebas, demuestran que los constructores de las pirámides poseían una tecnología muy avanzada. Sus conocimientos geodésicos quedan más que constatados si nos fijamos en la ubicación de las pirámides respecto los cuatro puntos cardinales. 


La exactitud con la que las pirámides están orientadas hacia el norte es simplemente impresionante, si se tiene en cuenta que los egipcios no dejan ningún tipo de registro de tales conocimientos geodésicos en sus gravados. ¿Si los egipcios no tenían tal dominio en este campo, cómo es posible que las pirámides estén tan bien orientadas? Los arqueólogos han preferido dejar en manos de la casualidad, el hecho de que el margen de error de la orientación de tales monumentos respecto al norte sea de 5 minutos y 31 segundos, lo cual es una minudez.


Hay otra característica que hace de la gran pirámide, algo espectacular. Sus caras no son lisas, sinó que la forman dos planos verticales que hacen un ángulo de 27 minutos. Por lo tanto, la gran pirámide no tiene 4, sino 8 caras.


Foto tomada el 21 de marzo de 1934, durante el equinocio, por el Royal Air Force.


Con esto, los creadores de las pirámides querían señalar los equinocios y los solsticios.

Si nos adentramos en el interior de la pirámide, encontramos un estrecho pasadizo al que se accede por la puerta principal, actualmente tapiada. Después de pasar por diversas galerías y más pasadizos, podemos encontrar un camino abierto a finales del s. XIX. Éste nos lleva a través de 5 estancias destinadas a lidiar el fuerte peso que recae encima de la cámara del faraón.
 
Allí, el aire se hace más espeso, y si a alguien se le ha ocurrido entrar con linternas, focos y cámaras para grabar su interior, se ha llevado la sorpresa de que la energía de sus baterías se agotaba con gran rapidez.



Todos estos aspectos nos hacen plantearnos si los egipcios fueron realmente capaces de contruir tales monumentos, con la insuficiente tecnología con la que contaban y sus escasos conocimientos en matemáticas. 

Las pruebas evidencian que esta posibilidad es más bien remota. Lo más probable es que esta cultura se encontrara estos monumentos ya construidos, y probablemente bastante obsoletos, y los reutilizaran en base a sus creencias, usándolos como tumbas para el faraón y sus sirvientes, y para almacenar sus riquezas para recuperarlas en el más allá


También sería posible que los creadores de las pirámides, una civilización mucho más avanzada que la de los egipcios, coincidiera con éstos últimos y les infundaran algunos de sus conocimientos, perpetuando así su cultura. De esta manera, la cultura egipcia sería una continuación menos avanzada de una civilización anterior. 


Éstas conclusiones no son más que hipótesis y ensoñaciones, pero no dejan de estar dentro de los límites de lo posible. Más posible incluso que la historia que nos han contado hasta el día de hoy. Una civilización como la de los egipcios, capaz de construir tales máquinas de precisión, tales calendarios atemporales. 








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La aterradora leyenda del hospital que se convirtió en el museo Reina Sofía

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Dom Feb 15 2015, 20:28

Sucesos extraños, actividad paranormal y espíritus; son muchos los episodios fantasmagóricos que pueblan sus pasillos vacíos


javier prieto
Fachada del Musero Reina Sofía

Voces y gritos en salas vacías, puertas que se abren y se cierran solas, alarmas que saltan sin que se encuentre la causa técnica de este fallo. Son algunos ejemplos de los hechos denunciados a lo largo de los años por funcionarios y vigilantes del Museo Reina Sofía. Unas circunstancias que han dado lugar a la formación de una siniestra leyenda alrededor de este centro, un espacio que se ha convertido en un clásico de las investigaciones paranormales en España.
La historia del edificio se remonta a la segunda mitad del siglo XVI. En esta fecha se construyó, en el solar que actualmente ocupa el Museo, un albergue donde mendigos y personas sin recursos acudían a morir. En el subsuelo de este lugar podrían haber sido enterrados muchos de ellos. Este albergue se convirtió posteriormente en el Hospital General, inaugurado en 1787 por Carlos III. El proyecto, que fue iniciado por el ingeniero José Hermosilla y culminado bajo la dirección de Francisco Sabatini, buscaba reunir en una misma ubicación, en la zona de Atocha, los numerosos centros y hospitales desperdigados por la ciudad. En su interior se veneraba a la imagen de Nuestra Señora de Madrid o Virgen de los Pobres.

Más muertes

En sus primeros años de funcionamiento murieron miles de personas en el hospital, en una época en la que distintas pestes y epidemias asolaron Madrid. El número de cadáveres era tan elevado que muchos de ellos tuvieron que ser enterrados en el subsuelo del propio centro hospitalario. Este hecho hizo que durante el siglo XIX surgiesen historias sobre duendes y fantasmas que subían por las noches a las habitaciones de algunos enfermos para anunciarles que su muerte estaba próxima.
El Hospital General cerró sus puertas y dejó de funcionar en 1965. Durante 20 años permaneció abandonado e invadido por cientos de gatos. Se llegó a plantear su demolición, pero la Academia de San Fernando y la Dirección General de Bellas Artes pidieron al Gobierno su conservación y consiguieron que en 1977 fuese declarado edificio histórico—artístico. Cinco años después se decidió convertir el viejo edificio del Hospital General en un centro de arte moderno: el Museo Reina Sofía.

Momias religiosas

Durante las obras de acondicionamiento se produjo toda una serie de macabros hallazgos, entre los que se encontraban restos de esqueletos, calaveras o cadáveres de niños. En 1990, mientras se llevaba a cabo una segunda remodelación, aparecieron tres monjas momificadas enterradas en la antigua capilla del hospital, una zona que hoy día se utiliza como sótano y en la que algunos trabajadores del museo aseguran que se producen la mayor parte de actividades paranormales. De hecho, las tres momias permanecen enterradas bajo la puerta principal del Museo tras el permiso de la Archidiócesis.
Pese a la rehabilitación del edificio, la pinacoteca madrileña era escenario de todo tipo de extraños sucesos. Una situación que estudió el Grupo Hepta, un equipo de investigadores y especialistas fundado por el sacerdote José María Pilón. Acudieron por primera vez al Museo en 1992, cuando María de Corral era la directora del Reina Sofía, y fueron testigos de fenómenos inexplicables como que los ascensores se pusiesen en marcha por sí solos durante las noches.
Los hechos empezaron a sucederse meses después del traslado del Guernica ese mismo año. Un cambio de lugar que resultó muy polémico puesto que numerosos expertos consideraban que el Reina Sofía no era el sitio más idóneo para la obra de Picasso y que se encontraba mejor en su anterior ubicación, el Casón del Buen Retiro. Por este motivo, hay investigadores que aseguran que los hechos paranormales están protagonizados por el fantasma de Pablo Picasso, enfadado por el traslado de su cuadro a un hospital convertido en museo.
Las teorías no acaban ahí. Una médium afirmó que el espíritu existía y que se trataba de un sacerdote que murió torturado durante la Guerra Civil en una zona del hospital que habría sido utilizada en esta época como cárcel y centro de tortura.

Ataúlfo responde a la llamada

Sin embargo, la cosa fue a más. Y es que según cuenta el periodista Ángel del Río en su libro «Duendes, fantasmas y casas encantadas de Madrid», algunos vigilantes nocturnos se tomaron a broma la cuestión del fantasma en el museo y decidieron llamarle a través de una ouija. Apareció un espíritu al que atribuyeron el nombre de Ataúlfo, quien hizo una trágica previsión a uno de los trabajadores presentes: «Dentro de unos días vas a tener una gran desgracia. Prepárate». Días después un familiar muy cercano del vigilante fallecía en un accidente de tráfico, tal y como documenta el libro. Para algunos no fue más que una cruel coincidencia, pero otros llegaron a sentir miedo y pidieron el traslado de puesto de trabajo.
Un antiguo vigilante del Reina Sofía denunció estos sucesos paranormales en octubre de 1997 ante la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad de Madrid. El extrabajador del Museo pidió la baja por la depresión que le habrían ocasionado las supuestas apariciones del fantasma y reclamó a la Consejería que realizase un exorcismo en la pinacoteca para acabar con el espíritu.

Una broma

Además, el denunciante aseguró que por culpa de este fantasma había enfermado, sufría nerviosismo, sudores y mareos. Unos síntomas que, según afirmó en su escrito, desaparecieron nada más ser trasladado, motivo por el que reclamó que sus problemas fuesen considerados enfermedad laboral.
El director del Reina Sofía en esa fecha, José Guirao, simplemente indicó que «lo de Ataúlfo es una vieja broma que alguien se ha tomado en serio». Por su parte, Medio Ambiente cerraba su particular expediente X con un breve mensaje: «En virtud del Estatuto de Autonomía, la Consejería carece de competencias en fenómenos paranormales».
En los últimos años no se ha vuelto a saber nada sobre estos extraños sucesos, no se sabe si porque los espíritus nunca existieron, porque ya descansan en paz o porque a los miembros del Museo no les interesa sacarlos a la luz. Unos se ríen ante la posibilidad de que un fantasma ronde el edificio, otros simplemente niegan saber nada al respecto. En cualquier caso, si visitas el Reina Sofía presta atención, es posible que alguna aparición vigile tus pasos.

http://www.abc.es/madrid/20150215/abci-fantasmas-reina-sofia-201502132012.html

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por Luego Cabalgamos el Jue Feb 19 2015, 18:40


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Feb 25 2015, 21:23

Necronomicón: la verdadera historia







Necronomicón: la verdadera historia.


H.P. Lovecraft siempre fue un entusiasta creador de libros apócrifos. A menudo utilizaba estas herramientas narrativas con una precisión innata, inigualable, e imitada hasta el hartazgo por los acólitos de su Circulo literario.

Hoy hablaremos del mayor ejemplo de mitificación en la literatura moderna: El Necronomicón.

H.P. Lovecraft creó el mito del Necronomicón como engranaje para sus relatos; una forma de anclar lo sobrenatural dentro de un marco coherente y aceptable, en este caso, unantiguo libro maldito.

Ahora bien: ¿qué oculta el Necronomicón y en qué consisten sus páginas? 

Podemos pensar el Necronomicón como un grimorio dedicado a las artes negras, fundamentalmente a la nigromancia.

Allí se funden algunos siniestros rituales prearios, con otros ritos conocidos y documentados por los folkloristas.

En el Necronomicón también se revelan algunas espantosas ilustracionesH.P. Lovecraft las utiliza en varios relatos, por ejemplo, en el primer cuento en donde se menciona al NecronomicónEl sabueso (The Hound), de 1922.

Para dar un breve resumen de la historia del Necronomicón es imprescindible entender su naturaleza apócrifa.

Paradójicamente, hablar del Necronomicón cómo un libro apócrifo puede ser un error insoslayable. Se dice que algo es apócrifo cuando se quiere marcar su carácter falso o ficticio, sin embargo, la traducción literal de la palabra griega apócrifo sería "lo oculto"; deapos, "lejos", y kryptein, "ocultar").

De este modo, en vez de catalogar al Necronomicón como un libro de ficciónestaríamos otorgándole un valo histórico concreto. 

Según lo comenta el propio H.P. Lovecraft, el verdadero nombre del Necronomicónes Al Azif. Fué escrito en el año 730 d.C. por el árabe loco Abdul Alhazred; cuyo nombre puede rastrearse hasta las páginas de las Mil y una noches.

El libro fue traducido al griego con el nombre de Necronomicón por Theodorus Philetas en el año 950 d.C.; el patriarca Miguel ordenó su destrucción en 1050; Olaus Wormius lo tradujo del griego al latín en 1228; en 1232 el papa Gregorio IX suprimió las ediciones latinas y griegas, pero una misteriosa edición alemana apareció en el siglo XVI. Finalmente, el Necronomicón fue reimpreso en Italia entre los años 1500 y 1550, y en el siglo XVII se publicó una edición española. Este último es el Necronomicón que aparece citado en la mayoría de los relatos de H.P. Lovecraft.


El nombre original del Necronomicón, como ya dijimos, es Al Azif. Su significado puede traducirse cómo "el rumor"; nombre que los árabes le daba a los ruidos nocturnos causados por los insectos, a quienes les atribuían una naturaleza demoníaca.

Para los amantes de la literatura gótica, y más concretamente de la novela gótica, diremos que H.P. Lovecraft confesó haberse inspirado para el nombre delNecronomicón en una nota al pie de página del Vathec (Vathec) de William Beckford.

El nombre griego del libro -Necronomicón- puede traducirse sin riesgos. La palabraNekros significa "muerto"; Nomos, "ley"; e Ikos es una partícula sin significado que solo sirve para formar los adjetivos.

Por lo tanto, Necronomicón significa: "relativo a las leyes de los muertos".

Lo verdaderamente llamativo es el nombre del autor del NecronomicónAbdul Alhazred.

Este nombre puede encontrarse en las Mil y una noches; por lo tanto, no sería descabellado que H.P. Lovecraft haya abrevado en esa fuente para crear al mítico autor del Necronomicón.

Algunos investigadores inquietos y amantes de los mensajes cifrados, han elaborado una teoría alternativa sobre el origen del árabe loco. Estos estudiosos de la obra de H.P. Lovecraft afirman que el nombre Alhazred esconde un significado oculto:

Alhazredall has read ("el que lo ha leído todo").


Lo ideal sería ir descubriendo las cualidades y texturas del Necronomicón directamente de los relatos de H.P. Lovecraft. Fuera de contexto, todo libro apócrifo pierde su razón de ser.

No obstante esta juiciosa advertencia, diremos algo acerca del contenido delNecronomicón.

En repetidas ocasiones el autor nos advierte que la lectura del Necronomicón puede conducir a la locura. Casi todos los protagonistas de sus relatos sufren espantosamente alleer el libro maldito, experimentan pesadillas y visiones horrorosas, vislumbran ese mundo informe de monstruos imposibles y arquitecturas caprichosas.

El Necronomicón agrupa los conocimientos nigrománticos de un culto antiquísimo; plagado de invocaciones, ritos y arcanos supuestamente perdidos. No todos los dioses y criaturas del Necronomicón son invenciones de H.P. Lovecraft; algunas, de hecho, pertenecen a panteones bastante conocidos, como Dagón, por ejemplo.


Como detalle curioso diremos que la historia y la cronología del Necronomicón resultaron tan convincentes para el público, que durante años los libreros de todo el mundo recibieron gran cantidad de pedidos por parte del público general, y hasta de algunos bibliófilos aficionados. Aún en la actualidad circulan versiones falaces que hablan delNecronomicón como si hubiese existido realmente.

Tal vez lo más atrayente del Necronomicón es su capacidad de evocar en el lector lo que los mitólogos del siglo XIX llamaban "memoria de la raza". Dentro de todos nosotros -afirmaron- late una sombra que duerme; un instinto, un llamado, quizá; de los bosques que aún hoy reclaman el tributo de bailes enloquecidos a la luz de la luna.

El Necronomicón nos recuerda una época en la que los libros podían ser mortales, dónde seres nocturnos plasmaban en sus páginas los arcanos de un saber siniestro; pero sobre todo que el conocimiento de ciertos secretos, celosamente guardados por las aguas y el tiempo, no deben ser examinados impunemente.


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Última edición por José Francisco el Miér Mar 04 2015, 14:41, editado 1 vez

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Mar 04 2015, 14:31

¿Por qué sueño siempre con la misma persona?
Posted: 03 Mar 2015 06:07 AM PST
¿Por qué sueño siempre con la misma persona?


Tener sueños recurrentes con una ex pareja o personas conocidas, amigos, familiares, compañeros de estudio o trabajo, incluso con personas que ya han fallecido, es algo bastante común. 
¿Pero qué significa soñar siempre con una persona que no conocemos?
La respuesta es bastante simple, aunque suene perturbadora: la persona con la que sueñas no es desconocida.
Esta clase de sueños no se producen espontáneamente, así como tampoco se prolongan en el tiempo sin dejar una serie de pistas que podemos ir recogiendo para formarnos una teoría general de la verdadera identidad de nuestro visitante onírico.
Primero definamos al misterioso sujeto de nuestros sueños.
Por regla general, lo sentiremos simultáneamente como alguien conocido y desconocido. 
Su rostro, cuerpo y voz nos resultarán familiares, sin embargo, también percibiremos algo extraño en él, algo que no llegaremos a comprender pero que resulta un tanto inquietante.
Tampoco sentiremos el horror ciego e inexpresivo de las pesadillas, sino un miedo ligero que nunca se aquieta del todo; una intranquilidad, una ansiedad, que parece inexplicable ya que la persona desconocida de nuestros sueños siempre se muestra amable, cálida y comprensiva.
El origen de todos los sueños recurrentes con una misma persona desconocida se genera del mismo modo: con un sueño erótico.
No importa realmente que en ese sueño erótico hallamos o no compartido una aventura con la persona desconocida; de hecho, lo más probable es que no relacionemos nuestros sueños eróticos con ella.
Sin embargo, se trata de la misma persona, por eso lo percibimos como alguien conocido y desconocido a la vez.
La psicología define a los sueños como la expresión de un deseo insatisfecho, a veces inconfesable e indescifrable para la mente consciente, que es ejecutado por el inconsciente.
En este sentido, TODOS LOS PERSONAJES DE NUESTROS SUEÑOS son proyecciones de nuestra mente con una función clara: conducir el desarrollo de aquel deseo para su completa satisfacción, desde luego, simbólica, en el mundo de los sueños.
Es por eso que los personajes de nuestros sueños cumplen roles muy específicos y nunca se alejan del guión predeterminado por el inconsciente.
Ahora bien, muy por debajo de los sustratos oníricos que tanto agradan a la psicología; incluso debajo de las alcantarillas del sueño y toda su prole de abominables criaturas fantásticas, es posible acceder a una clase de sueños completamente distinta: los sueños lúcidos.
Los sueños lúcidos son aquella clase de sueños en donde el soñador sabe que está soñando, aunque esto no ocurra en todos los casos. 
El sueño lúcido puede experimentarse sin tener conciencia de él, asumiendo las situaciones, personajes y circunstancias de la pieza onírica de forma natural y sin cuestionamientos ni intentos de alterarla.
Por regla general, podemos definir a nuestros sueños como una serie de hechos psicológicos que ocurren en el ámbito de nuestra mente, mientras que los sueños lúcidos, igualmente personales, pueden desplazarse hacia un ámbito colectivo: el plano astral.
Si el sueño lúcido nos conduce, por azar o voluntad, hacia las regiones del plano astral, encontraremos allí a otros soñadores, conscientes o no, y a otras criaturas no humanas que reptan sobre los estratos inferiores de esa realidad sutil, conocidas comolarvas, gusanos o parásitos del plano astral.
Si las cosas ocurren de forma favorable, nuestra mente entrará en contacto con otros soñadores, es decir, con personas humanas que también han accedido al plano astral a través de los sueños lúcidos, e incluso con entidades desencarnadas benéficas, humanas o no.
No obstante, a veces los eventos se desarrollan de forma negativa, por impericia del soñador, negligencia, o simplemente por desconocer que está soñando.
No es inusual que nuestra mente encuentre sólidas afinidades en el plano astral. Es decir, que se comunique con otro soñador, al que percibiremos como un personaje más dentro de nuestro sueño. Si este personaje es, de hecho, otro ser humano que sueña, entonces difícilmente volvamos a verlo en nuestras representaciones oníricas, individuales o colectivas.
Si, por el contrario, el personaje de nuestros sueños regresa una y otra vez, se vuelve recurrente, entonces estamos en presencia de un ser desencarnado, o lo que es todavía peor, una criatura no humana del plano astral.
Tampoco es inusual que esta clase de encuentros terminen en lo que vulgarmente conocemos como sueño erótico, es decir, una transferencia de energía e imágenes que pueden llegar a ser verdaderamente placenteras.
Cuando el encuentro se produce con un igual, o con una entidad de orden superior, las sensaciones del sueño erótico resultan extremadamente gratificantes. 
Si, en cambio, se produce con una entidad no humana, o bien con una entidad desencarnada inferior, el placer estará presente pero nunca libre de cierto grado de inquietud y temor.
En estos casos, la entidad no humana no nos dejará tan fácilmente. 
No existe con ella una verdadera transferencia mutua de energía, sino más bien una especie de vampirismo psíquico en el que nosotros somos la presa; dejándonos en un despertar confuso, lleno de dudas e incertidumbre acerca de la identidad de nuestro misterioso visitante.
Para perpetuar estos ataques, que fácilmente pueden confundirse con sueños eróticos escandalosos, tan horribles que ni siquiera nos atreveríamos a confesárselos al más atildado confidente, las entidades no humanas asumen siempre la misma figura, las mismas facciones, la misma voz; en última instancia, se vuelven un personaje recurrente de nuestros sueños.
Desde luego, nuestra mente elabora una serie de mecanismos de defensa, pero la presencia del otro en nuestros sueños puede sentirse aún en su ausencia como un vago temor, la idea de que alguien ronda por allí, oculto, acechando.
Por absurdo que parezca, existen métodos para deshacerse de un personaje onírico, siempre que este corresponda al plano astral y no a nuestro repertorio de proyecciones inconscientes. 
La criatura no humana representará varios personajes, situaciones, e incluso puede aparecer enmascarado, difuso, hasta que nuestra mente logre exiliarlo para siempre de nuestros sueños. 
Este proceso puede durar mucho tiempo, dependiendo de la fuerza del soñador y su perseguidor.
En general, el final abrupto de estas visitas se produce en los sueños en los que algo o alguien nos persigue sin que podamos identificarlo realmente.
La otra forma, que solo deberán intentar aquellos que hayan experimentado con cierta regularidad los sueños lúcidos, es enfrentarse al ser y obligarlo a revelar su verdadera naturaleza. 
El proceso no será sencillo, ya que al haber compartido con él nuestras impresiones psíquicas conoce nuestros propios miedos y fantasías, incluso mejor que nosotros mismos.

El Espejo Gótico

José Francisco
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