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Misterios y Mitologia

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Mar 05 2015, 15:21

¿Por qué no recordamos nuestros sueños?
Posted: 04 Mar 2015 06:18 AM PST
¿Por qué no recordamos nuestros sueños?



Si bien es desaconsejable trazar una estadística rígida sobre los sueños, lo cierto es que, en promedio, las personas olvidan alrededor del 95% de sus sueños. 

Y más aún, si el sueño no se fija en la memoria durante los primeros cinco minutos después de despertar el resto se borra casi por completo, quedando apenas el rastro difuso de personajes inarticulados, sensaciones fuera de contexto, y alguna vaga certeza sobre sucesos magníficos u horroroso, según elsueño, que terminarán por desaparecer en el transcurso de las horas.

Sin embargo, algunas personas sí recuerdan sus sueños, a incluso los retienen como si se trataran de recuerdos tan reales y valiosos como los que se gestan durante la vigilia.

¿Por qué algunas personas recuerdan sus sueños y otras simplemente los "olvidan" apenas despiertan?

Las áreas del cerebro relacionadas con los sueños, y en especial con su intensidad y carga emocional, también actúan durante las horas de vigilia. Expresándolo en términos de informática, nuestro hardware diurno y nocturno es el mismo, lo que cambia es el método en el que se procesan los datos.

Durante los sueños más profundos, más precisamente en la fase REM, las ondas cerebrales difieren ligeramente de las de la vigilia. El cerebro, desde luego, se encarga de procesarlas, pero las conexiones neurales que registran aquello que llamamos "memoria" no se encuentran sincronizadas; de modo que gran parte de lo que soñamos se pierde.

Ahora bien, si esto fuese completamente cierto no habría personas capaces de recordar sus sueños en detalle. Todos, en tal caso, seríamos incapaces de recordar nuestros sueños. Sin embargo, ambos tipos de soñadores existen. 

¿Cuál es la razón?

Al parecer, todo se relaciona con la Unión Temporoparietal, algo así como el centro de procesamiento del cerebro donde se une el lóbulo temporal y el parietal, cuya actividad no es idéntica en todas las personas. 

De hecho, las personas que más y mejor recuerdan sus sueños son justamente aquellas en las que la Unión Temporoparietal es más activa.

Además de las ventajas cognitivas de recordar los sueños, el simple hecho de recordarlos vivamente garantiza un hecho científico: incrementar la actividad de la Unión Temporoparietal. 

En otras palabras, las personas que recuerdan sus sueños poseen un cerebro más activo, con más "memoria ram" durante el día para procesar datos.

Esta actividad cerebral durante el sueño produce dos cosas, ambas muy deseables: mejor descanso y recuperación muscular, y una especie de vigilia dentro del propio sueño.

No hablamos aquí de Sueños Lúcidos, sino un estado de ligera vigilia durante la ensoñación, cuando el cerebro del individuo se encuentra lo suficientemente despierto como para procesar los estímulos auditivos y visuales del sueño.

Ahora bien, si el cerebro es incapaz de fijar recuerdos durante el sueño, ¿cómo es posible que algunas personas los recuerden?

Al parecer, los soñadores memoriosos sufren breves y casi imperceptibles despertares durante la noche, lo cual les permiteregistrar sus sueños y fijarlos, siquiera parcialmente, en la memoria. 

No importan aquí las afirmaciones de los soñadores jactanciosos: el cerebro dormido no puede memorizar nueva información. Tiene que estar despierto para hacerlo, aunque ese despertar no siempre venga aparejado con un despertar de la conciencia.

Cuando fijamos un recuerdo primero necesitamos generarlo. Esto se produce en el hipocampo. Acto seguido, el archivo se guarda temporalmente en el neocórtex, y luego se fragmenta y se distribuye en otras regiones del cerebro. Durante el sueño nuestro cerebro pierde esta sincronización; de hecho, para que al despertar podamos sentirnos descansados, mentalmente frescos, el cerebro debe pasar por una importante fase de desorganización y desincronización.

Para la psicología tradicional existe otro dilema asociado a los sueños que no se recuerdan

En la mayoría de los casos la cuestión podría resumirse del siguiente modo: si no recuerdas un sueño en particular es porque no es realmente importante.

Sigmund Freud, que patentó esta teoría, sostuvo que todos los sueños son expresiones de un deseo, que puede serconsciente como inconscienteNo recordar un sueño, siempre dentro de la misma hipótesis, significa que nuestra mente consciente, especie de antivirus, lo ha reprimido porque no consigue manejarlo sin comprometer la integridad emocional del sujeto; es decir, su sistema operativo.

En otras palabras, algunos sueños son como archivos de dudosa procedencia que nunca conviene abrir impunemente.

Desde una óptica más racional, podría decirse que TODOS, absolutamente TODOS, a excepción de personas con graves afecciones neurológicas, tenemos al menos cinco sueños por noche.

¿Nos estamos perdiendo algo?

Si los sueños son capaces de estremecer, de conmover, de aterrorizar, e incluso de provocar un placer tan intenso como el de la vigilia, ¿olvidarlos no es olvidar también una parte considerable de nuestra vida?

Pero aún aquellos que recuerdan intensamente sus sueños no necesariamente conocen su verdadero cifrado. En todo caso, pueden recordar ciertos procesos del programa pero no el código de programación que lo ha generado. 

Para eso nuestro cerebro posee un firewall muy difícil de hackear.


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Vie Mar 06 2015, 22:19

Luke, el niño que asegura haberse reencarnado y recordar su vida anterior


A sus cinco años, el pequeño sostiene que se llamaba Pam y vivía en Chicago, donde murió en un incendio en 1993


the huffington post
Captura de pantalla que muestra al pequeño Luke

Luke Ruehlman, un niño de cinco años, está convencido de que no es la primera vez que vive. El pequeño alega haber sido una afroamericana, haber muerto y haberse reencarnado en la persona que es hoy, informa «The Huffington Post».
Ruehlman residente en Cincinnati, Ohio, lo tiene muy claro, en su anterior vida fue Pam Robinson, una afroamericana que murió en un incendio en el Hotel Paxton de Chicago, en 1993. El niño afirma que se ha reencarnado y que recuerda perfectamente cuando sus padres le pusieron de nombre «Luke».
Los más sorprendidos parecen ser sus padres, a quienes el niño ha intentado convencer desde que tenía 2 años de la veracidad de su anterior vida. Según Erika, la madre del niño, Luke solía decir: «Cuando era una mujer, tenía el pelo negro. Solía usar pendientes”, afirmó en la televisora local WJW.
Cuando le preguntó a Luke sobre Pam, la mujer avala que su hijo recordó un proceso de reencarnación. «Solía ser Pam, pero fallecí. Subí al cielo y vi a Dios. Él me regresó y desperté. Era un bebé y tú me llamaste «Luke».
La seguridad que mostraba el pequeño obligó a la madre investigar sobre la supuesta «Pam Robinson». Para su sorpresa encontró una vieja noticia que mencionaba a Pamela Robinson, que murió en el incendio de Hotel Paxton en 1993, al saltar de una ventana del edificio.
Erika ratifica que es imposible el niño conociese la historia de Pam por sí solo. Afirma que le costó un par de días procesar todo, que le era imposible dormir. «Pensaba sobre eso constantemente», manifestó.
La madre quiso ir más alla en la investigación y consiguió contactar con los familiares de Pam, que le dijeron que ella era muy fanática de Stevie Wonder, música que, casualidad o no, le encantaba a Luke.
Pero de pronto los recuerdos se detuvieron. «Fue como si él la dejara salir. Terminó y ya no tenía nada más que decir de ella».
La madre y el niño aparecieron en un documental llamado «Ghost Inside My Child (Fantasmas dentro de mi hijo)», transmitido por Lifetime Movie Network. Esto permitió poner al niño a prueba.
«Encontré una foto de Pam y la pusimos en un pedazo de papel con varias fotos falsas. Nunca creí que fuera a escoger la foto correcta», dijo la mujer. «No reconozco a nadie pero recuerdo cuando fue tomada esta», expresó el niño, apuntando a la foto de Pam.
La familia asegura que no buscan fama ni fortuna. «No recibimos ningún tipo de dinero por el documental», mantienen.

http://www.abc.es/internacional/20150306/abci-luke-nigno-reencarnado-201503051136.html?ns_campaign=GS_MS&ns_mchannel=abc_internacional&ns_source=FB&ns_fee=0&ns_linkname=CM_mundo

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Mar 11 2015, 09:14



Pero,¿existen  los Vampiros?
Por si acaso es conveniente saber sonbre ellos

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Mar 12 2015, 23:40

Significado de soñar con iglesias, sacerdotes y monjas





Significado de soñar con iglesias, sacerdotes y monjas.


Además de entrañar una verdadera pesadilla, de ésas capaces de despertar sobresaltado a cualquiera,soñar con iglesias, sacerdotes y monjas conforma una de las piezas oníricas con mayor variedad de matices e interpretaciones.
A pesar de estas juiciosas objeciones, repasemos al menos superficialmente el significado de los sueños con iglesias más frecuentes:

  • Significado de soñar con iglesias, catedrales, abadías, capillas, claustros y monasterios.



Si el sueño ocurre en el interior de la nave de la iglesia, no importa si estamos solos o en medio de una multitud, indica algún tipo de inquietud de orden moral, ético o espiritual.
Contrariamente a lo que podría pensarse, si el soñador reza en el interior de una iglesia durante el sueño significa una gran paz mental. 
Este tipo de sueños a menudo se produce luego de tomar decisiones importantes.
Soñar con un bautismo dentro de la iglesia expresa vitalidad y energía.

  • Significado de soñar con sacerdotes y monjes:



Cuando hablamos de personajes dentro de los sueños es importante detectar, sobre todo, su actitud. 
Más allá de esto, la investidura de un personaje onírico es en sí misma una información valiosa para descifrar su significado.
Si la persona que sueña es creyente, la aparición de un sacerdote en sus sueños se relaciona con el misticismo y la verdad.
En general, los sacerdotes de los sueños aparecen frente a un problema de orden moral, y no es infrecuente que adopten la figura de sacerdotes conocidos por el soñador.
Si la persona que sueña no es creyente, la presencia de un sacerdote en sus sueñospresagia algún tipo de calamidad que el soñador ya intuye, pero de forma vaga e imprecisa.
Solo si el sacerdote de los sueños habla en términos claros y amables puede tomarse como una aparición onírica positiva.

  • Significado de soñar con monjas y abadesas:



Si bien la presencia del sujeto onírico dentro de una iglesia SIEMPRE indica algún tipo de duda ética o moral, y el consecuente deseo de ser ayudado, algunos personajes típicos de la fauna eclesiástica son más bien indeseables.
Soñar con monjas expresa un fuerte sentimiento de culpa. 
Estadísticamente hablando es un tipo de sueños que ocurre con notable frecuencia entre mujeres jóvenes; en estos casos, el sentimiento de culpa procede del deseo inconsciente (o no tanto) de perder la inocencia.

  • Significado de soñar con el papa:



Al igual que en los sueños con sacerdotes, el papa representa el paradigma del misticismo y la verdad. 
Dependiendo de la fe del soñador, o de su ausencia, el papa puede encarnar una figura de consuelo frente a un problema sin solución, por ejemplo, la muerte de un ser querido; o bien una figura condenatoria, en soñadores no creyentes.

  • Significado de soñar con el cáliz:



Más allá de las obvias sincronías entre el cáliz con la genitalidad femenina, en personas devotas elcáliz de los sueños representa una señal de curación.
Si el cáliz aparece roto es señal de madurez y en cierta forma de temor a la vejez.
Si cáliz roto es soñado por una mujer expresa un fuerte temor al amor físico.

  • Significado de soñar con un altar:



Si el altar aparece en buenas condiciones puede tomarse este tipo de sueños como un buen presagio
Indica que el soñador no siente culpa frente a un hecho que anteriormente sí la provocaba.
Si el altar de los sueños parece roto o sucio expresa la pérdida de confianza en alguien en particular.

  • Significado de soñar con una misa:



Salvo que esta se desarrolle de forma inusual, soñar con una misa siempre es señal de paz mental con respecto a una decisión.

  • Significado de soñar con un bautismo:



Soñar con un bautismo indica un cambio en los sentimientos del soñador con respecto a otra persona; en términos simbólicos, de sentimientos que se "purifican".
Soñar con el bautismo de alguien que no es un niño indica la posibilidad y el deseo de reencontrarse con una persona en particular.

  • Significado de soñar con una boda:



Si el que sueña con una boda es una persona soltera expresa el deseo de alcanzar la felicidad.
Si, en cambio, el que sueña con una boda es una persona casada representa preocupaciones familiares.
Si es el propio soñador quien contrae matrimonio dentro de sus sueños expresa el deseo de un cambio, no siempre positivo, en su actual relación de pareja.
Si el soñador que contrae matrimonio ya está casado, entonces significa el deseo de terminar con sus dificultades conyugales.



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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Vie Mar 13 2015, 12:53

El origen del temor a los viernes 13: La maldición de los templarios
César Cervera / Madrid
Día 13/03/2015 - 10.48h

En una fecha así, 13 de octubre de 1307, el Rey de Francia inició la persecución de los templarios que terminó con su último gran maestre lanzando una amenaza profética antes de ser quemado vivo: «No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia». Un año después fallecieron el Monarca galo y el Papa que lo toleró


Wikipedia
Ilustración medieval que muestra la quema de dos templarios

La aversión al número 13 está fuertemente arraigada en la cultura occidental. En la Última Cena había trece personas (doce apóstoles y Jesús), siendo Judas el traidor, el número 13. En el Apocalipsis, el capítulo 13 corresponde al anticristo y a la bestia. A su vez, la Cábala –una disciplina de pensamiento esotérico relacionada con el judaísmo– enumera a 13 espíritus malignos; al igual que las leyendas nórdicas, donde Loki, el dios de las travesuras, aparece en ocasiones citado como el invitado número 13. Por su parte, el viernes según la tradición cristiana es el día que Jesucristo de Nazaret fue crucificado. Además, algunos estudiosos de la Biblia creen que Eva tentó a Adán con la fruta prohibida un viernes y que Abel fue asesinado por su hermano Caín el quinto día de la semana. Cabe recordar que los siete días de la semana –establecidos en función del tiempo en el que transcurre un ciclo lunar– son definidos por las religiones judeo-cristianas y musulmanas como el tiempo que tardó Dios en crear los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos.
El viernes, considerado por las razones anteriores un día aciago por la tradición cristiana, coincide entre 1 y 3 veces por año con el número de la mala suerte, el 13, dando lugar a la fecha más «maldita», de la que cine y literatura han dado buena cuenta. No en vano, el miedo por los viernes 13 tiene su epicentro histórico en una fecha que quedó marcada por el misterio y la traición: el viernes 13 de octubre de 1307. En la madrugada de este día, el Rey francés Felipe IV inició una brutal persecución contra la Orden de los Caballeros Templarios que provocó el arresto masivo de sus miembros.
Felipe IV persuadió al Papa Clemente V para que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos a través de la práctica de ritos heréticos. Especialmente humillante –bajo el prisma de la época– era la acusación de practicar actos homosexuales entre los caballeros de la Orden del Temple, que vivían a medio camino entre la austeridad de un monje y las exigencias de un guerrero. No obstante, se trataban de falsedades sin base alguna para ocultar las verdaderas causas de carácter económico. El Rey de Francia –donde los templarios vertebraban la mayor parte de la influencia y el patrimonio adquiridos durante las Cruzadas– coaligado con el papado y los dominicos ambicionaban acabar con la poderosa y acaudalada orden militar, convertida en el principal prestamista de la Corona francesa y de otros países europeos.

Las calumnias se convierten en acusaciones

Clemente V, pese a ser francés y antiguo arzobispo de Burdeos, mostró inicialmente su oposición a la guerra que Felipe IV pretendía desencadenar contra los templarios, puesto que necesitaba de su ayuda militar para iniciar una nueva cruzada en la zona de Palestina. Sin embargo, la negativa del último gran maestre, Jacques de Molay al proyecto Rex Bellator –impulsado por la Corona de Aragón para fusionar todas las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo– predispuso al Papa en contra de la Orden.

ABC
Manuscrito medieval en el que se acusa a los templarios de sodomía
En 1307, Jacobo de Molay, último maestre del Temple, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propagadas contra su Orden por el Monarca francés. Para ello se sirvió de las acusaciones de Esquieu de Floyran, un espía al que Jaime II de Aragón había expulsado de su corte por verter falsedades contra los templarios pero que fue recibido con los brazos abiertos por el Rey galo, deseoso de provocar su caída a cualquier precio.
Ofendido por la campañade desprestigio contra la Orden del Temple, Jacobo de Molay acudió ante el Papa solicitando un examen formal para desacreditar las burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al Monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Pero Felipe IV, quien había intentado entrar sin éxito entre las filas templarías cuando se quedó viudo, no estaba dispuesto a dilatar el asunto y cerró el puño sobre su presa. Aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, Felipe IV despachó correos a todos los lugares de su reino con órdenes estrictas de que nadie los abriera hasta la noche previa a la operación: el jueves, 12 de octubre de 1307. Los pliegos ordenaban la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.
El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados. Y durante la madrugada del viernes 13, la mayoría de los templarios franceses fueron apresados y sus bienes confiscados bajo pretexto de la Inquisición. La resistencia militar fue mínima a causa de la avanzada edad de los guerreros que permanecían en Francia. Los jóvenes se encontraban preparando la inminente cruzada en la base de Chipre.
Para mitigar el escándalo, el Rey publicó un manifiesto donde involucraba al Papa en la decisión. Cuando Clemente V se enteró de la detención, reprendió al Monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Tras pactar con el Papa las condiciones del proceso, Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar la mayoría de sus bienes. No obstante, el proceso fue del todo irregular. Sin ir más lejos, los templarios habían de ser juzgados con respecto al Derecho canónico y no por la justicia ordinaria de Francia. Asimismo, Guillermo de Nogaret –mano ejecutora del Rey– estuvo bajo la excomunión formal de la Iglesia desde el principio hasta el fin de los procesos.

Una amenaza, que resultó ser una profecía

Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, incluso del Gran Maestre, pero estas confesiones fueron revocadas por la mayoría de los acusados posteriormente. Mientras el Papa tomaba una decisión definitiva sobre la Orden y el futuro del Gran Maestre y el resto de cargos superiores, un goteo de templarios fue pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. En 1314, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua, gracias a la interferencia del Papa y de importantes nobles europeos. No en vano, encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena, los máximos representantes de la orden renegaron de sus confesiones: «¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!». El desafío de los líderes templarios, rompiendo lo pactado, les condenó a muerte.

Wikipedia
Retrato de Jacques de Molay
Aquel mismo día, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta entre el mito y la realidad, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad». Fuera real la frase o un adorno literario añadido posteriormente por los cronistas, la verdad es que antes de un año fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V.
En el resto de Europa, la persecución templaria no fue tan violenta y sus miembros fueron absueltos en la mayor parte de los casos. Sus bienes, no en vano, fueron repartidos entre la nobleza o integrados en otras órdenes militares como la de los Hospitalarios.

http://www.abc.es/internacional/20150313/abci-viernes-maldicion-templarios-201503122131.html?ns_campaign=GS_MS&ns_mchannel=abc_internacional&ns_source=FB&ns_fee=0&ns_linkname=CM_mundo

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Mar 18 2015, 20:07

Significado de soñar con alguien que está muerto

Significado de soñar con alguien que está muerto.


Todos alguna vez hemos soñado con alguien que está muerto, pero las sensaciones que se desprenden de esos sueños varían de un individuo al otro.
En los sueños nada es lo que parece ser; o mejor aún, en los sueños las cosas siempre son eso que representan (y que desconocemos) pero también algo más. 
La muerte es un ejemplo claro.
Los sueños relacionados con la muerte rara vez tienen que ver con la muerte física, sino más bien con el término o final de algo. Puede tratarse de una relación afectiva, una amistad o un trabajo, por ejemplo.
De hecho, los sueños de muerte en los que realmente se logra identificar a la muerte son extremadamente raros. Cuando esto ocurre el despertar trae consigo una tremenda sensación de angustia.
Soñar con alguien que está muerto, es decir, con alguien que ya ha fallecido, suele expresar sentimientos de insatisfacción con respecto a la vida actual.
Si, por ejemplo, la persona muerta con la que soñamos se muestra agresiva, incluso acusadora o directamente vengativa, entonces expresa algún grado de culpa que el soñador experimenta en relación con esa persona.
Antiguamente se creía que soñar con una persona que ha muerto recientemente indicaba algún tipo decomunicación paranormal con el más allá, es decir, un mensaje que la persona muerta enviaba a los vivos. 
Si bien sería ridículo desestimar esta creencia, al menos en todos los casos, por lo general soñar con alguien que ha muerto hace poco puede traducirse como la materialización de la realidad de muerte, es decir: nuestro inconsciente ha aceptado que esa persona está muerta.
Podemos tomar este tipo de sueños como escenarios de aceptación. 
Así como nuestra mente consciente tarda en habituarse al fallecimiento de alguien, período en el que se percibe una mezcla de ausencias y presencias en torno a los objetos, los lugares, e incluso los hábitos de la persona muerta; el inconsciente también realiza su período de adaptación, que concluye con el primer sueño de esta clase.
Recién con el tiempo se pueden llegar a analizar con mayor profundidad los sueños con personas muertas.
En este contexto, soñar con abuelos que han muerto casi siempre indican la sospecha de alguna noticia desgraciada.
Soñar con la muerte de la madre, estando aún viva o no, revela sentimientos de rebeldía, de emancipación, de independencia.
En cambio, soñar con la muerte del padre siempre se relaciona con sentimientos de culpabilidad y aislamiento.
Por extraño que parezca, antiguamente se creía que besar a una persona muerta en sueños era un presagio de buena suerte, e incluso significaba el advenimiento de una herencia o una dádiva imprevista.
Soñar con animales muertos, especialmente mascotas (perros y gatos, en su mayoría), siempre son un indicador de cierta angustia existencial ligada al paso del tiempo. Soñar con peces muertos, ya sea en una pecera como a orillas del mar, representa el fracaso en las esperanzas.
Se dice que soñar con las cenizas de alguien es una especie de contextualización filosófica de alguna catástrofe minúscula. En otras palabras, las cenizas simbolizan la derrota del orgullo, de la vanidad, de la soberbia.
Soñar con entierros ya es un poco más complejo, debido a que se trata de un sueño con muchas variantes y que a menudo se convierte en un sueño recurrente.
Todo entierro soñado simboliza la aceptación de que algo ha terminado, incluso la vida de alguien. Los enterradores representan lo material (y a veces los bienes materiales); mientras que el ataúd puede simbolizar una decisión irrevocable, nuestra o de terceros, por ejemplo, alguien que nos ha abandonado. 
Ahora bien, los sueños en los que somos enterrados vivos causan tanto pavor que el soñador rara vez recuerda otra cosa que la sensación claustrofóbica de encontrarse encerrado en el ataúd. 
No obstante, al indagar en el sueño se puede descubrir que, en realidad, este tipo de sueños trata de alertar sobre algo o alguien que nos está perjudicando, a menudo presente durante el entierro, de forma concreta o simbólica.
Pero la muerte no siempre es evidente dentro de los sueños
A veces aparece como un elemento secundario, escénico, que otorga al guión de ese sueño en particular su verdadera naturaleza.
En este sentido los indicadores de muerte más presentes en los escenarios oníricos son los árboles. 
Soñar con árboles muertos, sin follaje, hojas o ramas, simboliza sentimientos de desamparo y debilidad de carácter.
Muchos sueños aparentemente felices dejan en el soñador una fuerte sensación de angustia. 
Nada en el sueño parece justificarlo. El soñador está rodeado de personas queridas o en sitios alegres; sin embargo, la angustia sigue allí al despertar. 
Si profundizamos en el análisis de estos sueños casi siempre encontraremos un árbol muerto.
Los sueños en los que matamos a alguien también son muy habituales. Salvo en casos excepcionales, representan el deseo y el acto de "matar" simbólicamente algo de nosotros mismos. 
Este tipo de sueños puede llegar a ser verdaderamente aterrador, ya que parece revelar un perfil oscuro y siniestro que desconocemos. 
Sin embargo, se trata de sueños transicionales. De hecho, son perfectamente normales durante los períodos de transición en la vida.
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Mar 19 2015, 10:30

Habitación 237": documental sobre los secretos del Overlock Hotel (El resplandor)






Habitación 237: los secretos del Overlock Hotel.


Habitación 237 (Room 237) es un documental dirigido por Rodney Ascher donde se proponen distintas teorías sobre los supuestos significados ocultos de la película de terror de Stanley Kubrick: El resplandor (The Shinning), de 1980, basada en la novela clásica de terror de Stephen King del mismo nombre.
Habitación 237 realiza un minucioso análisis de El resplandor (acaso demasiado minucioso), presentando curiosidades y secretos que dotan a la película de un significado completamente diferente, o al menos la elevan a una escala mayor de la que se desprende del argumento y desarrollo lineal de la historia.
Habitación 237 incluye investigaciones, entrevistas y opiniones de especialistas en la obra de Stanley Kubrick. 
Tal vez lo más interesante del documental sea el intento por explicar racionalmente las diferencias, sin duda intencionales, entre la versión de El resplandor de Stanley Kubrick y la novela de Stephen King. 
En el proceso surgen muchas curiosidades y mensajes ocultos en el subtexto.
Uno de estos mensajes ocultos de El resplandor se relaciona con el Holocausto. 
Se sabe que Stanley Kubrick barajó durante mucho tiempo la posibilidad de filmar una película sobre el tema, sin que aquel proyecto llegara a concretarse. Tal vez por ello Jack Torrance, interpretado por Jack Nicholson, realiza una siniestra parodia de una frase perteneciente al Lobo Feroz (Big Bad Wolf) en varias películas de Disney; producciones en las que el lobo es claramente una caricatura antisemita
El "resplandor" en sí mismo, es decir, la habilidad paranormal, es una metáfora de la memoria sobre el Holocausto, al menos en la versión de Stanley Kubrick, no así en la de Stephen King. Danny y todas las personas que poseen este don sobrenatural son capaces no ya de "ver el pasado", sino de volver a experimentarlo una y otra vez como un hecho del presente.
Otra teoría propuesta en Habitación 237 se relaciona con el supuesto falso alunizaje del Apollo 11, filmación que siempre se le atribuyó a Stanley Kubrick. De hecho, la nave puede verse en uno de los swetters de Danny y en varias alfombras diseminadas en los pasillos del Overlock Hotel.
Desde luego que aquel falso alunizaje es, después de todo, solo una leyenda urbana, pero una leyenda que Stanley Kubrick conocía lo suficiente como para sacarle el jugo. Quizás por ello Jack le dice a Wendy una o dos cosas acerca de la "responsabilidad" que uno asume frente a sus empleadores, jugando con la idea de que entre la Nasa y Kubrick existió un pacto de silencio.
Finalmente, Habitación 237 efectúa un análisis más probable de los mensajes ocultos de El resplandor acerca del genocidio de los pueblos originarios perpetrado por "hombres con hachas", herramienta que Jack Torrance emplea para perseguir a su esposa e hijo.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Mar 19 2015, 12:23

100 años del cine de terror: presentado por Christopher Lee





La historia del cine de terror es, en cierta medida, la historia de la evolución de nuestros miedos y pesadillas a lo largo del tiempo.

En esta ocasión, nos disponemos a recorrer parte de ese trayecto de la mano de Christopher Lee, uno de los vampiros más elegantes del cine de todos las épocas.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Sáb Mar 21 2015, 08:46

"The Strain"






Nocturna (The Strain) es una novela de vampiros escrita en colaboración entre Guillermo del Toro y Chuck Hogan, publicada en 2009.
Se trata de la primera novela de vampiros de la Trilogía de la Oscuridad (The Strain Trilogy), que habría de completarse con Oscura (The Fall) y Eterna (The Night Eternal).
Debido a su gran éxito en 2014 la trilogía fue adaptada a la televisión en la serie The Strain, literalmente: la cepa.
Nocturna abre con una especie de homenaje a la novela clásica de vampiros de Bram Stoker: Drácula (Dracula); más precisamente al arribo del conde Drácula a Inglaterra a bordo del buque Demeter
Aquí, el vampiro principal llega a los Estados Unidos a bordo de un moderno avión Boeing 777, cargado de cadáveres y con un majestuoso ataúd en su interior. 
El vampiro es Jusef Sardu, conocido como el Amo (The Master) o el Séptimo (The Seventh); uno de los siete vampiros puros originales.
El protagonista de Nocturna es el doctor Ephraim Goodweather, miembro del Centro de Control de Enfermedades, quien investiga el extraño "virus" que ha causado la muerte de los pasajeros de aquel avión.
Durante sus investigaciones conoce a Abraham Setrakian, especie de homenaje a Abraham Van Helsing, quien insinúa que el virus en realidad podría tratarse de una infección producida por la mordida de un vampiro.
Sin dudas lo más interesante de Nocturna son los vampiros, de hecho, muy distintos a los vampiros clásicos de la literatura y, sobre todo, a los últimos ejemplos de vampiros vegetarianos que realmente degradaron el género.
Por ejemplo, los vampiros de Nocturna no sienten ningún efecto frente al ajo, el agua bendita o las cruces. 
De los remedios tradicionales el único que surte efecto es la plata. En algunos de ellos, la luz del sol resulta letal, aunque muchos llegan a acostumbrarse.
Aquí el vampirismo tampoco es una maldición sino una extraña enfermedad provocada por parásitos, que rápidamente comienzan a alterar el comportamiento del anfitrión hasta transformarlo en una criatura abominable.
Estos gusanos lentamente reemplazan la sangre de sus víctimas por una sustancia blancuzca más apropiada para su desarrollo.
Los vampiros de Guillermo del Toro tampoco poseen colmillos, sino una especie de aguijón alojado en la boca, con el cual producen heridas letales y succionan sangre. 
En cierta forma, esto también es un homenaje, pero en este caso a las razas y clanes de vampiros de la leyenda, que hasta bien entrado el siglo XIX no poseían colmillos, sino un apéndice debajo de la lengua que les permitía perforar el cuello de sus víctimas y así alimentarse.
Luego de convertirse en vampiros, los sujetos no saben utilizar instintivamente el aguijón, de modo que hasta que logran dominarlo sus ataques son bastante torpes. 
Lo mismo puede decirse de sus movimientos, torpes al comienzo pero poco a poco van ganando una fuerza y una velocidad sobrenaturales.
Durante el proceso de alimentación estos vampiros emiten ciertas impurezas desde sus organismos, un líquido compuesto de amoniaco que también puede resultar letal.
Efectivamente, los vampiros de Nocturna y Guillermo del Toro sí se reflejan en los espejos, salvo que allí aparecen distorsionados, como si vibraran a un ritmo frenético.
En resumen: una novela muy recomendable.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Vie Mar 27 2015, 00:12

Una mujer denuncia que es violada cada noche por un fantasma

Publicado el Jueves, 26 Marzo 2015 13:00  Escrito por Mediterráneo Digital  


Deborah Rawson acusa a un fantasma al que llama Marco de "tocarla" sin su permiso y de propasarse varias veces con ella.
En un pueblo de Inglaterra vive el matrimonio Rawson. Deborah denuncia las continuas "agresiones" sexuales a las que se ve sometida día tras día. Después de más de 20 años de casados, esta pareja ve como su relación se tambalea por culpa de un espectro algo salido.
"Parece que a este fantasma no le interesa asustar a la gente, sino propasarse conmigo", asegura sorprendida.
Desde hace tiempo se ve obligada a dormir en habitaciones separadas con su marido, ya que de noche el fantasma hace acto de presencia. Y no es que el marido no la entienda, ya que según sus palabras: "es complicado sentir pena de mi mujer cuando más de una vez la he visto con una sonrisa en su cara".
Nos encontramos sin duda ante uno de los casos paranormales más extraños de los últimos tiempos.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Mar Abr 07 2015, 11:44

El fantasma del piloto nazi confinado en Cabrera


Los restos del aviador alemán Johannes Böckler fueron trasladados a Yuste, pero hay quien asegura que se confundieron de cuerpo y que el Lapa aún vaga por la isla


carlos garrido
Imagen de archivo de la tumba del aviador alemán en el pequeño cementerio de la isla de Cabrera

«¡Ojo con el aviador que sale por las noches!», le advirtió un soldado a Carlos Garrido la primera vez que este periodista y escritor visitó Cabrera en 1980, cuando la isla aún no se había convertido en Parque Nacional. Así fue como conoció la historia del Lapa.
«Al lado del castillo hay un pequeño cementerio rural en el que entonces solo existía una tumba identificada», relata Garrido a ABC. Era una modesta cruz con el nombre de Joannes Bochler, que después sería corregido como Johannes Böckler, y la fecha de su muerte en abril de 1944. El joven soldado alemán, de apenas 21 años, murió en la II Guerra Mundial cuando su avión, un Dornier que había partido del sur de Francia rumbo a Argelia, sufrió un problema en su motor y cayó cerca de Cabrera. Los cuatro tripulantes saltaron antes de que el aparato se precipitara al mar, pero solo el piloto Hans Kieffer logró salvarse y alertar con bengalas de su situación para ser rescatado. A Böckler una barca lo encontró muerto mientras que los otros desaparecieron. Días después se encontraría el cuerpo de uno de ellos, Peter Brühl, en una playa de Mallorca, mientras que del otro nada se sabe, según cuenta el autor de «Cabrera mágica».

Johannes Böckler
Böckler fue enterrado en el pequeño cementerio de Cabrera, donde reposaban los restos que se habían encontrado hasta el momento de los presos franceses que fueron confinados en la isla a principios del siglo XIX. Junto a él se encontraba otra tumba sin identificar, la de un campesino de la zona conocido como «En Lluent», que había muerto de un infarto de miocardio. Garrido recuerda su primera visita al cementerio hace ya 30 años. «Daba miedo, era un sitio bastante tétrico», señala. No es de extrañar que hasta los militares le hablaran del Lapa, de esa presencia que se les agarraba por la espalda. «Contaban que como el aviador estaba lejos de su casa, salía para buscar a alguien al que traspasarle la maldición de no descansar junto a los suyos», explica.
Garrido se convirtió en el «padre putativo del fantasma», según sus propias palabras, cuando la historia que escribió a la vuelta de su estancia en Cabrera se hizo famosa. Tanto, que llegó a los oídos de la Comisión de Conservación de Tumbas Militares Alemanas (Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge). La Comisión exhumó los restos de Böckler del cementerio de Cabrera y los trasladó al cementerio militar alemán de Cuacos de Yuste, donde reposan 180 soldados del país germano que perdieron la vida durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial y sus cuerpos acabaron en territorio español por naufragios o derribo de sus aviones.
Aquel día no se hablaba de otra cosa en la isla, recuerda Garrido. Un pescador preguntó entonces qué cadáver se habían llevado: «¿El que está recto o el que está atravesado?».

Lápida en Cuacos de Yuste
Todos allí creen que se equivocaron de muerto y se llevaron al campesino En Lluent a Cuacos. Esa es la razón por la que, según aseguran, el fantasma del Lapa aún se sigue apareciendo en Cabrera.
En el pequeño cementerio de la isla ya no queda ninguna inscripción. La cruz del aviador alemán se rompió cuando éste fue exhumado y ya no se ven ni sus restos. «Alguien la ha robado», señala el escritor, que recogió los últimos datos de esta leyenda en su último libro, «La estrella fenicia». Tampoco hay flores en el lugar. Algunos las atribuyeron durante años a un piloto inglés que habría derribado el avión alemán y que de vez en cuando volvía a recordar a sus víctimas. «El superviviente del avión que salvaron en Cabrera era el de las flores», asegura Garrido.

http://www.abc.es/cultura/20150407/abci-fantasma-piloto-nazi-confinado-201504061444.html?ns_campaign=GS_MS&ns_mchannel=abc_cultura&ns_source=FB&ns_fee=0&ns_linkname=CM

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Abr 17 2015, 15:50

La verdadera historia del Ángel de la Guarda







La verdadera historia del Ángel de la Guarda.


Todos tenemos una idea más o menos completa sobre lo que es, o debe ser, un Ángel de la Guarda. Sin embargo, la historia de esta criatura que supuestamente nos escolta como una sombra imperceptible posee características no del todo felices.

El término Ángel de la Guarda comienza a ganar fuerza con los comentarios de Abraham de Würzburg, un cabalista francés que escribió un reconocido manual de magia ceremonial en el siglo XV. Otra fuente es nada menos queSamuel Liddell MacGregor Mathers, el fundador de la Orden Hermética del Alba Dorada (Hermetic Order of the Golden Dawn), quien acondicionó el manuscrito de Abraham of Würzburg. Sin embargo, la fuente más antigua que menciona a los Ángeles de la Guarda proviene del zoroastrismo, donde se los llamaba Arda Fravas, literalmente, Sagrados ángeles guardianes.

Casi todos los comentadores sostienen que los Ángeles de la Guarda son "emanaciones" de una criatura más grande y noble encargada de regir sobre la vida en la Tierra, es decir, no ya como entidades individuales, sino como partes de un todo. Esta idea es acaso anterior a la unificación de los ángeles al sistema judeocristiano, y en ninguna forma tienen un vínculo directo con el Hacedor del universo. Por el contrario, los Ángeles de la Guarda no están allí para cumplir una función protectora. No son custodios, tal como lo sugiere su nombre, sino "maestros" de los que es posible aprender.

Por ejemplo, para los thelemitas y otros seguidores del ocultismo una de las metas más importantes del hombre es entrar en comunicación con su Ángel de la Guarda, que a menudo se lo denomina como el Yo Silencioso (Silent Self). Este experimento, que por razones obvias no detallaremos, propone dar un primer paso hacia el contacto con el Ángel de la Guarda, siendo él quien en definitiva tomará desde entonces las riendas de la comunicación.

De cierta forma el Ángel de la Guarda tiene poca relación con esos seres rechonchos y alados del renacimiento, casi siempre niños, que flotan sobre sus custodiados buscando asistirlos. Es mucho más clara su relación con los Daemon de la Grecia Antigua, los Lares y Genius de los Romanos -que aparecen de forma notable en el cuento de terror de Clark Ashton SmithGenius Loci (Genius Loci)-, y los Atman del hinduísmo, entre otros.

Todas estas posibilidades no hablan del Ángel de la Guarda como una entidad totalmente independiente de nosotros mismos, sino de una especie de Alter Ego inmaterial, una versión acabada de nuestra conciencia, desde luego, en permanente contacto con otras esferas de la realidad a las que normalmente no tenemos acceso salvo mediante el sueño o la transfiguración.

Por supuesto, esta opinión tiene sus refutaciones. Por ejemplo, el ocultista Aleister Crowley, quien afirmaba mantener largas charlas con el Ángel Guardián del Mundo, llamado Aiwass, sostiene que el Ángel de la Guarda es de hecho una criatura completamente distinta de nosotros mismos, y que no mantiene ningún tipo de relación unidireccional, es decir, que actúa en la medida en que nosotros interactuemos con él, ya sea de forma directa o indirecta.

Así como es el propio hombre quien le asigna una moral y una ética a Dios, los Ángeles de la Guardaposeen idénticas ambigüedades; pudiendo encarnar el Bien y el Mal según la naturaleza de su "protegido". Son, en cierta forma, un microcosmos tal como lo somos nosotros, con los mismos defectos y virtudes. Naturalmente poseen características distintas al humano, pero -al menos según lo sugiereCrowley- los Ángeles de la Guarda son capaces del odio, la amistad y el amor, ya sea sobre su "protegido" o sobre sus colegas; incluso se señala que buscan la compañía de otros seres análogos a sus tendencias.

El ocultista John Dee, revelador de la Magia Enochiana durante el siglo XVI, discrepa anticipadamente con Crowley y denuncia que la composición del Ángel de la Guarda no difiere demasiado de la humana, salvo que éstos habitan en un orden menos "material" de existencia. A su vez indica que su estado de evolución es, en comparación con el nuestro, notablemente alto; aunque no lo suficiente como para desligarse por completo de los círculos del mundo. Su mayor virtud -continúa- es la empatía con los seres humanos y sus sufrimientos; empatía que, por otro lado, no siempre los estimula a brindar asistencia directa.

Para finalizar este escueto repaso sobre la historia del Ángel de la Guarda citaremos un pasaje del propio John Dee en el Cotton Appendix XLVI, donde el ocultista mantiene una conversación filosófica con el ángel Jubanladace.


(John Dee) Si no es ofensa, alégremente desearía saber cuál es tu posición con respecto a otrosángeles, por ejemplo, Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel.

(Jubanladace) Según lo merezcan los hombres existe un Gobernador o Ángel a disposición de quien lo busque. Cada alma que transita por el mundo puede acceder a él, así como a sus hermanos oscuros. Según su Excelencia soy apenas un ministro de aquella orden de notables.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Abr 17 2015, 19:04

¿Por qué enloqueció Abdul Alhazred?






Por qué enloqueció Abdul Alhazred (Why Abdul Al Hazred Went Mad) —también publicado como Por qué Abdul Alhazred se volvió loco— es un relato de terror del escritor D.R. Smith, publicado originalmente en 1950 en una revista pulp gestionada por aficionados a H.P. LovecraftEl Necromanticon (The Nekromantikon); y luego reeditada por Robert M. Price en la antología de 1988:La cripta de Cthulhu (Crypt of Cthulhu).
Por qué enloqueció Abdul Alhazred, tal como lo presagia su título, es un relato fantástico acerca del árabe loco Abdul Alhazred, según el propio H.P. Lovecraft, autor de uno de los libros prohibidos (y apócrifos) más celebrado de la literatura (y de los Mitos de Cthulhu): el Necronomicón.
Básicamente, Por qué enloqueció Abdul Alhazred intenta explicar en unos pocos párrafos por qué el autor del Necronomicón era conocido como el "árabe loco"



Por qué enloqueció Abdul Alhazred.
Why Abdul Al Hazred Went Mad, D.R. Smith.
«(Antonio)... se dice que en los Alpes comiste una carne extraña
y que algunos fallecieron con solo mirarla»

Existía Otro. El más grande. Gran Padre y Gran Madre en Uno. Más grande que el gran Cthulhu, que su hermano Hastur, que Shub-Niggurath la Cabra con un millar de retoños, que Tsathoggua, que el mismo Yog-Sothoth, porque no eran más que sus semillas. 
Aquel fue uno de los Primigenios, casi el más poderoso, y desafió la supremacía del mismo Azathoth, el idiota ciego, señor de todo. Más aún, sus hijos me han contado —aunque no puedo creerlo— que Aquel (que es demasiado grande para ser nombrado) era el señor de todo. Tan grande era que Aquellos-En-Los-Que-No-Debe-Pensarse, temiendo que su maldad se volviera suprema, lo expulsaron de su terrible trono y lo encadenaron con grilletes de carne que no pudiese romper a nuestro planeta de condenados. En su caída engendró a Yog-Sothoth, que solo está por debajo de Azathoth. Así lo dice el gran Cthulhu, primera de las grandes abominaciones que Aquel creó de su propia carne para que fueran sus servidores y los amos del planeta. 
Aquel era poderoso, y el cuerpo en el que le habían encerrado era repugnan¬te, aunque él se gloriaba en su horror, y con su voluntad lo moldeó hasta formar un ser cuya descripción mataría el alma cobarde de los hombres mortales. Nyarlathotep, aquel que no tiene cara y es mensajero de los Primigenios, no podía soportar la inmundicia de Aquel, que yacía en una charca de sus propias excreciones en la caverna de las montañas desde donde gobernaba el mundo gracias al terror que causaba y también el que provoca¬ban los dioses que había engendrado. ¡Ojalá yo, Abdul AlHazred, hubiese estado vivo entonces para adorarlo! He servido bien a sus nietos, y ellos me han compensado con placeres cuya mención arrancaría gritos de horror a los cobardes niños con cuerpo de hombre que se ufanan de sus torturas pueriles con cuchillos y agua y fuego. Pero qué no habría dado por servir al más grande... 
¡Maldito sea el romano! ¡Que los Perros de Tíndalos persigan su alma por los confines del espacio durante un millón de veces un millón de evos! ¿Cómo pudo hacer lo que hizo? Se lo pregunté al gran Cthulhu, pero no se atrevió a contestar. Se lo pregunté a Tsathoggua, y no quiso decírmelo. Se lo pregunté a Yog-Sothoth, su semilla más notable, y no se dignó responder. Además, mediante mi Arte invoqué a Nyarlathotep, el aullador sin rostro de las tinieblas, exigiendo al mensajero de los Primigenios como ningún hombre ha osado hacer antes, y Nyarlathotep abandonó su eterno aullido y no quiso responder, aunque me temía como solo teme a Cthugha, el Ardiente Eterno, que lo consumirá por completo cuando llegue la hora.
 ¿Era maquinación de Azathoth? Uno de sus hijos dice que Azathoth, por poderoso que fuera, nunca se habría atrevido a intrigar contra Aquel. Seguramente este hombre, este hombre increíble, acudiera con su chusma soldadesca a las montañas donde se encontraba la caverna del Más Grande siguiendo algún consejo hostil. Quizá de los Dioses Arquetípicos, aunque anteriormente solo habían querido exilarlo, no destruirlo. 
Sea como fuere, llegó el romano. Marco Antonio, una bestia lasciva y pendenciera que alardeaba de no temer ni a Dios ni al diablo. Una baladronada imprudente, que muchos han dicho ante mí, para después huir chillando en cuanto olían el efluvio duradero que dejaba una de las visitas de Cthulhu. Pero Marco Antonio... ¿cómo pudo existir un hombre así? Era hombre, que luchó y amó como un hombre, y murió neciamente como un hombre por su estúpida devoción a una ramera. ¿Cómo pudo alguien así ser más grande que los Primigenios que tanto he venerado? Tanto que me he condenado para toda la eternidad por... por... ¡NO! 
Debo contarlo. Debe quedar escrito. Este Antonio y sus soldados estaban perdidos. Hambrientos. Bebieron la orina de los caballos. Mataron a los jamelgos y se los comieron, y continuaron su travesía por las montañas. Antonio era su líder. Se jactaba de su fuerza y fortaleza, y no quiso comer de la carne de caballo, dejándosela a los otros. Avanzaron, y llegaron hasta un valle, una hendidura sombría en las colinas. Pero el agua corría cristalina por un lecho rocoso y a su alrededor crecían pinos enanos. Bebieron el agua e hicieron una gran fogata con los árboles, pero seguían teniendo hambre. Y Marco Antonio más que ningún otro. 
En la punta de la grieta había una cueva. En las cuevas suelen vivir animales. Los animales pueden comerse. Marco Antonio encabezó la marcha hasta la entrada de la cueva, pero allí se detuvieron. Y es que de la cueva salía un hedor tal que podía pudrir el alma de un hombre dentro de su cuerpo vivo, y era maligno en extremo. Ninguno pudo avanzar más salvo Antonio, que les llamó cobardes y continuó, penetrando en la horrible oscuridad de aquella caverna. En solitario... 
Silencio. Un largo silencio. Entonces, de repente, horriblemente, el tumulto resonante de un furioso combate en alguna enorme cavidad del interior. Parte del ruido eran los gritos de guerra del loco Marco Antonio, y otra parte eran de naturaleza tal que muchos de los que lo oyeron huyeron chillando de aquel lugar maldito. Tuvieron suerte. Aquellos que se quedaron, con la cara blanca, paralizados por el terror, siguieron escuchando los ruidos, y se acercaron. La caverna eructó repentinamente una masa que se retorcía, el maníaco y combativo Antonio cubierto de la cabeza a los pies con una mezcla de su propia sangre y el fango repugnante de aquello que era su rival. Aquello que había arrastrado hasta la luz del día, donde no había sido visto antes. Aquello que no pudo matar su jabalina, ni herir su espada. Aquella abominación cuya mera visión mató a los que la miraban, e hizo pedazos las almas de sus cuerpos.
Pidió ayuda, y el crepúsculo ocultó el sol, y las robustas siluetas de los caminantes del viento, Ithaqua y Lloigor y Zhar e incluso el propio Hastur, llegaron aullando. Y Antonio las vio y rió sin miedo, e invocó a Júpiter, a quien los griegos llaman Zeus, el señor del Cielo y amo de las tormentas, pidiéndole ayuda como si fuera su igual. Y Júpiter arrojó sus rayos sobre los caminantes y sobre Hastur, sobre Cthulhu que salió del mar y sobre Yog-Sothoth que apareció sin forma desde todas partes y ninguna, y sobre todos los vastagos del más grande que acudieron, y su risa retumbó con estrépito y hendió los cielos, mientras fustigaba a los hijos de aquel con los látigos de muchas colas de sus rayos. 
Y en medio de esa locura de luz y ruido, Marco Antonio, con una fuerza impropia de un humano mortal, levantó al más grande y lo arrojó al fuego que sus hombres habían encendido. Aquel gritó horriblemente y se debatió en las ascuas ardientes, y Antonio rió y echó más madera, y en las llamas Aquel chilló abominablemente hasta que de su espantoso cuerpo no quedó más que un carbón chamuscado. Y entonces Marco Antonio, hombre entre los hombres, que no temía ni a Dios ni al diablo, pero que estaba muy hambriento, golpeó el cascarón carbonizado y dentro no encontró nada más que una sola tajada de carne rancia, de aspecto, color y olor repugnante. Pero era carne, y comió. 
¡Sí, comió! ¡El mastuerzo romano se comió el corazón aún vivo del más grande! ¡Y así fue destruido para siempre! Y si se le pudo destruir por medio del apetito y el valor bruto, ¿qué pasa con sus hijos? ¿Acaso he entregado mi vida, y algo más que mi vida, al servicio de aquellos que no tienen más poder sobre un hombre valiente que las bestias salvajes? 
D.R. Smith.
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Jue Abr 23 2015, 23:38

Esta increíble antología de criaturas míticas hará que comiences a investigar más sobre las culturas milenarias





http://www.upsocl.com/comunidad/esta-increible-antologia-de-criaturas-miticas-hara-que-comiences-a-investigar-mas-sobre-las-culturas-milenarias/

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Dom Mayo 03 2015, 10:49





Amitville,¿realidad o  ficcion¿
Salgamos de dudas o al menos intentemoslo

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Sáb Mayo 16 2015, 15:31


La cosa maldita (The Damned Thing) —también publicado como El engendro maldito— es un relato de terror del escritor norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914), publicado en 1893.

En La cosa maldita conviven todos los ingredientes del relato gótico tradicional: un cadáver (espantosamente mutilado), un grupo de hombres predispuestos a lo fantástico, y la Cosa, un ente indescriptible que probablemente inspiró El color que cayó del cielo (The Colour Out Of Space) deH.P. Lovecraft.

A pesar de sus coincidencias con la literatura góticaLa cosa maldita va un poco más lejos. En cierta forma, es un relato filosófico que trata de razonar sobre cómo el ser humano da por sentada su relación y comprensión de la naturaleza, cuando en realidad existe en ella un amplio margen indetectable para nuestros sentidos.

En cierta forma, aún en el terreno de los fenómenos paranormales, el ser humano tiende a ver lo que cree que debería ver, confiado en que no hay diferencias entre la realidad objetiva y lo que sus sentidos son capaces de procesar.

En esta línea argumental, a la que podríamos sumar el notable relato de Guy de MaupassantEl horla (Le Horla); todo lo que no entendemos se vuelve simultáneamente invisible y perceptible. No podemos ver el horror, no podemos tocarlo, medirlo, pesarlo, pero podemos sentirlo como una corriente eléctrica que atraviesa la médula espinal acaso despertado sentidos primitivos ya en desuso.

Nuestra civilización nos ha ofrecido grandes ventajas en casi todos los terrenos, sin embargo, estamos en clara desventaja con respecto a los animales y su relación con la naturaleza. En este contexto somos algo así como intrusos, o inquilinos, de una casa que creemos conocer pero cuyos misterios nos resistimos a admitir como parte natural de su arquitectura.

Así explica Ambrose Bierce el génesis del horror.

Frente a esa desventaja en relación a los instintos salvajes de los animales el miedo a lo desconocido surge como emoción primaria que sustituye los defectos sensoriales del ser humano. Matemáticamente podríamos resumirlo del siguiente modo: la intensidad del miedo es directamente proporcional a la incertidumbre sobre su causa.

O, en otras palabras, que lo sobrenatural no es aquello que está más allá de lo natural; todo lo contrario, lo sobrenatural es parte de la naturaleza, simplemente una habitación a oscuras de aquella casa que creemos tan nuestra como predecible.



La cosa maldita.
The Damned Thing, Ambrose Bierce (1842-1914)

I. No siempre se come lo que está sobre la mesa.

A la luz de una vela de sebo en un extremo de la rústica mesa, un hombre leía un libro. Era un viejo libro de cuentas muy usado y, al parecer, su escritura no era demasiado legible porque a veces el hombre acercaba el libro a la vela para ver mejor. En esos momentos la mitad de la habitación quedaba en sombra y sólo era posible entrever unos rostros borrosos, los de los ocho hombres que estaban con el lector. Siete de ellos se hallaban sentados, inmóviles y en silencio, junto a las paredes de troncos rugosos y, dada la pequeñez del cuarto, a corta distancia de la mesa. De haber extendido un brazo, cualquiera de ellos habría rozado al octavo hombre que, tendido boca arriba sobre la mesa, con los brazos pegados a los costados, estaba parcialmente cubierto con una sábana. Era un muerto.

El hombre del libro leía en voz baja. Excepto el cadáver, todos parecían esperar que algo sucediera. Una serie de extraños ruidos de desolación nocturna penetraba por la abertura que hacía de ventana: el largo aullido innombrable de un coyote lejano; la incesante vibración de los insectos en los árboles; los gritos extraños de las aves nocturnas, tan diferentes del canto de los pájaros durante el día; el zumbido de los grandes escarabajos que vuelan desordenadamente, y todo ese coro indescifrable de leves sonidos que, cuando de golpe se interrumpe, creemos haber escuchado sólo a medias, con la sospecha de haber sido indiscretos. Pero nada de esto era advertido en aquella reunión; sus miembros, según se apreciaba en sus rostros hoscos con aquella débil luz, no parecían muy partidarios de fijar la atención en cosas superfluas.

Sin duda alguna eran hombres de la vecindad; granjeros y leñadores.

El que leía era un poco diferente; tenía algo de hombre de mundo, sagaz, aunque su indumentaria revelaba una cierta relación con los demás. Su ropa apenas habría resultado aceptable en San Francisco; su calzado no era el típico de la ciudad, y el sombrero que había en el suelo a su lado (era el único que no lo llevaba puesto) no podía ser considerado un adorno personal sin perder todo su sentido. Tenía un semblante agradable, aunque mostraba una cierta severidad aceptada y cuidada en función de su cargo. Era el juez, y como tal se hallaba en posesión del libro que había sido encontrado entre los efectos personales del muerto, en la misma cabaña en que se desarrollaba la investigación.

Cuando terminó su lectura se lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. En ese momento, la puerta se abrió y entró un joven. Se notaba claramente que no había nacido ni se había educado en la montaña: iba vestido como la gente de la ciudad. Su ropa, sin embargo, estaba llena de polvo, ya que había galopado mucho para asistir a aquella reunión.

Solamente el juez le hizo un breve saludo.

—Lo esperábamos —dijo—. Es necesario acabar con este asunto esta misma noche.

—Lamento haberlos hecho esperar —dijo el joven, sonriendo—. Me marché, no para eludir su citación, sino para enviar a mi periódico un relato de los hechos como el que supongo quiere usted oír de mí.

El juez sonrió.

—Ese relato tal vez difiera del que va a hacernos aquí bajo juramento.

—Como usted guste —replicó el joven enrojeciendo con vehemencia—. Aquí tengo una copia de la información que envié a mi periódico. No se trata de una crónica, que resultaría increíble, sino de una especie de cuento. Quisiera que formara parte de mi testimonio.

—Pero usted dice que es increíble.

—Eso no es asunto suyo, señor juez; si yo juro que es cierto.

El juez permaneció en silencio durante un rato, con la cabeza inclinada. El resto de los asistentes charlaba en voz baja sin apartar la mirada del rostro del cadáver. Al cabo de unos instantes el juez alzó la vista y dijo:

—Procedamos con la investigación.

Los hombres se quitaron los sombreros y el joven prestó juramento.

—¿Cuál es su nombre? —le preguntó el juez.

—William Harker.

—¿Edad?

—Veintisiete años.

—¿Conocía usted al difunto Hugh Morgan?

—Sí.

—¿Estaba usted con él cuando murió?'

—Sí, muy cerca.

—Y ¿cómo se explica...? su presencia, quiero decir.

—Había venido a visitarlo para ir a cazar y a pescar. Además, también quería estudiar su tipo de vida, tan extraña y taciturna. Parecía un buen modelo para un personaje de novela. A veces escribo cuentos.

—Y yo a veces los leo.

—Gracias.

—Cuentos en general, no me refería sólo a los suyos.

Algunos de los presentes se echaron a reír.

En un ambiente sombrío el humor se aprecia mejor. Los soldados ríen con facilidad en los intervalos de la batalla, y un chiste en la capilla mortuoria, sorprendentemente, suele hacernos reír.

—Cuéntenos las circunstancias de la muerte de este hombre —dijo el juez—. Puede utilizar todas las notas o apuntes que desee.

El joven comprendió. Sacó un manuscrito del bolsillo de su chaqueta y, tras acercarlo a la vela, pasó las páginas hasta encontrar el pasaje que buscaba. Entonces empezó a leer.


II. Lo que puede suceder en un campo de avena.

...apenas había amanecido cuando abandonamos la casa. Íbamos en busca de codornices, cada uno con su escopeta, y nos acompañaba un perro. Morgan dijo que la mejor zona estaba detrás de un cerro, que señaló, y que cruzamos por un sendero rodeado de arbustos. Al otro lado el terreno era bastante llano y cubierto de avena silvestre. Cuando salimos de la maleza, Morgan iba unas cuantas yardas por delante de mí. De repente oímos, muy cerca, a nuestra derecha y también enfrente, el ruido de un animal que se revolvía con violencia entre unas matas.

—Es un ciervo —dije—. Ojalá hubiéramos traído un rifle.

Morgan, que se había parado a examinar los arbustos, no dijo nada, pero había cargado los dos cañones de su escopeta y se disponía a disparar. Parecía algo excitado y esto me sorprendió, pues era célebre por su sangre fría, incluso en momentos de súbito e inminente peligro.

—Ven —dije—. No esperarás acabar con un ciervo a base de perdigones, ¿verdad?

No contestó, pero cuando se volvió hacia mí vi su rostro y quedé impresionado por su expresión tensa, alarmada. Comprendí entonces que algo serio ocurría, y lo primero que intuí fue que nos habíamos topado con un oso. Colgué mi escopeta y avancé hasta donde estaba Morgan.

Los arbustos ya no se movían y el ruido había cesado, pero mi amigo observaba el lugar con la misma atención.

—Pero ¿qué pasa? ¿Qué diablos es? —le pregunté.

—¡Esa cosa maldita! —contestó sin volverse.

Su voz sonaba ronca y extraña. Estaba temblando.

Iba a decir algo cuando vi que la avena que había en torno al lugar se movía de un modo inexplicable. No sé cómo describirlo. Era como si, empujada por una ráfaga de viento, no sólo se cimbreara sino que se tronchaba y no volvía a enderezarse; y aquel movimiento se acercaba lentamente hacia nosotros.

Aunque no recuerdo haber pasado miedo, nada antes me había afectado de un modo tan extraño como aquel fenómeno insólito e inenarrable. Recuerdo (y lo comento porque me vino entonces a la memoria) que una vez, al mirar distraídamente por una ventana, confundí un cercano arbolito con otro de un grupo de árboles, mucho más grandes, que estaban más lejos. Parecía del mismo tamaño que éstos, pero al estar más clara y marcadamente definido en sus detalles, no armonizaba con el resto. Fue un simple error de perspectiva pero me sobresaltó y llegó incluso a aterrorizarme.

Confiamos tanto en el buen funcionamiento de las leyes naturales que su suspensión aparente nos parece una amenaza para nuestra seguridad, un aviso de alguna calamidad inconcebible. Del mismo modo, aquel movimiento de la maleza, al parecer sin causa, y su aproximación lenta e inexorable resultaban inquietantes. Mi compañero estaba realmente asustado; apenas pude dar crédito a mis ojos cuando le vi arrimarse la escopeta al hombro y vaciar los dos cañones contra el cereal en movimiento. Antes de que el humo de la descarga hubiera desaparecido oí un grito feroz -un alarido como el de una bestia salvaje- y vi que Morgan tiraba su escopeta y, a todo correr, desaparecía de aquel lugar. En ese mismo instante fui arrojado al suelo por el impacto de algo que el humo ocultaba -una sustancia blanda y pesada que me embistió con gran fuerza.

Cuando me puse de pie y recuperé mi escopeta, que me había sido arrebatada de las manos, oí a Morgan gritar como si agonizara. A sus gritos se unían aullidos feroces, como cuando dos perros luchan entre sí. Completamente aterrorizado, me incorporé con gran dificultad y dirigí la vista hacia el lugar por el que mi amigo había desaparecido. ¡Que Dios me libre de otro espectáculo como aquél! Morgan estaba a unas treinta yardas; tenía una rodilla en tierra, la cabeza, con su largo cabello revuelto, descoyuntada espantosamente hacia atrás, y era presa de unas convulsiones que zarandeaban todo su cuerpo. Su brazo derecho estaba levantado y, por lo que pude ver, había perdido la mano. Al menos yo no la veía. El otro brazo había desaparecido. A veces, tal como ahora recuerdo aquella escena extraordinaria, no podía distinguir más que una parte de su cuerpo; era como si hubiera sido parcialmente borrado (ya sé, es extraño, pero no sé expresarlo de otra forma) y al cambiar de posición volviera a apreciarse de nuevo en su totalidad.

Debió de ocurrir todo en unos pocos segundos, durante los cuales Morgan adoptó todas las posturas posibles del obstinado luchador que es derrotado por un peso y una fuerza superiores. Yo sólo lo veía a él y no siempre con claridad. Durante el incidente soltaba gritos y profería maldiciones acompañadas de unos rugidos furiosos como nunca antes había oído salir de la garganta de un hombre o una bestia.

Permanecí en pie por un momento sin saber qué hacer, hasta que decidí tirar la escopeta y correr en ayuda de mi amigo. Creí que estaba sufriendo un ataque o una especie de colapso. Antes de llegar a su lado, lo vi caer y quedar inerte. Los ruidos habían cesado pero volví a ver, con un sentimiento de terror como jamás había experimentado, el misterioso movimiento de la avena que se extendía desde la zona pisoteada en torno al cuerpo de Morgan hacia los límites del bosque. Sólo cuando hubo alcanzado los primeros árboles, aparté la vista de aquel insólito fenómeno y miré a mi compañero. Estaba muerto.


III. Un hombre desnudo puede estar hecho jirones.

El juez se levantó y se acercó al muerto. Tiró de un extremo de la sábana y dejó el cuerpo al descubierto. Estaba desnudo y, a la luz de la vela, mostraba un color amarillento. Presentaba unos grandes hematomas de un azul oscuro, causados sin duda alguna por las contusiones, y parecía que lo habían golpeado en el pecho y los costados con un garrote. Había unas horribles heridas y tenía la piel desgarrada, hecha jirones.

El juez llegó hasta el extremo de la mesa y desató el nudo que sujetaba un pañuelo de seda por debajo de la barbilla hasta la parte superior de la cabeza. Al retirarlo vimos lo que tenía en la garganta. Los miembros del jurado que se habían levantado para ver mejor lamentaron su curiosidad y volvieron la cabeza. El joven Harker fue hacia la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, a punto de vomitar. Después de cubrir de nuevo la garganta del muerto, el juez se dirigió a un rincón de la habitación en el que había un montón de prendas. Empezó a coger una por una y a examinarlas mientras las sostenía en alto.

Estaban destrozadas y rígidas por la sangre seca. El resto de los presentes prefirió no hacer un examen más exhaustivo. A decir verdad, ya habían visto este tipo de cosas antes. Lo único que les resultaba nuevo era el testimonio de Harker.

—Señores -dijo el juez—, estas son todas las pruebas que tenemos. Ya saben su cometido; si no tienen nada que preguntar, pueden salir a deliberar.

El presidente del jurado, un hombre de unos sesenta años, alto, con barba y toscamente vestido, se levantó y dijo:

—Quisiera hacer una pregunta, señor. ¿De qué manicomio se ha escapado este último testigo?

—Señor Harker —dijo el juez con tono grave y tranquilo—; ¿de qué manicomio se ha escapado usted?

Harker enrojeció de nuevo pero no contestó, y los siete individuos se levantaron y abandonaron solemnemente la cabaña uno tras otro.

—Si ha terminado ya de insultarme, señor —dijo Harker tan pronto como se quedó a solas con el juez—, supongo que puedo marcharme, ¿no es así?

—En efecto.

Harker avanzó hacia la puerta y se detuvo con la mano en el picaporte. Su sentido profesional era más fuerte que su amor propio. Se volvió y dijo:

—Ese libro que tiene ahí es el diario de Morgan, ¿verdad?. Debe de ser muy interesante porque mientras prestaba mi testimonio no dejaba de leerlo. ¿Puedo verlo? Al público le gustaría...

—Este libro tiene poco que añadir a nuestro asunto —contestó el juez mientras se lo guardaba—, todas las anotaciones son anteriores a la muerte de su autor.

Al salir Harker, el jurado volvió a entrar y permaneció en pie en torno a la mesa en la que el cadáver, cubierto de nuevo, se perfilaba claramente bajo la sábana. El presidente se sentó cerca de la vela, sacó del bolsillo lápiz y papel y redactó laboriosamente el siguiente veredicto, que fue firmado, con más o menos esfuerzo, por el resto:

—Nosotros, el jurado, consideramos que el difunto encontró la muerte al ser atacado por un puma, aunque alguno cree que sufrió un colapso.


IV. Una explicación desde la tumba.

En el diario del difunto Hugh Morgan hay ciertos apuntes interesantes que pueden tener valor científico. En la investigación que se desarrolló junto a su cuerpo el libro no fue citado como prueba porque el juez consideró que podría haber confundido a los miembros del jurado. La fecha del primero de los apuntes mencionados no puede apreciarse con claridad por estar rota la parte superior de la hoja correspondiente; el resto expone lo siguiente:

...corría describiendo un semicírculo, con la cabeza vuelta hacia el centro, y de pronto se detenía y ladraba furiosamente. Al final echó a correr hacia el bosque a gran velocidad. En un principio pensé que se había vuelto loco, pero al volver a casa no encontré otro cambio en su conducta que no fuera el lógico del miedo al castigo.

¿Puede un perro ver con la nariz? ¿Es que los olores impresionan algún centro cerebral con imágenes de las cosas que los producen?

2 sep:
Anoche, mientras miraba las estrellas en lo alto del cerco que hay al este de la casa, vi cómo desaparecían sucesivamente, de izquierda a derecha. Se apagaban una a una por un instante, y en ocasiones unas pocas a la vez, pero todas las que estaban a un grado o dos por encima del cerco se eclipsaban totalmente. Fue como si algo se interpusiera entre ellas y yo, pero no conseguí verlo pues las estrellas no emitían suficiente luz para delimitar su contorno. ¡Uf! Esto no me gusta nada...»

Faltan tres hojas con los apuntes correspondientes a varias semanas.

27 sep:
Ha estado por aquí de nuevo. Todos los días encuentro pruebas de su presencia. Me he pasado la noche otra vez vigilando en el mismo puesto, con la escopeta cargada. Por la mañana sus huellas, aún frescas, estaban allí, como siempre. Podría jurar que no me quedé dormido ni un momento -en realidad apenas duermo. ¡Es terrible, insoportable! Si todas estas asombrosas experiencias son reales, voy a perder la razón; y si son pura imaginación, es que ya la perdí.

3 oct:
No me iré, no me echará de aquí. Esta es mi casa y mi tierra. Dios aborrece a los cobardes...

5 oct:
No puedo soportarlo más. He invitado a Harker a pasar unas semanas. Él tiene la cabeza en su sitio. Por su actitud podré juzgar si me cree loco.

7 oct:
Ya encontré la solución al misterio. Anoche la descubrí de repente, como por revelación. ¡Qué simple, qué horriblemente simple!»

Hay sonidos que no podemos oír. A ambos extremos de la escala hay notas que no hacen vibrar ese instrumento imperfecto que es el oído humano. Son muy agudas o muy graves. He visto cómo una bandada de mirlos ocupan la copa de un árbol, de varios árboles, y cantan todos a la vez. De repente, y al mismo tiempo, todos se lanzan al aire y emprenden el vuelo. ¿Cómo pueden hacerlo si no se ven unos a otros? Es imposible que vean el movimiento de un jefe. Deben de tener una señal de aviso o una orden, de un tono superior al estrépito de sus trinos, que es inaudible para mí. He observado también el mismo vuelo simultáneo cuando todos estaban en silencio, no sólo entre mirlos, sino también entre otras aves como las perdices, cuando están muy distanciadas entre los matorrales, incluso en pendientes opuestas de una colina.

Los marineros saben que un grupo de ballenas que se calienta al sol o juguetea sobre la superficie del océano, separadas por millas de distancia, se zambullen al mismo tiempo y desaparecen en un momento. La señal es emitida en un tono demasiado grave para el oído del marinero que está en el palo mayor o el de sus compañeros en cubierta, que sienten la vibración en el barco como las piedras de una catedral se conmueven con el bajo del órgano.

Y lo que pasa con los sonidos, ocurre también con los colores. A cada extremo del espectro luminoso el químico detecta la presencia de los llamados rayos 'actínicos'. Representan colores —colores integrales en la composición de la luz— que somos incapaces de reconocer. El ojo humano también es un instrumento imperfecto y su alcance llega sólo a unas pocas octavas de la verdadera 'escala cromática'. No estoy loco; lo que ocurre es que hay colores que no podemos ver.»

Y, Dios me ampare, ¡La Cosa Maldita es de uno de esos colores!

Ambrose Bierce (1842-1914)








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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Mar Sep 01 2015, 19:43




Gente Sombra: la verdad detrás del mito.



¿A qué nos referimos cuando hablamos de Gente Sombra? Básicamente a esas siniestras y oscuras criaturas asociadas a las pesadillas, los visitantes nocturnosíncubos, súcubos y otrosseres no humanos del plano astral.

Por regla general, la Gente Sombra (Shadow People) aparecen como figuras de un negro sólido, impenetrable, más oscuro que la oscuridad misma. La mayoría prefiere asumir una silueta masculina y visten largos sobretodos y sombreros. Su altura es prodigiosa, de hasta dos metros de estatura. Poseen densidad, ya que son capaces de interrumpir el curso de la luz y bloquear objetos.

La Gente Sombra rara vez intenta comunicarse; sin embargo, muchos se muestran interesados en los seres humanos.

Repasemos primeros algunas categorías que diferencian los distintos tipos de Gente Sombra:


Vigilantes de habitación (Bedroom Watchers)
Suelen ser descubiertos de pie frente a la camaobservando fijamente a quien allí duerme, o ubicados en algún oscuro rincón del cuarto.

En general todo concluye allí. Solo se limitan a observar, aunque de hecho sea imposible verificarlo ya que carecen de facciones. Si bien su sola presencia es capaz de infundir un horror profundo, casi atávico, no suelen adopar una actitud amenazadora.

Pueden permanecer allí durante largos períodos de tiempo. Cuando son observados por la persona, que casi siempre despierta de forma abrupta, desaparecen súbitamente, fundiéndose con la negrura circundante.

Rara vez son agresivos, pero cuando lo son pueden infundir verdaderos espasmos de terror.


Sombras en las paredes (Shadows On Walls)
Estas figuras aparecen repentinamente como siluetas humanas recortadas contra las paredes. Desde luego, ninguna luz las proyecta, y pueden moverse independientemente por los muros.

No suelen mostrarse demasiado interesados en los humanos. Solo se los percibe como una sombra fugaz, casi imperceptible, que rara vez deja certezas.


Sombras en Movimiento (Moving Shadows)
Estas figuras aparecen abruptamente y se mueven a una velocidad notable. Surgen de las paredes, atravesando las habitaciones, solo para derretirse en algún rincón opuesto. Pocas veces prestan atención a los seres humanos, salvo que se los observe fijamente.

En esos casos se recluyen en los rincones más oscuros y desde allí nos devuelven la mirada. En ciertos casos es posible detectar el brillo opaco de sus ojos.


Visitantes de Fondo (Background Visitors)
Estos seres rara vez son detectados por el ojo humano. Usualmente son capturados por cámaras fotográficas como densos bloques de negrura flotando en el fondo de la imagen.


Ya concluido este breve repaso, resulta lógico preguntarnos qué son la Gente Sombra.

En principio habría que descartarlos como espíritus desencarnados, almas en pena, o simplemente fantasmas. Tampoco son demonios, ni vampiros, y mucho menos ángeles ohadas. No están necesariamente atados a ningún lugar físico, por ejemplo, como ciertos fantasmas se incorporan a las casas embrujadas.

La Gente Sombra posee movilidad, lo cual nos permite deducir que poseen algún grado de autonomía. De hecho, hay casos registrados de Gente Sombra que sigue a una misma personaen varios domicilios diferentes, incluso en lugares realmente alejados entre sí.

A pesar de su notoriedad es prácticamente imposible emboscar a la Gente Sombra, es decir, verlos voluntariamente. La mayoría de las veces son sorprendidos por personas que despiertan en medio de la pesadilla; sin embargo, algunos cazadores de fantasmas sostienen que nuestros ojos son perfectamente capaces de detectarlos, solo que rara vez de forma directa.

Cuando miramos fijamente algo, por ejemplo, cuando leemos un libro, es posible que por el rabillo del ojo detectemos alguna sombra furtiva que cruza a toda velocidad a nuestro lado. Cuando giramos la cabeza ya no hay nada, sin embargo, podríamos jurar que la sombra realmente existió.

Pero quizás no haya ninguna explicación satisfactoria para la Gente Sombra. Ningún tipo de lugar los atrae, así como tampoco sienten especial predilección por los sitios embrujados. En cierta forma, pareciera que atravesaran circunstancialmente nuestro plano, a veces mostrándose interesados en nosotros y otras indiferentes.

¿Por qué algunas personas son vigiladas por la Gente Sombra?

Resulta imposible saberlo. Solo podemos especular que vigilan nuestros procesos mentales, quizás interesándose en nuestros sueños y emociones.

No obstante, no siempre la Gente Sombra se comporta de manera contemplativa. Algunas personas han experimentado horrorosas sensaciones de parálisis, sofocación y ahogos en su presencia.

Para muchos, la Gente Sombra es apenas una fracción de lo que nuestros sentidos alcanzan a percibir sobre seres interdimensionales que atraviesan nuestro plano siguiendo algún propósito que nos escapa. Esto explica por qué a veces se muestran interesados, pero realmente nada sobre la naturaleza de sus ataques.

Otra especulación, basada en las circunstancias en las que son detectados, sostiene que es nuestra propia consciencia quien les permite acceso a nuestro plano. La Gente Sombra solo aparece durante las fases del sueño o bien bajo un profundo estado de concentración, como decíamos antes, leyendo un libro.

Recordemos que, aunque no sea frecuente, muchos sueños atraviesan simultáneamente el plano etérico, astral y mental.

También su silueta, oscura y alargada, podría ser un tipo de figura que la Gente Sombra asume deliberadamente; o quizás la única forma eficaz de manifestarse en el plano físico.

Si tomamos como referencia las emociones que irradian, la Gente Sombra induce casi siempre una especie de horror atávico; es decir, un tipo muy intenso de miedo, casi medular, como si nuestro organismo fuese capaz de detectarlos mucho antes que nuestros sentidos entren en acción.

Quizás sea esta alarma ancestral la que nos despierta en medio de una pesadilla para advertirnos de que no estamos solos en la oscuridad de nuestra habitación. No es infrecuente que durante las experiencias extracorporales o los sueños lúcidos se nos ha adhieran seres del plano astral.

Ahora bien, cuando analizamos los casos de apariciones de Gente Sombra en general vemos que las personas que las han visto suelen asociarlas a distintos estados mentales y emociones más bien turbulentas. Sentimientos como la ira, la soledad y la tristeza, suelen facilitar sus apariciones.

En este contexto, la Gente Sombra estaría asociada a las Formas de Pensamiento (Thought Forms), es decir, larvas, gusanos y parásitos del bajo astral formados específicamente a partir de una idea o un impulso primordial.

Otras personas, en cambio, parecen físicamente más abiertas a ver a la Gente Sombra de forma más frecuente y definida que el resto. Sea como sea, todos alguna vez hemos albergado dudas sobre alguna sombra sospechosa que insiste en aparecer en nuestro cuarto.


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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Jue Sep 10 2015, 11:58

¿Qué ocurre con el alma de los suicidas?







¿Qué ocurre con el alma de los suicidas?




El suicidio es un acto tabú para la gran mayoría de las culturas, es decir, algo prohibido; razón por la cual no es infrecuente que en aquellas tradiciones el alma de los suicidas sea condenada a toda clase de tormentos.

Más allá de la creencia de que el alma de las personas que cometen suicidio están sentenciadas por toda la eternidad, algo verdaderamente absurdo, quienes normalmente pagaban un tributo de oprobio eran sus familiares, a los que se les negaba enterrar a sus seres queridos en tierra consagrada.

En muchos casos, hasta se los obligaba a realizar entierros clandestinos en los cruces de caminos, con la esperanza de que el alma del suicida no pueda encontrar el camino a casa y de ese modo atormentar a sus parientes más cercanos.

De esta última tradición se desprenden algunas leyendas típicas de vampiros.

Ahora bien, ¿por qué se cree que el alma de los suicidas está condenada?

En principio, porque el suicidio no solo contradice las leyes naturales sino que es la más antinatural de las muertes; no importa cuán trágicas y, en muchas ocasiones, comprensibles que sean las causas que motiven ese acto.

Según las tradiciones orientales, el individuo que comete suicidio continúa horrorosamente consciente tras su muerte, atrapado en la densa atmósfera del Kamaloka, especie de plano astral que recubre de forma sutil el plano físico.

Este velo, por llamarlo de algún modo, no es impenetrable; de hecho, el alma del suicida puede ver y experimentar todo lo que ocurre en nuestro plano, en especial a las personas que conoció y lo amaron sinceramente.

Para muchos, esta primera condena del suicida se prolonga hasta el día y la hora exactas en las que debía ocurrir su muerte natural.

Por ejemplo, si la persona estaba destinada por su karma a vivir hasta los 80 años, pero se quitó la vida al cumplir 20, debe permanecer en el Kamaloka durante 60 años; sin efectuar ningún tipo de progreso hasta que el plazo se cumpla.

Recién entonces podrá completar el proceso de muerte y entrar en el estado de Devachán, entorno confuso en donde las almas incluso pueden extraviarse.

Podemos pensar que el hecho de permanecer en el Kamaloka hasta completar su ciclo de vida en la Tierra no es en absoluto un castigo, sino una etapa esencial en el progreso evolutivo del alma.

¿Pero qué ocurre allí?

Básicamente el estar atrapado en el mismo sufrimiento que indujo al individuo a tomar esa decisión radical.

La persona que muere de forma natural sencillamente atraviesa el curso que él mismo ha trazado con anterioridad. En este contexto, el suicidio es un corte abrupto con la vida, que normalmente tiene que ver con la necesidad asfixiante de escapar de algo: dolor, tristeza, soledad.

No obstante, el dolor no es algo que podamos quitarnos tan fácilmente. En su necesidad de escapar, el suicida corta su vínculo físico con nuestro plano, pero el dolor y su alma continúan más allá de éste.

Paradójicamente, tras su muerte el suicida se encuentra horriblemente lúcido, incluso más que durante su vida orgánica ya que no se encuentra enteramente en el plano físico, atado a lo que sus sentidos puedan suministrarle sobre el mundo que lo rodea. Está "atrapado" entre dos planos y perfectamente consciente de ambos.

La gran mayoría de las almas en este estado realmente comprenden su error, y lo aceptan como parte de su progreso evolutivo. Otras, una minoría, se rebelan contra la situación, consiguiendo únicamente empeorarla.

¿Cómo es posible empeorar una situación como ésta?

La no aceptación, el no entendimiento de lo que ocurre, conduce a ciertas almas de suicidas a intentar comunicarse con las personas vivas, en cierta forma, buscando reiniciar su vida física al adherirse a alguien en particular y de ese modo continuar recibiendo estímulos que alma percibe ilusoriamente como físicos.

En estos casos, el suicida entra en una especie de limbo obsesivo en el que intenta desesperadamente pedir perdón. En verdad está arrepentido; sin embargo, el dolor que provocó en otros también es parte de su situación actual. Abundan las historias de médiums que aseguran que el alma de los suicidas repiten una y otra vez las mismas palabras durante años enteros, sin interrupción.

Por eso la teosofía llama a los suicidas Earth Walkers, algo así como Caminantes de la Tierra.

¿Por qué?

En parte porque consideran que el suicida no solo está atrapado en las condiciones que lo indujeron a quitarse la vida sino también a las consecuencias que ese acto provocó en sus seres queridos.

Ahora bien, las almas que no cometen la imprudencia de permanecer cerca de sus seres queridos igualmente lo desean, y de una manera tan intensa que nos resultaría imposible comprender. El Kamaloka es nada menos que el plano del Deseo; un deseo en estado bruto, total, absoluto, irresistible: en este caso, el deseo por la vida.

Recién entonces, devorado por sus pensamientos, impulsado a revivir una y otra vez las circunstancias que lo atormentaban en la tierra, el alma entiende que las armas o elementos que empleó para terminar la vida de su cuerpo no pueden alcanzar al ser real.

Todo esto suena bastante horrible, y lo es. No obstante, es parte del proceso y el alma, aún en su dolor, lo sabe.

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El ataque de un Sucubo

Mensaje por José Francisco el Jue Sep 10 2015, 22:01

J.K. Huysmans: el autor que fue atacado por un SÚCUBO







J.K. Huysmans: el autor que fue atacado por un SÚCUBO.






En ocasiones la fe de un hombre ofrece poca resistencia contra lo sobrenatural, en especial cuando hablamos de SÚCUBOS, aquellas vampiresas de apetitos insaciables, proclives al desenfreno, quienes nunca vieron con malos ojos alimentar los instintos primarios de los atildados hombres de la iglesia.

Este es el caso de un hombre de fe, es cierto, pero de una fe poco ortodoxa, pesimista, típicamente francesa: J.K. Huysmans; cuya obra principal: A contrapelo (À rebours), manifiesta uno de los disgustos más amargos del decadentismo.

Joris Karl Huysmans (1848-1907), denunció haber sido atacado por un SÚCUBO mientras se alojaba en un viejo monasterio benedictino. La fecha precisa de aquel asalto no fue registrada, pero varios biógrafos coinciden en situarla alrededor de 1889.

Por aquel entonces, ya establecido como un novelista prestigioso, J.K. Huysmans vivió una etapa de reconciliación con lo espiritual, en virtud de la cual trataba de retomar la fe católica tras un alejamiento de varios años. Para limpiar su alma de lo que él denominaba: "las letrinas de la superstición", quizás aludiendo a sus sórdidos contactos con la subcultura del ocultismo parisino, se recluyó en un monasterio medieval. De aquella experiencia saldrían dos novelas fundamentales: En camino (En route) y La catedral (La catedrale).

No obstante, el episodio más siniestro de aquella etapa de reclusión no sería registrado hasta unos años después.

Cierta noche, mientras descansaba en su camastro, J.K. Huysmans despertó justo en el clímax de un sueño erótico. En la penumbra, todavía aturdido por aquellos impulsos que su fe intentaba reprimir, entrevió la figura sensual de una mujer diluyéndose en el aire opresivo del cuarto.

El novelista dio crédito a la aparición. De hecho, consideró que se trataba de un SÚCUBO enviado por sus viejos camaradas esotéricos al enterarse del cambio radical que estaba efectuando en su estilo de vida.

J.K. Huysmans describió al SÚCUBO como una mujer de silueta impresionante, etérea, aunque con ligeros matices desagradables que recordaban su naturaleza infernal. Según declaró en su diario íntimo —que dejó de serlo tras su muerte—, ni antes ni después de ese encuentro paranormal conoció un goce semejante.

Gran conocedor de las leyendas de vampiros que indican que los SÚCUBOS se apropian de las poluciones involuntarias que provocan, entregándolas luego a los ÍNCUBOS para fertilizar a las mujeres mortales, J.K. Huysmans respiró hondo y se alegró de su pasado de excesos, ya que estos le habían producido daños irreparables a su virilidad, lo cual le evitaba convertirse en vehículo de una paternidad maldita.

Esta historia, sin dudas producto de una crisis emocional, luego sería aprovechada por el autor para una de las mejores novelas del decadentismo francésAllá lejos (Là-Bas), donde nos introduce en el oscuro mundo del satanismo y la demonología a través de un estudioso, Durtal, que logra desenmascarar a una sociedad secreta que adora el espíritu perverso de Gilles de Rais y practica lainvocación de SÚCUBOS, ÍNCUBOS y otros seres diabólicos con menor grado de popularidad.

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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Sep 16 2015, 09:59

Espíritus que se "pegan" a las personas
Posted: 14 Sep 2015 07:40 AM PDT

Espíritus que se "pegan" a las personas.




El llamado Spirit Attachment es una de las más antiguas formas de posesión por la cual una entidad logra quedar "pegada" a una persona viva, estableciendo a partir de allí una relación parasitaria; algo de lo que ya habíamos hablado al estudiar a los gusanos, larvas y parásitos del plano astral.

Técnicamente hablamos aquí de posesión aunque no necesariamente demoníaca, y ni siquiera maligna.

Si bien la mayoría de los espíritus que se adhieren a las personas vivas son, en realidad, seres no humanos del plano astral, también existen otro tipo de ataduras menos perniciosas.

Las tradiciones y viejas creencias, en cambio, sostienen que este tipo de atadura con un espíritu ocurre inmediatamente después de la muerte de alguien que no logra un tránsito adecuado hacia el más allá, quedando sujeto al plano del Kamaloka, o Plano del Deseo.

Estos seres, todavía atados al mundo físico debido a una fuerte confusión y, sobre todo, a asuntos emocionales sin resolver, tal como les ocurre a la mayoría de los suicidas, logran permanecer cerca de las personas que conocieron en vida y, en ciertos casos, quedar "pegados" a ellas durante un tiempo considerable.

Otros sostienen que las ataduras espirituales son realizadas al azar, cuando el espíritu no posee la destreza suficiente como para acercarse a sus seres queridos, obteniendo en cambio un huésped cualquiera, desde luego, convenientemente vulnerable.

Los síntomas son siempre los mismos: repentinos cambios de comportamiento, estilo de vestimenta, modales, forma de hablar y hábitos, entre ellos, la aparición de adicciones súbitas.

Las víctimas suelen caer en hondas depresiones, e incluso manifestar pulsiones suicidas. Otros, en cambio, revelan indicios de repentinos desórdenes de personalidad múltiple. En cualquier caso, la severidad de los síntomas depende de cuán fuerte logre "pegarse" el espíritu; es decir, cuán profundo pueda establecerse en la consciencia de su huésped.

Desde luego que hablamos aquí de los casos más evidentes. Hay otros, sin embargo, mucho más sutiles. De hecho, muchas personas ni siquiera sospechan que llevan un espíritu "pegado" a la espalda.

Las llamadas Formas de Pensamiento (Thought Forms) pueden pasar desapercibidas durante cierto tiempo, aunque su existencia es breve y no poseen un alto grado de inteligencia.

Recordemos que, en resumen, éstos últimos no son espíritus ni criaturas no humanas, sino pensamientos intensos, casi siempre oscuros, que logran asumir cierto grado de densidad y autonomía.

En definitiva, las Formas de Pensamiento son una especie fugaz pero muy dura de entidades psíquicas, independientes de su origen y que desarrollan una existencia autónoma. En muchos casos no proceden del exterior, sino que nosotros mismos nos encargamos de forjarlas.

El psicólogo Carl Jung, nada menos, sugiere que estas entidades nacen, crecen y se disuelven constantemente en nuestra psique; casi siempre producto de algún fuerte sentimiento de culpa.

No estamos aquí frente a nada sobrenatural, sino dentro de la extraordinaria fauna de nuestra psique.

Carl Jung nos ofrece un ejemplo de cómo una Forma de Pensamiento nace y se establece en la psique de un alguien: 

Un niño dibuja sobre la pared y su madre, naturalmente, lo castiga; no sin antes aclararle que no debe comportarse como un estúpido y destruir las cosas de la casa. El niño, derrotado, traduce esas advertencias en su inconsciente. Pero el inconsciente no puede pensar ni razonar en términos negativos, de modo que se establece allí una "forma en positivo" del castigo: soy un estúpido que destruye cosas.

Repítase esta dinámica durante un tiempo prolongado y esas formas de pensamiento quedarán atadas para siempre en la psique. Afortunadamente, también funciona a la inversa. Si los estímulos son positivos, seguirán siéndolo en el inconsciente.

La mayoría de los trabajos de magia negra se basan en estas Formas de Pensamiento, solo que no es el individuo quien las forma, sino el mago o brujo quien logra instalarlas en su mente.

Toda la parafernalia esotérica tiene como objeto lograr que la mente humana "forme" un pensamiento lo suficientemente fuerte como para existir realmente y actuar siguiendo el impulso que le dio vida.

Pero los espíritus rara vez operan de ese modo.

No poseen la fuerza ni la determinación como para "pegarse" a los hombros de alguien en particular, sino más bien la astucia para encontrar un huésped adecuado y fácil de poseer. El abuso de alcohol y drogas destroza las defensas de nuestra mente y permite, en ciertos casos, que los espíritus consigan "pegarse" a nuestra aura.

La mayoría de los ritos chamánicos siguen el mismo principio, solo que aquí el shamán controla la situación, es decir, es él quien busca un tipo de espíritu en particular y le ordena "pegarse" a su aura con el objetivo de obtener conocimiento o soluciones para un problema en particular.

A propósito de esta última posibilidad, el antropólogo Mircea Eliade escribió un estudio notable titulado: Chamanismo (Shamanism), donde se analizan prácticamente todas las formas en las que un espíritu puede "pegarse" a una persona viva, o incluso a un objeto inerte.
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Sep 16 2015, 22:48

"El huésped de Drácula": Bram Stoker y el capítulo borrado de "Drácula"






"El huésped de Drácula": Bram Stoker y el capítulo borrado de "Drácula".




El huésped de Drácula (Dracula's Guest) es un relato de vampiros del escritor irlandés Bram Stoker, publicado póstumamente en la antología de de 1914: El huésped de drácula y otras historias macabras (Dracula's Guest and Other Weird Stories).

Más que de un relato de vampiros individual, autónomo, El huésped de Drácula es en realidad un capítulo eliminado de la novela de vampiros de 1897: Drácula (Dracula).

Efectivamente, El huésped de Drácula es el primer capítulo del manuscrito original deDrácula, eliminado por Bram Stoker antes de la publicación de la novela por considerarlo superfluo para el desarrollo de la historia.


Sin embargo, algunos eruditos de la obra de Bram Stoker están en desacuerdo. Elizabeth Miller, especialista en la gran novela de vampiros de todos los tiempos, observa que en el prólogo de 1914 de El huésped de Drácula la propia viuda de Bram Stoker, Florence, aclara que todos losrelatos de terror de la antología son cuentos originales y que ninguno de ellos participó directamente de los borradores de Drácula.

Otros estudios confirman justamente a lo contrario.

Leslie S. Klinger, quien tuvo acceso al manuscrito original de Drácula, encontró evidencias de un capítulo de apertura eliminado. ¿Dónde? Justamente en correcciones hechas por Bram Stoker en episodios ulteriores, donde debió tachar y suprimir opiniones sobre hechos ocurridos en aquel supuesto primer capítulo.

Más allá de estas controversias, El huésped de Drácula posee características únicas. Salvo el nombre de Drácula en el título, y una sola mención dentro del relato, existen muy pocos vínculos con la historia que Jonathan Harker realiza sobre sus experiencias en el misterioso castillo de Transilvania.

Incluso el estilo de la narración es completamente distinto, aunque resulta difícil rechazar la idea que elprotagonista de El huésped de Drácula es el mismísimo Jonathan Harker, y que su anfitrión no es otro que el propio conde Drácula.


El huésped de Drácula.
Dracula's Guest, Bram Stoker (1847-1912)

Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba intensamente sobre Múnich y el aire estaba repleto de la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el maitre d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba) bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo al cochero, sin apartar la mano de la manija de la puerta del coche:

—No olvide estar de regreso antes de la puesta del sol. El cielo parece claro, pero se nota un frescor en el viento del norte que me dice que puede haber una tormenta en cualquier momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará —sonrió—, pues ya sabe qué noche es.

Johann le contestó con un enfático:

Ja, mein Herr.

Y, llevándose la mano al sombrero, se dio prisa en partir.

Cuando hubimos salido de la ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:

—Dígame, Johann, ¿qué noche es hoy?

Se persignó al tiempo que contestaba lacónicamente:

Walpurgis Nacht.

Y sacó su reloj, un grande y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di cuenta de que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra el innecesario retraso y me volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones, yo miraba alrededor, alarmado. El camino era totalmente anodino, pues estábamos atravesando una especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y que aparentemente se hundía en un pequeño y serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de excusas, y se persignó con frecuencia mientras hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad, así que le hice varias preguntas. Respondió evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su reloj como protesta. Al final, le dije:

—Bueno, Johann, quiero bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es todo lo que le pido.

Como respuesta, pareció zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de súplica y me imploró que no fuera. Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se echaba atrás y decía mientras se persignaba:

Walpurgis Nacht!

Traté de argumentar con él pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas, pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto, palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada, saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como respuesta, se persignó, señaló al punto que había abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro camino, indicando una cruz y diciendo, primero en alemán y luego en inglés:

—Enterrados..., estar enterrados los que matarse ellos mismos.

Recordé la vieja costumbre de enterrar a los suicidas en los cruces de los caminos.

—¡Ah! Ya veo, un suicida. ¡Qué interesante!

Pero a fe mía que no podía saber por qué estaban asustados los caballos.

Mientras hablábamos, escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos, pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy pálido y dijo:

—Suena como lobo..., pero no hay lobos aquí, ahora.

—¿No? —pregunté inquisitivamente—. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?

—Mucho, mucho —contestó—. En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no mucho lejos.

Mientras acariciaba los caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte haciendo visera con su mano, y dijo:

—La tormenta de nieve venir dentro de mucho poco.

Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.

Me sentía un tanto obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.

—Hábleme del lugar al que lleva este camino —le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

—Es maldito.

—¿Qué es lo que es maldito? —inquirí.

—El pueblo.

—Entonces, ¿hay un pueblo?

—No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.

Me devoraba la curiosidad:

—Pero dijo que había un pueblo.

—Había.

—¿Y qué pasa ahora?

Como respuesta, se lanzó a desgranar una larga historia en alemán y en inglés, tan mezclados que casi no podía comprender lo que decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía muchos cientos de años habían muerto allí personas que habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde los vivos vivían y los muertos estaban muertos y no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en su narración, se iba excitando más y más, parecía como si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro, sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si esperase que alguna horrible presencia se fuera a manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la luz del sol. Finalmente, en una agonía de desesperación, gritó: «Walpurgis Nacht!», e hizo una seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia atrás, dije:

—Tiene usted miedo, Johann... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo; un paseo a pie me sentará bien. —La puerta del carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la puerta. Señalé el camino de regreso a Múnich y repetí-: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no tiene nada que ver con los ingleses.

Los caballos estaban ahora más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos mientras me imploraba excitadamente que no cometiera tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección, exclamé: «¡Regrese!», y me di la vuelta para bajar por el camino lateral, hacia el valle.

Con un gesto de desesperación, Johann volvió sus caballos hacia Múnich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego, sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia. Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a encabritarse y a patear, luego relincharon aterrorizados y echaron a correr locamente. Los contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño pero me di cuenta de que también él había desaparecido.

Me volví con ánimo tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el profundo valle que tanto había preocupado a Johann. Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón para esta preocupación; y diría que caminé durante un par de horas sin pensar en el tiempo ni en la distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo del camino, llegué hasta el disperso lindero de un bosque. Entonces me di cuenta de que, inconscientemente, había quedado impresionado por la desolación de los lugares por los que acababa de pasar.

Me senté para descansar y comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire era mucho más frío que cuando había iniciado mi camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver que grandes y densas nubes corrían rápidas por el cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los signos de una tormenta que se aproximaba por algún lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y, pensando que era por haberme sentado tras la caminata, reinicié mi paseo.

El terreno que cruzaba ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto especial digno de mención, pero en todo él se notaba cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y fue sólo cuando empezó a hacerse notar el oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había desaparecido la brillantez del día. El aire era frío, y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse a intervalos el misterioso grito que el cochero había dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me había prometido ver el pueblo abandonado, así que proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de terreno llano, cerrado por las colinas que lo rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de árboles que descendían hasta la llanura, formando grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los más densos grupos de árboles y luego se perdía tras él.

Mientras miraba noté un hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido por los que había pasado, y me apresuré a buscar cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue volviendo cada vez más oscuro, y a mi alrededor se veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve caía ahora tan densa y giraba a mi alrededor en tales remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos. De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver frente a mí una gran masa de árboles, principalmente cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.

Pronto me hallé al amparo de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido con la de la noche. Pero su furia parecía estar abatiéndose: tan solo regresaba en tremendos resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el escalofriante aullido del lobo pareció despertar el eco de muchos sonidos similares a mi alrededor.

En ocasiones, a través de la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver que estaba al borde de una densa masa de cipreses y tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me parecía que entre tantos viejos cimientos como había pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo, me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y, siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo momento en que la divisé, las errantes nubes oscurecieron la luna y atravesé el sendero en tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi camino a ciegas.

Me detuve, pues se produjo un repentino silencio. La tormenta había pasado y, quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado situado frente a mí era una enorme tumba de mármol, tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse, como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna especie de fascinación, me aproximé a la sepultura para ver de quién era y por qué una construcción así se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y leí, sobre la puerta dórica, en alemán:

CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801

En la parte alta del túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la estructura estaba formada por unos pocos bloques macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.

Me dirigí hacia la parte de atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:

Los muertos viajan de prisa.

Había algo tan extraño y fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas misteriosas circunstancias, me produjo un terrible estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!

La noche de Walpurgis en la que, según las creencias de millones de personas, el diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda, temblando de frío en medio de una nevada y con una fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme en un paroxismo de terror.

Y entonces un verdadero tornado estalló a mi alrededor. El suelo se estremeció como si millares de caballos galopasen sobre él, y esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal violencia que parecía haber sido lanzado por lo míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a abandonarlo y buscar el único punto que parecía ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de bronce, conseguí una cierta protección contra la caída del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar contra el suelo y los costados de mármol.

Al apoyarme contra la puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el destello de un relámpago que iluminó toda la extensión del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi, pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro. Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado como por la mano de un gigante y lanzado hacia la tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo tuve la extraña y absorbente sensación de que no estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando, desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas. La mujer muerta se alzó en un momento de agonía, lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar con el aullido de los lobos. La última cosa que recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me estuvieran rodeando en medio de1a oscuridad de la tormenta de granizo.

Gradualmente, volvió a mí una especie de confuso inicio de consciencia; luego una sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una sensación gélida en mi nuca y a todo lo largo de mi espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi pecho notaba una sensación de calor que, en comparación, resultaba deliciosa. Era como una pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi pecho me impedía respirar normalmente.

Ese período de semiletargo pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de repugnancia, como en los primeros momentos de un mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo, aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y entonces me llegó la consciencia de la terrible verdad, que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara la sangre en mis venas. Había algún animal recostado sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta de que se había producido algún cambio en mí, pues levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo. Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.

Durante otro período de tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido, seguido por un aullido, y luego por otro y otro. Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un «¡hey, hey!» como de muchas voces gritando al unísono. Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera, y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles, surgió al trote una patrulla de jinetes llevando antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes (soldados, según parecía por sus gorras y sus largas capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me había tomado por el lobo. Otro divisó al animal mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre los nevados cipreses.

Mientras se aproximaban, traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano sobre mi corazón.

—¡Buenas noticias, camaradas! —gritó—. ¡Su corazón todavía late!

Entonces vertieron algo de brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de abrir del todo los ojos y mirar a mi alrededor. Por entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo los hombres se llamaban los unos a los otros. Se agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las luces centellearon cuando los otros entraron amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban preguntaron ansiosos:

—¿Lo hallaron?

La respuesta fue apresurada:

—¡No! ¡No! ¡Vámonos.... pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en esta noche!

—¿Qué era? -preguntaron en varios tonos de voz.

La respuesta llegó variada e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran refrenados por algún miedo compartido que les impidiese airear sus pensamientos.

—¡Era... era... una cosa! —tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había derrumbado.

—¡Era un lobo..., sin embargo, no era un lobo! —dijo otro estremeciéndose.

—No vale la pena intentar matarlo sin tener una bala bendecida —indicó un tercero con voz más tranquila.

—¡Nos está bien merecido por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos ganado los mil marcos! —espetó un cuarto.

—Había sangre en el mármol derrumbado —dijo otro tras una pausa—. Y desde luego no la puso ahí el rayo. En cuanto a él... ¿está a salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo estaba echado encima de él, dándole calor.

El oficial miró mi garganta y replicó:

—Está bien; la piel no ha sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo habríamos hallado de no haber sido por los aullidos del lobo.

—¿Qué es lo que ocurrió con ese lobo? —preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza, que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga se veían los galones de suboficial.

—Volvió a su cubil —contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba a su alrededor—. Aquí hay bastantes tumbas en las que puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos rápido! Abandonemos este lugar maldito.

El oficial me alzó hasta sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses, cabalgamos rápidamente en formación.

Mi lengua seguía rehusando cumplir con su función y me vi obligado a guardar silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que habían visto, excepto que habían hallado a un extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.

—¡Un gran perro! Eso no era ningún perro —interrumpió el hombre que había mostrado tanto miedo—. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.

El joven oficial le respondió con calma:

—Dije un perro.

—¡Perro! —reiteró irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo—: Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?

Instintivamente alcé una mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del joven oficial:

—Un perro, he dicho. Si contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.

Entonces monté tras uno de los soldados y entramos en los suburbios de Múnich. Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando su caballo y los demás regresaban al cuartel.

Cuando llegamos, Herr Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir a mi encuentro que se hizo evidente que había estado mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta insistí en que me acompañara a mis habitaciones. Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate; ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.

—Pero Herr Delbrück —interrogué—, ¿cómo y por qué me buscaron los soldados?

Se encogió de hombros, como no dándole importancia a lo que había hecho, y replicó:

—Tuve la buena suerte de que el comandante del regimiento en el que serví me autorizara a pedir voluntarios.

—Pero ¿cómo supo que estaba perdido? —le pregunté.

—El cochero regresó con los restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando los caballos se desbocaron.

—¿Y por eso envió a un grupo de soldados en mi busca?

—¡Oh, no! —me respondió—. Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este telegrama del boyardo de que es usted huésped —y sacó del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:

BISTRITZ

«Tenga cuidado con mi huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo con mi fortuna. —Drácula.

Mientras sostenía el telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser, en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje que me había arrancado del peligro de la congelación y de las mandíbulas del lobo.

Bram Stoker (1847-1912)




José Francisco
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Miér Oct 07 2015, 22:35

l ceremonial: H.P. Lovecraft






El ceremonial (The festival) es un relato de terror del escritor norteamericano Howard Phillip Lovecraft, publicado en 1925.

El cuento está inspirado en las primeras investigaciones sobre los ritos pre-arios, cuestión que excitaba a Lovecraft más que las mujeres.

La sentencia que encabeza el relato es del escritor latino Firmiano Lactancio, y significa: Los demonios logran que las cosas que no son aparezcan como reales ante los hombres.


El ceremonial.
The festival, Howard Phillip Lovecraft (1890-1937)

Efficiunt Daemones, ut quae non sunt, sic tamen quasi sint, conspicienda hominibus exbibeant.
Me encontraba lejos de casa, y caminaba fascinado por el encanto de la mar oriental. Empezaba a caer la tarde, cuando la oí por primera vez, estrellándose contra las rocas. Entonces me di cuenta de lo cerca que la tenía. Estaba al otro lado del monte, donde los sauces retorcidos recortaban sus siluetas sobre un cielo cuajado de tempranas estrellas. Y porque mis padres me habían pedido que fuese a la vieja ciudad que ahora tenía a paso, proseguí la marcha en medio de aquel abismo de nieve recién caída, por un camino que parecía remontar, solitario, hacia Aldebarán -tembloroso entre los árboles-, para luego bajar a esa antiquísima ciudad, en la que jamás había estado, pero en la que tantas veces he soñado durante mi vida. Era el Día del Invierno, ese día que los hombres llaman ahora Navidad, aunque en el fondo sepan que ya se celebraba cuando aún no existían ni Belén ni Babilonia ni Menfis ni aun la propia humanidad. Era, pues, el Día del Invierno, y por fin llegaba yo al antiguo pueblo marinero donde había vivido mi raza, mantenedora del ceremonial de tiempos pasados aun en épocas en que estaba prohibido. Al viejo pueblo llegaba, cuyos habitantes habían ordenado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, que celebraran el ceremonial una vez cada cien años, para que nunca se olvidasen los secretos del mundo originario. Era la mía una raza vieja; ya lo era cuando vino a colonizar estas tierras, hace trescientos años. Y era la mía una gente extraña, gente solapada y furtiva, procedente de los insolentes jardines del Sur, que hablaban otra lengua antes de aprender la de los pescadores de ojos azules. Y ahora estaba esparcida por el mundo, y únicamente se reunía a compartir rituales y misterios que ningún otro viviente podría comprender.

Yo era el único que regresaba aquella noche al viejo pueblo pesquero como ordenaba la tradición, pues sólo recuerdan el pobre y el solitario. Después, al coronar la cuesta del monte, dominé la vista de Kingsport, adormecido en el frío del anochecer, nevado, con sus vetustas veletas, sus campanarios, sus tejados y chimeneas los muelles, los puentes, los sauces y cementerios. Los interminables laberintos de calles abruptas, estrechas y retorcidas, serpenteaban hasta lo alto de la colina donde se alzaba el centro de la ciudad, coronado por una iglesia extraña que el tiempo parecía no haber osado tocar. Una infinidad de casas coloniales se amontonaban en todos los sentidos y niveles, como las abigarradas construcciones de madera de algún niño. Las alas grises del tiempo parecían cernerse sobre los tejados y las nevadas buhardillas. Los faroles y las ventanas emitían en la oscuridad unos reflejos que iban a juntarse con Orión y las estrellas primordiales. Y la mar rompía incesante contra los muelles miserables, aquella mar de la que emergiera nuestro pueblo en los viejos tiempos.

Junto al camino, una vez arriba de la cuesta, había una colina yerma barrida por el viento. No tardé en ver que se trataba de un cementerio, en donde las negras lápidas surgían de la nieve como las uñas destrozadas de un cadáver gigantesco. El camino, sin huella alguna de tráfico, estaba solitario. Únicamente me parecía oír, de cuando en cuando, unos crujidos como de una horca estremecida por el viento. En 1692 ahorcaron a cuatro de mi raza por brujería.

Una vez que la carretera comenzó a descender hacia la mar, presté atención por si oía el alegre bullicio de los pueblos anochecer, pero no oí nada. Entonces recordé la época en que estábamos, y se me ocurrió que el viejo pueblo puritano conservaría tal vez costumbres navideñas, extraigas para mí, y que entonces estaría entregado a silenciosas oraciones. Así que abandoné mis esperanzas de oír el bullicio propio de estas fiestas, dejé de buscar viajeros con la mirada, y seguí mi camino. Fui dejando atrás, a uno y otro lado, las silenciosas casas de campo con sus luces ya encendidas. Después me interné entre las oscuras paredes de piedra, en las que el aire salitroso mecía las chirriantes enseñas de antiguas tiendas y tabernas marineras. Las grotescas aldabas de las puertas, bajo los soportales, brillaban a lo largo de los callejones desiertos reflejando la escasa luz que se escapaba de las estrechas ventanas encortinadas.

Traía conmigo el plano de la ciudad y sabía dónde se encontraba la casa de los míos. Se me había dicho que sería reconocido y que me darían acogida, porque la tradición del pueblo posee una vida muy larga. De modo que apresuré el paso y entré en Back Street hasta llegar a Circle Court; luego continué por Green Lane, única calle pavimentada de la ciudad, que va a desembocar detrás del Edificio del Mercado. Aún servía el antiguo plano, y no me tropecé con dificultades. Sin embargo, en Arkham me habían mentido al decirme que había tranvías; al menos yo no veía redes de cables aéreos por ninguna parte. En cuanto a los raíles, es posible que los ocultara la nieve. Me alegré de tener que caminar, porque la ciudad, revestida de blanco, me había parecido muy hermosa desde el monte. Por otra parte, estaba impaciente por llamar a la puerta de los míos, por llegar a esa séptima casa de Green Lane, a mano izquierda, de tejado puntiagudo y doble planta, que databa de antes de 1650.

Había luces en el interior y, por lo que pude apreciar a través de la vidriera de rombos de la ventana, todo se conservaba tal y como debió de ser en aquellos tiempos. El piso superior se inclinaba por encima del estrecho callejón invadido de hierba y casi tocaba el edificio de enfrente, que también se inclinaba peligrosamente, formando casi un túnel por donde caminaba yo. Los peldaños del umbral estaban enteramente limpios de nieve. No había aceras y muchas casas tenían la puerta muy por encima del nivel de la calle, llegándose hasta ella por un doble tramo de escaleras con barandilla de hierro. Era un escenario verdaderamente singular; acaso me pareció tan extraño por ser yo extranjero en Nueva Inglaterra. Pero me gustaba, y aún me hubiera resultado más encantador si hubiera visto pisadas en la nieve, gentes en las calles y alguna ventana con las cortinillas descorridas.

Al dar los golpes con aquella vieja aldaba de hierro, me sentí preso de una alarma repentina. Se despertó en mí cierto temor que fue tomando consistencia, debido tal vez a la rareza de mi estirpe, al frío de la noche o al silencio impresionante de la vieja ciudad de costumbres extrañas. Y cuando en respuesta a mi llamada, se abrió la puerta con un chirrido quejumbroso, me estremecí de verdad, ya que no había oído pasos en el interior. Pero el susto pasó en seguida: el anciano que me atendió, vestido con traje de calle y en zapatillas, tenía un rostro afable que me ayudó a recuperar mi seguridad; y aunque me dio a entender por señas que era mudo, escribió con su punzón, en una tablilla de cera que traía, una curiosa y antigua frase de bienvenida. Me señaló con un gesto una sala baja iluminada por velas. Tenía la pieza gruesas vigas de madera y recio y escaso mobiliario del siglo XVII. Aquí, el pasado recobraba vida; no faltaba ningún detalle. Me llamaron la atención la chimenea, de campana cavernosa, y una rueca sobre la que una vieja, ataviada con ropas holgadas y bonete de paño, de espaldas a mí, se inclinaba afanosa pese a la festividad del día. Reinaba una humedad indefinida en la estancia, y por ello me extrañó que no tuvieran fuego encendido. Había un banco de alto respaldo colocado de cara a la fila de ventanas encortinadas de la izquierda, y me pareció que había alguien sentado en él, aunque no estaba seguro. No me gustaba nada de lo que veía allí y nuevamente sentí temor. Y mi temor fue en aumento, porque cuanto más miraba el rostro suave de aquel anciano, más repugnante me parecía su suavidad. No pestañeaba, y su color era demasiado parecido al de la cera. Por último, llegué a la plena convicción de que aquello no era un rostro sino una máscara confeccionada con diabólica habilidad. Entonces sus flojas manos, curiosamente enguantadas, escribieron con pasmosa soltura en la tablilla, informándome de que yo debía esperar un rato antes de ser conducido al sitio donde se celebraría el ceremonial. Me señaló una silla, una mesa, un montón de libros, y salió de la estancia. Al echar mano de los libros, vi que se trataba de volúmenes muy antiguos y mohosos. Entre ellos estaban el viejo tratado sobre las Maravillas de la Naturaleza de Morryster, el terrible Saducismus Triumphatus de Joseph Glanvil, publicado en 1681; la espantosa Daemonotatreia de Remigius, impresa en 1595 en Lyon, y el peor de todos, el incalificable Necronomicon, del loco Abdul Alhazred, en la excomulgada traducción latina de Olacius Wormius. Era éste un libro que jamás había tenido en mis manos, pero del cual había oído decir cosas monstruosas. Nadie me dirigió la palabra; lo único que turbaba el silencio eran los aullidos del viento en el exterior y el girar de la rueca mientras la vieja seguía con su silencioso hilar.

Tanto la estancia como aquella gente y aquellos libros me daban una extraña impresión de morbosidad e inquietud; pero, puesto que se trataba de una antigua tradición de mis antepasados, en virtud de la cual se me había convocado para tan extraña conmemoración, pensé que debía esperarme las cosas más peregrinas. Conque me puse a leer. Interesado por un tema que había encontrado en el Necronomicon no tardé en darme cuenta que la lectura aquella me encogía el corazón. Se trataba de una leyenda demasiado espantosa para la razón y la conciencia. Luego experimenté un sobresalto, al oír que se cerraba una de las ventanas situadas delante del banco de alto respaldo. Parecía como si la hubiesen abierto furtivamente. A continuación se oyó un rumor que no provenía de la rueca. Sin embargo, no pude distinguirlo bien porque la vieja trabajaba afanosamente y, justo en aquel momento, el vetusto reloj se puso a tocar. Después, la idea de que había personas en el banco se me fue de la cabeza, y me sumí en la lectura hasta que regresó el anciano, con botas esta vez, vestido con holgados ropajes antiguos, y se sentó en aquel mismo banco, de forma que no le pude ver ya. Era enervante aquella espera, y el libro impío que tenía en mis manos me desazonaba más aún. Al dar las once, el viejo se levantó, se acercó a un enorme cofre que había en un rincón, y extrajo dos capas con caperuza; se puso una de ellas, y con la otra envolvió a la vieja, que dejó de hilar en ese momento. Luego, ambos le dirigieron hacia la puerta. La mujer arrastraba una pierna. El viejo, después de coger el mismísimo libro que había estado leyendo yo, me hizo una sería y se cubrió con la caperuza su rostro inmóvil ... o su máscara.

Salimos a la tenebrosa y enmarañada red de callejuelas de aquella ciudad increíblemente antigua. A partir de ese momento, las luces se fueron apagando una a una tras las cortinas de las ventanas, y Sitio contempló la muchedumbre de figuras encapuchadas que surgían en silencio de todas las puertas y formaban una monstruosa procesión a lo largo de la calle, hasta más allá de las enseñas chirriantes, de los edificios de tejados inmemoriales, de los de techumbre de paja, y de las casas de ventanas adornadas con vidrieras de rombos. La procesión fue recorriendo callejones empinados, cuyas casas leprosas se recostaban unas contra otras o se derrumbaban juntas, y atravesó plazas y atrios de iglesias y los faroles de las multitudes compusieron constelaciones vertiginosas y fantásticas. Yo caminaba junto a mis guías mudos, en medio de una muchedumbre silenciosa. Iba empujado por codos que se me antojaban de una blandura sobrenatural, estrujado por barrigas y pechos anormalmente pulposos, y no obstante seguía sin ver un rostro ni oír una voz.

La columnas espectrales ascendían más y más por las interminables cuestas y todos se iban aglomerando a medida que se acercaban a los lóbregos callejones que desembocaban en la cumbre, centro de la ciudad, donde se elevaba una inmensa iglesia blanca. Ya la había visto antes, desde lo alto del camino, cuando me detuve a contemplar Kingsport en las últimas luces del atardecer y me estremecí al imaginar que Aldebarán había temblado un instante por encima de su torre fantasmal. Había un espacio despejado alrededor de la iglesia. En parte era cementerio parroquial y, en parte, plaza medio pavimentada, flanqueada por unas casas enfermas de puntiagudos tejados y aleros vacilantes, donde el viento azotaba y barría la nieve. Los fuegos fatuos danzaban por encima de las tumbas revelando un espeluznante espectáculo sin sombras. Más allá del cementerio, donde ya no había casas, pude contemplar de nuevo el parpadeo de las estrellas sobre el puerto. El pueblo era invisible en la oscuridad. Sólo de cuando en cuando se veía oscilar algún farol por las serpenteantes callejas, delatando a algún retrasado que corría para alcanzar a la multitud que ahora entraba silenciosa en el templo.

Esperé a que terminaran todos de cruzar el pórtico, para que acabaran así los empujones. El viejo me tiró de la manga, pero yo estaba decidido a entrar el último. Cruzamos el umbral y nos adentramos en el templo rebosante y oscuro. Me volví para mirar hacia el exterior; la fosforescencia del cementerio parroquial derramaba un resplandor enfermizo sobre la plaza pavimentada. Y de pronto, sentí un escalofrío: aunque el viento había barrido la nieve, aún quedaban rodales sobre el mismo camino que conducía al pórtico. Y sobre aquella nieve, para asombro mío, no descubrí ni una sola huella de pies, ni siquiera de los míos. La iglesia apenas resultaba iluminada, a pesar de todas las luces que habían entrado, porque la mayor parte de la multitud había desaparecido. Todos se dirigían por las naves laterales, sorteando los bancos, hacia una abertura que había al pie del púlpito, y se deslizaban por ella sin hacer el menor ruido. Avancé en silencio; me metí en la abertura y comencé a bajar por los gastados peldaños que conducían a una cripta oscura y sofocante. La cola sinuosa de la procesión era enorme. El verlos a todos rebullendo en el interior de aquel sepulcro venerable me pareció horrible de verdad. Entonces me di cuenta de que el suelo de la cripta tenía otra abertura por la que también se deslizaba la multitud, y un momento después nos encontrábamos todos descendiendo por una escalera abominable, por una estrecha escalera de caracol húmeda, impregnada de un color muy peculiar- que se enroscaba interminablemente en las entrañas de la tierra, entre muros de chorreantes bloques de piedra y yeso desintegrado. Era un descenso silencioso y horrible. Al cabo de muchísimo tiempo, observé que los peldaños ya no eran de piedra y argamasa, sino que estaban tallados en la roca viva. Lo que más me asombraba era que los miles de pies no produjeran ruido ni eco alguno. Después de un descenso que duró una eternidad, vi unos pasadizos laterales o túneles que, desde ignorados nichos de tinieblas, conducían a este misterioso acceso vertical. Los pasadizos aquellos no tardaron en hacerse excesivamente numerosos. Eran como impías catacumbas de apariencia amenazadora, y el acre olor a descomposición que despedían fue aumentando hasta hacerse completamente insoportable. Seguramente habíamos bajado hasta la base de la montaría, y quizá estábamos por debajo incluso del nivel de Kingsport. Me asustaba pensar en la antigüedad de aquella población infestada, socavada por aquellos subterráneos corrompidos. Luego vi el cárdeno resplandor de una luz desmayada y oí el murmullo insidioso de las aguas tenebrosas. Sentí un nuevo escalofrío; no me gustaban las cosas que estaban sucediendo aquella noche. Ojalá que ningún antepasado mío hubiera exigido mi asistencia a un rito de ese género. En el momento en que los peldaños y los pasadizos se hicieron más amplios hice otro descubrimiento: percibí el doliente acento burlesco de una flauta; y súbitamente, se extendió ante mí el paisaje ¡limitado de un mundo interior: una inmensa costa fungosa, iluminada por una columna de fuego verde y bañada por un vasto río oleaginoso que manaba de unos abismos espantosos, insospechados, y corría a unirse con las simas negras del océano inmemorial.

Desfallecido, con la respiración agitada, contemplé aquel Averno profano de leproso resplandor y aguas mucilaginosas; la muchedumbre encapuchada formó un semicírculo alrededor de la columna de fuego. Era el rito del Invierno, más antiguo que el género humano y destinado a sobrevivirle, el rito primordial que prometía solsticio y primavera después de las nieves; el rito del fuego, del eterno verdor, de la luz y de la música. Y en aquella gruta estigia vi cómo ejecutaban todos el rito y adoraban la nauseabunda columna de fuego y arrojaban al agua puñados de viscosa vegetación que resplandecía con una fosforescencia pálida y verdosa. Y vi también, fuera del alcance de la luz, un bulto amorfo, achaparrado, que tocaba la flauta de modo repugnante. Y mientras tañía la criatura monstruosa, me pareció oír también unas notas apagadas en la fétida oscuridad donde nada podía ver. Pero lo que más me llenaba de espanto era la columna de fuego. brotaba como un surtidor volcánico de las negras profundidades; no arrojaba sombras como una llama normal, y bañaba las rocas salitrosas de un verdor sucio y venenoso. Toda aquella hirviente combustión no producía calor, sino únicamente la viscosidad de la muerte y la corrupción. El hombre que me había guiado se escurrió ahora hasta colocarse junto a la horrible llama y ejecutó unos rígidos ademanes rituales hacia el semicírculo que le miraba. En determinados momentos del ceremonial, los asistentes rindieron homenaje de acatamiento, especialmente cuando levantó por encima de su cabeza aquel detestable Necronomicon que llevaba consigo. Yo también tomé parte en todas las reverencias, puesto que había sido convocado a esta ceremonia de acuerdo con los escritos de mis antecesores.

Después, el viejo hizo una señal al que tocaba la flauta en la oscuridad; éste cambió su débil zumbido por un tono, más audible, provocando con ello un horror inimaginable e inesperado. Faltó poco para que me desplomara sobre el limo de la tierra, traspasado por un espanto que no provenía de este mundo ni de ninguno, sino de los espacios enloquecedores que se abren entre las estrellas.

En la negrura inconcebible, más allá del resplandor gangrenoso de la fría llama, en las tartáreas regiones a través de las cuales se retorcía aquel río oleaginoso, extraño, insospechado, apareció danzando rítmicamente una horda de mansos, híbridos seres alados que ningún ojo, ningún cerebro en su sano juicio, ha podido contemplar jamás. No eran cuervos, ni topos, ni buharros, ni hormigas, ni vampiros, ni seres humanos en descomposición; eran algo que no consigo –y no debo- recordar. Daban saltos blandos y torpes, impulsándose a medias con sus pies palmeados y a medias con sus alas membranosas. Y cuando llegaron hasta la muchedumbre de celebrantes, las figuras encapuchadas se agarraron a ellos, montaron a horcajadas, y se alejaron cabalgando, uno tras otro, a lo largo de aquel río tenebroso, hacia unos pozos y galerías donde venenosos manantiales alimentan el caudal tumultuoso y horrible de las negras cataratas.

La vieja hilandera se había marchado con los demás, y el viejo se había quedado, porque yo me negué a cabalgar sobre una de aquellas bestias como los otros. El flautista amorfo había desaparecido, pero dos de aquellas bestias permanecían allí pacientemente. Al resistirme a cabalgar, el viejo sacó su punzón y su tablilla, y me comunicó por escrito que él era el verdadero delegado de aquellos antepasados míos que habían fundado el culto al Invierno en este mismo venerable lugar, que había sido decretado que yo volviera allí, y que faltaban por celebrarse los misterios más recónditos. Escribió todo esto en un estilo muy antiguo, y aún dudaba yo cuando sacó de sus amplios ropajes un sello y un reloj con las armas de mi familia, para probar que todo era según había dicho él.

Pero la prueba era espantosa, porque yo sabía por ciertos documentos antiquísimos que aquel reloj había sido enterrado con el tatarabuelo de mi tatarabuelo en 1698.

Al poco rato, el viejo echó hacia atrás su capucha y me mostró el parecido familiar de su rostro; pero aquello me hizo estremecer, porque yo estaba convencido de que se trataba solamente de una diabólica máscara de cera. Las dos bestias voladoras aguardaban y arañaban inquietas los líquenes del suelo, y me di cuenta de que el viejo estaba a punto de perder la paciencia. Cuando uno de aquellos animales comenzó a moverse, alejándose del lugar, el viejo se volvió rápidamente y lo detuvo, de suerte que, con la rapidez del movimiento, se le desprendió la máscara que llevaba en el lugar correspondiente a la cabeza.

Y entonces, al ver que aquella pesadilla se interponía entre la escalera de piedra y yo, me arrojé al fondo oleaginoso del río pensando que sin duda desembocaría, por alguna cavidad, en el fondo del océano. Me lancé en aquel jugo pútrido de las entrañas de la tierra antes que mis locos chillidos pudieran hacer caer sobre mí las legiones de cadáveres que aquellos abismos pestilentes ocultaban.

En el hospital me dijeron que me habían encontrado en el puerto de Kingsport, medio helado, al amanecer, aferrado a un madero providencial. Me dijeron que la noche anterior me había extraviado por los acantilados de Orange Port, cosa que habían deducido por las huellas que encontraron en la nieve. No hice ningún comentario. Mi cabeza era un caos. Nada encajaba con mi experiencia de la noche anterior. Los ventanales del hospital se abrían a un panorama de tejados de los que apenas uno de cada cinco podía considerarse antiguo. Las calles vibraban con el estrépito de tranvías y automóviles. Me insistieron en que esto era Kingsport, cosa que yo no pude negar. Al verme caer en un estado de delirio cuando me enteré de que el hospital se encontraba cerca del cementerio parroquial de Central Hill, me trasladaron al Hospital St. Mary, de Arkham, donde me atenderían mejor. Me gustó, en efecto, porque los médicos eran de mentalidad más abierta, y aun me ayudaron, ya que gracias a su influencia pude conseguir un ejemplar del censurable Necronomicon de Alhazred, celosamente guardado en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic. Dijeron que sufría una especie de «psicosis» y convinieron en que el mejor sistema de alejar las obsesiones de mi cerebro era provocar mi cansancio a base de permitirme ahondar en el tema. De esta suerte llegué a leer el espantoso capítulo aquél, y me estremecí doblemente, puesto que no era nuevo para mí: lo que contaba, lo había visto yo, dijeran lo que dijesen las huellas de mis pies, y era mejor olvidar el sitio donde lo había presenciado. Nadie durante el día me lo hacía recordar pero mis sueños son aterradores a causa de ciertas frases que no me atrevo a transcribir. Si acaso, citaré únicamente un párrafo. Lo traduciré lo mejor que pueda de ese desgarbado latín vulgar en que está escrito: «Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles.

Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.

Howard Phillip Lovecraft (1890-1937
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Oct 09 2015, 23:38

10 mitos falsos sobre los vampiros
Posted: 08 Oct 2015 06:44 AM PDT

10 mitos falsos sobre los vampiros.




Solo una fracción muy pequeña de los mitos modernos sobre los vampiros provienen de la novela gótica; la mayoría, extrañamente, proceden del cine de terror. A continuación compartimos y analizamos los 10 mitos falsos sobre vampiros más conocidos.



1- Los vampiros duermen en ataúdes.


Este mito proviene casi exclusivamente del cine de terror.

Son pocos los relatos de vampiros del siglo XIX, o incluso anteriores, que mencionen a los ataúdes como lugar de descanso para los vampiros durante el día. No obstante, al tratarse de una criatura que regresa de la muerte es lógico pensar que el ataúd que albergó a su cadáver sea también su única opción habitacional disponible, habida cuenta de lo económicamente insolventes que suelen ser los óbitos.

En este sentido, los ataúdes son lo más práctico a lo que se puede recurrir. Pensemos que, además, los estados catatónicos y comatosos no fueron explorados hasta bien entrado el siglo XX, de modo que en la antigüedad los casos de personas enterradas vivas no eran infrecuentes; lo cual pudo haber servido de inspiración para este mito.


2- Los vampiros odian el ajo.


Es notable que un remedio tan sencillo haya calado tan hondo en los mitos de vampiros; sin embargo, se trata de un mito falso, al menos en parte.

No es que los vampiros odien el ajo, sucede que antiguamente se creía que estas criaturas, al salir de la tumba, buscaban a sus parientes, amigos, y probablemente a sus acreedores, para darles el beneficio de ser sus primeras víctimas. En consecuencia, cada vez que se producía una muerte dudosa, o se sospechaba que el finado podría regresar de la muerte, sus seres queridos se untaban el cuerpo con un preparado a base de ajo. 

¿Para qué?

Básicamente para confundir al vampiro durante la noche, ya que de este modo no podrá rastrear el olor particular de las personas que desea atacar. Lo mismo ocurría con las casas, donde se colocaban ristras de ajo sobre las puertas y ventanas.

Más que un arma contra vampiros el ajo es una precaución, un sistema profiláctico, en una época donde los olores corporales no eran precisamente fáciles de disimular.


3- Los vampiros odian las cruces.


Este mito es exclusivo del cine. No hay relatos clásicos de vampiros que mencionen que éstos odian las cruces, y menos aún que puedan llegar a ahuyentarlos.

No obstante, es un mito muy extendido. Procede directamente de la Edad Media, donde se calentaban cruces de hierro para marcar la piel de aquellos condenados a la hoguera, tal vez buscando purificarlos antes de su ejecución.

Recordemos que los vampiros son una creación esencialmente católica; razón por la cual estos suelen enfrentarse a enemigos que utilizan los símbolos de la iglesia. De hecho, no hay registros de ningún relato en donde los vampiros ataquen a una persona judía, por ejemplo, o que elvampiro propiamente dicho no proceda de alguna fe relacionada con el cristianismo.


4- Para matar a un vampiro hay que clavarle una estaca en el corazón.


Aquí hablamos de una alteración del mito original.

Las estacas no provocan ningún daño a los vampiros, o al menos así lo señalan las leyendas tradicionales; sin embargo, eran utilizadas para perforar el tórax de aquellos que se sospechaba eran vampiros y de ese modo asegurarlos a la tierra.

En otras palabras: las estacas eran empleadas para clavar al vampiro a la tierra e impedir que se levante de su tumba, no para matarlo.

El detalle del corazón es un elemento anecdótico, romántico, y sin sentido práctico, habida cuenta que un cuerpo ya muerto no puede volver a matarse. Sin embargo, este punto del pecho resulta mucho más adecuado que, por ejemplo, el vientre, para estaquear a alguien con motivo de inmovilizarlo.


5- Los vampiros odian la luz del sol.


Siendo criaturas nocturnas no es ilógico pensar que el sol sea un problema para los vampiros. Y lo es, en cierta forma, aunque de ninguna manera es letal.

Los vampiros siempre fueron vistos como seres de la noche pero especialmente como depredadores nocturnos. En este sentido, era razonable asignarles también las debilidades típicas de estas especies.

El sol no mata a los vampiros, del mismo modo que no mata a ningún otro depredador nocturno; simplemente no lo toleran. ¿Por qué? Debido al alto grado de especialización que requiere manejarse exclusivamente en la noche, por ejemplo, poseer una vista apta para ver en la oscuridad.

Naturalmente, esa misma ventaja en horas de la noche se torna desventajosa durante el día; razón por la cual los vampiros evitan la luz del sol.

Son pocas las leyendas clásicas que mencionan a los rayos del sol como elementos letales para los vampiros; detalle que abunda en el cine de forma inexplicable.


6- El agua bendita quema y mata a los vampiros.


Las tradiciones más antiguas afirman que los vampiros aborrecen el agua y la evitan, si pueden, aunque ninguna de ellas aclara que esta tenga un efecto abrasivo sobre ellos. Lo que sí se sabe es que pueden ahogarse, lo cual es bastante raro teniendo en cuenta que los muertos no suelen necesitar oxígeno.

Más aún, se creía que los vampiros no podían cruzar ríos, ni siquiera pequeñas corrientes o arroyos, salvo que éstos hayan sido creados artificialmente por el hombre.

El motivo de este mito es incierto; aunque quizás tenga que ver con el estrecho vínculo entre los vampiros y la tierra en la que fueron enterrados. Solo los vampiros más solventes, como el conde Drácula, pueden costear el traslado de enormes cajas llenas de tierra maldita. El resto, lamentablemente, debe permanecer muy cerca del sitio en el que fueron inhumados.

El agua bendita es un derivado más del cristianismo, así como el mito de las cruces: un elemento purificador, pero de ninguna forma letal.


7- Los vampiros prefieren atacar a las mujeres.


Extrañamente, existen más casos literarios de vampiros obsesionados con hombres jóvenes que con mujeres.

El único vampiro narrativo que ha mostrado una clara predilección por las mujeres ha sido el Drácula de Bram Stoker. El resto, al parecer, no discrimina géneros de ninguna clase, siendo la sangre el único objetivo que los moviliza.

Y más aún, son las vampiresas, como Carmilla, de Sheridan Le Fanu, las que más se han interesado en las mujeres como víctimas ocasionales.


8- Los vampiros pueden volar.


Otro dato cinematográfico que se ha vuelto una certeza mítica.

No existen leyendas de vampiros voladores, aunque sí se menciona que su esencia antinatural puede trasgredir el orden establecido por la naturaleza, por ejemplo, la gravedad, la muerte, etc.

Hay vampiros míticos que flotan, levitan, e incluso se desvanecen en el aire, pero ninguno de ellos ha demostrado una habilidad particular para volar.


9- Los vampiros pueden transformarse en murciélagos.


Este es uno de los mitos falsos más difundidos; sin embargo, no hay antecedentes de que semejante metamorfosis se haya producido.

Ya en el terreno de la leyenda existen historias sobre vampiros que se transforman en lobos, ratas y otros mamíferos menores, preferentemente de hábitos nocturnos, pero en ninguna se señala a los murciélagos como parte del repertorio.


10- Los vampiros no se reflejan en los espejos.


Otro mito falso que proviene del cristianismo, el cual postula que ninguna criatura sin alma puede reflejarse en los espejos.

Si bien es un mito muy popular, existen pocos casos documentados en leyendas y cuentos que lo reafirmen. No obstante, Bram Stoker sostiene que los vampiros no proyectan sombra ni se reflejan en los espejos. Más aún, sostiene que tampoco pueden ser fotografiados o filmados.

¿Por qué? ¿Son los vampiros incapaces de reflejarse o simplemente evitan ver su reflejo?

Antes de la invención de la cámara fotográfica, las leyendas aseguraban que la luz, en cualquiera de sus formas, perfora la consistencia etérea de los vampiros. Incluso antes de que los espejos fueran de uso popular la manera más efectiva de saber si alguien era un vampiro era exponerlo a la luz de una vela. Si la luz no se reflejaba en su piel entonces el sujeto era considerado un vampiro.

Esta leyenda resulta menos absurda cuando se la analiza en profundidad:

Desde la Edad Media, e incluso antes, existe un tabú con respecto a los muertos y los espejos. El reflejo de un cuerpo sin alma trae consecuencias nefastas. Durante las vigilias junto al cadáver se tomaba la precaución de quitar todos los espejos de la habitación, ya que si el cuerpo era reflejado se produciría una nueva e inevitable muerte en la familia.

Ahora bien, los vampiros —en el imaginario medieval— son criaturas sin alma, es decir, cadáveres ambulantes. En este sentido, es difícil descifrar si el mito narrativo efectivamente modificó al mito cultural. El postulado correcto sería: los cadáveres no deben reflejarse en los espejos, o más detalladamente: si un cadáver se refleja en un espejo se convertirá en vampiro.

La literatura invirtió los términos aprovechando el temor atávico por los muertos y los espejos, cambiando la advertencia de que si un muerto se reflejaba se convertiría en vampiro por una imposibilidad de los vampiros de verse reflejados en los espejos.
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Re: Misterios y Mitologia

Mensaje por José Francisco el Vie Abr 01 2016, 14:57

La verdadera historia del Wendigo.


El Wendigo es una criatura mítica de las leyendas algonquinas. Algunos sostienen que se trata de un espíritu que, en determinadas circunstancias, logra materializarse e incluso poseer el cuerpo de un ser humano.

Casi siempre el Wendigo es descrito como un ser diabólico, aunque nadie, salvo sus víctimas, saben cómo es realmente.

El Wendigo se anuncia en el aire, se presiente como un viento que paraliza la naturaleza durante los meses de invierno. Nunca deja señales de sus ataques, salvo, quizás, sus huellas. 
Algunos sostienen que el Wendigo toma de la mano a sus víctimas y que las obliga a correr a la par. Las zancadas, cada vez más espaciadas, denuncian una velocidad anormal para un ser bípedo. Las pisadas humanas pronto se deshacen en la nieve, incapaces de seguirle el paso, hasta que ambas se pierden entre los árboles.

Otros afirman que el fin de ese rastro indica el lugar preciso en donde el Wendigo elevó por los aires a sú víctima, acaso para devorarla en las heladas fronteras del cielo.

Originalmente el Wendigo encarnaba el tabú del canibalismo, hecho que se confirma por los propios pueblos algonquinos, quienes consideraban que todo aquel que probara carne humana, aún en circunstancias de extrema necesidad, tarde o temprano se convertiría en un vehículo del Wendigo.

Este mito, cuya antigüedad sería difícil de calcular, fue adoptado por la psiquiatría. La "psicosis wendigo" (Wendigo Psychosis) es un diagnóstico poco habitual que combina tanto el desorden cultural del canibalismo, es decir, el impulso obsesivo por comer carne humana, incluso la propia, y el miedo a convertirse en víctima de tales obsesiones.

Esta condición, sostienen algunos especialistas, ocurre con cierta frecuencia en el pueblo algonquino.

Ahora bien, el Wendigo logró trascender el ámbito del mito y la psiquiatría, y se ha convertido en una pieza habitual del relato de terror.

Estos Wendigos literarios, vástagos de la leyenda, son criaturas glotonas, avaras, proclives al desenfreno gastronómico. No importa cuánto coman, nunca logran alcanzar un estado de satisfacción.

Como en tantos otros casos, el cuento de terror logró comprender mejor los rasgos esenciales de una tradición, incluso mejor que la psicología y la antropología.

Algunos especialistas sostienen que el Wendigo, en realidad, es un mito cultural, y no una expresión de psicosis local. Los pueblos algonquinos utilizan la leyenda del Wendigo para subrayar los peligros de la glotonería y la avaricia.

De hecho, cualquier persona que se abandone a la avaricia puede convertirse en un Wendigo, auncian las leyendas. El único remedio para prevenir esta metamorfosis es favoreciendo la moderación y el cooperativismo.

Ya convertido, el Wendigo es una criatura insaciable. Nada puede desviarlo de su deseo atroz por comer carne humana. En este sentido, nos recuerda a los viejos vampiros de las leyendas europeas, quienes prescindían del refinamiento y la elegancia del romanticismo y se entregaban gozosamente a los excesos de la voracidad.

El debate sobre si el Wendigo representa un desorden psicológico real o es apenas una leyendacolorida, se instaló a comienzos del siglo XX. En cierta forma, aún continúa desarrollándose, aunque cada vez con menos adeptos.

En realidad, esa malinterpretación del mito angolquino reafirma la inteligencia e intuición de ese pueblo.

En última instancia, el Wendigo es un símbolo de la avaricia del hombre blanco, un ser incorpóreo, traslúcido, que no parece atado a las leyes de la naturaleza, a sus ciclos y cambios estacionales, y que, en cambio, es gobernado por una insaciable voracidad por cosas que no necesita realmente.

La primera mención literaria del Wendigo se produjo en el clásico de Henry Wadsworth LongfellowLa canción de Hiawatha (The Song of Hiawatha), fechado en 1855. Allí se habla de losWendigoes, una raza de gigantes horrorosos.

Desde luego que la aparición más notable del Wendigo en la literatura proviene del relato de Algernon BlackwoodEl Wendigo (The Wendigo, 1910), donde una criatura inmemorial acecha un campamento y aterroriza a sus habitants de una forma que difícilmente podamos hallar en otro relato.

Stephen King menciona de pasada al Wendigo en la novela de terrorCementerio de animales(Pet Sematary); y August Derleth, confeso admirador de Algernon Blackwood, decidió escribir una especie de secuela de El Wentigo titulada: Ithaqua (Ithaqua), relacionando a esta antigua criatura del folklore algonquino con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.

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El Wendigo

Mensaje por José Francisco el Vie Abr 01 2016, 14:59

La verdadera historia del Wendigo.


El Wendigo es una criatura mítica de las leyendas algonquinas. Algunos sostienen que se trata de un espíritu que, en determinadas circunstancias, logra materializarse e incluso poseer el cuerpo de un ser humano.

Casi siempre el Wendigo es descrito como un ser diabólico, aunque nadie, salvo sus víctimas, saben cómo es realmente.

El Wendigo se anuncia en el aire, se presiente como un viento que paraliza la naturaleza durante los meses de invierno. Nunca deja señales de sus ataques, salvo, quizás, sus huellas. 
Algunos sostienen que el Wendigo toma de la mano a sus víctimas y que las obliga a correr a la par. Las zancadas, cada vez más espaciadas, denuncian una velocidad anormal para un ser bípedo. Las pisadas humanas pronto se deshacen en la nieve, incapaces de seguirle el paso, hasta que ambas se pierden entre los árboles.

Otros afirman que el fin de ese rastro indica el lugar preciso en donde el Wendigo elevó por los aires a sú víctima, acaso para devorarla en las heladas fronteras del cielo.

Originalmente el Wendigo encarnaba el tabú del canibalismo, hecho que se confirma por los propios pueblos algonquinos, quienes consideraban que todo aquel que probara carne humana, aún en circunstancias de extrema necesidad, tarde o temprano se convertiría en un vehículo del Wendigo.

Este mito, cuya antigüedad sería difícil de calcular, fue adoptado por la psiquiatría. La "psicosis wendigo" (Wendigo Psychosis) es un diagnóstico poco habitual que combina tanto el desorden cultural del canibalismo, es decir, el impulso obsesivo por comer carne humana, incluso la propia, y el miedo a convertirse en víctima de tales obsesiones.

Esta condición, sostienen algunos especialistas, ocurre con cierta frecuencia en el pueblo algonquino.

Ahora bien, el Wendigo logró trascender el ámbito del mito y la psiquiatría, y se ha convertido en una pieza habitual del relato de terror.

Estos Wendigos literarios, vástagos de la leyenda, son criaturas glotonas, avaras, proclives al desenfreno gastronómico. No importa cuánto coman, nunca logran alcanzar un estado de satisfacción.

Como en tantos otros casos, el cuento de terror logró comprender mejor los rasgos esenciales de una tradición, incluso mejor que la psicología y la antropología.

Algunos especialistas sostienen que el Wendigo, en realidad, es un mito cultural, y no una expresión de psicosis local. Los pueblos algonquinos utilizan la leyenda del Wendigo para subrayar los peligros de la glotonería y la avaricia.

De hecho, cualquier persona que se abandone a la avaricia puede convertirse en un Wendigo, auncian las leyendas. El único remedio para prevenir esta metamorfosis es favoreciendo la moderación y el cooperativismo.

Ya convertido, el Wendigo es una criatura insaciable. Nada puede desviarlo de su deseo atroz por comer carne humana. En este sentido, nos recuerda a los viejos vampiros de las leyendas europeas, quienes prescindían del refinamiento y la elegancia del romanticismo y se entregaban gozosamente a los excesos de la voracidad.

El debate sobre si el Wendigo representa un desorden psicológico real o es apenas una leyendacolorida, se instaló a comienzos del siglo XX. En cierta forma, aún continúa desarrollándose, aunque cada vez con menos adeptos.

En realidad, esa malinterpretación del mito angolquino reafirma la inteligencia e intuición de ese pueblo.

En última instancia, el Wendigo es un símbolo de la avaricia del hombre blanco, un ser incorpóreo, traslúcido, que no parece atado a las leyes de la naturaleza, a sus ciclos y cambios estacionales, y que, en cambio, es gobernado por una insaciable voracidad por cosas que no necesita realmente.

La primera mención literaria del Wendigo se produjo en el clásico de Henry Wadsworth LongfellowLa canción de Hiawatha (The Song of Hiawatha), fechado en 1855. Allí se habla de losWendigoes, una raza de gigantes horrorosos.

Desde luego que la aparición más notable del Wendigo en la literatura proviene del relato de Algernon BlackwoodEl Wendigo (The Wendigo, 1910), donde una criatura inmemorial acecha un campamento y aterroriza a sus habitants de una forma que difícilmente podamos hallar en otro relato.

Stephen King menciona de pasada al Wendigo en la novela de terrorCementerio de animales(Pet Sematary); y August Derleth, confeso admirador de Algernon Blackwood, decidió escribir una especie de secuela de El Wentigo titulada: Ithaqua (Ithaqua), relacionando a esta antigua criatura del folklore algonquino con los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft.
El Espejo Gótico

José Francisco
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