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"Fue Pétain quien nos salvó de la guerra" (Artículo de Joaquín Satrústegui en mayo de 1976, diario ABC)

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"Fue Pétain quien nos salvó de la guerra" (Artículo de Joaquín Satrústegui en mayo de 1976, diario ABC)

Mensaje por Quevedo el Vie Abr 18 2014, 21:47

FUE PÉTAIN QUIEN NOS SALVÓ DE LA GUERRA (ABC, 26 Mayo 1976)

Es evidente que Ramón Serrano Suñer, al decidirse a publicar hace cuatro meses, en varios periódicos, el capítulo más esperado de un próximo libro suyo, ha cumplido con el deber de hacer luz en torno a lo ocurrido el 23 de octubre de 1940 en la entrevista de Franco con Hitler en Hendaya.

Yo puedo aclarar aún más lo que allí sucedió, puesto que, poco tiempo después de aquel acontecimiento, el general Kindelán -que me honró con su amistad y confianza- me lo relató exigiéndome, eso sí, absoluta reserva por tratarse de un secreto de Estado. Sin embargo, transcurridos varios años de la victoria aliada, y ante mi insistente deseo, el propio general me autorizó a contar a quien quisiera lo que me había revelado tiempo atrás. Me dijo que ello no era ya un secreto. El Generalísimo lo había explicado todo, abiertamente, en una sesión del Consejo Superior del Ejército, cuando uno de los generales presentes le preguntó, extrañado, por qué no habíamos entrado en la guerra en 1940 si, a juicio de tal general, eso hubiera sido lo lógico para asegurar la victoria del Eje y lograr nuestras reivindicaciones territoriales.

A partir de la autorización del general Kindelán he relatado, a lo largo de los años, a muchísima gente -a casi todos mis amigos-, lo que él me reveló y ahora expondré al lector. Este advertirá que esa versión no contradice en lo esencial, como es lógico, la de Serrano Suñer; pero a su luz resulta mucho más comprensible lo escrito sobre aquella famosa entrevista por el entonces recién nombrado ministro de Asuntos Exteriores. Los hechos, según el general Kindelán, que en aquella fecha estaba en cordiales relaciones con Franco, se desarrollaron como sigue:

Al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial quedó convenido que España entraría en esta segunda contienda cuando Alemania lo considerara necesario. En compensación obtendríamos el Marruecos francés, Orán y Gibraltar. A tal efecto Franco comenzó a concentrar tropas al sur y al este de nuestro Protectorado y en torno a la Roca. Pero sucedió que cuando Francia cayó en poder del Ejército alemán, cuando el Generalísimo y millones de españoles creíamos que la victoria germana era irreversible, cuando Franco pensaba que en cualquier momento sería invitado a participar en las operaciones finales y lograría así aquellas reivindicaciones territoriales, el panorama cambió radicalmente debido a la actitud que adoptó el mariscal Petain. Este, que conocía las pretensiones españolas, hizo saber a Hitler que la Francia que él representaba estaría dispuesta a colaborar lealmente en el «nuevo orden» europeo siempre que Alemania ni ninguno de sus aliados le privara de un solo palmo de su imperio colonial. Hitler no lo dudó: decidió sacrificar las aspiraciones españolas, ante la oferta de colaboración francesa, y llamó a Franco a Hendaya para que quedara esto en claro mediante la firma de un protocolo en el que habría de constar que, cuando España entrara en la guerra a requerimiento de Alemania, su única compensación territorial sería Gibraltar. El Führer quería poder exhibir ese protocolo, a al menos dar cuenta del mismo, al mariscal Petain cuando se reuniera con él en Montoire al día siguiente de la entrevista de Hendaya.

Franco trató, por todos los medios, de disuadir a Hitler de su nueva actitud. Le dijo que se equivocaba: que el Marruecos francés y Orán estarían mucho más seguros en poder de España que de Francia. Él quería entrar ya, en lo que creía la fase final de la guerra, para obtener lo que estaba convenido: aquellos territorios africanos y Gibraltar. Era lo lógico, dadas las circunstancias y el ambiente de los tiempos de «Por el Imperio hacia Dios», pero el Generalísimo no pudo convencer al Führer.

Sin embargo, terminadas las conversaciones de ese día, antes de retirarse a pasar la noche en San Sebastián, Franco redactó con Serrano Suñer un contraproyecto de protocolo (cuyo contenido no conocía exactamente el general Kindelán) y lo hizo llegar a Hitler. Éste, al examinarlo, lo rechazó. Parece ser que se enfureció y envió un mensaje al Generalísimo amenazándole con la ruptura de relaciones con España si, a la mañana siguiente, no tenían en sus manos, firmado, el documento que él -el Führer- había traído a Hendaya ya redactado. El Generalísimo o Serrano Suñer (ignoro ese extremo) lo firmaron -según el General Kindelán- esa misma noche.

El general Kindelán me dijo también que Franco quedó profundamente desilusionado por lo ocurrido y que, a partir de ese momento, aunque continuó creyendo en la victoria del Eje y deseándola, se resistió a la entrada de España en la contienda por considerar que la simple recuperación de Gibraltar, no era suficiente compensación para los sacrificios que aquella beligerancia comportaría.

A los pocos días o semanas, las autoridades navales españolas proporcionaron al Gobierno unos bien fundados informes en los que se apoyó el almirante don Salvador Moreno (entonces ministro de Marina) para adoptar una actitud de abierta oposición no sólo a cualquier intervención española en la guerra, sino a que se permitiera cruzar nuestro territorio a un contingente militar alemán que, con armas especiales, tomaría Gibraltar para nosotros y controlaría desde allí el Estrecho. Esos informes demostraban que la escuadra inglesa dominaba los mares y podía no sólo privarnos de toda clase de suministros vitales, sino «planchar» Bilbao, La Coruña, Cádiz, Valencia o Barcelona. Fue entonces -en noviembre de 1940- cuando comenzó a materializarse la nueva política de resistencia a los alemanes en la que intervino Serrano Suñer, como él lo relató años más tarde, con detalle, en su famoso libro «Entre Hendaya y Gibraltar». En ese libro, como es sabido, no escribió una sola palabra sobre la entrevista de Hendaya. Ahora ha explicado las razones por las que no pudo hacerlo.

En cuanto a Franco, yo estuve siempre, como es natural, muy pendiente de lo que pudiera acerca de aquella entrevista; y que sepa, jamás dijo que «en Hendaya» él nos salvó de entrar en la guerra. Permitió, eso sí, que tal mito se extendiera favorecido por una fácil confusión: la resistencia que, «a partir de lo que allí ocurrió», opuso, efectivamente, a que un contingente de tropas alemanas cruzara nuestro territorio para tomar Gibraltar.

Llegado a este punto he de señalar, coincidiendo en ello con Ramón Serrano Suñer, que no todos los generales españoles estuvieron conformes con la nueva y acertada postura del Generalísimo ante los alemanes. Recuerdo haber tratado mucho, en la primera parte de 1941, a los generales Yagüe y Muñoz Grandes. Estaban patrióticamente obsesionados con la oportunidad que se presentaba de recuperar Gibraltar, y pensaban que la obtención de esa sola reivindicación territorial bien merecía los sacrificios que los españoles habríamos de soportar.

A la luz de lo que me contó el general Kindelán pienso que adquieren una mayor significación las siguientes frases que entresaco del relato que, de la entrevista de Hendaya, nos ha facilitado Serrano Suñer: Hitler «era quien nos había convocado a una entrevista en territorio francés…». En esa entrevista dijo: «Yo soy el dueño de Europa y como tengo a mi disposición doscientas divisiones no hay más que obedecer.» «…Franco se extendió mucho más que [el propio Serrano Suñer en anteriores conferencias] en la reivindicación de la zona francesa de Marruecos y el Oranesado…». Señaló a Hitler que «una concentración de tropas españolas en Marruecos obligaría a los franceses a mantener allí unos efectivos importantes inactivos que no pueden así acudir a otros sectores». «Cuando Franco trató con abrumadora amplitud el tema de las reivindicaciones españolas en Marruecos, pidiendo sobre esto un compromiso formal y previo para participar inmediatamente en la guerra, Hitler puso muchas objeciones y no se comprometió a nada porque ello hubiera destruido su política de aproximación con la Francia de Vichy, y dejó, como ya antes manifestara, el tema abierto para “para después de la victoria”.» «Cuando Franco terminó, Hitler dijo que era preciso que España tomara una determinación, pues tenía concertada para el día siguiente una entrevista con el mariscal Petain en Montoire y era preciso saber a qué atenerse.» «Hitler ordenó a Ribbentrop que nos entregara el documento que llevaba preparado para la firma, con objeto de que lo estudiáramos y propusiéramos enmiendas.» «Franco se mostró con toda razón indignado ante aquel documento que los alemanes traían preparado con la pretensión de empujarnos a la guerra “sin darnos ninguna compensación”. “Es intolerable esta gente -me decía-; quieren que entremos en la guerra a cambio de nada; no nos podemos fiar de ellos si no contraen, en lo que firmemos, el compromiso de cedernos desde ahora esos territorios que, como les he explicado, son nuestro derecho; de otra manera no entraremos en la guerra. Este nuevo sacrificio nuestro -decía Franco- sólo tendría justificación con la contrapartida de lo que ha de ser la base de nuestro Imperio. Después de la victoria, contra lo que dicen ahora, no se comprometen formalmente y no nos darían nada”.» «Más tarde, días después de la conferencia, volviendo Franco sobre el tema, le escribió [al Führer] una carta diciéndole que bien estaba que el nuevo orden que Hitler quería implantar estuviera presidido por la Justicia, pero no quisiéramos que la Justicia que se hiciera a Francia -país siempre enemigo de Alemania- se hiciera a expensas de nuestro derecho». «Ya entrada la madrugada [siguiente al día de la entrevista], cerca de las dos, llegamos a Ayete, la residencia de Franco en San Sebastián. Llevábamos con nosotros el proyecto de protocolo redactado por los alemanes en el que en términos claros se establecía el compromiso para España de entrar en la guerra “en el momento en que Alemania así lo considerara necesario”.» «Apenas clareaba el día cuando… el embajador [Espinosa de los Monteros]… venía muy nervioso [a San Sebastián] apremiando con la urgente necesidad para la firma sin dilaciones del protocolo preparado por Hitler y Ribbentrop que nos habían entregado en Hendaya y que nosotros habíamos rechazado.» «…Vengo (dijo el embajador) a pedir y a recoger una conformidad. De otra manera puede ocurrir cualquier cosa.»

La diferencia entre la versión que yo he expuesto del general Kindelán y la de Ramón Serrano Suñer estriba en que, según el primero, el protocolo firmado fue el redactado por los alemanes y, según el segundo: «Franco después de un cuarto de hora de protesta, me djjo: “Mira, en estas circunstancias no es prudente hacer esperar más a los alemanes y lo mejor será entregar “el proyecto que hicimos anoche dándoles, sólo en base de éste, nuestra conformidad”.»

Nunca he hablado de la entrevista de Hendaya con Serrano Suñer ni con el barón de las Torres -testigos ambos de lo que allí ocurrió- porque, fallecido el general Kindelán, quería conservar en mi memoria, para publicarlo en el momento oportuno, sin influencia de otros relatos, lo que él me contó. Pienso que la verdad histórica se descubre más fácilmente con el contraste público de las diversas versiones de quienes fueron protagonistas, testigos o tuvieron una información autorizada del hecho que interesa conocer. Ni que decir tiene que, lo expuesto por mí, queda sometido a las matizaciones que pudieran resultar de cualquier escrito del propio general Kindelán que apareciera en su voluminoso archivo.

El deseo de compulsar con un documento de esa naturaleza -aún no encontrado- los datos en mi memoria, ha retrasado en varios meses la publicación, a que por fin me decido, de la importantísima información que aquel prestigioso e inteligente general tuvo a bien comunicarme. Estoy convencido de que otros podrán corroborarla o matizarla en algún detalle. Contribuirán con ello al más completo conocimiento de un hecho histórico trascendental.

http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1976/05/26/127.html

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Re: "Fue Pétain quien nos salvó de la guerra" (Artículo de Joaquín Satrústegui en mayo de 1976, diario ABC)

Mensaje por Quevedo el Vie Abr 18 2014, 21:49

Recuerdo que el artículo en cuestión de Satrústegui en el diario ABC generó, en su día, una gran atención. Fue reproducido por otros diarios y generó varios comentarios de diversos autores. Ricardo de la Cierva, en un artículo publicado en el diario "El País" el día 27 de junio de 1976 titulado "A Franco lo que es de Franco", realizó la siguiente réplica (a efectos de la cual el único apartado interesante del siguiente artículo es el apartado "A desmentir tocan"):

http://elpais.com/diario/1976/06/27/opinion/204674402_850215.html

A Franco lo que es de Franco

Y eso que la semana empezaba bien. Una imponente nómina de personalidades dispares encabezaba, en la gran prensa, el homenaje al fundador y presidente del Club Siglo XXI, Antonio Guerrero Burgos. El cronista tuvo la suerte de participar de espectáculo en una mesa rutilante: Manuel Cantarero, que preparaba -para el día en que comparecen estas notas- una asamblea extraordinaria que será, sin duda, extraordinaria; Juan Ignacio Saenz Díez, que trataba de calmar, por aquello de la discusión y la convivencia, los nobles a batos de Julián Cortés Cavanillas en la esa de al lado, contra los excesos del próximo búnker; dos jóvenes -periodistas de Arriba y Cifra que demostraban con sus certeros comentarios algo que a veces se oculta, es decir, que las aberraciones de la comunicación oficiosa, cuando se producen no dependen casi nunca de los profesionales que la sirven. Enfrente, una bella, redactora de este periódico y este cronista sentíamos un escalofrío virgiliano cada vez que Luis Carandell tomaba el bolígrafo para reproducir, radiante, algún comentario y algún escorzo.

La semántica de un pate

Al levantarme para endosar con gratitud el homenaje a Antonio Guerrero, gran caballero andante de la política celtibérica, advertí con pánico que en las mesas que caían bajo el micrófono las expectativas más aperturistas eran, en una, Antonio María de Oriol; en otra, el marqués de la Florida. Pues otras mesas contiguas reunían a un conjunto venerable que convertía automáticamente en radical demócratas a las citadas. De ellas nació un siseo de advertencia cuando citamos la cariñosa adhesión del cardenal de Madrid; y eso, que el enfeudamiento político a la Iglesia todavía es, parece, precepto constitucional vigente. Pero cuando se nos ocurrió agradecer con la cita pública de sus nombres el eneroso ejemplo de convivencia que dieron, con sus adhesionés, Joaquin Ruiz-Giménez, José María Gíl-Robles, Fernando Alvarez de Miranda, Iñigo Cavero, Fernando García Lahiguera y Fernando Chueca, las mesas expectantes empezaron a danzar como poseídas de frenesí espiritista; aunque bien analizada la semántica del suceso, aquello no parecía pateo sino pataleo, que a tan poca,entidad vase reduciendo el antiguo derecho de pernada política atribuido por el reflujo de la historia a la sombra de una clase dirigente. Tan curioso ejemplo de civismo por parte de algunos padres y algunos tíos segundos de la Patria no empaña, si no, que enaltece, los méritos de Antonio Guerrero Burgos, rubricados inmediatamente por el aplauso redondo que ahogó los pedestres excesos de los discrepantes orgánicos.

A desmentir tocan

Camino de Santiago, por el aire, para participar como observador y como actor de reparto en el V Congreso de Libreros, se enfrascaba el cronista en un articulísimo: -como todos los dé Camilo José Cela- con título excitante para una sensibilidad profesional en tiempo de exámenes: La historia de España contemporánea. (Luego supe que sólo apareció en media edición de Cambio 16.) En ese artículo se afirma: «Según lo revelado por Joaquín Satrústegui y no desmentido por nadie, resulta que no fue Franco sino Pétain: -y por tablas- quien nos ahorró la tragedia, ya que, según lo dicho por el general Kindelán -y tampoco por nadie enmendado-, Franco quería entrar a todo trance en la guerra y al lado de los alemanes.» Poco después corrobora: «En la entrevista de Hendaya, según los españoles sabemos ahora e ignorábamos antes, no fue Franco sino Hitler quien dijo que no.» Y poco antes atribuye Cela a Franco el «habernos metido en otro desastre, la guerra civil». Para esta tesis don Camilo se basa en su propia intuición; para la «revelación» de Hendaya se apoya en un artículo de Joaquín Satrústegui publicado en ABC, el 26 de mayo, que a su vez invoca el testimonio del general Kindelán.

La credibilidad que confieren al señor Satrústegui su ejecutoria personal y su caballerosidad unánimemente reconocida; la enorme autoridad social que ejerce, mucho más de lo que él sospecha, don Camilo José Cela,pueden lograr conjuntamente,el absurdo de que una sarta de disparates como los que acabo de resumir parezca, primero, una noticia sensacional; y después, una conmoción de la historia aceptada. Nadie gana a este cronista -y me he hartado de demostrarlo- en admiración efectiva por nuestro candidato permanente al premio Nobel. Pero aceptar la validez de una peregrina tesis histórica sólo porque nadie la ha desmentido parece metodología un tanto radical y apresurada. El artículo del señor Satrústegui, en el que descansa el varapalo del señor Cela a Franco, contiene cuatro errores históricos graves y once menos graves, pero considerables. Contiene, además, una estupidez: afirmar que entre las conclusiones de un informe de entidad tan seria como la Marina española figuraba que en 1940 «la escuadra inglesa dominaba los mares». -Se omite, seguramente, la siguiente, conclusión del informe: la Tierra es redonda. Afirmar que «al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial quedó convenido qué España entraría en esta segunda con-, tienda cuando Alemania lo considerara necesario» es una falsedad -gratuita, que el general Kindelán sólo pudo pronunciar en sueños. Es también falso que Franco -o Serrano firmen el protocolo de Hendaya; y que, ese protocolo tenga algo que ver con lo que dice el general Kindelán, quien está, descalificado como testigo preciso. -Estuvo presente en la elección salmantina de Franco; y en sus diversos testimonios sobre ella lo confunde todo, e incluso llega a proponer para fecha de la elección un día tan original como el treínta y uno de septiembre. ¡Qué no confundiría el bizarro y eficaz general del Aire, al que respeto profundamente como figura histórica y política, cuando relataba un hecho que no presenció Está demostrado, archidemostrado documental y testimonialmente, que Franco había superado a finales de junio (no a finales de noviembre) la suprema tentación de su vida. Afirmar que el 23 de octubre de 1940 Franco «quería entrar ya en la fase final de la guerra» es saltarse a la torera toda la documentación disponible. Aventurar que Franco, que se resistió hasta el 12 de julio a adherirse a la gran conspiración, «nos metió en la guerra civil», es arriesgada tesis que este profesor no quisiera ver en un examen de fin de curso. Puede revisarse -y sé empezó la tarea hace más tiempo de lo que algunos piensan- la vida y la actuación histórica de Franco. Pero demos a Franco lo que es de Franco. A él debemos no «el habernos metido» en la guerra civil, sino la victoria en la guerra civil; a él debemos, en primer término, el haber salvado a España de entrar en la guerra mundial. Y en segundo lugar, no a esas ambiguas «autoridades navales españolas», sino al entonces jefe de operaciones del Estado Mayor de la Armada, capitán de fragata Luis Carrero Blanco. Atribuir al mariscal Pétain -y por tablas. nuestra evasión de la guerra es el colmo de la falsedad y de la injusticia histórica Montoire-sur-le Loir no fue sólodespués, sino también antes de Hendaya; manuales, por favor. Y el mensaje más importante del mariscal no se, dirigió al Hitler despechado del 24 de octubre, sino a Franco cuatro -semanas antes por medio del coronel aviador Funck, del que el general aviador Kindelán ni se enteró según parece. ¿Necesitaré concretar más los esbozados y enumerados disparates o se me permitirá rubricar con el desmentido este, amistoso suspenso en historia contemporánea? En cuanto a la barbaridad poco, anterior del señor Rato sobre actitudes intemperantes de Franco hacia don Alfonso XIII, se trata de la de formación absurda de un hecho real: una instancia enviada por conducto reglamentario en que solicitaba el canje de una condecoración por un, ascenso. -En fin, en la última e inolvidable conversación de este cronista con el Caudillo, después de manifestarle con todo respeto que quienes le habían propuesto el abrupto cese- de Pío Cabanillas le habían engañado y le habían mentido, este cronista le dijo que cuando se empezasen, a proferir las. inevitables, estupideces revanchistas sobre su vida y su obra no faltarían respuestas adecuadas; que para algo es uno rojo y masón reconocido. Hoy no hace el cronista más que empezar a cumplir esa firme palabra.

El Congreso de Libreros

Con amargo regusto cerraba el cronista, ya sobre Labacolla, el artículo de Cambio, cuando en un titular de Cuadernos para el Diálogo advirtió lo del señor Joan E. Garcés: «El volumen anterior -El Estado y los problemas tácticos en el Gobierno de Allende- fue prohibido en España por don Ricardo de la Cierva. » Uno no sabe a qué carta quedarse. En la revista de al lado -hay que verlas todas al vuelo-, Por Favor disculpaba al sociólogo de la casa: «El pobre no comprende que desde Ricardo de la Cierva a Santiago Carrillo exista un sentimiento tan unánime en tomo a Por Favor. » Y don Alfonso Paso, en El Alcázar, corroboraba: «Desde los grandes rapsodas del comunismo, pasando por. Laín Entralgo y Ricardo de la Cierva.» Ya que hoy he roto varias lanzas por mis amigos, permítame el pacientísimo lector romperle una -en sitio adecuado- al señor Garcés por su exabrupto, que me extraña en revista tan admirada. Yo no prohibí nada; me limité a cumplir una palabra de honor que el señor Garcás debió interpretar como un problema táctico del Gobierno de Allende. Yacía el señor Garcés en una cárcel chilena como antesala para un destino poco deseable. Un ilustre diplornático español logró sacarle de allí con la Ibrinal promesa -era la palabra de España- de que el señor Garcés no publicaría en España nada contra el nuevo Gobierno de Chile. En efecto, en cuanto pudo envió a una editorial española el libro que se había comprometido a no publicar aquí. Para el director general, vinculado a una moral pública de diferente calado, había que cumplir no la palabra del señor Garcés, sino la palabra de España. Conviene que llamemos alas cosas por su nombre. De tantas tribulaciones se curó el cronis ta con una inmersión coruñesa en el Congreso de Libreros. Y antes, en el camino pausado, sin subir de sesenta por hora, entre Santiago y Coruña. Seiscientos ami gos y compañeros trataban sus problemas con una serenidad y una profesionalidad encomiables. Femando Arenas, presidente del Congreso, y Sebastián Fábregues, presidentenacional, son, además de dos ejemplares hombres del libro, dos políticos de primera magnitud, con actuaciones que me compensaron de algunas bochornosas reuniones políticas en la canícula madrileña. Las tensiones generacionales se: proponían y se asimilaban con la mayor comprensión imaginable en cualquier estamento hispánico. La idea del Congreso paralelo es, en el fondo, constructiva y por agresiva. Se propuso una moción de censura; pero calmados los ánimos, se buscó, en la justísima y respetuosa protesta, la eficacia, de la gestión y no simplemente el desahogo emocional. No,se podrá hacer cultura, ni menos política cultural, sin estos admirables transmisores de cultura y maestros de convivencia que me dieron, en La Coruña, una sorprendente lección de civismo y de política.

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Re: "Fue Pétain quien nos salvó de la guerra" (Artículo de Joaquín Satrústegui en mayo de 1976, diario ABC)

Mensaje por Quevedo el Vie Abr 18 2014, 21:51

A la réplica de Ricardo de la Cierva en el artículo que he reproducido en mi segundo mensaje en este hilo prosiguió una nueva contrarréplica por parte de Joaquín Satrústegui, publicada el 26 de junio de 1976, esta vez en el diario "El País".

http://elpais.com/diario/1976/06/29/opinion/204847201_850215.html

"Estupideces", "errores históricos", "falsedades"

Réplica a Ricardo de la Cierva

Ricardo de la Cierva, en su crónica titulada «A Franco lo que es de Franco», publicada en este diario el domingo día 27, arremete contra un artículo mío sobre la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, que se publicó el 26 de mayo último en «ABC», «La Vanguardia» y «Heraldo de Aragón», al cual se ha referido Camilo José Cela en otro suyo publicado en «Cambio 16» (21-27 de junio).Después de unas frases amabilísimas para Cela y para mí (que yo agradezco sinceramente), La Cierva dice que mi artículo «contiene cuatro errores históricos graves y once menos graves, pero considerables». No satisfecho, añade: «Contiene, además, una estupidez».

Quien haya leído mi citado artículo, el resumen que del mismo publicó EL PAIS (30 de mayo), o esa crónica del profesor La Cierva, comprenderá que no tengo más remedio que salir inmediatamente en defensa de lo que escribí: el relato absolutamente objetivo que, poco tiempo después de la histórica entrevista de Hendaya, me hizo el general Kindelán de lo que allí ocurrió en realidad.

Mientras La Cierva no demuestre de un modo fehaciente que ese inteligente y respetabilísimo general entendió equívocamente lo que el propio Franco le explicó, estaré convencido de que lo que me contó es, en esencia, la verdad histórica; la cual, como tantas veces ocurre, es mucho más simple de lo que se suponía.

En resumidas cuentas, y extractando párrafos de mi largo artículo, recordaré al lector que, según el general Kindelán, al terminar nuestra guerra y comenzar la mundial, quedó convenido que España entraría en esta segunda contienda cuando Alemania lo considerara necesario. En compensación, obtendríamos el Marruecos francés, Orán y Gibraltar. Pero a la caída de Francia en poder del Ejército alemán, el mariscal Petain, que conocía las pretensiones españolas, hizo saber a Hitler que la Francia que él representaba estaría dispuesta a colaborar lealmente en el nuevo orden europeo siempre que, ni Alemania ni ninguno de sus aliados le privara de un sólo palmo de su imperio colonial. Hitler no lo dudó; decidió sacrificar las aspiraciones españolas ante la oferta de colaboración francesa, y llamó a Franco a Hendaya, para que quedara esto en claro mediante la firma de un protocolo en el que habría de constar que, cuando España entrara en la guerra a requerimiento de Alemania, su única compensación territorial sería Gibraltar. El führer quería poder exhibir ese protocolo o al menos dar cuenta del mismo al mariscal Petain, cuando se reuniera con él, en Montoire, al día siguiente de la entrevista de Hendaya.

Franco trató, por todos los medios, de disuadir a Hitler. Quería entrar ya en lo que creía -como millones de españoles- la fase final de la guerra, para obtener lo que estaba convenido: el Marruecos francés, Orán y Gibraltar, pero no pudo convencer al Führer.

El general Kindelán me dijo también que Franco quedó profundamente desilusionado por la ocurrido, y que, a partir de ese momento, aunque continuó creyendo en la victoria del Eje y deseándola, se resistió a la entrada de España en la contienda, por considerar que la simple recuperación de Gibraltar no era suficiente compensación para los sacrificios que aquella beligerancia comportaría.

La Cierva califica de «falsedad gratuita» ese relato del general Kindelán y dice que «está demostrado, archidemostrado documental y testimonialmente, que Franco había superado a finales de junio (no a finales de noviembre) la suprema tentación de su vida. Afirmar que el 23 de octubre de 1940 "quería entrar ya en la fase final de la guerra" es saltarse a la torera toda la documentación disponible.

Lo curioso es que el profesor La Cierva no aporta tal documentación, y la que cita en el primer volumen de su reciente «Historia del franquismo» no prueba nada. Ello no es de extrañar. Como historiador, él sabe mejor que yo lo difícil que es fijar la realidad de los hechos históricos recientes. Cuando escribió su «Historia», no conocía el relato -posterior- de un testigo de excepción, como Ramón Serrano Súñer, ni el del general Kindelán, que yo he podido aportar. La Cierva escribió su libro con los datos de que disponía. Si como historiador busca realmente la verdad histórica, no debe rebelarse contra el hecho de que esos datos resulten rectificados por otros posteriores de mayor autoridad.

En mi artículo ya señalaba que Serrano Súñer, en su famoso libro «Entre Hendaya y Gibraltar», «no escribió una sola palabra sobre la entrevista de Hendaya»; y que «ahora ha explicado las razones por las que no pudo hacerlo». En cuanto a Franco -añadía yo-, «estuve siempre, como es natural, muy pendiente de lo que, pudiera manifestar acerca de aquella entrevista, y, que sepa, jamás dijo que en Hendaya él nos salvó de entrar en la guerra. Permitió, eso sí, que tal mito se extendiera favorecido por una fácil confusión: la resistencia que, a partir de lo que allí ocurrió, opuso, efectivamente, a que un contingente de tropas alemanas cruzaran nuestro territorio para tomar Gibraltar».

Ramón Serrano Súñer me escribió, el 28 de mayo, una afectuosa carta, de la que transcribo lo siguiente: «... leí con atención tu artículo del que, como dices -y no podía ser de otro modo- sustancialmente Kindelán te contó lo que Franco le había dicho (el subrayado es mío [del autor del artículo]). Nada de particular tiene la confusión o el error de que el protocolo aceptado por Franco se entregara en Hendaya o al amanecer del día siguiente -como ocurrió-, en Ayete. Vive, y es notario de Madrid, quien fue nuestro mecanógrafo al dictarle el texto condicionado y reformado al regresar a San Sebastián».

Ricardo de la Cierva debería reflexionar desapasionadamente. ¿Cree que porque dijera a Franco, que "cuando se empezasen a proferir las inevitables estupideces revanchistas sobre su vida y su obra no faltarían respuestas adecuadas", se justifica la frase: «Hoy no hace el cronista más que empezar a cumplir esa firme palabra»? Si el notable escritor se serenara, quizá llegaría a descubrir quién es verdaderamente el que ha incurrido en «estupideces», «errores históricos» y «falsedades». El general Kindelán, desde luego, no.

Por lo demás, pienso que Cela tiene razón cuando, al señalar que «según síntomas ciertos, no fue del todo verdadero lo que se nos dijo», concluye: «Ya no toca mirar atrás, sino adelante. Pero tampoco sobra conocer lo que pasó en nuestra casa».

Quevedo
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