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Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Mar 16 2015, 18:32

El mal menor y el voto útil.



por F. Javier Garisoain Otero
Este artículo pretende en primer lugar distinguir entre la lícita doctrina moral del mal menor y la más discutible táctica política del mal menor. Seguidamente comentar‚ las circunstancias históricas que han rodeado el nacimiento y evolución de dicha táctica en el ámbito católico, sus fases, y algunas razones que expliquen su ineficacia demostrada allí donde se ha desarrollado. Por último tratar‚ de aportar algunos puntos de reflexión sobre la idea, moralidad o eficacia de lo que llamamos voto útil.

1. La doctrina moral del mal menor

Como es bien sabido, en sana filosofía, el mal no tiene entidad propia porque sólo es ausencia de bien. El mal menor, pues, no es más que carencia de bien. Y en este sentido mal menor es exactamente lo mismo que bien mayor.

Ocurre como con la conocida imagen de la botella "medio llena" o "medio vacía". Sabemos que el nivel de una botella a medias puede cambiar a mas o a menos. Sabemos que diversas limitaciones internas o externas nos pueden alejar de la perfección individual y social. Por eso la doctrina del mal menor, que exige procurar siempre el mayor bien posible y evitar el mal en lo posible, es válida siempre.

Ante una elección, suponiendo que nuestra única responsabilidad sea elegir, no existe otra posibilidad de rectitud ética que elegir lo mejor. Y si todo es malo hay que elegir el mal menor. Y no estar de mas convenir que en ciertos casos el negarse a elegir, es decir, la abstención, aún siendo un mal, puede ser el verdadero mal menor que estamos buscando. Todo ello suponiendo -insistimos- que nuestra única responsabilidad sea elegir. La cosa cambia, como veremos, si nuestra responsabilidad no es elegir, sino hacer, o proponer.

El contenido del bien común (o del mal común)

En boca de un cristiano los conceptos de bien común, mal común, mal menor y bien mayor no son realidades nebulosas o cambiantes sino principios concretísimos e inamovibles. El bien común es definido por el Catecismo como "el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a las personas conseguir más plena y fácilmente su propia perfección". ¨Y en qué‚ puede consistir la perfección personal y social según la Iglesia Católica?"

Para quien no cree en principios inmutables o ajenos a la voluntad humana el bien común o no existe o es un límite puramente convencional que podrá ser definido en cada circunstancia por la mayoría, o por los más hábiles, o los más fuertes. Esta es precisamente la mayor incompatibilidad que existe entre la doctrina católica y las teorías liberales o de la democracia moderna: la soberanía nacional que se contrapone a la soberanía de Dios.

Para los laicos católicos, sin embargo, no hay duda sobre el rango moral de las acciones humanas. Entre la apostasía o rechazo consciente de Dios, y el martirio o expresión máxima de fe y entrega al Creador, existe una escala que, en cada momento, nos permite distinguir perfectamente entre el bien y el mal; entre el mal mayor y el mal menor.

En política, el bien que nos interesa distinguir es el bien común porque es precisamente ese bien lo que limita y justifica la tarea política. Y es tan necesaria una idea de bien común que cualquier sociedad muere por descomposición interna si falta ese espíritu común. Por eso toda sociedad, aunque no se atreva a llamarse así, es confesional. Porque la confesionalidad de una comunidad humana no es mas que eso: una definición pública de bien común.

El bien común en una sociedad plural y según el pluralismo

¿Pero qué‚ ocurre cuando no hay consenso posible a la hora de definir el bien común? Una sociedad plural puede admitir discrepancias internas en multitud de asuntos pero ¿puede soportar visiones contradictorias sobre los principios básicos que justifican su unidad y la misma política? La respuesta afirmativa está en la historia, que nos muestra acuerdos posibles para preservar lo más básico como puede ser la convivencia pacífica. La mítica Toledo "de las tres culturas" -por ejemplo- no fue esa comunidad "pluralista" que algunos sueñan, sino una ciudad con una confesionalidad cristiana "oficial" (el Rey gobernaba y las leyes se dictaban según el dogma católico) en la que eran toleradas y convivían minorías también confesionales (hebreos y musulmanes) con unas libertades limitadas por el "estado" para hacer posible la convivencia en una sociedad "plural".

J.Maritain en su obra "Humanismo integral" expresa con bastante exactitud este mismo concepto de tolerancia que no presupone la renuncia a la confesión de las propias creencias: "...para evitar mayores males (que atraerían la ruina de la paz de la comunidad y el endurecimiento o la relajación de las conciencias), la ciudad puede y debe tolerar en su ámbito (y tolerar no es aprobar) maneras de adorar que se aparten más o menos profundamente de lo verdadero (...) maneras de adorar y también maneras de concebir el sentido de la vida y maneras de comportarse". Así pues la tolerancia cristiana, cuya base es el respeto a la persona, es inseparable del establecimiento de un límite que marque la diferencia entre lo tolerable y lo intolerable. Porque "el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo". (Cat. 1933)

Cosa muy distinta es el pluralismo. Esta teoría pretende la convivencia de varios sistemas de legitimación de valores en la misma sociedad diluyéndolos y relegándolos a la conciencia individual, pero sin proclamar la supremacía de ninguno de ellos.

Lo que ha venido a sustituir la vieja "confesionalidad" que definía un bien común concreto es una construcción ideológica, política y dogmática que ahora, supuestamente, ya puede ser aceptada por cualquier persona independientemente de sus creencias o principios éticos.

Para la ideología pluralista el bien común ya no es aquel conjunto de principios éticos que limitan y justifican la política, sino la resultante final de los conflictos éticos que se resuelven por consenso, casuísticamente, empíricamente, sin criterios generales. No hay pues valores institucionalizados porque lo que se institucionaliza no son principios o fines, sino medios. La libertad, o el diálogo, por ejemplo, que son medios para el desarrollo digno del ser humano son ahora ensalzados como fines salvíficos en sí mismos.

La antigua confesionalidad repugna a la mentalidad pluralista. Pero del mismo modo que repugna la confesionalidad única y excluyente, repugna la pluriconfesionalidad o multiconfesionalidad. Se afirma la pluralidad de la sociedad, pero se renuncia también a definir la confesionalidad de cada parte de esa sociedad como no sea la del puro individuo.

El resultado es una nueva forma de "confesionalidad aconfesional", la preeminencia de una "religión política", intransigente y dogmática a su modo, en la que está permitido dudar de todo, pero que no permite manifestar creencias o convicciones, y menos de forma colectiva. El pluralismo es el brazo político del relativismo. Y si el relativismo ignora la verdadera relatividad de las cosas, el pluralismo anula la verdadera pluralidad.

Pues bien, en este ambiente confuso y engañoso de las sociedades modernas, que se niegan a definir principios de bien común, es en el que la Iglesia nos pide a los laicos que demos testimonio -también en el ámbito político- de nuestra fe, y culto a la verdad. Y nos pide que colaboremos con los no-católicos pero que "en tales colaboraciones procuren los católicos ante todo ser siempre consecuentes consigo mismos y no aceptar jamás compromisos que puedan dañar la integridad de la religión o de la moral". (Juan XXIII, Mater et magistra, 239 y Pacem in terris, 157)

Hay pues un deber de participar. ¿Se satisfará ese deber con la mera elección pasiva del mal menor? Si el llamamiento es a participar, a hacer, a construir, habrá que hacer el bien.

2. La táctica política del mal menor

La táctica política del mal menor es una cosa distinta, como ya se ha dicho, de la doctrina moral del mismo nombre.

Anteriormente hemos afirmado que la doctrina moral del mal menor es lícita siempre que nuestra responsabilidad sea sólo la elección entre opciones malas. Pero ¿qué‚ ocurre cuando tenemos la responsabilidad de hacer propuestas? ¿Es lícito proponer un mal, aunque sea menor? La respuesta, desde el punto de vista ético, es negativa, categórica y perogrullesca: el mal menor, antes que menor, es mal. Y si la táctica del mal menor consiste en proponer males menores para evitar que triunfen males mayores la conclusión es que no es moralmente lícito recurrir a ella.

He aquí algunos argumentos contra el malminorismo:

- Porque la doctrina católica es clara al respecto cuando afirma que la conciencia ordena "practicar el bien y evitar el mal" (Cat. 1706 y 1777), que no se puede "hacer el mal" si se busca la salvación (Cat. 998) y que "nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien". (Cat.1789)

- Porque la responsabilidad de los laicos católicos no puede limitarse a elegir pasivamente entre los males que los enemigos de la Iglesia quieran ofrecer, sino que debe ser una participación activa y directa, "abriendo las puertas a Cristo".

- Porque el mal menor pretende asignar a los católicos un papel mediocre y pasivo dentro del nuevo sistema "confesionalmente aconfesional".

- Porque el mal menor convierte en cotidiana una situación excepcional.

- Porque una situación de mal menor prolongado hace que el mal menor cada vez sea mayor mal. Los males "menores" de nuestros días pesan demasiado como para no evidenciar un enfrentamiento radical con el Evangelio: el individualismo, la relativización de la autoridad, el primado de la opinión, la visión científico-racionalista del mundo... principios que se manifiestan en la pérdida de fe, la crisis de la familia, la corrupción, la injusticia y los desequilibrios a escala mundial, etc.

- Porque la táctica del mal menor se ha demostrado ineficaz en el tiempo para alcanzar el poder o reducir los males.

- Porque es preciso exponer en su integridad el mensaje del Evangelio ya que "donde el pecado pervierte la vida social es preciso apelar a la conversión de los corazones y a la gracia de Dios" (...) y "no hay solución a la cuestión social fuera del Evangelio" (Cat. 1896)

- Porque la propuesta de un mal por parte de quien debiera proponer un bien da lugar al pecado gravísimo de escándalo que es la "actitud o comportamiento que induce a otro a hacer el mal" (Cat. 2284). A este respecto es muy clara la enseñanza de Pío XII: "Se hacen culpables de escándalo quienes instituyen leyes o estructuras sociales que llevan a la degradación de las costumbres y a la corrupción de la vida religiosa, o a condiciones sociales que, voluntaria o involuntariamente hacen ardua y prácticamente imposible una conducta cristiana conforme a los mandamientos (...) Lo mismo ha de decirse (...) de los que, manipulando la opinión pública la desvían de los valores morales". (Discurso de 1/6/1941. Recogido en: Cat. 2286).

- Porque un mal siempre es un mal y "es erróneo juzgar la moralidad de los actos considerando sólo la intención o las circunstancias" (Cat. 1756).

3. Como nace el mal menor

No entraremos ahora a describir otras actitudes de los católicos mantenidas con mayor o menor éxito en los últimos doscientos años contra la revolución liberal. Conste simplemente que creemos, también para la situación actual, en la posibilidad de descubrir y practicar otras formas de participación de los católicos en la política que no sean las del mal menor. Lo que nos interesa ahora es tratar de entender cómo y por qué nació la táctica política del mal menor.

Históricamente, la táctica política del mal menor nace en la Europa cristiana y postrevolucionaria de la mano de dos movimientos políticos católicos: el catolicismo liberal y la democracia cristiana. Son muy complicados los motivos que llevan a sus promotores a adoptarla en la teoría. Y son contradictorios los hechos y las decisiones adoptadas en la práctica. Lo que en ningún momento entramos a juzgar es la intención. Nos consta que en muchas ocasiones los malminoristas son hombres de iglesia, católicos inquietos por los avances de la revolución y deseosos de hacer algo en un contexto de debilidad de la respuesta católica a la revolución liberal.

Se puede llegar al malminorismo por diversos motivos que se superponen y entremezclan:

- Por "contaminación" del pensamiento revolucionario y el deslumbramiento ante la aparente perfección de las nuevas ideologías. Buscando, por ejemplo, el compromiso de la Iglesia con una forma política concreta (nacionalismo, parlamentarismo, democracia, etc.)

- Por exageración de los males del Antiguo Régimen y su identificación con la misma Doctrina Católica.

- Por cansancio en la lucha contrarrevolucionaria, por el acomodo conservador de quienes están llamados a la valentía.

- Por una derrota bélica de las políticas católicas, o tras un período intenso de persecución religiosa.

- Por una aparente urgencia de transacción con los enemigos de la Iglesia a fin de que, al menos, sea tolerada por unas autoridades hostiles una mínima labor apostólica.

- Por maniobras de partidos revolucionarios que intencionadamente procuran sembrar dudas y división entre los católicos.

- Por la carencia de verdaderos políticos católicos lo cual anima la intromisión del clero en la política concreta.

- Por la misma intromisión clerical en el juego político lo que a su vez retrae de la participación a unos y desautoriza la labor independiente -y tal vez discrepante en lo contingente- de otros laicos.

- Por ingenuidad de los católicos que confían sin garantías en las reglas del juego establecidas por los enemigos de la fe.

- Por una sobrevaloración del éxito político inmediato olvidando que, como dice el catecismo: "el Reino no se realizará (...) mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un progreso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal". (Cat. 677)

- Por una creciente desorientación y falta de formación del pueblo católico que genera pesimismo o falta de fe en la eficacia salvadora de los principios del Derecho Público Cristiano.

- Por un enfriamiento en la fe y la religiosidad. Porque sin ayuda de la gracia es muy difícil "acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava". (Centesimus Annus, 25. En Cat. 1889)

4. Como ha evolucionado la táctica del mal menor

La táctica del mal menor no se ha introducido de golpe en ningún momento. Lo ha hecho de forma progresiva a lo largo de los dos últimos siglos. Hay sin embargo dos momentos álgidos que corresponden con la extensión del catolicismo liberal primero y de la democracia cristiana después. Lo que es innegable y constante es la tendencia que, como en un plano inclinado, empeora cada vez más el mal menor.

En la historia política de los países europeos se podrían identificar las siguientes situaciones:

- En un primer momento, tras el choque violento de la revolución, y argumentando el accidentalismo de la Iglesia (que corresponde a la institución pero no a los laicos), los malminoristas toleran, consienten y hasta promueven la disolución de estructuras políticas y sociales tradicionales (monarquía, gremios, instituciones religiosas, bienes comunales, etc.) que eran de hecho un freno a la revolución.

- Paralelamente a la secularización de la política y por un cierto maquiavelismo, empiezan a omitir los argumentos religiosos a la hora de hacer propuestas con la ilusión de captar así el apoyo de los no católicos. Algunos llegan a afirmar como justificación para no hablar de la Redención que "la doctrina cristiana es más importante que Cristo" lo cual es puro pelagianismo.

- El paso siguiente en la táctica malminorista es el intento de unión de los católicos en torno a un programa mínimo pero no para presentar una alternativa al nuevo régimen sino para integrarse mejor en él con la idea de "cambiarlo desde dentro". Para ello se procura el desprestigio de otros políticos y tácticas católicas marginales.

- Un recurso frecuente en los malminoristas es tratar de ganar la simpatía de la jerarquía mediante promesas de "paz y reconciliación" que permitan la reconstrucción material de las Iglesias y el mantenimiento regular del culto. Se trata de un intento desesperado de salvar "lo que se pueda", de tentar a la jerarquía de la Iglesia con una dirección política que no le es propia. Que podría ser algo excepcional, pero no la tónica habitual de participación política católica.

- En ocasiones son los propios obispos o miembros del clero quienes promueven grupos políticos en esa línea con una mentalidad puramente defensiva de la Iglesia. Esta intromisión empobrece la acción política de los católicos, la hace "ir a remolque" de las propuestas revolucionarias, y compromete a la Iglesia con soluciones políticas legítimas pero opinables. Cuando alguien propone hacer acción social, como lo hizo en España un influyente obispo, "para que no se nos vayan los obreros de la Iglesia" está falseando la finalidad de la verdadera acción social, que no puede ser un mero instrumento de catequesis, sino un deber de justicia y responsabilidad de los laicos.

- El caso del Ralliement propuesto por León XIII, que envalentonó aún más a los enemigos de la Iglesia en Francia, o la verdadera traición de ciertos obispos mexicanos a los católicos cristeros, milagrosamente perdonada por el pueblo fiel, son dos ejemplos de las nefastas consecuencias a las que puede llevar el malminorismo. En este sentido la claridad del Concilio Vaticano II al exigir la abstención del clero de toda actividad política representa una rectificación importante. Es preciso reconocer que el empeño cobarde de algunos cristianos por buscar la mera supervivencia material de la Iglesia, la "añadidura", ha sido un anti-testimonio escandaloso. Es un escándalo que quienes dicen con el Evangelio "Buscad el Reino de Dios y su justicia..." olviden que el mal moral es "infinitamente más grave" que el mal físico. (Cat. 311)

- Más recientemente y coincidiendo con la euforia previa al Concilio Vaticano II se procuró la disgregación de partidos, asociaciones, instituciones y estados católicos con la idea de potenciar una especie de "guerra de guerrillas" que pudiera conquistar así la opinión pública y llegar a todos los rincones del entramado social. Los resultados est n a la vista: no sólo se han debilitado o extinguido las antiguas herramientas sino que además no ha surgido esa nueva "guerrilla" y no se ha conquistado nada nuevo que no fuera ya católico.

- El último paso del malminorismo y la demostración palpable de su maquiavelismo es la justificación del voto útil lo que, paradójicamente, contradice el mal menor porque pide que se vote no ya al menos malo, sino a una opción que tenga posibilidades de triunfo, aunque sea peor que otras opciones con menos posibilidades.

5. La ineficacia del mal menor

Al analizar la génesis y desarrollo de las tácticas malminoristas, en ningún caso condenamos aquí la intención de quienes las han apoyado o apoyan. Simplemente queremos constatar algunas razones que expliquen por qué‚ el malminorismo nunca consigue lo que se propone. No consigue reducir el mal:

- Porque las energías que debían gastarse en proponer bienes plenos se gastan en proponer males menores.

- Porque es una opción de retirada, pesimista, en la que el político católico esconde sus talentos por temor, o por falsa precaución.

- Porque la táctica del mal menor predica la resignación; y no precisamente la resignación cristiana, sino la sumisión y la tolerancia al tirano, a la injusticia y al atropello. Con tácticas malminoristas no habrían existido el alzamiento español de 1936, ni las guerras carlistas, ni habría caído el muro de Berlín. No habría habido Guerra de la Independencia Española, ni insurgencia católica en la Vendée, ni Cristeros en México. Y tal vez ninguna oposición habría encontrado el avance isl mico por Europa. No habrían existido ni Lepanto, ni Cruzadas, ni Reconquista.

- Porque el mal menor se presenta como una forma inteligente de favorecer económica y físicamente a la Iglesia olvidando que la mayor riqueza de la Iglesia -su única riqueza- es el testimonio de la Verdad, testimonio que si sigue hoy vivo es gracias a la sangre de los m rtires.

- Porque hay ejemplos sobrados en los que el triunfo del malminorismo ha dado el poder a partidos que reclamando el voto católico han consentido, como es el caso de la Democracia Cristiana en Italia, una legislación anticristiana (divorcio, aborto, etc.).

En definitiva, el malminorismo no ha sido derrotado nunca porque en sí mismo es una derrota anticipada, una especie de cómodo suicidio colectivo. Es el retroceso, la postura vergonzante y defensiva, el complejo de inferioridad. Defendiendo una táctica de mal menor, los cristianos renuncian al protagonismo de la historia, como si Cristo no fuese Señor de la historia. Se creen maquiavelos y sólo son una sombra en retirada. Niegan en la práctica la posibilidad de una doctrina social cristiana, y niegan la evidencia de una sociedad que, con todos sus imperfecciones, ha sido cristiana. El malminorismo, contrapeso necesario de una revolución que en el fondo es anticristiana, ha fracasado siempre, desde su mismo nacimiento.

En cambio, la historia de la Iglesia y de los pueblos cristianos est llena de hermosos ejemplos en los que el optimismo -o mejor, la esperanza cristiana-, nos enseña que es posible, con la ayuda de Dios, construir verdaderas sociedades cristianas. La política cristiana no ha fracasado en la medida en que todavía hoy seguimos viviendo de las rentas de la vieja cristiandad occidental.

6. El voto util

La teoría del voto útil contradice aparentemente la del mal menor -o la corrige- cuando propone votar o hacer no ya lo menos malo, sino aquello que, aunque no sea lo menos malo, tenga posibilidades de triunfo.

El intento de justificar el voto útil ("que no triunfe un mal mayor") es el colmo del maquiavelismo político y ni siquiera el respaldo de una "buena intención" es capaz de eliminar su perversidad moral. El milagro de sacar bienes de los males est reservado a Dios y además "no por eso el mal se convierte en bien". (Cat. 312)

El voto útil se adopta entre los cansados, o los que quieren ganar a toda costa, o los que ansían el éxito social inmediato. Merece la pena, ante la tentación de ese éxito inmediato, aprender de los testimonios de los santos de la Iglesia, que para eso precisamente están. ¿Cuál de ellos empleó en su tiempo este concepto miope y egoísta de utilidad?

El voto útil es una trampa por razones evidentes:

- Porque ante cualquier elección en la que están en juego los principios, un católico tiene la obligación moral de dar preferencia a las opciones objetivamente católicas. Y si no existen debe escoger el mal menor (que bien podría ser la abstención).

- Porque hace del concepto de "utilidad" el centro de la política y lo identifica con la conquista del poder, sea como sea.

- Porque la idea de utilidad inmediata, que construye sobre arena, es generalmente estéril. No evita la ruina porque no remedia las causas del daño. La verdadera utilidad -también en política- es la que mira más allá. La que siembra sin pensar en la cosecha.

- Porque impide salir del círculo vicioso de un mal menor cada vez peor.

- Porque olvida que hay otras "utilidades" a las que puede encaminarse la acción política como son: romper la unanimidad negativa, ayudar a promover cambios positivos, dar ejemplo de fidelidad a unos principios, dar testimonio de coherencia y de honradez, etc.

- Porque anula la influencia pedagógica o formativa que tienen los políticos ante el pueblo sencillo y los convierte en personajes engañosos, maestros en la mentira.

- Porque falsea el sistema representativo que dice defender, cuando el voto pierde su justificación originaria que es otorgar la representación de un interés legítimo o de un principio.

- Porque impide que se consoliden progresivamente opciones católicas fuertes.

- Porque se adhiere a la tendencia que ridiculiza y desprecia lo testimonial, es decir, lo "martirial".

7. Conclusiones

Cuanto en reflexiones teóricas como la que es el objeto de esta comunicación se denuncian errores filosóficos o teológicos, es importante descubrir que, gracias a Dios, esos errores, cuando se concretan en movimientos y personas, siguen adelante en medio de felices incongruencias, acuciados por la realidad de las cosas. Raras veces llegan a desarrollar las últimas consecuencias de sus principios. Por eso el resultado de una acción política, aunque parta de unos principios erróneos, es incierto y sorprendente. "Dios creó un mundo imperfecto, en estado de vía". (Cat. 310) y ni siquiera el acceso al gobierno político de personas santas podría eliminar todas las imperfecciones de este mundo.

Una vez reconocida esta tremenda limitación de la realidad política, nuestra responsabilidad de laicos católicos no puede ser la resignación ante un mundo imperfecto, sino la lucha y la aventura por procurar el acercamiento al ideal de perfección que propone también a un nivel social el Evangelio. Aquí radica el verdadero y sano pluralismo que debe existir entre los católicos, porque sin reconocer cierto "derecho a la equivocación" ser imposible rectificar y mejorar.

Desde mi punto de vista, entiendo que la Doctrina de la Iglesia pide a los laicos católicos una participación activa en la vida política. Entiendo que todo llamamiento a la unidad entre los católicos no puede exigir mas que una unión en los principios pre-políticos, es decir, en torno a una misma idea de bien común. Y entiendo que esa acción política católica es responsabilidad exclusiva de los laicos, no de la Institución jerárquica.

Después, a la hora de concretar la acción, entiendo que los católicos pueden legítimamente agruparse en asociaciones católicas. De hecho el Concilio considera "asociaciones de apostolado las específicas de evangelización y santificación, las que se dedican a las obras de misericordia, y las que persiguen la inspiración cristiana del orden social" (Lumen Gentium, 37).

En cuanto a los conceptos de mal menor y voto útil, estas son mis conclusiones:

- El mal menor como doctrina moral es siempre válido si nuestra responsabilidad es exclusivamente la elección.

- El mal menor como táctica política nace en la Europa postrevolucionaria en un contexto de debilidad de las opciones políticas cristianas.

- La táctica del mal menor es pesimista e ineficaz.

- La táctica política del voto útil es puro maquiavelismo político y aunque aparentemente contradice la táctica del mal menor es en realidad una prolongación de una misma concepción que esteriliza la acción política de los laicos católicos.

F. Javier Garisoain Otero

http://www.arbil.org/100garis.htm





Rajoy en Almería volvió a apelar al voto útil. Sabe que muchos de los que se han sentido engañados por su manera de gobernar no tragan al PSOE. El llamado voto del miedo puede funcionar contra ‘Podemos’ pero no va a funcionar con el otro enemigo emergente que es ‘Ciudadanos’ y por tanto hay que vender voto útil: pidió a los votantes “no tirar el voto” dándoselo a opciones políticas “que lo único que garantizan es la continuidad de los socialistas”. Visto así hay que reconocer que tiene razón.
Para todos aquellos ciudadanos que no quieran una Andalucía socialista la opción más clara es el PP. Lo sabe Rajoy, lo sabe su corte y probablemente lo saben todos los ciudadanos, pero muchos, los que quieren un gobierno de izquierdas no lo votarán nunca y, otros, los que quieren un gobierno de derechas, se han hartado de que el PP de Rajoy les tome el pelo, y votarán otra cosa o no votaran nada.
No entiendo nada. El PP pide el voto útil, pero ¿votar al que propone una cosa y hace después la contraria es útil o inútil? ¿Alguien me lo explica?


Última edición por HIMNOSHISTORICOS el Vie Oct 23 2015, 15:47, editado 3 veces

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Re: Voto útil

Mensaje por Torquemada2014 el Lun Mar 16 2015, 19:03

Lo más urgente es que PODEMOS obtenga la menor representación posible en las Cortes. Si se empieza a dividir el voto patriota entre partidos que, en la práctica,  no tienen opción real de obtener representación, el voto se desperdicia en favor de los partidos que si tienen esa opción de obtener mayor representación, es decir, PSOE, PODEMOS, nacionalistas, etc...

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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Mar 16 2015, 21:37

@Torquemada2014 escribió:
Lo más urgente es que PODEMOS obtenga la menor representación posible en las Cortes. Si se empieza a dividir el voto patriota entre partidos que, en la práctica,  no tienen opción real de obtener representación, el voto se desperdicia en favor de los partidos que si tienen esa opción de obtener mayor representación, es decir, PSOE, PODEMOS, nacionalistas, etc...
das por hecho que el único partido con posibilidades "reales" de rebasar a PODEMOS es el PP. ¿Por qué?, ¿quién establece que eso es así? lo establece toda la gente que piensa y vota como tu.
Las posibilidades de un partido son variables y dependen justamente de la voluntad de los electores, no son posibilidades inamovibles, fijadas de antemano de una vez por todas, como os hacen creer, ahí esta la trampa.

El argumento del voto útil pertenece al tipo de falacias que podríamos llamar "profecías autocumplidas". Fue el sociólogo Merton quien acuñó este concepto. Según Merton, una profecía autocumplida es "una definición falsa de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva verdadera". Es decir, una expectativa que incita a las personas a actuar de tal forma que la expectativa se vuelve cierta, aunque inicialmente no lo sea. El concepto de profecía autocumplida deriva, a su vez, del teorema de Thomas, según el cual, "si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales".

Al final no votas a quien te puede representar mejor, si no que votas al menos malo, que por mucho que gane nunca será bueno, ni para España ni para los españoles, es por ello que como ya he dicho en el último tema de D.Antonio García Fuentes, mientras no cambie la mentalidad de la gente a la hora de ejercer su derecho a voto estaremos condenados a este circulo vicioso que nos encamina de cabeza al peor desastre de los desastres, la culpa no es de los políticos corruptos si no de todos aquellos que mediante su voto los sentáis en la poltrona porque sois víctimas de esa trampa llamada mal menor o voto útil, y así nos brilla el pelo.

He puesto mas argumentos en este tema:
http://www.niunpasoatras.org/t5598-votar-pero-a-quien-y-para-que

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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Lun Mar 16 2015, 22:51

¿Para quién es útil ese voto dado al PP si lo único que permite es mantener todo como siempre? Es útil para los dos grandes partidos que pretenden secuestrar la democracia poniéndola al servicio de sus intereses mezquinos y de los intereses de los grandes poderes económicos a quienes obedecen. El voto útil es la gran mentira con la que el PP y PSOE llevan engañando a la sociedad desde hace décadas para perpetuarse vergonzosamente en el poder. Ese voto es útil para ellos, por supuesto, no para sus votantes. Únicamente vale para conservar intacto este sistema esperpéntico y fraudulento de reparto de escaños al que quieren reducir la expresión del pluralismo.

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Re: Voto útil

Mensaje por Rambo el Mar Mar 17 2015, 11:19

@Torquemada2014 escribió:
Lo más urgente es que PODEMOS obtenga la menor representación posible en las Cortes. Si se empieza a dividir el voto patriota entre partidos que, en la práctica,  no tienen opción real de obtener representación, el voto se desperdicia en favor de los partidos que si tienen esa opción de obtener mayor representación, es decir, PSOE, PODEMOS, nacionalistas, etc...
¿Me podrías explicar de que ha servido hacer uso de ese voto útil o del mal menor en las pasadas elecciones generales votando al PP para que no ganara el PSOE? si huviese ganado el PSOE ¿Rubalcaba nos dejaria mucho peor de lo que nos ha dejado Rajoy? porque yo no veo mucha diferencia entre hambos partidos cuando gobiernan, solo se muestran diferentes cuando están en la oposición pero una vez ganadas las elecciones hambos hacen como quien dice exactamente lo mismo.



Si lo que queremos es estar bien no entiendo porque la gente vota al mal para que no gane el muy mal, si no se vota con sentido común al bien, el bien nunca ganara unas elecciones y estaremos condenados de por vida a estar o mal o muy mal, el voto útil o del mal menor es una TRAMPA en la que lamentablemente cae la mayoria de los electores que curiosamente despues son los que mas se quejan de los politicos, pero ¿quien los han puesto donde están? los que votais de esa manera tan "útil" sois ni mas ni menos que los primeros responsables de todo lo que pasa, así que hay que llorar menos y votar todos mas con la cabeza, tenemos la oportunidad de cambiar las cosas para que cambien y siempre se vota a los mismos partidos del sistema, el resto es como si no existieran, con gente que usa su voto de esa manera tan "útil" no vale la pena ni ir a votar ¿para qué? es perder el tiempo, vuestra es la elección y vuestra es la culpa de que salgan siempre los mismos.

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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Mar Mar 17 2015, 12:25

@Rambo escribió: el voto útil o del mal menor es una TRAMPA en la que lamentablemente cae la mayoria de los electores que curiosamente despues son los que mas se quejan de los politicos
Esos electores que citas son ni mas ni menos que victimas de manipulación:
http://www.niunpasoatras.org/t4986-manipulacion

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Re: Voto útil

Mensaje por Huroncete el Mar Mar 17 2015, 17:51

100% de acuerdo con Rambo e Himnos. Añado que a mi personalmente el PP no me parece un partido patriota. No es la solución; es parte del problema.

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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Miér Mar 18 2015, 22:49


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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Miér Mar 18 2015, 22:56

UN CATÓLICO NO PUEDE VOTAR EL MAL MENOR (12/03/2015)

Hoy, jueves 12 de marzo de 2015, el director de www.hispanidad.com, Eulogio López argumenta por qué no conviene votar el mal menor, como el imaginario colectivo hace por costumbre.



MOUSELAND. Pais de ratones.

Fábula política de mas de 70 años que, hoy en día, tiene mas vigencia aún.



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Re: Voto útil

Mensaje por Valle el Vie Mar 20 2015, 21:55

Estrategia equivocada esa del voto útil.

Equivocada , egoísta y errada ya que no pertenece a la verdadera idea del que lo practica y así nos va.

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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Sáb Mar 21 2015, 17:33


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Re: Voto útil

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Sáb Abr 11 2015, 16:16


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¿Es lícito no votar al mal menor?

Mensaje por URSINO el Jue Abr 30 2015, 22:47

Cuando al acercarse la elecciones muchos católicos, sabiendo que el partido progre de derechas es contrario a sus valores morales e intereses nacionales y materiales, se creen en la obligación de votarlo porque piensan que es una obligación votar el mal menor frente al partido progre de izquierdas que perciben como un mal mayor, me parece muy interesante traer a colación algunas tesis mantenidas por Sandoval en el XI Congreso Católicos y Vida Pública que tratan algunas claves sobre el asunto.




La política católica es una rama particular de la moral. Ello quiere decir que las normas que rigen en ella son las mismas que en todos los demás campos de los actos humanos, con especificaciones pero no con diferencias. Al actuar en política las normas morales generales obligan al cristiano exactamente igual, sin que la esfera de la ley civil introduzca ninguna forma de exención. Así, no es más lícito el adulterio porque medie divorcio legal que si fuera puramente privado [1].
El axioma inicial de toda ética es “hacer el bien y evitar el mal”. Así pues, cuando se trata de un mal [2] lo que habría de probarse es la licitud en algún caso de obrarlo sin culpa –que nunca sin daño–, y no la ausencia de obligación de cometerlo. Sin embargo, la pregunta de nuestro título se corresponde fielmente al planteamiento de demasiados católicos españoles que han llegado a identificar opción política católica con el mal menor. Sin lugar a dudas en la práctica, y muchos incluso en la teoría.
Tristemente, creemos no equivocarnos diciendo que para muchos católicos españoles su participación política según criterios católicos se reduce a un mínimo, muy mínimo: hay que votar el mal menor. Hasta tal punto, que renuncian a creer que pueda haber una política buena y, en vez de buscarla, buscan sólo dónde encontrar el mal menor.
El mal menor en la moral
La doctrina del mal menor es asunto no sólo muy conocido, sino muy debatido. Del mismo modo que hay autores más rigurosos respecto de las mentiras oficiosas o jocosas, tampoco respecto del mal menor existe una perfecta unanimidad.
Es cierto que la mayoría admite hoy las tesis del mal menor, pero es muy conveniente recordar que son discutibles, que han sido y son discutidas, y que constituyen de suyo un máximo de interpretación benevolente, que no cabe estirar más.
E importa mucho que la doctrina del mal menor se establezca primero en abstracto para aplicarlo luego a lo particular, porque allí donde el establecimiento de lo justo encuentre gran contrariedad de las pasiones no se podrá argumentar con serenidad y deben aplicarse los casos y condiciones examinados y concluidos previamente.
Toda doctrina del mal menor parte de la hipótesis “cuando no se puede obrar sino un mal”. En ese caso hipotético, se sostiene que sería lícito obrar el menor de los males, si la conciencia cumple dos condiciones: no haberse colocado a sí mismo en la situación en que es forzoso elegir entre males, y esforzarse seriamente en adelante en escapar del dilema.
La primera advertencia que debe efectuarse es que el obrar al que nos referimos queda exento de culpa para el agente, pero no de daño para el paciente y la sociedad [3] .
Con gran egoísmo, algunos se conforman con salvar su responsabilidad, sin interesarse por los daños que el mal menor causa. Por el contrario, cuando la doctrina del mal menor se examina desde la perspectiva del bien común, la percepción del daño infligido, aunque menor, está siempre muy presente. Puesto que el mal menor supone un verdadero daño, hay ya motivo suficiente para salir con toda urgencia y esfuerzo de la situación en que no se puede escoger sino entre males mayores y menores.
Por otra parte, si se sigue un daño de obrar el mal menor, otro adicional se seguirá del escándalo de darle pábulo. Escándalo ulterior que debe evitarse al máximo. Parece que la licitud de obrar el mal menor (en los casos en que se da rigurosamente el supuesto) no se debe extender a la licitud de hablar a favor del mal menor a terceros.
El fundamento de la doctrina del mal menor se encontraría en que nadie está obligado a lo imposible. Pero, advirtamos que la imposibilidad de obrar cualquier género de bien no implica automáticamente que sea imposible obrar sino el mal [4] cabe abstenerse de obrar.
Conviene recordar que cometer el mal no es exactamente igual que incumplir un precepto positivo que nos ordena algo bueno. Como explicó Juan Pablo II, el martirio es un “testimonio limpidísimo”, “confirmación de la inviolabilidad del orden moral”, pero dentro de las normas morales no deja de distinguir “en primer lugar las negativas que prohíben el mal”, de tal suerte que “ante las normas morales que prohíben el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie”. [5]
Para determinados mandamientos positivos la dificultad puede eximir de su cumplimiento, no así para la comisión activa del mal.
De todos modos, la clave de la cuestión reside en si la condición de imposible se atribuye mediante un juicio serio o ligero, si se trata de una imposibilidad física y absoluta, relativa, moral, o tan sólo de algo inconveniente, enojoso y desventajoso.
Planteada así la cuestión, no hay mucho que abundar, sino examinarse en conciencia: ¿de verdad es imposible no obrar sino un mal? ¿O es sólo perjudicial de algún modo obrar lo correcto aunque sea difícil [6] ? ¿No cabe la abstención? ¿O también nos resulta gravosa en igual grado?
Muchas opciones que se realizan por el mal menor no han tenido en consideración todas las posibilidades físicas, bien por considerarlas imposilidades morales, o porque las leyes meramente positivas no obligan con grave incomodidad. Ahora bien, incluso si esa valoración como gravemente dificultoso estuviera justificada, se seguiría que la opción por el mal menor es admisible para una persona, pero no obligatoria para todas. De tal modo que el que optara por el cumplimiento más riguroso no debería ser tenido nunca por censurable, sino por laudable.
Por el contrario, todo aquél que rectamente se vea obligado a obrar un mal menor padecerá en su interior una tristeza comparable a la del que, sin culpa propia, ha protagonizado un accidente por el que han sufrido otros.
En cualquier caso, la licitud subjetiva [7] de obrar el mal menor requiere la rectitud de conciencia, sin ella sólo hay maldad con subterfugio. Por eso las dos condiciones morales claves son la voluntad resuelta de salir de la situación en que no cabe sino elegir el mal menor, y no haberse colocado deliberadamente en una tesitura tal que ahora sólo podamos optar por el mal menor que deseábamos [8] . Y una condición previa de esa rectitud de conciencia es obrar guiados por la razón y no por pasiones de simpatías u odios.
Todavía hay algo más que considerar acerca de la opción por el mal menor, y es su aspecto pedagógico. Si no hacemos un esfuerzo enérgico por salir de la situación en que es preciso optar entre males rápidamente entrarán en juego dos dinámicas naturales: el hábito y la autojustificación. Cada vez que se vuelve a optar por el mal menor es más fácil que lo repitamos ulteriormente y que, además, ponderemos menos los daños del mal –ajeno– y resaltemos sus ventajas –propias–. Y si eso es válido para el actor, no lo es menos para el
espectador: quien ve a otros optar repetidamente por el mal menor aprende a hacerlo a su vez.

Y no sólo el mal menor se convierte en vicio, sino que, mucho más que otros, tiene una dinámica creciente. No todo el que fuma tabaco pasa a fumar marihuana, ni aun con el tiempo. Pero el que no valora sino la relación mayor/menor tiende a disminuir las exigencias morales para consigo mismo, pues aunque nuestro mal crezca siempre hay otro mayor. Paradójicamente, el malminorismo nos conduce a males siempre mayores.
En resumen, las notas principales de la doctrina del mal menor serán las siguientes que conviene retener para su aplicación a la política: optar por el menor de los males puede ser lícito a título excepcional, no sin daño, cuando no hay opciones buenas, la elección es desapasionada, no ha sido deliberado encontrarse en el dilema, y existe propósito firme de salir de él poniendo los medios necesarios.
Incluso si hubiera imposibilidad moral grave, optar por el mal menor no es nunca obligatorio, será laudable quien se abstenga de él, y quien recurra a él rectamente no lo hará sin dolor. Finalmente, introduce una peligrosa dinámica de hábito contagioso y creciente.
El bien posible es otra cosa
La doctrina del mal menor se funda primero en la imposibilidad y luego en la gradación. Como también el bien posible –el mayor bien posible [9] – se refiere a lo mayor deseable y a lo menor posible, existe cierta analogía aparente. Pero no es admisible en absoluto confundir el mal menor con el bien posible.
Lo cual no quiere decir que esa confusión no sea el intento prioritario de los apasionados abogados del mal menor: obsérvese que en cualquier debate sobre el mal menor en política todo el intento del que lo defiende es transformarlo subrepticiamente en una controversia sobre el bien posible.
Para proceder con orden hay que atajar en el acto el cambio de las palabras y conceptos sobre los que se discute: lo que se empieza reconociendo como mal menor no puede convertirse en bien posible por obra de un desliz o una argucia verbal. Si se ha juzgado rectamente algo como mal menor no puede, al poco, presentarse como bien de ningún tipo.
Lo sustantivo del mal menor es el mal; el bien posible será siempre un bien. La raíz del equívoco está en que bien y mal no se consideren entidades diferentes, sino polaridades de una misma escala, cual lo son calor y frío respecto de la temperatura. Calor y frío son relativos, y una misma temperatura puede ser considerada una cosa o la contraria, dependiendo del punto de comparación: hay estrellas “frías” e inviernos siberianos “cálidos”. Por el contrario, hablaremos incorrectamente si a un mal le llamamos bueno respecto de otro mayor o decimos que obrar un bien menor es malo.
Es cierto que en el abanico de las posibilidades humanas de obrar los bienes y los males aparecen juntos. Pero pertenecen a dos grupos antitéticos y separados.
Hay grandes estafas y pequeñas sisas, donativos generosos y pequeñas limosnas. Pero si mal menor y bien posible fueran lo mismo, sisar cincuenta céntimos y echarlos al cepillo serían actos equivalentes. En realidad se quiere crear confusión entre realidades que no están ni a distancias siderales, sino en otra dimensión: un marido desearía regalar un abrigo a su esposa (aspiración mayor) y se tiene que limitar a comprarle unas flores (bien posible); otro marido no es fiel a su esposa, pero se justifica alegando que la engaña con prostitutas (mal menor según él) pero no con una amante fija, lo cual considera más grave. Es visible que los males menores y los bienes posibles pueden ser ínfimos o enormes, pero en ningún caso equivalentes; se mantienen siempre separados, sea cual fuere su magnitud, por la divisoria entre bien y mal.
El mal menor en la política
La aplicación del mal menor a la política no suele ajustarse precisamente a las condiciones serenamente examinadas del mal menor en general.
Empezando por el principio, aunque nos arriesguemos a levantar ya de entrada animadversión, falta la condición de no haberse puesto voluntariamente en la tesitura de no poder obrar sino males. Los que votan al mal menor porque no existen partidos buenos, son los mismos que han procurado trabas al lanzamiento o crecimiento de los mismos simplemente dejándolo para más adelante.
La cuestión principal es, lógicamente, si no hay alternativas buenas. Ante todo es evidente que en sufragio cabe siempre la abstención o los votos blanco y nulo. Pero el caso es que sí existen partidos católicos, partidos que satisfacen los mínimos morales de Benedicto XVI [10] , aunque son ciertamente pequeños. También es cierto que dejarán de serlo en la medida en que los que dudan si votarlos lo hagan por fin. Lo cierto es que la hipótesis fundamental a todo el caso del mal menor no se da. Nunca será bueno votar a un partido que promueve el aborto o lo conserva; ese mal será ciertamente menor en el segundo caso, pero no es lícito apoyarlo pudiendo obrar el bien.
En realidad, en el debate político no nos encontramos ante la ineludibilidad del mal menor, sino ante la denominación abusiva de mal menor, que sería lícito, de otra cosa, que no satisface la hipótesis y es un falso mal menor: cierto mal que sin duda es menor que otros –todo mal puede ser mal menor-, pero que se vota, sobre todo, por reputarse de posible triunfo.
Parece que ni se desea votar a los partidos de bien posible que ya existen, ni crear otros nuevos, ni apoyar a los que puedan aparecer. ¿Por qué? Porque además de tratarse de un falso mal menor concurren errores, pasiones o intereses. En cualquier caso, se ha infringido el requisito previo de que la opción por el mal menor sea fruto de una elección racional, bien formada y desapasionada.
A la ignorancia y el error hacíamos alusión en nuestro título. Desde hace décadas existe un tipo de católico español convencido de que ni siquiera debe existir un intento de política confesional católica [11] , y que su deber al respecto es buscar el mal menor y adherirse leal y tenazmente a él. Su perplejidad se produce ante la sola idea de que sea lícito no votar al mal menor.
En cuanto a las pasiones como determinantes de la opción indebida por un mal menor no ineludible, podemos citar tres: afición, temor y aversión. O bien existe simpatía previa a las personas de un partido, con apego a sus ideas legítimas pero secundarias, y se disimula la dificultad en las principales; o bien se vota para que no ganen los “otros” por antipatía radical o temor a lo que puedan hacer y seguir haciendo.
Igualmente, sería ingenuo olvidar que los intereses del partido beneficiario son servidos con que se le vote, aunque sea como mal menor. Ese partido no precisa más, por lo que sostendrá ocultamente a los portavoces de que constituye el mal menor, aunque le critiquen algo, para conseguir los votos que de otro modo no puede atraer.
Creemos que en la política española ni se da la hipótesis principal del mal menor, ni las condiciones de llegar a él por juicio desapasionado y a disgusto de no tener opción mejor. Y otras condiciones, según nuestra experiencia personal, también se vulneran a la vez en cualquier discusión acerca del voto al mal menor. Los que han votado el mal menor, y lo promueven, no se muestran pesarosos de ello, al revés: recriminan al que no les sigue por desperdiciar su voto o favorecer el mal mayor inminente [12] , quieren convertir la opción por el mal menor en obligatoria. Justo al contrario de la recta doctrina.
En política, la comprobación de que el mal menor introduce una dinámica de empeoramiento y una pedagogía dañina es muy fácil, pero sólo con buena memoria. Como el ritmo político lo marcan las convocatorias electorales cada cuatro años, observar una tendencia exige recordar sucesos y posturas que abarcan varios cuatrienios, lo que no todos hacen, pero que se puede establecer con certeza si se pone interés, ya que cada uno de los pasos ha sido público, publicado y archivado.
Una de las cosas fáciles de comprobar es que el mal menor, aplicado repetidamente, crece: lo que en las elecciones anteriores fue escandaloso en las siguientes puede presentarse como mal menor respecto de algo peor. En política se llama voluntad de reconquista lo que en el ámbito moral veíamos como obligación de poner los medios para salir del dilema maligno. El recurso sistemático, elección tras elección, a expedientes de mal menor es diametralmente opuesto a alimentar la necesaria voluntad de reconquista del buen orden social.
Y no sólo el mal menor es cada vez más grave, sino que se eterniza mediante la dinámica del miedo y la contemporización. Alternativamente, o hay que votar el mal menor para evitar que llegue al poder el mal mayor, o, si domina éste, hay que votar el mal menor como “única posibilidad” de expulsar a aquél. Si se concede la lógica de una de esas dos conductas habrá que conceder la de la otra, de modo que nunca será oportuno buscar el bien que votar, ni cultivar una opción de voto bueno, que debe ser apoyada con esfuerzo para que brote y crezca [13] .
Finalmente, no cabe olvidar el aspecto escandaloso de defender la opción del mal menor. Un padre de familia católico mantiene una discusión
en su casa con un amigo defendiendo ardorosamente la licitud de votar a un partido que mantiene la legislación vigente del aborto, como mal menor. Mal podrá, cuando se vaya, reprochar a su hija adolescente que vaya a recurrir a la píldora del día después: ¿no le responderá ella que es un mal menor?

Por todo ello, el hábito del mal menor no es precisamente un vicio menor.
El voto útil
Habiendo ya tratado del mal menor y del bien posible en general, es en el ámbito político donde cabe hablar de una categoría específica relacionada con estas polémicas: el voto útil. De suyo lo útil no implica ni bueno ni malo: puede serlo para lo uno y para lo otro. La utilidad o inutilidad –siempre relativas- no califican de bueno o malo.
Voto útil es una expresión incompleta si no se especifica para qué: el voto que es útil para los progresistas, para los católicos, para los malminoristas. Y no sólo es relativo al fin, además depende grandemente de las circunstancias. Si se especifica, es claro que el voto útil para el bien es bueno y el voto útil para el mal es malo. Pero cuando se habla de voto útil a secas cabe entender que se trata del voto que servirá para que un candidato salga electo.
Aparte de que no hay certeza sobre el futuro, y de que todo voto a una lista nunca votada es una perfecta incógnita, se puede sostener que no sólo son votos inútiles los entregados a listas que no superaron el umbral, sino también todos aquellos que recibió en exceso una lista sobre los que precisaba para obtener el resultado alcanzado. Pero, desde otro punto de vista, un voto puede ser útil para elevar el quórum, para dar testimonio, o para impedir la elección de otro candidato. Y por si fuera poco, la utilidad contemplada no tiene que ser necesariamente inmediata.
Es claro que el voto útil es una noción eminentemente relativa y conjetural. En la práctica, se emplea como argumento inmovilista: votar a los partidos con probabilidades viene a significar a los grandes, de probabilidades establecidas en anteriores elecciones.
Conjeturar qué voto será más útil sólo es válido entre opciones buenas. Para el mal menor las condiciones de menor y “útil” –recompensado– se contraponen. En el caso del mal menor rectamente observado, la preocupación máxima es minimizar el mal por el que uno se ve obligado a optar, pero de la consideración de “utilidad”, resultará que ya no se apoyará con el voto el programa menos malo de todos, sino aquel malo, ni siquiera el menor, que pueda salir con facilidad, con tal de que haya alguno todavía peor [14] .
Y el criterio de lo que es el voto inútil que evitar, puede ser aún más vago y exigente: ni siquiera sería útil votar a un partido que obtenga escasa representación parlamentaria, porque si esos votos se hubieran dado al partido mayor los parlamentarios de éste serían más que la suma de los que ahora tienen los dos, etc. A la postre, todo se reduce a votar siempre al partido grande consolidado, sea cual sea su programa, su anquilosamiento y sus vicios.
Preocuparse en aducir la moral cristiana para justificar ese comportamiento es bastante hipócrita. No hay ya ni bueno ni malo: nos encontramos ya en el orden del posibilismo absoluto, cuya preocupación dominante es no perder, y haber votado siempre al vencedor. Detrás de ello no hay sino falta de valor y fortaleza.
Lo que verdaderamente permitió Juan Pablo II
Entre católicos informados no será raro que se traiga a colación sobre el mal menor un párrafo de Juan Pablo II, que reproducimos a continuación en su integridad: “un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos.
En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones –particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas– van apareciendo señales de revisión.
En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos” [15] .
Algunos infieren de este párrafo que el Papa, incluso en materia tan grave y que no admite término medio como el aborto, legitima el voto a las listas electorales que no agravan el aborto legal, pero mantienen el existente como bueno y consensuado. Y no hay tal. Sucede que no se lee bien y se proyecta sobre el texto lo que se quisiera leer.
Leamos bien: en primer lugar, el Papa habla de un caso de conciencia. Un caso de conciencia es una cuestión particular, que se delimita cuidadosa y restrictivamente, y cuya solución nunca será ley general, elásticamente extensible a otros casos. Y el caso de conciencia se plantea acerca de aceptar algo que en principio contrariaría el principio general de no apoyar ninguna ley abortista.
Obsérvese que la respuesta del Papa libera la conciencia que “puede lícitamente” –frase clave–, pero tampoco impone; un cristiano siempre puede seguir una conducta más exigente, pero nunca menos: un diputado cristiano podría no querer hacer uso de esta licencia.
Veamos ahora las condiciones del caso de conciencia que el Papa admite (ése y no otros). Se refiere a
un parlamentario; cuyo voto fuera determinante para la aprobación de una ley; que la ley fuera restrictiva respecto de la existente; que no sea posible evitar o abrogar completamente la ley abortista; que ofrezca su apoyo; y
que la absoluta oposición a todo aborto sea clara y notoria a todos.

El caso se refiere a un parlamentario y a una ley concreta; no a un ciudadano y a los sufragios de legisladores que votarán o no en el futuro gran diversidad de leyes. Por lo tanto, en las elecciones populares no existe análogo indulto acerca de votar a listas que no satisfagan el mínimo no negociable (¡mínimo!) del respeto integral a la vida. El católico no encuentra aquí fundamento para omitir su obligación de votar a listas que satisfagan, al menos, esos mínimos.
Además, el voto del legislador en cuestión [16] ha de ser determinante para la aprobación de la ley restrictiva. De otro modo, su voto favorable innecesario podría interpretarse como una claudicación de principios, y resultar escandaloso. Obsérvese que además, al figurar la palabra “apoyo”, incluso se sugiere que la iniciativa de tal ley restrictiva, pero no respetuosa de la vida, sea ajena, de modo que el parlamentario la apoye pero no la proponga prestándose a análogos equívocos.
Por el contrario, el Papa recalca que la absoluta oposición al aborto del parlamentario en cuestión no debe ser cosa de conciencia, sino notoria a todos sin confusión posible, de modo que parece que reiterarla con ocasión de tal voto sería una práctica recomendable. Vemos que obrar el mal menor no implica alabarlo.
Y, por último, la condición clave de toda opción de mal menor es que “no sea posible evitar o abrogar completamente la ley abortista”. No sólo ser imposible es algo mucho más categórico que difícil, incómodo o improbable, sino que resulta patente que se fija un objetivo político indeclinable, que es la abrogación completa de la ley abortista. Lo cual, por cierto, es muy distinto de desconfiar del valor de la prohibición y remitirlo todo a la paulatina acción de la sociedad civil.
En nada nos hemos apartado de las palabras exactas del Papa, que sólo hemos glosado. Es Juan Pablo II quien no avala con el párrafo citado las posturas que algunos desearían endosar con ligereza, de apoyo a partidos no abolicionistas del aborto. Con un voto emitido por el ciudadano, además, sin restricción ni control, porque se efectúa por anticipado a una candidatura y un programa cerrados, que están por aplicarse (o no).
Aspiremos al bien mayor Hay que difundir la verdad acerca del recurso al mal menor. Pero antes, y más, hay que difundir la aspiración al bien social según criterios católicos, sin conformarnos con mínimos ni con poco [17] . Y también hay que difundir los nombres de quienes quieren intentar la promoción del bien en la política para que puedan ser apoyados.
Contra el extendido vicio de conformarse con el mal menor no se puede luchar sólo con la doctrina, sino, sobre todo, alentando la grandeza de alma individual, y las aspiraciones colectivas de los católicos [18] . El apego al mal menor está ligado a conceptos de cuantificación y comparación; no es lícito identificarlo con el bien posible, pero sí relacionarlo con el “tamaño del alma”.
La obsesión por el mal menor se debe mucho a la pusilanimidad [19] , y su cura se encuentra en la predicación y la práctica de la fortaleza.
Esto, en lo positivo. Pero, como es de justicia no ocultar nunca la verdad, hay que admitir que también existen gentes, en la proporción que sólo Dios conoce, para las que los razonamientos del mal menor son una simple excusa. Personas dispuestas a forzar cuántas razones hagan falta para no votar sino aquello que les apetece por comodidad, afinidad, interés o dependencia, pero a las cuales, al tiempo, no les basta obrar a su gusto, sino que quieren aparecer revestidas de virtud, para engañarse y para engañar. Y sólo esas mismas personas se sentirán ofendidas con que se aluda a la existencia de tales defectos, pues con hacerlo quedan descubiertas y desbaratadas.
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[1] Al contrario: “El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente”. Catecismo de la Iglesia Católica § 2384.
[2] En el concepto de mal menor lo sustancial es el mal. La calificación de menor es meramente cuantitativa. Y, mucho más, y sobre todo, relativa. La gradación cuantitativa de los males sería leve, moderado, grave, gravísimo. La calificación relativa llama a un mal intrínsecamente grave “mal menor” respecto de un mal gravísimo, y lo será sin duda. E incluso un mal gravísimo puede ser mal menor respecto de otro todavía mayor. Por eso lo importante en todo momento es recordar que todo mal menor es un mal, y no necesariamente leve.
[3] Si mi coche se queda sin frenos, pero no sin dirección, es lícito dirigirlo a donde los atropellados serán menos y no más, pero no por ello dejarán de ser graves, y aun mortales, las lesiones de los finalmente atropellados.
[4] No es el mismo planteamiento “cuando no es posible obrar el bien es lícito el mal menor”, que “cuando no es posible obrar sino males puede hacerse el menor sin pecar”.
[5] Las citas son todas de la encíclica Splendor veritatis, 1993, respectivamente de los §§ 91, 92, 97 y 96.
[6] En realidad, si mi coche se queda sin frenos, pero no sin dirección, cabe otra opción previa a la de sopesar dónde los atropellados serán menos y no más: estrellarlo donde no haya daño sino para mí, aunque éste sea más seguro.
[7] Insistimos: todo mal, menor o no, forzado o no, causa un daño objetivo. La no imputabilidad no alivia ese daño.
[8] Jesús se refiere a esta condición cuando condena la hipocresía de los fariseos que negaban el auxilio al propio padre arguyendo que habían hecho donación al Templo de sus bienes (Mt. 15, 5-6 y Mc. 7, 11-12).
[9] Que puede ser muy pequeño: piénsese en el óbolo de la viuda (Mc. 12, 41-44 y Lc. 21, 1-4). La idea del bien posible está fundada en que el que hace lo que puede no está obligado a más, pero será recompensado por la generosidad de la intención y la situación, y no por la cantidad.
[10] “El respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables”. BENEDICTO XVI. Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum charitatis. 2007, § 83.
[11] Refutarlo se sale ahora de nuestro tema.
[12] El mismo que años después ya han asimilado y sus diputados no intentan cambiar ni cuando tienen mayoría absoluta.
[13] En este punto merece considerar el coste de oportunidad de las repetidas opciones por el”‘mal menor posible”. Transcurridas décadas, la situación ha empeorado sin lugar a dudas. Si en el mismo periodo se hubiera repetido el voto al bien posible otras tantas veces y con tanto empeño es difícil creer que el “voto inútil” hubiera conducido un mal todavía mayor, y, en cambio, no se sabe hasta qué punto se habría consolidado una opción positiva y su influencia general.
[14] Supongamos que los partidos buenos han sido hasta la fecha irrelevantes, y votarles se considera ‘inútil’. Con el mismo argumento, tampoco será útil votar como mal menor a un partido meramente contemporizador con el aborto si es poco relevante y tampoco “va a salir”, y sería útil votar a los socialistas que, ciertamente, son menos malos que los comunistas.
[15] JUAN PABLO II. Encíclica Evangelium vitae. 1995, § 73.
[16] En parlamentos con disciplina partidista de voto se podría entender que se refiere a la aritmética prevista de los grupos parlamentarios.
[17] Sigamos el espíritu del apóstol que nos dice: “¡Aspirad a los dones mejores!” (I Cor. 12, 31).
[18] La remisión permanente y pacata al mal menor resulta incompatible con la referencia a Cristo Rey y su Reinado Social.
[19] El pusilánime es el apocado y timorato, pero literalmente es aquél que tiene el alma pequeña, ¿y a quién sino a alguien así le corresponde la obsesión por los mínimos y lo menos malo?
http://desdemicampanario.es/2015/04/25/es-licito-no-votar-al-mal-menor/

URSINO
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