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Levantamiento popular del Dos de Mayo

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Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por ilustrado el Vie Mayo 02 2014, 23:53

El día Dos de Mayo es una fecha importante para los madrileños, es el día de la comunidad autónoma en el que se conmemora el alzamiento del pueblo contra las tropas francesas que invadieron España en 1808. Aquella efeméride tuvo una importante repercusión para toda España, e incluso para Europa, además dio comienzo a la Guerra de la Independencia española.

Abro este tema para que vayamos exponiendo textos, imágenes, videos, poesías, fotos, etc. sobre el levantamiento popular del Dos de Mayo.


LEVANTAMIENTO POPULAR DEL DOS DE MAYO DE 1808

Tras el Tratado de Fontainebleau en octubre de 1807, el Ejército imperial francés entra en España con el pretexto de invadir Portugal, aliada de Inglaterra.

El 19 de marzo de 1808, un motín en Aranjuez acaba con el poder de Manuel Godoy, valido del rey, y facilita la entronización de Fernando VII tras la renuncia de Carlos VI.

El 23 de marzo, el general Joaquin Murat llega a Chamartín, a las puertas de Madrid, y al día siguiente el rey entrante Fernando VII hace su llegada a la capital por la Puerta de Atocha. El pueblo sale a aclamarle a las calles. Su carroza casi no puede avanzar entre la multitud.

Al poco tiempo, tanto Fernando VII como Carlos VI son forzados a reunirse con Napoleón Bonaparte en Bayona, donde se produjeron las Abdicaciones de Bayona. Ambos entregaron la corona a Napoleón, quien a su vez la entregó a su hermano, quien es proclamado rey de España como José I.

Mientras tanto, la administración borbónica se encuentra descabezada y con órdenes de cooperar con los franceses. En Madrid, el ambiente es muy hostil hacia las fuerzas invasoras en una atmósfera cargada de inquietudes.

El 3 de abril, ante el malestar creciente de la población madrileña contra los soldados franceses, se publica un Real Decreto por el cual quedaba prohibida la reunión de gentes en cuadrillas o en corrillos; además ordenaba el cierre de las tabernas a las ocho de la tarde; el control de la asistencia al trabajo; que los amos no permitan que los criados se mezclen con el bullicio, etc.

El 1 de mayo, Murat es apedreado al pasar por la Puerta del Sol. El militar huye a caballo ante la rechifla general.

La noche del 1 al 2 de mayo, Murat ordena el traslado a Bayona de los dos hijos de Carlos VI que quedaban en la ciudad: María Luisa y Francisco de Paula.

A las 7:00 de la mañana del 2 de mayo, dos carruajes se aproximan a la Puerta del Príncipe del Palacio Real. A las 8:30, parten la infanta María Luisa y el ministro de Guerra O´Farrill.

Una muchedumbre se concentraba en la plaza frente al palacio, en la Plaza de Oriente, para impedir la salida del último miembro de la familia real. Al subir llorando al coche el infantito Francisco de Paula para conducirlo a Francia, alguien lanza el histórico grito "¡que nos lo llevan!". Al momento, varias decenas de hombres y mujeres rodean las carrozas tratando de impedir el viaje.

Murat no duda en ordenar la dispersión del tumulto haciendo uso de sus Guardias Imperiales y de artillería que abren fuego contra la multitud. Las fuerzas del invasor disparan y la sangre de los primeros mártires de la Independencia española abre una página gloriosa, grabada a sangre y fuego, en el libro de la Historia de España.

Los primeros disparos desataban la furia en los aledaños de palacio. Como una onda expansiva, la ira se contagia en círculos hacia las inmediaciones de la Puerta de Toledo, la Puerta del Sol, el Paseo del Prado y el Parque de Artillería de Monteléon.

Al deseo del pueblo de impedir la salida del infante, se une el de vengar a los muertos y el de deshacerse de los franceses. Con estos sentimientos, la lucha se extiende por Madrid.

Al ruido de los broncos cañones y de los dispersos tiros, la noticia de lo sucedido en la Plaza de Oriente se propaga como reguero de pólvora por todo Madrid. Los grupos de hombres y mujeres corren despavoridos, salen a los balcones pidiendo armas, bajando a la calle con trabucos y navajas dispuestos a combatir y lanzando gritos contra el invasor francés: "¡A morir matando...!, ¡No más esclavos!". La soldadesca francesa los sigue disparando y caen más muertos y heridos ante los Caños del Peral.

Poco a poco se va rehaciendo el pueblo de su primer estupor y surgen navajas, tijeras y palos, blandidos con furia por hombres, mujeres y mozalbetes, en tanto que de ventanas y balcones cae una lluvia continua de ladrillos, piedras, muebles y calderadas de agua o aceite hirviendo.

En la Puerta del Sol, probablemente en la esquina con la calle de Alcalá, el pueblo se enfrenta a los mamelucos en una escena que inmortalizó el genial pintor aragonés Francisco de Goya, conocida como La carga de los mamelucos. Junto a la plaza, la iglesia del Buen Suceso sirve de refugio para niños y ancianos, en tanto que las heroicas mujeres y los hombres indomables presentan la primera resistencia sería al invasor. En este punto neurálgico, no mueren sólo los defensores españoles, caen también los orgullosos soldados de Napoleón continuando la lucha durante varias horas.

Entre las 10:00 y las 16:00, Madrid queda sitiada por 30.000 soldados del Ejército imperial francés.

Los soldados españoles permanecen acuartelados, confusos y pasivos, sin órdenes directas del rey, siguiendo las instrucciones del capitán general Francisco Javier Negrete de no beligerancia.



DESFENSA DEL PARQUE DE ARTILLERÍA DE MONTELEÓN

Sin embargo, los artilleros del parque de Monteleón decidieron desobedecer las órdenes y apoyar a la población insurrecta. El capitán Luis Daóiz no se resigna a ver impasible como muere su pueblo; convence a su medio centenar de soldados y entonces se les unen el capitán de artillería Pedro Velarde, el teniente Jacinto Ruiz de Mendoza, el capitán de fusileros Rafael Goicoechea con treinta de sus hombres, y los alféreces de fragata Juan van Halen y José Hezeta. A ellos se suman más de dos o tres centenares de civiles armados llenos de ira y cólera al grito de “¡Viva Fernando VII!” “¡Viva España!”.

Se refugian todos en el Parque de Artillería de Monteléon, situado en el barrio de las Maravillas (hoy barrio de Malasaña). Con ellos se encierra los más valientes vecinos de la ciudad agrupados en dos bandos: manolos (habitantes de los barrios bajos: Rastro, Lavapiés, Puente y calle de Toledo,...) y chisperos (vecinos de los barrios altos: Maravillas, Barquillo, San Antón,....).

Entre todos organizan la defensa; arrastran a brazo los cañones y solo tienen diez granadas. Avanza la columna francesa del general Lefranc y, cuando están a tiro, disparan cañonazos a través de la puerta, para que el estrago sea mayor; aumenta el entusiasmo del pueblo y el enemigo se retira. Aguantan hasta dos embestidas francesas. Pero Murat manda refuerzos numerosos y aquel puñado de valientes muere luchando heroicamente.

A pesar del heroísmo, lleno de casos de sublime patriotismo que se desarrollan en esta gloriosa fecha, a Murta no le cuesta gran trabajo arrollar a la muchedumbre que invade ya calles y plazas. Las tropas francesas que tienen tomadas de antemano posiciones estratégicas, penetran por los diferentes extremos de la capital.

Mientras que la guardia imperial acuchilla a los grupos, se destacan por su crueldad los lanceros y mamelucos, que fuerzan las casas donde suponen les han hecho disparos, degollando a sus habitantes. A última hora de la tarde, los focos de resistencia quedan extinguidos.

Murat publica un bando ordenando el fusilamiento de todo español que sea encontrado con armas de cualquier clase, siendo así fusilados sin formación de causa, centenares de inocentes, simplemente por llevar tijeras o útiles de labranza. El Salón del Prado y la montaña del Príncipe Pío se empapan con la sangre de los mártires de la Independencia, pero también el Retiro y las tapias de la iglesia de Medinaceli. Los cadáveres permanecen varios días al aire, de hecho el 12 de mayo se entierran en la iglesia de San Antonio de la Florida 43 ejecutados hallados en la montaña de Príncipe Pío, mientras que los fusilados en el Prado son enterrados en el lugar donde se alza el monumento de la Plaza de la Lealtad. Francisco de Goya traslada al lienzo aquellos cuadros de horror para asombro de generaciones futuras.

En total hubo más de 400 españoles muertos de los que 149 no eran madrileños, sino gentes venidas de otras provincias en los días anteriores al alzamiento.

Tan ejemplar proclama dada contra el invasor en Madrid, pronto tiene resonancia hasta en el último rincón de España. A los viajeros que salen de Madrid, se les piden noticias sobre los antes olvidados negocios públicos, hasta en los villorrios y caseríos casi despoblados. Se reúnen grupos para leer las cartas que llegan de la heroica villa y estrechándose unos a otros las manos, dan gritos de guerra que se extenderán por toda la nación.

Al día siguiente, el 3 de mayo, en un pueblo cercano a Madrid, Móstoles, sus alcaldes Andrés Torrejón y Simón Hernández reúnen a los vecinos y les arenga: "¡La Patria está en peligro! ¡Madrid perece víctima de la perfidia francesa! ¡Españoles, acudid a salvarla!...". El llamado Bando de Móstoles es el primer manifiesto de insubordinación a las autoridades francesas y una llamada a las armas frente al invasor a los municipios colindantes.

Y es que el pueblo hispano, siempre hidalgo, cortés y hospitalario, no ha consentido nunca que pise como invasor del suelo patrio la plantilla de ningún extranjero.

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por ilustrado el Vie Mayo 02 2014, 23:55

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por ilustrado el Vie Mayo 02 2014, 23:56

EL DÍA DE LA IRA Y DE LA CÓLERA

La sangre y la gloria galoparon juntas por las calles de Madrid aquel 2 de mayo. El pueblo llano se alzó en armas contra Napoleón. Airado por los alardes de un ejército extranjero de 30.000 hombres que ocupa la ciudad y sus arrabales desde hacía mes y medio, el vecindario se echó a la calle con determinación y coraje. “¡Castellanos, alzaos contra el tirano!” gritaban los chisperos que voceaban en los portales para reunir improvisadas tropas. Apenas armadas de palos, trabucos, navajas y cuchillos, las partidas que iban agrupándose detrás de los más arrojados pugnaban desesperadamente por truncar a golpes el designio imperial de ocupar al completo la capital y enseñorearse por el territorio español. El vecindario madrileño consiguió evitarlo durante unas horas.

La premeditada ocupación militar de Madrid por los soldados franceses se detuvo bruscamente. “¡Adelante, adelante!”, se oía gritar a los ancianos que así se dirigían a los jóvenes enardecidos que surcaban las calles en busca de armas. “¡Al arsenal de Monteléon!”, vociferaban estruendosamente.

La poderosa máquina militar francesa, instalada en la villa y tendida en torno a la ciudad desde Getafe hasta Fuencarral y el Retiro, enmudeció paralizada por la sorpresa. La ferocidad se propagó por las calles. Con rabiosas embestidas, hasta quince partidas de vecinos desplegadas por otros tantos barrios de la ciudad, la emprendieron contra los invasores, enviados velozmente al centro de Madrid para sofocar el levantamiento.

Carniceros, guarnicioneros y empleados del matadero, cuchillo en mano, desjarretaban las patas de los caballos de los pomposos dragones de la Emperatriz, cuerpo a tierra los destriparon y apearon imperiosamente a los jinetes sobre el suelo y allí los degollaron. Igual suerte corrieron los temibles mamelucos, turcos egipcianos de salvajes costumbres. Con sus afilados alfanjes, que blandían con admirable destreza, no consiguieron frenar la marea humana que se precipitaba sobre ellos hasta darles muerte.

Hasta 56 reclusos que cumplen penas en la cárcel de la Villa también se ofrecieron a pelear. Dos desaparecieron, otro fue declarado prófugo y hasta 51 regresaron horas después a su encierro tras luchar bravamente. Pero Francisco Pico no volvió. Había peleado con rabia al grito de “¡Libertad, muera Francia!”. Con sus grandes manos descabalgó a un enemigo frente a la iglesia de San Sebastián, en Atocha, pero recibió el acero mortífero del feroz coracero que le atravesó la garganta.

Regueros de sangre surcaron la villa desde el Arco de Santa María, junto a la calle Mayor, donde comenzó la lucha a primera hora de la mañana, hasta la iglesia del Buen Suceso, en Puerta del Sol y el Prado de los Jerónimos.

Densas humaredas ensombrecieron la primaveral mañana. Los humos surgían del parque de Monteleón, al norte de Madrid, donde 16 artilleros al mando del capitán Pedro Velarde, de la Secretaría de la Junta Superior de Artillería, y un considerable gentío de vecinos enardecidos, plantaron allí dos baterías y se hicieron fuertes.

Mujeres y niños de todo Madrid se incorporaron también a la lucha. “¡Mosquetes y munición para todos!”, gritaba a los cuatro vientos Felisa Candela, tabaquera, mientras frotaba un cuchillo jamonero contra el pedernal de una fuente de la calle de San José. A su lado, su hija Micaela lloraba asustada entre sus faldones. El capitán Velarde se acercó a ellas. Cogió a la niña en sus brazos y le dijo a su madre: “Llévatela de aquí, ella tiene que ver un día a España en libertad”. Inmediatamente, volvió junto al cañón que había mandado instalar a la puerta del parque.

Superadas las primeras horas de sorpresa, Murat, lugarteniente de Napoleón en Madrid y cuñado suyo, ordenó el despliegue de miles de infantes y fusileros por la ciudad. Procedían de siete cuarteles del casco madrileño y de otros tantos campamentos de la periferia, desde Getafe hasta Fuencarral. Su principal destino era el parque de artillería.

“¡Zaleos, soltad a los reyes!” voceaba un segoviano apellidado Roldán desde la acera de la calle del Noviciado. A su paso por las calles eran recibidos con graneada lluvia de piedras, muebles y enseres que copiosamente caían sobre ellos desde balcones y terrazas. Un hijo del general Lagrange ha muerto así, descalabrado, en la calle del Barquillo.

La represión contra los paisanos comenzó entonces. Las casas de donde procedían los objetos arrojadizos eran inmediatamente asaltadas y quemadas, alguna con sus moradores dentro. Todo paisano detenido con armas u objetos similares era inmediatamente fusilado. Cada disparo encendía un nuevo chispazo de odio.

El fragor del combate se apoderó de la villa, estremecida de dolor y de rabia. Las más atroces escenas se vivieron en torno al cuartel donde los vecinos y un puñado de artilleros se habían enrocado. Sus cañones disparaban contra los infantes y jinetes franceses. Miles de estos afrontaron el cañoneo y se dispersaron dejando muchas bajas. Sus lamentos surcaban las calles.

“¡Ma mère, ma mère!” gritaba un soldado agonizante a sor Pelagia Revut, una monja nacida francesa del convento de Nuestra Señora de las Maravillas que, con alguna de sus 15 compañeras, más 5 hermanas, asistía en la calle a cuantos habían sido abatidos.

Un marqués de Sástago, con su casaca azul de terciopelo hecha jirones, recorría las callejas próximas a Monteleón llamando a todos a la templanza y a la misericordia. “¡Detenéos, bajad el arma, todos sois hijos de Dios!” gesticulaba el anciano, que fue retirado de un empujón por un chispero irritado. Su gesto se vio sepultado por el de un clérigo de la iglesia de Montserrat que, provisto de un trabuco, la emprendió contra varios oficiales franceses a los que disparó y remató luego. Pero la llegada incesante de refuerzos por la calle Ancha de San Bernardo hizo reagruparse a los ocupantes. Su cerco se hizo cada vez más prieto. El fuego cesó en Monteleón cuando los proyectiles de los sublevados se acabaron. El capitán Velarde recibió un disparo a corta distancia que acabó con su vida.


MANUELA MALASAÑA, UN GRABADO DE ÁLVAREZ DUMONT


En una calle contigua, una jovencita costurera de Vallecas, Manuela Malasaña, acudió en busca de su padre. Juan era panadero, hijo de un francés de Mialet, obispado de Clermont, pero se sentía más de Vallecas que ninguno. Por eso le encolerizó la presencia armada de los franceses en Madrid. Tanto que, esa mañana, se echó a la calle como el primero. “Padre, tenga cuidado” le había dicho Manuela. Pero ella sabía que no le haría caso y por eso le siguió. Su padre estaba en una esquina, cargando un trabuco con tachuelas. Manuela le ayudó a completar la carga. Tras una descarga de fusilería desde un destacamento francés que avanzaba en su contra, muy cerca del parque de artillería, la calle quedó desierta. Padre e hija habían caído con el rostro ensangrentado.

Otros vecinos apuntan, sin embargo, que la joven Manuela falleció tras enfrentarse con sus tijeras de costurera a dos soldados franceses que pretendían abusar de ella cuando la chica regresaba a su domicilio al finalizar su jornada en un taller de costura.

A toda prisa llegó al parque de Monteleón el correo Miguel Álvarez, al que el infante don Antonio de Borbón, tío del ahora rey Fernando VII, en nombre de la Junta que preside, lo enviaba al cuartel para detener los combates. El intento de tregua propuesto duró apenas unos minutos. Se vino abajo por el estruendo de un cañonazo. “¿Quién ha sido?” gritó encolerizado el capitán Luis Daoíz. Lo disparó el chispero Andrés Gómez Mosquera, que no entendió el acercamiento de los parlamentarios a las fuerzas españolas que ocupaban el parque. El general Lagrange, tras el cañonazo procedente del jardín del cuartel sitiado, vio avanzar hacia él al capitán Daoíz. El francés le insultó ignominiosamente: “¡Traitre! ¡Cochon!”, gritó. Indignado por la ofensa, Daoíz sacó su sable y se abalanzó en solitario contra el general, rodeado por una veintena de sus hombres. La escolta asaeteó con sus bayonetas al oficial español hasta dejarle exánime y agonizante sobre el pavimento.

La ira se apodera entonces de los españoles cercados en el parque. Poco a poco van siendo detenidos. El que se niega a someterse es liquidado al instante. Un millar de cuerpos han quedado tendidos por las calles y plazuelas aledañas. Muchos heridos han sido rematados en el suelo. Los vecinos apresados en la refriega han sido escarnecidos e insultados groseramente. “A empellones los conducen hacia el levante de Madrid, se cree que hacia el Buen Retiro”, decía poco después Florencio Bustillo, riojano, profesor en el Real Jardín Botánico.

Los hechos habían comenzado después de la amanecida en torno a la Puerta del Sol. Allí la voz de José de Blas Moreno, agente de confianza del duque del Infantado, mano derecha de Fernando VII, dio la alerta sobre el crimen que se perpetraba: “¡Al arma, al arma! Al infante Francisco de Paula se lo llevan a Francia!” gritaba con denuedo. Aquello despertó a los madrileños que quedaban sin comprometerse contra las tropas que se habían adueñado de la villa.

Al infante le habían precedido poco antes María Luisa, reina de Etruria, antes el ahora rey Fernando VII y su padre, desamistados desde la abdicación de Carlos IV tras la revuelta de Aranjuez por el secuestro de su tan amado general de su Guardia de Corps, el extremeño y valido Manuel Godoy.

Napoleón Bonaparte Romolino, dueño de Europa a sus 38 años, ha exigido la presencia en Bayona del último vástago del rey Carlos para reunir a la Corona hispana, dividida en fronda entre Godoy y Fernando, para cambiar la dinastía de los Borbones por la suya, la de los Bonaparte. Su poderoso ejército ocupa ya media España con el pretexto de cerrar la retaguardia a los ingleses en Portugal y ocuparlo. Mas el engaño ha encolerizado al pueblo. Bonaparte fue ayer desafiado por las gentes sencillas de Madrid. Sus tropas, humilladas. Sus oficiales, apeados a golpes de sus monturas y acuchillados por menestrales y jornaleros. El orgullo del vencedor de Marengo veía pisoteadas sus invictas águilas a manos de aparceros, costureras y picaruelos. El ardiente griterío de las calles en combate, la densa humareda de la fusilería y el rugir de los cañones no permitían ni a la atemorizada nobleza, ni al alto clero, ni al desarmado generalato español, vislumbrar lo que estaba en juego: la independencia de España.

Si lo intuyó con instinto, mismo desde el alba, el vecindario madrileño, harto de la pomposa presencia de su Serenísima Excelencia el lugarteniente y cuñado de Napoleón, Joachim Murat, duque de Berg, emparejado con Carolina, hermana del Emperador, y su formidable aparato militar desplegado en la villa: un mariscal en jefe, Moncey, con 18 generales franceses que, desde el 23 de marzo, rodean con sus tropas Madrid desde Fuencarral hasta Getafe.



DOS DE MAYO EN MADRID, JOAQUÍN SOROLLA


De cada diez soldados de la tropa francesa seis son bisoños. Ocupan ruidosamente varios grandes conventos, templos y cuarteles como el de la plaza de la Cebada o el de San Bernardino, semiabandonados por sus guarniciones españolas, hoy desperdigadas entre Aranjuez y Andalucía o bien acuarteladas en pequeño número y sin munición en el Gobierno militar, en la Puerta del Sol. En las fuerzas ocupantes figuran también veteranos prusianos, irlandeses, italianos y turco-egipcios.

Murat entró en Madrid al frente de sus tropas montado sobre un piafante caballo negro zaíno; el mariscal lucía un vistoso penacho, lustroso uniforme tachonado con hombreras de flecos dorados, brocados de filigrana y cintas que le dotaban de un aspecto especial: “Acollonante” susurró con sorna el marqués de Campoazul entre un grupo de señores sensibles al atavío y al aparato militares. “En el límite de lo ridículo”, al decir de algunas señoras que le vieron cruzar por la calle de Toledo, por donde avanzaba impasible.

Pese a su natural altivez, el semblante del gran mariscal parecía tratar de señalar que la presencia de sus soldados en Madrid había de ser entendida como un episodio tranquilizador, tal y como algunos de sus adelantados habían pregonado entre los corros de curiosos antes de comenzar su desfile por las calles madrileñas. “Viene a pacificar a la dinastía”, comentaba un italiano que fue visto luego conversar con uno del séquito del mariscal.

Una vez que se supo la magnitud de su ejército, los madrileños más avisados empezaron a sufrir la comezón de una inquietud imprecisa, aunque llena de malestar: 47 batallones agrupados en 16 regimientos adscritos a tres divisiones de Infantería, una de Caballería, más cinco baterías de Artillería, de quince piezas cada una de ellas; más la llamada y temible Guardia Imperial. Según cifra de la administración militar francesa, Murat manda una tropa de hasta 29.988 hombres.

Los franceses quedaron asentados en acuartelamientos del Pósito de Recoletos, en el Prado, en San Nicolás y en la plaza de la Cebada. El mismísimo Duque de Berg eligió para sí el palacio de Grimaldi, hasta hace bien poco habitado por Manuel Godoy, caído en desgracia, lugar muy indicado para sus intereses como lugarteniente del Emperador, dada la proximidad al Palacio Real.

Inmediatamente después de instalarse los soldados franceses en los cuarteles de Madrid, el 23 de marzo, comenzaron incidentes de distinto signo: una serie de robos unida a la actitud arrogante de los militares, acentuada por el mutuo desconocimiento de la lengua, más el natural pundonor de los madrileños y, sobre todo, las madrileñas, fue causa de numerosos conflictos. Algunos lo fueron de tanta gravedad que en el Hospital General y del Buen Suceso hasta diez militares franceses murieron y otros cuatro resultaron heridos, en su mayoría, por arma blanca, hecho que subraya la dureza de las reyertas.

Los incidentes se acentuaron cuando la Intendencia de Policía pasó a manos del Ayuntamiento, a finales de marzo. A su timorato corregidor, Pedro de Mora, asistido de 32 regidores dados a desaparecer ante situaciones complicadas, le fueron encomendados los preparativos para el recibimiento oficial al rey Fernando VII. Además, le correspondió aposentar y avituallar a los 12.000 foráneos que se instalaron dentro de Madrid.



LA CAPITULACIÓN DE MADRID, EFECTUADA POR LOS VECINOS EL 4 DEL 12 DE 1808 ANTE NAPOLÉON, DE ANTOINE-JEAN GROSS


El hallazgo de intérpretes resultó ser una tarea imperiosa, habida cuenta de la presencia de naturales de Polonia, Egipto, Irlanda, Italia, Suiza y Holanda, y de otros pueblos, entre la gente de armas francesa. Los traductores se hallaron en las Guardias Valonas del Cuartel del Conde Duque, que percibieron 22 reales surtidos por las arcas del Ayuntamiento, pero el apremio de las demandas de los soldados, entre largas esperas y la lentitud, explicable, en su satisfacción, generaba no pocos y peligrosos malentendidos. “Encima nos exigían que tuviéramos leña en nuestras casas”, contaba Damián Acosta, getafense, al que le cayó encima el alojamiento de un sargento mayor de Dragones. “Un imbécil de Grenoble, que sólo come queso manchego”, añadía.

Crecía de manera inquietante la suspicacia de los madrileños, forzados anfitriones de una turba de aquel tamaño con su impedimenta, pertrechos, munición, armas y costumbres consideradas generalmente impías y poco respetuosas con los usos locales. Madrid se hallaba, a la sazón, en los albores de la Semana Santa y la suspicacia francesa, dados los continuos roces que paulatinamente se iban generando en las calles, tabernas y comercios, llevó al cierre de numerosos templos, con el consabido enfado de los fieles y el enardecimiento de la baja clerecía que, en sus sermones, se hacía eco del malestar de los vecinos. “¡La impiedad ha ocupado la España!”, bramaba santiguándose ante un grupo de fieles el viernes Santo fray Honorio de la Cruz, un monje que moraba en la iglesia Real de la Virgen de Atocha.

Aposento y abasto de los franceses resultan medidas muy lesivas para los madrileños, habida cuenta de la estrechez de las casas de los vecinos, en las que se dispuso que la mayor parte de la tropa francesa se albergase. La forzosa cohabitación no preludiaba nada bueno: el 12 de abril, Andrés López, párroco de una iglesia de Carabanchel, dio muerte a puñaladas a un capitán del Ejército de Napoleón alojado en su casa. En un primer momento, el párroco se salvó de morir por la protección eclesial, si bien los vecinos de su parroquia sufrieron crueles represalias a manos francesas.

El 26 de abril, Antonio López, moledor de cacao, había apuñalado a un soldado francés en la plaza de Antón Martín. “Estos pícaros venían aquí a saquear los templos del Dios verdadero”, adujo López en su favor ante el juez que trató su caso.

¿Qué va a pensar Europa, sojuzgada por Bonaparte, si mira hacia la vieja capital española? Humillar al invicto desde 1796, es posible, como Madrid ha mostrado. También será posible, algún día, derrotarle.



EL 3 DE MAYO DE 1808, POR VICENTE PALMAROLI

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por ilustrado el Jue Abr 30 2015, 19:53

PRINCIPALES ESCENARIOS DEL DOS DE MAYO



Los alrededores del Palacio Real, Sol, el parque de artillería de Monteléon y El Prado fueron los puntos principales en el desarrollo de esta efeméride histórica.

Estos son algunos extractos del relato de los hechos procedentes de la monumental Historia de España por Modesto Lafuente, un historiador liberal cuya magna obra compuesta de 30 volúmenes se publicó entre 1850 y 1867.


1- El Palacio Real, la chispa que prendió la mecha

“Grupos de hombres y mujeres, entre los cuales muchos paisanos de las cercanías de Madrid que se habían quedado la víspera, fueron llenando la plaza de palacio, de donde habían de partir las infantas. A las nueve salió el carruaje que conducía a la reina de Etruria y sus hijos, sin oposición y sin sentimiento de nadie, ya por mirársela como una princesa extranjera, ya por ser del partido contrario a Fernando.

Difundieron los criados de palacio la voz de que el infante don Francisco, niño todavía, lloraba porque no quería salir de Madrid. Enterneció esto a las mujeres y excitó la ira de los hombres. A tal tiempo se presentó en la plazuela el ayudante de Murat Lagrange y calculando el pueblo que iba a apresurar la retrasada partida, se levantó un general murmullo.

Cuando el combustible está muy preparado, una chispa basta para producir un incendio. Al grito de una mujer anciana: ¡Válgame Dios, que se llevan a Francia todas las personas reales! Lanzóse la multitud sobre el ayudante del gran duque, que habría sido víctima del furor popular, a no haberle escudado con su cuerpo un oficial de guardias walonas (…)

Murat, que no vivía lejos y pudo saber lo que cerca del palacio pasaba, envió un batallón con dos piezas de artillería. El modo que tuvo esta tropa de contener el alboroto fue hacer una descarga sin previa intimidación sobre la indefensa muchedumbre, que irritada más que aterrada se dispersó derramándose por toda la población, gritando y excitando a la venganza”.
 
 
 
 

2- Un inmenso gentío en la Plaza del Sol

“Instantáneamente se vio a los moradores de la capital lanzarse a las calles, armados de escopetas, carabinas, espadas, chuzos y cuantos instrumentos ofensivos pudo cada uno haber a las manos, y arrojarse con ímpetu y denuedo sobre cuantos franceses encontraban, especialmente contra los que hacían fuego o intentaban unirse a sus cuerpos (…)

En el centro de la población el gentío era inmenso, y los inexpertos habitantes creyeron por un momento asegurado su triunfo. Poco les duró aquella ilusión.

Murat, que estaba acostumbrado a pelear, así en los campos de batalla como en las calles y plazas de las grandes poblaciones, y que tenía sus tropas estratégicamente acantonadas y preparadas para un caso que no le era imprevisto, ordenó los movimientos de sus huestes, de modo que penetrando por los diferentes extremos de la capital y confluyendo por las principales calles al centro, fueron arrollando a la muchedumbre, en tanto que la guardia imperial mandada por Daumesnil acuchillaba los grupos y los lanceros polacos y mamelucos, que se señalaron por su crueldad, forzaban las casas donde les hacían o suponían ellos hacerles fuego y las entraban a saco y degollaban a sus habitantes…”




3- La resistencia del Parque de artillería de Monteleón

“Encerrada en sus cuarteles la tropa española por orden de la Junta y del capitán general don Francisco Javier Negrete, estaba inactiva por obediencia, aunque rebosante en disgusto y enojo. Grupos de paisanos se dirigieron en tropel al parque de artillería con el objeto de apoderarse de los cañones y prolongar así su desesperada resistencia.

La voz de haber asaltado los franceses uno de los otros cuarteles, movió a los artilleros ya fluctuantes, a decidirse a tomar parte con el pueblo: y puestos al frente los valerosos oficiales don Pedro Velarde y don Luis Daoíz, y haciendo sacar tres cañones, y sostenidos por los paisanos y por un pique de infantería mandado por un oficial llamado Ruiz, se propusieron rechazar al enemigo, logrando al pronto rendir un destacamento de cien franceses. Más luego cargó sobre ellos la columna de Lefranc, y empeñose un rudo combate, hiciéronse mortíferas descargas, perecieron muchos de uno y otro lado, cayendo desde el principio mortalmente herido el oficial Ruiz, murió gloriosamente el intrépido Velarde atravesado de un balazo.

Los medios de defesa escaseaban y los franceses cargaron a la bayoneta. No valió a los nuestros hacer demostraciones de rendirse, el enemigo se arrojó sobre las piezas, dio muerte a algunos soldados y despiadado acabó a bayonetazos con dos Luis Daoíz.”




4- El Salón del Prado se tiñe de sangre

“Llegó la noche y solo interrumpía su pavoroso silencio el estampido del cañón que de cuando en cuando resonaba, o el ruido de la fusilería que descargaba sobre los infelices que en pelotones o amarrados de dos en dos eran pasados por las armas sin oírles descargo ni defensa, junto al salón del Prado, en el sitio que hoy se levanta un fúnebre trofeo, monumento triste y glorioso, que está recordando y recomienda a la posteridad el patriotismo de los que allí fueron sacrificados, y es padrón de afrenta para los inhumanos sacrificadores.

Todavía en la mañana siguiente fueron inmolados en la montaña del Príncipe Pío algunos de los arrestados la víspera. Tal remate tuvo el movimiento popular del día Dos de Mayo en Madrid, día eternamente memorable en los fastos españoles.

Los nombres de Daoíz, y Velarde se hallan con justicia esculpidos con letras de oro en el santuario de las leyes.”



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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Jue Abr 30 2015, 20:15


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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por SERGIO ESPAÑOL DE BCN el Jue Abr 30 2015, 20:34


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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por HispanoCortés501 el Sáb Mayo 02 2015, 01:08

El día 2 de Mayo debería de ser festivo en toda España por que representa el inicio de la rebelión española contra Napoleón cuando el resto de los países de Europa no se atrevían a llevar la contraria a Francia.

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por BRUC el Sáb Mayo 02 2015, 07:28

@HispanoCortés501 escribió:El día 2 de Mayo debería de ser festivo en toda España por que representa el inicio de la rebelión española contra Napoleón cuando el resto de los países de Europa no se atrevían a llevar la contraria a Francia.
Debería ser festivo en toda Europa.

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por wad ras el Sáb Mayo 02 2015, 11:25

"Es preciso batirnos; es preciso morir; vamos a batirnos con los franceses."

Teniente Velarde.

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Re: Levantamiento popular del Dos de Mayo

Mensaje por ilustrado el Jue Jun 11 2015, 11:43

LITERATURA ÉPICA DEL DOS DE MAYO


El primer poeta en difundir esta heroica hazaña fue el sacerdote y escritor zamorano Juan Nicasio Gallego, diputado de las Cortes de Cádiz que proclamaron la Constitución de 1812. Vivió aquellas horas febriles siente todo el horror, dolor y deseo de venganza, a pesar de sus hábitos sacerdotales en una gloriosa Elegía al Dos de Mayo. El mejor poema que sobre los hechos se escribiera y que tuvo diecisiete ediciones en el siglo XIX. Tal es el arrebato romántico y a la vez clásico de su expresión de dolor:


¡Horrible atrocidad!... Treguas ¡oh musa!
Que ya la voz rehúsa
embargada en suspiros mi garganta.
Y en ignominia tanta,
¿será que rinda el español bizarro
la indómita cerviz a la cadena?
No, que ya en torno suena
de Palas fiera el sanguinoso carro,
y el látigo estallante
los caballos flamígeros hostiga.
Ya el duro peto y el arnés brillante
visten los fuertes hijos de Pelayo.
Fuego arrojo su ruginoso acero:
¡Venganza y guerra! resonó en su tumba;
¡Venganza y guerra! repitió Moncayo;
Y al grito heroico que en los aires zumba,
¡Venganza y guerra! claman Turia y Duero.
Guadalquivir guerrero
alza al bélico son la regia frente,
y del Patrón valiente
blandiendo altivo la nudosa lanza,
corre gritando al mar: ¡Guerra y venganza!
¡Oh sombras infelices
de los que aleve y bárbara cuchilla
robo a los dulces lares!
¡Sombras inultas que en fugaz gemido
cruzáis los anchos campos de Castilla!
La heroica España, en tanto que al bandido
que a fuego y sangre, de insolencia ciego,
brindo felicidad, a sangre y fuego
le retribuye el don, sabrá piadosa
daros solemne y noble monumento.
Allí en padrón cruento
de oprobio y mengua, que perpetuo dure,
la vil traición del déspota se lea,
y altar eterno sea
donde todo español al monstruo jure
rencor de muerte que en sus venas cunda,
y a cien generaciones se difunda.


En 1810, el poeta madrileño, ex oficial de artillería y diplomático, Juan Bautista Arriaza escribió una Oda heroica: El 2 de mayo de 1808 en la cual exalta como insignia hispana al fiel Daoíz, al leal Velarde, que no supieron sin honor vivir.

En ella expresan la sangre del insurrecto derramada, el espíritu de independencia y el deseo de venganza en aquel día de cólera:

Día terrible, lleno de gloria,
lleno de sangre, lleno de horror,
¡nunca te ocultes a la memoria
de aquel que tenga patria y honor!

Este es el día en que con voz tirana
“¡Ya sois esclavos”, la ambición gritó.
Y el noble pueblo, que le oyó indignado,
“¡Muertos, sí”, dijo, “pero esclavos, no!”

El hueco bronce, asolador del mundo,
al vil decreto se escuchó tronar;
mas el puñal, que a los tiranos turba,
¡aún más tremendo comenzó a brillar!

Esos que veis que maniatados llevan
al bello Prado, que el placer formó,
son los primeros corazones grandes
en que su fuego libertad prendió.

Vedlos cuán firmes a la muerte marchan,
y el noble ejemplo de morir nos dan.
¡Sus cuerpos yacen en sangrienta pira!
¡Sus almas libres al Empíreo van!

Por mil heridas sus abiertos pechos,
oíd cuál gritan con horrenda voz:
“¡Venganza, hermanos, y la madre España
nunca sea presa de invasor feroz!”

Entre las sombras de tan triste noche
este gemido se escuchó vagar:
“Gozad en paz, ¡oh, del suplicio gloria!
¡Aun brazos quedan que os sabrán vengar!”

Pero no contento con esto escribió varios himnos que enardecían y glosaban los ejércitos victoriosos de la Provincia de Madrid.

Otro literato y también capitán de infantería madrileño fue Cristóbal de Beña quien escribió en 1812 una Memoria del Dos de Mayo cuyo coro y primera estrofa dicen así:

¿Quién reprime su enojo y su llanto
recordando aquel fúnebre día,
que la noche con cárdeno manto,
empapado de sangre, cubrió?
¿Cuándo Mantua a sus hijos veía
oponer a la bárbara gente
la desnuda, la impávida frente,
Que el tirano del orbe arredró?

Cien falanges, de acero cubiertas,
avezadas al pérfido halago,
no creyeron que frágiles puertas
abrigasen valor sin igual;
y, sedientas de ruinas y estrago,
de su rostro la máscara tiran,
y en las calles, frenéticas, giran
esgrimiendo el oculto puñal.

Beña ironizaba de forma burlona a La Marsellesa en esto cuatro versos:

A las armas corred, españoles
de la gloria la aurora brilló,
la nación a los viles esclavos
las banderas sangrientas alzó.

Las poesías de Gallego, Arriaza y Beña, escritas durante el transcurso la Guerra de la Independencia fueron las pioneras de una temática que se desarrollaría con pasión y gloria en los sucesivos años. Numerosos son los poetas de ensalzan el Dos de Mayo: Espronceda, Navarro Villoslada, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Amparo López de Baño, Hartzenbusch, Zorrilla, Zea, López García, Villergas, De-Gabriel, Corrandi, Ramírez (Braulio Antón), Tejado, Ribot y Fontseré, el Marqués de Torreorgaz, Romero y Larrañaga, Albuerne, Villanueva, el general Guillén Buzarán, Rodríguez García (Arcadio), Olave, etc. Todos ellos creyeron en el deber patriótico-literario de difundir unos versos aconsonantes como por ejemplo Velarde con arde, Mayo con desmayo o con los hijos de Pelayo, o Daoíz con oíd.

Los héroes Daoíz y Velarde son recordados en el Memorial histórico de la Artillería española, del general y escritor Ramón de Salas, y de la Reseña histórica del 2 de Mayo de 1808, escrita por Rafael Arango. Este último fue teniente de Artillería que tomó parte en la defensa del parque de Monteleón, sin alcanzar la justa celebridad que por este hecho merece.

En 1840, el más romántico de los poetas españoles, José de Espronceda, escribió un poema, Al Dos de Mayo, que generalmente se acepta como conmemorativo. Pero es un error ya que dicho poema no tiene ninguna relación con tan luctuosos hechos sino con los sucesos políticos que en las Cortes de 1840 ocurrieron.

En 1855, el sacerdote Manuel José Quintana no se sintió concernido por los héroes madrileños y se conformó con exaltar a las Provincias españolas armadas contra los franceses, quizá alejado del calor de la lucha, grita su Despierta España y saluda a:


Asturias que fue quien arrojó primero
los ecos liberadores
vuelan, cruzan, encienden
los campos olivíferos del Betis,
y de la playa Cántabra hasta Cádiz...
álzase España

Se refería a la España organizada en Juntas provinciales en todos los lugares de más de dos mil vecinos.

Otro sacerdote que se encontraba en Madrid fue el sevillano José María Blanco que huyó en cuanto pudo a su ciudad natal, sin tener un recuerdo para los mártires madrileños; quizá por compromiso escribió La Oda a la instalación de la Junta Central de España y las Indias a quienes no aprecia, excepto a su presidente Francisco Arias Saavedra y, seguidamente, huye por Cádiz a Inglaterra donde murió, habiéndose pasado al anglicanismo y luego al unitarismo.

Los militares y escritores del siglo XIX siempre creyeron elogiar las hazañas de sus compañeros. Es el caso de Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, teniente coronel de Artillería y ex gobernador civil de Málaga, quien ha consagrado para entrelazar los gloriosos recuerdos del Conde de Gazola, fundador del Colegio de Artillería, cuyo soneto dice así:


Truena el cañón, intrépido Velarde
corre a afrontar la muerte en la pelea;
el acero en su diestra centellea;
fuego divino en sus miradas arde.

Muere, de patrio amor en santo alarde,
que Europa un día con asombro vea;
signo de paz el extranjero ondea,
y Daoiz sucumbe a su traición cobarde.

Rásgase entonces el alto firmamento,
y del egregio Conde de Gazola
suena la augusta voz: “¡Sublime día!”
exclama en celestial arrobamiento.

¡Estos mis hijos son: ésta la sola
ventura que restaba al alma mía!
¡Tu inspiraste, señor, tan grande hazaña!
¡Siempre en mis hijos las encuentre España!

Otro ex oficial de Artillería, José Navarrete, en 1860 recordó el generoso brío característico del militar español al contemplar, a la entrada de Madrid, el sencillo monumento dedicado a la jornada del Dos de Mayo:

Alta hazaña, en que probamos,
más de medio siglo atrás.
Que si laureles ganamos,
vencedores, alcanzamos,
si somos vencidos, más.

El jienense Bernardo López García fue uno de los poetas andaluces más reconocidos del siglo XIX. Su patriótica Oda al Dos de Mayo se publicó en 1866 en el periódico El eco del país, para el que era redactor. Su éxito fue tan clamoroso que alcanzó una gran popularidad en toda España, hasta el punto que se le comenzó a identificar como “el cantor del Dos de Mayo”. Empiezan sus décimas con:

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes pendones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron;
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que, libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona!

Doquiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
contando tu valentía.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África, que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantada esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones.
Nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.
Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial.

En tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque, indómitos y fieros,
saben hacer sus vasallos
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros.

Y aún hubo en la tierra un hombre
que osó profanar tu manto.
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!
Sin que el recuerdo me asombre,
con ansia abriré la historia;
¡presta luz a mi memoria!
y el mundo y la patria, a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que, en su delirio profundo,
cantando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

Continúa describiendo de este modo el entusiasmo bélico de los españoles que defendían la independencia nacional. El grupo de rock nacional Estirpe Imperial puso música a la letra de esta oda bajo el título Guerra al invasor:

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!

La virgen, con patrio ardor,
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y, cuando calmado está,
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!"

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!

¡Mártires de la lealtad,
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad,
¡en la tumba descansad!
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que, hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero!

Un poco más tarde, en 1868, el cordobés Antonio Fernández Grilo, movido por cierta efeméride crea El Dos de Mayo con la emoción en el tiempo, el recuerdo de lecturas. El poema es estimable y mantienen la llama heroica y culta.

Y ya en el siglo XX, el conde de Miraflores de los Ángeles, Fernando Villalón, perteneciente a la generación del 27 dedicó en 1927 un precioso y breve romance exaltando los garrochistas de las Marismas de su Andalucía la baja, como había hecho Arriaza en el himno Los lanceros de Jerez con música de F. Sor.

Casi medio siglo posterior para conmemorar una efeméride, el santanderino Gerardo Diego, poeta, músico y catedrático exaltó a su coterráneo, el capitán Velarde, de Muriedes, en el poema Dos de Mayo poniendo de relieve un mundo heroico y poético en que se aúnan vida, libertad, sacrificio, muerte y gloria.


Toda la vida cabe entre dos hojas,
entre un 2 y un 3 de mayo.
La vida, el heroísmo, la ilusión,
la libertad y la muerte.
Mas, ¿no es la muerte libertad suprema?
¿No es ilusión el heroísmo?

No quiero ver el 2 de mayo
ni con ojos de Goya o su criado
ni con la telescópica retórica
de los poetas del Rey Deseado.
Sino visión directa y espectral,
ultravisión más allá de la Puerta
abierta del Sol.
Sin colorines majos, mamelucos,
sin oleosos epítetos
ni gritos roncos de herida venganza.
Visión del alma calibrada al alma
-inmensade
la madre Madrid de libertad.

Gracias a ti, Madrid de todos,
castiza no, sí abierta,
universal por española,
gracias a ti, España tuvo centro,
centro de gravedad,
centro de floración,
centro de libertad,
centro de majestad.

De abajo arriba irrumpe el tallo humano
y estalla en flor total de rebeldía.
Y las acacias que ese día florecían,
salpicadas de sangre sus melenas,
sacuden delirantes sus cadenas.

Y el 3 de mayo luego,
la salida a la vida por la muerte,
semilla de martirio en los derrumbos.

Y allá en Muriedas, paz de mi horizonte,
un pino redondea
su oreada sombra al blasón de Velarde.
Verdor perenne, historia que es niñez.


El toledano José García Nieto, en un soneto clásico Dos de Mayo, siente el horror que invade su alma al pasear por el Salón del Prado ya que, en su Plaza de la Lealtad, se sobrecoge con el recuerdo de los viles fusilamientos de aquella noche triste.

Por último, el también toledano Rafael Morales puso de relieve el contraste de la madrileña primavera de 1808 transformada cruelmente en triste y sangrienta lucha que jamás se olvidará en un soneto exacto Dos de mayo, Madrid, la primavera, escrito en 1943.

Terminada la anterior exposición de poesía culta, las clases bajas también crearon coplas, seguidillas, romances, poesías de todo tipo sobre heroicas acciones de Madrid, Cádiz, Gerona, Zaragoza, etc. Es la poesía popular de la Guerra de la Independencia, en general, y del Dos de Mayo, en particular.

Hombres y mujeres, para enardecerse a sí mismos, cantaban con desenfado en medio del horror:

¡Viva la alegría!
¡Viva el buen humor!
¡Viva el heroísmo
del pueblo español!

Para no perder la esperanza, se acuerdan de sus santos y vírgenes:

Ya vienen las provincias
arrempujando
y la Virgen de Atocha
trae a Fernando.

Canciones que traen anhelo de victoria eterna:

Napoleón subió al cielo
a pedir a Dios la España,
y le respondió San Pedro:
¿Quieres que te rompa el alma?

Nunca se olvidó el pueblo de la brevedad del reinado de José I Bonaparte:

Anda, salero,
no durará en España
José Primero.

Y algunos, como las manolas de la calle Barquillo, se mofan de él:

El día de su santo
a José Primero
le dejaron obscuras
los faroleros.




CARICATURA A JOSÉ I CON EL PAREADO:

"NI ES CABALLO, NI LLEGUA, NI POLLINO, EN EL QUE VA MONTADO, QUE ES PEPINO"

Continúa la burla a José I. Por utilizar monóculo unos le llaman tuerto y otros borracho:

Ya se fue por las Ventas
el rey Pepino
con un par de botellas
para el camino.

Pepe “el botella” el enemigo de todos, y hasta los niños crearon canciones infantiles de verdadero valor onomatopéyico, como esta en la que imitaba el canto del gallo:

¡Franceses vienen!
¿Cuántos son, di?
Son más de mil...
¡Triste de mí...!

Los más ilustrados, hasta se burlaban de su lengua:

Dicen que el Murat
está acostumbrado al fuego;
digo: ¡si tendrá costumbre
quien ha sido cocinego!

Y ennoblecen el insulto con su heroísmo, dignificando los guerrilleros que glorificaron a María por su ayuda:

El día de la Virgen
de los Dolores
vencieron los brigantes
a los dragones.

Los brigantes en su sentido neto francés, también llamados bandoleros por los españoles (los guerrilleros) una vez más se mofaban del ¿invicto? Napoleón:

La Virgen del Pilar dice
que no quiere ser francesa
que quiere ser capitana
de la tropa aragonesa.


ALUSIÓN A JOSÉ I BONAPARTE EL PAREADO:

"CADA CUAL TIENE SU SUERTE, LA TUYA ES DE BORRACHO HASTA LA MUERTE"

 Volviendo a los sucesos del Dos de Mayo madrileño:

¡Paredes del verde Prado,
murallas del Buen Retiro,
cuántas almas inocentes
murieron en vuestro sitio!

En ocasiones los poetas cultos se sintetizaban con los populares y surgieron poemas bellísimos. Lanceros y cuidadores, pastores de toros, caballistas, hombres del pueblo, centauros aldeanos que vivían sobre el caballo cuidando el icono hispánico y mediterráneo: El Toro.

La musa popular recordaba a un lancero perteneciente a la guerrilla de don Julián:


Es mi novio un lancero
de don Julián.
Si él me quiere mucho
yo le quiero más.

Este don Julián, fue un líder salmantino que dirigía a un grupo de guerrilleros en el ejército de Wellington, por Castilla:

Cuando Don Julián Sánchez
monta a caballo
se dicen los franceses
¡ya vienen el diablo!

Los guerrilleros de Jerez se enfrentaron ferozmente victoriosos en Bailén contra Dupont e inspiraron a Fernando Villalón. Son todos guerrilleros capitaneados por don Jerónimo Merino:

Desde que el cura Merino
se ha metido a guerrear
los asuntos de España
van marchando menos mal.

Incluso las mujeres de la Cádiz liberal que reunida en Cortes redactó la Constitución de 1812 se mofaban de las tropas napoleónicas en esta seguidilla simple:

Con las bombas que tiran
los fanfarrones
hacen las gaditanas
tirabuzones.

A veces utilizaban una forma poética tan arcaica que hunde sus raíces en la antigüedad centro africana.

Síguela, síguela,
guerrillero de Saormil,
síguela, síguela,
yo te daré mi fusil.

Algunas composiciones lírico musicales fueron, por ejemplo, el himno que para el primer I Aniversario escribió Antonio Saviñón, para ser cantado para renovar la augusta memoria, y las loas líricas, abundantes en el teatro, inspiradas por el glorioso recuerdo como El Dos de Mayo de 1808 de Leopoldo Vázquez. En 1908, el maestro Federico Chueca escribió un magnífico pasodoble: El Dos de Mayo.


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