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Morir mal (I)

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Morir mal (I)

Mensaje por URSINO el Miér Mayo 06 2015, 19:58

AQUELLOS QUE VIVEN MAL SUELEN MORIR MAL • FUENTE: IN NOVISSIMIS DIEBUS

Cristopher Fleming

El librito de San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, titulado Preparación para la Muerte es un texto que me impactó muchísimo la primera vez que lo leí. Recuerdo que me ayudó a poner las cosas en perspectiva, y me di cuenta de que no hay absolutamente nada más importante que morir en gracia. En el momento de la muerte no enfrentamos a nuestro destino final: la salvación o la condenación. Y es para siempre.
San Alfonso María, haciendo eco de las Escrituras, tiene serias advertencias para los pecadores que no aprovechan el tiempo de su vida mortal para enmendarse y vivir santamente. Como norma, dice este santo, aquellos que viven mal suelen morir mal. 
Para salvarte, hermano mío, debes abandonar el pecado. Y, si algún día has de abandonarle, ¿por qué no le dejas ahora? ¿Esperas, tal vez, se acerque la muerte? Pero ese instante para los obstinados no es tiempo de perdón, sino de venganza.
Describe en el capítulo VII, punto II, la muerte desdichada de los hombres que, lejos de preparse santamente para morir bien, han persistido en su pecado:
Ved como esos insensatos aman su locura mientras viven; pero en la muerte abren los ojos y reconocen su pasada demencia. Mas solo les sirve eso para acrecentar su desconfianza de poner remedio al daño. Y muriendo así, dejan gran incertitumbre sobre su salvación.
Dios ha querido confirmar esta enseñanza sobre la muerte de los pecadores obstinados con ejemplos muy notables. Uno de ellos, que se puede leer en el segundo libro de los Macabeos, capítulo IX, es la muerte del rey Antíoco, perseguidor de los judíos y profanador del Templo. La historia es espeluznante. Así dice la Escritura:
La venganza del cielo lo perseguía, pues en su orgullo había dicho: «En cuanto llegue a Jerusalén, convertiré a esa ciudad en la tumba de los judíos». Pero el Señor Dios de Israel, que lo ve todo, lo castigó con una llaga incurable y horrible a la vista. No acababa aún de pronunciar esas palabras, cuando contrajo un malestar a los intestinos, sin esperanza de curación, con agudos dolores al vientre. Era eso muy justo, porque había desgarrado las entrañas de otros en medio de suplicios crueles e increíbles.
No disminuyó con eso, sin embargo, su insolencia y, repleto siempre de orgullo, avivó más aún el fuego de su cólera contra los judíos, ordenando que se acelerara la marcha. De repente cayó de su carro, y fue tan violenta la caída que se dislocaron todos los miembros de su cuerpo. Poco antes se consideraba un superhombre, listo para dar órdenes a las olas del mar o para pesar en una balanza la masa de las montañas: ahora estaba tirado en tierra y tenían que llevarlo en una camilla. Entonces resplandeció a los ojos de todos el poder de Dios. Del cuerpo de ese impío que aún estaba vivo salían gusanos, sus carnes se desprendían a pedazos en medio de atroces dolores, y el hedor de la podredumbre que salía de él molestaba a todo el ejército. Debido a esa hediondez insoportable nadie podía ahora estar cerca de aquel que antes parecía tocar los mismos astros del cielo…
Así fue como ese asesino, ese blasfemo, pasó por terribles sufrimientos, tal como se los había hecho experimentar a otros, antes de morir de una muerte miserable en una tierra extraña, en medio de las montañas.
Otro enemigo de Dios de las Escrituras que sufrió una muerte acorde a su pecado fue Herodes, apodado “El Grande”, el mismo que, queriendo asesinar a Nuestro Señor, cometió la masacre de los Santos Inocentes. Según el historiador Flavio Josefo, este rey murió entre dolores espantosos de hígado, espasmos intestinales y gangrena de los genitales (no hace falta que entre en detalles).
La muerte de los grandes herejes de la historia de la Iglesia también ha sido terrible, en correspondencia con la enormidad de su pecado. Con esto Dios ha querido no solamente castigar al pecador que se ha enquistado en el error, sino darnos un ejemplo para alejarnos de sus falsas doctrinas. Una muerte especialmente horrible le fue reservada al presbítero Arrio, quizás el heresiarca más notorio de todos los tiempos. El relato de la muerte de Arrio lo tenemos de nada menos que su gran adversario, San Atanasio, quien escibió lo siguiente en una carta a un compañero del episcopado. Creo que merece la pena leerlo en su totalidad.
Usted me ha pedido que le diga acerca de la muerte de Arrio.
Debatí conmigo mismo por mucho tiempo acerca de si debía o no darle una respuesta, temo que alguien podría pensar que estaba tomando el placer en su muerte. Pero, puesto que ha habido un debate entre sus colegas sobre la herejía arriana – en la que se planteó la cuestión de si Arrio fue o no restaurado a la iglesia antes de morir – Creo que es necesario dar el relato de su muerte. De esta manera su pregunta será puesta a descansar, y, al mismo tiempo, silenciará a los que son contenciosos. Mi conjetura es que, cuando las increíbles circunstancias que rodearon su muerte se dieron a conocer, incluso aquellos que plantearon estas preguntas ya no cabe duda de que la herejía arriana, es odiosa a los ojos de Dios.
Yo no estaba en Constantinopla cuando murió, pero el presbítero Macario estaba allí, y me enteré de lo que ocurrió por él.
Arrio, a causa de sus amigos políticamente poderosos, había sido invitado a comparecer ante el emperador Constantino. Cuando llegó, el emperador le preguntó si él sostenía o no las creencias ortodoxas de la Iglesia universal. Arrio declaró bajo juramento que si, y dio cuenta de sus creencias por escrito. Pero, en realidad, estaba torciendo las Escrituras y no fue honesto acerca de los puntos de la doctrina por la que había sido excomulgado. 
Sin embargo, cuando Arrio juró que no sostenía los puntos de vista heréticos por la que había sido excomulgado, Constantino le despidió, diciendo: “Si tu fe es ortodoxa, ha hecho bien en jurar, pero si tus creencias son heréticas, y has jurado falsamente, que Dios juzgue de acuerdo a tu juramento.”
Cuando Arrio dejó el emperador, sus amigos querían de inmediato restaurarlo a la iglesia. Sin embargo, el obispo de Constantinopla (un hombre llamado Alexander), se resistió, y explicó que el inventor de tales herejías no se le debía permitir participar en la comunión. Pero los amigos de Arrio amenazaron al obispo, diciendo: “De la misma manera que lo llevaron ante el emperador, en contra de sus deseos, así mañana – aunque sea en contra de sus deseos -. Arrio tendrá comunión con nosotros en esta iglesia”, ellos dijeron esto en un sábado.
Cuando Alejandro escuchó esto, se angustió mucho. Entró en la iglesia y extendió las manos delante de Dios, y lloró. Cayendo sobre su rostro, oró: “Si Arrio se le permite tomar la comunión mañana, déjame que tu siervo se aparte, y no destruya lo que es santo, con lo que no es santo. Pero si Tu vas a preservar a Tu iglesia (y yo sé que Tu vas a preservarla), toma nota de las palabras de los amigos de Arrio, y no dé su herencia para destrucción y reproche. Por favor, elimina a Arrio de este mundo, para que no entre en la iglesia y lleve su herejía con él, y el error sea tratado como si fuera verdad.” Después de que el obispo terminó de orar, se retiró a su habitación muy preocupado.
A continuación, algo increíble y extraordinario sucedió Mientras que los amigos de Arrio hicieron amenazas, el obispo oró. Pero Arrio, quien hacía afirmaciones salvajes, inesperadamente se puso muy enfermo. Urgido por las necesidades de la naturaleza se retiró, y de repente, en el lenguaje de la Escritura, “cayendo de cabeza, se reventó por el medio”, e inmediatamente murió donde lo pusieron. En un instante, se le privó no sólo de la comunión, sino de su propia vida.
Ese fue el final de Arrio.
Sus amigos, abrumados por la vergüenza, salieron y lo enterraron. Mientras tanto, el obispo bendijo Alexander, en medio del regocijo de la iglesia, celebró la comunión el domingo con la santidad y la ortodoxia, la oración con todos los hermanos. Ellos en gran medida glorificaron a Dios, no porque estuvieran tomando alegría en la muerte de un hombre (¡Dios no lo quiera!), porque “está establecido para los hombres que mueran una vez”, sino porque este asunto se había resuelto de una manera que trasciende los juicios humanos.
Porque el Señor mismo había decidido entre las amenazas de los amigos de Arrio y las oraciones del obispo. El condenó la herejía arriana, demostrando ser digno de la comunión con la Iglesia. Dios dejó claro a todo el mundo, que aunque el arrianismo podría recibir el apoyo del emperador e incluso a toda la humanidad, sin embargo, debía ser condenado por la Iglesia.
San Atanasio pasa discretamente por encima del incidente en el retrete. Sin embargo, es un hecho histórico  bastante seguro que Arrio sufrió algo parecido a lo que ahora se llama prolapso intestinal, cuando se produce una hemorragia interna y los intestinos se salen por el recto. ¡Menudo final! En el icono de abajo se aprecia al hereje en el retrete, con los intestinos saliéndose por el recto. 



La muerte ignominiosa de Arrio
La lección no podía ser más clara.
Termino con las palabras de San Alfonso María:
Necedad es no querer pensar en la muerte, que es segura, y de la cual depende la eternidad. Pero aún es mayor necedad pensar en la muerte y no prepararse para bien morir. Haced ahora las reflexiones y resoluciones que haríais si estuvieseis en ese trance. Lo que ahora hiciereis lo haréis con fruto, y en aquella hora será en vano. Ahora, con esperanza de salvaros; entonces, con desconfianza de alcanzar salvación…

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Re: Morir mal (I)

Mensaje por Neilo65 el Vie Mayo 08 2015, 18:16

No hace mucho, se hizo un video sobre la agonía de un extremista islámico, no sabría decir cual era su nombre y la verdad que daba miedo ver la cara de pánico que mostraba , tal vez vio toda la maldad que había cometido.
Ya de antes, mi miedo a la muerte era insignificante, no le temo, sea lo que sea lo que venga después.
Pero cuando me llegue el momento, sé que lo hare en paz y eso me reconforta por lo que me queda de vida, que dicho sea de paso, espero que sea bastante.
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Morir mal (II)

Mensaje por URSINO el Dom Mayo 10 2015, 19:38

CADA LATIDO DE NUESTRO CORAZÓN, CADA RESPIRACIÓN ESTÁ CONTADO POR DIOS • FUENTE: IN NOVISSIMIS DIEBUS


Christopher Fleming

Morir mal es morir en pecado, y sin duda muere en pecado quien rechaza la oportunidad de arrepentirse de sus ofensas a Dios. Por esta razón siempre se ha considerado una desgracia morir repentinamente. Una muerte repentina no permite recibir los sacramentos, ni reconciliarse con Dios, en el caso de que uno ha estado viviendo de forma desordenada. Un ejemplo de una mala muerte es lo que cuenta el libro Hechos de los Apóstoles, la historia de Ananías y Safira.
Un hombre llamado Ananías, junto con su mujer, Safira, vendió una propiedad, y de acuerdo con ella, se guardó parte del dinero y puso el resto a disposición de los Apóstoles. Pedro le dijo: «Ananías, ¿por qué dejaste que Satanás se apoderara de ti hasta el punto de engañar al Espíritu Santo, guardándote una parte del dinero del campo? ¿Acaso no eras dueño de quedarte con él? Y después de venderlo, ¿no podías guardarte el dinero? ¿Cómo se te ocurrió hacer esto? No mentiste a los hombres sino a Dios». Al oír estas palabras, Ananías cayó muerto. Un gran temor se apoderó de todos los que se enteraron de lo sucedido. Vinieron unos jóvenes, envolvieron su cuerpo y lo llevaron a enterrar.
Unas tres horas más tarde, llegó su mujer, completamente ajena a lo ocurrido. Pedro le preguntó: «¿Es verdad que han vendido el campo en tal suma?». Ella respondió: «Sí, en esa suma». Pedro le dijo: «¿Por qué se han puesto de acuerdo para tentar así al Espíritu del Señor? Mira junto a la puerta las pisadas de los que acaban de enterrar a tu marido; ellos también te van a llevar a ti». En ese mismo momento, ella cayó muerta a sus pies; los jóvenes, al entrar, la encontraron muerta, la llevaron y la enterraron junto a su marido. Un gran temor se apoderó entonces de toda la Iglesia y de todos los que oyeron contar estas cosas. (Hechos 5:1-11)


Masaccio: “Ananías y Safira”


En ambas muertes el autor, San Lucas, recalca el temor que se apoderó de todos. Es el saludable temor de Dios, principio de la Sabiduría, una recomendación constante de las Escrituras. Dios quiso fulminar a estas dos personas para dar un ejemplo a los demás, para que nadie se llevara a engaño: de Dios nadie se mofa. Con un solo pecado mortal es suficiente para condenarse, y nadie le puede reprochar al Señor lo que hizo con Ananías y Safira. ¿Acaso Dios no era dueño de su vida? Esta historia nos recuerda que Dios puede poner término a nuestra vida mortal en cualquier instante, como un hombre que con un ligero soplo apaga una vela. Cada latido de nuestro corazón, cada respiración está contado por Dios.
No todas las muertes de los malvados son así de espectaculares. En el caso de Ananías y Safira, Dios intervino de manera milagrosa, pero normalmente usa causas secundarias (accidentes, enfermedades, contrariedades diversas) para llamar al arrepentimiento o para castigar al pecador impenitente en sus últimos momentos de vida terrenal. Este es el caso del peor heresiarca de los tiempos modernos, Martín Lutero. No le ocurrió nada tan extraordinario como a Arrio (ver la primera parte de esta serie), ni tampoco el Señor le fulminó como a Ananías y Safira. Simplemente se le permitió que viviera lo suficiente para ver por sí mismo los frutos amargos de su rebelión contra la Iglesia de Jesucristo.
A la vez que la salud de Lutero se debilitaba, el dolor le amargaba y se volvía extremadamente colérico. El dolor en un hombre virtuoso es como el fuego que purifica, que le sirve para alcanzar cotas altísimas de santidad. Sin embargo, en este hombre depravado le agrió totalmente el carácter. En sus últimos diez años Lutero padecía de dolores fortísimos provocados por piedras en los riñones, tinnitus (pitidos en los oídos), cataratas en un ojo, desmayos, indigestión, artritis y angina. Como digo, esto no hubiera sido obstáculo para su santificación, de haber abjurado sus herejías y vuelto a la comunión con Roma. Pero al obcecarse en su pecado y carecer de la gracia de Dios, estos dolores se le volvieron cada vez más insoportables.
Es sabido que en sus últimos años se peleó con prácticamente todos sus amigos y aliados en la causa del incipiente protestantismo. Su esposa Katherine le recriminó públicamente su mal carácter, y hasta Melanchton, su aliado incondicional en la rebelión contra Roma, reconoció con tristeza que al final de su vida Lutero no era más que un gruñón cascarrabias, que trataba con impaciencia y agresividad a todas las personas que se le acercaban.
Esta amargura pienso que tenía su raíz en el remordimiento, que debió de ser un tormento aún peor que sus dolores físicos. Esto lo explica muy bien Tomás Kempis en su Imitación de Cristo:
La gloria del hombre bueno, es el testimonio de la buena conciencia. Ten buena conciencia, y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir, y muy alegre está en las adversidades… No es dificultoso el que ama gloriarse en la tribulación; porque gloriarse de esta suerte, es gloriarse en la cruz del Señor.
La mala conciencia siempre está con inquietud y temor… Los malos nunca tienen alegría verdadera ni sienten paz interior; porque dice el Señor: No hay paz para el impío. (Libro II, capítulo VI)
¿Por qué motivos pienso que tenía remordimientos? Primero, sabía que tenía las manos manchadas de la sangre de incontables miles de campesinos alemanes que, azuzados por la retórica incendiaria del nuevo protestantismo y hartos de tanto abuso de poder, se habían rebelado contra la nobleza en todo el país. Lutero, al ver que su “reforma” corría peligro de ser aplastada como las milicias campesinas, cambió pronto de chaqueta y se alió con los nobles. En 1525, cuando la derrota de los campesinos era previsible, el “gran defensor del hombre común” escribió lo siguiente:
Contra las hordas asesinas y ladronas mojo mi pluma en sangre: sus integrantes deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados, en secreto o públicamente, por quien quiera que pueda hacerlo, como se matan a los perros rabiosos.
Otro motivo para sentir remordimiento fue la bigamia del landgrave Felipe de Hesse, uno de los principales valedores de la nueva religión de Lutero. Este noble, encantado con la revuelta contra Roma si servía sus intereses políticos, quería contraer matrimonio con una mujer de diecisiete años, hija de su dama de llaves, a pesar de que aún vivía su legítima esposa. Le escribió a Lutero para que encontrara la manera de bendecir esta unión adúltera, con la clara amenaza de que si no lo hacía retiraría su apoyo a su “reforma” religiosa. Lutero no solamente le dio su bendición a la bigamia del landgrave, sino que luego mintió públicamente sobre el asunto para evitar la ira de otros nobles.
Finalmente, Lutero vivió suficiente para ver en que iba a acabar su nueva religión: miles de sectas separadas entre sí, sin unión doctrinal, sacramental o disciplinar. Sus peleas con otros “reformadores”, como Zwingli y Calvino, fueron un motivo de enormes disgustos, pero en el fondo fueron absolutamente inevitables. Una vez se rechaza el pilar y fundamento de la verdad, la Iglesia Católica (1 Timoteo 3:15), cualquiera es libre de inventar los dogmas que más le plazcan, y habrá tantas religiones como teólogos protestantes. Frente a sus “hermanos” protestantes Lutero profirió frases tales:
Los zwinglianos luchan en contra de Dios y los sacramentos como los más inveterados enemigos de la Palabra divina.
Esos son herejes y apóstatas, siguen sus propias ideas en lugar de la tradición de la cristiandad, por pura malicia inventan nuevas formas y métodos.
Pienso que en sus últimos años Lutero era consciente de que al abrir la caja de Pandora de la libre interpretación de las Escrituras había destruido para siempre la unidad religiosa de Europa. La antigua Cristiandad quedó herida de muerte. Tuvo que ser doloroso comprobar que la aplicación lógica de sus propias ideas llevaba a la anarquía religiosa y, en última instancia, al ateísmo.
Lo que se desprende de sus escritos es que los últimos días de Lutero fueron marcados primero por el odio hacía todos sus adversarios, y segundo por una degeneración moral cada vez más desenfrenada. Tres años antes de su muerte, en 1543, escribió Sobre los Judíos y sus Mentiras, donde expresó un odio feroz contra esta raza, y propone la siguiente línea de actuación contra ellos:
En primer lugar, debemos prender fuego sus sinagogas o escuelas y enterrar y tapar con suciedad todo lo que no prendamos fuego.
En segundo lugar, también aconsejo que sus casa sean arrasadas y destruidas. Porque en ellas persiguen los mismos fines que en sus sinagogas.
Seremos culpables de no destruirlos.
Poco antes de su muerte, en 1546, predicó cuatro sermones contra los judíos en Eisleben, que siguen en la misma tónica. Ningún buen cristiano, por deplorable que sea la incredulidad y perversidad de un pueblo, puede justificar estas barbaridades contra los judíos, como por ejemplo tacharlos de cerdos revolcados en sus propios excrementos, o de infectos gusanos. ¿De dónde viene tanto odio hacía los judíos? Resulta llamativo que veinte años atrás Lutero se había expresado de una manera muy diferente:
Teólogos absurdos defienden el odio a los judíos… ¿Cómo consentirán los judíos en unirse a nuestras filas, viendo la crueldad y la animosidad que les dirigimos, si en nuestro comportamiento hacia ellos nos parecemos a los cristianos menos que las bestias?
La respuesta es clara: en su ingenuidad Lutero albergó esperanzas de que los judíos se unieran al movimiento protestante, y al ver que no querían saber nada ni de él ni de sus herejías, su actitud tolerante y dialogante se tornó en ira furibunda. Exactamente lo mismo le ocurrió al fundador de otra falsa religión, Mahoma. Por lo visto los heresiarcas tropiezan una y otra vez con la misma piedra. Está profetizado que los judíos no se convertirán en masa hasta los últimos tiempos, poco antes de la Segunda Venida de Nuestro Señor.
Es también conocido el odio visceral de Lutero hacía la Iglesia Católica, y en particular el Papa, del cual escribió, entre otras muchas lindezas: viendo que el Papa es el Anticristo, creo que es un demonio encarnado. En sus últimos años se exacerbó, hasta el punto de despedirse de sus seguidores con la fórmula Dios os llene de odio hacía el Papa.
Al rechazar cualquier ascética tradicional y confiar en su herética doctrina de la Sola Fide, en sus años postreros se descontroló por completo la concupiscencia de Lutero, quien no dudó en seguir su propio consejo de pecar con valentía. Las frases soeces de algunos tratados de sus últimos cinco años de vida son irreproducibles en este medio, y harían sonrrojar hasta al más convencido protestante. Las nueve caricaturas que Lutero encargó en su último año de vida a Lucas Cranach contra el Papado fueron tan groseras que hasta sus amigos las retiraron de circulación. El tratado de 1545, Contra el Papado, establecido por el Demonio, nunca ha sido publicado por sus seguidores, porque su vulgaridad y vileza son un poderosísimo argumento en contra de las tesis de Lutero; cualquiera con un mínimo de decencia se da cuenta de que un hombre con una retórica tan llena de odio y suciedad no puede un elegido de Dios para reformar Su Iglesia.

Lutero, lejos de retractarse de sus herejías, se reafirmó en ellas con su última palabra. A la pregunta de sus compañeros en su lecho de muerte: Reverendo Padre, ¿estás preparado para morir confiando en Nuestro Señor Jesucristo y confesar la doctrina que en Su nombre has predicado?, respondió con un débil sí. En resumen, la muerte de Lutero seguramente fue la consecuencia lógica de su vida: la misma soberbia que le llevó a torcer la Revelación Divina para su conveniencia le impidió arrepentirse de sus pecados en el último momento.

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