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El ritual flamenco

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El ritual flamenco

Mensaje por Alentian el Dom Abr 06 2014, 12:47

El ritual flamenco

Cuando el hombre apenas sabía hablar, transformó sus primeros balbuceos en notas musicales, consciente del placer y el desahogo que supone cantar, sensación ésta que todos alguna vez hemos experimentado. Sin embargo, el cante jondo es mucho más; de un lado es la expresión cultural más internacional que ha dado Andalucía, y de otro una auténtica forma de vida. Es un mundo romántico, de bohemia, en el que es fácil ver mezclados como hermanos a eruditos, nobles, gitanos, borrachos acabados, extranjeros de esperpéntica apariencia... ¿Qué tiene esta música que es capaz de crear una mezcla de seres humanos tan dispares?

Desde que el ser humano creó esa estupidez colectiva a la que denominamos guerra, nuestro progreso se ha basado en el poder de las armas y del más fuerte. Pero incluso la imbecilidad humana tiene un límite. Un elevado número de pueblos, una vez concluida la conquista, respetaban a músicos y bailarines, que eran utilizados para entretener a tropas y reyes. Posiblemente más que por misericordia, porque de esta manera se divertían, aunque eso ahora no es importante… Lo cierto es que esto hizo que algunos eruditos romanos se interesaran por nuestro folclore, describiendo en sus escritos los maravillosos bailes y cantos que se encontraron en Andalucía, permitiendo así un mejor conocimiento de las milenarias formas flamencas. Hasta tal extremo se encandilaron los descendientes de Rómulo y Remo de nuestro arte, que no dudaban en llevarse a las célebres bailarinas de Cádiz hasta Roma para amenizar los espectáculos públicos y las fiestas privadas. Cabe preguntarse por tanto que si su imperio era tan vasto, por qué pusieron sus ojos en esta tierra.

Posiblemente la respuesta a tamaña incógnita la dio Severo Boecio en el siglo VI d. de C., cuando afirmó que en el flamenco se resumían los primitivos sistemas musicales surgidos en el Mediterráneo. Más tarde, tan sólo hace unas décadas, el investigador Hipólito Rossy defendió la misma tesis en su magnífica obra Teoría del cante jondo. En este exhaustivo tratado sobre flamencología se afirmaba que la música surgió al unísono en África, sur de Europa y oeste asiático. Y no solamente nació al mismo tiempo, sino que era muy parecida. Esto es comprobable ya que en algunos de los cantos primitivos que todavía se conservan, la nota base es Mi, y no La, como ocurre en la música actual. De esta manera defiende que el flamenco es la melodía primigenia nacida en los albores de la cultura humana, y que con el transcurso del tiempo apenas si ha transformado su estructura. Así podemos observar la facilidad que tienen estas melodías para mezclarse con otros cantos ancestrales como es el caso de las voces búlgaras, o las canciones beréberes, sin que en ningún momento el oído se violente de tan dispar fusión. De igual forma en los palos más antiguos la voz del cantaor se hace ininteligible, rememorando los tiempos en los que el lenguaje no tenía apenas valor en la música. El canto no era más que un elemento mágico utilizado por chamanes y brujos, que utilizado de forma repetitiva provocaba la sugestión e integración del resto del poblado en sus ritos.

Es por tanto un sentimiento que aparece innato a nuestro alma, y de ahí que haya sido tan sumamente fácil su exportación. No es intención defender que el flamenco sea una música que provoca estados alterados de conciencia, o que su audición nos haga levitar por encima del resto de los mortales, pero sí que al ser parte de las primeras manifestaciones espirituales de la humanidad, es perfectamente asimilable por cualquier cultura, aunque esté muy alejada de la nuestra. Tal hubo de ser posiblemente el sentimiento que dominó a los romanos cuando la escucharon, y de ahí su pasión por nuestro arte.

La música surgía además de manera natural de los primeros pobladores. En un principio –igual que en el resto del Mediterráneo– el único instrumento fue la voz. Los primitivos habitantes de las orillas del lago Ligur, lo que hoy en día son las marismas de Cádiz, recitaban sus leyes en verso. Poco a poco se fueron sumando a éstas instrumentos, sobre todo los de cuerda –algo parecido al moderno laúd–, pero con cuatro cordones.

Al tener que conjuntar varios elementos nace el concepto de ritmo, consiguiendo que todo el grupo marche a la vez, sin desfase alguno. Para ello se crean las castañuelas, que en un primer momento se hacen con conchas marinas, pasando posteriormente a ser de bronce. A ello se suman elementos que también han llegado hasta nuestros días como son el cajón y las palmas. Algunos por el contrario quedaron en el camino, como unos pequeños platillos semejantes a los que podemos ver en las manos de las danzarinas hindúes.

Los romanos se refieren en sus textos al flamenco como un arte ceremonioso fundamental en los ritos religiosos. Hasta hoy han quedado vestigios de esta casi desconocida faceta. Los primeros cultos mediterráneos se basaban en la adoración del Sol, la Luna y Venus. De este modo son frecuentes en las letras de los palos más antiguos las alusiones al lucero de la mañana, que no sería otro que el planeta anteriormente mencionado. También se suele cantar a las estrellas en general, lo que no son más que recuerdos fósiles de una religión animista ancestral, de la que ya no conocemos prácticamente nada. Eran asimismo fundamentales en este tipo de ceremonias las danzas. Para ellas hombres y mujeres se engalanaban con espléndidas ropas, joyas y adornos, algunos de los cuales mutaron llegando hasta nuestros días. Este es el caso de la peineta, deformación de un complemento para el pelo que hoy podemos ver en algunos bustos íberos como el de la Dama de Elche o la de Baza. Dichos bailes se reflejan ya en pinturas rupestres y en restos cerámicos pertenecientes a la cultura tartésica. Según las antiguas crónicas romanas había dos tipos muy diferenciados de danza: por un lado en las que se mantenía el busto erguido, más sobrias y altaneras, y de otro unas donde el matiz fundamental era la sensualidad. En las mismas las mujeres bailaban solas moviendo las caderas, o bien se hacían acompañar por hombres que giraban a su alrededor en actitud de puro cortejo. Los romanos daban el nombre de puella gaditana a estas danzarinas, lo que nos hace pensar que éstas nacieron en las cercanías de Cádiz.

Al contrario que la música, las danzas primitivas no fueron similares en la cuenca mediterránea, y el elemento sensual que en ellas se reflejaba fue lo que más impactó sin duda a nuestros conquistadores. Tiempo atrás ya reflejaron el asombro otros eruditos, en este caso griegos como Anacronte, que inspiró algunas de sus poesías en estas actuaciones. Casi con toda seguridad, y si hacemos acopio de las descripciones hechas en los textos, estos bailes eran semejantes a los que en aquella época surgieron en el centro de África, lugar al que no llegaron las legiones imperiales. El elemento exótico cautivó más si cabe a los romanos, que respetaron y admiraron nuestro singular folclore.

Un corazón abierto a todo un crisol de culturas
El arte como cualquier otra forma cultural evoluciona con el tiempo, y el caso del flamenco no es una excepción. La primera transformación que se imprime en él es la del idioma, y se empieza a cantar en latín. Más tarde llega una nueva religión, la cristiana, y las letras relatan la vida y pasión de Cristo con toda su crudeza. También arriban las nuevas músicas del resto de la cristiandad, y otros invasores, en esta ocasión los visigodos, que provocan el desmembramiento en pequeños reinos del sur peninsular, lo que fue mermando la unidad del flamenco. La salvación para nuestro folclore vino de la mano de la invasión musulmana, que los acogió cuando habían caído en el más implacable de los olvidos, uniéndolos bajo influencias orientales.

Los aires frescos no sólo llegaban de Arabia, sino que en los asentamientos que se produjeron venía población de Egipto, Siria, Líbano… Fueron tiempos de prosperidad, en los que el intercambio cultural que se generó durante ocho siglos enriqueció sin duda a todo el arte en general. El flamenco jamás perdió su forma, y no nació como afirman algunos en ese momento. Esto es fácilmente constatable si estudiamos las músicas actuales de la población morisca expulsada de la Península. En Marruecos y Argelia existen los cantos garnatíes, que descienden de los que se tocaban hace siglos en el reino de Granada. Y de igual manera, en Túnez podemos deleitarnos escuchando maluf. Pero en ninguno de ambos casos oímos flamenco, sino música oriental con influencia andaluza. La base del cante jondo nunca mutó. Sí surgieron en cambio nuevos ritmos, hijos de aquella época de esplendor, que más tarde se esparcieron por todo el mundo árabe, como es el caso del zejel cordobés.

No podemos olvidar tampoco la influencia judía. La población hebrea vivió en Andalucía desde el siglo II. Algunos cantes como saetas y peteneras nacieron directamente bajo la influencia de la música popular sefardí. No deja de ser curioso este extraño aspecto. Las saetas, que son sin duda las melodías más estremecedoras y espirituales, se utilizan para describir el dolor de la muerte de Jesús crucificado en las procesiones de Semana Santa. Es relevante por tanto que sean judíos, igual que el nazareno, los que crearan este palo en el que se palpa el desgarro del carácter andaluz.

Son por último los gitanos el pueblo que vuelve a introducir nuevos matices en el flamenco. Llegan a España en el siglo XV provenientes del Indostán. Aquí se les “obliga” a echar raíces, lo que hace que olviden con el tiempo su carácter nómada. Por ley se establece que dos familias habiten cada localidad, y en un principio su actividad principal es la del trabajo del hierro. En la fragua cantan a la vez que marcan el ritmo con sus martillos, aportando al cante jondo una mayor espiritualidad y recogimiento. No en vano los primitivos cantos gitanos que pueden hoy escucharse en gran parte del mundo, tienen elementos comunes con voces budistas tibetanas, concretamente con las de los monjes bonzos. Y es que su originaria zona de desarrollo cultural es común. Actualmente son los mejores interpretes, haciendo gala de ser los dueños del “duende”, un sentimiento especial que muy pocos saben extraer de sus cuerdas vocales, y que hace que la música brote desde las entrañas.

Es el corazón lo fundamental a la hora de interpretar esta música, hecha para ser escuchada más con las vísceras que con los oídos. Quizá sea por esto por lo que todavía subsisten en su seno algunos elementos comunes en antiquísimas melodías griegas; los trinos de guitarra que adornan las partes más relevantes de la letra de la canción, y que los estudiosos denominaban pneumas, que significa “soplo o espíritu”. El flamenco ha sido y es ese sentimiento que se encuentra en cualquier pueblo que afronta la vida desde una perspectiva diferente, que más que observar con los ojos, lo hace con el corazón, en un canto desgarrador y estremecedor…

La melodía de los herejes
Ha constituido el sentimiento flamenco un elemento de unión de muy diversas gentes, razas y culturas, circunstancia que topó varias veces con la actitud inquisitorial del poder establecido, que veía con malos ojos un talante tan abierto. Así, hace miles de años, cuando las danzas fenicias llegan a Cádiz, son acogidas con los brazos abiertos por los habitantes de la “tacita de plata”, mientras que en otros lugares del Mediterráneo se repudian por afeminadas o inmorales. De igual forma el baile andaluz tampoco fue bien acogido en ciertos ambientes allende nuestras fronteras. Algunos nobles tribunos, como fue el caso de Valerio Marcial, vieron en este baile unas connotaciones casi demoniacas. De tal manera lo describió en una de sus cartas en la que decía: “las chicas llegadas de la impúdica Cádiz moverán delante de tus ojos, con interminable exceso de amor, sus muslos lascivos hábilmente contorsionados”. Pero la belleza de estas mujeres y lo exótico de sus danzas pudo más que los retrógrados comentarios.

Más tarde, cuando la religión cristiana se asienta en estas tierras, las danzas son definitivamente prohibidas. El cante por el contrario se hizo pieza fundamental en la liturgia, y en ella participaban también los judíos, pues el arte se apreciaba por encima de la confrontación, hasta que en el Segundo Concilio de Toledo –587 d. de C.–, se prohibía expresamente a los andaluces que continuaran con esta costumbre. Fue una época oscura, que estuvo cerca de dinamitar la tradición.

Quizá este recelo con el que las autoridades eclesiásticas o políticas vieron muchas veces el flamenco, fue el que provocó que hasta hace pocas décadas no tuviéramos por escrito las melodías. Quedó relegado a ser durante mucho tiempo una música de segunda clase, que sólo podía gustar a campesinos, herreros o gitanos. Así estas gentes humildes y desarraigadas se encargaron de conservar mediante la tradición oral toda la esencia de un arte perseguido. Durante la conquista napoleónica surge la leyenda que traspasa las fronteras, al encontrarse las tropas del invasor con un pueblo sumergido en la pobreza. Las gentes harapientas, sin nada que echarse a la boca, ríen, cantan y bailan. Las tropas francesas no daban crédito; era como si encontraran en ello un remedio para su desesperante situación.

El flamenco jamás morirá. Personas de cualquier cultura, raza o religión continuarán buscando refugio en él. Y es que no hay mejor forma de ahuyentar las penas… que cantarlas al viento.

Lorenzo Fernández Bueno
http://www.akasico.com/noticia/1264/Ano/Cero-Geografia-magica/El-ritual-flamenco.html
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