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Pesca ballenera vasca: la aventura del Cantábrico a Terranova

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Pesca ballenera vasca: la aventura del Cantábrico a Terranova

Mensaje por ilustrado el Dom Ago 30 2015, 12:53

Aventura de los balleneros vascos del Cantábrico a Terranova




Las villas y ciudades de la costa cantábrica española han desarrollado durante siglos una amplia variedad de oficios y actividades ligadas a la mar. Transporte y comercio marítimo, pesca de altura y bajura, caza de ballena, construcción naval, guerra marítima y actividad corsaria fueron durante siglos el modo de vida y trabajo de la mayor parte de los habitantes de la costa cantábrica vasca. En la suma de esos esfuerzos individuales y colectivos, envueltos en luces y sombras, se vislumbran los rasgos más característicos de la historia de los vascos, ligada al imperio marítimo español. Una gran parte de los naturales de la costa cantábrica vasca se dedicó a la pesca y comercio marítimos, como medios de sustento, y para cuyos efectos se presta una larga costa, sus buenos puertos, las bahías resguardadas, y algunas ensenadas de su territorio.

Los balleneros vascos, junto a gallegos, asturianos y cántabros contribuyeron a forjar un sistema de vida y una cultura marítima que ha perdurado desde el siglo XIII hasta el siglo XIX. Durante el siglo XVI, miles de pescadores vascos atraídos por la caza ballenera se aventuraron en expediciones marítimas a Terranova, un territorio inhóspito, atroz, donde muchos encontraron fortuna y otros tantos la muerte. La actividad de los balleneros vascos, cántabros y asturianos está acreditada desde los siglos VIII y IX, si bien su gran apogeo llegó entre el XIII y XIV.

Los balleneros vascos iniciaron, a partir del siglo XIII y hasta el XVI, una pesca especializada en ballenas en las proximidades de la costa cantábrica, mediante el tradicional sistema de pesca de bajura. Este sistema de caza ballenera comienza desde una atalaya, situada en un punto alto y estratégico de la costa, normalmente un cabo. Allí, el atalayero otean el horizonte, observaba la llegada de las ballenas al litoral cantábrico escapando de las frías aguas del mar del Norte, comprueba el típico soplo del animal y da la señal convenida como señales de humo o movimientos de banderas. Del puerto comienzan a salir embarcaciones de tipo pinaza, denominadas chalupas, provistas de arpones, dardos, estachas, lanzas, sangraderas y cuerdas. Seis u ocho balleneros, llamados arrantzales, viajan a bordo de cada chalupa, que se mueve a golpe de remo, guiados por las indicaciones del atalayero mientras se acercan a la ballena.





Los remeros y arponeros inician una carrera por arponear primero a la ballena. La primera pinaza de arrantzales que lo conseguía obtenía privilegios en la venta del animal, derivándose de ello disputas entre los distintos pueblos costeros. Estas evoluciones, que con frecuencia se realizaban a la vista del puerto, constituían un espectáculo popular porque en el envite se jugaba con la vida de los marineros y porque de su éxito dependía la economía de la comunidad.

Los balleneros cazaban primero a las crías, tanto por ser más fácil como para evitar que las madres huyeran, esperanzadas en recuperar a su vástago. El arponero da muestra entonces de su pericia, sabe que de su habilidad y puntería dependía el éxito de la operación y que si la ballena muere recibiría, además de un sueldo de privilegio, una de las aletas. Se situaba en la proa lanzando su arpón de hierro sobre el cetáceo que quedaba de inmediato unido a la embarcación por una cuerda de cáñamo.

Comenzaba una dura lucha hasta que el cetáceo era vencido. El animal, furioso, intenta escapar sumergiéndose bajo el agua y arrastrando tras él a la chalupa. Pero, cuando salía a flote, el resto de los arponeros de las chalupas continuaban clavándole más arpones, lanzas y sangraderas.  La ballena antes de morir, se sumergía sucesivamente, y volviendo a emerger para expulsar un chorro de sangre, hasta que se desangra, muere y es remolcada al puerto. En él, se realizaban las labores de despiece, se cortaba la carne y se hacía derretir el aceite para su envasado y transporte.



ATALAYA DESDE EL MONTE ULÍA, SAN SEBASTIÁN


RÉPLICA DE TXALUPA


Los testimonios de la época lo describen con mucha exactitud:
“Salen de los puertos inmediatos en chalupas, y sin temor del bruto, que bastaría a asustar a un ejército, van a buscarlo; tomando un gran círculo de mar, gobiernan los demás la chalupa, y líbranla de los golpes de mar, y a su bordo un valiente y diestro arponero aguarda a que salga la ballena a la superficie a respirar arroyos de su frente, y entonces le dispara con esfuerzo el arpón, híncaselo en aquella mole formidable, y la bestia herida y furiosa se hunde y corre mucho mar, llevándose mucho rollo de cuerda atada al arpón, y también la chalupa, que sigue flotante a la ballena, hasta que, desangrada y muerta, sube arriba y la conducen victoriosos a su puerto. Hazaña que ejecutan muchas veces en su mar los guipuzcoanos, de que somos testigos, y no la ejecutarían los afamados marinos de Holanda, Inglaterra y Francia, que aun a vista de esto llamarían temeridad al salir sólo en chalupas a matar ballenas.”


La Corona de Castilla respaldó la caza ballenera desde los puertos del Cantábrico y obtuvo también sus beneficios, al igual que el ayuntamiento y la Iglesia. Dotó a las villas una serie de ordenanzas que afectaron a la actividad de la caza de la ballena: desde el año 1237 el rey Fernando III había establecido que los balleneros de Motrico cedieran una pieza de sus capturas a la Orden de Santiago; en esta misma época se regulan en San Sebastián los derechos aduaneros de las barbas de la ballena; San Vicente de la Barquera tuvo fuero regio para cazar ballenas desde 1210; en 1220, el rey firmó un documento por el que reservaba para la Corona la primera ballena que pescaran los de Getaria en su campaña anual; Fernando III recibió como tributo de los de Zarauz una tira de carne de cada ballena, de la cabeza a la cola; el mismo tributo servían los balleneros de Luanco, en Asturias; estos últimos ofrecían, además, el vientre de la ballena a la cofradía de Nuestra Señora del Rosario. De 1381 data el convenio entre los cabildos eclesiástico y civil de Lequeitio, que dividía el producto de las lenguas de las ballenas en tres partes, dos para la reparación de los muelles y una para la iglesia de Santa María.

El tributo de la tira de ballena pervivió durante siglos como signo de fidelidad al rey. Es el reflejo de una ley foral que con el tiempo llegará a ser una costumbre. Actualmente conservan la representación de una ballena los escudos municipales de Guetaria, Motrico, Ondárroa, Lequeitio, Biarritz y Bermeo. Las disputas entre pueblos costeros eran comunes en la época. Las rivalidades fueron origen de numerosos conflictos y desafíos. Siendo el embrión de las actuales regatas de traineras.










BALLENAS EN LOS BLASONES DE LAS VILLAS VASCAS COSTERAS


La temporada de caza tenía lugar en otoño, tras la vuelta de sus despensas de alimentación en el mar del Norte. Las ballenas entraban en los meses de octubre y noviembre hacia los puntos más interiores del golfo de Vizcaya, más tarde entre diciembre y enero se desplazaban hacia alta mar y hacia el oeste, hasta llegar a las costas de Galicia en los meses de abril a mayo.

El  galeón era el tipo de embarcación más utilizada para faenar cerca de la tierra por todo el litoral cantábrico. Era un barco menor sin cubierta con remos y velas y servía tanto para pescar sardinas y bacalao mediante al menos 5 arrentzales como para cazar ballenas con 10. Estos tenían el oficio de maestre de galeón, marineros, grumetes y pajes. Otro tipo de embarcación para la pesca de bajura era la carabela.

La masiva explotación redujo el número de estas especies en el golfo de Vizcaya, lo que motivo al arrenzale vasco a extender su actividad por todo el litoral cantábrico, y desarrollar una nueva metodología de navegación y caza, perfeccionando así sus técnicas. Desarrollaron el sistema de pesca de altura, considerándose aquel que pesca en aguas tanto del mar Cantábrico lejos de la costa como a la destinada en expediciones al Atlántico.

De la necesidad de encontrar nuevos caladeros, se configuró en el siglo XVI la flota ballenera del Atlántico que atravesaba el océano, buscando nuevas poblaciones de cetáceos. Una nueva ruta se abrió cuando los pescadores siguieron al bacalao dorado, otra de las bases de la economía del Cantábrico, y descubrieron el viaje anual de las ballenas desde el océano Ártico hacia el sur.[/size]

También lograron llegar al mar del Norte en caladeros de Bretaña y de Irlanda, y progresivamente a Islandia y las islas Spiztbergy, más tarde, a las costas de la península del Labrador en Canadá, anteriormente denominada Terranova.




Durante el Siglo de Oro español, una serie de permisos reales son otorgados a vizcaínos y guipuzcoanos ante el devenir de los distintos acontecimientos políticos: las guerras y tratados con Inglaterra, la conquista de las islas Canarias, los descubrimientos de las Indias Orientales y Occidentales, los convenios con la provincia de Labort, etc. Aquellos privilegios reales fomentaron las actividades marítimas y de navegación como la construcción de buques, la pesca ballenera y de bacalao, el transporte y comercio con Europa y la Carrera de las Indias desde Sevilla.

A finales de siglo XV,  se dispuso el libre aderezo y aprovisionamiento de barcos en otros puertos. Desde los Reyes Católicos a Felipe II impulsaron la construcción de galeones en los astilleros y puertos, para utilizarlos en sus guerras marítimas como elemento importante de su Armada. En los años 40 del siglo XVI se permitió comerciar a vascos con el enemigo francés, y lo mismo al otro lado de la frontera, respecto al enemigo español, con productos de primera necesidad.

Por otra parte, el rey Carlo I permitió la libre explotación de las tierras del Nuevo Mundo y proseguir con su tradicional pesca ballenera libre de cargas tributarias. El emperador fue informado de la llegada a ese territorio y si decidió no intervenir fue porque el cartógrafo de la Casa de Contratación de Sevilla, Diego de Rivera, le aconsejó no hacerlo al concluir que Terranova no ofrecía riquezas, pues “hasta ahora no han hallado cosa de provecho más de la pesquería de bacalaos, que son de poca estima”.

Una vez más, la Corona arbitra el trabajo mediante una cédula de 1557, que permite a cualquier persona de Guipúzcoa, Vizcaya y Cantabria acudir con sus naos a la pesquería de Terranova. Algunos reyes de Inglaterra como Isabel I y Jacobo I toleraron la presencia de vascongados en sus balleneros o llegaron a solicitar a los monarcas españoles que permitieran enrolarse a guipuzcoanos y vizcaínos en sus barcos.

Todos estos privilegios forales y cédulas reales sobre prácticas marítimas, unidas a la lucrativa tradición ballenera, consiguió fundar y desarrollar empresas cuyos administradores tienen fuertes lazos familiares. Los socios de estas empresas obtuvieron uniones matrimoniales con miembros de otras familias del negocio marítimo para reforzar y unir asociaciones mercantiles. Así pues van surgiendo los Arriola de Urazandi, los Arteaga, los Martínez de Amilibia, los López de Isasi, Martínez de Orbea, los Arbide, los Pérez de Echaniz, los Ochoa de Irarrazabal, etc.; fueron clanes familiares que supieron extender lazos de matrimoniales a la par que intereses mercantiles.




Estas compañías balleneras establecían negocios con otros puertos en Cantabria, Asturias o Galicia, donde vendían hierro, acero, armas e instrumentos, y compraban vino y sardinas. En ocasiones, cuando la caza no era beneficiosa,  las expediciones balleneras diversificaban sus esfuerzos y dirigían sus economías hacia el intercambio de otros productos.

El primer paso de las expediciones balleneras a Terranova consistía en obtener financiación, proporcionada por cofradías, ayuntamientos o inversores provenientes de Burgos, Álava o zonas interiores de Guipúzcoa y Vizcaya; y todos ellos con un objetivo común: poder comercializar los productos que se extraían de la ballena.

A lo largo de los siglos XV y XVI Burgos proporcionaba en enormes cantidades el capital de riesgo, un capital que la comunidad mercantil había acumulado durante la Edad Media tardía, principalmente por medio de la exportación de lana a Francia y a Flandes. La mayor parte de la lana se exportaba en navíos cantábricos desde los puertos de Santander, Laredo, Bilbao, Portugalete, Deva y San Sebastián, situados en los extremos marítimos de las principales rutas terrestres desde el interior. Los mercaderes de Burgos establecieron en la segunda mitad del siglo XIV, un sistema de seguros marítimos en un principio para cubrir sus propios riesgos. A mediados del siglo XVI aseguraban tanto barcos y cargamentos españoles como extranjeros en la mayoría de las rutas.

Para entonces se había desarrollado una interdependencia vital entre los mercaderes de Burgos y los armadores y marineros de las Vascongadas. En efecto, las empresas marítimas en las cuales empresarios vizcaínos y guipuzcoanos se comprometieron en el siglo XVI, tanto la propiedad y construcción de barcos, como el comercio marítimo o la pesca transatlántica difícilmente hubieran tenido semejante éxito sin el respaldo del capital de Burgos. La extensa red de asociados y agentes establecida por los mercaderes de Burgos por toda Europa Occidental con el fin de vigilar y fomentar sus actividades comerciales incluía agentes en la costa vasca.




Sin embargo, así como los mercaderes de Burgos desempeñaron un papel importante en el desarrollo de la economía marítima de Vizcaya y Guipúzcoa, igualmente lo hicieron los mercaderes-empresarios de las villas interiores de estas dos provincias. Su riqueza se fundaba en la producción a gran escala de barras y manufacturas de hierro (clavos, herraduras, herramientas, armas, etc.) principalmente para la exportación a Portugal y a Sevilla y desde allí a las Indias, pero muchos de ellos invertían en empresas marítimas junto con socios de las villas portuarias. Estas empresas construyeron navíos y organizaron viajes para la pesca transatlántica. Varios de estos barcos se vendieron en Sevilla, el mercado principal para las naos vascas, para ser empleados en las flotas de la Carrera de las Indias en la cual, entre 1520 y 1580, el 80% de los barcos procedían de Vizcaya o de Guipúzcoa.

El siguiente paso era disponer de un barco adecuado, el navío, y de unas barcazas, las denominadas "chalupas de arrantzales", y de una buena tripulación. Los astilleros guipuzcoanos y vizcaínos eran en el siglo XVI de los mejores de Europa y sus pescadores se contaban entre los más hábiles de la época. La destreza de los arrantzales en estas pesquerías obedecía a la abundancia de madera y de hierro en Vizcaya, lo que posibilitó en el siglo XVI un desarrollo de los astilleros que construían las grandes naves que iban a Terranova.

Una expedición ballenera de escala media necesitaba un gran número de marineros, arponeros, toneleros, etc. La tripulación de una nao había de contar con 110 hombres y muchachos. En el puerto de Pasaje, el mejor de la costa vasca, la nao tenía que juntarse con otros navíos de otros puertos que iban a Terranova y embarcar el resto de la tripulación. Otras expediciones partían desde Orio, Deva, Getaria, Lequeitio, Alzola, San Sebastián, etc.




Las empresas a gran escala durante las décadas de 1540 y 1550, se habían organizado en pequeños viajes mixtos para bacalao y ballena. Pero en las décadas de 1560 y 1570, las expediciones a Terranova evolucionaron en dos vertientes distintas, balleneras y bacaladeras:

Las expediciones balleneras, casi exclusivamente en grandes naos de 200 a 700 toneladas, fueron principalmente financiadas por dos a cuatro acomodados o acaudalados mercaderes-empresarios.

Las empresas bacaladeras, en pequeñas naos de 50 a 250 toneladas, fueron a menudo financiadas por asociaciones de seis a ocho hombres de condición económica modesta o mediana, también llamados armadores.

En un viaje que duraba un mes, salían desde los puertos vascongados de veinte a treinta galeones en busca de bacalao y de ballenas. Ambas expediciones eran muy diferentes, pues el bacalao se cogía en primavera y verano y las ballenas en junio para regresar en enero.

De cualquier forma, los navíos balleneros eran grandes embarcaciones construidas con madera de roble, la madera preferida por los carpinteros navales de la época a causa de su robustez y su resistencia al agua. Tenían medias aproximadas de 24,5 metros de largo, 7,6 mts. de ancho en el puente superior y 10,4 mts. de alto, desde la quilla hasta el tope del castillo de popa, puesto que se calcula que en los barcos que partían para Terranova, la tripulación oscilaba entre 50 y 130 hombres.




La capacidad de almacenaje del navío ballenero en las costas americanas se medía en toneladas. En España, en esta época, una tonelada equivalía a 1,54 m3. Un navío pequeño de 200 toneladas podía llevar 800 barriles de aceite, mientras que un gran navío con capacidad de 650 toneladas podía transportar hasta 2.000 barriles.

Debido a que el buque servía para el transporte de mercaderías, la mayor parte del espacio era utilizada para el almacenaje. Los barriles se colocaban en la bodega, en el primer puente y en una sección del puente principal. Se ataban muy juntos, con placas de madera y cuñas entre ellos, a fin de que quedaran inmóviles, sobre todo para las tempestades.

La parte delantera y trasera del puente superior estaban cubiertas de abrigos en madera llamados castillos. No tenían nada de lujos. La tripulación se ubicaba sobre todo en el castillo de popa, más grande, lo que permitía colocar toda la mercancía entre los puentes. No tenían cabinas separadas, excepcionalmente, una para el capitán.

El palo mayor era tan alto como el navío era largo, o sea un poco más de 23 metros; el equivalente a un edificio de seis pisos. El navío se dirigía por el timón, una gran pieza de madera horizontal ubicada en la timonera, también con la posición de las velas.




La contratación habitual de la tripulación se realizaba entre el capitán y los condestables, suerte de marineros de experiencia reconocida que representaban a cuadrillas de unos cinco a diez hombres. Así la contratación se agilizaba y se contrataba con una persona visible que respondía por los fallos de su cuadrilla. A medida que la experiencia de los marineros aumentaba, podían ascender en la jerarquía a bordo de las naos desde paje a marinero, despensero, maestre, contramaestre y piloto. Esta promoción en la jerarquía se realizaba, en particular, entre los que eran alfabetizados.

Únicamente, los carpinteros, arponeros, calafates y otras profesiones muy especializadas se contrataban de forma directa. Se contrataban para la expedición a cirujanos, profesionales muy codiciados, tanto por la escasez de ellos en tierras vascas como por la imperiosa necesidad de contar con al menos uno que acompañara  a la expedición en aquella tierra hostil. Muchas veces, se contrataba a barberos y curanderos, excelentes en los remedios caseros, pero ineficaces en cuestión de congelaciones, amputaciones, aplastamientos o ahogamientos. Situaciones tremendamente cotidianas durante la pesca de la ballena en Terranova.

Muchos marineros asumían aquellos viajes como los últimos días de su vida, ya que eran muchos los que no regresaban, víctimas de la inclemencia del tiempo, de la enfermedad, del cansancio o de la inoperancia de los sanitarios.

Los capitanes sólo aceptaban en su tripulación, como certifica el testimonio de Santiago de Arribillaga, armador de un buque: 
“Toda la gente que se embarca en cada uno de los navíos, todos regularmente son mozos de buena salud, sin tener otra necesidad que afeitarse.”




El equipaje del marinero era guardado en su caja, nombre con el que se conocía a los arcones donde guardaban sus ropas y utensilios personales. El atuendo de trabajo ballenero se componía de botas fuertes y anchas, un abrigo de piel de oveja con su lana impermeabilizada en aceite y que llegaba hasta la altura de media bota, un chaquetón de cuero que superaba la cintura, un capuchón que cubría también la nuca y un gran delantal de cuero. A esto debían sumarse otros elementos como el saco que les servían de cama o hamaca, comida para enriquecer la magra dieta de la travesía y algún que otro objeto variado.

La ropa era confeccionada por hábiles artesanos con la mejor materia prima. Y como esa calidad también se pagaba en aquellos tiempos, los pescadores debían desembolsar pequeñas fortunas antes de iniciar un viaje que no sabían si compensaría a la postre los gastos. Para ayudarles, toda la familia aportaba sus ahorros, porque si la empresa a Terranova salía bien, sus beneficios económicos eran muy ventajosos.

Los armadores debían reunir los pertrechos necesarios para el viaje de ida, la estancia y el regreso de sus marineros. Absolutamente imprescindible era la sal para conservar los bacalaos durante el regreso, los candiles para iluminar la oscura noche de Terranova si la jornada de trabajo se prolongaba más 12 horas diarias, y las calderas de cobre en las que se cocinaba la carne de ballena para extraer su grasa, el auténtico beneficio de la empresa.

Debían de adquirir armamento ballenero, fabricado con hierro vizcaíno en las ferrerías de la región, así también la madera adquirida de los mismos bosques era transportada por los ríos hasta los astilleros portuarios donde se fabricaba la nao. Todo lo daba la tierra y el mar: la madera, el hierro y la pesca.



ARSENAL DE ARPONES


El aparejo ballenero y otros pertrechos, pinazas y bastimentos para una nao de alrededor de 450 toneladas, entre las mayores de la costa en la década de 1550, costaba entre 2.000 y 2.500 ducados, una cantidad importante de capital y cercano al valor de la misma nao.

Durante la estancia a bordo, los tripulantes compartían las camas, tomado turnos para dormir. Todo estaba húmedo, tanto el piso como las paredes. Su alimentación estaba basada en habas, guisantes, mostaza, ajo, galleta, patatas, aves y dos veces por semana cerdo salado, en la idea, y de carne de ballena y bacalao a la vuelta. Hacia el fin del viaje los alimentos comenzaban a escasear. Lo que no podía faltar era la sidra, ya que esta bebida tan cantábrica evitaba la aparición de escorbuto. El agua dulce estaba reservada para el consumo humano. La vida del expedicionario ballenero era una vida muy insalubre y nauseabunda, y las enfermedades se propagaban muy fácilmente si no se tomaban las medidas adecuadas.




La expedición ballenera a Terranova se empezaba a organizar en enero, con la intención de partir de los puertos del Cantábrico a finales de primavera, generalmente en la segunda semana de junio, y llegar a la costa americana en los prolegómenos del verano, en la segunda mitad del mes de agosto, y aprovechar el deshielo. Realmente la fecha idónea para la captura de la ballena era el invierno, cuando las ballenas en su migración otoñal del océano Ártico hacia los mares del Sur.

Más tarde, el invierno recubriría de hielo las aguas de la bahía, pudiendo aprisionar algún barco. Excepcionalmente, elegían quedarse en América del norte durante la temporada invernal, si una pesca infructuosa no permitía llenar el barco y completaban la carga en la primavera, en la migración de las ballenas hacia el norte.

Durante el invierno de 1576-1577, cientos de balleneros vascos murieron congelados con sus barcos atrapados en los hielos. Entre generaciones siempre se transmitió aquella terrible invernada. Tras la desastrosa experiencia, la mayoría de las expediciones regresaban antes de octubre. Los marineros eran capaces de sublevarse si su capitán les pedía que se quedaran más tiempo del estipulado, de ahí también el rígido horario de trabajo para sacar el máximo beneficio antes del regreso.




En Terranova habitaban dos tipos de indios esquimales: los que entablaron tratos comerciales y los que no. El historiador Isasti los describía así: 

“Los hombres salvajes que allí habitaban como bárbaros sin casas y sin vestidos de paño, sino con solos pellejos de venados, y son de dos géneros; unos se llaman esquimaos, que son inhumanos, porque suelen dar asalto a los nuestros con sus arcos y flechas y matar y comerlos. Otros se llaman montañeses o canaleses, que conversan con los nuestros y dan aviso, cuando sienten que vienen los otros malos.”


Los balleneros estaban interesados en mantenerse fuera del alcance de aquellos indios para concentrar todos sus esfuerzos en la pesca, pero en ocasiones aquellos indios trataron de proteger sus dominios de intrusos que saqueaban sus mares y talaban sus bosques para construir cabañas y otras infraestructuras. Y obtuvieron diferentes respuestas ante el contacto con ambas tribus.

Con las tribus que se avinieron a negociar se creó un idioma compuesto por palabras en euskera y en la lengua autóctona, que se perpetuó hasta la salida definitiva de los balleneros vascos en el siglo XVIII. Entre otras cosas, los vascos introdujeron en España las pieles de focas que cambiaban por cuchillos y hachas.




Una vez arribados, preparaban las instalaciones cerradas durante el curso del invierno: el muelle, las cocinas de reducción, las cabañas donde guardaban los toneles, las cabañas para vivir en tierra. La caza entonces comenzaba y se extendía hasta el fin del año. Los barcos eran atracados en puerto, ya que para cazar las ballenas empleaban las chalupas, más rápidas y maniobrables.

Los balleneros cazaban principalmente dos especies de cetáceos: la ballena de Groenlandia (Baloena mysticetus) y la ballena negra del Atlántico o ballena glacial franca (Eubaloena glacialis).

La ballena franca fue la primera denominación que obtuvo, pero debido a su gran popularidad fue llamada ballena vasca, su nombre científico es el de Balaena euskariensis. Vivía en el océano Glaciar y en la parte norte del Atlántico y el Pacífico, y en su migración anual, huía de las frías aguas y llegaba al golfo de Vizcaya o las costas de Terranova para aparearse.



BALLENA FRANCA



Estas dos especies podían tener un cuerpo enorme, como su gran cabeza con unos ojos pequeños y una mandíbula muy curvada. El color más común, era el negro en el dorso, a pesar de que también solían tener unas manchas blancas en el vientre y cerca de las barbas, zona denominada mentón. Del mentón cuelgan unas 300 o más prolongaciones córneas, también llamadas barbas, de 3 metros de longitud. Carecía de aleta dorsal. Podía llegar a pesar hasta 100 toneladas, solía medir entre 15 y 18 metros pudiendo alcanzar hasta 24 metros, un tercio de los cuales corresponde a la cabeza y pesaba 60 toneladas. Su lentitud y el hecho que no se hundían una vez muertas a causa de su alto contenido de grasa las hacían las presas ideales. Estas dos especies hoy en día han desaparecido de Labrador.

Generalmente las ballenas nadaban en grupo, y poseían un vínculo familiar muy fuerte. Los arrantzales preferían herir primero a las crías, ya que la madre nunca la abandonaría, y el macho a su vez tampoco desampararía a su hembra. Aguantaban una hora bajo el agua y nadaban muy cerca de la superficie. Su respiración era tan fuerte que se veía fácilmente a distancia. Al morir salían a flote no hundiéndose como lo hacían otras especies marinas.

El proceso de caza ballenera en alta mar comenzaba con el avistamiento de un cetáceo en su salida a la superficie. Antes de que volviera a sumergirse, los pescadores llegaban hasta ella en esquifes tripulados por 12 o 15 hombres. El arponero, instalado en la proa de la chalupa, lanzaba el arpón atado a una larga cuerda llamada arponera, que iba atada a la barcaza. Evitaba la cabeza porque el arpón podía rebotar en su cráneo, y lo clavaba en la grasa y los músculos de los costados, comenzaba así una persecución que podía demorar unos minutos u horas. Una buena arponeada permitía así lograr un mamífero muy grande. Era el momento más peligroso, pues si la ballena golpeaba la barca con su cola podía romperla fácilmente, abocando a una muerte segura a sus ocupantes. Y si decidía sumergirse, entonces la arrastraría con ella. Apoyando al arponero, los balleneros la herían en sus costados con piquetes, debilitándola y forzándola a permanecer emergida. En esta tarea eran ayudados por otras barcazas. Como relata el historiador Isasi en sus crónicas de la época: "...conócese estar muerta cuando se vuelve el vientre para arriba sobre el agua".

Una vez que la ballena era atrapada, el arponero le clavaba una lanza en el corazón y el cetáceo era remolcado a la bahía. Dependiendo del estado del mar, la fuerza y la dirección de los vientos y la distancia hacia la costa hacían que el remolque pudiera tomar horas.




Tras la llegada al puerto, empezaba el procesamiento de la ballena. Un sólo ejemplar proporcionaba cientos de toneladas de carne, aceite, barbas y huesos.

Primero, se ataba al lateral del barco y daba comienzo el destocinado o descuartizamiento en tiras por personal especializado, que usaban hachas y cuchillos, la mayor parte dotados de largos mangos. Una partida de obreros aguerridos podía despiezar una ballena en pocas horas.

Las largas tiras de grasa se introducían en las calderas de reducción, hechas de cobre, calentadas por hornos de leña para extraer la grasa del animal o aceite denominado saín. Cada pieza de grasa tenía unos 20 cms. de espesor. En ocasiones la grasa se obtenía en la propia cubierta del barco, pero las más, se trabajaba en tierra. A medida que la grasa se transformaba en aceite, se ponía en un caldero con agua fría. Las impurezas más pesadas que la grasa, quedaban en el fondo. Esta operación se llevaba a cabo día y noche, hasta que toda la grasa había sido procesada. El aceite purificado era entonces vertido en los barriles. Este saín era utilizado para los candiles de aceite que alumbraban las casas y ardía sin desprender humo ni dar olor, era el único combustible disponible para iluminar.

La carne, una parte se consumía en fresco en España, pero la mayor parte se salaba, se envasaba en barricas de salmuera y se vendía a otros puertos comerciales de Europa, estando considerada, junto con la lengua, un plato exquisito. Las barbas eran la materia prima utilizada para la elaboración de corsés y varillajes de abanicos y constituía uno de los escasos materiales flexibles de la época. Los huesos servían como material de construcción de edificaciones, adorno y para la elaboración de muebles y utensilios. Se aprovechaba hasta la lengua.

La actividad desarrollada para cazar una ballena, despiezarla y reducir su grasa en aceite constaba de dos días y medio. Para llenar un barco del tamaño característico en Terranova se necesitaban una docena de cetáceos, que podían llenar entre 40 y 90 barriles de aceite cada una, según su tamaño.

El trabajo era agotador. Con una temperatura media de -15ºC las congelaciones de extremidades y dedos estaban a la orden del día. A ello se sumaba el cansancio, la falta de higiene personal y las enfermedades. Únicamente las enfermedades graves permitían el relevo del puesto, porque las lumbalgias, los sabañones o las úlceras se consideraban tan cotidianas, que no se trataban en consideración especial. Esto no quiere decir que fueran a la postre causa de incapacitaciones o de muertes, sólo que eran males asumibles. Al final del día, el cansancio acumulado era tan extremo que los hombres apenas se tenían en pie.

La persistente niebla impedía la visibilidad más allá de unos pocos metros, acrecentando la sensación de aislamiento. Y aún peor resultaba con la llegada de las nieves, ya que el peso del hielo de la cubierta del barco amenazaba con volarlo, ante lo cual los marineros debían picar.

Sin duda se trataba de una vida extremadamente difícil, alejada de cualquier romanticismo y en la que únicamente la esperanza de una buena paga lograba hacerla soportable.






La presencia de los balleneros vascos en la costa Terranova quedó de manifiesta en Red Bay y Chateau Bay, en la península de Labrador, donde construyeron pesquerías para organizar la actividad que consistía en fletar al menos 15 naos por temporada, y a todos sus tripulantes: carpinteros, remeros, arponeros, toneleros, etc. Los capitanes, depositarios del secreto de las pesquerías, dormían aparte. Siempre había al menos un cura viviendo con ellos. En el campamento de Red Bay podía llegar a albergar a 2.000 vascos durante la temporada.

Gracias a la labor de investigación realizada por la canadiense Selma Huxley, experta en estas efemérides, se han dado a conocer el nombre de algunos marineros naturales de Orio: Joanes de Echaniz, Madalena de Urdaire, Domingo de Aganduru, María de Arranibar, Domicuca de Arbe, María Joango de Aganduru, Nicolás de Hendaya, Francisco de Jaureguieta, Lazaro de Segura, etc.

Las expediciones balleneras vascas habrían llegado por primera vez en 1518, según fecha documentada. Juan de la Riva fue el primer marino vasco que rodeó la península de Terranova en 1532.

La nao ballenera San Juan de Ulía, construido por los hermanos Laborda en el puerto de Pasaia en el siglo XVI, tenía 25 metros de longitud y 109 toneladas de peso. Se hundió en aguas de Terranova en 1565, junto con sus 60 tripulantes por un temporal del norte, cuando pretendía regresar a Europa, transportando entre 800 y 1.000 barricas de saín, provenientes de entre 6 y 9 ballenas. Fue descubierto en la bahía de Red Bay en 1978. El valor de su cargamento está calculado entre seis y ocho millones de euros.

Joanes de Echaide, natural de Elizondo, fue un armero del valle del Baztán que consiguió asiento en la corte de Navarra en el siglo XVII. Organizó una expedición de caza ballenera en Pasajes, se trasladó a las costas de Terranova y otros lugares; allí fundó Echaide-Portu, y estableció un verdadero centro de pesquería.






La travesía de ida del Atlántico duraba más de 60 días, dependiendo de las difíciles condiciones. El viaje de retorno era habitualmente muy corto, entre 30 y 40 días, gracias a las corrientes y los vientos favorables. Las travesías eran muy peligrosas, además de los riesgos de naufragio por las tempestades, debían enfrentar a los piratas europeos que cruzaban a lo largo de Terranova.

Aunque los temporales podían estallar también en el viaje de ida, en la vuelta podía suponer el retorno al puerto de Terranova para reparar las averías y desperfectos del navío durante el resto del invierno. Los naufragios supusieron un ámbito aparte. Para los familiares y armadores era más beneficioso perder un barco entero, que sólo unos fragmentos del mismo, ya que entonces las dificultades para cobrar aumentaban, al considerar las aseguradoras que el supuesto accidente podía tratarse de una pícara trampa.

La principal amenaza corsaria provenía de los buques franceses de La Rochela, siempre enemistados con la Corona española y que no dejaron de hostigar a la marinería vasca durante los siglos XVI y XVII. Aunque su realización conllevaba mucho un riesgo debido al corso marítimo, mucho mayor era el riesgo en las Armadas Reales.

El momento más satisfactorio de la vida a bordo del barco se celebraba al divisar el puerto de llegada. En las villas, las campanas replicaban por el retorno de sus hijos pródigos y la gente acudía a puerto. El más importante fue el de San Sebastián, población apoyada por privilegios forales y reales en cuanto a la pesquería que la colocaron en un a fácil situación de dominio sobre el resto de Guipúzcoa y de Vizcaya.

Cuando los viajes daban buen resultado el pago a los tripulantes, en la forma de participaciones en la pesca, representaba ingresos que eran considerablemente mejores que los que se podían sacar de la mayoría de las actividades vinculadas a tierra firme. Una pequeña inversión en una expedición a Terranova podía significar el comienzo de un proceso de acumulación de capital para una persona de recursos limitados.

Además de la pesca de la ballena, se capturaban besugos, sardinas, merluzas, bacalao, atún, congrio, jibiones, etc., y se comercializaba con pieles. Pero la materia prima más rentable era la grasa de ballena, muy apreciada en la época. Con ella se iluminaban las farolas de las urbes, se fabricaban paños y se curtían algunos cueros. Su demanda fue enorme y la comercialización alcanzó dimensiones internacionales. La Corona española se mostró muy ciega considerando a Terranova un lugar de poco provecho, y los balleneros vascos supieron sacar provecho de ello. Se calcula que en el siglo XVII una barrica de esta grasa se vendía por 6.000 euros actuales, un barco pequeño podía transportar cerca de 800 barriles, y una flota entera podía conseguir 20.000 barricas  en una sola campaña.

Una sola barrica de aceite de ballena valía a precios de hoy cerca de $ 4.000. Si un pequeño barco transportaba cerca de 800 barriles, en un sólo viaje a Terranova, podía hacer ganar, a precios de hoy, varios millones de dólares. Con el dinero obtenido por la venta del aceite que podía transportar cada uno de estos grandes barcos se podían adquirir, en aquel entonces, dos galeones.




Los inmensos beneficios obtenidos propiciaron que toda la comunidad quisiera obtener una tajada del negocio. Alzola, Deba, Orio, Donostia, etc., se convirtieron en importantes centros de comercialización de la grasa de ballena. En torno a estos puntos claves se desarrollaban unas actividades mercantiles que daban vida a sus respectivas comunidades. Armadores y balleneros aparte, aparecieron profesiones de lonjeros, aleros, trajineros, mercaderes, etc. Surgieron particulares que alquilaban sus calderas de cobre, gente que aportaba crédito a los capitanes para armar sus barcos, otros se contrataban para recuperar a nado la carga si el barco naufragaba cerca del puerto de destino, o los que limpiaban las barbas de ballena y las transformaban en grasa en grandes calderas de cobre. Las barricas de grasa se almacenaban en los sótanos de las casas que entraban a formar parte de la cadena de comercialización. Allí la grasa era traspasada a grandes tinajas de barro elaboradas en Sevilla. En estos sótanos y lonjas podían estar tiempo indefinido, trasportándose según los pedidos.

Los mercaderes-empresarios de la costa vascongada principalmente de Motrico, Oyarzun, Zarauz o Deva tenían fuertes enlaces comerciales con habitantes del interior a través de una ruta comercial principal, el Rio Deva, como en Alzola, Elgoibar y Eibar, y también con habitantes de villas más lejanas río arriba por la ruta del valle del Deva como Placencia de las Armas, Vergara, Mondragón y Salinas de Leniz, y de las ciudades de Vitoria y Burgos.

Hasta Alzola era posible transportar la grasa en barricas de doscientos litros, lo que se hacía utilizando largas barcas o chalupas que se denominaban alas o gallupas, que viajaban desafiando las corrientes y los riscos de las orillas. Alzola se convirtió en una inversión segura por el hecho de que, alejado de los peligros propios de la costa, ofrecía todas las ventajas que podía suministrar un puerto interior que, además, era un punto estratégico en las relaciones mercantiles entre el interior y el mar. Además, Alzola se situaba en medio del camino más corto entre Álava y el Cantábrico, lo que contribuyó a convertir esta localidad en un punto de referencia obligado en el comercio y las rutas guipuzcoanas.

En Salinas la ruta del Deva salía de los profundos valles guipuzcoanos hacia la llanura de Álava camino de Vitoria, de donde una de las principales rutas comerciales seguía, atravesando el río Ebro en Miranda y pasando las montañas por la espectacular garganta de Pancorbo, hasta Burgos, la antigua capital de Castilla.

El trasporte de productos pesqueros desde la costa vasca hasta el interior de las llanuras alavesas remontando los ríos permitía la distribución de productos como el aceite de ballena o el bacalao eran comprados por mercaderes de Vitoria y Burgos. Tras alcanzar el límite navegable del río, se cargaba en odres o pellejos, único modo para transportar el líquido a lomo de mulas. En el descenso del río se transportaban los productos del interior de la península hacia la costa para ser embarcados y comercializados a Europa o a Sevilla en la Carrera de Indias. Posteriormente, la comercialización se fue trasladando mediante barcos hacia los puertos europeos como Bristol, Londres, Ruan y La Rochela.

El escaso uso de los productos perecederos (carne de la ballena) se debe a que la venta en el interior de España era muy dificultosa, ya que hasta 1750 no hubo caminos carreteros que comunicasen la costa con la meseta. Aparte de que cuando se construyeron, el transporte se hacía a lomos de mulas o carros, cogiendo nieve por el camino en invierno. Por lo que era muy poco práctica su venta.



HORNO PARA DERRETIR GRASA USADO EN EL SIGLO XVI


EMPLEADOS DE LA PESCA BALLENERA


El apogeo de las expediciones balleneras vascas en Labrador se situó entre 1550 a 1580. De 20 a 40 balleneros transportaban cerca de 2.000 hombres que venían cada año a América. La demanda de naos ocasionada por la expansión del sector de Terranova, estuvo asociada con la insaciable necesidad de naos para el comercio con las Indias, apoyada con incentivos reales concebidos para promocionar la construcción de grandes buques de guerra para fines defensivos. Estas necesidades de construcción naval originaron una expansión de este sector industrial en Vizcaya y Guipúzcoa desde 1565 a 1585 aproximadamente.

Hacia el fin del siglo XVI, los vascos eran menos numerosos. Muchos factores explican este fenómeno. Se pueden mencionar la baja de los precios y las numerosas guerras que diezmaban a Europa. Así, en 1588, el rey de España requisó las naves vascas para formar la Armada Invencible y atacar Inglaterra. No obstante, el monopolio del sector ballenero estaba en juego entre vascos e ingleses, y el futuro de esta industria dependía de la resolución de aquella guerra. Corsarios ingleses, franceses y holandeses trataron de cortar las rutas comerciales que llegaban a España, no sólo desde el mar Caribe, también desde Terranova. Por otra parte, los reyes de España permitieron armar en corso a numerosos capitanes y armadores vizcaínos y guipuzcoanos con la intención de interceptar los navíos balleneros de estos países, rivales en el comercio ballenero y enemigos de la Monarquía hispánica.

Atraídos por este negocio, otras potencias navales como Inglaterra, Holanda o Francia dirigieron sus miras a Labrador. Sus compañías pesqueras se sumaron a esta lucrativa industria. Por eso, la costa de Terranova se fue esquilmando progresivamente, y a finales del siglo XVI, una veintena de balleneros vascos se dedica a pescar en el Ártico, Groenlandia y la costa norte de América. Todas las flotas fueron acabando con las ballenas, por lo que se organizaron expediciones cada vez más al norte. Para inicios de la década de 1650, se registra un máximo en lo que a pesca de ballena se refiere.

La actividad ballenera tradicional fue desapareciendo con las ballenas a lo largo del siglo XVIII. Es más difícil si cabe conocer el cese de la actividad en los puertos vascos, ya que se continuó cazando ballenas en Terranova, y en Vizcaya y Guipúzcoa se arponearon ocasionalmente ballenas a lo largo del siglo XIX.

Entre 1517 y 1662 los pescadores de Lequeitio cazaron 45 ballenas, de las cuales 7 eran crías.

Entre 1637 y 1801 los pescadores de Zarauz pescaron 55 ballenas.

Entre 1728 y 1789 pescadores de Guetaria cazaron 12 ballenas, y los años anteriores una media de 4 a 10 por año.





A comienzos del XVIII, por el tratado de Utrecht, los pescadores españoles perdieron la posibilidad de acceder a Terranova que quedó reservada para las naves inglesas. Cambió de manos la hegemonía marítima en el Atlántico norte. Esta había correspondido en el siglo XVI a la Corona de Castilla, saliendo con ello beneficiados los arrantzales vizcaínos y guipuzcoanos, y en el siglo XVII se había impuesto la hegemonía de Francia, resultando favorecidos entonces los pescadores labortanos. Posteriormente, la derrota francesa en la Guerra de los Siete Años significó la prohibición para acceder al estuario del San Lorenzo.

A consecuencia de aquel tratado de 1713 cada una de las provincias marítimas siguió una diferente trayectoria pesquera.

A estas restricciones jurídico-legales hubo que añadir una gradual disminución del número de cetáceos desde el siglo XVII, hizo desaparecer la caza ballenera de los puertos peninsulares. Ante este panorama desolador, la industria pesquera del siglo XVIII se centró en el monopolio comercial de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, y una buena participación de las actividades de las compañías de La Habana y de Manila. Otra alternativa fue buscar caladeros de ballenas más al norte, en Islandia, Noruega, islas Spiztbergen en el Ártico, o al sur, en el mar de la Patagonia.

El 14 de mayo de 1901 se pesca la última ballena franca glacial en Orio aunque se mató con dinamita, ya que no quedaban vestigios de la técnica tradicional, en honor a lo cual se compuso una canción.

No fueron los pescadores europeos de la Edad Moderna quienes provocaron la progresiva extinción de la ballena, sino la pesca masiva del siglo XX, y en especial los arpones automáticos de los japoneses. Frente a eso, la aventura de las expediciones balleneras al Cantábrico y Atlántico conserva la frescura y la nobleza de unos hombres que lucharon con valentía para ganarse un medio de vida.


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Re: Pesca ballenera vasca: la aventura del Cantábrico a Terranova

Mensaje por ilustrado el Sáb Nov 28 2015, 13:54

Spanverjavigin: la matanza de los españoles


La llamada Matanza de los españoles (en islandés, Spánverjavígin) fue un asesinato colectivo ocurrido en Islandia en el siglo XVII. Unos balleneros vascos llegaron en una expedición de caza hasta Islandia en 1615 y allí fueron asesinados tras conflictos con la población local de la región de Vestfirðir.




En la primera mitad del siglo XVI, los pescadores vascos desarrollaron la primera industria ballenera a gran escala del mundo en Terranova. El centro de esta industria eran diez puertos de la costa meridional de la península del Labrador. Durante la etapa de apogeo, en las décadas de 1550 a 1570, la flota estaba formada por una treintena de barcos, tripulados por más de dos mil hombres, que capturaban unas cuatrocientas ballenas cada año. A principios del siglo XVII, la captura de ballenas por parte de marineros vascos se extendió hasta Islandia.

El año 1615, fue difícil en Islandia a causa de que las costas permanecieron congeladas hasta el final del verano y se produjeron considerables pérdidas de ganado. A mediados del verano tres buques balleneros vascos llegaron a Reykjarfjörður, en Vestfirðir. Los islandeses y los vascos tenían un acuerdo mutuo por el que ambos se beneficiarían de la empresa. Cuando los barcos estuvieron listos para zarpar a finales de septiembre, se levantó un terrible vendaval y los barcos fueron empujados hasta las rocas, donde quedaron destrozados.

La mayor parte de la tripulación, unos ochenta, sobrevivió. Los capitanes Pedro de Aguirre y Esteban de Tellaria pasaron el invierno en Vatneyri (Patreksfjörður) y al año siguiente se marcharon a casa. La tripulación de Martín de Villafranca se dividió en dos grupos: uno se dirigió a Ísafjarðardjúp y el otro a Bolungarvík y después a Þingeyri. El 17 de octubre Martín de Villafranca y los otros diecisiete miembros de su grupo fueron asesinados en Æðey y Sandeyri, en Ísafjarðardjúp.

Estas decisiones fueron instigadas por el magistrado Ari Magnússon de Ögur en octubre de 1615 y enero de 1616. Los vascos fueron considerados criminales por sus fechorías después de que sus barcos naufragaran y, según el libro de legislación islandesa de 1281, se decidió que la única opción correcta era ejecutar a tantos como fuera posible. En total, 32 vascos resultaron asesinados.




Jón Guðmundsson el Docto escribió un relato crítico con los hechos, condenando la decisión del magistrado local de ordenar los asesinatos en su obra Sönn frásaga af spanskra manna skipbrotum og slagi (Un relato verdadero de los naufragios y luchas de los españoles). Jón afirma que fueron asesinados injustamente: deseando no tomar parte en los ataques, huyó a Snæfellsnes en el sur.


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