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El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar

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El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar

Mensaje por BRUC el Jue Nov 12 2015, 11:18

Muy chiquitín, con cara de no tener a sus espaldas más de 20 primaveras… y con unas gónadas casi tan gordas como el navío de 74 cañones que comandaba en Trafalgar. Dicho así podría parecer que estamos rindiendo homenaje a alguno de los marinos que navegaban bajo la rojigualda en el siglo XIX (los cuales andaban sobrados también de entrepierna, todo sea dicho). Sin embargo, en este caso el honor es para Jean Jacques Etienne Lucas. Un capitán que, a pesar de no hablar castellano y ser un gabacho de «tomé y lomé» (no todo el mundo es perfecto, que se le va a hacer) demostró que su escasa estatura no era un impedimento a la hora de dirigir a la perfección su barco. Así lo pudo atestiguar el infame almirante de la Pérfida Albión Horatio Nelson quien, a lomos del «Victory», se estuvo dando de cañonazos contra el bajel de nuestro franchute varias horas sin poder superarle. De hecho, necesitó la ayuda de otros dos «british ships» para terminar dándole estopa. Le salió caro, pues un mosquetazo perdido del navío del «petit capitán» galo acabó mandándole a cantar el «Good save the queen» al cielo.
Lucas, cuarentón cuando españoles y franceses andábamos y andaban -respectivamente- a bofetadas en Trafalgar, fue uno de los pocos gabachuzos que logró mantener el honor de la «Armée Imperial» de Napoleón aquel infame 21 de octubre. Todo lo contrario que Villeneuve -almirante de la armada franco española- quien, sin hacer honor a su cargo, demostró lo torpe que era dirigiendo grandes flotas al llevar a la derrota a los aliados con sus estúpidas decisiones. Tampoco destacó precisamente por su «valeur» Dumanoir quien, viento en popa sobre su «Formidable», salió por patas junto a otros buques de su escuadra de la «bataille» antes siquiera de soltar un cañonazo sobre los inglesitos. A nuestro pequeño protagonista, por el contrario, ningún oficial cargado de medallas le pudo decir ni «palabré», pues se dejó el alma a bordo de su «Redoutable» en la lid. No en vano el pequeño corso (más alto que el, por cierto) le recibió con honores en la Francia imperial. Lo mismo pasó con Villeneuve, quien le regaló una bocina de mar con la leyenda «A l'intrepide Lucas» después de aquel follón.
Y eso, con una altura bastante escasa para todo un capitán de barco. «En las fuentes se recoge su baja estatura. Parece que medía menos de 150 cm., pero lo que le faltaba de talla lo compensaba con su bravura, sangre fría y ánimo imperturbable», explica, en declaraciones a ABC, Luis Enrique Iñigo Fernández -Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid, Doctor en Historia por la UNED y autor de «Breve historia de la batalla de Trafalgar» (editado por «Nowtilus»)-.
A su vez, Lucas fue también uno de los pocos marinos galos que sabía hacer la «o» con un canuto o, en su defecto, hacer que las velas se pusieran tiesas con la llegada del viento. Y es que, después de que Napoleón asesinase a decenas de oficiales tras tomar el poder y convertir Francia en un Imperio, había poco marino lúcido que elegir para armar comandante. «Es necesario tener en cuenta que la antigua Marina Real había sufrido una verdadera purga durante la Revolución Francesa, cuyos líderes consideraban, con razón, que la oficialidad, en especial los “bleu”, o azules, que eran los que de hecho comandaban los navíos, era hostil a la revolución. Pero el resultado fue espantoso. Durante los años posteriores escasearon los buenos oficiales y se hicieron frecuentes los ascensos motivados más por la lealtad revolucionaria que por la competencia técnica. Por desgracia para los franceses, Lucas era más una excepción que una norma», añade el experto.
El pequeño (e infantil) Lucas
Jean Jacques Etienne Lucas llegó a este mundo el 28 de abril de 1764 allá por la Charente-Maritime, una región ubicada al sur este de la «France». Y todo ello, cuando a los padres de Napoleón apenas se les había pasado por la cabeza yacer para concebir al futuro Emperador (quien, por cierto, arribó a la Tierra a la altura de 1769). Pero lejos de centrar la atención en el «petit corso» (el cual sabía del mar su color, y poco más), vale decir que el futuro capitán de navío más pequeñín de la flota imperial nació en Marennes el mismo año en que su país había expulsado a los jesuitas de sus fronteras. Como buen chaval de padre militar (alguacil real, para más datos) alumbrado cerca de la costa, los pasos de nuestro francés se dirigieron inmediatamente hacia los cascarones que, fabricados en madera y metal, flotaban sobre el agüita clara y fresca del Atlántico. Aquello, durante la enésima guerra de los galos contra los ingleses, algo ya habitual en la historia.
«No tenía todavía 14 años cuando su padre le mandó a Rochefort. Ahí fue embarcado como guardiamarina en el “Bathilde”, un barco encargado de escoltar a los convois cerca de la costa. En el mes de mayo de 1779, Lucas subió a “pilotin” en el “Hermione”, comandado por el Conde de la Touche, y, en sus inicios [en este puesto] asistió a la toma de dos corsarios ingleses conseguidos en las costas de la Ile-Dieu después de un combate muy obstinado», explica Joseph François Gabriel Hennequin (marino contemporáneo de Lucas) en su obra «Biographie maritime; ou, Notices historiques sur la vieet les campagnes des marins célèbres français et étrangers». Dos años después, y tras haber sufrido en sus carnes abordajes y disparos de cañón, el navío de Lucas recibió la orden de dirigirse hacia Nueva Inglaterra (en América), donde se pondría a las órdenes del Conde de Guichen. «Lucas hizo esta nueva campaña como voluntario, y en los 28 meses que duró, asistió al combate que esta armada libró el 17 de abril de 1780, a la [contienda] contra el almirante Rodney [...] y, en uno de ellos, Lucas recibió una herida grave en el brazo izquierdo», completa el militar.
Ya fuera con el ala dolorida o no, el pequeño (todavía por edad, ya habrá tiempo para llamarle bajito) fue trasladado a la corbeta «Le Jeune Dauphin» en mayo de 1872 y, posteriormente, pasó a la «L’Adour» gracias a sus capacidades marítimas. En la misma, nuestro protagonista casi acabó durmiendo con las algas después después de que el barco se fuera al infierno (o al fondo de las aguas, según quiera mirarse) cerca de la isla de Ré (al oeste del país). En los años posteriores, este marino fue demostrando también sus capacidades navales en los múltiples mandos que dispuso. «Durante los años que van desde 1783 hasta 1791, Lucas fue sucesivamente ayudante del piloto, segundo, y finalmente primer piloto. Fue embarcado en esos diversos grados sobre la corbeta “La Fauvette”, la fragata “La Nereide” y navío “L’Orion”, a bordo de los cuales hizo varias campañas en le Mediterráneo, en las Iles du Vent y en Saint Domingue», determina Hennequin en su obra. En 1792 fue ascendido a «enseñanza de navío» y, posteriormente, a «teniente de navío» en 1794 en la fragata «La Fidéle».
Tras varios meses en los mares, y con la cara callosa ya de polvo y salitre por su extenso tiempo en la cubierta de un navío de guerra, este galo relajó sus ansias de sablazos para -durante cuatro años- dedicarse principalmente a las «delicadas» observaciones astronómicas. Una «mariconerié», que pensarán los falsos machos de pelo en pecho desde sus cálidas camas, después de haber estado partiéndose el morro frente a los lords bebedores de té en una buena parte de las aguas que rodeaban la «France». Pero nada más lejos de la realidad. Y es que, en aquellos violentos años no era raro que se aparcase brevemente el arcabuz y el chuzo (o hacha) de abordaje para cultivar también la ciencia. Y si no, que se lo pregunten al Brigadier Cosme Damián Churruca, vasco de nacimiento y uno de los mejores marinos del momento (aunque esté mal que lo digamos desde estos lares), quien se dedicó tanto a las tortas como a embarcarse en investigaciones en las que lo que primaba no era hacer agujeros a las casacas de los «british», sino desvelar los grandes enigmas de la tierra, el agua, los cielos y lo que se terciase.
El imponente combate de Algeciras
Tras regresar en «La Fidele» a Brest en 1795, Lucas logró nuevamente un ascenso cuando fue enviado al buque «Le Fougueux» (encuadrado en la armada del almirante Morard de Galles). No obstante, su gran patada hacia el escalafón gabacho la vivió allá por 1799, cuando sus décadas al servicio de la marina francesa le fueron recompensados con el traslado al navío de línea «Indomptable» (un portento marino de 80 cañones) como capitán de fragata. Todavía le faltaba un poco para dirigir aquellos imponentes bajeles (los más grandes de la época). Pero amigo, había que tener paciencia, que ya caería la nuez. Aquel era un ascenso y, al fin y al cabo, fue bien recibido por el pequeño francés, quien ya llamaba la atención en las cubiertas de los barcos en los que navegaba por su determinación... y por su escasa estatura.
En 1801, después de que el infame Bonaparte -por entonces Primer Cónsu l del país- favoreciese una alianza entre España y su país para dar de sartenazos a los ingleses, Lucas participó sobre el «Indomptable» en la batalla de la Bahía de Algeciras. La contienda se produjo cuando el «petit corso» ordenó a dos de sus oficiales más lamezapatos fusionarse con varios buques de nuestra «Espagne» para armar jaleo en Egipto, donde los franceses combatían contra los «british» a sangre y cañón. El tratado fue llevado a cabo por pasividad de su real alteza hispana Carlos IV y gracias a la obra de su subordinado y valido Manuel Godoy. Este, en los ratos que tenía libres entre bajada y bajada de enaguas a la reina -con la que, según se comenta, le ponía una buena cornamenta a su monarca-, decidió que era mucho mejor rendirse a las órdenes del «Empereur» que contrariarle.
«En las clausulas adicionales al tratado se dictaron las disposiciones militares, de tal forma que dos contingentes navales galos, al mando de Linois y Dumanoir, saldrían de los puertos de Tolón y Cherburgo para unirse en Cádiz a la escuadra del Almirante Moreno», explica el Coronel Jefe del Regimiento de Artillería de Costa nº 5 Rafael Vidal Delgado en su obra «El fuerte de Santiago y la batalla de Algeciras». La primera parte, como era habitual en los planes de Napoleón, se desarrolló de forma impoluta («Olé mis naricés», que debió pensar), pues logró que la armada gabacha de Linois llegase a aguas andaluzas sin mayor problema con la intención de unirse a los buques hispanos. Sin embargo, a la altura de Algeciras se avisó a la escuadra gala (entre la que se destacaba el «Indomptable» de Lucas, así como otros 3 navíos de línea y una fragata) que la Royal Navy no se había quedado de brazos cruzados y había organizado un contingente para, cañones mediante, mandarles de un tortazo al otro lado del Atlántico.
Lejos de envainársela, Linois le puso arrestos -poco más podía hacer debido al mal tiempo- y decidió plantar batalla a los soldados de la Pérfida Albión en la bahía de Algeciras. Eso sí, al abrigo de las baterías de tierra rojigualdas y de las lanchas cañoneras españolas (pequeñas, rápidas y desesperantes para los gigantescos navíos británicos). El 6 de junio se repartieron los cañonazos. Aquella jornada, la flota inglesa -formada por 6 navíos de línea y una fragata- atacó a los franco españoles esperando barrerles y, posteriormente, beberse unas pintas. No obstante, Saumarez (al mando de la escuadra) no tardó en percatarse del error que había cometido atacando a la línea defensiva gabacha protegida por los cañones hispanos. Con todo, lo hizo después del capitán del «Pompee», a quien seguro que se le escapó algún «stupid» que otro al ver como su cascarón era desarbolado e inmovilizado por los enemigos por la valentía de su superior. Hubo que remolcarlo para que no fuera capturado. Un desastre en nombre de la su graciosa majestad, vaya.
Tampoco le debió dar las «congratulations» a Saumarez el «Hannibal» que, tras sufrir un constante fuego de los cañones de tierra y del «Indomptable», quedó detenido en medio del mar cual boya. Sin velas con las que moverse y con más agujeros que un gruyere elaborado a conciencia por el mejor artesano. «Poco antes de la una de la tarde, el capitán Ferris del “Hannibal” ordenó arriar el pabellón, rindiéndose e incluyendo en la misma a las tripulaciones de los botes que le había enviado su almirante para desencallarlo», añade Vidal. Tras aquello, la moral de los ingleses cayó a la altura de la punta de las medias de su capitán quien, con un sonoro «goodbye», salió por velas de la zona para evitar recibir más bofetadas de las que ya había soportado su careto. Victoria para los aliados y, más concretamente, para Lucas.
Capitán de navío
Tras haberles dado a los ingleses por donde molestan -y mucho- las berenjenas, Lucas fue propuesto para ascender a capitán de navío. Uno de los mayores cargos a los que se podía aspirar en la marina de la época, pues permitía dirigir las imponentes moles de un mínimo de 74 cañones sobre las que recaía todo el peso en una batalla naval. «El navío de línea, concebido en 1653 […] era ya a comienzos del siglo XVIII el tipo de embarcación predominante en el resto de marinas de guerra europeas. […] Su igualdad en maniobrabilidad y velocidad permitía enfrentar al enemigo en la batalla disponiéndose en líneas por escuadras. Desarrollando de este modo una novedosa táctica que dará el nombre a estos buque: “Navíos de línea”. Se clasificaron en Navíos de 1º clase, con 3 cubiertas y 98-120 cañones -a excepción del Santísima Trinidad […]-; Navíos de 2ª clase, con 2 cubiertas y 74 – 98 cañones; y Navíos de 3ª clase, con 2 cubiertas y 60 – 74 cañones», explica el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico en su dossier «El navío de línea».
Lucas recibió el mando de un navío de línea de dos puentes, el «Redoutable»s
Nuestro pequeño amigo, por su parte, tuvo la suerte de recibir el mando del «Redoutable», un navío de línea de segunda clase con 74 cañones (que se aumentaron a 78 posteriormente), 55 metros de eslora y 14 de manga. Robusto y relativamente moderno (pues había sido fabricado en 1791), este buque se fogueó en sus primeros años repartiendo estopa mientras escoltaba bajeles aliados cerca de la costa de Francia. Fuera como fuese, lo cierto es que, tras subir sus gónadas a la toldilla de su navío, se convirtió en uno de los capitanes de navío más bajitos de toda la «Grande Armée» (y, como demostró luego, también el que contaba con más narices a la hora de batirse al enemigo).
El hombre sabio
Así quedaron las cosas con nuestro pequeño capitán. Al menos, hasta que el «petit corso» se hizo nombrar Emperador y, hasta el cetro de tener que aguantar a los inglesetes y su «Royal Navy», tomó una de las decisiones más atrevidas de su carrera militar: se propuso llevar hasta Gran Bretaña un ejército de tierra a través del Canal de la Mancha y, una vez allí, acabar con la monarquía de un único y soberano tortazo. Fácil de decir, pero más difícil de llevar a cabo. Y es que, el «petit gabaché» necesitaba reunir una gigantesca armada que hiciese morder el salitre de las aguas a los barcos que los bebedores de té tenían en los alrededores como defensa. En principio aquello no era un problema, pues contaba en sus astilleros con multitud de buques que podían ser reforzados con otros tantos de España (nación a la que no le había quedado más remedio que alinearse contra Gran Bretaña junto a la «France» después de que el líder galo amenazase con asediar la región si no colaboraban). «No quedé más huevés, mon amie», que debió decir Bonaparte a Godoy. Pintaban difíciles para los españoles, que tuvieron que tragar y, encima, dar las gracias por ello.
Vistas las posibilidades, Napoleón decidió que enviaría una flota de 33 navíos de línea hasta las costas inglesas para transportar a su «Armée» de Francia a Gran Bretaña a través del Canal de la Mancha. El mando de la misma le fue dado al almirante Pierre Charles Jean Baptiste Silvestre de Villeneuve. Oficial de profesión, torpe en sus ratos libres. Porque otra cosa no, pero el francés ya había demostrado sus limitaciones en otras tantas contiendas. No obstante, el hombre andaba bien de enchufes, por lo que el Emperador no lo dudó y le otorgó el bastón de poder en la que, en su momento, era la operación naval de mayor importancia. Sin embargo, antes de que sus bajeles pudieran salir del puerto de Cádiz (donde se habían reunido las dos armadas aliadas para dirigirse hacia el norte), los ingleses bloquearon el puerto con 27 buques similares al mando de Horatio Nelson, el terror de los aliafos en los mares, pues ya le había dado buena estopa en Abukir (Egipto) y el Atlántico a la «France». De hecho, dicen las malas lenguas que Villeneuve solía levantarse por las noches sudando en repetidas ocasiones tras tener una pesadilla en la que aparecía el inglés.
Para la flota franco española (formada por 18 buques del Emperador y 15 hispanos) no quedaba más que combatir si pretendían mantener su honor. O más buen para Villeneuve, quien no quería perder el poco respeto que aún le atesoraba Napoleón (el cual no era demasiado, todo sea dicho). Así fueron pasando las horas hasta que viento va, viento viene, el 21 de octubre los bajeles de la combinada salieron decididos a darse de mamporros contra el inglés. Y eso, a pesar de que los «british» contaban con tripulaciones sumamente entrenadas que, según se dice, daban mil vueltas (y una más, de recambio) a las francesas y aliadas. Sabedor de lo cruda que estaba la cosa, Lucas, que formaba en la combinada a los mandos del «Redoutable», tomó la decisión de entrenar a sus hombres en el uso de armas cortas, bombas incendiarias, y en el disparo desde las cofas de su navío al enemigo.
«El capitán era perfectamente consciente, como lo era el almirante Villeneuve, o el propio Gravina, de que la habilidad de los artilleros británicos les proporcionaba una cadencia de tiro y un porcentaje de aciertos muy superior a los de la flota combinada, y en especial a los de los navíos franceses, por lo que entablar con cualquiera de ellos un duelo artillero no podía sino condenar al bajel propio a una derrota rápida y segura. Por ello, entrenar a los hombres en el abordaje y el combate cuerpo a cuerpo parecía al aguerrido capitán francés una opción más ventajosa, y así lo hizo», añade Iñigo Fernández.
No obstante, el entrenamiento que Lucas proporcionó a sus hombres no fue general en la armada combinada, por lo que la mayoría de los marineros (que eran en muchos casos pordioseros, mendigos y enfermos que habían sido llevados a los navíos a punta de bayoneta para completar las tripulaciones) tuvieron que enfrentarse al inglés sin haber disparado un cañón en su vida y sin haber manejado un sable nunca. Otro imprevisto infame que colaboró en la que fue una de las mayores derrotas de la historia de la Armada española en aguas del Atlántico (y una contrariedad que conocían perfectamente los capitanes españoles).
Las gónadas del canijo
A las ocho de la mañana del 21 de octubre, las armadas se encontraron dispuestas para la lucha frente al cabo Trafalgar. La combinada, por orden de Villeneuve, formó una extensa línea para cañonear al enemigo mientras este se acercaba. En el centro de la misma se ubicaron los navíos de línea más destacados. En primer lugar, el «Bucentaure» (buque insignia galo) y el «Santísima Trinidad» (un bajel español que podía presumir de ser el más grandes del mundo). El «Redoutable» se hallaba cerca de ambos, en todo el meollo de la cuestión. Por su parte, Nelson determinó crear dos columnas que cortarían a los enemigos por el centro en perpendicular. La primera comandada por él y, la segunda, dirigida por Cuthbert Collingwood a lomos del «Royal Sovereign». Para dar ejemplo, ambos oficiales dispusieron que ellos irían en cabeza, por lo que se llevarían una buena parte de los cañonazos mientras, viento en popa a toda vela, se acercaban a los aliados para atravesar su formación.
A las 11:40, Nelson gritó sus órdenes a las dos columnas de navíos y todos supieron (como ya suponían, por otra parte) que les tocaba cargar contra el enemigo y llevarse más de un zurriagazo por proa durante el camino. Sin embargo, el Almirante sabía que, en el caso de que llegasen a cortar la línea, repartirían buenos cañonazos entre sus contrarios. Mientras por la mollera del «british» pasaba todo aquello, Lucas se dedicó a dar ánimos a su tripulación antes de la lucha. «A las once la flota izó sus colores El ritmo de los tambores tocaba ‘Aux Drapeaux’. Los soldados presentaron entonces sus respetos a la bandera, que fue saludada por oficiales y marineros con aplausos. Después, todos repitieron siete veces "¡Que viva el emperador!"», explicó el mismísimo Lucas en el informe que presentó a Napoleón después de la batalla de Trafalgar. La suerte andaba ya echada, y lo único que se podía hacer era combatir hasta la muerte. Al fin y al cabo... ¿a dónde podían huir en medio de una inmensa masa de agua?
Según escribió el mismo Lucas, mientras las columnas enemigas se acercaban a ellos se percató de que la armada franco española disparaba horriblemente mal: «Cuando la columna del enemigo empezó a dirigirse hacia nosotros, el “Bucentaure” comenzó a disparar. Pero desde el castillo de proa pude observar que nuestras naves disparaban mal. Me percaté de que todas las andanadas iban demasiado bajas y se quedaban cortas». Pero el galo pudo quejarse durante un escaso tiempo de ello, pues poco después, y a la velocidad del rayo, el «Victory» de Nelson -seguido por toda la columna- estaba encima del centro de la formación aliada. Y es que el almirante británico, que de tonto no tenía ni un pelo de la peluca, había decidido abalanzarse sobre la popa del «Bucentaure» aprovechando que estaba desprotegida debido a que el bajel que debía cubrirle se había quedado rezagado. Aquello podía haber sido un desastre increíble. No obstante, allí esta Lucas para, gónadas mediante, poner su cascarón a rebufo del de su almirante y salvarle, nunca mejor dicho, el culo.

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Re: El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar

Mensaje por Aurelioj_2003 el Vie Nov 13 2015, 17:05

Siempre lo he dicho... NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO... El valor no está relacionado con la estatura...

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Re: El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar

Mensaje por BRUC el Vie Nov 13 2015, 17:16

@Aurelioj_2003 escribió:Siempre lo he dicho... NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO... El valor no está relacionado con la estatura...
Que se lo digan a Franco...

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Re: El «enano» que asesinó al enemigo más infame de España en Trafalgar

Mensaje por Aurelioj_2003 el Vie Nov 13 2015, 18:22

@BRUC escribió:
@Aurelioj_2003 escribió:Siempre lo he dicho... NO HAY ENEMIGO PEQUEÑO... El valor no está relacionado con la estatura...
Que se lo digan a Franco...
Por ejemplo.... Mi madre siempre decía: "los buenos perfumes y los buenos venenos, vienen en frasco pequeño....".

Napoleón no era muy alto, y sin embargo se adueñó de media Europa... Franco tenía fama de invencible. Que yo sepa, jamás fue derrotado estando al mando...

Aurelioj_2003
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