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El debate de las Dos Españas

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El debate de las Dos Españas

Mensaje por ilustrado el Vie Mayo 23 2014, 12:16

HISTORIAS DE LAS DOS ESPAÑAS, POR SANTON JULIÁ


Historias de las dos Españas es una lograda síntesis de la actuación de los intelectuales españoles a lo largo de los siglos XIX y XX, escrita por el historiador Santos Juliá (Premio Nacional de Historia 2005).

El filósofo Ortega y Gasset dijo: "Dos Españas, señores, están trabadas en una lucha incesante", resumiendo con su proverbial aplomo una historia de siglos. Dos Españas que son, más que el resultado de un análisis, el gran relato de un pasado con el propósito de abrir un futuro: "una España muerta, hueca y carcomida y una España nueva, afanosa, aspirante, que tiende hacia la vida!".

De esa creación cultural y de los sujetos que la inventaron y la echaron a rodar trata este magistral libro de Santos Juliá, en un recorrido que abarca desde los primeros escritores públicos, testigos de la Revolución liberal de principios del siglo XIX, a los jóvenes intelectuales de mediados del siglo XX, protagonistas de la recusación del gran relato de las dos Españas.






Como dijo Ramón Solís: “Para muchos historiadores, es en las Cortes de Cádiz donde surge lo que luego había de llamar el problema de las dos Españas. Pero si entonces, y no antes, aparecen esas dos Españas es porque en aquellos días se establece el primer diálogo abierto, sin trabas ni cortapisas, entre los españoles”.

¿Quién sacó este término? Lo usaron varios, desde Larra a Balmes, Menéndez Pelayo, Maeztu y sobre todo Ortega y Gasset e incluso el historiador portugués Fidelino de Figueiredo, que escribió sobre As dues Espanhas. En cambio negó tal expresión Américo Castro, a quien tanto debe la historiografía española.

Por existir dos sectores, uno conservador y hasta reaccionario, cerrado a cal y canto a todo cambio, a la más mínima transformación del país, y otro reformista, progresista, ansioso de salir del estancamiento. Mas esta situación suele darse en otros países, en casi todos los países, divididos entre derechas e izquierdas, conservadores y progresistas. Sin embargo, nadie ha oído de la existencia de dos Francias o de dos Gran Bretaña, pongamos como ejemplo. Lo de las dos Españas debe ser, pues, una excepción española.

La función desempeñada por la Iglesia católica, apostólica y romana a lo largo de la historia de nuestro país ha sido (y lo sigue siendo aún en estos inicios del siglo XXI) profundamente retrógrada, opuesta siempre a la más mínima reforma progresista. Su influencia incluso se hizo sentir en las Cortes de Cádiz, que tantas ilusiones despertó en la corriente liberal. Por ejemplo, el artículo 12 de la Constitución aprobada afirma que “la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica y romana, única religión verdadera”. Y cabe recordar que entre los constituyentes figuraban los hombres más progresistas del país.

Puede afirmarse que toda la historia del liberalismo español, desde las Cortes de Cádiz hasta la primera República, o sea desde 1812 a 1873, no pasó de ser otra cosa que un “querer y no poder”. Nunca lograron conservar el poder las escasas veces que lo tuvieron. El gran momento de los liberales fue la primera República, mas tampoco entonces aprovecharon ese gran momento. Joaquín Maurín, en su libro Los hombres de la dictadura, de 1930, escribió: “La República de 1873 ofrece la particularidad de que fue proclamada por los monárquicos y destruida por los republicanos”. En efecto, en las Cortes de entonces, surgidas de las elecciones de un año antes, los republicanos sólo contaban con una sesentena de diputados, siendo proclamada la República por 258 votos favorables y únicamente 32 en contra. Por desgracia los Figueres, Salmerón, Castelar y Pi y Margall fueron unos excelentes ideólogos, pero pésimos políticos. La República en sus manos se mostró incapaz de llevar adelante los anhelos revolucionarios del pueblo español. Practicaron una política que no se diferenció gran cosa de la de los monárquicos. Al general Pavía le resultó muy fácil dar su golpe de Estado y restaurar la Monarquía borbónica.

Santos Juliá dedica unas cuantas páginas de su libro a los tres intelectuales católicos más sobresalientes en el siglo XIX español: Donoso Cortés, Jaime Balmes y Menéndez Pelayo.

El pensamiento político de Donoso Cortés tuvo mayor resonancia en el extranjero (sobre todo en Francia y Alemania) que en la propia España. Puede afirmarse que fue el gran profeta de la dictadura contrarrevolucionaria. Refiriéndose a él, escribe Santos Juliá que “se empleó con todo su vigor a demostrar que en circunstancias dadas (o sea, las de 1848), la dictadura era un gobierno legítimo, bueno, provechoso...”. 1848 fue el año en que estalló la revolución en Francia y se propagó rápidamente por gran parte de Europa, revolución que se llevó a cabo enarbolando la bandera de la libertad política, es decir, la soberanía popular y el sufragio universal. Es igualmente el año en que Marx publica su opúsculo La lucha de clases en Francia. Y en 1848 gobernaba en España el general Narváez, con una política autoritaria, de mano dura.

El clérigo catalán Jaime Balmes fue, según Santos Juliá, “el más agudo analista de la política española que haya dado el mundo católico en el siglo XIX, el que echa sobre sus hombros la tarea de darle la vuelta, aunque partiendo de similares elementos, con objeto de negar la implicación liberal y sustituirla por una conservadora”. Y añade que Balmes se proponía “reconstruir las bases sociales de la monarquía y de la Iglesia, después de una revolución como la de 1835, que ha desamortizado y puesto en venta los bienes eclesiásticos y limitado los poderes de la Corona”. Éste era el pensamiento de Balmes.

El tercer hombre de esa trilogía fue Menéndez Pelayo, el cíclope que sabía todo y escribió sobre todo lo humano y divino. Es el que merece más atención por parte del autor de Historias de las dos Españas, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que fue el que ejerció mayor influencia en la derecha española. Este católico, apostólico y romano a machamartillo tuvo como programa, según nuestro autor, estas palabras del propio Menéndez Pelayo: “Una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una cruzada, una legión de santos. España evangelizadora, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, esa es la grandeza de España; no tenemos otra”. Con esta cita queda dicho todo.

Y no obstante Luis Araquistáin, poco sospechoso de ser de derechas, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Berlín, en 1933, consideró a Menéndez Pelayo como “uno de los hombres más geniales y fecundos que ha producido España en el curso de su ya larga historia cultural”. Fecundo, lo fue sin la menor duda, pero sorprende que Araquistáin niegue su sectarismo: “este pretendido sectáreo y tradicionalista, según los que no le conocen, los que le han leído, si son imparciales, reconocerán en él uno de los intelectuales más libres y comprensivos que ha producido España...”. Años más tarde, en su libro El pensamiento español contemporáneo (Buenos Aires, 1962), Araquistáin, comentando uno de los escritos de Menéndez Pelayo, escribió: “Este es el lenguaje de un fanático y, como tal, ciego a los hechos más evidentes de la historia”.

En la lectura del libro de Santos Juliá aparecen los hombres de la llamada generación del 98, o sea con Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu, etc. Después de los intelectuales católicos, los iconoclastas, los anarquizantes, convertidos más tarde algunos de ellos en reaccionarios de tomo y lomo, como Maeztu, o Azorín.

En 1898 se produjo un acontecimiento de la máxima trascendencia: la guerra hispano-norteamericana, que supuso un gran desastre para España, “desastre nacional”, se dijo entonces. Las consecuencias fueron la pérdida de Cuba, Puerto Rico y más tarde las islas Filipinas, es decir, de los últimos restos del Imperio. La decadencia de España la llevó a su total ocaso. Para los hombres del 98 ese desastre debía suponer el punto de partida de un proceso de regeneración del país. Era el deseo de todos los regeneracionistas, pero al fin y al cabo todo quedó en lamentos. Con razón señala Santos Juliá: “Ganivet, Unamuno, Maeztu, Baroja, Martínez Ruiz, Maragall, disfrutaban haciendo literatura a base de la degeneración, parálisis y muerte de España...”. En efecto, literatura, acompañada eso sí, de una actitud de refunfuñar y gruñir contra todo y contra todos.



Riña a garrotazos, de Goya, un referente icónico de las Dos Españas que el pintor aragonés retrata entre los dolores de su nacimiento.


El autor del libro Historia de las dos Españas escribe lo siguiente: “Pero Martínez Ruiz, anarquista y libertario adscrito a la propaganda por el hecho y convencido de que su misión consistía en la protesta constante contra el orden público, contra las leyes, contra las costumbres y contra la moral admitida, pasó a ser, tras la consabida crisis, Azorín, maurista y hasta andando el tiempo, ciervista, sin cambio perceptible de sus actitudes políticas básicas: ambos, Martínez Ruiz y Azorín, enemigos de la democracia. Y Maeztu, aunque se tomará más tiempo y emprenderá sus nuevos rumbos tras años de lejanía, estudio y reflexión, podrá presumir también de un variado surtido de etapas; como Baroja, que se tuvo en algún momento por anarquista y luego aspiró a una concejalía del Ayuntamiento de Madrid apuntándose al Partido Radical de Alejandro Lerroux (...). Por no hablar de Ramón Valle de la Peña, un carlisto/anarquista, o tal vez un anarco-carlista, que muy pronto se convertirá en don Ramón María del Valle-Inclán y que andando el tiempo mostrará su repulsa por Primo de Rivera y su admiración por Mussolini...”.

En resumen: lo evidente es que la actitud de todos esos escritores no pasó de ser mero radicalismo verbal, sin el menor entronque con las fuerzas vivas del pueblo español.

El autor de Historias de las dos Españas, Santos Juliá, expone con la máxima claridad la evolución del nacionalismo catalán, que se inició como simple regionalismo, para luego, paulatinamente, convertirse en la reivindicación de Cataluña como nación. Esta pretensión de ser algo más que una región deriva del hecho de tener una lengua propia y una literatura. Quien vio a Cataluña como una nación independiente fue Prat de la Riba.

Mas desde él hasta la Esquerra Republicana de hoy, francamente separatista, existe un largo trecho, que Santos Juliá expone con nitidez. Al comienzo de ese camino, cuando las quejas no se habían transformado en exigencias, sobresale la figura de Rubiò y Ors, que se esforzó en salvar la lengua catalana, dándole una distinción nueva al purificar el habla del pueblo participando así al surgimiento político del nacionalismo. Menciona a Almirall, que sentó las bases de un nacionalismo republicano y de izquierda, enfrentándose así a la derecha monárquica dirigida por el obispo de Vich, Torras i Bager.

La derecha catalanista estuvo representada por la Lliga de Catalunya, a cuyo frente estaba Francisco Cambó, heredero de Prat de la Riba. Cambó, figura sobresaliente del capitalismo financiero e industrial en Cataluña, fue perdiendo su influencia sobre el nacionalismo a medida que intensificaba sus relaciones con Madrid, hasta tal extremo que en 1918 figuró en un gobierno presidido por Maura. Defendió el golpe militar del general Primo de Rivera, si bien le fue retirando su confianza cuando la dictadura entró en crisis.

El nacionalismo recuperó su fuerza con la caída de la Monarquía y la proclamación de la República, en 1931, del mismo modo que resurgió impetuoso al desaparecer la dictadura de Franco. Hoy día, plantea con más vigor que nunca el convertir a Cataluña en nación, y es que el nacionalismo está sumamente extendido en la población catalana.

Santos Juliá reproduce los reproches que les hizo José María Salaverría en uno de sus artículos al papel desempeñado por los intelectuales de la generación del 98: “Unamuno elogiando la pobreza y el africanismo españoles; Azorín, paladeando el gusto de esos pueblos muertos y tristes de Castilla, y Valle-Inclán abandonándose en brazos del carlismo, momia ancestral”. Todos ellos se conforman con protestas verbales. Y como escribe Santos Juliá, “no llaman al pueblo a la acción, como sería lógico esperar de quienes se sienten angustiados por su pasividad, tampoco proponen una campaña organizada, alguna agrupación o asociación, ni exigen la convocatoria de elecciones limpias”.

Para Santos Juliá, a Ortega y Gasset “corresponde haber definido para el periodo abierto con la Semana Trágica y no cerrado hasta la proclamación de la República” lo que sería un intelectual y “la función que a la intelectualidad corresponde”. Desafortunadamente Ortega, genuino liberal, sentía un profundo desdén por las masas, siendo así que al mismo tiempo la masa obrera irrumpía con ímpetu, como evidenció la huelga general de 1917, que paralizó el país.

El fin de la dictadura del general Primo de Rivera acarreó la caída de la Monarquía y la proclamación de la República. A las nuevas Cortes constituyentes fueron como diputados bastantes intelectuales, lógico puesto que según escribió Azorín la República la habían hecho posible los intelectuales, opinión que peca de un exceso de exageración. La República, que tantas ilusiones despertó en el pueblo, no supo o no pudo solucionar los problemas que venía arrastrando España desde hacía muchísimos años. Es cierto que se encontró con la oposición de los anarquistas, de los comunistas y de las derechas, que no tardaron en rehacerse de su derrota de 1931.

Y así se llegó a la sublevación militar de Franco y la mayoría de los generales, cuyo triunfo trajo como consecuencia el exilio de bastantes intelectuales, sin duda los más relevantes. Aquellos intelctuales pasaron a enseñar en las Universidades de toda América, desde Estados Unidos a Argentina, o bien nutrieron las redacciones de los periódicos. Mientras tanto las Universidades españolas sufrieron la ausencia de sus catedráticos, exiliados o víctimas de la depuración que el franquismo llevó a cabo. Durante bastantes años reinó en todas ellas un atroz silencio.

No obstante la férrea dictadura que reinaba en el país, éste no escapó a los cambios que acontecieron en Europa después de la segunda guerra mundial. Existía una España oficial y una España real, cada día más distante una de la otra. Julián Marías en sus Memorias escribió: “Llevaba algún tiempo dándome cuenta de que el régimen español, nacido de la guerra, no tenía porvenir. Durante algunos años había estado sostenido por la victoria, por la impresión de dominio absoluto sobre el país, con una engañosa impresión de perennidad”.

Bastantes intelectuales se fueron separando del régimen franquista y entraron en oposición al mismo e iniciaron su relación con gente del exilio. En febrero de 1959, tuvo lugar en Colliure, pueblecito rosellonés, un homenaje al poeta Antonio Machado, muerto y enterrado en dicha localidad francesa. Asistieron bastantes jóvenes intelectuales, procedentes de Barcelona y Madrid, así como varios exiliados. Unos meses más tarde se celebró en Loumarin, en la Provenza francesa, donde está enterrado Albert Camus, un encuentro de intelectuales de varios países, al que concurrieron algunos españoles. Y tres años más tarde, en Munich, Alemania, el Consejo Federal Español, con el patrocinio del Movimiento Europeo, reunió a numerosos intelectuales llegados de España y a otros españoles exilados. Derechas e izquierdas dejan de lado sus diferencias y refrendan su oposición al franquismo. El acontecimiento provocó una violenta reacción del gobierno de Madrid y de la prensa a sus órdenes. Santos Juliá ha omitido referirse en su libro a estas tres reuniones.

Las últimas páginas de Historias de las dos Españas están dedicadas a comentar las vicisitudes de Falange, punta de lanza del franquismo en sus primeros tiempos. Su influencia comenzó a apagarse con la unificación de todos los grupos, impuesta por Franco, a la que siguieron las exigencias de los generales victoriosos, que no estaban dispuestos a ceder su influencia, y más tarde la ascensión de los tecnócratas del Opus Dei.

El grupo de intelectuales falangistas, Ridruejo, Laín Entralgo, Aranguren y Tovar, con alguno más, había fundado la revista Escorial, que según Santos Juliá abrió a todos sus puertas y que antiliberal por su contenido fue liberal por su talante. Fue este grupo el que paulatinamente se fue apartando del régimen hasta entrar en franca oposición. Las nuevas generaciones universitarias comenzaron también a exigir libertad política. Por apoyarlos fueron encarcelados Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas, Tamames, Múgica, Javier Pradera, Gabriel Elorriaga y Ruiz Gallardón.

Comenta Santos Juliá: “Fueron los primeros en llegar a la cárcel; luego vendrían más, porque los manifiestos no pararon: la cárcel se convirtió a partir de entonces en lugar de encuentro de universitarios e intelectuales procedentes de los grupos políticos que comenzaron a germinar desde la primavera de 1956”.

Lo ocurrido después es de sobras conocido. No obstante la debilidad del régimen, roído por sus contradicciones propias y sobre todo anacrónico en la Europa surgida de la segunda guerra mundial, hubo que esperar a la muerte del generalísimo para que se iniciase un cambio decisivo en España. El franquismo se debilitaba día a día, mas frente al mismo no existía una fuerza suficiente para derrocarlo. La represión llevada a cabo a lo largo de casi cuarenta años de hegemonía fue tan extensa y dura que el miedo aún persistía en gran parte de la población. Las organizaciones políticas y sindicales de izquierda habían sido suprimidas y gran parte de sus dirigentes fusilados. Esas organizaciones surgieron de nuevo en los años últimos del franquismo, pero obligados a actuar en la clandestinidad, lo que mermaba en grado sumo su influencia en la clase obrera.

Todo cambió con el fallecimiento del dictador, ya que se inició un periodo de transición que permitió la legalización de los partidos políticos y de los sindicatos, lo cual facilitó que los socialistas, por vez primera en la historia de España, ocupasen el poder en 1982. El Gobierno de Felipe González logró el ingreso del país en la Unión Europea, alejando así a España de la Edad Media.

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Re: El debate de las Dos Españas

Mensaje por HIMNOSHISTORICOS el Vie Mayo 23 2014, 13:13

Todo cambió con el fallecimiento del dictador, ya que se inició un periodo de transición que permitió la legalización de los partidos políticos y de los sindicatos, lo cual facilitó que los socialistas, por vez primera en la historia de España, ocupasen el poder en 1982. El Gobierno de Felipe González logró el ingreso del país en la Unión Europea, alejando así a España de la Edad Media.

Y vaya si cambió como anuncio en su día Alfonso Guerra han dejado España en una situación que no la reconoce ni la madre que la pario, casi que prefería la "edad media" de antaño a la "edad decadente" actual.

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Re: El debate de las Dos Españas

Mensaje por ilustrado el Lun Jun 09 2014, 13:52

CONCEPTO DE LA IDEA DE LAS "DOS ESPAÑAS"


La idea de las "Dos Españas" fue un concepto acuñado por Antonio Machado y desarrollado por otros escritores como Santos Juliá, Mariano José de Larra, Jaime Balmes, Marcelino Menéndez Pelayo, Ramiro de Maeztu, José Ortega y Gasset, y también el portugués Fidelino de Figueiredo (As duas Espanhas). Otros autores, como Américo Castro, negaron la oportunidad de tal expresión.



Riña a garrotazos, de Goya, un referente icónico de las Dos Españas


Significa en realidad la evidencia de una triple fractura, que se abre simultáneamente a los cambios que supone la Edad Contemporánea y que llevará al enfrentamiento de 1936. Esa triple fractura se puede expresar en tres pares de conceptos opuestos:


1- La oposición derecha / izquierda

Está ligada a la denominada «cuestión social» del siglo XIX, que a su vez contiene tanto el surgimiento del movimiento obrero como respuesta a la industrialización y que se convierte en una temible lucha de clases (por ejemplo, el pistolerismo de Barcelona entre patronal y sindicatos), como el atraso rural y el «señoritismo» y «caciquismo» que intentan remediarse con la reforma agraria.

La debilidad de las clases medias «ilustradas» o «profesiones liberales» (incluso la inexistencia o destrucción prematura de una burguesía nacional) se ha venido aduciendo tradicionalmente, como una de las causas de la polarización social y política, y expresada como una característica del «carácter español» desde que la leyenda negra fijó su estereotipo: el modo de vida hidalgo, el espíritu cristiano viejo, el desprecio por el trabajo... La distinta implantación de socialistas y anarquistas introduce un elemento más de fragmentación, en este caso, interna al movimiento obrero.


2- La oposición catolicismo integrista / anticlericalismo

Surge con la descristianización de las capas populares e intelectuales desde el segundo tercio del siglo XIX, coincidiendo con las guerras carlistas (matanza de frailes en Madrid de 1834, motines anticlericales de 1835), se acentúa con la desamortización eclesiástica de Mendizábal, no se apaciguó con el Concordato de 1851 (a pesar de que Isabel II intentó integrar a los «neocatólicos» y reunió una verdadera «corte de los milagros» presidida por San Antonio María Claret y Sor Patrocinio, la (monja de las llagas), continuó contra el krausismo del último cuarto de siglo XIX (expulsando a los catedráticos que no se avinieron a acomodar sus enseñanzas a la ortodoxia, como Francisco Giner de los Ríos, que optaron por fundar la Institución Libre de Enseñanza), y se acentuó a principios del XX (Semana Trágica de Barcelona, lerrouxismo), expresándose incluso desde algunos gobiernos dinásticos (ley del candado de José Canalejas) y sobre todo los del primer bienio de la Segunda República, especialmente en lo relativo a la enseñanza y la supresión de la Compañía de Jesús.

Incluso la concesión del sufragio femenino en 1932 tuvo detractores desde ambientes progresistas por considerar que las mujeres votarían según la orientación de sus confesores (enfrentamiento entre Clara Campoamor y Victoria Kent). Agustín de Foxá resumió con ironía que los españoles están condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote


3- La oposición centralismo / nacionalismos periféricos

Los nacionalismos periféricos están identificados a la defensa de lenguas distintas al castellano pero socialmente con diferentes orígenes:
a- el resentimiento frente a la inmigración y el crecimiento industrial de las ciudades de los pequeños propietarios rurales católicos y carlistas en el País Vasco.
b- la burguesía progresista industrial catalana, organizada durante el siglo XIX en la defensa de una política económica proteccionista opuesta al librecambismo de los exportadores cerealistas castellano-andaluces, hegemónicos políticamente en «Madrid».

Paradójicamente, un planteamiento similar de bandos enfrentados se había producido dentro de la misma Castilla siglos antes, desde la Baja Edad Media hasta la Guerra de las Comunidades.


En la mayor parte de los casos, podía ubicarse a las fuerzas políticas y sociales, y a los individuos, en una u otra de las Dos Españas así definidas, aunque para otros casos no estaba tan claro: en Vizcaya o Guipúzcoa, muchos católicos (incluyendo a sacerdotes) eran nacionalistas vascos, e intervinieron en la Guerra Civil en el bando republicano; la Lliga Regionalista de Francesc Cambó tenía muy poco que ver con la Esquerra Republicana de Francesc Macià y Lluís Companys (de hecho, de la derecha catalana partieron los apoyos iniciales del general Miguel Primo de Rivera, así como una significativa parte de los de la sublevación militar de Franco); mientras que las izquierdas eran notablemente centralistas y los republicanos pretendieron crear un «estado integral» que reconocía las autonomías regionales, por exigencias de la «conllevancia». La expresión proviene del debate del Estatuto de Autonomía en las Cortes (13 de mayo de 1932), notablemente realista y pragmático, en el que intervinieron Azaña y Ortega, y no se marcaba ningún acento trágico ni «excepcional».

Por otro lado, la mayor parte de las agrupaciones y partidos definidos como republicanos, así como la propia masonería (cuyo papel en la época ha sido objeto de controvertidas teorías), tenían un componente social nada obrero, y más bien cercano a las clases altas o medias.

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Re: El debate de las Dos Españas

Mensaje por URSINO el Dom Jun 22 2014, 19:35

Muy ameno e instructivo este repaso de las dos Españas.
En mi opinión, la raíz de las dos Españas surge, tímidamente en el S XVI, con el levantamiento de las Comunidades frente a lo extranjero que representaba el Emperador, y en segundo lugar en el posicionamiento de los afrancesados en la Independencia, frente a la reivindicación de lo propio y genuino español. Lo que volvió a repetirse en el 36, con dos Españas bien diferenciadas, una nacional, tradicional y católica, y otra al lado del modelo de importación soviético.

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Re: El debate de las Dos Españas

Mensaje por ilustrado el Dom Jun 22 2014, 21:08

@URSINO escribió:
En mi opinión, la raíz de las dos Españas surge, tímidamente en el S XVI, con el levantamiento de las Comunidades frente a lo extranjero que representaba el Emperador, y en segundo lugar en el posicionamiento de los afrancesados en la Independencia, frente a  la reivindicación de lo propio y genuino español.

Muy bien visto lo de la Guerra de la Independencia, e incluso antes, ya en el siglo XVIII.

4- La oposición preliberal / absolutista
Los reformadores o afrancesados que querían una España ilustrada y preliberal frente a los absolutistas y tradicionalistas que querían que nada cambiase el orden político-social.

5- La oposición foralidad / autoritarismo
Y también, como has escrito, en la Guerra de las Comunidades se advierten dos bandos: los realistas que defienden la tesis de la fidelidad al rey frente a los comuneros que defienden el respeto por los Fueros y leyes de cada región. En este caso, la España tradicional defendía el modelo territorial foral que se habían constituido durante la Reconquista: el Foralismo; mientras que Carlos V representaba una nueva manera de reinar en la Europa de la Modernidad, el Autoritarismo.

Por haber podemos hacer otras divisiones en espacio y tiempo de las Dos Españas, por ejemplo la España de la emancipación y la España realista en el siglo XIX.

6- La oposición emancipación / fidelidad
Surgida en las provincias de Ultramar durante todo el siglo XIX, donde una parte quiso seguir siendo española y otra emanciparse del Imperio.

En la Edad Media también surgieron varios debates de corte teológico y religioso. Uno enfrentó a eclesiásticos y reyes que defendían el tradicional rito mozárabe (visigótico) frente a la tendencia europea que era el rito romano que finalmente se adoptó en todos los reinos en el siglo XI. Otro entre el Determinismo de Domingo Báñez y el Libre albedrío del ser humano de Luis de Molina. Otro fue entre los que defendían la Trinidad de Jesucristo y los que defendía el Adopcionismo. En sucesivas fechas iré exponiendo en que consistían todas estas controversias teológicas y su pensamiento, aunque sería bastante exagerado que se pudiese reconocer como Dos España enfrentadas cuando la población era analfabeta e inculta y estas disputas sólo eran oficio de religiosos y algunos nobles.

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